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Capítulo doce

Hasta Que Deje De Esperarte 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo doce

Capítulo doce

Vivienne

El trayecto hasta la oficina de Nikolai fue mucho más corto de lo que me hubiera gustado.

Me detuve frente a la puerta de cristal, respiré hondo y toqué dos veces.

—Adelante.

Empujé la puerta con cuidado.

El despacho estaba en silencio. Nikolai permanecía de pie frente al enorme ventanal que ocupaba casi toda la pared, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y la espalda completamente recta. Desde donde estaba, solo podía ver el reflejo de su silueta sobre el cristal y la inmensidad de Manhattan extendiéndose detrás de él.

—Cierra la puerta.— obedecí.

El suave clic pareció hacer todavía más grande el silencio de la oficina.

Esperé.

Él también.

Unos segundos después, Nikolai giró lentamente la cabeza hacia mí.

Y fue entonces cuando lo noté.

Su mirada.

No era la misma con la que había observado los planos durante la reunión. Tampoco era la mirada fría que utilizaba con los directores o los clientes. Sus ojos recorrieron mi rostro durante unos segundos y después descendieron, casi imperceptiblemente, hasta mi cuello, mis hombros, la carpeta que sostenía contra el pecho.

Volvieron a mis ojos.

Demasiado rápido.

Como si no quisiera que lo descubriera.

Pero lo había hecho.

Y algo dentro de mí se quedó quieto.

Durante años había conocido aquella mirada sin saber nombrarla. La había confundido con atención, con crítica, incluso con molestia. Pensaba que Nikolai me observaba porque buscaba otro error, otra cosa que corregir, otra razón para decirme que podía hacerlo mejor.

Ahora era diferente.

Ahora podía reconocerla.

Deseo.

No era descarado.

No era evidente.

Era mucho peor.

Era contenido.

La clase de deseo que un hombre intentaba esconder precisamente porque sabía que, si lo dejaba escapar, podía decir demasiado.

—Siéntate —dijo finalmente.

Su voz sonó firme.

Profesional.

Como si sus ojos no acabaran de traicionarlo.

Me senté frente a su escritorio.

Él caminó hasta su silla y tomó la carpeta del museo. La abrió con una tranquilidad casi estudiada.

—Clara me dijo que querías verme.

—Sí.

Pasó una página.

—El comité internacional podría solicitar una propuesta alternativa para el acceso oeste.

Lo miré.

—Podemos prepararla.

—Lo sé.

Otra página.

—Quiero que revises la circulación de visitantes y me entregues una alternativa mañana.

—La tendrás.

Asintió.

—Bien.

Esperé.

Él siguió mirando los planos.

Yo seguí mirándolo a él.

Había algo extraño en aquella conversación. No por lo que decía, sino por todo lo que parecía estar evitando decir.

Finalmente pregunté:

—¿Era solo eso?— Nikolai levantó la vista.

Esta vez sostuvo mis ojos.

—Sí.— asentí lentamente.

—Entonces la tendrás mañana por la mañana.

Tomé la carpeta que llevaba conmigo y me puse de pie.

Di medio paso hacia la puerta.

—Vivienne.— me detuve.

Cerré los ojos apenas un instante antes de girarme.

—¿Sí?

Nikolai no habló inmediatamente.

Me observó de nuevo.

Y esta vez su mirada volvió a recorrerme de una manera que ya no pude fingir que no entendía.

Se detuvo en mis ojos.

—¿Estás bien?

La pregunta me tomó completamente desprevenida.

—¿Perdón?

Bajó la mirada hacia la carpeta.

—Solo pregunté si estás bien.

Había algo casi incómodo en su tono. Como si aquella pregunta le resultara más difícil de formular que cualquier crítica profesional.

—Sí.

—No parece.— fruncí ligeramente el ceño.

—¿Y cómo se supone que parezco?

Nikolai apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Distinta.

No pude evitar una pequeña sonrisa.

No porque me hiciera gracia.

Sino porque la situación resultaba casi absurda.

En todos los años que llevaba conociéndolo, Nikolai jamás me había preguntado cómo estaba. Ni cuando pasé una semana entera trabajando con fiebre porque se acercaba una entrega, ni aquella vez que entré llorando a su oficina después de borrar un formato por accidente.

Nunca.

Y ahora parecía interesado en saberlo.

—Supongo que estoy aprendiendo.

—¿A qué?— bajé la mirada unos segundos antes de responder.

—A dejar de tomarme todo de forma personal.

Vi cómo su expresión cambiaba.

Fue mínimo.

Una tensión apareció en su mandíbula.

—¿Y funciona?— su voz había bajado.

—Algunos días mejor que otros.

Nikolai permaneció en silencio.

Después se recostó lentamente en su silla.

Me observó durante unos segundos más.

—¿Tiene algo que ver Laurent?— parpadeé.

—¿Laurent?

—Pasas mucho tiempo con él.

No había reproche en su voz.

Eso era lo extraño.

Parecía estar intentando construir la frase perfecta para que no sonara como lo que realmente era.

Celos.

Crucé lentamente los brazos.

—¿Eso es un problema profesional?— Nikolai sostuvo mi mirada.

No respondió.

Esperé.

Cinco segundos.

Diez.

Nada.

Incliné ligeramente la cabeza.

—¿O personal?

Aquellas dos palabras parecieron atravesar toda la oficina.

Por primera vez, Nikolai apartó la mirada.

Se pasó una mano por la mandíbula y soltó el aire lentamente.

—No estoy hablando de trabajo.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

—Entonces estás hablando de Adrián.

—Estoy hablando de ti.

Lo dijo tan bajo que casi pareció una confesión involuntaria.

Me quedé inmóvil.

Nikolai levantó nuevamente los ojos.

Había algo diferente en ellos.

Algo que me resultaba demasiado familiar ahora que había aprendido a reconocerlo.

Deseo.

Pero también frustración.

Como si estuviera luchando contra sí mismo para no cruzar una línea que todavía no sabía si tenía derecho a cruzar.

—No me gusta verlo contigo —admitió finalmente.

Sentí un vuelco extraño en el pecho.

No porque aquellas palabras resolvieran algo.

Ni porque fueran una declaración.

Sino porque, por primera vez desde que tenía memoria, Nikolai Sokolov acababa de admitir una emoción sin disfrazarla de crítica.

Permanecí unos segundos de espaldas a él.

Respiré.

Intenté encontrar una respuesta que no naciera de la niña de catorce años que todavía seguía viviendo en algún rincón de mí.

Cuando finalmente me giré, lo encontré exactamente donde lo había dejado.

Con el orgullo sosteniéndole la espalda.

Los dedos apretados alrededor del bolígrafo.

Y aquella mirada que ahora sabía interpretar.

La misma que había visto cientos de veces sin entenderla.

Solo que esta vez no tenía intención de fingir que no la había visto.

—Durante años tampoco me gustó verte tan lejos de mí.

Sus labios se separaron apenas.

No esperaba esa respuesta.

Continué antes de que pudiera decir algo.

—La diferencia es que yo aprendí a vivir con eso.

El silencio que siguió fue pesado.

Nikolai bajó lentamente el bolígrafo.

—¿Eso es lo que estás haciendo ahora?— fruncí el ceño.

—¿Qué?

—¿Aprendiendo a vivir sin mí?

La pregunta me tomó desprevenida.

Lo miré durante varios segundos.

Y entonces entendí algo.

No estaba preguntando por curiosidad.

Estaba intentando averiguar cuánto espacio quedaba para él en mi vida.

—Quizá.— su mandíbula volvió a tensarse.

—No me gusta esa respuesta.

—No tienes que gustarte.— me acerqué a la puerta.

—Es la realidad.

—Vivienne.— me detuve.

—¿Sí?

Nikolai permaneció sentado, pero su mirada seguía fija en mí.

—¿Ya no esperas nada de mí?

Sentí algo extraño en el pecho.

Porque esa pregunta decía mucho más de lo que él probablemente quería admitir.

—No.— una pausa —Antes sí.

Sus ojos cambiaron.

Lo miré por última vez.

—Ahora prefiero ver qué haces.

No respondió.

Solo sostuvo mi mirada.

Y, por primera vez, tuve la sensación de que aquella conversación no había sido una simple llamada de trabajo.

Nikolai estaba intentando entender cuánto había perdido.

Y quizá, aunque todavía no lo supiera, también estaba pensando en cómo recuperarlo.

Abrí la puerta.

—Mañana tendrás la propuesta.

Salí antes de que pudiera decir algo más.

Mientras caminaba por el pasillo, una sola pregunta seguía rondándome la cabeza.

¿Por qué ahora?

¿Por qué después de tantos años comenzaba a mirarme de aquella manera?

Y, sobre todo…

¿Qué estaba pensando hacer Nikolai Sokolov para conseguir que volviera a mirarlo como antes?

Porque aquella mirada no había sido nueva.

Yo simplemente acababa de aprender a entenderla.

~

Siempre me había gustado Acción de Gracias.

No por el pavo. Ni siquiera por la comida. Me gustaba porque, desde que era niña, las familias Hale y Sokolov terminaban reunidas alrededor de la misma mesa.

Era una de esas costumbres que habían sobrevivido a los años, a los cambios, a los proyectos y a todas las responsabilidades que habían ido acumulándose con el tiempo. Por un día, el trabajo dejaba de existir y todos volvíamos a ser simplemente nosotros.

