Capítulo once
Capítulo once
Vivienne
Hay personas que llegan a tu vida haciendo mucho ruido.
Y otras…
Que llegan tan despacio que un día te das cuenta de que llevas horas sonriendo sin saber exactamente cuándo empezó.
Los siguientes días transcurrieron entre planos, renders y litros de café. El concurso del museo se había convertido en el centro de nuestras vidas. Entrábamos a Asterion antes de las ocho, salíamos cuando Manhattan ya estaba completamente iluminada y, aun así, el proyecto siempre parecía necesitar unas horas más.
Aquella tarde terminamos otra vez en mi departamento. Ya empezaba a hacerse costumbre. Habíamos descubierto que trabajar allí era mucho más sencillo que quedarnos en la oficina hasta la madrugada. No había teléfonos sonando, reuniones inesperadas ni un presidente apareciendo para cambiar media propuesta en el último minuto.
Solo arquitectura.
Y silencio.
Bueno…
Silencio relativo.
Porque Adrián era incapaz de permanecer callado más de diez minutos.
—Voy a preparar café —anunció mientras dejaba el lápiz sobre la barra.
Lo miré por encima del monitor.
—La última vez casi incendias mi cafetera.— se llevó una mano al pecho con dramatismo.
—Fue un accidente.
—Tres veces.
—Los grandes inventos nacen después de muchos fracasos.— solté una risa.
—No creo que quemar filtros de café entre en esa categoría.
—Qué poca fe me tienes.
—La suficiente para esconder los extintores.— negó con la cabeza mientras abría uno de los cajones.
—Qué carácter.
—Lo aprendí sobreviviendo en Asterion.
—Eso explica muchas cosas.
Volví la vista a la computadora, todavía sonriendo. No era una conversación importante ni profunda y, sin embargo, se sentía ligera.
Hablar con Adrián no exigía medir cada palabra ni preguntarme constantemente si algo que decía podía molestarle. Podía reírme. Podía contradecirlo. Podía quedarme en silencio sin sentir que tenía que justificarlo.
Y quizá eso era lo que más me sorprendía.
La tranquilidad.
Un rato después cerré la laptop y me estiré ligeramente sobre el sofá.
—Necesito un descanso.
Adrián levantó la vista desde la sala.
—Perfecto, porque llevo veinte minutos intentando convencerme de que no tengo hambre.
—¿Y funciona?
—En absoluto.
Me levanté y caminé hacia la cocina.
—Entonces hoy cocinamos.— sus ojos brillaron.
—¿Qué hay en el menú, chef?— abrí el refrigerador.
—Pasta. Y, si sobrevives a la receta, hacemos crema pastelera.— Adrián sonrió.
—Acepto el reto.
Media hora después comprendí que había cometido un error.
—¡Adrián!— él levantó la vista con la cuchara todavía en la mano.
—¿Sí?
—¿Por qué hay harina en el piso?
Miró alrededor como si esperara encontrar una respuesta escrita en alguna parte.
Después volvió a verme.
—No tengo una explicación lógica.
Seguí el rastro blanco.
Había harina sobre la barra, en el fregadero, en el mango del refrigerador e incluso en su camiseta.
No pude contener la risa.
—Eres un desastre.— él sonrió con absoluta tranquilidad.
—Pero un desastre encantador.
—Eso está por verse.
Tomé un paño y empecé a limpiar la encimera. Adrián permaneció observándome unos segundos, apoyado contra la barra, hasta que finalmente habló.
—¿Siempre cocinas cuando estás estresada?— me detuve un instante antes de continuar limpiando.
—Siempre.
—¿Funciona?— sonreí.
—No arregla los problemas. Pero hace que dejen de hacer ruido un rato.— Adrián asintió despacio.
—Yo corro.— lo miré con curiosidad.
—¿Muchísimo?
—Lo suficiente para convencerme de que no tengo problemas.— volví a reír.
—Entonces tenemos la misma terapia.— él levantó la cuchara.
—Solo que la tuya termina con postres.
—Y la tuya con dolor de piernas.
—Definitivamente ganaste.
Seguimos cocinando entre conversaciones que no tenían ninguna prisa. Hablamos de nuestras familias, de los lugares donde habíamos crecido y de los errores que habíamos cometido durante la universidad. Adrián me contó que su abuelo había sido dibujante técnico y que fue él quien le regaló su primer lápiz.
—Todavía lo guardo —me dijo mientras revolvía la crema—. Decía que un arquitecto podía perder cualquier herramienta, pero nunca debería olvidar la primera.
Sonreí.
—Suena como alguien muy sabio.
—Lo era.
Hubo un pequeño silencio, de esos que no obligan a hablar. Adrián continuó revolviendo la mezcla mientras yo terminaba de cortar unas fresas.
—¿Y tú? —preguntó.
Levanté la mirada.
—¿Yo qué?
—¿Cómo descubriste que querías ser arquitecta?
