LNCrawler

Capítulo trece

Hasta Que Deje De Esperarte 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo trece

Capítulo trece

Vivienne

Mi papá insistió en que fuéramos temprano a la casa del lago para ayudar con los preparativos.

—Tu madre me mataría si llegamos tarde el día que Elena cocina pavo.

Sonreí mientras cerraba la puerta del automóvil.

—Mamá diría que Elena cocina demasiado para tan poca gente.— soltó una risa.

—Y tendría razón.

El camino hasta la casa estuvo lleno de conversaciones ligeras. Nada relacionado con el trabajo. Nada relacionado con Nikolai. Solo historias viejas, recuerdos de mi mamá y anécdotas de cuando yo era niña y corría por aquella misma carretera convencida de que el lago era un océano. Papá consiguió hacerme reír varias veces, y agradecí que no intentara preguntarme nada sobre la gala de la noche anterior.

Porque, aunque no quisiera admitirlo, mi cabeza regresaba a ella de vez en cuando.

A la pista de baile.

A la mano de Nikolai sosteniendo la mía.

A su otra mano apoyada con cuidado sobre mi espalda.

A la manera en que me había mirado mientras bailábamos, con aquella expresión imposible de descifrar que durante años había conseguido ponerme de los nervios y que ahora, por alguna razón, había comenzado a despertar algo mucho más confuso.

Y, sobre todo, a ese instante en el que nuestros rostros habían quedado demasiado cerca.

No había ocurrido nada.

Precisamente por eso resultaba tan difícil dejar de pensar en ello.

Cuando el automóvil cruzó el portón de madera, una sensación extraña se instaló en mi pecho. Hacía mucho tiempo que no iba y, sin embargo, todo seguía exactamente igual.

Los enormes robles rodeaban el camino de entrada, las hojas anaranjadas cubrían el suelo como una alfombra natural y el lago reflejaba el cielo gris de noviembre con una tranquilidad que siempre me había parecido imposible encontrar en Nueva York.

Bajé del coche lentamente y respiré hondo. El aire frío olía a madera, canela y chimenea encendida.

A hogar.

—¿Vienes o piensas quedarte admirando el paisaje todo el día?— la voz de mi papá me hizo sonreír.

—Ya voy.

Entramos.

Apenas crucé la puerta, escuché voces provenientes de la cocina. Mamá y Elena llevaban allí desde mucho más temprano, exactamente como habían prometido. Habían convertido la casa en un pequeño campo de batalla: ollas sobre la estufa, bandejas ocupando las encimeras, ingredientes perfectamente ordenados y un aroma a hierbas, mantequilla y especias que hacía imposible pensar en cualquier otra cosa.

Mamá apareció primero, secándose las manos con un paño.

—¡Por fin!— abrió los brazos —Ven aquí, mi niña.

No me dio tiempo de responder. Me abrazó con fuerza y yo cerré los ojos, dejando escapar una pequeña risa contra su hombro.

—Mamá, me viste hace nada.

—Eso fue demasiado tiempo.— cuando nos separamos, me sujetó el rostro entre las manos y me observó unos segundos —Estás preciosa.

—Estoy despeinada.

—No importa.

—Y tengo frío.

—Eso tampoco importa.— sonreí.

—Te extrañé.

Su expresión se suavizó.

—Yo también.

Elena apareció detrás de ella.

—Ahora me toca a mí.

Mamá se apartó entre risas y Elena me envolvió inmediatamente en otro abrazo.

—Mi niña, qué gusto verte.

—Yo también la extrañé.

—¿Ves? —dijo mamá—. Te dije que iba a decir lo mismo.

Elena se rio.

—Porque me conoce demasiado bien.

Las observé a las dos y sentí esa calidez familiar que solo aparecía cuando estábamos en aquella casa. No importaban los años, el trabajo o todo lo que hubiera cambiado en nuestras vidas. Allí seguían siendo las mismas mujeres que me habían enseñado a cocinar, a preparar postres y a no entrar en una cocina sin lavarme las manos.

—Bueno —dije, dejando mi bolso—. ¿Qué necesitan?

Mamá señaló una montaña de ingredientes.

—Necesito que me digas que no vas a juzgarme por haber preparado demasiada comida.

—Jamás.

—Mentira.

—Está bien. Un poco.

Elena soltó una carcajada.

—Déjala. Tú haces comida para veinte aunque seamos ocho.

—Porque siempre alguien termina repitiendo.

—Dmitri —dije.

Las tres nos miramos.

—Dmitri —repetimos al mismo tiempo.

La cocina se llenó de risas.

Después de dejar mi abrigo en el perchero, mis pies encontraron el camino hacia los cajones casi por costumbre. Abrí uno, después otro, hasta encontrar el batidor, las espátulas y finalmente el molde desmontable que buscaba.

Elena me observó divertida.

—Sigues sabiendo dónde está todo.— levanté el molde.

—Creo que podría encontrar la vainilla con los ojos cerrados.

—Eso significa que hace demasiado tiempo que no venías —respondió mamá.

La sonrisa permaneció en mis labios, pero algo se encogió dentro de mí.

Tenía razón.

Demasiado tiempo.

—Bueno —dije, intentando recuperar el tono ligero—. Hoy pienso compensarlo. ¿Qué hacemos?

Mamá señaló los ingredientes.

—Quiero que hagas el cheesecake.

—¿El de siempre?

—El de siempre.— sonreí.

Había algo reconfortante en esa frase. Como si todavía existiera una versión de mí que podía entrar a aquella cocina, ponerse un delantal y preocuparse únicamente por si la base de galleta quedaba demasiado gruesa.

Me até el cabello y comencé a organizar los ingredientes.

—¿Quién ya probó el relleno? —pregunté.

Elena levantó una ceja.

—Todavía nadie.

—¿Segura?

—Completamente.

—Entonces tenemos un problema.— mamá soltó una carcajada.

—Dmitri todavía no ha llegado.

—Ah.

Suspiré con alivio.

—Entonces estamos a salvo.

—¡Escuché eso!— la voz llegó desde el recibidor.

Me eché a reír antes incluso de verlo.

—Dmitri.

Apareció en la cocina con una bolsa de papas fritas en una mano y una expresión de indignación perfectamente actuada.

—Pensé que me habían invitado a una celebración familiar, no a un lugar donde se habla mal de mí a mis espaldas.

—No fue a tus espaldas —respondí—. Lo dijimos perfectamente alto.

Él se llevó una mano al pecho.

—Eso es todavía peor.— me abrazó exageradamente —Pensé que te habías olvidado de nosotros.

—Solo de ti.

—Viv, por favor. Después de todo lo que he hecho por esta familia…

Ana apareció detrás de él y negó con la cabeza.

—No le hagas caso. Lleva todo el camino diciendo que va a ser el primero en probar el cheesecake.

—Porque alguien tiene que verificar el control de calidad.

Elena ni siquiera levantó la vista de la masa.

—Alguien tiene que impedirte acercarte a la cocina.— Dmitri señaló el horno.

—Yo solo quiero ayudar.

—Entonces siéntate.

—Eso no es ayudar.

—Precisamente.— todos reímos.

Dmitri aprovechó la distracción para tomar una galleta de la encimera.

No alcanzó a darle el primer mordisco.

Elena le dio un ligero golpe con el paño de cocina.

—¡Ay, tía!

—Eso no está listo.

—Precisamente quería comprobarlo.

—Fuera.

—Qué ambiente tan hostil.— Ana soltó una carcajada.

—Llevamos menos de cinco minutos aquí y ya te regañaron.

—Es un nuevo récord.

Yo seguía riéndome cuando escuché nuevamente la puerta principal.

Esta vez nadie dijo nada.

La voz de Mikhail llegó desde el recibidor, saludando a mi papá.

Después escuché otra.

Más grave.

Más pausada.

Más conocida de lo que me gustaría admitir.

Mi mano se detuvo sobre el recipiente que estaba mezclando.

Respiré hondo antes de volverme.

Nikolai acababa de entrar.

Llevaba un abrigo oscuro y una bufanda gris alrededor del cuello. Se la retiró con calma mientras observaba el interior de la casa, saludando primero a nuestros padres. Parecía completamente tranquilo, como si la noche anterior no hubiera existido.

Pero cuando su mirada recorrió el recibidor, el comedor y finalmente llegó hasta la cocina…

Me encontró.

