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Capítulo diez

Hasta Que Deje De Esperarte 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo diez

Capítulo diez

Nikolai

Hay noches en las que Manhattan parece no dormir nunca.

Las luces permanecen encendidas hasta el amanecer, los taxis siguen recorriendo las avenidas y los helicópteros atraviesan el cielo incluso a las tres de la mañana. Siempre me había gustado esa sensación. Saber que la ciudad seguía avanzando mientras yo trabajaba me hacía sentir que todo estaba bajo control.

Aquella noche, en cambio, el ruido me molestó.

Me desperté antes de que sonara la alarma y durante unos segundos pensé que todavía era de madrugada. Giré la cabeza hacia el reloj.

5:12.

Normalmente habría cerrado los ojos y aprovechado los minutos que quedaban para dormir un poco más, pero no pude. El penthouse estaba demasiado silencioso, demasiado vacío. Me levanté y caminé descalzo hasta la cocina. Preparé café por costumbre, esperé frente a la máquina y tomé la taza cuando estuvo lista.

Di un sorbo.

Estaba bien.

Solo eso.

Bien.

Fruncí el ceño y volví a probarlo, como si el segundo sorbo pudiera explicarme qué estaba mal. No había nada malo. El grano era el mismo, la mezcla era la misma y la máquina llevaba años preparando exactamente el mismo café.

Entonces entendí qué faltaba.

No era el café.

Era ella.

Recordé las mañanas en las que Vivienne aparecía en mi despacho con aquella taza humeante entre las manos.

Siempre llegaba unos segundos después de lo que yo consideraba puntual, siempre con el cabello ligeramente desordenado y esa expresión tranquila que conseguía irritarme por razones que ni siquiera yo entendía.

—Buenos días, Niko.

Y yo, en lugar de agradecerle, encontraba algo que corregir.

Llegas diez segundos tarde.

Cerré los ojos.

Qué manera tan estúpida de desperdiciar algo que ahora daría cualquier cosa por volver a tener.

Ella siempre dejaba el café en la esquina derecha de mi escritorio.

Una vez le había dicho que era el único lugar donde no podía derramarlo sobre los planos y nunca volvió a cambiarlo. Durante mucho tiempo pensé que eran detalles insignificantes.

Ahora podía recordar cada uno.

Y eso era precisamente lo que empezaba a volverme loco.

Porque Vivienne siempre había estado allí.

Tan cerca que terminé creyendo que podía darla por sentada.

Hasta que dejó de estarlo.

Dejé la taza sobre la encimera y miré por el ventanal. Manhattan comenzaba a despertar poco a poco, pero yo solo podía pensar en una mujer que probablemente ni siquiera estaba pensando en mí.

Y eso me molestaba más de lo que quería admitir.

Vivienne siempre había tenido esa capacidad absurda de entrar en mi cabeza sin pedir permiso. Podía pasar horas intentando concentrarme y bastaba recordar su sonrisa para perder completamente el hilo de mis pensamientos. Era irritante, impredecible y demasiado buena en hacerme olvidar que se suponía que yo tenía el control.

La mujer que me volvía loco.

La misma a la que yo había conseguido alejar.

Y ahora, por primera vez, estaba empezando a comprender que recuperarla no sería sencillo.

Si es que algún día podía hacerlo.

Llegué a Asterion a las siete con veintidós.

El vestíbulo todavía estaba tranquilo y el edificio apenas comenzaba a despertar. Prefería esas horas porque nadie esperaba conversaciones innecesarias y podía trabajar sin interrupciones. Subí al piso cuarenta, entré a mi despacho y dejé el portafolio sobre el escritorio.

Lo primero que hice fue mirar la puerta.

Me quedé quieto unos segundos.

Ridículo.

¿Qué esperaba?

Sabía perfectamente que Vivienne ya no tenía ninguna razón para entrar allí.

Aun así, mi mirada regresó a la puerta cuando Clara apareció con una taza de café.

—Pensé que quizá le gustaría uno mientras empieza la jornada.

—Gracias.— esperé a que saliera y tomé la taza.

Probé el café.

Otra vez esa sensación.

No sabía igual.

Lo dejé sobre el escritorio.

No porque estuviera mal preparado. Clara había hecho exactamente lo que debía. El problema era que mi cabeza había decidido comparar cualquier taza con la que Vivienne me llevaba cada mañana.

Y ninguna podía ganar.

Abrí el expediente del museo y obligué a mi mente a concentrarse. Durante unos minutos funcionó, hasta que miré el reloj.

8:00.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Mis ojos fueron directamente hacia la puerta.

Esperé.

Nada.

No hubo tres golpes suaves, no apareció su rostro detrás de la puerta. No escuché su voz.

Y fue entonces cuando comprendí cuánto había dependido de una rutina que ni siquiera sabía que necesitaba.

Vivienne no solo me llevaba café.

Me llevaba una parte de su mañana.

Una pequeña parte de su tiempo que, durante años, yo había aceptado como si me perteneciera. Y no me pertenecía. Nunca me había pertenecido.

Ella había decidido dármela.

Ahora había decidido dejar de hacerlo. No, yo prácticamente la había obligado.

La diferencia me golpeó con una fuerza inesperada.

Me recosté en la silla y pasé una mano por mi rostro.

No podía exigirle que volviera.

No podía acercarme y actuar como si nada hubiera ocurrido.

Había sido demasiado duro con ella durante demasiado tiempo.

Y aunque todavía no estaba dispuesto a admitirlo en voz alta, sabía que recuperar su confianza sería mucho más difícil que ganarse la de cualquier cliente, socio o empleado de Asterion.

Porque Vivienne no necesitaba que yo le prometiera nada.

Necesitaba ver hechos. Necesitaba comprobar que el hombre que tenía delante no era el mismo que había conseguido hacerla sentir pequeña durante años.

Y yo tendría que aceptar algo que no me gustaba en absoluto: Esta vez no podía obligar a Vivienne a quedarse, tendría que hacer que quisiera hacerlo.

Miré nuevamente la taza de café.

Ya estaba fría.

La empujé hacia un lado y abrí el expediente del museo.

Intenté concentrarme. Pero antes de empezar a leer, pensé en ella una última vez. En sus ojos azules, en esa sonrisa que siempre conseguía desarmarme, en la manera en que decía mi nombre cuando estaba molesta conmigo.

Y en lo mucho que odiaba admitirlo. La extrañaba.

No sabía cuánto tiempo necesitaría para dejar de hacerlo.

Tampoco sabía cuánto tardaría Vivienne en volver a confiar en mí.

Quizá semanas.

Quizá meses.

Quizá nunca.

Pero por primera vez no quería escapar de esa posibilidad. Si quería recuperarla, tendría que aprender a esperar. Y para un hombre acostumbrado a conseguir exactamente lo que quería…

Eso iba a ser mucho más difícil que cualquier proyecto de Asterion.

Habían pasado veinticuatro horas desde la reunión.

Veinticuatro horas desde que Vivienne había entrado a mi despacho sin tocar, por primera vez en años, y me había preguntado con una calma que todavía me incomodaba recordar qué había hecho para que yo esperara verla fallar.