Me apoyé contra la barra y pensé unos segundos antes de responder.
—Mi mamá siempre llenaba la casa de plantas. No importaba el tamaño del jardín, ella encontraba espacio para una más. Cuando era niña me fascinaba ver cómo cambiaba un lugar solo por poner un árbol en el sitio correcto.
Sonreí sin darme cuenta.
—Creo que desde entonces entendí que los espacios también podían abrazar a las personas. Y claro, ver a papá y Mikhail con planos por aquí y por allá sin duda influyó bastante.
Adrián dejó de revolver por un momento.
Me observó con una expresión tranquila, casi pensativa.
Después tomó una cucharita, probó un poco de la crema pastelera y cerró los ojos exageradamente.
—Creo que acabo de descubrir el significado de la felicidad.— negué divertida.
—Exagerado.
—No. Completamente objetivo.
Volvió a probar otra cucharada y luego me miró.
—¿Sabes qué me gusta de ti?— levanté una ceja.
—Eso sonó peligroso.— sonrió.
—Que cuando hablas de arquitectura, sonríes. Pero cuando hablas de postres…— hizo una pequeña pausa —Brillas.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
Bajé la mirada hacia la cuchara que sostenía entre los dedos. Nunca había pensado que existiera una diferencia. Quizá porque durante tantos años me había acostumbrado a celebrar que alguien notara lo que hacía bien, no que alguien notara cómo me hacía sentir hacerlo.
Antes de que pudiera responder, una vibración sobre la barra rompió el silencio.
Mi teléfono.
La pantalla se iluminó.
Nikolai.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
No exactamente de emoción.
Más bien de costumbre.
Durante años había bastado con ver su nombre para que todo mi día cambiara de dirección. Respiré hondo antes de abrir el mensaje.
Niko: Necesito las correcciones del acceso norte. Cuando puedas, por favor.Me quedé mirando la pantalla.
Volví a leerlo.
Una vez.
Después otra.
No era la palabra correcciones lo que me había sorprendido.
Era aquella última palabra.
Por favor.
Nikolai Sokolov.
Diciéndome por favor.
Algo tan pequeño que probablemente otra persona ni siquiera habría notado, pero yo llevaba demasiado tiempo trabajando con él como para no entender lo extraño que era.
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Todo bien?
Bloqueé el teléfono y lo dejé boca abajo sobre la barra.
—Sí.— hice una pequeña pausa —Solo trabajo.
Él asintió sin hacer más preguntas.
Y agradecí que lo hiciera.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, no necesitaba hablar de Nikolai para llenar un silencio.
Volví a la crema pastelera.
—Creo que ya está lista.— Adrián tomó otra cucharada antes de que pudiera detenerlo.
—Confirmo. Está increíble.
Le di un pequeño golpe en la mano con la espátula.
—¡Esa era para decorar!
—Demasiado tarde.— se llevó la cuchara a la boca con una sonrisa.
—Ya forma parte de mí.— negué entre risas.
Y mientras lo veía intentar escapar con la cuchara en la mano, me sorprendí pensando en algo que jamás había imaginado.
Antes, un mensaje de Nikolai era suficiente para cambiar por completo el rumbo de mi día. Podía pasar horas intentando descubrir qué quería decir una palabra, un punto, una coma o incluso un silencio.
Ahora…
Solo era un mensaje.
Aunque aquel por favor había conseguido detenerme unos segundos.
No porque mi corazón hubiera vuelto a acelerarse como antes, sino porque me hizo preguntarme si quizá algo estaba cambiando.
No sabía qué.
Y tampoco quería averiguarlo todavía.
Terminamos de cenar casi a las diez de la noche. La cocina parecía un campo de batalla: harina sobre la barra, dos ollas en el fregadero, una cuchara dentro del azúcar —que seguía sin entender cómo había terminado ahí— y un Adrián completamente orgulloso de una salsa que, según él, era “casi digna de un restaurante”.
—“Casi” es la palabra importante —le dije mientras recogía los platos.
Se llevó una mano al pecho.
—No esperaba tanta crueldad después de cocinar para ti.
—¿Cocinar?— lo miré divertida.
—Lo único que hiciste fue revolver la pasta.
—Eso también requiere talento.— negué entre risas.
—Claro. Y yo diseñé el museo porque sostuve un lápiz.— soltó una carcajada.
—Sabía que ibas a decir algo así.
Llevé los platos al fregadero. Antes de abrir la llave del agua, una mano apareció a mi lado y me quitó el primero.
Lo miré confundida.
—¿Qué haces?
—Lavando.
—Tú cocinaste. Bueno… más o menos. Yo lavo.— negué inmediatamente.
—No. Estás invitado. No pienso ponerte a lavar platos.
Adrián tomó otro plato y negó con la cabeza.
—Vivienne, si me invitas a cenar, lo mínimo que puedo hacer es ayudarte.
