Capítulo nueve
Capítulo nueve
Vivienne
Había una regla no escrita en Asterion. Cuando el concurso se acercaba a la fecha de entrega todo el edificio cambiaba. Los saludos eran más cortos, los cafés más fuertes, las noches más largas.
Y los silencios… mucho más pesados.
El viernes amaneció exactamente así.
Entré al edificio a las siete cuarenta y cinco con un vaso de café entre las manos y una carpeta repleta de correcciones bajo el brazo.
La recepcionista apenas levantó la vista para saludarme.
—Buenos días, Viv.
—Buenos días.
El vestíbulo estaba más lleno de lo habitual. Ingenieros caminando con planos enrollados, diseñadores cargando muestras de materiales, arquitectos hablando por teléfono mientras intentaban sostener una computadora y un café al mismo tiempo.
Era un caos perfectamente organizado.
Y, por extraño que pareciera, siempre me había gustado.
El elevador se abrió en el piso ejecutivo.
Apenas puse un pie fuera, sentí la diferencia. No era el silencio, era la tensión. Algo había pasado, o estaba por pasar.
Los saludos fueron sustituidos por miradas rápidas. Algunos evitaban hablar, otros caminaban con más prisa de lo normal.
Fruncí el ceño.
—¿Qué ocurrió?— le pregunté a Clara cuando pasé frente al área administrativa.
Ella levantó la vista de su computadora y bajó la voz.
—El señor Sokolov llegó antes de las siete.
Eso, por sí solo, no era raro.
Nikolai podía aparecer a cualquier hora.
Lo extraño era la expresión con la que Clara terminó la frase.
—…y ya hizo llorar a dos practicantes.— suspiré.
—Entiendo.
Así que hoy era uno de esos días.
Seguí caminando hasta mi oficina, Adrián ya estaba ahí. Tenía el saco colgado en el respaldo de la silla y observaba fijamente una maqueta digital en la pantalla.
Ni siquiera notó que había entrado.
—Buenos días.— levantó la cabeza sobresaltado.
—¡Viv! Pensé que llegarías más tarde.
—Dormí cuatro horas, eso ya cuenta como descanso.— él sonrió.
—Empiezo a creer que los arquitectos tenemos una definición muy distinta de la palabra “descansar”.— dejé la carpeta sobre la mesa.
—¿Cómo vamos?— giró la pantalla hacia mí.
—Corregí el patio central, pero sigo sin estar convencido de la cubierta.— me incliné sobre el monitor.
Estuvimos varios minutos revisando detalles.
Una línea.
Un acceso.
Una sombra.
Una decisión llevaba inevitablemente a otra.
Estábamos tan concentrados que no escuchamos los pasos acercándose por el pasillo. Solo levanté la vista cuando una sombra cubrió parte del escritorio.
Nikolai.
No recordaba la última vez que había entrado a mi oficina sin avisar.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y las manos en los bolsillos del pantalón.
Su expresión era completamente neutra.
Demasiado neutra.
—Buenos días —dijo.
Adrián y yo respondimos al mismo tiempo.
—Buenos días.
Su mirada recorrió la oficina. No habló enseguida, primero observó los planos, después la maqueta y luego el tablero donde habíamos pegado referencias del concurso.
Finalmente, sus ojos se detuvieron en un render.
—¿Quién modificó esta fachada?
—Yo —respondí.
Se acercó un paso más.
—¿Por qué?
Tomé el plano.
—Ayer descubrimos que la orientación permitía aprovechar mejor la luz de la tarde. Si abrimos un poco más este frente, reducimos la carga térmica y…— no me dejó terminar.
—La escala está mal.— miré el dibujo.
Después el archivo abierto en la computadora.
Volví a medir.
Negué con calma.
—No. Está correcta.— sentí cómo Adrián dejaba de mover el mouse.
Todo quedó en silencio.
Nikolai dio otro paso.
Lo suficiente para quedar frente a mí.
—¿Me está contradiciendo, arquitecta Hale?— levanté la vista lentamente.
Hacía unas semanas habría bajado la cabeza. Habría buscado la forma de explicarle, de convencerlo.
Ahora solo respiré hondo.
—No. Estoy verificando.— el silencio se volvió casi incómodo.
Podía sentir a Adrián observándonos sin decir una sola palabra.
Nikolai tomó el escalímetro que estaba sobre la mesa. Midió él mismo. Una vez, dos veces, tres.
No dijo nada.
Solo dejó el instrumento exactamente donde estaba. Sabía perfectamente lo que eso significaba.
La escala era correcta.
Aun así, habló.
—Revísenla otra vez.— mi primera reacción fue responder.
Pero me contuve.
Simplemente asentí.
—La revisaremos.— él sostuvo mi mirada un instante más.
Como si esperara que discutiera.
Como si quisiera que lo hiciera.
No le di ese gusto.
Volví la vista al monitor y abrí otro plano.
—¿Algo más, señor Sokolov?— hubo un segundo de silencio.
—No.— se dio la vuelta y salió de la oficina sin añadir una palabra.
La puerta se cerró con suavidad.
Esperé unos segundos antes de soltar el aire que había estado conteniendo.
Adrián fue el primero en hablar.
—…la escala estaba bien.— asentí sin dejar de mirar la pantalla.
—Lo sé.
—Entonces… ¿por que…?— moví el cursor sobre el plano intentando concentrarme otra vez.
Pero ya no era tan sencillo, porque yo también había notado algo.
Nikolai no había venido a revisar un plano, él había venido a buscarnos.
Y el silencio permaneció allí.
Pesado.
Inmóvil.
Adrián seguía mirando el plano.
Yo seguía mirando exactamente el mismo punto de la pantalla donde, apenas unos segundos antes, Nikolai había asegurado que la escala estaba mal.