Y, sin embargo, seguía sin responder un solo correo.

Leí el informe del museo por sexta vez. Las mismas cifras. Los mismos planos. Las mismas observaciones.

Nada cambiaba.

Cerré la carpeta con un movimiento seco y apoyé ambas manos sobre el escritorio. No era el proyecto. Era mi cabeza.

Llevaba toda la mañana intentando convencerme de que había tomado la decisión correcta. Era el presidente de Asterion. Mi trabajo consistía en exigir excelencia, no simpatía ni aprobación.

Excelencia.

Entonces, ¿por qué seguía sintiendo que algo había salido mal?

Antes habría encontrado una explicación sencilla: Vivienne se había equivocado, yo había corregido el error y el asunto terminaba ahí.

Pero esta vez no conseguía hacerlo.

Lo que me molestaba no era el plano ni la discusión. Era la expresión de su rostro cuando salió de la sala. La forma en que había apretado los labios para no decir nada más. El brillo contenido en sus ojos.

Y, sobre todo, el hecho de que, por primera vez, no hubiera intentado alcanzarme después.

Me pasé una mano por la nuca y solté un suspiro bajo.

Eso me estaba afectando más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Tres golpes suaves interrumpieron el silencio.

Fruncí el ceño.

No eran tres.

Eran dos.

La puerta se abrió sin esperar respuesta.

Dmitri.

Como siempre.

Entró con las manos en los bolsillos y cerró la puerta con el pie. Su mirada recorrió el despacho antes de detenerse en mí.

Lo observé apenas un instante y volví la vista al escritorio.

—¿Qué necesitas?

No respondió enseguida.

Se quedó frente a mí, estudiándome con la cabeza ligeramente inclinada. Sus ojos bajaron hasta la carpeta abierta y luego regresaron a mi rostro.

—Pensé que hoy ya se te habría pasado.

—¿Qué cosa?

—Lo que sea que te está pasando desde ayer.— se apartó de la puerta y avanzó unos pasos.—Y antes de que me digas que no pasa nada, te conozco demasiado bien para creerte.

Bajé la mirada hacia la carpeta y pasé una página sin leerla.

—Estoy trabajando.

Dmitri soltó una risa breve, sin humor.

—No. Estás escondiéndote detrás del trabajo. Hay una diferencia.

Tomé el bolígrafo y lo hice girar entre los dedos. El movimiento era automático. Una vuelta. Otra. Otra más.

—¿Terminaste?

—Todavía no.

Se apoyó contra el borde del escritorio y cruzó los brazos.

—Ayer rechazaste el mejor proyecto que hemos visto en semanas. Corregiste detalles que tú mismo habías aprobado y discutiste con Vivienne delante del comité.— su mirada se endureció —Después ella vino a buscarte a tu despacho, salió sin conseguir nada y hoy tú llegaste antes que todos.

Dejó escapar un suspiro y señaló el plano frente a mí.

—Llevas veinte minutos mirando lo mismo. ¿Quieres que siga o ya entendiste lo que estoy diciendo?— levanté lentamente la vista.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que deje de trabajar porque una discusión con Vivienne me incomodó?

—No.— Dmitri negó con la cabeza —Quiero que admitas que no fue una discusión cualquiera.

No respondí.

Él se inclinó un poco hacia mí.

—Te conozco, Nikolai. Cuando un proyecto te preocupa, te obsesionas con los números. Cuando algo sale mal, buscas la solución. Pero esto es diferente.— sus ojos se clavaron en los míos —Estás intentando convencerte de que no te importa que Vivienne se haya alejado. Y, sinceramente, eres mucho peor mintiéndote a ti mismo de lo que eres mintiéndole a los demás.

Sentí la mandíbula endurecerse.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—No necesito que analices mi vida.

—Entonces deja de comportarte como si necesitaras que alguien lo hiciera.

Dmitri se enderezó.

—Antes Vivienne salía de una reunión contigo hecha pedazos y, aun así, al día siguiente aparecía con un café para ti. La tratabas mal y ella volvía. La hacías sentir insuficiente y ella buscaba la manera de arreglar las cosas. — sus dedos se cerraron lentamente sobre sus propios brazos —Ayer ocurrió algo distinto. Ella se fue y no regresó. No te llamó. No vino a buscarte. No intentó convencerte de nada.

Hizo una pausa.

—Y desde entonces llevas veinticuatro horas actuando como si te hubieran quitado algo.— mis dedos se tensaron sobre el borde del escritorio.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.— Dmitri me sostuvo la mirada.

No parpadeó.

—¿De verdad puedes decir eso y creerlo?— no respondí.

Porque la respuesta habría sido una mentira.

Dmitri se apartó del escritorio y caminó hasta el ventanal. Sus pasos resonaron sobre el suelo de madera. Al llegar, apoyó una mano en el cristal y observó Manhattan durante unos segundos.

Yo seguí inmóvil, con la vista fija en la carpeta.

—Hay algo que nunca entendí de ti —dijo finalmente.

—¿Qué?

—Cómo pudiste pasar tantos años convencido de que odiabas a Vivienne cuando cada vez que alguien se acercaba demasiado a ella eras el primero en notarlo.— mis dedos se cerraron en un puño.

—No empieces.— Dmitri giró apenas el rostro para mirarme por encima del hombro.

—No. Ahora sí voy a empezar.— se volvió por completo hacia mí—Llevas diez años usando aquel día como excusa para justificar todo lo que haces con ella. Te dices que la estás castigando por lo que ocurrió. Que tienes derecho a mantenerla lejos. Que no necesitas confiar en ella.

Su voz bajó.

—Pero ayer, cuando ella dejó de perseguirte, ¿sabes qué fue lo primero que hiciste?— no respondí.

Dmitri dio un paso hacia mí.

—La buscaste con la mirada.— sentí un golpe incómodo en el pecho. Odiaba cuando Dmitri dejaba de hacer bromas y hablaba de forma seria.

Aparté los ojos.

—No sabes de qué hablas.

—Sí sé.— su voz perdió la ligereza —Y cuando no estaba, te molestó. Eso no es odio, Nikolai. No sé todavía qué es, pero hace mucho tiempo dejó de parecerse al odio.

Me puse de pie de golpe. La silla retrocedió unos centímetros y chocó contra el suelo.

—Te dije que no hablaras de eso.— Dmitri no se movió.

—¿Por qué? ¿Porque duele?

—Porque no sabes de lo que hablas.

—Sí sé.— sus ojos se oscurecieron —Yo estuve ahí.

Aquellas palabras me dejaron inmóvil.

Dmitri se giró por completo hacia mí.

—Y también estuve ahí después. Vi lo que hiciste con Vivienne durante años. Vi cómo aprendió a medir sus palabras contigo. Cómo dejó de esperar algo bueno de ti. Cómo, aun así, seguía preocupándose por ti.— su mandíbula se tensó —¿Sabes qué cambió? Ella finalmente dejó de hacerlo.

No dije nada.

Dmitri dio otro paso.

