Prólogo
El silencio también podía romper corazones.
Vivienne Hale lo descubrió el día en que dejó de esperar una mirada que nunca llegaba.
Durante diez años creyó que el amor era paciencia.
Esa mañana comprendió que también podía convertirse en una prisión.
Vivienne Hale tenía veinticuatro años y llevaba dos cafés entre las manos mientras cruzaba el vestíbulo de Asterion Architects.
El reloj del vestíbulo marcaba las ocho en punto cuando cruzó las puertas de cristal de Asterion Architects con dos cafés en las manos.
Respiraba un poco más rápido de lo normal. Había salido de casa con tiempo, pero la cafetería estaba llena y ahora caminaba con prisa por el elegante recibidor.
Sabía perfectamente que, para la mayoría de las personas, había llegado puntual.
Para Nikolai Sokolov… Tres segundos también contaban como un retraso.
Se detuvo frente al despacho del presidente de Asterion y ajustó el vaso de cartón entre sus dedos. Había mañanas en las que se preguntaba por qué seguía llevándole café.
Nunca se lo agradecía.
Nunca sonreía.
Nunca lo pedía.
Tal vez porque renunciar al café significaba aceptar que también debía renunciar a él.
Y, aun así, ella regresaba cada mañana con uno.
Respiró hondo y golpeó suavemente la puerta.
—Adelante.
Empujó la puerta con cuidado.
El aroma del café llenó el despacho antes que ella.
El amplio despacho estaba impecablemente ordenado. Planos perfectamente alineados, una enorme pared de cristal con vista a Manhattan y un escritorio de madera oscura donde no había una sola fotografía personal.
No había fotografías.
No había plantas.
No había recuerdos.
Solo planos.
Solo perfección.
Solo Nikolai.
Vivienne dejó uno de los cafés sobre el escritorio pero él no levantó la vista de los planos.
—Llegas diez segundos tarde—Vivienne levantó la muñeca y observó el reloj.
—Son exactamente las ocho— Él cerró la carpeta sin mirarla.
—Mi reloj marca las ocho con diez segundos— Vivienne dejó escapar una sonrisa cansada.
Ya no dolía como antes… O quizá sí. Solo había aprendido a disimularlo mejor.