Durante apenas un segundo ninguno de los dos dijo nada.

Y, sin querer, recordé la forma en que había sostenido mi mano durante el baile. La cercanía de su cuerpo. La manera en que me había mirado cuando todos a nuestro alrededor parecían asumir que éramos algo que todavía no éramos.

Él también pareció recordar.

Lo noté en la pequeña pausa que hizo antes de acercarse.

No había reproches.

No había tensión.

Solo ese recuerdo silencioso de una noche que ninguno de los dos parecía saber todavía cómo interpretar.

Fue él quien rompió el silencio.

—Hola, Vivienne.— parpadeé.

Había esperado escuchar el tono distante de siempre, el saludo mecánico, la formalidad que durante tanto tiempo había sido nuestra manera de protegernos.

Pero no.

Aquellas dos palabras sonaron diferentes.

Más suaves.

Más contenidas.

Como si hubiera pensado antes de pronunciarlas.

Sonreí apenas.

—Hola, Nikolai.— su mirada permaneció sobre mí un segundo más.

Después bajó hacia el recipiente que tenía entre las manos.

—¿Cheesecake?— levanté ligeramente el molde.

—El de siempre.

Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Entonces tendré que llegar temprano a la mesa.

—No sabía que eras tan aficionado a mis postres.

—No lo soy.— hizo una pausa —Pero siempre has hecho este bien.

Levanté una ceja.

—¿Eso fue un cumplido?

—No te acostumbres.— solté una risa.

—Demasiado tarde.

Dmitri intervino desde detrás de nosotros.

—¿Pueden dejar de coquetear en la cocina? Estoy intentando robar una galleta.

Nikolai lo miró.

—Dmitri.

—¿Sí?

—Si tocas otra cosa antes de la cena, te vas a quedar sin postre.—Dmitri abrió mucho los ojos.

—Eso es abuso de poder.

Nikolai se encogió de hombros.

—Funciona.

Ana soltó una carcajada.

Yo bajé la mirada para ocultar mi sonrisa.

Y, por primera vez en mucho tiempo…

Aquel encuentro con Nikolai no se sintió como el comienzo de una batalla.

Se sintió extrañamente normal.

Casi familiar.

Y quizá eso era lo que más me desconcertaba.

Porque mientras volvía a mezclar el relleno del cheesecake, podía sentir todavía la mirada de Nikolai sobre mí.

No era una mirada fría.

Tampoco completamente abierta.

Era algo más silencioso.

Algo que parecía decir que la noche anterior tampoco había desaparecido de su cabeza.

Y, aunque intenté concentrarme en el postre, una pequeña parte de mí se preguntó cuánto tiempo podríamos seguir fingiendo que aquella pista de baile no había cambiado nada entre nosotros.

Estábamos terminando de colocar los postres sobre la mesa del comedor cuando sonó el timbre.

Elena levantó la vista del pay de nuez que acababa de sacar del horno, mientras mi mamá terminaba de acomodar unas pequeñas tartaletas junto a los platos.

—¿Quién podrá ser?— mi papá sonrió desde la sala.

—Debe ser Adrián.

Dejé la espátula sobre la encimera.

—Voy yo.

Crucé el recibidor y abrí la puerta. Una ráfaga de aire frío se coló inmediatamente al interior de la casa.

Adrián estaba de pie en el porche con un abrigo color camel, una bufanda gris y una botella de vino cuidadosamente envuelta en papel kraft. Tenía las mejillas ligeramente rojas por el frío y esa expresión tranquila que parecía acompañarlo incluso cuando llegaba tarde a una reunión importante.

Al verme, sonrió.

—Hola.

—Hola. Pensé que tardarías más.—levantó la botella.

—Tuve que detenerme varias veces porque casi olvido comprar esto.—solté una risa.

—¿Un soborno para que te reciban bien?

—Prefiero llamarlo estrategia. No quiero que tu mamá piense que vine únicamente por el pavo.

—Demasiado tarde. Ya te está esperando.— su sonrisa se amplió.

—Entonces quizá todavía tenga posibilidades.

Me hice a un lado para dejarlo entrar.

—Pasa antes de que te congeles.

—Gracias.

Adrián cruzó el umbral y se quitó los guantes antes de sacudirse ligeramente el abrigo. Miró alrededor con curiosidad, observando las fotografías familiares, la chimenea encendida y el enorme ventanal que dejaba ver el lago.

—Ahora entiendo por qué hablas tanto de este lugar.—lo miré.

—No hablo tanto.

—Viv…— su tono divertido me hizo sonreír.

—Está bien. Quizá un poco.

—Un poco bastante.— negué con la cabeza mientras él soltaba una risa.

En ese momento Elena apareció desde la cocina secándose las manos con un paño.

Su sonrisa fue inmediata.

—¡Adrián! Bienvenido.—él dio un paso al frente y le entregó la botella.

—Muchas gracias por invitarme, señora Elena. No quería llegar con las manos vacías.

Elena tomó la botella y la observó con una expresión de auténtico agradecimiento.

—Qué detalle tan bonito. No tenías que hacerlo.

—Mi abuelo decía que nunca se llega a una casa con las manos vacías. Y si además la anfitriona cocina, mucho menos.— Elena soltó una pequeña carcajada.

—Tu abuelo era un hombre muy sabio.

—Yo también lo creo.

Mi mamá apareció detrás de Elena con una bandeja entre las manos.

—¿Y yo qué? ¿Nadie me va a presentar al invitado?— Adrián sonrió inmediatamente.

—Señora Hale, es un placer conocerla por fin.

Mamá dejó la bandeja sobre la mesa y le ofreció la mano, aunque terminó abrazándolo antes de que él pudiera estrechársela.

—Nada de señora. Llámame Eleanor, querido.— él se rio.

—Entendido.

—Si Viv te trajo, ya te consideras parte de la familia.— mamá me lanzó una mirada cómplice.

Yo negué con la cabeza.

—Mamá…

—¿Qué? Estoy siendo amable.— Adrián sonrió.

—Me parece un excelente recibimiento.

—¿Ves? —dijo mamá, satisfecha—. Este sí entiende.

Elena se rio mientras tomaba nuevamente la botella.

—Voy a guardarla antes de que Dmitri la descubra.

Desde la sala llegó inmediatamente su voz.

—¡Escuché mi nombre!— mamá cerró los ojos.

—Por supuesto que lo escuchaste.

Adrián soltó una carcajada.

—Creo que ya entiendo cómo funciona esta familia.

—Todavía no has visto nada —le advertí.

—Eso me preocupa un poco.

Los tres nos reímos.

Cuando llegamos al comedor, papá se puso de pie para saludarlo.

—Adrián. Qué gusto verte.

—El gusto es mío, señor Hale.

Papá le estrechó la mano y después le dio una palmada amistosa en el hombro.

—¿No conocías la casa, cierto?

Adrián negó con la cabeza mientras volvía la mirada hacia el enorme ventanal.

—No. Pero entiendo perfectamente por qué Viv habla tanto de este lugar.

Sentí un ligero calor en las mejillas.

—No hablo tanto.— papá soltó una risa.

—Créeme. Hablas bastante.

Adrián me lanzó una mirada divertida.

—Entonces tenía razón.

—¿Razón en qué?

—En que tu lugar favorito no está en Manhattan.

—Nunca dije eso.

—No hacía falta.

Antes de que pudiera responder, Mikhail apareció desde el pasillo cargando una caja bastante pesada.

—¿Podrías ayudarme un momento?

No sabía si la petición iba dirigida a mi papá o a Dmitri, pero Adrián fue el primero en reaccionar.

—Claro. ¿Dónde la llevo?— Mikhail sonrió con aprobación.

—Al garaje. Hay unas sillas plegables que necesitamos sacar.

—Vamos.

Los dos desaparecieron por el pasillo.

Yo los observé unos segundos antes de regresar a la cocina.

Y fue curioso.

Adrián no parecía esforzarse por caerle bien a nadie. No necesitaba hacerlo. Escuchaba cuando los demás hablaban, hacía preguntas con verdadero interés y, cuando daba su opinión, lo hacía con seguridad pero sin intentar imponerla. Incluso Mikhail, que rara vez prolongaba una conversación si no encontraba algo interesante en ella, parecía disfrutar hablar con él.