—Y creo que eso es lo que realmente te está asustando.

—No me asusta.

—Entonces mírame y dime que te da igual perderla.— abrí la boca.

El aire se quedó atrapado en mi garganta.

No salió nada.

Dmitri asintió lentamente, como si aquella ausencia de respuesta fuera suficiente.

—Eso pensé.— me quedé mirándolo. Sentía el pulso golpeándome en las sienes.

—No sé qué quieres que haga.— por primera vez, mi voz salió más cansada que molesta.

Dmitri dejó de lado cualquier rastro de burla. Sus hombros descendieron y su expresión se volvió más seria.

—Empieza por dejar de hacerle daño solo porque no sabes qué hacer con lo que sientes. — bajé la mirada —No tienes que pedirle perdón hoy. No tienes que decirle que la amas. Ni siquiera tienes que acercarte a ella.

Hizo una pausa.

—Pero si de verdad crees que lo que ocurrió hace diez años justifica convertirla en alguien que tiene miedo de hablar contigo, entonces al menos ten el valor de reconocer que el problema ya no es aquel día.— sus ojos volvieron a encontrarse con los míos —Eres tú.

Sentí que algo se cerraba en mi pecho.

No quería escucharlo.

Precisamente por eso sabía que necesitaba hacerlo.

—Han pasado diez años.

—Exactamente.— Dmitri se dirigió hacia la puerta —Y sigues viviendo como si hubieran pasado diez minutos.

Cerré los ojos durante un instante.

Un jardín cubierto de hojas.

Un cuaderno blanco.

Una niña de catorce años levantándolo con orgullo.

Una voz riendo.

—¡Niko!

Abrí los ojos de golpe.

La ciudad seguía frente a mí, gris y distante detrás del cristal.

Dmitri ya estaba junto a la puerta. Su mano descansaba sobre el picaporte.

—No puedes cambiar lo que ocurrió entonces —dijo—. Pero sí puedes decidir qué clase de hombre vas a ser ahora.

La puerta se cerró detrás de él con un sonido suave.

Me quedé completamente solo.

Las palabras siguieron resonando en mi cabeza.

Qué clase de hombre vas a ser ahora.

Solté el aire lentamente y me llevé una mano al rostro.

Después abrí un cajón del escritorio casi por inercia.

Dentro había una vieja caja de madera donde guardaba lápices que ya no utilizaba. No sabía por qué seguía conservándolos. Tal vez nunca había querido preguntármelo.

Tomé uno al azar y lo hice girar entre los dedos.

Estaba gastado.

Muy gastado.

Al girarlo, descubrí una inscripción casi borrada por el tiempo.

Para Niko.

La letra era pequeña, torcida e inconfundible.

Mis dedos se detuvieron.

Sentí que un recuerdo intentaba abrirse paso.

Un jardín cubierto de hojas.

Una niña de catorce años levantando orgullosa un cuaderno de dibujos.

Una sonrisa.

La mía.

Y después…

Nada.

Como si alguien hubiera arrancado las páginas siguientes de aquella historia.

Cerré el puño alrededor del lápiz hasta que la madera crujió entre mis dedos.

No.

Todavía no.

Había recuerdos que llevaban diez años enterrados y que, por alguna razón, empezaban a encontrar el camino de regreso.

El despacho comenzó a quedarse pequeño.

No por el espacio.

Por mi cabeza.

Me acerqué al ventanal y apoyé una mano contra el cristal frío. Mi reflejo me devolvió una imagen rígida, cansada, casi desconocida.

Y, por primera vez en diez años, una pregunta consiguió atravesar todas las respuestas que había construido para protegerme:

¿Y si Vivienne nunca había sido mi enemiga?

No tenía una respuesta.

Todavía.

Pero ya no podía fingir que no quería encontrarla.

Después de que Dmitri salió, intenté volver al trabajo.

Abrí tres veces el mismo plano, respondí un correo de cuatro líneas, corregí una cifra que ya estaba correcta y volví a abrir el informe del museo para cerrarlo menos de un minuto después. Nunca había odiado tanto mi incapacidad para concentrarme.

Me levanté de la silla con un suspiro y tomé la carpeta que debía entregar al departamento jurídico. Necesitaba caminar, aunque fueran cinco minutos.

La empresa no iba a detenerse porque yo necesitara despejar la cabeza.

Salí al pasillo.

Los empleados iban de un lado a otro con la rapidez habitual; algunos me saludaban y yo respondía por mera educación, sin prestar demasiada atención. Doblé el pasillo principal y entonces recordé que la oficina de Vivienne quedaba unos metros más adelante.

Mi intención fue seguir de largo. Sin detenerme. Sin pensar. Sin mirar. Pero escuché una risa.

Me detuve.

No era estridente ni exagerada. Era baja, suave, familiar.

Una de esas risas que había escuchado cientos de veces durante nuestra infancia y que, sin saber cuándo había ocurrido, había dejado de escuchar durante demasiado tiempo.

La puerta de cristal estaba entreabierta. Desde donde me encontraba podía verla perfectamente.

Vivienne estaba sentada frente a la computadora, con el cabello recogido en una coleta alta y las mangas de la blusa dobladas hasta los codos. Tenía un lápiz entre los labios mientras movía el ratón y fruncía el ceño frente a la pantalla.

Adrián permanecía a su lado, inclinado apenas sobre el escritorio.

—No puede ser… —dijo Vivienne.

Adrián soltó una carcajada.

—Te juro que así estaba cuando llegué.— ella retiró el lápiz de su boca.

—¿Quién hizo eso?

—No tengo pruebas, pero estoy convencido de que fue Dmitri.— Vivienne negó con la cabeza.

—Tiene cinco años atrapados en el cuerpo de un adulto.

—Eso sería darle demasiado crédito.— los dos rieron.

Una risa sencilla. Natural. Sin esfuerzo.

Y entonces comprendí que llevaba varios segundos observándola sin moverme.

Adrián hizo clic en la pantalla y apareció un render del museo. Un árbol enorme estaba colocado exactamente en medio del acceso principal.

Vivienne volvió a reír, esta vez inclinando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos durante un instante. Me quedé mirándola.

No recordaba la última vez que la había visto así.

No desde hacía semanas.

Quizá meses.

Y una parte de mí quiso atribuirlo a Adrián. Decirme que él era quien conseguía hacerla reír, que él era quien lograba que se sintiera cómoda, que quizá siempre había sido así y yo simplemente nunca había querido verlo.

Pero entonces comprendí algo que me incomodó todavía más.

No era Adrián.

Era ella.

Vivienne estaba disfrutando otra vez de su trabajo.

Estaba dibujando.

Estaba hablando de arquitectura.

Estaba sonriendo porque había encontrado una solución que le gustaba.

Y yo había pasado tanto tiempo tratando de demostrarle que no era suficiente que había olvidado algo básico: ella siempre había sido brillante. Siempre había amado lo que hacía. Siempre había tenido esa forma de iluminarse cuando hablaba de un proyecto.

Yo solo había conseguido que dejara de hacerlo conmigo.

