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Capítulo catorce

Hasta Que Deje De Esperarte 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo catorce

Capítulo catorce

Nikolai

Hay personas que corren porque disfrutan hacerlo. Yo corro porque es el único momento del día en el que nadie espera nada de mí.

No hay llamadas que contestar, reuniones que dirigir ni decisiones que tomar. Nadie necesita que tenga una respuesta inmediata y, durante unos minutos, tampoco tengo que ser el hombre que todos esperan encontrar detrás del escritorio de Asterion. Solo están el sonido constante de mis tenis contra el pavimento, mi respiración cada vez más pesada y el frío de la mañana golpeándome el rostro.

Central Park todavía estaba medio dormido. La ciudad también. Nueva York tenía esa extraña costumbre de parecer humana durante unos minutos antes de volver a convertirse en el monstruo de cristal que conocía tan bien.

Miré el reloj.

Cinco cuarenta y tres de la mañana.

Siempre salía a esa hora. No porque me gustara madrugar, sino porque era uno de los pocos horarios que todavía sentía completamente míos. Nadie podía pedirme nada a las cinco de la mañana. Nadie esperaba que resolviera un problema, que aprobara un presupuesto o que tomara una decisión capaz de afectar a cientos de personas.

Aceleré el paso.

El aire frío me llenó los pulmones y sentí el ardor familiar en las piernas. Era una sensación sencilla, casi tranquilizadora. El cuerpo tenía reglas que la mente no podía discutir. Si corría más rápido, me cansaba. Si disminuía el ritmo, recuperaba el aire. Si seguía avanzando, eventualmente llegaba al final del recorrido.

Ojalá las emociones funcionaran de la misma manera.

Durante años había construido mi vida alrededor de rutinas exactas. El mismo café, el mismo trayecto, el mismo gimnasio, los mismos horarios, la misma disciplina. Incluso mis corbatas estaban organizadas de una manera que hacía innecesario perder tiempo decidiendo qué ponerme.

La disciplina era sencilla.

Las emociones no.

Mi padre solía decir que un hombre incapaz de gobernarse a sí mismo jamás podría dirigir nada. Durante mucho tiempo pensé que aquello significaba controlar cada impulso, cada reacción y cada emoción antes de permitir que alguien pudiera verla.

Con los años entendí que también podía existir otra forma de perder el control.

Podías controlar cada minuto de tu vida y, aun así, terminar completamente perdido cuando alguien conseguía entrar en un lugar que habías mantenido cerrado durante demasiado tiempo.

Doblé por un sendero rodeado de árboles.

Una mujer paseaba a un Golden Retriever. Un anciano alimentaba palomas cerca de una banca y, unos metros más adelante, una pareja caminaba de la mano sin decir una sola palabra. Los observé apenas un instante antes de apartar la mirada.

Nunca había entendido a las personas que necesitaban estar acompañadas para sentirse completas. Durante mucho tiempo pensé que depender de alguien era una debilidad. Si necesitabas a otra persona para estar bien, entonces estabas entregándole una parte de tu estabilidad.

Era una idea bastante cómoda.

Hasta que Vivienne dejó de estar.

Hasta que el café dejó de saber igual porque ya no había nadie al otro lado de la mesa haciendo algún comentario sobre mi manera de prepararlo.

Hasta que descubrí que podía pasar un día entero rodeado de personas y, aun así, sentir una ausencia que nadie más podía llenar.

Y, sobre todo, hasta que escuché aquellas palabras.

Me da paz .

Apreté ligeramente la mandíbula.

Seguí corriendo.

Más rápido.

No porque estuviera cansado, sino porque necesitaba que mi cuerpo hiciera suficiente ruido para callar mi cabeza.

No funcionó.

Su voz volvió a aparecer en mi memoria con una claridad irritante.

Me da paz.

Vivienne había dicho aquello sobre Adrián.

No había sido una declaración de amor. Ni siquiera había sido una comparación directa conmigo. Había hablado de él como hablaba de cualquier persona que le hacía sentirse cómoda, segura, tranquila.

Y aun así, aquellas tres palabras habían conseguido instalarse dentro de mí.

Porque yo sabía exactamente lo que significaban.

Y sabía también que durante años yo había sido incapaz de darle eso.

Podía darle seguridad económica.

Podía resolver problemas.

Podía mover recursos.

Podía construir edificios que resistieran décadas.

Pero ¿paz?

Eso era diferente.

Solté una risa breve, sin humor.

Si Dmitri me viera ahora, probablemente diría que finalmente estaba desarrollando algo parecido a una conciencia.

Probablemente tendría razón.

Disminuí el ritmo cuando llegué al puente de Bow. Me incliné hacia adelante y apoyé las manos sobre las rodillas mientras intentaba recuperar el aire. El vapor escapaba de mi boca en pequeñas nubes blancas y, durante unos segundos, me limité a escuchar mi propia respiración.

Después levanté la vista.

El lago estaba prácticamente inmóvil.

Y, sin pedir permiso, mi memoria volvió al muelle de la casa del lago.

Vivienne estaba allí, con el abrigo beige moviéndose ligeramente por el viento y las manos escondidas en los bolsillos. No parecía enfadada. Tampoco estaba intentando hacerme daño.

Simplemente estaba cansada.

Cansada de mí.

De mis preguntas.

De mis celos.

De las cosas que yo había hecho y de todas las veces que había esperado que ella soportara mis heridas como si fueran también su responsabilidad.

Recordé la forma en que me había mirado.

Tranquila.

Demasiado tranquila.

Y entonces escuché nuevamente sus palabras.

—Durante mucho tiempo pensé que amar a alguien era aprender a vivir con el dolor.

Cerré los ojos.

Había escuchado críticas mucho más duras durante mi vida. Había perdido licitaciones, clientes, millones de dólares y oportunidades que no volverían a aparecer. Había soportado titulares, socios enfadados y noches enteras resolviendo problemas que parecían imposibles.

Nada de eso se parecía a aquella sensación.

Porque los negocios podían perderse y recuperarse. Una empresa podía reconstruirse. Un proyecto podía reemplazarse por otro.