No lo estaba. Lo comprobé otra vez y una tercera.
Suspiré.
—Sigue bien.— Adrián soltó una pequeña risa por la nariz.
—Empecé a pensar que ya no sabía medir.— lo miré de reojo.
—No eres tú.— él apoyó los antebrazos sobre el escritorio.
—¿Siempre revisa así los proyectos?— pensé la respuesta unos segundos.
—Sí… y no.— frunció el ceño.
—Eso aclaró muchísimo.— sonreí apenas.
—Cuando encuentra un error, suele explicarlo. Hoy no vino buscando un error.— no respondió.
Pero vi cómo desviaba la vista hacia la puerta por donde Nikolai acababa de salir.
Había entendido exactamente lo mismo que yo.
Sacudí la cabeza.
—Necesito café.— él levantó una mano de inmediato.
—Secundo la moción.
Cinco minutos después entrábamos a la cafetería del edificio. A esa hora estaba mucho más llena que de costumbre. El olor a café recién molido se mezclaba con el de pan dulce y croissants recién horneados.
Al fondo, cerca del ventanal, reconocí dos voces antes incluso de ver a sus dueños.
—¡Eso es hacer trampa!
—No es trampa, Dmitri. Es sentido común.— sonreí.
—Ya empezaron.— Adrián siguió mi mirada.
—¿Ellos discuten todos los días?
—No. Hacen pausas para respirar, nada más.
Cuando nos acercamos a la mesa, Dmitri levantó ambas manos como si acabara de encontrar personas perdidas en una expedición.
—¡Los sobrevivientes!— Ana negó con la cabeza mientras removía su café.
—Buenos días, Viv.
—Buenos días.— le di un beso en la mejilla antes de sentarme.
Adrián saludó con una sonrisa.
—Hola.— Dmitri lo señaló enseguida.
—Míralo, todavía sonríe, qué ternura. Eso significa que Nikolai aún no ha destruido por completo su espíritu.— Adrián soltó una carcajada.
—Creo que todavía me queda un veinte por ciento.
—Perfecto, con eso sobrevives hasta el viernes.— Ana le dio un ligero codazo.
—No seas dramático.
—No soy dramático. Soy un hombre que ha trabajado con Nikolai desde hace años, es distinto.— tomé el menú.
—¿Y ahora qué hiciste?— Dmitri abrió mucho los ojos.
—¿Por qué asumes que fui yo?— los tres lo miramos al mismo tiempo.
Él suspiró.
—Está bien. Sí fui yo.— Adrián comenzó a reír.
—¿Qué pasó?
Ana respondió antes que él.
—Ayer presentó una propuesta de iluminación.— Dmitri levantó un dedo
—Era una propuesta innovadora.
—Propuso poner luces moradas en un hotel ejecutivo.— él sonrió orgulloso.
—Era un concepto.
—Era una discoteca.
—Una discoteca elegante.— no pude contener la risa.
—¿Y qué dijo Nikolai?— Dmitri imitó perfectamente la voz seria de su primo.
—”¿Terminó?”— todos estallamos en carcajadas.
—¿Solo dijo eso? —preguntó Adrián.
—Solo eso. Y, curiosamente, dolió muchísimo.— Ana negó divertida.
—Le quitó la emoción de vivir en una sola palabra.— la mesera llegó para tomar nuestra orden.
Pedí un latte.
Adrián pidió un americano.
Dmitri una malteada de chocolate.
Ana levantó una ceja.
—Son las nueve de la mañana.
—Nunca es demasiado temprano para ser feliz.— mientras esperábamos las bebidas, la conversación cambió de tema.
Adrián comenzó a contarnos una historia sobre uno de sus profesores de la universidad, un arquitecto tan obsesionado con la puntualidad que cerraba la puerta del salón exactamente a la hora de entrada, aunque los alumnos estuvieran a dos pasos.
—Una vez dejó afuera al director de la facultad.— Ana abrió mucho los ojos.
—No…
—Sí.— Dmitri soltó una carcajada.
—Ya me cayó bien ese señor.
—Lo suspendieron una semana.
—Ya no me cayó tan bien.— volvimos a reír.
Hacía mucho que no me sentía tan ligera. Tan normal.
Entonces el ambiente cambió. No porque alguien hablara, sino porque todos dejamos de hacerlo al mismo tiempo.
Levanté la vista.
Nikolai acababa de entrar a la cafetería. Traía el teléfono en una mano y una carpeta bajo el brazo.
Parecía dirigirse directamente a la salida, hasta que nos vio. Sus pasos se detuvieron apenas un instante, fue algo tan breve que cualquiera habría pensado que lo imaginó.
Pero yo lo vi, y Ana también, porque nuestras miradas se cruzaron durante un segundo.
Dmitri fue el primero en romper el silencio.
—¡Primo!— Nikolai levantó la vista.
—Buenos días.
—Ven, hay una silla libre.— Adrián me miró de reojo.
Yo hice exactamente lo mismo, porque aquello no era normal.
Nikolai nunca desayunaba con nadie. Nunca.
Pensé que inventaría cualquier excusa.
Que diría que tenía una reunión, que estaba ocupado o que no tenía tiempo.
En cambio, guardó el teléfono en el bolsillo y se acercó a la mesa.
Tomó asiento.
Un silencio incómodo cayó sobre los cinco.
Dmitri sonrió satisfecho.
—Miren nada más, hoy el presidente de Asterion decidió mezclarse con la gente común.— Nikolai tomó el sobre de azúcar que había sobre la mesa.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde. Ya voy a presumir que desayunamos juntos.— vi cómo, por primera vez desde que se sentó, Nikolai levantaba la vista.