Aquella tarde la casa de mis padres olía a mantequilla, canela y romero. Los adultos conversaban en la sala mientras Ana y yo terminábamos de organizar la mesa. Mikhail discutía con papá sobre el menú como si estuvieran preparando un proyecto internacional y no una cena familiar, mientras Elena revisaba por tercera vez la lista de lo que faltaba para la siguiente semana.

—Entonces, ¿quién se va a encargar del pavo? —pregunté mientras acomodaba los cubiertos.

—Tu padre —respondió Elena inmediatamente.

Papá levantó la cabeza desde la sala.

—¿Por qué yo?

—Porque el año pasado dijiste que nadie sabía hacerlo mejor que tú.

Mikhail soltó una carcajada.

—Eso quiero verlo.

—No empiecen —protestó papá—. Este año voy a demostrarlo.

Ana me miró divertida.

—¿Ves por qué necesitamos reunirnos con una semana de anticipación?

Sonreí.

—Precisamente por eso estamos aquí. Si no planeamos la cena de Acción de Gracias desde ahora, terminarán discutiendo el mismo día sobre quién compra el vino, quién hace el postre y quién tiene la receta original del puré.

—Yo tengo la receta original —dijo Mikhail desde la sala.

—La tienes desde hace treinta años —respondió papá—. Eso no significa que sea buena.

Las risas se extendieron por la casa.

Por un instante, todo se sintió igual que antes. Como cuando Nikolai y yo éramos niños y terminábamos robando relleno de los postres antes de que alguien pudiera descubrirnos.

Aparté el recuerdo con suavidad.

No era el momento.

Cuando por fin todos estuvimos sentados alrededor de la mesa, la conversación continuó entre bromas y planes para la semana siguiente. Ana llevaba una lista en el teléfono con los invitados, los horarios y las cosas que cada familia llevaría. Dmitri insistía en que él debía encargarse de los postres, aunque nadie parecía dispuesto a confiarle una tarea tan importante.

Nikolai permanecía sentado frente a mí.

Estaba tranquilo.

O al menos eso intentaba aparentar.

No hablaba demasiado, pero tampoco estaba encerrado detrás de aquella expresión impenetrable que había llevado durante semanas en Asterion. Incluso sonrió cuando Dmitri aseguró que necesitaba preparar una estrategia para conseguir el mejor lugar en la mesa antes de que alguien se lo quitara.

Yo aproveché aquel momento de calma.

—Por cierto, antes de que terminemos de organizar todo…— todos levantaron la vista.

Tomé un sorbo de agua antes de continuar.

—Quería preguntarles algo sobre la cena de la próxima semana.

Mamá dejó los cubiertos sobre la mesa.

—¿Qué cosa?

—Estaba pensando en invitar a Laurent a la casa del lago.

La expresión de Nikolai cambió apenas.

Fue tan rápido que, de no haberlo conocido durante tantos años, probablemente no lo habría notado.

Su mano se detuvo sobre el plato.

Los músculos de su mandíbula se tensaron durante un segundo.

Después volvió a relajarse.

Levantó la copa y tomó un pequeño sorbo, como si el nombre no significara absolutamente nada.

—¿Laurent? —preguntó papá.

Asentí.

—Sí. Me comentó que no conoce a mucha gente en Nueva York y que probablemente pase esos días solo. Pensé que sería un buen detalle invitarlo. Además, como estamos planeando todo desde ahora, podemos organizar una habitación más sin ningún problema.

Elena sonrió.

—Claro que sí. No veo ningún inconveniente.

Ana asintió enseguida.

—Me parece buena idea. Así también puede conocer la casa del lago.— Dmitri levantó una mano.

—Yo voto a favor.

Papá sonrió.

—Por mí está bien.

Mikhail asintió.

—No veo ningún problema.

Sentí que todo estaba resuelto.

Hasta que escuché la voz de Nikolai.

—¿Por qué tendría que venir?

No levantó la voz.

Tampoco sonó molesto.

Precisamente por eso, toda la mesa quedó en silencio.

Lo miré.

Tenía los cubiertos perfectamente acomodados sobre el plato y parecía concentrado en cortar un pequeño pedazo de pavo. Ni siquiera me estaba viendo.

—Porque lo invitaré —respondí con tranquilidad.

Él siguió mirando su plato.

—Es un compañero de trabajo.

—También es mi amigo.— sus manos dejaron de moverse.

Muy despacio levantó la vista.

Sus ojos encontraron los míos.

Había algo extraño en ellos. Una mezcla de molestia y algo que no terminaba de reconocer. No parecía realmente enfadado conmigo. Parecía incómodo con la idea que acababa de aparecer en su cabeza.

—¿Desde cuándo?— la pregunta me tomó completamente por sorpresa.

Parpadeé.

—¿Perdón?

—¿Desde cuándo son amigos?

El silencio se hizo todavía más pesado.

Papá había dejado los cubiertos sobre la mesa. Mikhail y Ana lo observaban con atención. Elena y mamá permanecían muy quietas, como si estuvieran intentando entender qué estaba ocurriendo. Y Dmitri tenía esa expresión peligrosa que aparecía cada vez que encontraba algo demasiado entretenido para dejarlo pasar.

Intenté responder con naturalidad.

—Desde hace unas semanas, supongo. Trabajamos juntos todos los días y nos llevamos bien.

Nikolai apoyó lentamente la espalda contra la silla.

—Trabajar juntos no convierte a nadie en amigo.— sentí que algo dentro de mí empezaba a tensarse.

No por el comentario.

Sino porque, por primera vez, no entendía por qué aquella conversación parecía importarle tanto.

Lo miré directamente.

—No sabía que eso fuera un requisito para invitar a alguien a una cena familiar.— una pequeña tensión apareció en su mandíbula.

—No dije eso.

—Lo estás insinuando.

—Solo estoy preguntando.— su tono seguía siendo perfectamente controlado, pero sus ojos no.

Volvieron a recorrer mi rostro durante un instante antes de detenerse en mis ojos.

Era aquella mirada otra vez.

La misma que había comenzado a reconocer en la oficina.

Una mirada que intentaba esconder detrás de una expresión indiferente.

—¿Solo es tu amigo?

Nadie respiró.

El tiempo pareció detenerse.

Dmitri dejó lentamente el tenedor sobre el plato.

Papá miró a Mikhail.

Ana permaneció completamente inmóvil.

Y yo…

Yo simplemente observé a Nikolai.

No parecía haberse dado cuenta de lo que acababa de revelar.

O quizá sí y ya estaba intentando recuperar el control.

—¿Por qué te interesa tanto saberlo? —pregunté.

Nikolai sostuvo mi mirada.

Durante varios segundos no respondió.

Después bajó los ojos hacia su plato.

—Porque trabajan juntos.

—Sí.

—Y pasan bastante tiempo juntos.

—Es parte del trabajo.— asintió lentamente.

—Lo sé.

Pero la forma en que apretó los dedos alrededor del cubierto decía algo completamente distinto.

Sonreí apenas.

No con ironía.

Con calma.

—Y es una buena persona.

Nada más.

Nikolai volvió a mirarme.

Sus ojos se endurecieron ligeramente.

No dijo nada.

Solo tomó su copa y bebió un poco de vino.

Dmitri observó la escena con una sonrisa que intentaba contener.

—Bueno…

Nikolai ni siquiera lo miró.

—No.— Dmitri levantó ambas manos.

—Ni siquiera he dicho nada.

—Te conozco.

—Precisamente por eso sé que necesitas aprender a disfrutar del silencio.

Ana soltó una pequeña risa.

Papá negó con la cabeza.

La conversación volvió poco a poco a la organización de la cena de Acción de Gracias. Hablaron de los horarios, de quién llegaría el jueves por la mañana y de qué postres prepararíamos. Yo participé con normalidad.

Nikolai también.

Pero algo había cambiado.

Cada cierto tiempo levantaba la mirada hacia mí.

No decía nada.

No preguntaba nada más.

Simplemente observaba.

Y cuando nuestras miradas se encontraban, apartaba la suya con una rapidez que no había tenido antes.

Como si estuviera molesto conmigo.

Aunque, en realidad, parecía mucho más molesto consigo mismo.

Y quizá esa era la parte más curiosa.

Porque por primera vez empezaba a sospechar que Nikolai no estaba intentando averiguar cómo era Adrián.

Estaba intentando averiguar qué lugar ocupaba él en mi vida ahora.

Y esa pregunta…

Parecía incomodarlo mucho más que cualquier otra.

~

Las reuniones de los lunes solían ser predecibles.

Números. Cronogramas. Presupuestos. Algún arquitecto defendiendo una idea como si le fuera la vida en ello y Nikolai encontrando una manera elegante de hacernos entender que, por muy buena que fuera una propuesta, todavía podía hacerse mejor.

Por eso, cuando entré a la sala de juntas aquella mañana, esperaba exactamente eso.

Otra reunión más.

Nada extraordinario.

Adrián ocupó el asiento a mi lado y dejó una taza de café frente a mí.

—Hoy no lo preparé yo —dijo en voz baja—. No quería arriesgarme a intoxicar a medio comité.

Solté una risa.

—Muy considerado de tu parte.

—Estoy creciendo como persona.

Dmitri, que acababa de entrar, alcanzó a escucharlo.