—No tienes obligación.
—Tampoco tú de cocinar para mí.
Nos quedamos unos segundos mirándonos. Finalmente suspiré.
—Está bien. Pero si rompes uno, me compras otro.
—Trato hecho.
Durante varios minutos solo se escuchó el agua correr y el sonido de los platos. Y, curiosamente, el silencio no era incómodo. No sentía la necesidad de llenarlo con conversaciones forzadas. Simplemente era agradable compartirlo.
Secaba un vaso cuando Adrián habló.
—¿Sabes qué pensé el otro día?
—Depende. ¿Debo preocuparme?— sonrió.
—Probablemente.
Le lancé un trapo de cocina que atrapó en el aire.
—Habla.— se apoyó sobre la barra.
—Creo que nunca te he visto hacer algo a medias.— fruncí ligeramente el ceño.
—¿Eso es bueno o malo?
—Bueno. Muy bueno. Cuando dibujas, te olvidas del reloj. Cuando cocinas, también. Cuando explicas una idea, te emocionas como si fuera la primera vez que la cuentas.
Me encogí de hombros.
—Supongo que soy intensa.
—No. Eres apasionada. Hay una diferencia enorme.
Bajé la mirada hacia el vaso que seguía secando. No recordaba la última vez que alguien había descrito una parte de mí sin convertirla en un defecto.
Adrián tomó una taza y comenzó a secarla con calma.
—¿Puedo preguntarte algo?— lo miré.
—Depende de la pregunta.
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste un postre solo porque te apetecía y no porque necesitabas distraerte?
La pregunta me tomó por sorpresa. Abrí la boca para responder, pero no salió nada. Pensé unos segundos y finalmente tuve que admitirlo.
—No lo sé.
Él no insistió. Solo asintió despacio, como si entendiera la respuesta sin necesidad de escuchar más.
Volví a guardar silencio, pero esta vez fui yo quien habló.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Cuándo fue la última vez que corriste porque querías y no porque necesitabas escapar de algo?— sonrió.
Una sonrisa pequeña, honesta.
—Hace mucho.— los dos nos reímos al mismo tiempo.
—Supongo que estamos más rotos de lo que aparentamos —comenté.
Adrián negó lentamente.
—No. Creo que solo estamos cansados.
Aquellas palabras encontraron un lugar extraño dentro de mí porque tenía razón. No me sentía rota. Me sentía cansada. Cansada de intentar ser suficiente, de buscar explicaciones donde nunca las hubo y de esperar un gesto que jamás llegó.
Respiré hondo.
—¿Sabes qué es lo curioso?— adrián levantó la vista.
—¿Qué?— sonreí apenas.
—Había olvidado lo tranquilo que puede sentirse compartir una cocina con alguien.
Él no respondió enseguida. Solo sonrió, de esas sonrisas que no hacen ruido.
—La tranquilidad suele pasar desapercibida hasta que llevas demasiado tiempo viviendo en medio del caos.
No supe qué contestar.
Porque, por desgracia…
Entendía perfectamente a qué se refería.
Mi teléfono vibró otra vez sobre la barra.
La pantalla volvió a iluminarse.
Nikolai.
Respiré despacio antes de desbloquearla.
Niko: Mañana a las ocho, por favor, no llegues tarde.Me quedé inmóvil.
Volví a leerlo.
Otra vez ese por favor.
Era casi absurdo que una palabra tan pequeña pudiera llamar tanto mi atención, pero viniendo de Nikolai era como escuchar una puerta abrirse después de años de estar cerrada.
No significaba que todo hubiera cambiado.
No significaba que de repente fuera amable.
Ni siquiera sabía si lo había escrito conscientemente.
Pero era diferente.
Y yo lo había notado.
Apagué la pantalla sin responder de inmediato.
Antes habría contestado en cuestión de segundos.
Ahora preferí terminar de guardar los platos.
Había cosas que, sin darme cuenta, empezaban a dejar de tener prioridad.
Y descubrirlo me produjo una sensación extraña. No de felicidad. Tampoco de tristeza. Solo la certeza de que, muy despacio, había partes de mí que estaban aprendiendo a respirar otra vez.
Quizá por eso, cuando entré a la sala de juntas aquella mañana, el nudo que apareció en mi estómago me tomó por sorpresa.
No era por el proyecto.
Era por Nikolai.
La noche anterior Adrián y yo habíamos revisado hasta el último detalle. Habíamos corregido el acceso norte, la distribución del flujo de visitantes, la iluminación, los materiales y hasta dos perspectivas que, sinceramente, me gustaban más antes de que él insistiera en cambiarlas.
Habíamos terminado tarde, entre planos, café y una discusión absurda sobre si una línea podía considerarse “demasiado dramática”.
Adrián había terminado riéndose.
—Si Nikolai vuelve a decir que esa línea está mal, voy a empezar a pensar que simplemente odia las líneas felices.