Cuando regresaron, seguían hablando de arquitectura como si hubieran dejado la conversación pendiente hacía años.

Mi papá terminó uniéndose.

Los tres comenzaron a discutir distintas soluciones estructurales para edificios antiguos.

—Te dije que esa cubierta era demasiado pesada —comentó Mikhail entre risas.

Adrián negó divertido.

—Y yo sigo creyendo que era la opción correcta.

—Hasta que el presupuesto dijo lo contrario.

—Ese pequeño detalle.— papá soltó una carcajada.

—El pequeño detalle que siempre termina arruinando las grandes ideas.

Adrián sonrió.

—Por eso los arquitectos necesitamos administradores.

—¿Me estás dando trabajo? —preguntó mi papá.

—Estoy intentando sobrevivir a Acción de Gracias. No quiero terminar despedido antes del postre.

Los tres rieron.

Yo los observé desde la cocina mientras colocaba los últimos platos. Había algo agradable en verlo desenvolverse allí. Adrián sabía conversar con personas mucho mayores que él sin perder naturalidad, podía pasar de una discusión técnica a una broma sin esfuerzo y tenía una manera de escuchar que hacía sentir a quien hablaba que realmente estaba prestándole atención.

Era fácil entender por qué la gente confiaba en él.

No necesitaba ocupar el centro de una habitación para hacerse notar.

Simplemente tenía esa clase de presencia tranquila que terminaba llenando el espacio.

—¿Por qué lo estás mirando tanto?— la voz de mi mamá me sacó de mis pensamientos.

Parpadeé.

—¿Qué?

Ella sonrió mientras acomodaba unas servilletas.

—A Adrián.

—Estoy mirando la conversación.

—Claro.— le lancé una mirada.

—Mamá.

—No dije nada.

—Pero lo estás pensando.

—Soy tu madre. Tengo derecho.

Solté una risa y tomé otro plato.

—Solo me alegra que se esté llevando bien con todos.

Mamá me observó durante un segundo más.

—Es un buen hombre.— bajé la mirada hacia el plato que tenía entre las manos.

—Sí.

—Y se nota que te respeta.

Aquella frase me hizo detenerme apenas.

No supe por qué.

Quizá porque era verdad.

Adrián siempre había sido así conmigo. Nunca había intentado ocupar un espacio que yo no le hubiera dado. Nunca había exigido nada. Nunca había convertido nuestra amistad en algo incómodo.

—Sí —repetí más despacio—. Lo sé.

Mamá sonrió y no dijo nada más.

Agradecí que no lo hiciera.

Desde la sala llegó la voz de Dmitri.

—¡Yo también soy un buen hombre!

Todos giramos la cabeza.

Él estaba sentado en uno de los sillones con una cerveza en una mano y un puñado de nueces en la otra.

Ana estaba a su lado.

—Nadie estaba hablando de ti —respondió ella.

—Precisamente. Me siento ignorado.— Adrián se rio.

—¿Quieres que hablemos de ti?

Dmitri lo señaló.

—Tú sí me entiendes.

—No estoy seguro de que eso sea algo bueno.

—Lo es. Necesitamos una amistad sólida.

—¿Basada en qué?

Dmitri levantó la cerveza.

—Comida, fútbol y criticar a nuestros compañeros de trabajo.

Adrián fingió pensarlo.

—La propuesta tiene potencial.

—¡Lo sabía!— Ana negó con la cabeza.

—Dios, ya encontraste a otro.

Dmitri miró a Adrián.

—¿Ves? Mi hermana está celosa.

—No estoy celosa.

—Todavía.

Adrián soltó una carcajada tan sincera que terminó contagiándonos a todos.

Cinco minutos después, él y Dmitri ya estaban discutiendo cuál era el mejor equipo de fútbol, prometiendo organizar un partido cuando terminara el invierno y tratando de convencer a mi papá de que los dejara usar parte del terreno junto al lago.

—Yo pongo las bebidas —dijo Dmitri.

—Yo llevo el balón —añadió Adrián.

—Y yo arbitro —anunció papá.

Dmitri lo miró horrorizado.

—No. Eso es abuso de autoridad.

—Es mi casa.

—Precisamente por eso no confío en ti.— papá comenzó a reír.

Mikhail negó con la cabeza.

—Cinco minutos más y van a convertir el Día de Acción de Gracias en un campeonato.

—Yo apoyo la idea —dijo Adrián.

—Traidor —respondió Dmitri.

Volví a reír mientras acomodaba los últimos platos.

Entonces levanté la vista por pura casualidad.

Nikolai permanecía junto al ventanal del salón.

Tenía una taza de café entre las manos.

No participaba en ninguna conversación.

Solo observaba.

Su expresión era tan serena que cualquiera habría pensado que estaba distraído mirando el lago, pero yo conocía demasiado bien esa mirada.

No estaba viendo el agua.

Nos estaba viendo a nosotros.

A Adrián hablando con mi padre.

A Elena riéndose de algo que él acababa de decir.

A mamá observándolos desde la cocina con una sonrisa satisfecha.

A Mikhail escuchándolo con interés.

A Dmitri dándole una palmada amistosa en el hombro.

A Ana bromeando con él mientras ponía los cubiertos sobre la mesa.

Todos parecían haberlo aceptado con una facilidad sorprendente.

Y, por primera vez desde que conocía a Nikolai, no fui capaz de adivinar exactamente qué estaba pasando por su cabeza.

Solo había algo que sí pude notar.

Cada vez que alguien llamaba a Adrián por su nombre, sus dedos rodeaban un poco más fuerte la taza de café. La presión era tan evidente que los nudillos comenzaban a perder el color, aunque su rostro permanecía perfectamente tranquilo.

Dmitri volvió a decir algo y Adrián soltó otra carcajada.

Los ojos de Nikolai se desviaron hacia ellos.

Solo un segundo.

Después regresaron al lago.

Respiró lentamente.

No dijo una sola palabra.

Y quizá eso era precisamente lo que hacía más evidente la tensión.

Porque Adrián no estaba haciendo absolutamente nada malo. Estaba siendo amable con mi familia, ayudando con las cosas, haciendo reír a todos y comportándose exactamente como el hombre tranquilo y respetuoso que siempre había conocido.

Nikolai no podía reclamarle nada.

No tenía ninguna razón para hacerlo.

Y, aun así, cuando Adrián se acercó a mí para ayudarme con una bandeja, vi de reojo cómo la mandíbula de Nikolai se tensaba.

—Déjame ayudarte —dijo Adrián.

Tomó dos de los platos antes de que pudiera protestar.

—Si sigues haciendo todo tú sola, tu mamá va a terminar regañándote.— sonreí.

—Probablemente.

—Entonces prefiero evitar una tragedia familiar.

—¿Desde cuándo eres tan obediente?

—Desde que descubrí que tu mamá da más miedo que cualquier jefe que haya tenido.— me reí.

—Eso es completamente cierto.

Adrián sonrió y caminó conmigo hacia la mesa.

Fue un gesto sencillo.

Nada más.

Pero al pasar junto al ventanal, sentí la mirada de Nikolai sobre nosotros.

No era fría.

Tampoco era hostil.

Era algo mucho más difícil de ignorar.

Una mezcla de incomodidad, orgullo herido y algo que, aunque todavía no quería ponerle nombre, empezaba a reconocer.

Celos.

Y por alguna razón, aquella vez no me pareció divertido.

Porque mientras miraba a Adrián, empecé a notar cosas que antes había pasado por alto: la facilidad con la que trataba a mis padres, su manera de escuchar a Elena, el respeto con el que hablaba con Mikhail y hasta la forma en que conseguía hacer reír a Dmitri sin intentar competir con él.

Era un hombre bueno.

Un hombre que encajaba.

Y quizá esa era precisamente la razón por la que, desde el otro lado de la habitación, Nikolai parecía cada vez menos cómodo.

Volví la mirada hacia él.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante un segundo ninguno apartó la mirada.

Nikolai dejó la taza sobre la mesa con una calma demasiado deliberada.

Después se acercó.

—¿Necesitas ayuda?— miré los platos que llevaba.

—Ya me está ayudando Adrián.

Nikolai asintió lentamente.

—Lo veo.

Adrián, completamente ajeno a la tensión, sonrió.

—Puedes llevar estos si quieres.— le entregó dos platos.