—No exageres. Todavía te falta mucho para eso.— Adrián negó con la cabeza.

—¿Ves? Así es imposible evolucionar.

—Puedes intentarlo mañana —respondió Dmitri mientras tomaba asiento.

La conversación continuó entre pequeñas bromas mientras terminábamos de acomodarnos. Incluso yo estaba más relajada de lo habitual. Después de tantos días de presión, aquella mañana se sentía extrañamente ligera.

Hasta que la puerta volvió a abrirse.

Nikolai entró acompañado por Mikhail y mi padre.

Toda la sala se puso de pie por costumbre.

Él tomó asiento en la cabecera.

Su expresión era la misma de siempre.

Seria.

Impecable.

Inalcanzable.

Esperé a que comenzara a hablar de pendientes, pero en lugar de eso dejó una carpeta sobre la mesa y entrelazó las manos frente a él.

—Hace una hora recibimos la resolución del comité internacional.

El silencio fue inmediato.

Sentí cómo Adrián enderezaba la espalda.

Yo misma dejé de respirar por un instante.

Nikolai abrió la carpeta.

Ni siquiera levantó la vista al leer.

—El proyecto del Museo Internacional de Dubái ha sido seleccionado como ganador del concurso.

Durante un segundo nadie reaccionó.

Como si todos necesitáramos comprobar que habíamos escuchado bien.

Después…

La sala estalló en aplausos.

Adrián giró hacia mí con una sonrisa enorme.

—¡Lo logramos!— antes de que pudiera responder, me abrazó.

Fue un abrazo rápido, espontáneo, lleno de esa felicidad que solo aparece después de semanas sin dormir. No pensé en apartarlo. Ni siquiera tuve tiempo.

Cuando nos separamos, seguía riendo.

—No puedo creerlo.

—Yo tampoco —respondí, todavía sonriendo.

Papá fue el primero en acercarse. Me abrazó con fuerza.

—Estoy orgulloso de ti.— sentí un nudo en la garganta.

—Gracias, papá.

Mikhail estrechó la mano de Adrián y después la mía.

—Excelente trabajo. Los dos hicieron un gran aporte.

Los demás arquitectos comenzaron a felicitarnos. La sala se llenó de voces, sonrisas y alivio.

Y, en medio de todo aquel ruido…

Sentí una mirada.

Levanté la vista.

Nikolai seguía sentado.

No aplaudía.

No sonreía.

Simplemente observaba.

Sus ojos estaban fijos en Adrián.

Más concretamente…

En el lugar donde, hacía apenas unos segundos, me había abrazado.

Algo en su mandíbula se tensó.

Fue apenas un instante.

Después tomó el bolígrafo que tenía frente a él y comenzó a girarlo entre los dedos con una lentitud demasiado precisa.

Una vuelta.

Otra.

Otra más.

Hasta que finalmente lo dejó sobre la mesa.

Respiró por la nariz.

Se acomodó ligeramente en la silla y aflojó el nudo de su corbata con dos dedos, como si de pronto el cuello de la camisa le resultara demasiado ajustado.

Dmitri lo observó de reojo.

Yo también.

Nikolai levantó una ceja cuando nuestras miradas se encontraron, como si quisiera preguntar qué estaba mirando.

Aparté los ojos primero.

No porque hubiera hecho nada malo.

Sino porque empezaba a reconocer esos pequeños gestos.

Cuando Nikolai estaba realmente molesto, hablaba menos.

Cuando algo le incomodaba, se volvía todavía más impecable.

Y cuando intentaba esconder una emoción…

Se ocupaba de cualquier cosa que tuviera a su alcance.

Una carpeta.

Un bolígrafo.

La corbata.

Cualquier cosa menos mirarme.

La reunión continuó.

Nikolai pasó una página de la carpeta.

—Hay otro asunto.— su voz consiguió devolver el silencio a la sala—La ceremonia oficial de premiación será el miércoles por la noche, en el salón principal del Hotel Astoria. La organización solicita la presencia de los arquitectos responsables del proyecto y de la dirección de Asterion.

Asentí distraídamente.

Todavía estaba intentando procesar que habíamos ganado.

William sonrió.

—Será una gran oportunidad para todo el equipo.

Mikhail estuvo de acuerdo.

—La prensa internacional estará presente. También habrá representantes de otras firmas que participaron en el concurso.— uno de los arquitectos levantó la mano.

—¿Quiénes asistirán?

Nikolai cerró lentamente la carpeta.

—Yo asistiré en representación de la empresa.— hizo una pausa.

Después añadió con absoluta naturalidad:

—Vivienne vendrá conmigo.— parpadeé.

—¿Yo?— Nikolai levantó la mirada.

Esta vez sus ojos encontraron los míos directamente.

—Fuiste una de las arquitectas principales del proyecto. Además, eres socia de Asterion. Es lo correspondiente.

Todo sonaba perfectamente lógico.

Profesional.

Razonable.

Pero había algo en su manera de decirlo que me hizo dudar.

No parecía estar proponiéndolo.

Parecía haberlo decidido mucho antes de entrar a aquella sala.

William intervino.

—Adrián también trabajó en el proyecto. Creo que debería acompañarlos.

Sentí que Adrián iba a negarse por educación, pero Nikolai habló antes.

—La organización limita el número de representantes. Solo pueden asistir dos miembros de la dirección.

La frase salió demasiado rápido.

Mikhail levantó ligeramente la mirada hacia su hijo.

Dmitri hizo lo mismo.

Yo también.

Nikolai permaneció completamente tranquilo.

Solo tomó su bolígrafo nuevamente y lo dejó paralelo al borde de la carpeta.

—No hay necesidad de complicarlo —añadió—. Vivienne estará conmigo como representante del equipo de diseño.

Adrián sonrió con naturalidad.

—No hay problema. Además, alguien tiene que quedarse para vigilar que Dmitri no convierta la oficina en una fiesta.— Dmitri levantó una mano.

—Me parece una acusación sin fundamentos.

—La historia demuestra lo contrario —respondió Adrián.

Algunas risas recorrieron la mesa.

Incluso Nikolai dejó escapar una pequeña sonrisa.

Pero cuando volvió a mirarme, aquella expresión desapareció.

Sus ojos se detuvieron en mí durante unos segundos.

No dijo nada.

Solo me sostuvo la mirada.

Había algo intenso en ellos.

Algo que no combinaba con la tranquilidad de su postura.

Entonces bajó los ojos hacia mis manos.

Después volvió a mi rostro.

Y comprendí que no estaba pensando únicamente en la ceremonia.

No supe exactamente qué estaba pensando.

Pero sí supe que aquella invitación significaba algo más para él.

La conversación continuó hacia otros asuntos. Fechas, prensa, organización, protocolo. Adrián incluso comenzó a bromear con Dmitri sobre qué traje debería llevar a la celebración aunque no fuera a asistir.

Yo intentaba concentrarme.

Hasta que sentí nuevamente aquella mirada.

Levanté los ojos lentamente.

Nikolai estaba revisando unos documentos.

O fingiendo hacerlo.

Sus dedos se detuvieron sobre una página.

Me miró.

Yo lo miré.

Esta vez ninguno apartó la vista inmediatamente.

No había una sonrisa.

No había reproche.

Solo una conversación silenciosa que ninguno de los dos parecía dispuesto a iniciar en voz alta.

Finalmente, Nikolai cerró la carpeta.

—Eso es todo.

Las sillas comenzaron a moverse.

Todos recogieron sus documentos.

Adrián se inclinó hacia mí.

—Te lo mereces.— sonrió —Disfruta la gala.

Le devolví la sonrisa.

—Gracias.

Nikolai lo vio.

No dijo nada.

Solo tomó aire lentamente y se puso de pie.

Se acomodó el saco.

Después pasó una mano por el cuello de su camisa, como si necesitara recuperar aquella compostura perfecta.

Cuando pasó junto a nosotros, se detuvo apenas un segundo.

—Vivienne.— levanté la mirada.

—¿Sí?

Su expresión era completamente profesional.

—El miércoles te espero a las siete.

—Está bien.— asintió.

Dio un paso.

Y luego otro.

Pero antes de alejarse del todo, giró ligeramente la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron una última vez.

No dijo nada.

No necesitaba hacerlo.

Porque ahora podía reconocer aquella mirada.

Era la misma que había visto tantas veces sin comprender.

Solo que esta vez sabía exactamente lo que escondía.

Celos.

Y Nikolai Sokolov parecía dispuesto a tragárselos antes que admitirlos.

~

Había pasado más tiempo del que estaba dispuesta a admitir frente al espejo.

No porque quisiera impresionar a nadie.

Al menos eso intentaba repetirme mientras acomodaba por cuarta vez un mechón de cabello.

Me observé una última vez.

El vestido azul marino caía con elegancia hasta rozar el suelo. La tela se ajustaba a mi figura sin resultar excesiva y el escote, más atrevido de lo que acostumbraba usar, dejaba al descubierto la línea de mis hombros y parte del pecho. Había decidido llevar el cabello suelto, cayendo en ondas suaves alrededor de mi rostro.

Era diferente a como solía verme en Asterion.

Más femenina.

Más segura.

Y quizá por eso estaba tan nerviosa.

La gala reunía a algunos de los arquitectos, inversionistas y empresarios más importantes del mundo. Era la primera vez que asistiría a un evento de aquel nivel como una de las responsables de un proyecto internacional.