Yo había soltado una carcajada.
—No existen las líneas felices.
—En mi arquitectura sí.
—Por eso no te dejo diseñar solo.
—Cruel.
Aquella mañana todavía podía recordar su expresión divertida mientras cerraba la carpeta.
Ahora, sin embargo, estábamos entrando en una sala llena de personas que podían decidir el futuro de nuestro trabajo.
Los directivos principales de Asterion ya estaban allí.
Mi papá ocupaba uno de los lugares centrales, junto a Mikhail. A su alrededor estaban Ernesto y otros responsables del proyecto que habían seguido cada etapa de la propuesta. Ana estaba sentada unos lugares más allá, revisando las últimas cifras, mientras Dmitri hojeaba los documentos con una expresión de concentración tan exagerada que cualquiera podría haber pensado que estaba leyendo un contrato internacional y no las notas de una presentación.
Adrián dejó nuestra carpeta sobre la mesa.
—Buenos días.— papá nos sonrió.
—Buenos días. ¿Listos?
Intercambié una mirada con Adrián.
Él asintió casi imperceptiblemente.
Respiré hondo.
—Listos.
Mikhail cerró lentamente la carpeta que estaba revisando y se acomodó en su asiento.
—Entonces adelante. Hemos visto las modificaciones, pero queremos escuchar directamente de ustedes qué cambió y por qué.
Adrián me cedió el primer turno con un pequeño gesto de la mano.
—Tú empiezas.— lo miré.
—¿Seguro?
—Completamente. Además, si algo sale mal, siempre puedo fingir que no te conozco.— le lancé una mirada.
—Qué compañero tan solidario.
Dmitri soltó una risa desde el otro extremo de la mesa.
—Me agrada este equipo.
Mi papá negó con la cabeza, divertido.
—Dmitri.
—¿Qué? Solo estoy apoyando la moral.
Antes de que pudiera responder, sentí una mirada sobre mí.
Levanté los ojos.
Nikolai estaba sentado en el extremo de la mesa.
Impecable.
Como siempre.
Traje oscuro perfectamente ajustado, camisa blanca, corbata negra y el cabello acomodado con aquella precisión que parecía formar parte de su personalidad. Tenía una carpeta abierta frente a él y un bolígrafo entre los dedos.
Parecía completamente tranquilo.
Arrogante, incluso.
De esos hombres que no necesitaban levantar la voz para dejar claro que estaban acostumbrados a que los demás los escucharan.
Pero sus ojos…
Sus ojos estaban sobre mí.
No había una sonrisa.
Ni un gesto que pudiera delatarlo frente al resto.
Solo una mirada intensa, fija, demasiado larga para ser completamente profesional.
Nuestros ojos se encontraron durante un segundo.
Después él bajó la vista hacia los documentos.
Como si nada hubiera ocurrido.
Tragué saliva.
—Bien —murmuré—. Empecemos.
Las luces de la sala se atenuaron y la primera imagen apareció sobre la pantalla.
Mi voz salió firme desde el principio.
No porque los nervios hubieran desaparecido, sino porque conocía aquel proyecto casi de memoria.
—Después de la última revisión replanteamos el acceso principal para distribuir mejor la circulación durante las horas de mayor afluencia. También modificamos la transición entre el área comercial y los espacios exteriores para evitar que ambos recorridos compitan entre sí.
Adrián cambió la diapositiva.
—Y aquí pueden ver la diferencia entre la primera propuesta y la actual. Mantuvimos la estructura principal, pero ampliamos el recorrido peatonal y desplazamos algunas áreas verdes para crear una transición más natural.
Señaló la pantalla.
—Vivienne trabajó especialmente en esta parte.— lo miré de reojo.
—¿“Especialmente”?
—Sí. Si digo todo lo que hiciste, estaremos aquí hasta mañana.
Algunos directivos sonrieron.
Yo negué con la cabeza.
—No le hagan caso.— Adrián sonrió.
—Estoy siendo generoso.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Escuché un leve golpe.
El bolígrafo de Nikolai había tocado la mesa.
No había sido fuerte.
Pero lo escuché.
Levanté la mirada.
Él estaba observando la pantalla.
Su mandíbula estaba ligeramente tensa.
No parecía molesto.
No exactamente.
Pero había algo en la forma en que sostenía el bolígrafo que me hizo sospechar que la conversación entre Adrián y yo no le resultaba tan divertida como al resto.
Dmitri, que parecía haberlo notado también, levantó una ceja.
Nikolai lo miró.
Dmitri bajó inmediatamente la vista hacia sus documentos.
Tuve que contener una sonrisa.
Continuamos.
Adrián y yo nos turnamos para explicar cada modificación. En varios momentos nuestras intervenciones se complementaban tan naturalmente que no necesitábamos siquiera mirarnos para saber cuándo continuar.
—Aquí convendría explicar la razón del cambio —murmuró él.
—Ya voy.