Nikolai los tomó.

Sus ojos se encontraron con los de Adrián.

—Claro.

Dmitri observó la escena desde el sillón y sonrió para sí.

Ana le dio un pequeño golpe en el brazo.

—No.

—¿Qué?

—Ni se te ocurra.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.— Dmitri bebió un sorbo de cerveza.

—Solo estoy disfrutando el Día de Acción de Gracias.— Ana negó con la cabeza.

—Eres imposible.

—Y tú me quieres así.— ella soltó una risa.

Desde la cocina, mamá anunció:

—¡Todos a la mesa! ¡Antes de que Dmitri se coma el postre!— Dmitri se levantó inmediatamente.

—¡Protesto!

Elena apareció detrás de ella.

—Protesta denegada.

Las risas llenaron la casa.

Y mientras todos comenzaban a ocupar sus lugares, no pude evitar mirar una vez más hacia Nikolai.

Seguía tranquilo.

O al menos eso parecía.

Pero cuando pasó junto a mí, su mano rozó apenas mi espalda.

Un gesto breve.

Casi imperceptible. Pero capaz de moverme todo.

La mesa estaba llena.

El aroma del pavo recién salido del horno se mezclaba con el de las papas, el puré, las verduras asadas y todos los postres que Elena, mi mamá y yo habíamos preparado durante toda la mañana.

La chimenea mantenía la casa cálida mientras afuera el viento de noviembre golpeaba suavemente los ventanales. Por un momento, mientras observaba a todos ocupar sus lugares, tuve la sensación de que nada había cambiado. Como si aquella casa pudiera detener el tiempo y devolvernos a una época en la que nuestras mayores preocupaciones eran quién se quedaba con el último pedazo de pastel.

Mi papá levantó su copa.

—Antes de comer, quiero brindar.— todos hicimos lo mismo —Por el museo. Por la familia. Y porque todavía tengamos muchos motivos para seguir reuniéndonos alrededor de esta mesa.

—Salud.

Las copas chocaron suavemente y la conversación comenzó a fluir casi de inmediato.

Dmitri contaba una historia exagerada sobre un cliente imposible que, según él, había intentado convencerlo de que una pared podía moverse si uno “la miraba con suficiente intención”. Anastasia se burlaba de cada detalle, Mikhail corregía las fechas de la historia cada vez que Dmitri exageraba demasiado y Elena terminaba riéndose de todos mientras mi mamá le pedía que no dejara enfriar las verduras.

Yo también reía.

Era fácil hacerlo allí.

Hasta que papá miró hacia Adrián.

—Me alegra mucho que hayas aceptado venir.— Adrián dejó los cubiertos sobre el plato y sonrió con cierta timidez.

—Gracias por invitarme. La verdad… no esperaba pasar Acción de Gracias acompañado este año. Pensé que terminaría cenando algo rápido en mi departamento y trabajando hasta tarde, así que esto es bastante más de lo que había imaginado.

Elena sonrió con cariño.

—En esta casa nadie debería cenar solo. Además, después de ayudar a sacar las sillas y soportar las historias de Dmitri, ya te ganaste tu lugar.— Dmitri levantó una mano.

—Quiero aclarar que mis historias son una parte fundamental de la experiencia familiar.

—Nadie te pidió esa experiencia —respondió Ana.

Las risas volvieron a aparecer.

Adrián negó divertido antes de mirar hacia mí.

—Entonces tendré que agradecerle también a Viv.

Sentí un poco de calor en las mejillas.

—¿A mí?

Él asintió.

—Fuiste tú quien sugirió invitarme. Y quería decirte que lo agradezco de verdad. No es algo pequeño para mí.— bajé la mirada hacia mi plato.

—No era para tanto. Solo pensé que… nadie debería pasar un día como hoy solo.

Adrián me sostuvo la mirada unos segundos y después sonrió de esa manera tranquila que siempre tenía.

—Aun así, gracias.

—De nada.

Fue un intercambio sencillo. Natural. Sin ninguna intención escondida.

Pero cuando levanté la vista, descubrí que alguien más había estado escuchando.

Nikolai seguía cortando el pavo con una precisión casi mecánica.

No había participado en la conversación.

No había sonreído.

Ni siquiera parecía estar prestando atención.

Sin embargo, el cuchillo se había detenido.

Sus dedos permanecían sobre el mango mientras su mirada seguía fija en el plato.

Durante unos segundos pensé que volvería a comer y dejaría el tema atrás.

Entonces dejó los cubiertos sobre la mesa.

El sonido del metal contra la porcelana fue apenas un roce, pero bastó para que varias conversaciones se apagaran.

Nikolai levantó la mirada.

Primero hacia Adrián.

Después hacia mí.

—¿Pasa algo entre ustedes?

El tiempo pareció detenerse.

No escuché la chimenea. No escuché el viento golpeando las ventanas. Ni siquiera escuché a Dmitri dejar su copa sobre la mesa.

Solo esa pregunta.

Lenta.

Precisa.

Demasiado personal para haber sido pronunciada en medio de una cena familiar.

Respiré despacio antes de responder.

—¿Perdón?

Nikolai mantuvo la misma expresión.

Serena.

Cerrada.

Pero yo llevaba demasiado tiempo observándolo para no notar la tensión que había aparecido en su mandíbula.

—Pregunté si pasa algo entre Adrián y tú.

Adrián levantó ligeramente la cabeza.

—Nikolai, yo…— se detuvo.

No parecía saber qué decir. La pregunta lo había tomado completamente por sorpresa y, por la manera en que miró primero a mí y después a Nikolai, entendí que no quería convertir aquello en algo más grande de lo que ya era.

Levanté una mano con discreción.

—Está bien.— después volví a mirar a Nikolai —¿Por qué lo preguntas?

Él no titubeó.

—Porque pasan mucho tiempo juntos.— asentí lentamente.

—Trabajamos juntos.

—También pasan tiempo fuera de la oficina.— su tono continuaba siendo controlado.

Demasiado controlado.

—Sí.— hizo una pausa —Cada vez más.

Sentí que algo dentro de mí cambiaba.

No era ilusión.

Ni satisfacción por descubrir que estaba celoso.

Era cansancio.

Porque aquella pregunta venía de un hombre que durante años había dejado perfectamente claro que mi vida personal no le correspondía.

Dejé lentamente la servilleta sobre mi regazo.

—¿Esto es una conversación profesional?

Nikolai sostuvo mi mirada.

—No.— la respuesta fue inmediata.

Por primera vez, algo se movió en sus ojos.

No mucho.

Solo lo suficiente.

—Entonces es personal.

—Viv…

Ana intentó intervenir con suavidad.

—Quizá no sea el mejor momento para—

—Está bien, Ana.— no levanté la voz.

Ni siquiera soné molesta.

Solo necesitaba terminar aquella conversación de una manera que no dejara espacio para otra interpretación.

Volví a mirar a Nikolai.

—Entonces necesito entender por qué hoy parece importante.

Él respiró profundamente y se recostó ligeramente en la silla. Sus dedos rodearon la copa de vino, aunque no bebió.

—Solo hice una pregunta.— negué muy despacio.

—No. Hiciste una pregunta que jamás habrías hecho hace unas semanas.

La mirada de Nikolai no se apartó de la mía.

—Las cosas cambian.

—Sí. Cambian.— hice una pequeña pausa —Y precisamente por eso quiero saber desde dónde estás haciendo esa pregunta. Porque si estás hablando como mi jefe, no tienes derecho a saber nada. Si estás hablando como amigo… tampoco tienes que preocuparte. Y si estás hablando como otra cosa, entonces creo que eres tú quien debería decidir qué quieres preguntar antes de hacerlo delante de toda la familia.

La mandíbula de Nikolai se tensó.

Durante unos segundos no respondió.

Dmitri dejó lentamente el tenedor sobre el plato.

Ana lo miró de reojo.

—No.

—No dije nada.

—Te conozco.

—Solo iba a comer.

—Entonces come.— Dmitri tomó un bocado con absoluta seriedad.

—Estoy comiendo.

La tensión no desapareció, pero al menos consiguió arrancarle una pequeña sonrisa a mi papá.

Nikolai volvió a hablar.

—No estoy intentando incomodarte.

—Lo sé.

—Entonces no tienes que ponerte a la defensiva.— lo miré con calma.