Adrián movió el árbol unos metros.

—Mucho mejor.

—Definitivamente. Aunque admito que por un momento pensé que habías decidido convertir el museo en un bosque.

—Sería una propuesta innovadora.— ella volvió a sonreír.

Sentí algo incómodo en el estómago.

No era enojo.

Tampoco exactamente celos.

Era vergüenza.

Una vergüenza silenciosa que me obligó a bajar la mirada hacia la carpeta que llevaba en las manos.

Había pasado años diciéndome que quería mantenerla lejos, que era mejor así, que ella debía aprender a vivir con las consecuencias de lo ocurrido.

Pero ahora estaba viendo el resultado.

Vivienne había aprendido a vivir sin mí.

Y no parecía necesitarme para ser feliz.

Eso debería haberme tranquilizado.

En cambio, me aterrorizó.

Porque mientras yo me aferraba a una historia de hacía diez años para justificar mi distancia, alguien más estaba trabajando junto a ella, escuchándola reír, viendo esa parte de Vivienne que yo mismo había ayudado a apagar.

Y no podía culparlo.

No tenía ningún derecho.

El problema no era Adrián.

El problema era que yo había tenido a Vivienne durante años y había actuado como si su cariño fuera algo garantizado.

Ella aparecía con un café, yo encontraba un defecto. Ella intentaba acercarse, yo levantaba una pared. Ella seguía creyendo que detrás de toda mi frialdad había algo que valía la pena rescatar, y yo me convencí de que lo mejor era castigarla por algo que todavía no estaba seguro de comprender.

Entonces la vi acercarse un poco más a Adrián para revisar el plano.

No se tocaban.

No había nada extraño.

Solo dos compañeros trabajando.

Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

Sentí los dedos cerrarse alrededor de la carpeta.

Quise entrar.

Quise decir algo.

Cualquier cosa.

Una excusa para que me mirara.

Para que esa sonrisa fuera dirigida hacia mí.

Y entonces me detuve.

¿Qué derecho tenía?

Ninguno.

Yo había sido quien la había hecho sentir que acercarse a mí era un error.

No podía aparecer ahora solo porque me molestaba verla feliz con alguien más.

Si realmente quería cambiar, tendría que empezar por algo mucho más difícil que decirle que la quería.

Tendría que aprender a quererla sin intentar poseerla.

A respetar su espacio.

A permitirle recuperar la tranquilidad que yo mismo había contribuido a quitarle.

Y, sobre todo, tendría que aceptar que quizá cuando finalmente estuviera preparado para ser el hombre que ella necesitaba…

Vivienne ya no me necesitaría a mí.

Aquella posibilidad me golpeó con una fuerza inesperada.

No.

No quería perderla.

Pero por primera vez entendí que querer recuperarla no significaba tener derecho a hacerlo.

Significaba convertirme en alguien que ella pudiera elegir.

Bajé la mirada.

Recordé la pastelería.

Su voz hablándome de vitrinas, jardines, mesas junto a las ventanas y el olor de los croissants recién horneados. Recordé la ilusión que había visto en sus ojos cuando me habló de aquel sueño.

Y recordé lo que hice.

Lo había rechazado.

Había dicho que tenía cosas más importantes que hacer.

Había conseguido que se sintiera pequeña por querer algo que no tenía nada de pequeño.

Ahora estaba allí, frente a una puerta de cristal, viendo cómo otra persona disfrutaba de la mujer que yo había pasado años tratando de apagar.

Sentí vergüenza.

De verdad.

No por Adrián.

Por mí.

Porque no había perdido a Vivienne por culpa de nadie.

La perdí el día en que decidí que hacerla sufrir era más fácil que admitir cuánto me importaba.

Adrián dijo algo que no alcancé a escuchar.

Vivienne volvió a reír.

Y aquella segunda risa dolió más que la primera.

Aparté la mirada y seguí caminando.

No entré.

No interrumpí.

No la llamé.

Pero mientras avanzaba por el pasillo, tomé una decisión.

No iba a competir con Adrián.

No iba a intentar alejarlo.

No iba a exigirle a Vivienne que volviera a mirarme como antes.

Si quería recuperarla, tendría que demostrarle, con hechos, que el hombre que había conocido durante los últimos años ya no era el hombre que quería seguir siendo.

Y quizá el primer paso no era conseguir que ella volviera a buscarme.

Quizá era aprender a ser yo quien estuviera dispuesto a buscarla, aunque ella no me esperara.

Porque había algo que ya no podía seguir ignorando.

La amaba.

Y por primera vez, esa verdad no me parecía una debilidad.

Me parecía una responsabilidad.

Una que estaba dispuesto a asumir, aunque llegara demasiado tarde.

No habían pasado ni diez minutos desde que regresé al despacho cuando alguien llamó a la puerta.

Dos golpes.

Firmes.

—Adelante.

Esperaba encontrar a Clara o a alguno de los arquitectos.

En su lugar apareció William Hale.

Cerró la puerta detrás de él y se quedó unos segundos junto a ella. No traía carpetas, planos ni contratos. Solo las manos en los bolsillos del pantalón y una expresión que hizo que dejara el bolígrafo sobre el escritorio.

—¿Tienes un minuto?— asentí.

—Siempre.

Mentí.

William caminó hasta la silla frente a mí, pero no se sentó. Permaneció de pie, observándome con una atención que resultaba incómoda.

No parecía estar frente al presidente de Asterion.

Parecía estar intentando reconocer al muchacho que alguna vez había conocido.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.— guardó silencio unos segundos.

—¿Qué te hizo mi hija?

Sentí cómo se tensaba mi cuerpo, pero no aparté la mirada.

—Nada.— William asintió lentamente.

—Eso pensé.— fruncí ligeramente el ceño.

—¿A qué viene esto?— se apoyó apenas contra el respaldo de la silla.

—Llevo semanas observándolos. He visto cómo corriges sus proyectos, cómo interrumpes sus presentaciones y cómo encuentras un problema en cada cosa que hace. También he visto cómo la miras cuando crees que nadie se da cuenta.— bajé la mirada un instante.

—Es trabajo.— William negó despacio.

—No. Eso sería mucho más sencillo.— levanté los ojos hacia él.

No tenía sentido seguir negándolo. No después de todo lo que había ocurrido.

—Sé que la he tratado mal.— la frase salió más baja de lo que esperaba.

William permaneció inmóvil.

—¿Y por qué?

Respiré profundamente y apoyé los antebrazos sobre el escritorio.

—Porque durante demasiado tiempo confundí estar herido con tener derecho a castigarla.— William no respondió.

Esperó.

Como si supiera que, por primera vez, yo necesitaba terminar lo que había empezado.

—No voy a justificarlo, William. Lo que hice estuvo mal. La hice sentir que no era suficientemente buena, cuando la verdad es que nunca tuvo que demostrarme nada. Y lo peor es que ella siguió intentando acercarse a mí incluso después de todo eso.

Mi voz se volvió más baja.

—Yo era quien debía detenerme.