Respiré profundamente.

Entonces escuché un automóvil detenerse frente al edificio.

Me asomé por la ventana.

Un Bentley negro esperaba junto a la acera.

Miré la hora.

Puntual.

Como siempre.

Tomé mi bolso de mano y salí del departamento.

El aire frío de noviembre me recibió apenas crucé la puerta principal.

El automóvil seguía ahí.

Esperé que el conductor descendiera.

Pero la puerta se abrió y fue Nikolai quien salió.

Lo observé rodear lentamente el automóvil.

Llevaba un esmoquin negro perfectamente ajustado, camisa blanca y una corbata oscura. El cabello estaba peinado hacia atrás, dejando su rostro completamente despejado.

Por un instante olvidé respirar.

No porque nunca lo hubiera visto elegante.

Sino porque aquella noche había algo distinto en la manera en que me estaba mirando.

Se detuvo frente a mí.

Sus ojos recorrieron mi rostro.

Después descendieron.

Primero hasta mis hombros.

Luego hasta el escote del vestido.

Y se quedaron allí.

Un segundo.

Quizá dos.

Más de lo que habría sido necesario.

Sentí cómo el calor comenzaba a subir por mi cuello.

Nikolai pareció darse cuenta de que lo había descubierto, porque levantó lentamente la mirada hasta encontrar la mía.

Pero no apartó los ojos.

Al contrario.

Durante unos segundos permaneció completamente quieto, mirándome con una intensidad que me resultó mucho más desconcertante que cualquier cumplido.

No era una mirada profesional.

Tampoco era la mirada fría del hombre que dirigía Asterion.

Era algo mucho más peligroso.

Deseo.

Había algo en sus ojos que me hizo pensar que, si no estuviera luchando constantemente contra sí mismo, probablemente querría acercarse y olvidarse de toda la distancia que todavía existía entre nosotros.

Nikolai tragó saliva.

Se aclaró la garganta.

Y finalmente desvió la mirada.

—Buenas noches.

Sonreí apenas.

—Buenas noches.

Parecía haber recuperado el control.

Hasta que volvió a mirarme.

Esta vez sus ojos se detuvieron apenas un instante más en el escote antes de regresar a mi rostro.

Sentí un pequeño vuelco en el estómago.

Él extendió la mano hacia la puerta del copiloto.

La abrió.

Y esperó.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué pasa?

—Nada.— su voz sonó demasiado tranquila —Sube.

Parpadeé.

—Gracias.

Entré al automóvil intentando ignorar la sensación de que acababa de dejarlo sin palabras durante unos segundos.

Él cerró la puerta con suavidad y rodeó el coche para ocupar el asiento del conductor.

Cuando arrancó, durante los primeros minutos ninguno dijo nada.

Las luces de Manhattan desfilaban detrás del cristal.

Yo miraba por la ventana.

O fingía hacerlo.

Porque era dolorosamente consciente de su presencia a menos de un metro de mí.

En un semáforo, el automóvil se detuvo.

Giré apenas la cabeza.

Nikolai ya me estaba mirando.

Esta vez no bajó la vista de inmediato.

Sus ojos recorrieron lentamente mi rostro y descendieron otra vez.

Sentí que mi respiración se volvía más lenta.

Cuando sus ojos volvieron a encontrarse con los míos, levantó ligeramente una ceja.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Lo sé.

—¿Y?

Durante un segundo pareció considerar responder algo.

Finalmente negó con la cabeza.

—Nada que importe.— sonreí.

—Eso sonó sospechosamente poco convincente.— una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—No todo lo que pienso necesita ser dicho.

—Eso es conveniente.

—Muchísimo.

La luz cambió.

Volvió a conducir.

Yo apoyé la cabeza contra el respaldo.

Intenté concentrarme en la ciudad, pero una pregunta seguía rondándome.

—¿Crees que asista mucha prensa?

—Más de la que nos gustaría.

—Eso no suena muy alentador.

—No suelen estar interesados únicamente en la arquitectura. Están interesados en las personas que la hacen.— volví la cabeza hacia él.

—¿Y eso es mejor?

—Depende de cuánto disfrutes responder la misma pregunta veinte veces.—no pude evitar reír.

—¿Tú la disfrutas?

Por primera vez desde que salimos del edificio, una sonrisa auténtica apareció en su rostro.

—La detesto.

—Entonces estamos en problemas.

—Probablemente.

—¿Y si me preguntan algo que no sé responder?

—No inventes.— lo miré.

—¿Qué hago entonces?

—Dices que no lo sabes.

—Eso no parece muy elegante para una gala.

—Es más elegante que mentir.— sonreí.

—Supongo que tienes razón.

—La tengo.

—No te acostumbres.— su sonrisa se hizo un poco más evidente.

—Demasiado tarde.— me quedé mirándolo durante un instante.

Era extraño.

No recordaba la última vez que habíamos sostenido una conversación tan normal.

Sin reproches.

Sin tensión.

Sin sentir que cualquiera de los dos caminaba sobre un campo minado.

—¿Crees que pregunten por Dubái?

—Seguramente.

—¿Y por el museo?

—También.

—¿Y por Asterion?— asintió.

—Eso es inevitable.

Me acomodé un poco mejor en el asiento.

—Perfecto. Entonces improvisaré respuestas inteligentes.

—No improvises.

Lo dijo con tanta seriedad que giré a verlo.

Después añadió:

—Ya eres suficientemente inteligente.

Sentí un pequeño vuelco en el pecho.

Bajé la mirada hacia mis manos.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.— lo miré.

—¿No?

—No.— hizo una pausa —Es la verdad.

Aquellas tres palabras tuvieron un efecto extraño sobre mí.

No era un cumplido grandioso.

Ni siquiera había cambiado el tono.

Pero viniendo de Nikolai…

Significaba mucho.

El silencio volvió a instalarse.

Esta vez fue más ligero.

Más humano.

Hasta que sentí nuevamente su mirada.

Giré la cabeza.

Él seguía conduciendo, pero sus ojos se desviaron hacia mí durante un instante.

Después volvieron a la carretera.

—¿Estás nerviosa?— sonreí con cierta vergüenza.

—¿Se nota tanto?

—Solo un poco.— suspiré.

—Supongo que sí. Nunca había estado en una gala de este nivel. No sé exactamente qué esperan de mí.

Nikolai guardó silencio unos segundos.

Sus dedos se ajustaron ligeramente alrededor del volante.

Después habló con una voz mucho más suave de lo habitual.

—No deberías estar nerviosa.

—¿No?— negó despacio.

—No.— lo miré.

—¿Por qué?

Él mantuvo los ojos sobre la carretera.

—Porque no tienes nada que demostrar esta noche.— hizo una pausa —Ya hiciste tu parte.

Sentí un nudo pequeño en la garganta.

—¿Eso crees?

—Lo sé.— su respuesta fue inmediata.

Entonces me miró brevemente.

Y aquella mirada volvió a cambiar.

Ya no era solo deseo.

Había orgullo.

Admiración.

Algo que me resultaba todavía más difícil de aceptar.

—Ese museo también lleva tu nombre.— sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Lo observé sin saber qué responder.

Él continuó:

—Todos hablarán de Asterion. Del concurso. Del proyecto.— volvió los ojos al camino —Pero cuando miren ese edificio terminado, también estarán viendo tu trabajo.

Mis ojos comenzaron a arder.

No por tristeza.

Tampoco exactamente por felicidad.

Era algo mucho más profundo.

Durante años había trabajado esperando una palabra de reconocimiento de él.

Una sola.

Y, cuando finalmente llegó…

No hablaba de mí como mujer.

Hablaba de mí como arquitecta.

De aquello que más amaba hacer.

Tragué con dificultad.

—No sabía que pensabas eso.

Nikolai tardó unos segundos en responder.

—No suelo decir todo lo que pienso.— solté una risa muy baja.

—Eso ya lo había notado.

Él sonrió.

Y durante un instante volvió a mirarme.

Esta vez no ocultó completamente la forma en que sus ojos recorrieron mi rostro.

Luego bajaron otra vez.

Hasta mi vestido.

Hasta mis pechos, para ser más precisos.

Solo un instante.

Pero suficiente para que yo lo notara.

Lo miré de reojo.

—¿Qué?— Nikolai volvió inmediatamente la atención a la carretera.

—Nada.

—Otra vez esa respuesta.

—Es una respuesta bastante útil.

—Cuando quieres evitar decir algo.— su mandíbula se tensó ligeramente.

—Quizá.— sonreí.

—¿Y qué estás evitando decir?

Esta vez no respondió.

Solo apretó un poco más las manos sobre el volante.

Y comprendí que quizá era mejor no insistir.

Porque aquella noche había algo que estaba cambiando.

Nikolai podía seguir fingiendo indiferencia.

Podía esconder sus palabras detrás de respuestas breves.

Podía mantener la voz tranquila y la postura impecable.

Pero sus ojos…

Sus ojos ya no sabían mentir.

Y mientras el Bentley avanzaba entre las luces de Manhattan, entendí que aquella noche iba descubrir cuánto tiempo podía seguir fingiendo que no me deseaba.

El Hotel Astoria parecía completamente distinto aquella noche.