—No estoy a la defensiva, Nikolai. Estoy intentando entenderte. Hay una diferencia.

Él bajó la mirada durante un segundo.

Después volvió a encontrar mis ojos.

—Adrián y tú trabajan juntos. Pasan mucho tiempo juntos. Se conocen bien. La familia lo invitó. Todos parecen sentirse cómodos con él.

Hizo una pausa.

Su voz continuó siendo fría, pero había algo más debajo.

Algo que intentaba mantener encerrado.

—No estoy diciendo que haya algo entre ustedes. Estoy preguntando.

Adrián finalmente intervino.

—Nikolai, de verdad, no tienes por qué—

—Adrián.

El tono de Nikolai no fue agresivo, pero sí lo suficientemente firme para detenerlo.

Adrián cerró la boca.

Lo observé unos segundos.

—Él no tiene nada que explicar.— Nikolai me miró.

—No he dicho que lo tenga.

—Pero lo estás poniendo en esta situación.

—No era mi intención.

—Entonces detengámoslo aquí.

Nikolai permaneció inmóvil.

Parecía estar luchando consigo mismo para no decir algo que después no pudiera retirar.

Y esa lucha se veía en pequeños detalles: la manera en que apretaba la copa, el músculo que se marcaba junto a su mandíbula, la respiración más lenta de lo normal.

Finalmente dejó la copa sobre la mesa.

—Está bien.— su voz fue más baja —Lo dejamos aquí.

Dmitri levantó un dedo.

—Excelente idea.— todos lo miramos.

Él se encogió de hombros.

—¿Qué? Alguien tenía que decirlo. Estamos en Acción de Gracias, no en una audiencia judicial.

Ana soltó una pequeña risa.

—Por fin dijiste algo útil.

—Dije muchas cosas útiles hoy.

—Todavía no has demostrado ninguna.

—Mi presencia es suficiente.

—Tu presencia es agotadora.— Dmitri sonrió satisfecho.

—Eso también cuenta.

Varias personas rieron y la tensión comenzó a disminuir.

Mi mamá aprovechó el momento para acercar una fuente hacia el centro de la mesa.

—Bueno, antes de que alguien vuelva a convertir la cena en una reunión de directorio, ¿alguien quiere más puré?

Papá levantó la mano.

—Yo.

Mikhail también.

—Yo.

Dmitri levantó ambas.

—Yo quiero de todo.— Elena lo miró.

—Eso ya lo sabíamos.

La conversación empezó a recuperar su ritmo.

Adrián volvió a tomar sus cubiertos, aunque todavía parecía un poco incómodo.

Me miró discretamente.

—¿Estás bien?— asentí.

—Sí.

—No quería causar ningún problema.

—No causaste ninguno.— él dudó un segundo.

—Si necesitas que me vaya— negué inmediatamente.

—No. Quédate.

Adrián sonrió con suavidad.

—Está bien.

Al otro lado de la mesa, Nikolai escuchó aquella última frase.

No dijo nada.

Ni siquiera levantó la mirada.

Pero su mano volvió a cerrarse alrededor de la copa.

Mi papá lo observó.

Mikhail también.

Elena intercambió una mirada silenciosa con mi mamá.

Ana parecía estar conteniendo las ganas de decir algo.

Dmitri, en cambio, simplemente siguió comiendo como si nada hubiera ocurrido.

Después de unos minutos, se inclinó hacia Adrián.

—Por cierto, todavía tenemos pendiente el partido.— Adrián sonrió.

—¿El de después del invierno?

—Ese mismo.

—Acepto.— Dmitri levantó su copa.

—Perfecto. Ya tengo compañero.

—¿Y quién dijo que jugaré contigo?

—Acabas de decir que sí.

—Dije que jugaría.

—Detalles.— Adrián soltó una carcajada.

Y entonces ocurrió algo curioso.

Nikolai levantó la vista.

Miró a Adrián.

Después a Dmitri.

Y finalmente a mí.

Su expresión seguía siendo perfectamente controlada.

Pero ahora sabía leerla.

No era enojo.

No exactamente.

Era esa incomodidad silenciosa de un hombre que acababa de descubrir que alguien más podía ocupar un espacio que él todavía no sabía si tenía derecho a reclamar.

No iba a admitirlo.

Probablemente ni siquiera lo admitiría ante sí mismo.

Pero yo lo había visto.

Y, por primera vez, no quise rescatarlo de esa incomodidad.

No porque quisiera castigarlo.

Sino porque quizá necesitaba aprender algo que yo había aprendido hacía mucho tiempo: si quería formar parte de mi vida, tendría que hacerlo desde un lugar donde no pudiera exigirme nada.

Tendría que ganarse ese lugar.

Y, por ahora, Nikolai parecía estar empezando a comprenderlo.

Elena fue la primera en ponerse de pie.

Aplaudió una sola vez, llamando la atención de todos.

—Muy bien. Ya tuvieron suficiente drama por hoy. Ahora alguien venga a ayudarme con los postres antes de que Dmitri se los coma todos.

—¡Protesto! —se quejó él de inmediato, llevándose una mano al pecho—. Eso es una acusación gravísima y completamente injustificada.

Ana soltó una risa mientras recogía su copa.

—Hace veinte minutos te encontré escondido en la cocina con una cuchara.

—Estaba verificando que el cheesecake siguiera vivo.

—¿Y necesitabas una cuchara para eso?— Dmitri se encogió de hombros con absoluta seriedad.

—Era una revisión muy técnica. Había que comprobar textura, temperatura, consistencia y, sobre todo, supervivencia.

—Te estabas comiendo el relleno.

—Eso forma parte del protocolo.

Ana negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.

—Algún día voy a ponerle una alarma a la cocina.

—Y yo voy a encontrar la manera de desactivarla.

—Dmitri.

—¿Sí?

—No te estoy preguntando.— él levantó ambas manos, fingiendo rendirse.

—Está bien. Por ahora.

Las risas volvieron a recorrer la mesa. Incluso mi papá terminó soltando una carcajada mientras Mikhail negaba con la cabeza, acostumbrado desde hacía demasiados años a aquel tipo de conversaciones.

El ambiente seguía siendo extraño. La tensión no había desaparecido por completo; todavía podía sentirse debajo de las conversaciones, escondida entre algunas miradas demasiado cuidadosas y silencios que nadie sabía muy bien cómo llenar. Pero aquella familia tenía una habilidad casi mágica para impedir que los momentos incómodos se quedaran demasiado tiempo en la mesa.

Elena regresó desde la cocina con el enorme cheesecake entre las manos. Lo colocó en el centro de la mesa con una expresión de orgullo y después se limpió las manos en el delantal.

—Bien. Quiero opiniones sinceras.— dije mirando a todos.

Dmitri levantó inmediatamente la mano.

—Yo puedo empezar.

—No —respondió Elena sin siquiera mirarlo—. Tú solo comes.

—Eso también es una opinión.

—La tuya siempre involucra comida.

—Porque la comida nunca me ha decepcionado.

Ana arqueó una ceja.

—Eso es mentira. El año pasado dijiste que mi puré era “una tragedia nacional”.— Dmitri la señaló con el tenedor.

—Porque lo era.

—¡Dmitri!

—¿Qué? Tú dijiste que querías honestidad.

Ana abrió la boca para responder, pero terminó soltando una carcajada.

—Eres imposible.

—Y aun así me invitas a cenar.

—Porque mamá me obliga. Dice “Dmitri es tu primo”, no me queda de otra.

—Eso duele.— se llevó una mano al pecho con una expresión exageradamente ofendida—Después de todos estos años, pensé que había construido un lugar especial en tu corazón.

—Sí. Justo al lado de la sección de “personas que necesitan supervisión”.— la mesa volvió a estallar en risas.

Elena negó con la cabeza y terminó entregándole el cuchillo a Mikhail.

—Córtalo tú. Porque este es capaz de servirse media tarta y después decir que solo tomó una rebanada.

—Eso jamás ha pasado.

—Pasó en Navidad —recordó Ana.

—Y en Año Nuevo —añadió Mikhail con total tranquilidad, sin levantar siquiera la vista.

Dmitri suspiró dramáticamente.

—Vivir rodeado de gente que documenta todos mis errores es agotador.— Adrián soltó una carcajada.

—Empiezo a entender la dinámica familiar.