William bajó la mirada durante unos segundos. Cuando volvió a levantarla, había menos dureza en sus ojos, aunque seguía siendo evidente que estaba hablando como padre antes que como socio.

—Entonces ¿por qué no lo hiciste?— me quedé callado.

Porque la respuesta era demasiado sencilla y demasiado difícil al mismo tiempo.

—Porque era más fácil culparla que aceptar que todavía me importaba.— William respiró lentamente.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Después se acercó un poco más al escritorio.

—Mi hija fue a casa hace unos días con una mirada que no le veía desde hacía muchos años. Y entendí algo. No la estaba destruyendo un proyecto, Nikolai. La estaba destruyendo una persona.— sentí un peso en el pecho.

Esta vez no intenté ignorarlo.

—Lo sé.— William me observó.

—¿De verdad?— asentí.

—Sí.— levanté la mirada hacia él.

—Y me avergüenza.

La palabra quedó suspendida entre nosotros.

—Me avergüenza haber necesitado verla alejarse para entender cuánto daño estaba haciendo. Me avergüenza haber esperado que fuera ella quien siempre regresara. Me avergüenza haber visto su sueño de la pastelería y tratarlo como si fuera algo pequeño.

William permaneció en silencio.

—No era pequeño —continué—. Era suyo. Y yo debí entenderlo.

Su expresión cambió apenas.

—¿La quieres?— la pregunta fue directa.

No aparté la mirada.

—Sí.

Una sola palabra.

Pero decirla en voz alta hizo que algo dentro de mí dejara de resistirse.

William esperó unos segundos.

—Entonces quizá ya entendiste lo que tienes que hacer.— negué lentamente.

—No.— él arqueó una ceja.

—¿No?

—No sé si ella volverá a quererme.— hice una pausa —Y no sé si después de todo lo que hice tengo derecho a pedírselo.

William me sostuvo la mirada.

—Eso no responde mi pregunta.

—Lo sé.

Me levanté de la silla y caminé hasta el ventanal. Manhattan se extendía frente a mí, pero apenas la veía.

—No voy a pedirle que me perdone porque la quiero. No voy a decirle que tiene que olvidar lo que hice porque ahora sé lo que siento. No funciona así.— apoyé una mano sobre el cristal —Si alguna vez vuelve a confiar en mí, tendrá que ser porque se lo demuestre. No con promesas. Con tiempo. Con hechos. Aunque tarde meses. Aunque tarde años.

William permaneció detrás de mí.

—¿Y si nunca te perdona?— cerré los ojos un instante.

La respuesta dolía.

Pero era la única que podía darle.

—Entonces tendré que vivir con eso.— me giré hacia él —Pero voy a buscar su perdón de todos modos.

William me observó durante varios segundos.

—¿Por qué?— tragué saliva.

No estaba acostumbrado a explicar lo que sentía. Mucho menos a ponerlo en palabras.

—Porque no quiero que el último recuerdo que tenga de mí sea el hombre que la hizo sentir pequeña.— hice una pausa —Quiero que algún día, cuando piense en mí, recuerde a alguien que finalmente aprendió a cuidarla.

William bajó lentamente la mirada.

Cuando volvió a levantarla, sus ojos estaban húmedos.

—Eso es lo primero que dices desde hace mucho tiempo que me hace pensar que quizá todavía hay algo que salvar.

No respondí.

Solo asentí.

William caminó hacia la puerta, pero antes de abrirla se detuvo.

—Te advierto algo, Nikolai.— lo miré.

—Si vuelves a hacerle daño, no habrá empresa, familia ni amistad que me impida apartarte de ella.— asentí sin dudar.

—Lo entiendo.— William abrió la puerta.

—Y otra cosa.— esperó a que lo mirara —No intentes recuperarla porque tienes miedo de perderla. Hazlo porque estás dispuesto a convertirte en alguien que ella pueda elegir.

Sentí que aquella frase se quedaba conmigo.

—Eso es exactamente lo que quiero.— William asintió.

Salió.

La puerta se cerró.

Me quedé solo.

Miré el escritorio.

Después la ventana.

Después la puerta por la que acababa de salir.

Pensé en Vivienne riendo con Adrián.

En su voz cuando hablaba de arquitectura.

En la emoción con la que alguna vez me habló de su pastelería.

En todas las veces que había aparecido frente a mi oficina con un café, incluso cuando yo no merecía que lo hiciera.

Y comprendí algo que me dolió admitir.

No era Adrián quien estaba ocupando el lugar que yo temía perder.

Ese lugar lo había abandonado yo mismo.

Lo había dejado vacío durante años.

Y ahora no podía exigir que Vivienne lo llenara otra vez solo porque finalmente había entendido cuánto la necesitaba.

Tendría que ganármelo.

Despacio.

Sin presionarla.

Sin exigirle nada.

Sin pedirle que olvidara.

Tomé el teléfono.

Abrí su contacto.

Mi dedo permaneció unos segundos sobre su nombre.

No escribí.

Todavía no.

Guardé el teléfono nuevamente.

Porque por primera vez entendía que querer a Vivienne no significaba correr detrás de ella cada vez que sentía miedo de perderla.

Significaba aprender a hacer las cosas bien.

Aunque nadie me estuviera mirando.

Aunque ella no regresara.

Aunque tuviera que demostrarlo durante el resto de mi vida.

Y, por primera vez, no me asustó la idea de tener que esperar.

Me asustó mucho más la posibilidad de no hacerlo.

Cuando llegué al penthouse ya había oscurecido.

Por costumbre, dejé las llaves en el mismo recipiente de madera junto a la entrada y miré el reloj: ocho cuarenta y siete. Normalmente, a esa hora todavía estaría en Asterion revisando planos, contestando correos o preparando la agenda del día siguiente.

Aquella noche no.

No porque hubiera terminado el trabajo, sino porque ya no podía seguir fingiendo que estaba concentrado.

Me aflojé el nudo de la corbata mientras caminaba hacia la cocina, abrí el refrigerador y tomé una botella de agua. Apenas había dado el primer trago cuando sonó el timbre.

Fruncí el ceño. No esperaba a nadie.

Miré la pantalla del portero y suspiré.

—Claro…

Abrí la puerta y mi madre fue la primera en entrar. No esperó invitación; nunca lo hacía.

En cuanto me vio, rodeó mi cuello con los brazos.

—Hola, hijo.

Rodé los ojos con una resignación que solo ella conseguía provocarme. Aun así, le devolví el abrazo, breve y discreto, pero suficiente para que sonriera satisfecha.

—Estás más delgado.

—Eso dices cada vez que vienes.

—Porque cada vez que vengo es verdad.

Mi padre pasó junto a nosotros negando con la cabeza.

—Ignórala. Dice lo mismo desde que cumpliste dieciocho.

—Porque desde los dieciocho trabaja demasiado.

Mi hermana apareció detrás de ellos con una bolsa de papel en las manos.

—Mamá también dijo que el portero parecía más delgado.

—Porque sí estaba —respondió mi madre con total naturalidad.

No pude evitar que una sonrisa apenas rozara mis labios.

Mi Ana señaló inmediatamente hacia mí.