Pero cuando alguien te mira y te hace preguntarte en qué momento dejaste de ser la persona que necesitaba…

No existe una reunión capaz de solucionarlo.

No existe una cifra que pueda compensarlo.

No existe un contrato que puedas firmar para borrar lo ocurrido.

Abrí los ojos y observé nuevamente el agua.

No estaba acostumbrado a perder.

Pero aquello no se parecía a ninguna derrota que hubiera conocido.

No era orgullo.

No era competencia.

Ni siquiera era Adrián.

Era algo infinitamente peor.

Era la posibilidad de haber amado a Vivienne durante años sin haber sabido realmente cómo hacerlo.

Me pasé una mano por la nuca y dejé escapar lentamente el aire.

Durante mucho tiempo había pensado que querer a alguien significaba protegerla, resolver sus problemas y mantenerla cerca. Cuando ella se alejaba, mi primera reacción era intentar recuperar el control.

Ahora comenzaba a entender que quizá ese había sido precisamente el problema.

Yo quería que Vivienne estuviera conmigo, pero no siempre me había detenido a preguntarme si estar conmigo la hacía sentirse bien.

La diferencia era dolorosa.

Porque significaba reconocer que algunas de las cosas que yo llamaba amor podían haber sido simplemente miedo.

Miedo a perderla.

Miedo a que alguien descubriera lo que ella significaba para mí.

Miedo a necesitarla más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Y, sobre todo, miedo a que algún día encontrara a alguien que supiera darle todo aquello que yo nunca había aprendido a ofrecer.

Miré el reloj.

Todavía tenía tiempo antes de regresar a casa.

Pero ya no tenía sentido seguir corriendo.

Comencé a caminar lentamente por el sendero.

Había algo que llevaba días intentando evitar y que finalmente tuve que admitir.

Nunca tuve miedo de que Vivienne encontrara a alguien mejor que yo.

El miedo verdadero era mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más difícil de aceptar.

Tenía miedo de que encontrara a alguien que la hiciera sentir exactamente como yo nunca supe hacerlo.

Alguien que no necesitara aprender a escucharla.

Alguien que no confundiera protección con control.

Alguien que pudiera mirarla sin cargar sobre ella sus propios fantasmas.

Alguien que le diera paz.

Me detuve junto a una banca.

Miré a mi alrededor.

La ciudad comenzaba a despertar lentamente. Los corredores aumentaban, los taxis volvían a llenar las calles y las primeras cafeterías empezaban a abrir.

En unos minutos, Nueva York volvería a ser la ciudad de siempre.

Y yo volvería a ser Nikolai Sokolov.

El CEO.

El arquitecto.

El hombre que todos esperaban que tuviera respuestas.

Pero por primera vez, una pregunta me parecía mucho más importante que todas las demás.

Si algún día Vivienne volvía a mirarme y decidía quedarse…

¿Sería capaz de convertirme en el hombre que ella necesitaba?

No tenía la respuesta.

Todavía no.

Pero mientras retomaba el camino de regreso, comprendí que por primera vez no quería encontrar una respuesta rápida.

Quería aprender.

Y quizá ese era el primer paso que nunca había sabido dar.

~

Había aprendido dos cosas sobre mi hermana desde que tenía uso de razón. La primera era que Anastasia jamás llamaba antes de aparecer. La segunda, y probablemente la más importante, era que ninguna cerradura del mundo servía de mucho cuando ella tenía una copia de la llave.

Escuché la puerta abrirse mientras terminaba de servirme un vaso de agua y ni siquiera levanté la vista, porque ya conocía el sonido de sus pasos, la manera despreocupada en que dejaba caer el bolso sobre cualquier superficie disponible y ese pequeño suspiro que hacía cada vez que entraba a mi departamento como si acabara de llegar a su propia casa.

—Estás cinco minutos tarde.— su risa llenó el departamento antes de que pudiera verla.

—Buenos días para ti también.

Entró en la cocina y se quitó los zapatos sin molestarse en buscar un lugar donde ponerlos. Después caminó directamente hacia el refrigerador, abrió la puerta de acero inoxidable y se quedó mirando el interior durante unos segundos. Yo apoyé una mano sobre la encimera y la observé en silencio, esperando el inevitable comentario.

—¿Vienes a saludarme o a saquear mi refrigerador?

—Las dos cosas —respondió sin siquiera girarse.

Sacó una botella de agua, luego un yogur griego y finalmente una manzana. Cerró la puerta con la cadera y volvió a mirarme.

—Nikolai…

—¿Qué?

—Esto da tristeza.

—Hay comida.

Anastasia levantó la botella de agua y señaló el refrigerador con ella.

—No. Hay ingredientes. Es diferente.— solté una risa breve y negué con la cabeza.

—Sigues viniendo solo para criticar mi cocina.

—Alguien tiene que hacerlo. Si dependiera de ti, terminarías cenando café y algún sándwich comprado en el aeropuerto.

—Eso no ha pasado.— ella arqueó una ceja.

—La semana pasada encontré tres vasos de café vacíos en tu escritorio y ninguna evidencia de que hubieras cenado.

—Estaba trabajando.

—Exactamente. Ese es el problema.

Se sentó sobre uno de los bancos de la isla y abrió el yogur con toda la tranquilidad del mundo. El pequeño sonido del plástico al despegarse del recipiente rompió el silencio de la cocina. Tomó una cucharada y me observó por encima de ella, como si estuviera estudiándome.

Era imposible no encontrar cierto parecido entre nosotros. Los mismos ojos verdes, el mismo cabello y aquella costumbre de levantar apenas una ceja cuando algo nos parecía absurdo. Sin embargo, Anastasia había heredado la parte luminosa de la familia. Yo había recibido algo más difícil de definir, una tendencia a guardarme las cosas hasta que terminaban pesando demasiado.

—¿Dormiste?

—Lo suficiente.— sonrió de lado.

—Eso significa que no.