—Lo sé.
—Entonces no me interrumpas.
—Solo intento ayudarte.
—Tu ayuda es sospechosa.
—Mi talento también.— solté una pequeña risa.
Desde el otro lado de la mesa, escuché a Nikolai carraspear.
No levanté la vista inmediatamente.
Pero pude imaginar perfectamente su expresión.
Cuando finalmente lo hice, estaba revisando una hoja con una concentración exagerada.
Como si aquel documento fuera de repente lo más importante que había visto en su vida.
Casi sonreí.
Casi.
Cuando terminé de explicar la última modificación, la sala quedó en silencio.
Mi papá fue el primero en hablar.
Se inclinó ligeramente hacia adelante mientras observaba el render principal.
Una sonrisa orgullosa apareció en su rostro.
—Muchísimo mejor. Ahora el recorrido tiene una lógica mucho más clara y, sobre todo, se siente más conectado con el concepto general.
Mikhail asintió despacio.
—La circulación es mucho más limpia. Y el recorrido tiene más sentido desde el punto de vista de la experiencia del visitante.
Ernesto tomó uno de los planos.
—La integración del jardín con la estructura principal quedó excelente. Antes parecía que el paisaje estaba añadido después. Ahora parece que forma parte del edificio desde el principio.
Sentí cómo los hombros se me relajaban un poco.
Adrián me miró de reojo y levantó discretamente el pulgar debajo de la mesa.
Tuve que contener una sonrisa.
—No hagas eso —murmuré.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Celebrar?
—Sí.
—Déjame disfrutar cinco segundos.— negué con la cabeza, divertida.
Y entonces comprendí que faltaba una opinión.
La única que realmente decidiría si aquel proyecto seguía vivo.
Miré hacia el extremo de la mesa.
Nikolai tenía la carpeta abierta frente a él.
Pasaba las hojas lentamente, una por una.
Sin ninguna prisa.
Su expresión era completamente ilegible.
Esperé.
Cinco segundos.
Nada.
Diez.
Pasó otra hoja.
Quince.
Sentí cómo mis dedos se cerraban alrededor del bolígrafo.
Intenté convencerme de que era normal.
Que estaba revisando.
Que encontraría alguna observación.
Siempre encontraba alguna.
Un árbol mal ubicado.
Una textura.
Una línea.
Una sombra.
Lo que fuera.
Pero encontraba algo.
Papá carraspeó con discreción.
—¿Nikolai?— él levantó la vista.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Esta vez no apartó la mirada inmediatamente.
La sostuvo.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Sentí que mi respiración se volvía más lenta.
Había algo diferente en sus ojos.
No era la frialdad que mostraba frente a todos.
Era algo mucho más difícil de interpretar.
Como si estuviera observándome a mí y no al proyecto.
Después bajó lentamente la mirada hacia los planos.
Cerró la carpeta.
El sonido del cartón al cerrarse pareció llenar toda la sala.
—Apruébenlo.
Nada más.
Dos palabras.
Una orden.
Pero nadie habló.
Ni siquiera yo.
Adrián giró ligeramente la cabeza hacia mí.
Parecía tan sorprendido como yo.
Mikhail arqueó una ceja.
—¿Sin observaciones?
Nikolai apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No.— su voz fue tranquila —He revisado cada modificación. La propuesta responde a los puntos que señalé en la última reunión y, en algunos aspectos, los cambios incluso mejoraron el concepto original. No veo ninguna razón para retrasar el envío.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
No por el proyecto.
Por él.
Aquello era lo más parecido a un elogio que había recibido de Nikolai en mucho tiempo.
Papá sonrió.
—Excelente. Entonces procederemos con el envío al comité internacional.
Dmitri levantó ligeramente la cabeza.
—¿Eso significa que podemos celebrar?—
Nikolai lo miró.
—Significa que todavía no hemos ganado nada.— Dmitri hizo una mueca.
—Sabía que había una trampa.
Algunas risas recorrieron la mesa.
Nikolai volvió a sus documentos.
Pero antes de hacerlo, sus ojos regresaron a mí.
Solo un instante.
Y esta vez…
Juraría que había orgullo en ellos.
La reunión continuó. Alguien comenzó a hablar sobre las fechas de entrega, otro mencionó la estrategia de presentación y Mikhail empezó a discutir los siguientes pasos con mi papá.
Yo intenté prestar atención.
De verdad lo intenté.
Pero mi cabeza seguía atrapada en una sola cosa.
Apruébenlo.
Sin correcciones.
Sin objeciones.
Sin preguntas imposibles.
Sin desmontar semanas de trabajo en cinco minutos.
Aquello era…
Extraño.
Cuando finalmente terminó la reunión, todos comenzaron a levantarse.
Adrián recogió los planos y se inclinó hacia mí.
—Creo que sobrevivimos.— sonreí.
—Creo que sí.
—¿Estás bien?
Tardé unos segundos en responder.