—¡Papá! ¡Sonrió!— mi padre fingió sorpresa.

—¿Estás seguro de que este es mi hijo?

—Quizá nos equivocamos de penthouse.— negué con la cabeza.

—¿Ya terminaron?

—Todavía no —respondieron los tres al mismo tiempo.

Los dejé pasar.

Era imposible ganarles una discusión cuando decidían formar equipo. Mi madre caminó directamente hacia la cocina como si siguiera siendo su casa, abrió alacenas, sacó tazas y encontró el café sin preguntarme dónde estaba. Mi padre se acomodó en el sofá mientras mi hermana comenzaba a recorrer el departamento con la curiosidad de siempre.

—Sigues sin poner plantas —comentó ella.

—Siguen muriéndose.

Hizo una mueca.

—Las plantas no se mueren solas.

—Con él sí —respondió mi madre desde la cocina—. Hasta los cactus le tienen miedo.

Escuché sus risas y negué para mí mismo.

En Asterion nadie se atrevía a bromear conmigo de aquella manera. En mi familia ni siquiera necesitaban pensarlo; simplemente lo hacían.

Mi madre apareció unos minutos después con cuatro tazas de café. Me entregó una y me observó con una sonrisa divertida.

—¿Ves? Sí sabes dar las gracias.

—Mamá…

Ella soltó una carcajada y se sentó junto a mi padre.

Durante un rato hablamos de cualquier cosa: un viaje que querían hacer, una exposición de arquitectura que abriría el siguiente mes, un restaurante nuevo que mi Ana insistía en probar.

Por primera vez en todo el día, mi cabeza dejó de pensar en planos.

Hasta que mi madre hizo una pregunta aparentemente sencilla.

—¿Y Vivienne?— dejé la taza sobre la mesa con más cuidado del necesario.

—¿Qué pasa con ella?— mi madre me observó unos segundos antes de responder.

—Nada. Solo me preguntaba por qué hace días que no viene. Antes aparecía incluso sin avisar. A veces llegaba con algo que había horneado, se quedaba hablando con nosotros durante horas y terminaba discutiendo con tu hermana sobre cuál postre era mejor.

Ana sonrió.

—La extraño. Había prometido enseñarme a hacer macarons.

—Dudo mucho que tengas paciencia para eso.

—Ella decía lo mismo —contestó riéndose—. Y aun así siempre terminaba enseñándome.

Mi madre acomodó la taza entre sus manos.

—Siempre ha sido una gran chica, Nikolai. Desde pequeña tenía una forma muy particular de cuidar a las personas. Tu padre y yo siempre hemos tenido mucho cariño por ella.

Mi padre asintió.

—Y es una arquitecta excelente. William hizo un buen trabajo con ella.— no respondí inmediatamente.

Porque no podía negar ninguna de esas cosas.

Vivienne siempre había sido así.

Atenta.

Intensa.

Demasiado generosa conmigo.

Incluso cuando yo no lo merecía.

Mi madre me estudió unos segundos.

—No te lo pregunto para molestarte. Solo quiero saber si está bien.— bajé la mirada hacia el café.

—Está trabajando.

—Eso ya lo sé —respondió ella—. Lo que quiero saber es si está bien.

No encontré una respuesta.

Mi padre dejó lentamente la taza sobre la mesa.

—La he visto últimamente. Sigue trabajando como siempre, pero está más reservada.

Ana frunció el ceño.

—También está diferente cuando está con nosotros.— la miré.

—¿Diferente cómo?

—No sé… como si estuviera intentando ocupar menos espacio.— aquello me golpeó más de lo que esperaba.

Ana continuó:

—Antes llegaba y llenaba la casa. Hablaba, se reía, preguntaba por todos. Ahora sonríe, pero parece que siempre está pensando en otra cosa.

Mi madre suspiró.

—Eso es lo que me preocupa.— me quedé en silencio.

Porque sabía perfectamente qué había cambiado.

Yo.

Había sido yo.

Mi padre me observó durante unos segundos.

—Nikolai, no tienes que contarme nada que no quieras. Pero quiero que sepas algo: Vivienne siempre ha sido una gran chica. Si está distante, probablemente tenga una razón.

Asentí lentamente.

—Lo sé.— mi madre me miró con ternura.

—¿Y tú estás bien?

La pregunta me tomó desprevenido.

—Sí.— mi padre levantó una ceja.

—Eso sonó demasiado rápido.— solté una pequeña exhalación.

—Estoy trabajando.

—Eso no fue lo que preguntó tu madre —dijo él.

Bajé la mirada.

No estaba acostumbrado a hablar de mí con ellos. Mucho menos de ella.

Pero aquella noche estaba cansado de fingir incluso frente a mi propia familia.

—No sé si estoy bien.— mi madre dejó la taza sobre la mesa.

No dijo nada.

Solo esperó.

—He estado pensando mucho en Vivienne —admití finalmente—. Más de lo que debería.

Mi hermana sonrió apenas.

—Eso no suena como algo malo.

—No lo sé.— mi padre se inclinó ligeramente hacia adelante.

—¿La extrañas?

La pregunta quedó suspendida.

Miré hacia la ventana.

Durante un instante, pensé en responder. La palabra estuvo a punto de salir, pero la contuve. No iba a entregarle a nadie una confesión que ni siquiera estaba preparado para aceptar frente a mí mismo.

—Me preocupa cómo está —dije al final—. Y sé que no tengo derecho a exigir nada. Si ella quiere distancia, se la voy a dar.

Mi padre me observó con atención.

—Eso ya es diferente.

—Estoy intentando entenderlo.— hice una pausa —Durante mucho tiempo pensé que querer a alguien significaba mantenerlo cerca. Ahora estoy empezando a entender que también puede significar dejarlo decidir si quiere quedarse.

Mi madre sonrió suavemente.

—Eso suena bastante maduro.— la miré.

—No te acostumbres.

Ella soltó una carcajada.

La conversación parecía haber encontrado nuevamente un tono ligero, hasta que mi padre habló con absoluta naturalidad.

—Aunque hay algo que quizá deberías considerar.

—¿Qué?

—Adrián.— sentí la mandíbula tensarse.

Mi hermana arqueó una ceja.

—¿Qué pasa con Adrián?

Mi padre se encogió de hombros.

—Parece que pasa bastante tiempo con Vivienne. Trabajan juntos, se llevan bien… y últimamente los he visto muy cómodos el uno con el otro.— mi madre lo miró.

—William…

—No estoy diciendo nada malo.— después me miró directamente.

—Solo digo que es un buen hombre.

No respondí de inmediato.

La imagen de Vivienne junto a Adrián apareció en mi mente. La forma en que ella sonreía cuando estaba con él. La facilidad con la que parecía relajarse a su lado. Algo incómodo se instaló en mi pecho.

Ana me observó con atención, pero no dijo nada.

Yo apoyé los codos sobre las rodillas y entrelacé las manos.

—Adrián es un buen hombre.— los tres se quedaron en silencio.

Mi padre inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso parece importante para ti.

—No necesito que sea un mal hombre para saber lo que quiero.