No respondí. Ella tampoco necesitaba que lo hiciera. Anastasia me conocía demasiado bien, probablemente mejor que cualquiera en mi familia. Había sido la única persona capaz de entrar a mi habitación sin tocar desde que éramos niños, la única que jamás se impresionó por mi carácter y la única que podía decirme que estaba siendo un idiota sin que yo sintiera la necesidad de discutir.

Cuando tenía diez años y yo quince, insistía en seguirme a todas partes. Si salía al jardín, aparecía detrás de mí. Si me encerraba a estudiar, cinco minutos después estaba sentada en el suelo de mi habitación leyendo cualquier cosa que encontraba. Si intentaba ignorarla, hablaba el doble. Una vez incluso se escondió dentro de mi armario porque yo le había dicho que necesitaba estar solo, y cuando la encontré, salió de allí con una sonrisa como si hubiera ganado una batalla.

—¿Qué haces aquí? —le había preguntado entonces.

—Esperándote.

—Te dije que quería estar solo.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué sigues aquí?

Se había encogido de hombros.

—Porque estás de mal humor y mamá dice que cuando estás de mal humor necesitas compañía.

Nunca supe si mi madre realmente había dicho eso o si Ana simplemente se lo había inventado para justificar su presencia. Lo cierto era que funcionaba. Terminaba dejándola quedarse.

Ahora hacía exactamente lo mismo, solo que había crecido lo suficiente para hacerlo con un yogur en la mano y una llave de mi penthouse en el bolsillo.

Se levantó del banco, abrió uno de los cajones y sacó una cuchara limpia como si viviera allí. Después volvió a sentarse y cruzó una pierna sobre la otra.

—¿Sabes qué es lo más curioso?

—Me lo vas a decir de todas formas.

—Correcto.— tomó otra cucharada de yogur y sonrió—Hace meses que mamá dice que trabajas demasiado. Papá dice que siempre has sido así. Yo creo que los dos están equivocados.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Ah, sí?

—Sí. Porque trabajar mucho nunca te quitó el apetito, ni el sentido del humor, ni las ganas de molestarme. Ahora pareces un fantasma con traje.— solté una risa breve.

—Qué descripción tan amable.

—Es porque soy una hermana excelente.

—Eso está por debatirse.

—No hay debate.— señaló el yogur con la cuchara.

—Yo ganaría.

—¿Por qué?

—Porque tengo más información sobre ti que tú sobre mí.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que tiene sentido. Yo sé qué café tomas, qué corbata usas cuando tienes una reunión importante, qué restaurante eliges cuando estás de mal humor y hasta qué lado de la cama prefieres.— la miré.

—¿Por qué sabes eso último?

Ana sonrió con absoluta satisfacción.

—Porque eres mi hermano. Y porque cuando éramos niños te quedabas dormido en el sofá de casa y luego papá tenía que llevarte a tu habitación. Siempre terminabas ocupando el lado derecho.

—Eso fue hace veinte años.

—Mi memoria es excelente.

—Tu memoria es selectiva.

—Solo recuerdo las cosas importantes.— negué con la cabeza mientras tomaba un sorbo de café.

—Sigues siendo insoportable.

—Y tú sigues queriéndome.— no respondí.

Ella sonrió.

—¿Ves? Gané.

La miré durante unos segundos y, aunque intenté mantener una expresión seria, terminé sonriendo también. Ese era el problema con Ana. Sabía exactamente hasta dónde podía llevarme antes de que mi paciencia desapareciera, pero también sabía cuándo detenerse. Había aprendido a leer mis silencios mucho antes de que yo aprendiera a entenderlos.

Se levantó otra vez y caminó hasta la cafetera. Revisó el nivel de agua, abrió uno de los compartimentos y frunció el ceño.

—¿Cuándo fue la última vez que limpiaste esto?

—No sé.

—Eso no es una respuesta.

—Hace poco.

—¿Qué significa “hace poco”?

—No recuerdo.— me miró por encima del hombro.

—Eres un adulto de treinta años.

—Veintinueve.

—Eso no mejora las cosas.— solté una pequeña risa.

Ella sacó un paño del cajón y comenzó a limpiar la cafetera.

—¿Qué haces?

—Evito que mueras intoxicado por tu propio café.

—No necesitas limpiar mi cocina.

—Ya lo sé.

—Entonces…

—Quiero hacerlo.— su respuesta fue tan sencilla que no tuve nada que contestar.

Era así con ella. Nunca necesitaba una razón complicada para cuidar de mí. Lo había hecho desde que éramos niños, incluso cuando yo fingía que no necesitaba ayuda.

—¿Recuerdas cuando mamá se fue de viaje y papá tuvo que prepararnos el desayuno? —preguntó.

—Sí.

—Hizo huevos quemados.

—Los llamó “huevos ahumados”.— Ana comenzó a reír.

—¡Exacto! Y tú te los comiste todos.

—Tenía hambre.

—Mentira. Te los comiste porque yo estaba llorando porque no quería probarlos.

—No estabas llorando.

—Estaba emocionalmente afectada.

—Tenías seis años.

—Precisamente. Era una situación seria.— me reí.

—Papá casi incendia la cocina.

—Y tú dijiste que no le contaríamos a mamá.

—Porque sabía que iba a sentirse mal.— Ana se quedó mirándome durante un segundo.

—Siempre fuiste así.— fruncí el ceño.

—¿Así cómo?

—Hacías cosas por nosotros y después fingías que no te importaba.— la sonrisa desapareció ligeramente de su rostro.

—Incluso conmigo.— bajé la mirada hacia mi taza.

No sabía qué responder.

Ella dejó el paño sobre la encimera y regresó a su lugar.

—Por eso sé que algo te pasa.— la miré.

—¿Qué quieres decir?

—Que cuando de verdad estás mal, te vuelves más silencioso. Cuando estás enojado, trabajas más. Cuando estás preocupado, limpias tu escritorio hasta que parece una sala de operaciones. Y cuando estás triste…— hizo una pausa —Te levantas antes del amanecer y sales a correr.

Sentí que mi expresión cambiaba.

—¿Quién te dijo eso?