Sus ojos recorrieron la mesa lentamente y se detuvieron apenas un segundo en mi taza, después en los planos que Adrián había llevado consigo.
Y, finalmente, en nosotros.
No dijo nada.
Pero tuve la extraña sensación de que no había entrado a la cafetería porque quisiera un café. Había entrado porque estábamos nosotros.
Todavía me parecía extraño tener a Nikolai sentado en la misma mesa, no porque estuviera haciendo algo fuera de lo común, sino porque, precisamente, no estaba haciendo nada. Solo estaba ahí, con el espresso frente a él. La espalda perfectamente recta, mirada tranquila y ese silencio tan suyo que, de alguna manera, terminaba imponiéndose incluso entre cuatro personas incapaces de permanecer calladas.
Dmitri fue el primero en rendirse.
—Bueno… ya que nadie piensa salvar esta conversación, tendré que hacerlo yo.— Ana ni siquiera levantó la vista de su café.
—Qué miedo.
—Gracias por confiar en mí.
—No dije eso.— Adrián soltó una risa.
—Empiezo a entender por qué ustedes dos se llevan tan bien.
—¿Nos llevamos bien? —preguntó Dmitri, llevándose una mano al pecho—. Esto es amor en su máxima expresión.
Ana sonrió sin mirarlo.
—La semana pasada me escondió las llaves del coche durante dos horas.
—Fue un experimento.
—¿Un experimento?
—Quería comprobar si realmente revisabas tu bolso antes de salir.
—¿Y cuál fue la conclusión?
—Que no.— no pude evitar reírme.
—Eres insufrible.— Dmitri me señaló orgulloso.
—¡Gracias!
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como si lo fuera.— la mesera dejó frente a nosotros un plato con pan dulce recién horneado.
El aroma a mantequilla llenó la mesa.
Dmitri tomó una pieza sin pedir permiso.
—Si alguien quiere una, que corra.— Ana le dio un golpecito en la muñeca.
—Es para todos.
—Precisamente. Estoy evitando que se enfríen.
—Qué considerado.
—Lo sé.— Adrián negó divertido.
—En la universidad tenía un compañero igual. Decía que comer el postre primero era “prevenir desperdicios”.
—¡Ese hombre era un visionario! —dijo Dmitri.
—Murió de gastritis.— hubo un segundo de silencio.
Después los cuatro estallamos en carcajadas. Hasta Ana, que intentó contenerse y terminó riéndose igual. Me di cuenta de que hacía muchísimo tiempo que no me reía así, sin pensar, sin medir el volumen y sin preocuparme por quién estuviera mirando.
Adrián levantó la taza.
—Por cierto, Viv… ayer olvidé preguntarte. ¿Cómo terminaste interesándote por el paisajismo?— la pregunta me tomó por sorpresa.
Jugué unos segundos con la cucharita antes de responder.
—Mi papá.— todos guardaron silencio —Cuando era niña me llevaba a las obras los fines de semana. Mientras él revisaba avances, yo me escapaba a caminar entre la tierra, los árboles que todavía no plantaban y los planos enormes que nadie vigilaba.
Sonreí al recordarlo.
—Siempre terminaba dibujando jardines en las orillas de los planos.— Adrián sonrió.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Tus proyectos nunca empiezan por el edificio. Empiezan por el lugar donde la gente va a respirar.— lo miré sorprendida.
Nunca lo había pensado de esa manera.
—Supongo que sí.
—Y por eso funcionan.— sentí un pequeño calor subir a mis mejillas.
—Gracias.
—No me agradezcas. Es verdad.— durante un instante olvidé por completo que Nikolai seguía sentado frente a nosotros.
Hasta que habló.
—Laurent.— su voz fue tranquila.
Tan tranquila que todos levantamos la vista al mismo tiempo.
Adrián lo miró.
—¿Sí?
—La propuesta del museo no puede depender únicamente del paisajismo.— hubo un silencio breve.
Adrián asintió con respeto.
—No, claro. Solo comentábamos…
—Lo sé.— lo interrumpió con educación.
—Solo asegúrese de que el edificio siga siendo el protagonista.— Adrián volvió a asentir.
—Por supuesto.— nadie dijo nada durante unos segundos.
No había sido un regaño.
Tampoco un comentario especialmente duro. Pero, había algo extraño. La conversación no iba sobre el proyecto.
Ana fue la primera en romper el silencio.
—Bueno… cambiando de tema. ¿Ya decidieron qué harán cuando termine el concurso?— Dmitri levantó ambas manos.
—Dormir.
—Eso no cuenta.
—Entonces dormir más.— todos sonrieron.
Ana me miró.
—¿Y tú, Viv?— me encogí ligeramente de hombros.
—Hornearé todo un fin de semana.
—¿Solo eso? —preguntó Adrián.
—¿Te parece poco?— sonrió con esa tranquilidad que parecía acompañarlo a todas partes.
—No, sigo pensando que el pan de naranja que preparaste el otro día debería venderse.— parpadeé, sorprendida.
—¿Todavía sigues pensando en eso?
—Todavía sigo soñando con ese pan.— Dmitri dejó caer una mano sobre la mesa con exageración.
—¡Por fin alguien lo dijo!— lo señalé con una sonrisa.
—No exageres.
—¿Exagerar? Vivienne Hale, te comiste la humildad con el desayuno.— giró hacia Adrián.
—No le hagas caso. También prepara unos roles de canela que deberían ser patrimonio de la humanidad.— Ana soltó una risa.
—Dmitri…
—¿Qué? Estoy diciendo la verdad.— se volvió hacia mí con total naturalidad.
—Escúchame bien. El día que abras tu pastelería, yo invierto.— Ana arqueó una ceja.