Mi madre dejó de sonreír.

Mi padre se quedó completamente quieto.

Respiré lentamente antes de continuar.

—Aunque, si quieren mi opinión, no se ven tan bien juntos.— Ana parpadeó.

—¿No? Adrián es guapísimo. — negué con la cabeza.

—No tanto como todos creen.

—¿Y eso lo dices porque…? —preguntó mi padre, dejando la frase abierta.

Miré hacia la ventana.

—Porque conozco a Vivienne. Y porque sé cómo me mira cuando realmente se siente cómoda con alguien.— mi voz salió más baja de lo que esperaba —Con él se ve tranquila. Pero no creo que encajen.

Mi madre me observó con ternura.

—¿Estás diciendo que Adrián no es adecuado para ella?— la miré.

—No estoy diciendo nada.

—Nikolai…

—Solo digo que no se ven bien juntos —corté, tomando la taza de café—. Y prefiero no hablar más del tema.

Mi padre sostuvo mi mirada durante unos segundos, pero no insistió.

Ana, en cambio, parecía a punto de hacer otra pregunta.

La detuve con una sola mirada.

—He dicho que no quiero hablar más del tema.

Ella cerró la boca, aunque la expresión divertida no desapareció por completo de su rostro.

Mi madre suspiró suavemente y cambió de conversación. Mi padre la siguió, hablando de un viaje que querían organizar para el verano. Yo asentí de vez en cuando, fingiendo prestar atención, pero mi mente seguía atrapada en la misma imagen.

Vivienne junto a Adrián.

Sonriendo.

Cómoda.

Lejos de mí.

No dije nada más.

No iba a admitir que me molestaba.

Mucho menos por qué.

Un par de horas después se marcharon. Los acompañé hasta la puerta y mi madre volvió a abrazarme.

—No trabajes tanto.— asentí.

Esperé a que el elevador se cerrara y regresé al departamento.

El silencio volvió de golpe.

Las tazas seguían sobre la mesa. Una servilleta olvidada descansaba sobre el sofá y el aroma del café todavía flotaba en el ambiente. Era exactamente el mismo departamento de siempre: el mismo orden, los mismos muebles, la misma vista sobre Manhattan.

Y, sin embargo, por primera vez en muchos años se sintió demasiado grande.

No era por mi familia.

Era por todo lo que ya no estaba allí.

Miré hacia el lugar donde había estado sentada mi madre y recordé su pregunta.

¿Y Vivienne?

Por primera vez no intenté convencerme de que no importaba.

Importaba.

Muchísimo.

Y si quería volver a verla sonreír de esa manera que había visto junto a Adrián, tendría que dejar de preguntarme qué podía hacer para recuperarla y empezar a preguntarme qué debía cambiar en mí para merecerla.

Esa noche, mientras apagaba las luces del penthouse, entendí algo que jamás habría aceptado unos meses atrás.

No quería un lugar en la vida de Vivienne.

Quería construir una vida en la que ella pudiera elegir quedarse.

Y, por primera vez, estaba dispuesto a luchar por eso.

Al llegar a mi habitación mente viajó diez años atrás sin que pudiera evitarlo.

El verano siempre olía diferente en la casa de los Hale.

A tierra mojada después de que los jardineros regaran el césped, a flores recién cortadas y al café que la señora Hale preparaba desde temprano, aunque nadie más estuviera despierto.

Era uno de esos lugares donde el tiempo parecía avanzar más despacio, especialmente durante las vacaciones, cuando nuestras familias pasaban buena parte de los días entrando y saliendo unas de otras, como si aquella casa también fuera nuestra.

Yo tenía diecinueve años y acababa de terminar mi primer año en la universidad.

Había pasado buena parte de aquel verano intentando aprovechar cada momento libre para dibujar. Me gustaba sentarme bajo el viejo roble del jardín, lejos de las conversaciones de los adultos, con una libreta sobre las piernas y un lápiz entre los dedos. Aquella tarde llevaba casi una hora intentando resolver la estructura de un puente.

Lo dibujaba.

Lo borraba.

Volvía a empezar.

Y lo borraba otra vez.

Estaba tan concentrado que no escuché los primeros gritos desde la casa.

Hasta que una voz conocida atravesó el jardín.

—¡Niko!— No levanté la vista inmediatamente.

Ya sabía quién era.

—¿Qué pasa ahora, enana?

Escuché su risa antes de verla.

Esa risa ligera y despreocupada que parecía aparecer siempre que Vivienne estaba cerca de mí. Unos segundos después, apareció corriendo por el jardín con una carpeta enorme abrazada contra el pecho.

Tenía catorce años.

El cabello castaño completamente desordenado por el viento, un overol de mezclilla lleno de pequeñas manchas de pintura y las agujetas de uno de sus tenis completamente desamarradas. Corría de aquella manera suya, como si llegar hasta mí fuera la cosa más importante que podía hacer en ese momento.

—¡No me digas enana!— se detuvo frente al banco, respirando con dificultad.

La miré de arriba abajo y señalé sus tenis.

—Primero aprende a amarrarte las agujetas y después hablamos de respeto.— bajó la mirada hacia sus zapatos.

—Ah…— se agachó para intentar hacer el nudo.

La observé unos segundos antes de suspirar.

—Ven.— me levanté del banco y me arrodillé frente a ella.

—Yo lo hago.

—Puedo hacerlo sola.

—Ya vi.

—Niko…

—Viv.— me miró con una expresión de absoluta indignación.

—No tienes que hablarme como si tuviera cinco años.

—Entonces deja de correr con los zapatos desamarrados como si fueras a salvar el mundo.

Ella sonrió.

—Quizá estaba salvando el mundo.

—¿De qué?

—De un dibujo horrible.

Le até las agujetas y me puse de pie.

—¿Y sobrevivió?— su sonrisa se hizo todavía más grande.

—Sí.— levantó la carpeta con ambas manos —Porque lo terminé.

—¿Qué terminaste?

En lugar de responder, abrió la carpeta con un cuidado exagerado. Sacó varias hojas dobladas y comenzó a acomodarlas sobre el banco.

La observé trabajar.

Aquello era muy propio de ella.

Podía estar completamente despeinada, con pintura en las manos y los zapatos a punto de perderse, pero cuando se trataba de sus dibujos se volvía increíblemente cuidadosa.

Finalmente me entregó la primera hoja.

Era un plano.

No perfecto.

Ni siquiera especialmente preciso.

Las líneas todavía temblaban y las proporciones estaban lejos de ser exactas. Pero había algo en aquel dibujo que me hizo detenerme.

Una pequeña casa de cristal rodeada por un jardín enorme.

Los árboles tenían mucho más detalle que el edificio.

Había caminos, flores, una pequeña fuente y hasta unas bancas alrededor de un espacio circular.

Sonreí sin darme cuenta.

Vivienne lo notó inmediatamente.

—¿Qué?

—Nada.— frunció la nariz.

—Estás sonriendo.

—Sí.

—¿Por qué?— volví a mirar el dibujo.

—Porque esto está muy bien.