—Nadie. Te conozco.— la respuesta fue sencilla.

Demasiado sencilla.

Ana tomó la manzana y comenzó a girarla entre sus manos.

—No voy a obligarte a hablar conmigo, Niko.— levanté la mirada al escuchar el apodo —Pero tampoco voy a fingir que no veo lo que está pasando.

Guardé silencio.

Ella respiró profundamente y apoyó la manzana sobre la isla.

—La extrañas.— mi primera reacción fue automática.

—¿A mamá?

Ana soltó una pequeña risa, una de esas que nacían más de la tristeza que del humor.

—Sabes perfectamente que no hablo de mamá.— el departamento quedó en silencio.

Desvié la mirada hacia la ventana. Nueva York despertaba al otro lado del cristal, miles de personas comenzaban su rutina, los primeros autos llenaban las avenidas y el cielo adquiría lentamente ese tono gris azulado que anunciaba la mañana. Y, aun así, sentía que el lugar más difícil en el que podía estar era mi propia cocina.

—No sé de qué hablas.— mentí.

Ana no respondió inmediatamente. Solo me observó durante unos segundos, como si estuviera decidiendo si debía insistir o dejarme respirar.

Finalmente se levantó.

Caminó hasta donde estaba y se detuvo frente a mí.

Con una naturalidad que solo ella tenía, levantó una mano y acomodó el cuello de mi camisa, exactamente igual que hacía nuestra madre cuando salíamos de casa siendo niños.

—Eres pésimo mintiendo.— la miré con incredulidad.

—No lo soy.

—Sí lo eres.

—He negociado contratos multimillonarios.

—Y aun así no puedes mentirme a mí.— sonrió —No porque no sepas hacerlo. Porque solo mientes cuando algo te importa de verdad.

Sus dedos se detuvieron un instante sobre el cuello de mi camisa antes de bajar.

—No tienes que contarme todo hoy.— la miré.

—¿Entonces?

—Entonces solo recuerda que no tienes que resolverlo todo solo.

Me sostuvo la mirada durante unos segundos y después tomó su bolso del sofá.

—Y come algo decente antes de que vuelva.

—¿Vas a volver?

—Obviamente.

—¿Cuándo?— ella abrió la puerta y me miró por encima del hombro.

—Cuando me dé la gana. Recuerda que tengo una llave.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.— Ana soltó una carcajada.

—Te quiero, hermano.

No respondí inmediatamente.

La miré desde la cocina.

—Yo también.— su sonrisa se suavizó.

—Lo sé.— y salió del departamento.

La puerta se cerró detrás de ella.

Me quedé quieto durante unos segundos, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo y después el sonido lejano del ascensor.

Miré el café que todavía tenía entre las manos.

Ya estaba frío.

Y, por primera vez en toda la mañana, acepté algo que llevaba demasiado tiempo intentando negar.

Anastasia tenía razón.

La extrañaba.

Y lo peor no era admitirlo.

Lo peor era saber que no tenía idea de cómo dejar de hacerlo.

~

Había conseguido trabajar exactamente doce minutos.

Lo sabía porque el reloj de la esquina inferior de la pantalla acababa de marcar las ocho con doce. Doce minutos, tres correos respondidos, dos llamadas, un presupuesto aprobado y ninguna idea de lo que acababa de leer en el último informe.

Llevaba varios segundos mirando la misma línea, con una mano apoyada sobre el escritorio y la otra sosteniendo el bolígrafo entre los dedos, girándolo lentamente mientras intentaba convencerme de que aquello era concentración y no simplemente cansancio.

Golpearon la puerta una sola vez.

No esperaron respuesta.

—Qué sorpresa —murmuré sin levantar la vista—. La puerta sigue funcionando.

—Buenos días para ti también, sol de primavera.

La voz de Dmitri llegó acompañada del sonido de la puerta cerrándose. Levanté finalmente la mirada y lo vi entrar con un dos cafés en una mano y una bolsa de papel en la otra, caminando con esa tranquilidad irritante de alguien que jamás parecía tener prisa por nada. Se dejó caer en la silla frente a mi escritorio, estiró las piernas y dejó la bolsa sobre la superficie como si aquella oficina también fuera suya.

En realidad, siempre había actuado como si lo fuera.

—Desayuno.— miré la bolsa y después a él.

—No te pedí nada.

—Precisamente. Porque si espero a que tú recuerdes comer, voy a tener que llamar a un paramédico antes del mediodía.

Abrí la bolsa. Un croissant apareció frente a mí, todavía tibio, con ese olor a mantequilla que llenó rápidamente el despacho. Lo reconocí inmediatamente y lo miré con sospecha.

—¿Qué hiciste?— Dmitri se llevó una mano al pecho con una expresión de absoluta inocencia.

—¿Por qué asumes que hice algo?

—Porque trajiste comida. Eso nunca es gratis.

—Qué poco confías en mí.

—Te conozco desde que intentaste venderme mi propio reloj cuando teníamos trece años.

Dmitri soltó una carcajada y se inclinó hacia atrás en la silla.

—Funcionó durante cinco minutos.

—Porque dijiste que era edición limitada.

—Técnicamente lo era.

—¿Ah, sí?

—Solo existía uno.

Lo miré durante un segundo y terminé negando con la cabeza mientras daba el primer bocado al croissant. Seguía siendo incapaz de entender cómo lograba aparecer siempre con comida exactamente cuando más la necesitaba. Probablemente Dmitri tampoco sabía explicarlo. Simplemente tenía esa costumbre de aparecer sin avisar, dejar algo sobre mi escritorio y actuar como si no hubiera hecho nada especial.

—¿Está bueno? —preguntó, apoyando los codos sobre las rodillas.

—Aceptable.

—Traducido al idioma Nikolai significa excelente.

—No exageres.

—Te conozco demasiado bien para que intentes negarlo.— tomé otro bocado y lo miré con cierta resignación.

—¿No tienes trabajo?

—Sí.

—Entonces deberías estar haciéndolo.

—Lo estoy haciendo.

—¿Cómo?