Las escalinatas principales estaban cubiertas por una alfombra color marfil que conducía hasta un enorme salón iluminado por cientos de lámparas de cristal. Las fachadas históricas brillaban bajo los reflectores y decenas de fotógrafos ocupaban ambos lados del acceso principal. Las cámaras no dejaban de disparar; los flashes iluminaban la entrada una y otra vez. Jamás había visto algo parecido.

Ni siquiera cuando estudiaba arquitectura imaginé que un proyecto pudiera llevarme hasta un lugar así.

El automóvil se detuvo frente a la entrada. Antes de que pudiera reaccionar, Nikolai descendió primero, rodeó el coche y abrió mi puerta. Después me ofreció la mano con esa naturalidad que parecía tener para hacer que cualquier gesto suyo pareciera perfectamente normal.

Por un instante dudé.

No porque no quisiera tomarla.

Sino porque todo aquello empezaba a parecer demasiado irreal.

Aun así, acepté.

Sus dedos rodearon los míos apenas el tiempo suficiente para ayudarme a bajar. Firmes. Cálidos. Seguros. En cuanto estuve de pie, pensé que soltaría mi mano como había hecho tantas veces antes.

Pero no lo hizo inmediatamente.

Sus dedos permanecieron alrededor de los míos un segundo más.

Solo uno.

Después me soltó.

—¿Lista?— asentí.

—Creo que sí.

Nikolai me observó durante un instante. Sus ojos recorrieron mi rostro y después bajaron brevemente hacia el vestido antes de regresar a mis ojos.

—No pienses demasiado. Solo camina.— sonreí.

—Qué consejo tan específico.

—Funciona.

—¿Contigo?— la comisura de sus labios se elevó apenas.

—Siempre.

Comenzamos a avanzar.

Y entonces llegó el caos.

Los fotógrafos empezaron a llamarlo por su nombre incluso antes de que diéramos los primeros pasos.

—¡Señor Sokolov!

—¡Por aquí!

—¡Una fotografía!

Los flashes comenzaron a cegarnos. Escuché mi nombre mezclarse entre el ruido.

—¡Arquitecta Hale!

—¡Aquí!

Intenté mantener la calma. Recordé respirar, sonreír y, sobre todo, no tropezarme con el vestido. Todo al mismo tiempo.

Nikolai caminaba a mi lado con una tranquilidad desesperante, como si hubiera nacido para estar bajo aquellos reflectores.

Yo, en cambio, apenas conseguía distinguir los rostros detrás de tantas cámaras. Hasta que una voz sobresalió entre todas las demás.

—¡Señor Sokolov!— nos detuvimos por instinto.

Un periodista levantó el micrófono mientras un fotógrafo preparaba otra toma.

—¿Podrían regalarnos una fotografía juntos? Se ven muy bien esta noche.

Otro reportero añadió enseguida:

—¡Una fotografía con su esposa, por favor!

Sentí un vuelco en el pecho.

Abrí ligeramente la boca, dispuesta a corregirlo.

No somos…

Pero las palabras nunca salieron.

Porque antes de que pudiera decir nada, sentí la mano de Nikolai deslizarse hasta mi cintura.

No fue un gesto brusco.

Tampoco inseguro.

Su palma se acomodó en el costado de mi cuerpo con una naturalidad que me hizo contener la respiración y, sin pedir permiso con palabras, me acercó a él.

Más de lo necesario.

Lo suficiente para que mi brazo rozara su torso y mi cuerpo quedara perfectamente junto al suyo frente a las cámaras.

Sus dedos se cerraron ligeramente sobre mi cintura.

Un apretón breve.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para hacerme olvidar durante un segundo dónde estaba.

Levanté la mirada hacia él.

Nikolai ya me estaba observando.

No había sorpresa en sus ojos.

Tampoco incomodidad.

Había algo mucho más difícil de descifrar.

Una seguridad tranquila.

Una especie de satisfacción que no lograba comprender.

Como si aquella palabra —esposa— hubiera despertado algo dentro de él que llevaba demasiado tiempo manteniendo bajo control.

Como si le gustara la idea más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Y aquello me desconcertó.

Porque conocía a Nikolai.

Sabía cuándo estaba molesto.

Cuándo estaba concentrado.

Cuándo estaba celoso.

Incluso cuándo intentaba ocultar algo.

Pero aquella mirada…

No sabía leerla.

Él volvió ligeramente el rostro hacia las cámaras.

Yo permanecí a su lado, todavía sintiendo la presión cálida de sus dedos sobre mi cintura.

Esperé.

Esperé escuchar su voz diciendo que existía un malentendido. Que solo éramos compañeros. Que trabajábamos juntos. Lo habría entendido. Era la verdad. Siempre había sido la verdad.

Pero aquella explicación nunca llegó.

Nikolai no corrigió al periodista.

Ni siquiera pareció considerar la necesidad de hacerlo.

Al contrario.

Acomodó un poco más la mano sobre mi cintura y me acercó otro centímetro, como si quisiera que la fotografía no dejara ninguna duda sobre la cercanía entre nosotros.

Sentí que mis dedos buscaban instintivamente algo donde apoyarse.

Terminaron sobre su cintura.

Apenas lo toqué al principio.

Como si todavía no estuviera segura de que podía hacerlo.

Debajo de mis dedos sentí la firmeza de su cuerpo a través de la tela del traje y el ligero movimiento de su respiración.

Nikolai bajó la mirada.

Nuestros ojos se encontraron.

Y esa expresión volvió a aparecer.

Indescifrable.

Orgullosa.

Casi arrogante.

Pero no de una manera que me hiciera sentir incómoda.

Era como si, por alguna razón que todavía no comprendía, le gustara que todos estuvieran mirando.

Como si una parte de él pensara que decir que una mujer como yo era su esposa no era un error que tuviera que corregirse.

Sino algo de lo que podía sentirse orgulloso.

—¡Mírense!— ma voz del fotógrafo me hizo volver la atención hacia las cámaras.

Giré ligeramente el rostro.

Nikolai hizo lo mismo.

Los flashes volvieron a explotar frente a nosotros.

—¡Perfecto!

—¡Otra!

—¡No se muevan!

Su mano seguía en mi cintura.

Y mis dedos seguían apoyados sobre la suya.

Durante unos segundos tuve la extraña sensación de que aquello era demasiado íntimo para estar ocurriendo frente a decenas de personas.

Sin embargo, Nikolai parecía completamente cómodo.

Incluso demasiado.

Uno de los fotógrafos gritó:

—¡Señor Sokolov, mire a su esposa!

Y entonces ocurrió algo que todavía hoy no sabría explicar.

Nikolai sonrió.

Apenas.

Una sonrisa pequeña, orgullosa, casi imperceptible.

Pero la vi.

La vi antes de que volviera a mirar hacia las cámaras.

Y sentí un extraño cosquilleo en el estómago.

Porque por primera vez pensé que quizá aquella palabra no le había molestado.

Quizá le había gustado.

Las fotografías terminaron tan rápido como habían empezado.

Nikolai retiró la mano de mi cintura lentamente, no de golpe. Sus dedos se deslizaron apenas por mi costado antes de desaparecer.

El contacto terminó.

Pero la sensación permaneció.

Yo todavía tenía una mano sobre su cintura.

La retiré despacio.

Respiré hondo.

Él me miró.

—¿Todo bien?— asentí.

—Sí.— mi voz salió más baja de lo que esperaba.

Nikolai inclinó ligeramente la cabeza.

—Bien.

Y entonces tomó mi mano.

No la ofreció.

No esperó a que yo decidiera si quería tomarla.

Simplemente entrelazó sus dedos con los míos y comenzó a caminar hacia la entrada.

El gesto fue tan natural que tardé unos segundos en reaccionar.

Sus dedos rodeaban los míos con firmeza.

No había dudas.

No había espacio entre nuestras manos.

Y tampoco parecía tener intención de soltarme.

Lo seguí.

—Nikolai…— él giró apenas la cabeza.

—¿Sí?

Miré nuestras manos.

Después a él.

—No corregiste al periodista.— una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—Lo sé.

—¿Por qué?

Continuó caminando.

—Porque no me molestó.— sentí que mi respiración se detenía.

—¿Que pensara que soy tu esposa?

Esta vez sí se detuvo.

Se volvió hacia mí.

Sus ojos verdes encontraron los míos.

Y durante unos segundos simplemente me observó.

Después apretó ligeramente mi mano.

—No.— hizo una pausa —Me molestaría mucho más que alguien pensara que no quiero que estés a mi lado.

No supe qué responder.

Nikolai volvió a mirar hacia la entrada.

—Vamos.

Y siguió caminando conmigo de la mano.

Como si llevarme así frente a todos fuera la cosa más natural del mundo.

Y mientras cruzábamos las puertas del Hotel Astoria, comprendí que aquella noche no había sido inolvidable por las cámaras, ni por los flashes, ni por la alfombra marfil.

Lo había sido por algo mucho más sencillo.

Porque por primera vez, frente a todos…

Nikolai Sokolov no pareció tener ningún problema con que el mundo creyera que yo era suya.

El salón principal del Astoria era incluso más impresionante por dentro.

Cientos de lámparas de cristal colgaban del techo abovedado, reflejando destellos dorados sobre las mesas impecablemente decoradas. Una orquesta interpretaba música suave desde uno de los extremos del salón mientras los camareros recorrían el lugar con copas de champagne y pequeños bocados.