Volví la vista hacia la silla de Nikolai.
Ya estaba vacía.
—Sí…— mentí.
Adrián me observó unos segundos.
—No tienes que mentirme.
—No estoy mintiendo.
—Viv.— suspiré.
—Solo me sorprendió.
—¿Que aprobara el proyecto?
—Sí.— él sonrió de lado.
—A mí me sorprendió más que no encontrara un árbol que culpar.— solté una carcajada.
—Eso también.
Adrián tomó mi carpeta.
—Vamos. Te invito un café antes de volver al estudio.
—¿Tú?
—Sí. Hoy estoy generoso.
—Eso sí es preocupante.
Nos alejamos entre risas.
Pero antes de salir de la sala, no pude evitar mirar hacia la puerta por donde Nikolai había desaparecido.
No sabía por qué su aprobación me había afectado tanto.
Durante semanas había esperado que dejara de buscar errores en todo lo que hacía.
Ahora que finalmente había ocurrido…
No sabía por qué se sentía tan inquietante.
Quizá porque había aprendido algo sobre Nikolai Sokolov.
Cuando dejaba de decir lo que pensaba…
Era porque estaba ocurriendo algo mucho más peligroso dentro de su cabeza.
La reunión terminó entre comentarios sobre fechas de entrega, reuniones con el comité internacional y una lista interminable de pendientes. Salimos de la sala casi al mismo tiempo que el resto del comité. Papá y Mikhail se quedaron conversando con dos inversionistas, así que el pasillo quedó relativamente tranquilo.
Respiré hondo.
Sentía un peso menos sobre los hombros. Después de semanas enteras de trabajo, el proyecto por fin estaba aprobado. Y, por alguna razón que todavía no entendía, eso no era lo que más ocupaba mi cabeza.
—¿Qué vas a hacer cuando ganemos el concurso?— la voz de Adrián me sacó de mis pensamientos.
Lo miré divertida.
—¿Cuando ganemos?
—Hay que manifestarlo.— negué entre risas.
—Qué optimista.
—No. Realista.— me dio un pequeño golpe con el hombro.
—No empieces a celebrar antes de tiempo.
—Déjame ilusionarme cinco minutos.
—Tres.
—Cuatro.
—Tres y medio.— Adrián suspiró exageradamente.
—Qué difícil es negociar contigo.
—Eso dicen todos.
—Confirmo.
Intervino otra voz.
Los dos giramos al mismo tiempo.
Dmitri caminaba hacia nosotros con las manos en los bolsillos y esa sonrisa de quien siempre parecía estar a punto de decir alguna tontería.
—Felicidades, arquitectos. Sobrevivieron al dragón.— Adrián soltó una risa.
—¿Dragón?
Dmitri señaló discretamente hacia la sala de juntas.
—Nuestro queridísimo presidente.
—No estuvo tan mal hoy —respondió Adrián.
Dmitri se detuvo un instante.
—Precisamente por eso me preocupa.— lo miré divertida.
—¿Siempre eres tan dramático?
—No. Solo cuando tengo razón.
Los tres seguimos caminando por el pasillo. Por primera vez desde que había comenzado el proyecto, la conversación no giraba alrededor de correcciones, entregas o reuniones. Era agradable. Ligera. Como si el edificio entero respirara distinto después de aquella aprobación.
Fue entonces cuando lo vi.
Nikolai estaba unos metros más adelante, de pie junto a los ventanales del pasillo.
Hablaba con uno de los directivos de Asterion, pero apenas prestaba atención a lo que el hombre le decía. Tenía una carpeta cerrada bajo el brazo y una mano dentro del bolsillo del pantalón. Su postura era impecable, la expresión fría y aquella presencia suya seguía siendo suficiente para hacer que cualquiera bajara ligeramente la voz al pasar cerca de él.
Sin embargo, había algo diferente.
Lo noté antes incluso de que levantara la mirada.
Su atención estaba en otra parte.
O, más exactamente…
Estaba sobre mí.
Nuestros ojos se encontraron.
Y durante un instante tuve la extraña sensación de que el resto del pasillo desaparecía.
No sonrió.
No hizo ningún gesto.
No había nada en su rostro que pudiera interpretarse como afecto.
Pero sus ojos decían demasiado.
Había cansancio en ellos.
Y algo más.
Algo que no había visto durante mucho tiempo.
Orgullo.
Tal vez incluso cierta ternura que parecía estar luchando por esconder.
Aparté la mirada primero.
No porque me incomodara.
Sino porque todavía no sabía qué hacer con una mirada así viniendo de Nikolai.
Dmitri continuó hablando.
—Yo digo que deberíamos celebrarlo esta noche. Nada demasiado elegante. Algo de comer, una copa y—
—¿Una copa? —preguntó Adrián—. Pensé que habías dicho que querías comida.
—La comida es parte del plan.
—¿Y la copa?
—También.