—Estoy supervisando tu alimentación.

—Eso no es trabajo.

—Para mí sí.

Sonrió satisfecho y tomó un sorbo de su café. Durante unos segundos nos quedamos en silencio, uno de esos silencios que solo existen entre personas que llevan toda la vida conociéndose. Con Dmitri nunca había necesitado llenar cada pausa. Podíamos pasar una hora hablando sin parar o media hora sin decir una sola palabra, y las dos cosas se sentían igual de naturales.

Nos conocíamos desde antes de aprender a escribir nuestros nombres. Habíamos compartido vacaciones, castigos, primeros entrenamientos, exámenes imposibles y una cantidad vergonzosa de travesuras que nuestras madres preferían creer que nunca ocurrieron. También habíamos aprendido a discutir sin ofendernos y a molestarnos sin llegar realmente a pelearnos. Dmitri podía decirme que estaba siendo un idiota y yo podía decirle que necesitaba terapia, y cinco minutos después estábamos hablando de cualquier otra cosa.

—¿Te acuerdas de la casa del árbol? —preguntó de repente.

Levanté la mirada.

—¿Cuál de todas?

—La que construimos en la casa del lago.

—No la construimos. La destruimos.

—Eso es una cuestión de perspectiva.

Dmitri levantó un dedo.

—Dieciocho.— fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Duró dieciocho minutos. No diecisiete.— lo miré sorprendido.

—¿Cómo sabes en qué estaba pensando?— sonrió con satisfacción.

—Porque pusiste la misma cara que cada vez que recuerdas aquel desastre.

No pude evitar soltar una risa. Una de verdad, breve pero limpia, de esas que aparecen antes de que uno tenga tiempo de decidir si quiere reírse.

Dmitri sonrió al escucharla.

—Sabía que todavía estaba ahí.

—¿Qué cosa?

—Tu sentido del humor.

—Nunca desapareció.

—No. Solo lo enterraste debajo de veinte informes y unas cuantas reuniones innecesarias.

Negué con la cabeza.

—Sigues convencido de que el problema fueron mis cálculos.

—Porque lo fueron.

—El problema fue que decidiste saltar desde el techo para probar la resistencia.

—Eso se llama control de calidad.

—Eso se llama ser idiota.— Dmitri apoyó una mano sobre el pecho.

—Y aun así, aquí sigo.

—Milagrosamente.

—Gracias. Acepto el cumplido.

Volví a reír mientras terminaba el café. Hacía tiempo que no me reía de esa manera, no una sonrisa educada durante una reunión ni una mueca cuando alguien decía algo gracioso por compromiso, sino una risa que simplemente aparecía. Dmitri me observó unos segundos y su expresión cambió ligeramente, perdiendo esa burla constante que llevaba prácticamente incorporada.

—Extrañaba ese sonido.— dejé la taza sobre el escritorio.

—¿Cuál?

—Tu risa.— hizo una pequeña pausa y bajó la mirada hacia el vaso que sostenía entre las manos—Hace días que no la escuchaba.

No respondí inmediatamente. Porque tenía razón. Había olvidado cuándo había sido la última vez que me había reído sin pensar en el trabajo, sin pensar en responsabilidades y, sobre todo, sin pensar en ella.

Dmitri pareció darse cuenta de que había tocado algo que no quería mencionar directamente, así que no insistió. En lugar de eso, se levantó, tomó la bolsa vacía y la dobló cuidadosamente antes de guardarla debajo de un brazo.

—Bien. Ya confirmé que sigues siendo humano.

—Qué alivio.

—Ahora necesito confirmar otra cosa.

—¿Qué cosa?— se metió las manos en los bolsillos del pantalón y me miró con una seriedad exagerada.

—Hoy sales conmigo.— fruncí el ceño.

—Tengo trabajo.

—Siempre tienes trabajo.

—Precisamente.

—Perfecto. Entonces hoy vas a ignorarlo.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Levanté la mirada de la computadora y lo observé durante unos segundos.

—¿Tienes cinco años?

—No. Pero llevo treinta intentando ganarte discusiones por cansancio y funciona sorprendentemente bien.

—No tienes treinta.

—No arruines mi argumento.— sonreí.

—¿A dónde quieres ir?

—A cenar.— Dmitri señaló la pantalla con una expresión de desaprobación —Nada de juntas, nada de arquitectos, nada de planos y, por favor, nada de personas que usen la palabra “sinergia” durante la cena.

—¿Y qué propones?

—Comida.

—Eso es bastante específico.

—Puedo ser más claro. Un restaurante, una mesa, algo que no venga en una caja de comida para llevar y, si tengo suerte, un postre.

—¿Y de qué vamos a hablar?

—De cualquier cosa que no tenga que ver con Asterion.

—Eso reduce bastante las opciones.

—No tanto como crees.— lo observé unos segundos.

—¿Y cuánto tiempo piensas dejarme fuera de la oficina?

—Dos horas.

—Una.

—Tres.

—Dos.

—Hecho.— extendió la mano sobre el escritorio.

La miré.

—¿Qué haces?

—Cerrando el trato.— negué con la cabeza, pero estreché su mano.

—Eres ridículo.

—Y tú acabas de aceptar.

—No cantes victoria todavía.

—Ya lo hice.

Dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo antes de llegar. La expresión divertida desapareció poco a poco y volvió a mirarme.

Esta vez su tono fue distinto.

Más tranquilo.

Más serio.

—Nunca te había visto tan celoso.— mi mano quedó suspendida sobre el respaldo de la silla.

No me giré inmediatamente.

—No estoy celoso.— escuché cómo soltaba una risa baja detrás de mí.

—Perfecto.— esperó unos segundos —Entonces explícame una cosa.

Cerré los ojos apenas un instante. Sabía exactamente hacia dónde iba.

—¿Qué cosa?— Dmitri se apoyó contra el marco de la puerta y cruzó los brazos.

—¿Cómo demonios sabes cuántas veces Laurent sonrió ayer si se suponía que estabas revisando la presentación del museo?— el silencio respondió por mí.

Giré lentamente la cabeza.