Nunca había visto reunidas a tantas personas importantes en un mismo sitio.

Arquitectos.

Empresarios.

Inversionistas.

Representantes de firmas internacionales.

Todos parecían conocerse.

Y, de algún modo…

Todos parecían conocer a Nikolai.

Apenas dábamos tres pasos cuando alguien se acercaba a saludarlo.

—Señor Sokolov. Felicidades por el museo.

—Gracias.

—Una propuesta extraordinaria.

—Agradezco sus palabras.

Yo permanecía discretamente a su lado, sonriendo cuando alguien dirigía también la conversación hacia mí. Intentaba no interrumpir, no estorbar y, sobre todo, no sentirme fuera de lugar.

Hasta que un hombre de unos cincuenta años, impecablemente vestido, estrechó la mano de Nikolai.

—Es un gusto volver a verlo.— después me miró.

Su sonrisa se amplió.

—Y, por supuesto, felicidades a ambos. Hacen un gran equipo.

Miré a Nikolai.

Esperé.

Era el momento perfecto para aclarar que no éramos…

Lo que todos parecían pensar.

Pero él simplemente estrechó nuevamente la mano del empresario.

—Gracias.

Nada más.

El hombre continuó conversando con nosotros sobre el proyecto, completamente convencido de que acababa de felicitar a una pareja.

Y Nikolai…

No lo corrigió.

Cuando finalmente continuamos caminando, intenté convencerme de que simplemente no había considerado necesario aclararlo.

No podía significar otra cosa.

No debía significar otra cosa.

Sin embargo, aquella escena volvió a repetirse.

Y luego otra vez.

Una mujer elegante, con un vestido azul marino, nos detuvo cerca de una de las mesas.

—Debo decirles que me encanta ver matrimonios capaces de construir cosas tan extraordinarias juntos.— sentí cómo el corazón me daba un vuelco.

Abrí ligeramente la boca.

Esta vez sí iba a corregirla.

—En realidad, nosotros…

—Muchas gracias.— la voz de Nikolai llegó antes que la mía.

La mujer sonrió satisfecha.

—Les deseo muchos años más de éxitos.

Fue ella quien terminó alejándose.

Yo permanecí inmóvil unos segundos.

Mirándolo.

Él seguía observando el salón como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.

—Podrías haberla corregido —dije finalmente.

Giró apenas la cabeza hacia mí.

—¿Era necesario?— parpadeé.

—Bueno… no somos un matrimonio.

—Lo sé.

Contestó con absoluta tranquilidad.

Después tomó una copa de champagne de una bandeja que pasaba junto a nosotros y me ofreció otra.

—Gracias.

La acepté, aunque seguía intentando comprender qué acababa de pasar.

—Entonces explícame algo.— Nikolai bebió un pequeño sorbo.

—Te escucho.

—Durante años fuiste el primero en aclararle a todo el mundo que entre nosotros no había nada. Incluso cuando no te preguntaban.

Su expresión cambió apenas.

—Eso fue antes.

—¿Y qué cambió?— me sostuvo la mirada durante unos segundos.

—Muchas cosas.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte aquí.— miré alrededor.

Varias personas conversaban cerca de nosotros.

La música llenaba el espacio.

Nadie parecía prestar atención a nuestra conversación.

—¿Te incomoda que piensen que somos pareja?

—No.— la respuesta fue demasiado rápida.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Entonces?— Nikolai dejó la copa sobre una mesa cercana.

—Entonces no me pareció necesario corregirlos.

—A mí sí me lo pareció.— él me observó.

—¿Por qué?

Respiré lentamente.

—Porque no quiero que la gente piense algo que no es cierto.

Su mirada permaneció sobre mí.

—Entiendo.

Pero no sonó como si realmente estuviera de acuerdo.

Antes de que pudiera continuar, otro invitado se acercó a felicitarnos. Nikolai respondió con la misma serenidad de siempre y yo hice lo mismo. La conversación duró apenas un minuto.

Entonces el hombre se despidió.

Y, casi inmediatamente después, sentí la mano de Nikolai rodear mi cintura.

Me quedé quieta.

Su palma se acomodó sobre mi costado con una naturalidad desconcertante.

No fue brusco.

Ni siquiera pareció consciente de que lo había hecho.

Simplemente me acercó ligeramente hacia él mientras escuchaba a otro arquitecto hablar sobre el museo.

Yo miré hacia abajo.

Después hacia su mano.

Y finalmente hacia él.

Nikolai continuó conversando como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—La integración con el espacio público fue una de las partes más complejas —decía.

—Lo entiendo —respondió el hombre—. Pero el resultado fue excelente.

—Trabajamos mucho en ello.

Sentí que sus dedos se cerraban un poco sobre mi cintura.

No demasiado.

Solo lo suficiente para hacerme consciente de cada uno de ellos.

Esperé unos segundos.

Después hablé en voz baja.

—Nikolai.

Él giró apenas el rostro.

—¿Sí?

—Tu mano.— bajó la mirada.

Pareció notar entonces dónde estaba.

Pero no la retiró.

—¿Qué pasa con ella?

Lo miré con incredulidad.

—Está en mi cintura.

—Lo sé.

—Entonces…

Hizo una pausa.

—¿Quieres que la quite?— la pregunta me tomó desprevenida.

Porque su tono no era desafiante.

Tampoco burlón.

Simplemente estaba preguntando.

—No quiero hacer una escena.— sus ojos se suavizaron.

—No te pregunté eso.

—¿Entonces qué quieres saber?

—Si quieres que la quite.

Guardé silencio.

Podía sentir las miradas de algunas personas alrededor, aunque nadie parecía realmente pendiente de nosotros.

Finalmente suspiré.

—Puedes dejarla.— una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Está bien.

Volvió a mirar al hombre con el que hablaba para despedirse.

Pero yo no había terminado.

—Pero no porque me emocione.— Nikolai volvió la mirada hacia mí.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Esto.— señalé discretamente su mano —Que me tomes de la cintura. Que todos piensen que somos algo que no somos. Que te comportes como si fuera completamente normal.

Su expresión se volvió más seria.

—Viv…

—Te lo estoy permitiendo porque no quiero ser grosera en medio de una gala y porque no quiero crear una situación incómoda delante de todos.— hice una pausa —Pero no quiero que confundas mi tolerancia con entusiasmo.

Nikolai permaneció callado durante unos segundos.

Su pulgar se movió apenas sobre la tela de mi vestido, pero esta vez no fue un gesto posesivo. Parecía más bien una reacción inconsciente mientras procesaba mis palabras.

—Entiendo.

—¿De verdad?

—Sí.

—Porque últimamente pareces olvidar que las cosas entre nosotros todavía son complicadas.

Su mandíbula se tensó ligeramente.

—No lo he olvidado.

—A veces no parece.— Nikolai bajó la mirada hacia mí.

—Quizá porque estoy intentando aprender a estar cerca de ti de una manera diferente.

Aquello me hizo guardar silencio.

—¿Y eso incluye tomarme de la cintura delante de todo el mundo?— una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Aparentemente.— negué con la cabeza.

—Eres imposible.

—Eso ya me lo habías dicho.

—Y parece que no aprendiste.

—Estoy aprendiendo otras cosas.

—¿Como cuáles?— sus ojos permanecieron sobre los míos.

—Como preguntarte antes de asumir que algo está bien.

Aquella respuesta me desarmó un poco.

No porque fuera romántica.

Sino porque era exactamente lo contrario del Nikolai que había conocido durante años.

Asentí lentamente.

—Eso sí me gusta.— su expresión se suavizó.

—Lo recordaré.

Volvió a mirar hacia el salón.

Pero antes de retirar completamente la mano de mi cintura, se inclinó apenas hacia mí.

—Y para que quede claro…— lo miré.

—¿Qué?

—No estoy confundiendo nada.

—¿Entonces?— sus ojos verdes encontraron los míos.

—Sé perfectamente que todavía no eres mi esposa.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

—Bien.

—Pero tampoco me molesta que alguien piense que podrías serlo.

No supe qué responder.

Nikolai retiró finalmente la mano de mi cintura.

Esta vez sí.

Sin insistir.

Sin intentar convencerme.

Solo la retiró y tomó nuevamente su copa.

Yo respiré lentamente.

Pero antes de que pudiera recuperar el equilibrio, escuché una voz conocida.

—¡Viv!

Me giré de inmediato.

Adrián avanzaba hacia nosotros con una sonrisa enorme.

Llevaba un esmoquin azul oscuro que no le había visto nunca.

Se veía elegante.

Mucho más de lo habitual.

—No sabía que también vendrías.— sonreí con sinceridad.

—Yo tampoco sabía que estabas invitado.

—La firma francesa con la que colaboré el año pasado recibió una invitación y decidieron incluirme.

Qué pequeño era el mundo.

Nos reímos al mismo tiempo.

Sin pensarlo demasiado, Adrián se inclinó para saludarme con un beso en la mejilla.

Fue un gesto breve.

Natural.

Exactamente igual al que habría tenido con Anastasia o con cualquier otra amiga.

—Felicidades otra vez. Te lo mereces.

—Nos lo merecemos —lo corregí—. Ese museo también lleva tu firma.

Él negó sonriendo.

—Pero tú fuiste quien lo salvó cuando nadie encontraba una solución para el jardín central.

Sentí un poco de calor subir a mis mejillas.

—Exageras.