—¿Con qué dinero?
—Ese es un detalle técnico.
—No inviertes ni para cambiar el filtro de la cafetera de tu departamento.
—Porque estoy ahorrando.
—¿Ahorrando para qué?— Dmitri sonrió orgulloso.
—Para el futuro imperio repostero de Viv.— no pude evitar reír.
Negué con la cabeza mientras llevaba la taza a mis labios.
—Están completamente locos.
—Tal vez —respondió Adrián—, pero no estamos equivocados.
Lo miré.
Él se encogió de hombros.
—Lo digo en serio.— fruncí ligeramente el ceño.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu talento.— bajé la mirada hacia el café.
Siempre me había costado recibir cumplidos.
Mucho más cuando hablaban de aquello.
—Solo cocino porque me gusta, no es para tanto.
—Claro que es para tanto.— su respuesta fue inmediata —Diseñas edificios durante el día y horneas postres que parecen sacados de una vitrina de París por la noche. Eso no es un pasatiempo cualquiera.
Sentí un ligero calor subir a mis mejillas.
—Gracias.— él sonrió.
—No me agradezcas. Solo prométeme que, cuando abras tu local, no voy a tener que hacer fila durante dos horas para conseguir un croissant.— Dmitri levantó inmediatamente la mano.
—¡Protesto! Yo exijo una mesa fija, todos los días.— Ana negó divertida.
—¿Una mesa?
—Sí.
—¿Para desayunar?
—Para vivir ahí.— las carcajadas volvieron a llenar la mesa.
Incluso yo terminé riéndome más de lo que esperaba.
Hacía tanto tiempo que no me permitía disfrutar conversaciones así, sin medir cada palabra, sin pensar demasiado y sin preocuparme por impresionar a nadie.
Y fue precisamente en medio de esa risa cuando sentí una mirada sobre mí.
Levanté los ojos.
Nikolai.
No estaba sonriendo, ni parecía molesto, solo nos observaba. Con una expresión tan tranquila que resultaba imposible saber qué estaba pensando.
Su espresso seguía prácticamente intacto. Había estado más pendiente de la conversación que del café.
Entonces habló.
Con esa voz serena que siempre conseguía cambiar la temperatura de cualquier habitación.
—¿Ya retomaste esos planes?— mi sonrisa desapareció poco a poco.
No entendí la pregunta.
—¿Qué planes?— sus ojos no se apartaron de los míos.
—La pastelería.— el aire pareció hacerse un poco más pesado.
Nadie habló.
Ana bajó lentamente la vista hacia su taza.
Dmitri dejó de jugar con la cucharita.
Incluso Adrián, que desconocía casi toda la historia, comprendió al instante que acabábamos de entrar en un terreno delicado. Tragué saliva. No quería recordar aquella discusión, no ahí, delante de todos.
Apoyé con cuidado la taza sobre el plato.
—No.— respondí con la mayor calma que fui capaz de reunir —Solo horneé un par de cosas el fin de semana.
Nada más.
Nikolai permaneció inmóvil.
—Entiendo.— solo una palabra.
Pero después de tantos años trabajando con él…
Sabía reconocer el peso de sus silencios, aquello no había sonado a comprensión. Había sonado extraño.
Como si esperara otra respuesta. Como si hubiera hecho una pregunta distinta a la que realmente quería formular.
Fruncí apenas el ceño.
—¿Por qué lo preguntas?— durante un instante pensé que respondería.
Que, por primera vez en semanas, tendríamos una conversación que no girara alrededor de planos, presupuestos o fechas de entrega.
Pero volvió a levantar la taza de café.
—Simple curiosidad.— mentiroso.
La palabra cruzó mi cabeza antes de que pudiera detenerla.
Nikolai Sokolov jamás había sentido curiosidad por mis fines de semana. Jamás me había preguntado qué hacía fuera de la oficina, jamás le había importado si pasaba mis noches dibujando edificios o preparando pan.
Y, sin embargo, ahí estaba. Preguntándome por un sueño que él mismo había destrozado.
Sentí un nudo instalarse lentamente en mi garganta.
Qué curioso.
Hacía apenas unas semanas me había mirado a los ojos para decirme que una pastelería era una distracción. Que estaba desperdiciando mi talento. Que debía comportarme como una arquitecta y dejar de perseguir fantasías.
Había conseguido que guardara todos aquellos dibujos en un cajón, que dejara de hablar del tema. Y ahora… ahora parecía molestarle descubrir que otras personas conocían esa parte de mí.
Que Adrián supiera cuánto me gustaba hornear.
Que Dmitri siguiera creyendo que algún día abriría mi propio local.
Que Ana todavía alabara mis postres.
Deslicé los dedos alrededor de la taza. Ya no tenía ganas de seguir desayunando. No porque hubieran mencionado la pastelería, sino porque, una vez más…
Nikolai había logrado convertir uno de mis momentos favoritos en un recuerdo que dolía.
~
La sala de juntas siempre imponía respeto. No por el tamaño, ni por la enorme mesa de nogal que ocupaba casi todo el espacio. Era por las personas que se sentaban alrededor de ella.
Mi padre estaba revisando unos planos al final de la mesa.
Mikhail hablaba en voz baja con dos inversionistas conectados por videollamada.
Algunos arquitectos del comité técnico hojeaban la carpeta que Adrián y yo habíamos preparado durante toda la semana.
Respiré hondo.
Habíamos trabajado hasta las dos de la mañana durante cuatro días seguidos, conocía cada línea de aquellos planos.
Cada árbol.
Cada acceso.
Cada sombra.
Sabía exactamente por qué todo estaba donde estaba.
Adrián acomodó discretamente la maqueta.
Me miró apenas un segundo.
—¿Lista?— asentí.