Elena lo miró con una sonrisa.

—Todavía no. Espera a que saquemos el álbum de fotografías.

Dmitri dejó inmediatamente de sonreír.

—No.— Ana levantó la mirada.

—¿No qué?

—No saques el álbum.

—Ahora quiero hacerlo.

—Ana, tenemos un acuerdo.

—Nunca tuvimos un acuerdo.

—Lo tuvimos en mi cabeza.

—Entonces fue unilateral.

Dmitri miró alrededor de la mesa buscando apoyo.

—¿Nadie va a defenderme?— Mikhail se encogió de hombros.

—Depende de qué fotografías haya.

—¡Traición!

Ana ya se había puesto de pie.

—Eleanor, ¿dónde está?

—En el armario del pasillo, segundo estante.

—Gracias.

—¡Ana!

Ella se volvió mientras caminaba hacia el pasillo.

—¿Qué?

—Si sacas la fotografía de mi primer partido de fútbol, me voy.

—Perfecto. Así tendremos una menos que mostrar.

—Eso no es lo que quería decir.

—Ya lo sé.

Desapareció detrás de la puerta mientras Dmitri se hundía en su silla con resignación.

—Esto es abuso familiar.— Adrián sonrió.

—Creo que empieza a gustarme esta familia.

Dmitri lo miró con gravedad.

—No digas eso todavía. No sabes lo que estás firmando.

—¿Y tú qué tienes que esconder?

—Mi dignidad.

Anastasia regresó unos segundos después cargando un álbum enorme de tapas color vino.

Lo dejó sobre la mesa con un golpe suave.

—Encontrado.

Dmitri lo miró como si acabaran de colocar una amenaza frente a él.

—Podemos negociar.

—No.

—Una fotografía por persona.

—No.

—Cinco fotografías.

—Dmitri…

—Tres.

Ana apoyó ambas manos sobre el álbum.

—Si sigues negociando, voy a empezar por tus peores fotografías.

Dmitri cerró la boca.

—Entendido.

—Así me gusta.

Elena se sentó nuevamente y abrió el álbum por las primeras páginas.

—A ver… empecemos por Nikolai.

Levanté la vista casi por reflejo.

Nikolai seguía sentado frente a su plato. No dijo nada. Solo negó muy despacio mientras apoyaba una mano sobre la mesa.

—Anastasia…

—Demasiado tarde —respondió ella, divertida.

La primera fotografía apareció.

Un Nikolai de unos ocho años, cubierto de pintura hasta los codos, con el cabello desordenado y una expresión de absoluto fastidio mientras sostenía un pincel.

Dmitri soltó una carcajada.

—¡No puede ser!— Nikolai cerró los ojos un segundo.

—No empieces.

—¡Mírate! Pareces un delincuente que acaba de ser atrapado robando pintura.

—Porque ustedes me empujaron contra la pared.

Ana señaló la fotografía.

—Eso es falso. Tú dijiste que querías pintar el mural.

—Yo quería pintar el mural. No quería que ustedes me pintaran a mí.

Adrián se inclinó para ver mejor la fotografía.

—¿Ese eres tú?

Nikolai lo miró con resignación.

—Lamentablemente.— Dmitri sonrió.

—Era un niño muy feliz.

—No lo era.

—Mira la cara.

—Precisamente. Esa es la cara de alguien que sabía que iba a tener que limpiar todo después.

Adrián soltó una risa.

—Definitivamente eras igual de serio.

—Siempre fui serio.

Ana pasó la página.

—No siempre.

La siguiente fotografía mostraba a los cuatro mucho más pequeños, sentados en el césped del jardín. Anastasia tenía una corona de flores torcida sobre la cabeza. Dmitri llevaba una capa improvisada hecha con una manta. Yo sostenía una cuchara de madera como si fuera una espada y Nikolai aparecía detrás de nosotros con una expresión de resignación absoluta.

Adrián abrió los ojos.

—Espera… ¿Vivienne también estaba metida en esto?

—Viv siempre estaba metida —respondió Dmitri inmediatamente—. Era peor que nosotros.

—Eso es mentira —protesté entre risas.

Ana negó con la cabeza.

—No. Es completamente cierto. Tú eras la primera en proponer las ideas y luego fingías que no habías sido tú cuando algo salía mal.

—Eso jamás pasó.— Dmitri levantó una mano.

—Tengo pruebas.

—No tienes derecho a hablar.

—Tengo treinta años de evidencia.

—Dmitri, tienes veintiocho.

—Eso demuestra que mi memoria es excelente.— Ana soltó una carcajada.

—Tu memoria solo funciona cuando te conviene.

Dmitri señaló la fotografía.

—Mira a Viv. Ella fue quien nos convenció de robar los malvaviscos de la cocina.

Me llevé una mano al rostro.

—¡Yo no los robé!

—Los trasladamos temporalmente —corrigió Ana.

—Exacto —dijo Dmitri—. Operación Malvavisco.

Adrián comenzó a reír.

—¿Operación Malvavisco?

—Fue una operación militar.

—Tenías diez años.

—Eso no reduce su importancia histórica.

Nikolai finalmente sonrió.

Una sonrisa pequeña, pero completamente distinta a la que solía mostrar en la oficina.

—Y luego nos descubrieron porque Dmitri se comió la mitad antes de llegar al escondite.

Dmitri lo señaló.

—¡Traidor!

—Solo estoy diciendo la verdad.

—Era una emergencia.

—¿Qué emergencia?

—Tenía hambre.

La mesa volvió a llenarse de risas.

Anastasia pasó otra página.

Apareció una fotografía de los cuatro intentando montar una bicicleta vieja en el jardín. Yo estaba sentada en el asiento, Anastasia empujaba desde atrás y Dmitri corría al lado gritando instrucciones contradictorias. Nikolai caminaba detrás con ambas manos extendidas, preparado para evitar que cualquiera terminara en el suelo.

Adrián observó la imagen durante unos segundos.

—Ahora entiendo muchas cosas.

—¿Qué cosas? —pregunté.

—Por qué ninguno de ustedes sabe estar tranquilo.

Dmitri asintió solemnemente.

—Eso es culpa de la infancia.

—Y de ti —añadió Ana.

—No entiendo por qué siempre me culpan.

—Porque casi siempre eres culpable.

—Eso es una acusación sin pruebas.

—Tenemos un álbum entero.— Dmitri se quedó callado.

—Punto para ti.

Elena siguió pasando las páginas.

Había vacaciones.

Cumpleaños.

Navidades.

Campamentos.

Días en la piscina.

Fotografías tomadas en la casa del lago.

En casi todas aparecía la misma combinación: Ana y yo haciendo alguna travesura, Dmitri intentando hacerla todavía peor y Nikolai siguiéndonos con esa expresión de hermano mayor que fingía estar harto, aunque siempre terminaba ayudándonos.

—Aquí —dijo Elena de pronto.

Pasó una página más despacio.

Y mi respiración se detuvo por un instante.

Allí estaba yo.

Tendría unos diez u once años. Llevaba el cabello recogido en dos trenzas torcidas y sostenía una enorme charola de galletas que claramente pesaba más de lo que podía cargar.

Nikolai estaba a mi lado.

Cinco o seis años mayor.

Tenía una mano debajo de la bandeja para ayudarme a sostenerla y la otra apoyada en mi hombro, como si estuviera asegurándose de que no terminara cayéndome.

Elena sonrió con ternura.

—Ay, mírense.— yo no pude evitar reír.

—La mitad de esas galletas terminaban quemadas.

—Pero insistías en decorarlas todas —añadió mi papá.

—Y después querías hacer otra tanda —recordó Ana—. Siempre decías que la siguiente iba a salir perfecta.

Adrián miró la fotografía con una sonrisa.

—Entonces ya estaba lo de la repostería.

—Desde pequeña —respondió mi mamá—. Se podía pasar horas en la cocina.

—Y obligaba a todos a probar sus experimentos —añadió Dmitri.

—¡No los obligaba!

—Viv, una vez me hiciste comer una galleta con sal en lugar de azúcar.

—¡Fue un accidente!

—Me dijiste que era una receta especial.

La mesa volvió a estallar en risas.

Yo le lancé una mirada.

—Y tú te la comiste completa.

—Porque soy un hombre de principios.— Ana negó con la cabeza.

—No. Porque te daba miedo decirle que estaba horrible.