—Nunca.

Mientras hablábamos, tuve la extraña sensación de que el ambiente había cambiado.

No sabía por qué.

Hasta que levanté la vista.

Nikolai seguía allí.

No había intervenido una sola vez en la conversación.

No parecía molesto.

No hacía ningún gesto evidente.

Y, sin embargo…

Su expresión era mucho más rígida que unos minutos antes.

Adrián terminó su copa.

—Los dejo, me están esperando. Disfruten la gala.

—Gracias. Nos vemos luego.

Le sonreí mientras se alejaba entre la multitud.

Esperé unos segundos antes de volver a moverme.

Entonces sentí algo.

La mano de Nikolai volvió a mi cintura.

Esta vez fue diferente.

No hubo sorpresa.

No hubo duda.

Su palma se acomodó sobre mi costado y me acercó apenas hacia él, como si después de toda aquella conversación hubiera decidido que, al menos por aquella noche, quería mantenerme cerca.

Lo miré de reojo.

—¿Otra vez?

—No estoy haciendo nada.

—Nikolai…

—Solo estoy aquí.

—Con tu mano en mi cintura.— una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.

—Sí.

—Eres imposible.

—Y tú sigues aquí.

—Porque estamos en una gala.

—Lo sé.

Lo miré unos segundos.

—No te emociones demasiado.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Demasiado tarde.

Y esta vez fui yo quien tuvo que apartar la mirada para que él no viera la sonrisa que se me escapó.

Porque quizá lo más peligroso de aquella noche no era que todos creyeran que éramos una pareja.

Era que, poco a poco…

Empezaba a sentirse como si Nikolai también quisiera creerlo.

La ceremonia terminó entre aplausos, discursos, fotografías, brindis y una cantidad interminable de manos estrechándose.

Había perdido la cuenta de las personas que nos habían felicitado. Tampoco sabía cuántas veces alguien había confundido a Nikolai y a mí con una pareja. Lo único que sabía era que él seguía sin corregir a nadie y yo había dejado de intentar entender por qué.

La orquesta cambió lentamente el ritmo de la música. Las conversaciones comenzaron a apagarse y las luces del salón descendieron apenas unos tonos. Un hombre tomó el micrófono desde el escenario.

—Damas y caballeros… como parte de esta celebración, los invitamos a disfrutar del primer vals de la noche.

Las primeras notas de un violín comenzaron a llenar el salón. Varias parejas caminaron hacia el centro de la pista.

Observé la escena con una sonrisa.

Era elegante.

Casi cinematográfica.

Di un pequeño paso hacia atrás.

—Creo que aprovecharé para buscar algo de agua.— no alcancé a moverme.

—Vivienne.— su voz detuvo mis pasos.

Me giré.

Nikolai estaba frente a mí, tan impecable como siempre.

El esmoquin oscuro acentuaba sus hombros y hacía que sus ojos verdes parecieran todavía más intensos bajo las luces doradas. Su rostro seguía teniendo aquella perfección irritantemente serena que tanto había detestado durante años: la mandíbula marcada, la mirada segura, esa pequeña expresión de arrogancia que parecía decir que rara vez había algo capaz de tomarlo por sorpresa.

Era guapo.

Muchísimo.

Y quizá eso era precisamente lo que más me molestaba.

Porque incluso después de todo lo que había ocurrido entre nosotros, una parte de mí seguía siendo capaz de reconocerlo.

La otra recordaba demasiado bien al hombre que había conseguido hacerme sentir pequeña durante años.

Entonces extendió lentamente la mano.

—¿Bailas?

Lo miré completamente desconcertada.

—¿Tú… bailas?— una sombra de sonrisa apareció en su rostro.

—No suelo hacerlo.

—Entonces, ¿por qué ahora?— sus ojos permanecieron fijos en los míos.

—Porque hoy vale la pena.

Sentí un pequeño vuelco en el pecho, pero no dejé que se notara. Coloqué mi mano sobre la suya y él cerró los dedos alrededor de ella con una firmeza sorprendentemente delicada.

Caminamos hasta la pista.

Cuando llegamos al centro, su mano derecha se apoyó con cuidado sobre mi espalda, mientras la izquierda sostenía la mía. Yo coloqué la otra sobre su hombro. Podía sentir la firmeza de sus músculos bajo la tela del esmoquin y el ligero movimiento de su respiración. La cercanía era extraña, pero no incómoda.

Comenzamos a movernos lentamente.

Era un vals sencillo.

Y, sorprendentemente, Nikolai bailaba muy bien.

Sonreí.

—Me mentiste.

Él arqueó ligeramente una ceja.

—¿Sobre qué?

—Dijiste que no solías bailar.

—No suelo hacerlo.

—Pues parece que llevas toda la vida practicando.— su mirada se suavizó.

—Mi madre insistía en que aprendiera.

—Tengo que agradecerle entonces.

Una sonrisa diminuta apareció en sus labios.

Tan breve que cualquiera habría pensado que la imaginé.

Seguimos bailando.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. Solo nos dejamos llevar por la música, girando lentamente entre las demás parejas.

Entonces finalmente hablé.

—¿Mañana a qué hora llegarás a la casa del lago?

Su expresión adquirió un gesto ligeramente incómodo.

—Un poco tarde.

—¿Trabajo?

—Algunas cosas que terminar antes de ir.

—Nikolai…

Lo miré con desaprobación.

—Es Acción de Gracias.

—Lo sé.

—Y nuestros padres llevan días esperando que estemos todos juntos.

—También lo sé.

—Entonces deberías llegar temprano.— una sonrisa apareció en su rostro.

—¿Me estás dando órdenes?

—Te estoy diciendo que mamá probablemente te hará sentir culpable si llegas después de la comida.

—Eso sí es una amenaza.— me reí.

—No es una amenaza. Es una garantía.

Nikolai bajó ligeramente la mirada hacia nuestras manos.

—¿Tú vas a ir temprano?

—Sí. Quiero ayudar con la comida.

—¿Qué vas a preparar?

—Todavía no sé. Mamá ya planeó todo, así que probablemente me asignará alguna tarea.

—¿Y vas a quejarte?

—Muchísimo.

—Entonces no ha cambiado nada.— lo miré.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que siempre te quejas cuando tu madre te pone a trabajar en la cocina, a menos de que sean postres.

—Eso es mentira.

—Vivienne.

—Bueno… quizá un poco.— se rio suavemente.

Y durante unos segundos fue tan fácil hablar con él que casi olvidé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que tuvimos una conversación que no estuviera relacionada con Asterion.

Era extraño.

No estábamos hablando de trabajo.

Ni de proyectos.

Ni de errores.

Solo de la casa del lago, de nuestras familias y de una cena que ambos habíamos compartido tantas veces durante nuestra infancia.

—Hace mucho que no vamos —dije después de un momento.

—Sí.

—La última vez fue…— intenté recordar.

—Navidad.

—Hace casi dos años.— asentí.

—Demasiado tiempo.

Su mano se movió ligeramente sobre mi espalda mientras girábamos.

—Me gusta la casa del lago.— lo miré sorprendida.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

—Nunca lo habías dicho.

—Nunca me preguntaste.— la frase no sonó como un reproche.

Solo como una constatación.

Bajé la mirada durante un instante.

—Supongo que dejamos de preguntarnos muchas cosas.— Nikolai guardó silencio.

Después respondió:

—Sí.

No hubo nada más.

Pero aquella palabra pareció quedarse entre nosotros.

Seguimos bailando.

Su mano permanecía sobre mi espalda con una firmeza tranquila y la mía descansaba sobre su hombro. De vez en cuando nuestros dedos se ajustaban ligeramente para seguir el ritmo. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la ropa y el aroma tenue de su perfume.

Lo observé otra vez.

Era extraño tenerlo tan cerca.

Podía ver pequeños detalles que normalmente quedaban ocultos desde el otro lado de una mesa de juntas: la línea de sus pestañas, la ligera tensión de su mandíbula, el modo en que sus ojos se suavizaban cuando escuchaba y esa expresión arrogante que todavía parecía acompañarlo incluso cuando estaba siendo amable.

Pensé que quizá ese era el problema.

Nikolai podía ser increíblemente guapo.

Podía bailar bien.

Podía preguntarme por mi vida.

Podía hacerme reír.

Pero ninguna de esas cosas borraba lo que había hecho.

Y, en el fondo, todavía existía una parte de mí que sentía cierto desprecio por el hombre que había sido conmigo durante tantos años.

No por este momento.

No por el hombre que tenía delante aquella noche.

Sino por todas las veces en las que había utilizado aquella misma seguridad para hacerme daño.

—¿Qué? —preguntó de pronto.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Me estás mirando.

—Estoy pensando.

—Eso puede ser peligroso.— sonreí apenas.

—Depende de lo que esté pensando.

—¿Y en qué estás pensando?

Lo observé unos segundos.

Podría haberle dicho la verdad.

Que estaba pensando en lo extraño que era verlo así.

Que todavía me costaba separar al Nikolai que estaba aprendiendo a acercarse de aquel que había pasado años alejándome.

Pero no quería convertir aquel momento en otra conversación sobre el pasado.

Así que negué con la cabeza.

—En nada importante.— él pareció aceptar la respuesta.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Por qué?— una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Porque me gustaría que por una noche pudiéramos hablar sin terminar discutiendo.