—Lista.
Las conversaciones cesaron cuando Nikolai entró.
Como siempre.
No hizo falta pedir silencio, su sola presencia bastaba para que toda la sala se ordenara.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
Nos miró.
—Comiencen.
No hubo “buenos días”.
No hubo sonrisas.
Solo trabajo.
Era tan… Nikolai.
Adrián inició explicando el concepto general del museo, yo continué con la integración del paisaje.
Las imágenes aparecían una tras otra sobre la pantalla.
Mientras hablaba, olvidé que él estaba sentado frente a mí.
Olvidé el café de aquella mañana.
Olvidé la conversación de la cafetería.
Solo existía el proyecto.
—…la intención es que el visitante no perciba una separación entre el edificio y el entorno. Queremos que el recorrido comience desde el exterior. Que el paisaje prepare emocionalmente a quien entra al museo…— mi padre levantó la vista.
Sonrió.
Una sonrisa pequeña, pero suficiente para hacerme respirar con un poco más de tranquilidad.
Continué.
—La cubierta recoge la luz del oeste durante la tarde y proyecta sombras naturales sobre la plaza principal, reduciendo la temperatura sin necesidad de elementos mecánicos…— cuando terminé, la sala quedó en silencio unos segundos.
Después habló papá.
—Es una propuesta muy sensible.— sentí un pequeño alivio.
Mi padre jamás regalaba elogios.
Mikhail pasó lentamente una página de la carpeta.
—La distribución es inteligente. Especialmente la circulación.— otro de los arquitectos levantó la mano.
—Creo que es una de las propuestas conceptuales más completas que hemos revisado para este concurso.— escuché a Adrián soltar el aire muy despacio.
Yo hice exactamente lo mismo.
Por primera vez desde que comenzó aquella semana sentí que íbamos por buen camino.
Entonces escuché el sonido de una carpeta cerrándose.
Tac.
Levanté la vista.
Nikolai
No estaba mirando los renders. Me estaba mirando a mí, con una expresión completamente indescifrable.
—No.— solo dijo eso.
Una palabra.
Nada más.
El silencio que siguió fue mucho más incómodo que cualquier crítica. Esperé, porque Nikolai siempre tenía una explicación, siempre encontraba algo que los demás no veían.
Pero esta vez…
Solo guardó silencio.
Finalmente tomó uno de los planos.
—La plaza principal está sobredimensionada.— fruncí ligeramente el ceño.
—La calculamos con base en la afluencia prevista por el comité cultural.— él ni siquiera bajó la vista al documento.
—Redúzcanla.
Adrián intervino con calma.
—Si reducimos la plaza perderemos la transición entre el edificio y el espacio público.
—Entonces busquen otra solución.— pasó la página. —La cubierta mo me convence.
Respiré despacio.
—¿Qué parte exactamente?
—Toda.— varias personas intercambiaron miradas.
Nikolai nunca respondía de forma tan… imprecisa.
Continuó.
—El acceso principal, muévanlo.
—¿Hacia dónde? —pregunté.
Él me sostuvo la mirada.
—Encuentren un lugar mejor.— sentí un ligero nudo en el estómago.
No era la primera vez que corregía un proyecto.
Llevaba años haciéndolo, pero aquello… aquello era distinto. No estaba señalando errores, estaba rechazando decisiones.
Una tras otra.
Sin explicar por qué.
Adrián abrió discretamente la carpeta.
—Podemos revisar nuevamente el acceso, pero necesitaríamos conocer qué problema encontró para…— Nikolai lo interrumpió.
—Si ustedes no lo ven… ese ya es el problema.— sentí que algo dentro de mí empezaba a tensarse.
Observé los planos.
Después a mi padre.
Luego a Mikhail.
Los dos parecían igual de desconcertados. Entonces comprendí que no era imaginación mía, ellos tampoco entendían.
Esperé unos segundos.
Respiré hondo.
Y hablé.
—¿Puedo hacerle una pregunta, señor Sokolov?— él apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Adelante.— lo miré directamente.
Hacía días que había dejado de llamarlo Niko.
Y, aun así…
Sostenerle la mirada seguía siendo difícil.
—¿Existe algún error técnico en la propuesta?— silencio.
Él no respondió.
Continué.
—¿Algún incumplimiento estructural?— negó apenas con la cabeza.
—No.
—¿Funcional?
—No.
—¿Normativo?
—No.— asentí lentamente.
Podía escuchar mi propio corazón.
Toda la sala permanecía inmóvil.
Entonces hice la pregunta que llevaba varios minutos formándose dentro de mí.
—Entonces ¿el proyecto tiene un problema objetivo, o simplemente no le convence?— nadie respiró.
Mi padre dejó lentamente la pluma sobre la mesa.
Mikhail entrelazó las manos.
Adrián giró apenas la cabeza hacia mí.
Nikolai sostuvo mi mirada durante largos segundos.
—No veo la diferencia.— sentí una punzada en el pecho.
No de dolor.
De decepción.
Porque él sí conocía la diferencia.
Era el hombre que me había enseñado que la arquitectura no podía depender de gustos personales. Que toda decisión debía sostenerse con argumentos, que un buen arquitecto defendía sus ideas con hechos. No con autoridad.
Lo observé unos segundos más.
Y, por primera vez desde que entré a Asterion…
Sentí que estaba frente a un hombre distinto del que alguna vez admiré.
—Yo sí la veo.— mi voz salió sorprendentemente firme —Si existe un error, lo corregiremos o si considera que una decisión puede mejorarse, explíquenos por qué y trabajaremos en ello.
Hice una breve pausa.