Dmitri tenía una sonrisa insoportable en el rostro, pero no era una sonrisa de burla. Era la expresión de alguien que acababa de encontrar exactamente la pieza que llevaba tiempo buscando.

—No estaba contando.

—Claro.

—Solo lo noté.

—Las seis veces.

Lo miré.

—No fueron seis.— su sonrisa se hizo todavía más grande.

—Ah.— me quedé callado.

Dmitri levantó ambas cejas.

—Entonces sí estabas contando.

—No exactamente.

—Nikolai…— entró nuevamente al despacho y cerró la puerta detrás de él —Puedes decirme que no estás celoso todo el día si quieres, pero los dos sabemos que eso no va a cambiar el hecho de que casi le arrancas la cabeza con la mirada.

—No hice eso.

—No con las manos.— lo miré con una expresión seria.

Él intentó contener la risa.

No lo consiguió.

—Lo siento.

—No parece.

—Es que llevo semanas esperando que admitas algo.

—No hay nada que admitir.— Dmitri se acercó al escritorio y apoyó ambas manos sobre él.

—Está bien. Entonces no admitas nada. — hizo una pausa—Pero deja de actuar como si no supieras lo que te pasa.

Lo observé en silencio.

Él ya no estaba bromeando.

—La quieres.— la palabra quedó suspendida entre nosotros.

No sentí la necesidad de negarla.

Tampoco estaba preparado para decirla en voz alta.

Dmitri me estudió durante unos segundos y después sonrió ligeramente.

—Eso pensé.

—No sabes de qué hablas.

—Te conozco desde antes de que supieras afeitarte.

—Eso no te convierte en experto.

—No. Pero sí en alguien que sabe cuándo estás mintiendo.— tomó su café y caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se volvió una última vez.

—Dos horas. Esta noche.

—Lo recuerdo.

—Y come antes.

—Sí, mamá.— Dmitri soltó una carcajada.

—Mira eso.— señaló el croissant que todavía quedaba sobre mi escritorio —Hasta estás obedeciendo.

—Lárgate.

—Te quiero también, primo.— abrió la puerta.

—Yo también.

Y esta vez no tuve que pensarlo antes de responder.

Dmitri sonrió, satisfecho, y desapareció por el pasillo.

Me quedé solo en la oficina.

Miré el informe abierto en la pantalla.

Después el croissant.

Y finalmente la puerta por la que acababa de salir.

Por primera vez en varios días, mi despacho no se sintió como una prisión.

Quizá porque Dmitri acababa de recordarme algo que había olvidado durante demasiado tiempo: antes de ser el hombre que tenía que resolverlo todo, también era simplemente Nikolai.

Y, por alguna razón, estar con personas que me recordaban quién era antes de perderme en mis propios problemas empezaba a sentirse como algo que necesitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Cuando regresé al piso de arquitectura, el ambiente era el de siempre: teléfonos sonando, planos desplegados sobre las mesas, conversaciones cruzadas y ese ruido constante de un edificio que nunca dejaba de construir ideas.

Caminé por el pasillo saludando con un movimiento de cabeza, recibiendo la misma formalidad de siempre, hasta que levanté la vista casi por instinto.

Vivienne estaba inclinada sobre uno de los escritorios del área creativa.

Tenía el cabello recogido en un moño desordenado, con algunos mechones escapándose alrededor de su rostro. Sostenía un lápiz mientras señalaba algo en la pantalla, y Adrián estaba a su lado, observando el mismo plano.

Él dijo algo que no alcancé a escuchar.

Vivienne se rió.

Fue una risa pequeña, apenas una curva en sus labios, pero suficiente para hacer que sus ojos brillaran.

Seguí caminando.

No tenía ninguna razón para detenerme.

Ninguna.

Entonces Adrián volvió a decir algo y ella negó con la cabeza, divertida, antes de darle un pequeño golpe en el brazo con el dorso de la mano. Él levantó ambas manos en señal de rendición y los dos volvieron a reír.

Apreté la mandíbula.

¿Por qué seguía riéndose con él?

La pregunta apareció antes de que pudiera detenerla, y la odié inmediatamente.

¿Qué demonios me importaba?

Eran compañeros de trabajo. Amigos. Dos arquitectos trabajando en un proyecto.

Eso era todo.

Eso debía ser todo.

Pero entonces volví a mirarlos.

Vivienne tomó un lápiz rojo y comenzó a dibujar directamente sobre el plano, explicando algo con entusiasmo mientras movía las manos. Adrián la escuchaba con atención, sin interrumpirla, sin intentar demostrar que sabía más.

Solo la escuchaba.

Y entonces entendí qué era lo que me estaba molestando.

Reconocía aquella expresión en el rostro de Vivienne. La había visto cientos de veces cuando hablaba de jardines, materiales, luz, árboles… incluso de postres.

Era la expresión de alguien que se sentía cómoda.

Feliz.

Libre.

Hacía mucho tiempo que no la veía así conmigo.

Seguí caminando y pasé junto a ellos sin detenerme. Ninguno levantó la vista, completamente concentrados en el proyecto.

No debería haberme importado.

Pero mientras avanzaba por el pasillo, sentí aquella presión incómoda en el pecho.

No era enojo.

Tampoco orgullo.

Era algo mucho más difícil de aceptar.

Me dolía verla así con alguien más.

Y esa diferencia…

Era importante.

Seguí avanzando hasta la sala de juntas.

Entré, dejé la carpeta sobre la mesa y me senté en la cabecera. El golpe fue un poco más fuerte de lo necesario. Respiré hondo y miré por los ventanales mientras intentaba recuperar la calma.

Cinco minutos después comenzaron a entrar los demás.

William.

Papá.

Dmitri.

Los ingenieros.

Vivienne.

Adrián.

Ana llegó unos segundos después, con una carpeta bajo el brazo y el cabello recogido de cualquier manera. Se disculpó en voz baja antes de tomar asiento junto a Vivienne.

—Perdón por el retraso. Me entretuvieron en recepción.— William le hizo un gesto para que no se preocupara.