No pude evitar sonreír.

—Eso sí sería un acontecimiento histórico.

—Entonces deberíamos aprovecharlo.

La música continuó.

Y por unos minutos más hablamos de cosas pequeñas.

De la casa del lago.

De nuestros padres.

De las bromas que seguramente haría Dmitri.

De cómo Ana probablemente intentaría mantener la paz y terminaría discutiendo con él antes del postre.

Nada importante.

Nada profundo.

Pero, de alguna manera, fue una de las conversaciones más normales que habíamos tenido en años.

Cuando la canción comenzó a terminar, Nikolai redujo lentamente el movimiento. Su mano permaneció sobre mi espalda unos segundos más antes de apartarse.

—Gracias por bailar conmigo —dijo.

Lo miré.

—No fue tan terrible.— una sonrisa apareció en su rostro.

—Eso fue casi un cumplido.

—No te acostumbres.

—No lo haré.

Nos quedamos frente a frente un instante.

Después escuchamos los aplausos de las parejas que terminaban el vals.

Nikolai extendió nuevamente la mano.

Esta vez no para bailar.

Para llevarme de regreso hacia el salón.

La tomé.

Y mientras caminábamos entre las mesas, pensé que quizá aquella noche estaba descubriendo algo que no sabía si quería descubrir.

Que detrás del hombre arrogante que tanto había llegado a despreciar…

Todavía existía alguien a quien podía volver a conocer.

Y eso era mucho más peligroso que volver a enamorarme de su rostro.

Nikolai

El trayecto de regreso fue exactamente igual al de ida.

Silencioso.

Solo que esta vez ninguno de los dos intentó llenarlo con conversaciones sobre arquitectura, inversionistas o periodistas.

Las palabras se habían quedado en aquella pista de baile, suspendidas en el espacio que había separado nuestros labios y en todo aquello que ninguno de los dos se había atrevido a decir.

Conducía con la vista fija en el camino, pero cada cierto tiempo volvía a verla reflejada en el cristal de la ventana. Vivienne permanecía con las manos entrelazadas sobre el regazo, mirando las calles de Nueva York pasar frente a ella.

Llevaba el cabello suelto, cayendo sobre sus hombros y su espalda, aunque algunos mechones se habían desplazado durante la velada.

Y no debería haberme fijado.

Pero lo hice.

Una y otra vez.

La forma en que el vestido marcaba suavemente su figura. La línea de sus hombros. El cabello suelto deslizándose sobre su espalda. Sus labios, todavía ligeramente rosados por el maquillaje.

Recordé las miradas que había recibido durante toda la noche.

Los hombres que se acercaban a saludarla.

Los que habían intentado llamar su atención.

Y, por primera vez, entendí algo bastante incómodo.

Me había gustado que todos supieran que estaba conmigo.

Demasiado.

Cada vez que alguien había dicho su esposa, algo dentro de mí se había inflado con un orgullo absurdo.

Había querido corregirlos.

Había querido decirles que no lo era.

Pero, al mismo tiempo…

Había disfrutado demasiado escucharlo.

Mi esposa.

La frase seguía dando vueltas en mi cabeza.

Y la peor parte era que, por un instante, había deseado que fuera verdad.

No como una fantasía pasajera.

No como una forma de alimentar mi ego.

La había imaginado caminando a mi lado todos los días.

Con mi apellido.

Riéndose de mis malas decisiones.

Discutiendo conmigo por cualquier cosa.

Siendo realmente mi mujer.

Apreté ligeramente el volante.

Ya quisiera.

Ya quisiera que algún día pudiera decirlo sin que fuera una mentira.

El semáforo cambió a rojo.

El automóvil se detuvo.

Cerré los ojos apenas un instante.

Y, como una fotografía que alguien hubiera escondido durante años en el fondo de un cajón, la imagen apareció otra vez.

Cabello largo.

Una libreta entre las manos.

Una risa que llenaba un jardín entero.

—Mira, Niko…

Abrí los ojos de golpe.

El semáforo ya era verde.

Apreté con más fuerza el volante.

No.

No ahora.

No otra vez.

Continué conduciendo.

Pero esta vez el recuerdo no desapareció tan fácilmente.

Porque junto a aquella imagen apareció otra.

Vivienne en la pista de baile.

Su cabello suelto rozándome el brazo cada vez que se movía.

Su mano sobre mi hombro.

Su cuerpo cerca del mío.

Sus ojos azules encontrándose con los míos cada vez que levantaba la mirada.

Y aquella sensación insoportable de haberla tenido tan cerca sin poder besarla.

Había querido hacerlo.

Dios, cuánto había querido hacerlo.

Había querido inclinarme, tomar su rostro entre mis manos y comerme esos labios hasta olvidar quiénes éramos y todo lo que había ocurrido entre nosotros.

Había querido arrancarle aquel vestido.

No con violencia.

Sino con la desesperación de un hombre que llevaba demasiado tiempo imaginando cómo sería volver a tenerla cerca.

Había querido descubrir qué quedaba de aquella mujer que todavía conseguía desarmarme con una sola mirada.

Y precisamente por eso me había contenido.

Porque desearla era fácil.

Lo difícil era recordar que ella todavía no me pertenecía.

Quizá nunca volvería a hacerlo.

Y tenía que aprender a vivir con eso.

Ninguno de los dos volvió a hablar durante el resto del trayecto.

Cuando llegamos frente a su edificio, apagué el motor.

Vivienne desabrochó el cinturón.

Yo ya estaba bajando del automóvil.

Rodeé el coche y abrí su puerta.

—Gracias —dijo mientras me miraba.

Asentí.

—No tienes que agradecerme.

Ella permaneció sentada un segundo más.

—Aun así quiero hacerlo.— la miré.

—Entonces gracias por haber aceptado venir conmigo esta noche.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿Te gustó?

Solté una pequeña risa.

—Más de lo que debería.— ella sonrió.

—¿Por qué?

Apoyé una mano sobre el borde de la puerta.

—Porque durante unas horas pude olvidarme de que éramos dos personas que habían pasado años intentando entenderse mal. Solo éramos tú y yo. Y no sé si debería decirte esto, pero… me gustó mucho más de lo que esperaba.

Vivienne bajó la mirada.

—A mí también.

Aquellas tres palabras hicieron algo extraño dentro de mí.

No respondí.

No confiaba lo suficiente en mi voz.

Ella finalmente descendió del automóvil, sujetando apenas el vestido para que no rozara el suelo mojado.

Su cabello suelto cayó hacia delante sobre uno de sus hombros cuando se inclinó ligeramente para acomodar la tela.

Caminó unos pasos hacia la entrada.

Entonces se detuvo.

Se giró lentamente.

Nuestros ojos volvieron a encontrarse.

El aire frío de noviembre se coló entre los dos.

Había tantas cosas que podía decir.

Tantas que llevaba años callando.

Podía decirle que se había visto hermosa aquella noche.

Que había estado orgulloso de tenerla a mi lado.

Que cuando alguien había dicho que era mi esposa, una parte de mí había querido corregirlo y otra había querido gritarle al mundo que sí.

Que había querido besarla.

Que todavía quería hacerlo.

Que el simple hecho de verla alejarse me estaba resultando insoportablemente difícil.

Pero al final…

Solo fui capaz de pronunciar una.

—Buenas noches…

Hice una pausa casi imperceptible.

—Vivienne.

Su nombre abandonó mis labios con una facilidad que me desconcertó.

No Hale.

No arquitecta.

No señorita.

Vivienne.

Como hacía mucho tiempo que no me permitía llamarla.

Ella sonrió.

No era una sonrisa grande.

Era tranquila.

Cansada.

Pero auténtica.

—Buenas noches…

Bajó apenas la vista.

Un mechón de su cabello se deslizó sobre su mejilla.

Cuando volvió a levantarla, dijo una sola palabra.

—Nikolai.

Sentí el golpe justo en el centro del pecho.

Nikolai.

No Niko.

Y eso dolió más de lo que debería.

Porque conocía demasiado bien cuánto había extrañado escuchar aquel pequeño nombre en sus labios.

Niko.

El hombre que alguna vez había sido para ella.

El hombre al que había llamado cuando éramos niños.

El hombre que había querido volver a ser cuando finalmente consiguió perdonarme.

Y ahora me estaba diciendo Nikolai.

Formal.

Distante.

Como si estuviera recordándome que, aunque aquella noche hubiera sido hermosa, todavía existía una distancia entre nosotros que yo no tenía derecho a ignorar.

La observé desaparecer tras la puerta del edificio.

Esperé.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Hasta que estuve seguro de que el ascensor se la había llevado.

Solo entonces volví al automóvil.

Apoyé las manos sobre el techo antes de entrar.

Respiré hondo.

Cerré los ojos.

Y comprendí algo que llevaba demasiado tiempo negándome.

Había pasado años convenciéndome de que mantenerla lejos era la única forma de proteger todo aquello que aún quedaba en pie.

Pero esa noche…

Por primera vez…

La idea de verla alejarse empezó a darme mucho más miedo que la de volver a tenerla cerca.

Y eso…

Era un problema.

Porque conocía demasiado bien el precio que había pagado la última vez que olvidé protegerme de ella.

Solo que ahora empezaba a sospechar que quizá nunca había necesitado protegerme de Vivienne.

Quizá de quien debí protegerla…

Era de mí mismo.