—También.— Adrián sonrió.

—Ahora entiendo por qué quieres abrir una pastelería.

La frase me hizo bajar la mirada por un instante.

No esperaba que alguien dijera aquello con tanta naturalidad.

Mi papá me observó desde el otro lado de la mesa.

—Siempre fue su sueño.

Nikolai no dijo nada.

Pero cuando levanté los ojos, lo encontré mirando la fotografía.

Después me miró a mí.

Su expresión se suavizó apenas.

No hizo falta que dijera nada.

Durante unos segundos, la mesa dejó de ser simplemente una reunión familiar.

Era un pedazo de nuestra infancia extendido sobre las páginas de un álbum.

Y quizá por eso dolía tanto.

Porque me recordaba que, durante mucho tiempo, yo también había tenido un lugar natural dentro de aquella familia.

Había crecido con ellos.

Había compartido travesuras, vacaciones, cumpleaños y tardes interminables en aquella misma casa.

Y descubrir que aún me recibían con el mismo cariño hacía mucho más difícil aceptar que las cosas ya no eran iguales.

Dmitri pasó una página y encontró otra fotografía de los cuatro.

Esta vez estaban cubiertos de barro después de una tormenta.

—¡Esta! —exclamó—. Esta es la prueba definitiva de que Viv era peor que yo.

—¿Por qué?

—Porque fue ella quien dijo que podíamos cruzar el jardín sin zapatos.

Ana levantó una ceja.

—Y tú fuiste quien terminó cayéndose en el barro.

—Eso fue porque alguien me empujó.

—Nadie te empujó.

—La gravedad me traicionó.— Adrián se rio.

—¿La gravedad?

—Era una situación complicada.

Nikolai negó con la cabeza.

—Dmitri tenía nueve años y ya culpaba a la física de sus errores.

—Porque la física nunca me ha caído bien.

—Eso explica muchas cosas —murmuró Anastasia.

Todos volvieron a reír.

Durante unos minutos, el ambiente se sintió completamente distinto.

La tensión seguía allí, escondida debajo de todo aquello, pero las fotografías habían conseguido abrir una pequeña ventana hacia una época en la que nadie necesitaba medir sus palabras.

Una época en la que Nikolai no era el CEO de Asterion.

Yo no era una arquitecta intentando demostrar su lugar.

Dmitri no era el primo que siempre hacía bromas.

Anastasia no era la mujer que intentaba mantener a todos unidos.

Éramos simplemente cuatro niños.

Cuatro niños que habían crecido juntos.

Y que, sin saberlo, habían construido una historia que todavía seguía uniendo a nuestras familias.

Sentí que necesitaba un poco de aire.

Dejé la servilleta sobre la mesa.

—Voy a salir un momento.

Elena levantó la vista.

—¿Todo bien, cariño?

Le dediqué una sonrisa tranquila.

—Sí. Solo quiero caminar un rato antes del postre.

Elena pareció querer insistir, pero mi mamá intervino suavemente.

—Déjala. A veces el aire frío ayuda a despejar la cabeza.

Asentí agradecida.

Me puse el abrigo y salí al porche.

El aire helado me recibió de inmediato.

Cerré la puerta con cuidado detrás de mí y caminé despacio hacia el muelle de madera.

El lago estaba completamente en calma.

Las pequeñas luces de las casas vecinas se reflejaban sobre el agua oscura.

Me apoyé en la barandilla y cerré los ojos un instante.

De pronto recordé una tarde de hacía muchos años.

Anastasia corriendo descalza por el jardín.

Dmitri intentando lanzar piedras al lago y fallando todas.

Yo persiguiéndolos mientras sostenía una bolsa llena de malvaviscos.

Y un Nikolai de diecisiete años que, por alguna razón, todavía sabía sonreír.

Una sonrisa pequeña.

Pero real.

Abrí los ojos.

Y por primera vez aquella noche me pregunté cuánto de aquel muchacho seguía existiendo dentro del hombre que ahora estaba sentado frente a mí.

No sabía la respuesta.

Pero una parte de mí…

Todavía quería descubrirla.

Escuché la puerta de la casa abrirse detrás de mí.

Después llegaron unos pasos.

Lentos.

Firmes.

No necesité girarme para saber quién era. Había aprendido a reconocer los pasos de Nikolai muchos años antes de aprender a ignorarlos.

Se detuvo a mi lado, lo bastante cerca para que pudiera sentir su presencia y lo bastante lejos para respetar el espacio que yo había dejado entre nosotros. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Solo se escuchaba el agua golpeando suavemente los pilotes del muelle y el viento moviendo las ramas desnudas de los árboles.

Apoyé los antebrazos sobre la barandilla de madera. Él hizo lo mismo. Nuestras manos quedaron separadas por apenas unos centímetros.

Ni siquiera eso parecía fácil entre nosotros.

Pasó casi un minuto antes de que hablara.

—No debí hacer esa pregunta.— su voz llegó baja, mucho más baja de lo habitual.

Seguí mirando el reflejo tembloroso de la luna sobre el lago.

—No —respondí después de unos segundos—. No debiste.

Nikolai asintió apenas.

No intentó defenderse.

Eso, de alguna manera, me sorprendió más que si hubiera discutido.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero ya no era incómodo. Era un silencio lleno de cosas que ninguno sabía cómo decir sin arriesgarse a revelar demasiado.

De reojo observé sus manos.

Siempre habían sido increíblemente firmes. Seguras. Capaces de sostener planos enormes sin que les temblara un dedo. Ahora sus nudillos estaban tensos y los dedos se abrían y cerraban lentamente sobre la madera, como si estuvieran buscando una salida para todo aquello que él no conseguía expresar.

Respiró hondo.

—No era mi intención incomodarte.— cerré los ojos un instante.

Cuántas veces había deseado escuchar algo así. Cuántas noches había imaginado una conversación en la que Nikolai reconociera, aunque fuera una sola vez, que también podía equivocarse.

Y ahora que finalmente lo hacía…

Ya no dolía igual.

Solté el aire despacio.

—Ya casi no logras hacerlo.— el movimiento a mi lado se detuvo.

Giré apenas la cabeza.

Fue suficiente para ver cómo algo se quebraba detrás de sus ojos verdes. No fue un gesto exagerado. Nikolai no era de los que dejaban que sus emociones escaparan con facilidad. Simplemente parpadeó y bajó la mirada hacia el lago.

—Eso fue innecesario.

Lo dijo sin dureza.

Casi como una confesión.

Volví a mirar hacia el frente.

—Tal vez. Pero es verdad.

Su mandíbula se tensó.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras me hicieron mirarlo otra vez.

—Antes bastaba con una palabra tuya para arruinarme el día —continué—. Una mirada. Una crítica. Una de esas frases que parecían perfectamente normales para ti y que yo terminaba repitiéndome durante horas.— hice una pausa —Ahora ya no.

Nikolai sostuvo mi mirada.

—Me alegra.

La respuesta me sorprendió.

—¿Te alegra?

—Sí.— bajó la vista un segundo antes de volver a encontrar mis ojos —Porque significa que al menos una cosa de las que hice mal ya no tiene el mismo poder sobre ti.

Sentí un pequeño nudo en la garganta.

No esperaba eso.

No esperaba que se alegrara de que yo hubiera dejado de ser vulnerable ante él.

—No conviertas esto en algo bonito, Nikolai.

—No lo estoy haciendo.— su respuesta fue inmediata —Solo estoy diciendo que me alegra que hayas aprendido a no permitir que yo decida cómo te sientes.

Lo observé en silencio.

Había algo extraño en escucharlo hablar así.

No había arrogancia.

No había esa necesidad suya de ganar cada conversación.

Solo una aceptación incómoda de algo que le costaba admitir.

—Si interpretaste mal lo que pasó en la mesa…

Negué suavemente antes de que terminara.

—No.— por primera vez desde que había salido de la casa, lo miré de frente.

Él también levantó la vista.

—No hagas eso.— frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?

—No conviertas una disculpa en una explicación.

Sus labios se separaron apenas.

Quiso responder.

No encontró qué decir.

Bajó la mirada hacia el muelle y se pasó una mano por la nuca. Era un gesto que conocía demasiado bien. Nikolai solo lo hacía cuando estaba realmente incómodo, cuando no sabía qué decir o cuando una conversación había conseguido llevarlo a un lugar donde no podía esconderse detrás del control.