—No pasa nada. Apenas vamos a comenzar.

Tomaron asiento y la conversación fue desapareciendo poco a poco hasta quedar reducida al sonido de algunas hojas moviéndose y de los bolígrafos sobre la mesa.

Vivienne quedó frente a mí.

Ana se sentó a su lado.

Vivienne no buscó mi mirada.

Ni una sola vez.

Antes lo hacía.

Después de presentar una idea, cuando terminaba de responder una pregunta o cuando alguien elogiaba su trabajo, sus ojos siempre terminaban encontrando los míos. A veces esperaba una aprobación que yo casi nunca le daba; otras, simplemente quería saber qué pensaba.

Ahora hablaba con William, revisaba algunos documentos con Ana y comentaba detalles del proyecto con Adrián.

Estaba tranquila.

Demasiado tranquila.

Y esa indiferencia me resultó mucho más difícil de soportar que cualquier discusión.

La reunión comenzó.

Durante los primeros minutos todo transcurrió con normalidad. Hablamos de presupuestos, avances y modificaciones, hasta que Adrián se inclinó ligeramente hacia Vivienne.

—Creo que encontré una solución para el problema de iluminación del vestíbulo.— ella giró hacia él.

—¿En serio?— Adrián giró la pantalla de su computadora.

—Mira esto.

Vivienne observó el plano durante unos segundos y sus ojos se iluminaron.

—Laurent… es brillante.— Ana se inclinó para revisar la pantalla.

—La distribución de las luminarias también resolvería el problema de las sombras en la escalera.

—Exactamente —respondió Adrián—. Solo habría que ajustar la intensidad en el segundo nivel.

Vivienne asintió.

—Puedo encargarme de eso.

No levanté la voz.

Ni siquiera cambié de postura.

Solo dejé el bolígrafo sobre la mesa.

—Arquitecto Laurent.— Adrián levantó la mirada.

—¿Sí, señor Sokolov?

—¿Terminó el proyecto del hotel Hudson?

—Sí. Esta mañana. Ya está enviado al departamento de ingeniería.— asentí lentamente.

Podría haber terminado ahí.

De hecho, sabía que debía hacerlo.

Pero miré de reojo hacia Vivienne y vi cómo volvía a revisar el plano con Adrián. Ana también observaba la pantalla, completamente concentrada en la propuesta.

—Perfecto. Entonces asegúrese de que las modificaciones de este proyecto no interfieran con las responsabilidades que ya tiene asignadas.— mi tono fue profesional.

Quizá demasiado.

Adrián asintió sin molestarse.

—Claro. Solo estoy revisando una segunda opinión con la arquitecta Hale porque ella considera que puede ayudar con la propuesta.— Vivienne dejó el lápiz sobre la mesa.

—La decisión fue mía.

Todos guardaron silencio.

Ella me miró directamente por primera vez.

No había desafío en sus ojos.

Tampoco miedo.

Solo una calma que antes no tenía cuando hablaba conmigo.

—Yo le pedí a Adrián que revisara el plano —continuó—. Ana también está ayudando con la distribución interior. Si existe algún problema con eso, puedes hablar conmigo.

Ana levantó ligeramente la mirada, pero no intervino.

La observé durante unos segundos.

No había nada que pudiera reprocharle.

Tenía razón.

—No hay ningún problema —respondí finalmente—. Continúen.

Adrián asintió.

—Gracias.— volvió a la pantalla.

Vivienne también.

Ana acercó algunos documentos para comparar las medidas del plano con el presupuesto actualizado.

Y yo regresé a los documentos.

Pero algo había cambiado dentro de mí.

No era solamente celos.

Era la certeza incómoda de que ya no tenía ningún lugar especial en su mundo.

Adrián no me estaba quitando nada.

Vivienne simplemente había dejado de esperarme.

Y esa diferencia dolía mucho más.

Porque durante años había confundido su necesidad de mi aprobación con algo que me pertenecía. Había asumido que mientras ella siguiera buscando mis ojos, todavía tendría una puerta abierta hacia mí.

Ahora esa puerta estaba cerrada.

Y yo mismo había sido quien la cerró.

La reunión terminó unos veinte minutos después.

Todos comenzaron a recoger sus documentos. Las sillas se movieron sobre el suelo y las conversaciones fueron llenando nuevamente la sala.

Ana guardó sus papeles junto a Vivienne.

—Te envío esta tarde la versión corregida del presupuesto —le dijo.

—Gracias —respondió Vivienne—. Y no olvides revisar las medidas del segundo nivel.

—No lo olvidaré.— Adrián se acercó para despedirse de ambas.

—Les enviaré el plano actualizado antes de las seis.

—Perfecto —dijo Vivienne.

Esperé hasta que prácticamente todos hubieran salido.

Solo entonces empecé a guardar mis cosas.

No necesitaba más silencio.

Ya tenía demasiado dentro de la cabeza.

Estaba colocando la última carpeta en mi maletín cuando escuché abrirse la puerta.

No levanté la vista inmediatamente.

—¿Olvidó algo?

La voz de William respondió desde la entrada.

—No.— levanté la cabeza —En realidad, necesitaba hablar contigo.

William cerró la puerta detrás de él y caminó hacia la mesa.

No tenía la expresión del socio fundador de Asterion.

Tampoco la del padre de Vivienne.

Era simplemente William.

El hombre que me había visto crecer.

El hombre que había conocido a mi padre antes de que ninguno de los dos supiera lo que Asterion llegaría a convertirse.

Se detuvo frente a una de las sillas y apoyó una mano sobre el respaldo.

Durante unos segundos no dijo nada.

Yo tampoco.

Finalmente habló.

—No voy a preguntarte qué ocurrió ahí dentro.— fruncí ligeramente el ceño.

—¿No?

—No.— se acomodó las mangas de la camisa con tranquilidad —Porque creo que sé lo suficiente.

Bajé la mirada hacia la carpeta.

—No estoy intentando hacerle daño.

—Lo sé.— su respuesta fue inmediata.

Eso me hizo levantar la vista.