—Pero si el proyecto está siendo rechazado únicamente porque no responde a una preferencia personal necesitamos saberlo. Porque seguir modificándolo sin una dirección concreta no lo hará mejor, solo lo hará diferente.
El silencio fue absoluto.
Los ojos de Nikolai no se apartaban de los míos.
Por un instante…
Creí ver algo.
No enojo.
No desprecio.
Algo mucho más extraño, como si quisiera decirme algo, como si estuviera peleando contra sí mismo.
Pero desapareció tan rápido como había llegado.Su mandíbula volvió a tensarse, enderezó la espalda y tomó la carpeta.
Y habló con la misma frialdad de siempre.
—Presenten una nueva versión el lunes.— eso fue todo.
Ni una explicación.
Ni un argumento.
Ni una sola respuesta.
Mientras todos comenzaban a recoger sus documentos, entendí algo que me dejó un sabor amargo. Aquella reunión nunca había sido sobre un museo, había sido sobre nosotros.
Y, por alguna razón que todavía no alcanzaba a comprender, Nikolai parecía dispuesto a derribar cualquier cosa que construyéramos, aunque para hacerlo tuviera que olvidar todo aquello que alguna vez me enseñó.
No escuché nada después de que terminó la reunión. Las voces comenzaron a mezclarse unas con otras. Sillas moviéndose, carpetas cerrándose.
Mi padre diciendo algo sobre revisar el cronograma.
Mikhail despidiéndose de uno de los arquitectos.
Nada llegaba realmente a mi cabeza, solo podía escuchar una palabra.
No.
Una palabra.
Eso era todo lo que Nikolai había necesitado para tirar por la borda una semana de trabajo.
No un argumento.
No una observación técnica.
No una propuesta de mejora.
Solo…
No.
Guardé mis planos dentro de la carpeta con más fuerza de la necesaria.
—Viv…— escuché la voz de Adrián detrás de mí.
No me detuve.
—Vivienne.— tampoco.
Necesitaba salir de aquella sala antes de que la frustración terminara por romper la poca serenidad que aún conservaba.
Caminé por el pasillo con pasos rápidos. La alfombra amortiguaba el sonido de mis tacones, pero mi corazón parecía hacer suficiente ruido por los dos.
Al pasar frente al área administrativa, vi a Clara levantar la cabeza.
—¿Arquitecta Hale? El señor Sokolov…— ni siquiera terminó la frase, porque seguí caminando.
Llegué hasta la puerta del despacho presidencial.
Normalmente habría tocado.
Siempre tocaba.
Durante años esperé el mismo “adelante” antes de entrar. Era casi un ritual, pero aquel día, aquel día no quería pedir permiso.
Giré el picaporte.
Abrí la puerta.
Y entré.
El golpe de la puerta al cerrarse hizo que Nikolai levantara la vista inmediatamente. Estaba de pie, junto al ventanal, revisando unos documentos.
Al verme, dejó la carpeta sobre el escritorio.
No pareció sorprendido. Solo… atento.
—Arquitecta Hale…
—No.— lo interrumpí antes de que terminara.
Mi propia voz me sorprendió.
No era fuerte.
Era firme.
—No me llames así ahora.— el silencio cayó entre los dos.
Nikolai entrelazó las manos detrás de la espalda.
—¿Qué sucede?— lo miré incrédula.
Sentí una risa amarga escapar de mis labios.
—¿De verdad vas a preguntarme eso?— él no respondió.
Solo esperaba, como si realmente creyera no haber hecho nada.
Di un paso hacia el escritorio.
Después otro.
Hasta quedar frente a él.
—Llevamos una semana trabajando en ese proyecto. Dormimos cuatro horas diarias. Rehicimos los planos cada vez que lo pediste. Aceptamos todas las observaciones, todas.
Él permanecía inmóvil.
—Hoy tenías frente a ti el mejor trabajo que Adrián y yo hemos hecho desde que empezó el concurso— hice una pausa —,Y no encontraste un solo error.
Su mandíbula se tensó apenas.
—Encontré aspectos que podían mejorar.— negué lentamente.
—No. Encontraste aspectos que no te gustaban, no es lo mismo.— sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Estás cuestionando mi criterio?
—Estoy intentando entenderlo, porque ya no lo reconozco.— vi un leve movimiento en su expresión.
Tan pequeño que cualquier otra persona lo habría pasado por alto.
Yo no.
Lo conocía demasiado bien.
Respiré hondo.
—Hace años me enseñaste que un arquitecto no destruye una idea solo porque no coincide con sus preferencias. Me enseñaste que cada decisión debía sostenerse con argumentos, con datos, lógica. No con autoridad.
Mi voz comenzó a quebrarse apenas.
—Eso me enseñaste tú. Por eso hoy no entendí qué ocurrió ahí dentro.— Nikolai apartó la vista por un instante.
Solo un segundo.
Después volvió a mirarme.
—No tengo por qué justificar todas mis decisiones.— sentí cómo algo dentro de mí terminaba de romperse.
—No.— respondí casi en un susurro —Pero sí tienes la obligación de ser justo.
El despacho quedó completamente en silencio.
Podía escuchar el leve zumbido del aire acondicionado.
El tráfico lejano de Manhattan.
Mi propia respiración.
Di otro paso.
Esta vez no había escritorio suficiente para esconder la distancia entre nosotros.
—Respóndeme una sola cosa, Nikolai.— su nombre salió de mis labios con una calma que dolía más que cualquier grito.
Él lo notó.
Lo vi en sus ojos.
Notó que ya no era “Niko”.
Que aquella parte de mí seguía desapareciendo.
—Solo una. ¿Ese proyecto realmente era malo…o el problema era que lo presentamos Adrián y yo?— su mirada vaciló.
Por primera vez desde que entré.