—Está bien.— lo dijo finalmente —No voy a explicarlo.

Esperó unos segundos.

—Lo siento.

Esta vez lo dijo mirándome.

Dos palabras.

Nada más.

Pero había algo distinto en la forma en que las pronunció.

No había una excusa después.

No había un “pero”.

No había una justificación.

Solo lo siento.

Bajé la mirada hacia el agua.

Había esperado escuchar aquellas palabras durante tanto tiempo que ahora no sabía qué hacer con ellas.

—No es suficiente.— Nikolai asintió.

—Lo sé.

—No borra lo que hiciste.

—Lo sé.

—Y tampoco significa que porque ahora te arrepientas yo tenga que sentirme diferente.

Su mirada permaneció sobre mí.

—Lo sé, Vivienne.

Respiré lentamente.

—Entonces no me pidas nada.— su expresión cambió apenas.

—No te estoy pidiendo nada.

—Todavía.— él bajó la mirada.

—No.— la respuesta salió más baja —No voy a hacerlo.

Por primera vez, su voz sonó casi cansada.

—No tengo derecho a pedirte nada.

Sentí que algo en mi pecho se movía.

Porque aquella era probablemente la primera vez que Nikolai Sokolov reconocía abiertamente que no tenía derecho a reclamar un lugar en mi vida.

—No —respondí—. No lo tienes.

Él asintió.

Aceptándolo.

Sin discutir.

—Lo sé.

El viento volvió a levantarse. Algunos mechones de mi cabello se soltaron y cruzaron mi rostro. Los aparté detrás de mi oreja.

Nikolai hizo el movimiento instintivo de levantar una mano.

Se detuvo antes de tocarme.

Ese pequeño gesto no pasó desapercibido.

Lo vi bajar lentamente la mano y volver a apoyarla sobre la barandilla.

No intentó acercarse.

No intentó tocarme.

Y quizá esa fue la primera vez que comprendí cuánto estaba intentando contenerse.

—Entonces, ¿por qué viniste? —pregunté.

Tardó unos segundos en responder.

—Porque no quería terminar la noche sabiendo que te hice sentir incómoda.

—Eso no responde mi pregunta.— sus ojos se encontraron con los míos.

Esta vez no apartó la mirada.

—Porque quería hablar contigo.

—¿Sobre Adrián?— su mandíbula volvió a tensarse.

—En parte.

—¿En parte?

Respiró hondo.

—No me gusta verlo cerca de ti.

Lo dijo sin orgullo.

Sin desafío.

Como si le costara admitirlo incluso después de haber llegado hasta allí.

—Lo sé.

—Y sé que no tengo derecho a sentirme así.

—Puedes sentir lo que quieras.

—Sí.

Bajó la mirada.

—Pero no puedo convertir lo que siento en un problema tuyo.

Aquello me dejó callada.

Nikolai volvió a mirar el lago.

—No estoy orgulloso de haber preguntado eso delante de todos.

—¿Estabas celoso?— la pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Él permaneció en silencio durante unos segundos.

Después soltó una pequeña risa sin humor.

—¿De verdad quieres que te mienta?— negué con la cabeza.

—No.

—Entonces sí.— se sostuvo la mirada —Estaba celoso.

La honestidad de su respuesta me desarmó un poco.

—Mucho.— hizo una pausa —Y no me gustó descubrirlo.

—¿Por qué?

—Porque me recordó que todavía hay una parte de mí que quiere tener derecho sobre algo que ya no me pertenece.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

No había posesividad en su tono.

Había vergüenza.

—Tú no me perteneces —continuó—. Y yo lo sé.

Su voz bajó.

—Pero saberlo no significa que sea fácil verlo.

No respondí.

Porque, por primera vez, no parecía estar intentando convencerme de nada.

Solo estaba admitiendo una verdad que probablemente preferiría mantener enterrada.

—Adrián es un buen hombre —dije finalmente.

Nikolai cerró los ojos durante un segundo.

—Lo sé.

—Me respeta.

—Lo sé.

—Confío en él.

Tardó un poco más en responder.

—También lo sé.— lo miré.

—Entonces no entiendo por qué te molesta.

Nikolai dejó escapar el aire lentamente.

—Porque precisamente por eso me molesta.— fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que sé cómo te trata.— hizo una pausa —Sé que te escucha. Sé que te hace sentir tranquila. Sé que no tienes que preguntarte qué está pensando cuando estás con él.

Sus ojos volvieron a los míos.

—Y sé que eso es exactamente lo que yo no supe darte durante mucho tiempo.

No encontré una respuesta inmediata.

Nikolai apartó la mirada.

—No estoy celoso porque crea que él sea peor que yo.— una pausa —Estoy celoso porque tengo miedo de que sea mejor para ti.

Sentí que el pecho se me apretaba.

Aquello sí era Nikolai.

No el hombre arrogante que siempre estaba convencido de tener la razón.

No el CEO que podía controlar una sala entera.

Solo un hombre enfrentándose por primera vez a la posibilidad de que alguien más pudiera darle a la mujer que amaba aquello que él no había sabido darle.

—Eso no es algo que yo pueda resolver por ti.

—Lo sé.

—Ni algo que yo deba resolver.

—También lo sé.— su voz sonó casi resignada —Solo necesitaba decirlo una vez.

Lo observé.

Había algo profundamente extraño en verlo así.

Nikolai seguía siendo frío. Seguía midiendo sus palabras. Seguía manteniendo esa postura orgullosa que parecía formar parte de su cuerpo.

Pero debajo de todo eso había un hombre que estaba intentando aprender a perder sin convertir la pérdida en una guerra.

Y, por primera vez, pensé que quizá ese era el verdadero cambio.

No que hubiera dejado de quererme.

Sino que estaba aprendiendo que quererme no le daba derecho a retenerme.

—Buenas noches, Nikolai.— me aparté de la barandilla.

Él no intentó detenerme.

Solo me miró.

—Vivienne.— me detuve.

No me giré completamente.

—¿Qué?

Hubo una pausa.

Una larga.

—No sé qué va a pasar entre nosotros.— su voz sonó más baja que antes —Pero si alguna vez decides que ya no quieres que esté cerca de ti, voy a respetarlo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Bien.

—Aunque me duela.

Cerré los ojos un instante.

Él continuó:

—Y me va a doler.— me giré lentamente.

Sus ojos encontraron los míos.

No había lágrimas.

Nikolai no era así.

Pero había una vulnerabilidad tan evidente en su mirada que, por un segundo, tuve que recordar por qué había sido tan difícil dejar de quererlo.

—No te estoy pidiendo que vuelvas a ser igual que antes conmigo—dijo—. Ni que olvides nada. Ni siquiera que me perdones. No tengo derecho

Tragó saliva.

—Solo quería que supieras que lo entiendo.

—¿Entiendes qué?

Su respuesta tardó unos segundos.

—Que quizá me di cuenta de mis errores demasiado tarde.

No supe qué decir.

Él bajó la mirada.

—Y aun así…— volvió a mirarme —Si alguna parte de ti todavía me permite intentarlo, voy a hacerlo bien esta vez.

No había arrogancia en sus palabras.

Ni seguridad.

Solo una promesa pequeña, casi dolorosa.

Una que no exigía respuesta.

Lo miré durante unos segundos.

—Nikolai…— él esperó —No confundas que te escuche con que te estoy dando otra oportunidad

Asintió inmediatamente.

—No lo haré.

—Y tampoco confundas que todavía te quiera con que estoy dispuesta a volver a sufrir por ti.

Su mandíbula se tensó.

Pero no retrocedió.

—No lo haré.— respiró hondo —Eso sí te lo prometo.

Lo observé unos segundos más.

Después asentí.

—Entonces buenas noches.

—Buenas noches, Vivienne.

Me di la vuelta.

Comencé a caminar hacia la casa.

Esta vez sí escuché sus pasos detrás de mí.

Pero no se acercaron.

Se detuvieron a varios metros.

No necesitaba mirar para saberlo.

Nikolai estaba respetando la distancia que yo había marcado.

Y, por alguna razón…

Ese gesto pequeño fue el que más me dolió.

Porque quizá por primera vez en nuestra historia…

Él estaba aprendiendo a quererme sin intentar alcanzarme.