Sus ojos se iluminaron.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿No estás diciendo eso porque soy yo?— negué con la cabeza.

—Si fuera malo, también te lo diría.— ella cruzó los brazos.

—Cuando dices eso normalmente viene una crítica.

—Porque normalmente hay una crítica.

—Lo sabía.— solté una risa.

—Pero esta vez no.— se acercó un poco más para mirar el plano conmigo.

—¿Entonces qué te gusta?— señalé el jardín.

—Esto.— sus hombros bajaron ligeramente.

—¿El jardín?

—Sí.

—Pensé que ibas a decir que estaba mal.

—No está mal. Es lo mejor del dibujo.—me miró confundida.

—¿Por qué?— volví a señalar los árboles.

—Porque cualquiera que vea esto va a mirar primero el jardín y después la casa.

Vivienne guardó silencio.

—Los edificios pueden ser bonitos —continué—, pero eso no es lo único que importa. Un lugar también tiene que provocar algo. Si alguien llega aquí y lo primero que siente es tranquilidad, curiosidad o ganas de quedarse un rato, entonces hiciste bien tu trabajo.

Ella volvió a mirar el dibujo.

—¿Crees que algún día podré hacer eso?

—Ya lo estás haciendo.

—Pero todavía no sé mucho.

—Tienes catorce años. No tienes que saberlo todo.—me miró.

—¿Tú sí sabes todo?— solté una carcajada.

—Definitivamente no, cariño. — sus preciosos ojos se iluminaron.

—Pareces saberlo.

—Eso es porque llevo años fingiendo.— ella sonrió.

—Entonces yo también puedo fingir.

—No.— le revolví el cabello —Tú no necesitas fingir nada.

Me miró durante unos segundos y después volvió a sonreír.

—Te caigo bien.

—A veces.

—Mentiroso.

—Bastante.

Volvió a ordenar sus dibujos.

Entonces sacó una hoja más pequeña que había quedado al fondo de la carpeta.

—Esta es para ti.— la recibí.

Era un dibujo hecho con lápices de colores.

Aparecíamos los dos sentados bajo aquel mismo árbol. Ella había dibujado mi libreta sobre las piernas y a sí misma sosteniendo una carpeta enorme.

Debajo había escrito, con una letra infantil:

“El mejor arquitecto del mundo y el segundo mejor.”

No pude evitar reír.

—¿Segundo?— Vivienne levantó el mentón con absoluta seguridad.

—Sí.

—¿Y quién es el primero?

—Yo.— la miré.

—¿Tú?

—Cuando crezca.

—Ah.— asentí solemnemente —Entonces supongo que tengo que empezar a preocuparme.

—Deberías.— se sentó a mi lado.

—Porque pienso ganarte.

—Eso quiero verlo.

—Lo vas a ver.— apoyé un brazo sobre el respaldo del banco.

—Entonces tendrás que estudiar mucho.

—Lo haré.

—Y practicar.

—También.

—Y aceptar críticas.— hizo una mueca.

—Eso último no me gusta.

—Pues tendrás que aprender.

—¿Incluso de ti?

—Especialmente de mí.— me dio un pequeño golpe con el hombro.

—Eres insoportable.

—Y tú eres demasiado insistente.

—Porque tú sabes cosas que yo quiero aprender.— la miré.

Por alguna razón, aquella frase me hizo guardar silencio unos segundos.

Vivienne siempre había tenido esa manera de mirarme cuando quería aprender algo. No porque pensara que yo era perfecto, sino porque confiaba en que podía enseñarle algo útil.

Y yo quería estar a la altura de esa confianza.

—Cuando tengas dudas —le dije—, puedes preguntarme.

—¿Aunque estés en la universidad?

—Aunque esté en la universidad.

—¿Aunque estés ocupado?

—Aunque esté ocupado.

—¿Aunque me equivoque?— la miré.

—Especialmente entonces.— ella sonrió.

—¿Prometido?— extendí la mano.

—Prometido.— ella chocó su meñique con el mío.

—Prometido.

Después guardó nuevamente los dibujos en la carpeta.

La observé durante unos segundos.

Era una niña demasiado curiosa, demasiado entusiasta y, a veces, demasiado insistente.

También era probablemente la niña más bonita que había visto en mi vida, pero aquello nunca tuvo para mí otro significado que el cariño profundo que le tenía desde que éramos pequeños. Era la hija de William, la mejor amiga de mi hermana y alguien a quien había visto crecer prácticamente frente a mis ojos.

Para mí, en aquel entonces, Vivienne era simplemente Viv.

La pequeña que aparecía en los jardines de nuestras casas buscando a alguien que escuchara sus ideas.

La niña que siempre llevaba una libreta.

La que se emocionaba por cualquier proyecto nuevo.

La que podía convertir una tarde aburrida en algo completamente distinto.

Y quizá por eso nunca imaginé que algún día recordar aquellos momentos me dolería tanto.

—Niko.— su voz me sacó de mis pensamientos.

—¿Qué?— me señaló mi libreta.

—¿Vas a terminar ese puente?— miré el dibujo que llevaba casi una hora intentando resolver.

—Probablemente no.

—¿Por qué?

—Porque ya me cansé.— Vivienne abrió los ojos con sorpresa.

—¿Tú te cansaste?

—Sí.

—Entonces puedo ayudarte.

—¿Tú?

—Sí.— se inclinó sobre mi libreta y observó el dibujo con absoluta seriedad —Creo que el problema está aquí.

Señaló una de las líneas.

La miré.

Después la miré a ella.

—¿Sabes siquiera qué estás señalando?

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes que es el problema?— sonrió.

—Porque parece importante.— solté una carcajada.

—Gran argumento.

—Funcionó.— negué con la cabeza, divertido.

—Está bien. A ver, arquitecta Hale. ¿Qué harías tú?— ella tomó el lápiz.

—Primero…— hizo una pausa —Dejaría de borrar todo cada cinco minutos.

La miré.

—Eso no ayuda.

—Sí ayuda.— me devolvió el lápiz.

—A veces tienes que dejar una línea ahí para descubrir qué hacer después.— la observé.

No sabía si aquella frase tenía algún sentido arquitectónico.

Probablemente no.

Pero la escribí en una esquina de mi libreta.

No borres todo antes de descubrir qué hacer después.

Vivienne sonrió al verlo.

—¿Lo escribiste?

—Sí.

—Entonces algún día podrás decir que te enseñé algo.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.— y volvió a reír.

Aquella tarde no tuvo nada de extraordinario.

No hubo grandes conversaciones.

No ocurrió nada que pareciera importante.

Solo dos niños que todavía no entendían cuánto podía cambiar una vida con los años.

Y, sin embargo, cuando pienso en aquella época, hay algo que siempre recuerdo.

Vivienne corriendo hacia mí con aquella carpeta enorme entre los brazos.

Su risa.

Sus dibujos.

La forma en que confiaba en mí.

Hubo un tiempo en el que verla correr hacia mí significaba que el día iba a mejorar.

Todavía no sé en qué momento empecé a creer exactamente lo contrario.