—Entonces tu plan es comer y beber.
—Exactamente.
—Admiro tu capacidad para complicar las cosas.— sonreí.
Pero apenas avanzamos un par de pasos, escuché detrás de nosotros:
—Vivienne.
Me detuve.
No fue una orden.
Ni siquiera sonó particularmente firme.
Fue simplemente mi nombre.
Pero conocía demasiado bien aquella voz como para no reconocer el esfuerzo que había detrás.
Giré despacio.
Nikolai ya no estaba hablando con el directivo.
Había terminado la conversación.
Ahora estaba de pie a unos metros de nosotros.
Sus ojos volvieron a encontrar los míos.
Y esta vez no apartó la mirada.
Sentí un pequeño vuelco en el pecho.
No era el mismo hombre que había entrado a aquella reunión unos minutos antes.
O quizá sí lo era y yo simplemente estaba empezando a notar cosas que antes no me permitía ver.
Se acercó con pasos tranquilos.
No tenía prisa.
Su rostro permanecía serio, casi inexpresivo.
Cuando llegó frente a nosotros, miró primero a Dmitri.
Después a Adrián.
Y finalmente a mí.
Su mirada permaneció sobre la mía un segundo más de lo necesario.
—Buen trabajo.
La frase salió con una naturalidad extraña.
No había sarcasmo.
No había una corrección escondida.
No había una segunda intención evidente.
Solo aquellas dos palabras.
Adrián fue el primero en reaccionar.
—Gracias. Trabajamos bastante en los cambios.
Nikolai asintió.
—Lo sé. — su respuesta fue breve, pero sus ojos volvieron inmediatamente hacia mí —Se notó.
Sentí que algo dentro de mí se detenía.
No por las palabras.
Por la forma en que las dijo.
Durante años había escuchado a Nikolai hablar de mi trabajo como si siempre estuviera buscando la parte que faltaba. Incluso cuando algo estaba bien, encontraba una manera de señalar lo que podía mejorarse.
Esta vez no.
Esta vez simplemente había reconocido el esfuerzo.
Dmitri levantó lentamente las cejas.
—Bueno…
Nikolai lo miró.
—¿Qué?
Dmitri sonrió.
—Nada.
—Dmitri.
—No, no. Continúa. Estoy aprendiendo a apreciar los acontecimientos históricos.
Nikolai entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Quieres decir algo?
—Solo que me parece admirable que hayas conseguido felicitar a dos personas seguidas sin destruir la autoestima de ninguna.
Adrián soltó una carcajada.
Yo tuve que morderme el interior de la mejilla para no reír.
Nikolai negó lentamente con la cabeza.
—De verdad no sé por qué sigo tolerándote.
—Porque soy encantador.
—Porque eres familia.
—Eso también.
Dmitri sonrió satisfecho.
La tensión se relajó un poco.
Pero Nikolai volvió a mirarme.
Esta vez su expresión cambió apenas.
Fue tan pequeño que probablemente nadie más lo habría notado.
Su mandíbula dejó de estar tan tensa.
Sus ojos se suavizaron.
Y durante un segundo vi al hombre que había dejado de existir para mí durante demasiado tiempo.
El Niko que había conocido de niña.
El que se sentaba conmigo bajo los árboles y escuchaba mis ideas aunque tuviera cosas más importantes que hacer.
El que me había enseñado a no borrar un dibujo antes de descubrir qué podía hacer con él.
Parpadeé.
Y la imagen desapareció.
Nikolai volvió a ser el CEO impecable frente a mí.
—¿Estás satisfecha con el resultado? —preguntó.
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Sí. — hice una pequeña pausa —Mucho.
Él asintió.
—Me alegra.
Dos palabras.
Pero su mirada decía mucho más.
Parecía estar esperando algo.
No sabía qué.
Tal vez una sonrisa.
Tal vez una señal de que sus palabras habían llegado hasta mí.
Pero no quería inventar significados.
Así que simplemente sonreí.
—Gracias.
Nikolai sostuvo mi mirada unos segundos.
Después asintió.
Se hizo a un lado para dejarnos pasar.
Pero cuando ya estaba a punto de seguir caminando, su voz volvió a detenerme.
—Vivienne.— me giré.
Él parecía haber dudado antes de hablar.
Lo vi tomar aire lentamente.
—La próxima vez que necesites algo del proyecto, dímelo directamente. No tienes que esperar a que yo lo descubra en una revisión.
Fruncí ligeramente el ceño.
No entendí inmediatamente por qué aquella frase me parecía tan diferente.
—Está bien.
Él sostuvo mi mirada.
Esta vez sí sonrió.
Apenas.
Una pequeña curva en la comisura de sus labios.
Tan discreta que cualquiera podría haber pensado que no había ocurrido.
Pero yo lo vi.
Y algo dentro de mí se movió.
Nikolai asintió y finalmente se alejó.