Fue apenas un instante, pero ocurrió. Y bastó para confirmarme lo que llevaba toda la reunión intentando negar.
Él no tenía una respuesta. No una que pudiera decir en voz alta. Esperé, cinco segundos, diez, quince.
El silencio empezó a doler más que cualquier palabra.
Finalmente habló.
—Laurent aún tiene mucho que aprender.— lo observé sin comprender.
—Eso no responde mi pregunta.
—Debe acostumbrarse a que sus propuestas sean cuestionadas.— negué con la cabeza.
—No hablo de Adrián, hablo de ti. Hablo de nosotros, de lo que está pasando desde hace días.— sentí un nudo cerrándome la garganta —Entras a mi oficina buscando errores que no existen, corriges planos que ya aprobaste, interrumpes cada explicación que doy. Y hoy intentaste hacer pedazos un proyecto delante de todo el comité sin una sola razón técnica.
Tragué saliva.
—¿Dime qué hice?— la pregunta salió mucho más baja, más humana —¿Qué hice para que cada vez que entro a una sala contigo tenga la sensación de que estás esperando verme fallar?
Nikolai permaneció inmóvil.
Sus labios se separaron apenas, como si fuera a decir algo. Lo esperé, durante un segundo absurdo… esperé que, por fin, bajara la armadura.
Que me dijera la verdad.
La que fuera.
Pero no.
Volvió a convertirse en el presidente de Asterion.
—Si terminaste, tengo trabajo.— sentí un vacío en el pecho.
No una explosión, no rabia. Vacío.
Lo miré unos segundos más.
Después asentí muy despacio.
—Claro, trabajo. Eso siempre ha sido más fácil que hablar conmigo.— tomé aire.
Giré hacia la puerta.
Y justo antes de salir, sin volverme a mirarlo, dije en voz baja:
—Lo peor de todo, Nikolai, no es que ya no confíes en mi trabajo. Es que has conseguido que empiece a dudar del hombre al que más admiraba.
Abrí la puerta y, esta vez fui yo quien no esperó una respuesta.
Porque, en el fondo…
Ya sabía que no iba a llegar.
Nikolai
La puerta se cerró detrás de Vivienne.
Durante unos segundos permanecí mirando hacia ella, aunque ya sabía que se había ido. Su presencia todavía parecía ocupar el despacho, como si las palabras que había pronunciado hubieran quedado suspendidas en el aire.
Has conseguido que empiece a dudar del hombre al que más admiraba.Apreté la mandíbula.
Volví al escritorio y abrí nuevamente la carpeta del museo. Tenía que revisar la circulación vertical, comprobar algunos cálculos y preparar las observaciones para la reunión de la tarde.
Leí la primera página.
Después la segunda.
No entendí absolutamente nada.
Volví a la primera.
Cerré los ojos.
—Concéntrate.
Lo dije en voz baja, como si ordenármelo fuera suficiente.
No lo fue.
Porque mi cabeza seguía regresando a Vivienne. A su expresión cuando había hablado conmigo, a la forma en que había intentado ocultar que mis palabras le dolían. A esos malditos ojos azules que, por alguna razón, siempre conseguían hacerme sentir que estaba perdiendo una discusión incluso cuando yo tenía la última palabra.
Antes siempre había algo más, una disculpa improvisada, un comentario sarcástico al día siguiente, el café sobre mi escritorio a las ocho en punto, incluso una sonrisa pequeña. Cualquier cosa.
Esta vez, nada.
Había dicho “Nikolai”. Otra vez. Y seguía resultándome extraño escuchar mi nombre en sus labios.
Durante años fui “Niko”. A veces incluso antes de que ella entrara al despacho ya podía escuchar aquel: “Buenos días, Niko.”
Cerré los ojos.
La imagen apareció sin que pudiera evitarlo.
Un jardín. El viejo jardín de la casa de los Hale.
Una niña de cabello castaño corría sosteniendo una libreta demasiado grande para sus manos.
—¡Niko! ¡Espera!Apreté los párpados con fuerza.
La imagen desapareció igual de rápido que había llegado.
Abrí los ojos de inmediato.
No, no tenía tiempo para pensar en eso.
Abrí nuevamente la carpeta. Esta vez llegué hasta la tercera página antes de abandonar el intento.
Me levanté y caminé hacia el ventanal. Manhattan seguía ahí, taxis, personas, edificios. Una ciudad entera moviéndose sin detenerse por nadie.
Apoyé una mano contra el cristal.
Y entonces pensé en Adrián, no en algo concreto que hubiera hecho aquel día. En él.
En su cercanía con Vivienne, en la facilidad con la que trabajaban juntos, en las veces que los había visto inclinados sobre el mismo plano, hablando durante largos minutos mientras ella sonreía. En la confianza con la que él podía acercarse a su escritorio, la forma en que Vivienne parecía relajarse cuando estaba con él.
Eso era lo que más me molestaba.
No que Adrián fuera competente, no que fuera inteligente. Ni siquiera que trabajara bien con ella.
Lo que no soportaba era la naturalidad.
La facilidad.
Él podía estar cerca de Vivienne sin que ella levantara ninguna barrera.
Podía hacerla reír, preguntarle cómo estaba, acompañarla cuando tenía un mal día. Y yo había pasado los últimos años haciendo exactamente lo contrario.
Había conseguido que mi presencia fuera suficiente para tensar sus hombros, había convertido cada conversación en una batalla. Había hecho que una mujer que alguna vez corría hacia mí cuando éramos niños aprendiera a mantenerse a distancia.
Y ahora había otro hombre ocupando ese espacio.
La idea me produjo una irritación tan absurda que tuve que apartarme del ventanal.
Volví al escritorio y tomé un bolígrafo.
Lo dejé.
Lo volví a tomar.
Lo hice girar entre mis dedos.
Hasta que finalmente lo lancé sobre la mesa.
—Maldita sea.
No estaba celoso, o eso intenté convencerme. Era ridículo.
Vivienne podía trabajar con quien quisiera, tener amigos, confiar en quien quisiera. No era asunto mío, no tenía ningún derecho sobre ella. Ninguno.
Y, aun así, la imagen de Adrián a su lado seguía apareciendo en mi cabeza.
Recordé una tarde de la semana anterior. Vivienne había estado explicándole algo frente a una pantalla y Adrián se había inclinado para señalar un detalle del plano.
Ella se había reído, otra vez. Una risa tranquila, sin tensión, sin cuidado.
Una que yo hacía años que no escuchaba.
Recordé otra ocasión.
Los dos habían salido del estudio hablando sobre una modificación del proyecto. Adrián llevaba varias carpetas y Vivienne caminaba a su lado, completamente concentrada en la conversación.
Parecían cómodos. Demasiado cómodos.
Y luego estaba la manera en que él siempre parecía saber cuándo ella necesitaba ayuda. No tenía que preguntarle demasiado, simplemente estaba ahí.
Eso era lo que me estaba volviendo loco.
Adrián no tenía que luchar por acercarse a ella.
No tenía que reparar diez años de errores.
No tenía que convencerla de que podía confiar en él.
No tenía que cargar con la culpa de haberla hecho sentir insignificante.
Simplemente podía estar a su lado.
Y yo quería arrancarle las manos.
La idea apareció tan clara que tuve que cerrar los ojos. Era una reacción irracional, desproporcionada. Absurda.
Y, sin embargo, completamente real.
No quería que la tocara, no quería que la hiciera reír. No quería que fuera él quien escuchara sus problemas. No quería que fuera él quien recibiera esas sonrisas que alguna vez habían sido tan fáciles de conseguir cuando éramos niños.
Quería que Vivienne volviera a mirarme así y, esa era precisamente la parte que más me avergonzaba. Porque no tenía derecho a quererlo, yo había sido quien había destruido esa cercanía.
No Adrián.
Yo.
Me dejé caer en la silla y pasé una mano por mi rostro.
—¿Qué demonios estás haciendo?
No esperaba una respuesta. Y no la hubo, solo el silencio de mi oficina.
Tomé nuevamente la carpeta.
Intenté trabajar. Cinco minutos, diez, quince. Nada.
Mi mente seguía regresando a ella.
A su cabello.
A su sonrisa.
A la forma en que fruncía ligeramente el ceño cuando estaba concentrada.
A la manera en que mordía la tapa del bolígrafo cuando algo no le salía como quería.
A cómo cambiaba su expresión cuando alguien hablaba de arquitectura paisajística.
A todo lo que sabía de ella.
Y a todo lo que ya no sabía, eso era lo que más me inquietaba. Había conocido a Vivienne durante casi toda mi vida. Sabía cómo pensaba, sabía cuándo estaba molesta, cuándo estaba mintiendo, cuándo necesitaba espacio. O al menos creía saberlo.
Pero durante los últimos años había construido una distancia tan grande entre nosotros que ahora otro hombre parecía conocer una versión de ella a la que yo ya no tenía acceso.
Adrián.
Volví a sentir aquella punzada de celos.
Más fuerte.
Más profunda.
Cerré la carpeta de golpe.
No podía seguir fingiendo. Estaba celoso, terriblemente celoso.
Y sabía exactamente por qué.
Porque me importaba Vivienne. Mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir, más de lo que debería.
Me recosté en la silla y miré hacia el techo. Podía decirme que era una cuestión profesional. Podía convencerme de que solo me preocupaba que una relación demasiado cercana dentro del equipo terminara afectando el proyecto. Podía inventar cualquier explicación razonable.
Pero no sería verdad. La verdad era mucho más sencilla.
No soportaba imaginar a Vivienne con otro hombre.
No soportaba pensar que alguien pudiera ocupar el lugar que yo, en algún rincón de mí mismo, todavía deseaba y, lo peor era que ni siquiera sabía si algún día tendría derecho a intentar recuperarlo. Porque quizá Vivienne ya había aprendido a vivir perfectamente sin mí.
Quizá Adrián era solo un amigo. Quizá no había nada entre ellos. Quizá yo estaba convirtiendo una relación laboral en una amenaza porque necesitaba culpar a alguien por la distancia que existía entre Vivienne y yo.
Pero incluso si no había nada… seguía sintiendo celos. Descomunales, silenciosos. De esos que no se muestran porque admitirlos sería demasiado humillante.
Así que no dije nada. No iba a preguntarle, no iba a interrogarla, no iba a acercarme a Adrián para marcar territorio.
No tenía derecho.
Si quería recuperar algún día el lugar que había perdido con Vivienne, tendría que hacerlo de otra manera. Tendría que conseguir que ella quisiera acercarse a mí y, eso era mucho más difícil.
Miré nuevamente la carpeta del museo.
La abrí. Esta vez obligué a mi mente a concentrarse. Pero antes de comenzar a leer, pensé en ella una última vez.
En Vivienne riéndose con Adrián, en la facilidad con la que él podía estar cerca.
Y sentí nuevamente aquella necesidad irracional de apartarlo.
Respiré profundamente. No, no iba a hacer nada. Los celos eran míos, el problema era mío. Y tendría que aprender a soportarlos.
Porque si había algo que finalmente estaba empezando a comprender, era que querer a Vivienne no me daba ningún derecho sobre ella. Solo me dejaba con una certeza que prefería no admitir: quería ser el hombre que estuviera a su lado.
Y no tenía idea de si algún día ella volvería a quererme allí.