Dmitri esperó exactamente tres segundos antes de hablar.
—Necesito sentarme.— Adrián soltó una carcajada.
—¿Por qué?
Dmitri se llevó una mano al pecho.
—Porque acabo de presenciar a Nikolai Sokolov siendo amable dos veces en menos de cinco minutos.— lo miré divertida.
—Estás exagerando.
—No. Histórico.
Adrián tomó mi carpeta.
—Entonces habrá que celebrarlo.
—¿Otra vez con eso?
—Por supuesto.— Dmitri asintió.
—Yo voto por comida.
—Tú siempre votas por comida.
—Porque nunca me ha fallado.
Volvimos a caminar entre risas.
Y aunque intenté concentrarme en la conversación, no pude evitar mirar una última vez hacia atrás.
Nikolai seguía en el pasillo.
Estaba hablando nuevamente con uno de los directivos, pero su atención parecía haberse quedado conmigo durante unos segundos más.
Cuando nuestras miradas volvieron a encontrarse desde la distancia, no sonrió.
Yo tampoco.
Solo nos miramos.
Y por primera vez, no sentí que estuviera intentando descifrarlo.
Simplemente lo vi.
Frío frente a todos.
Impecable.
Arrogante.
El mismo Nikolai que parecía no necesitar a nadie.
Pero sus ojos…
Sus ojos seguían diciendo algo que su boca todavía no estaba preparada para admitir.
Y, por alguna razón, esa vez decidí no buscar una respuesta.
Solo seguir caminando.
Cuando regresé a mi escritorio sentí, por primera vez en varios días, que podía respirar.
Dejé la carpeta del museo sobre la mesa, encendí la computadora y revisé mi agenda. Todavía quedaban varias horas de trabajo por delante, pero la presión de las últimas semanas parecía haberse disipado junto con aquella palabra que seguía resonando en mi cabeza.
Apruébenlo.
Qué extraño.
Había imaginado tantas veces cómo sería escuchar a Nikolai decir que un proyecto estaba listo. Pensé que sentiría orgullo, alivio, incluso felicidad. Y, sin embargo, lo único que me quedaba era una curiosidad difícil de explicar, como si su aprobación hubiera llegado demasiado tarde para producir en mí el efecto que alguna vez había tenido.
Sacudí ligeramente la cabeza. No tenía sentido seguir pensando en eso. Abrí el archivo del siguiente proyecto y apenas había alcanzado a leer el título cuando el teléfono interno sonó. Di un pequeño respingo y miré la pantalla.
Recepción.
Descolgué.
—¿Sí?
La voz de Clara sonó tan amable como siempre.
—Vivienne, el señor Sokolov necesita que pases a su oficina.
Durante unos segundos solo sostuve el auricular contra mi oído. Qué curioso. Hacía apenas unas semanas, una llamada así habría bastado para revolverme el estómago. Habría empezado a repasar mentalmente todo lo que había hecho durante el día: si había olvidado enviar algún correo, si me había equivocado en algún plano o si, de alguna manera, había vuelto a hacer algo que pudiera molestarlo.
Siempre encontraba una posibilidad. Siempre.
Ahora, en cambio, lo primero que pensé fue algo completamente distinto.
¿Qué habrá pasado ahora?
La diferencia parecía pequeña.
Pero también era enorme.
—¿Vivienne? —la voz de Clara me hizo volver.
—Sí, claro. Voy enseguida.
Colgué despacio.
Permanecí unos segundos observando el teléfono antes de cerrar la computadora. Tomé una carpeta cualquiera de mi escritorio por simple costumbre; no porque la necesitara, sino porque entrar con las manos ocupadas me hacía sentir menos vulnerable. Me puse de pie, respiré hondo y salí de mi oficina.
El recorrido hasta el despacho de Nikolai seguía siendo exactamente el mismo: el mismo pasillo, las mismas paredes de cristal, las mismas fotografías de proyectos terminados y las mismas personas trabajando detrás de las mamparas. Y, aun así, sentía que era yo quien había cambiado.
Antes caminaba hacia aquella puerta con el corazón acelerado, esperando que quizá ese día él me sonriera, que una conversación terminara sin reproches o que encontrara alguna razón para quedarse hablando conmigo cinco minutos más. Ahora solo esperaba que no fuera otra batalla.
Llegué frente a la puerta de madera oscura y me quedé observándola unos segundos. Cuántas veces había entrado ahí convencida de que, si trabajaba un poco más, si me esforzaba un poco más, si hacía las cosas un poco mejor… algún día conseguiría que me mirara con los mismos ojos con los que yo lo miraba a él.
Qué cansado era vivir intentando alcanzar una meta que siempre parecía alejarse un paso más.
Levanté la mano.
Mis nudillos quedaron suspendidos frente a la puerta.
Respiré una última vez.
Y, antes de tocar, solo pude pensar una cosa.
Ojalá…
Por una vez…
No sea otra batalla.