William sostuvo mi mirada.

—Y precisamente por eso estoy aquí.— esperé —Sé que Vivienne te ha querido durante prácticamente toda su vida.

No respondí.

No tenía sentido negarlo.

—También sé que, a pesar de todo lo que ocurrió entre ustedes, tú sigues siendo la persona que ella ha querido de verdad.— sentí una presión incómoda en el pecho.

William continuó:

—Y sé que ella todavía te quiere.

Sus palabras fueron suaves.

Pero no tenían nada de cómodas.

—No te estoy diciendo esto para que te sientas importante, Nikolai.—hizo una pausa —Te lo digo porque conozco a mi hija. Y porque también conozco el precio que ha pagado por quererte.

Aparté la mirada.

Aquella parte dolía.

Porque sabía exactamente a qué se refería.

—No quiero que sufra —dije finalmente.

William asintió.

—Yo tampoco.

Hubo un silencio breve.

Después se acercó un poco más.

—Por eso necesito que entiendas algo.— su voz se volvió más firme —No voy a quedarme sentado viendo cómo mi hija vuelve a romperse mientras tú decides qué hacer con tus dudas.

Tragué saliva.

—No quiero que vuelva a sufrir por mi culpa.

—Entonces no le hagas promesas que todavía no estás preparado para cumplir.— la frase me golpeó.

William apoyó ambas manos sobre el respaldo de la silla.

—Si vas a acercarte a ella, hazlo bien. Pero no puedes mantenerla en medio de tus dudas mientras esperas decidir qué quieres.

No encontré una respuesta inmediata.

Porque tenía razón.

Durante semanas había querido acercarme a Vivienne y, al mismo tiempo, protegerme de lo que sentía.

Había querido tenerla cerca sin asumir completamente lo que significaba.

Y ella había pagado el precio de esa contradicción.

—La quiero —dije al fin.

William no pareció sorprendido.

—Lo sé.

—Pero no sé cómo arreglar todo esto.

—Eso sí es problema tuyo.— no lo dijo con dureza.

Casi parecía una invitación a asumir la responsabilidad.

—No tienes que saber cómo hacerlo hoy. Pero sí tienes que decidir qué clase de hombre quieres ser mientras lo descubres.

Bajé la mirada.

Mis dedos se cerraron alrededor del borde de la carpeta.

—Mi padre siempre dice que un buen líder tiene que saber tomar decisiones difíciles.

William sonrió apenas.

—Tu padre tiene razón.— hizo una pausa —Pero también sabía que algunas decisiones no podían tomarse desde un escritorio.

Lo miré.

—¿Qué quieres decir?

—Que puedes dirigir Asterion con números, contratos y decisiones frías. Pero no puedes amar a alguien de la misma manera.— sentí un nudo en la garganta.

William continuó:

—Vivienne no necesita que seas perfecto. Tampoco necesita que le prometas que nunca volverás a equivocarte. Necesita saber que, cuando tengas miedo, no vas a castigarla por ello.— aquella frase se quedó conmigo.

Porque era exactamente lo que había hecho durante años.

Cada vez que algo me dolía, levantaba una pared.

Cada vez que tenía miedo de perder el control, me alejaba.

Y cada vez que Vivienne intentaba acercarse, yo encontraba una razón para empujarla lejos.

William respiró lentamente.

—Yo sé que eres la persona que ella ha querido durante toda su vida.— hizo una pausa —Pero ser el hombre que ella ama no te da derecho a hacerla sufrir.

Levantó la mirada hacia mí.

—Si realmente la quieres, tendrás que demostrarle que puedes hacer las cosas de otra manera.

No había amenaza en sus palabras.

Ni siquiera una exigencia.

Solo una verdad.

Y quizá por eso fue mucho más difícil ignorarla.

William tomó su carpeta.

Antes de dirigirse hacia la puerta, se detuvo.

—No estoy en tu contra, Nikolai.— lo miré.

—Lo sé.

—Quiero que eso también quede claro.— abrió la puerta —Quiero lo mejor para mi hija.— hizo una pausa —Y, aunque quizá ahora no quieras escucharlo, creo que tú podrías serlo.

Sentí que el pecho se me apretaba.

William sostuvo mi mirada.

—Pero no si sigues intentando quererla desde el miedo.

Y salió.

La puerta se cerró lentamente detrás de él.

Me quedé solo en la sala.

Miré la silla donde había estado sentado.

Después la carpeta frente a mí.

Y finalmente la puerta por la que se había ido.

Por primera vez no estaba pensando en Adrián.

Ni siquiera en el proyecto.

Pensaba en Vivienne.

En la forma en que había dejado de buscar mis ojos.

En la calma con la que había defendido a otro hombre sin necesitar mi aprobación.

En cómo había aprendido a vivir sin esperarme.

Y entendí algo que me dolió más que cualquier celos.

No estaba perdiendo a Vivienne por Adrián.

La estaba perdiendo porque durante demasiado tiempo había creído que querer a alguien significaba mantenerlo a distancia para no perder el control.

Y ahora ella estaba aprendiendo a vivir sin necesitarme.

Quizá eso era lo que más me dolía.

No que otro hombre pudiera acercarse a ella.

Sino descubrir que Vivienne ya no necesitaba que yo la eligiera.

Ahora era yo quien tendría que demostrarle que valía la pena elegirme.

A las siete de la tarde seguía frente a la computadora.

No porque tuviera trabajo urgente. Simplemente era más fácil esconderme detrás de una pantalla que enfrentar el silencio del penthouse. Había un informe abierto frente a mí desde hacía casi quince minutos, pero no recordaba una sola línea de lo que había leído.

Escuché que la puerta se abrió sin que nadie llamara.

No levanté la vista.

—Espero que tengas una muy buena excusa.

—La tengo.— la voz de Dmitri llegó acompañada del sonido de sus pasos—Secuestro.

Suspiré.

—No.

—Sí.

—Tengo trabajo.— se acercó a mi escritorio, tomó el expediente que estaba leyendo y lo cerró de golpe.

—Mentiroso.— fruncí el ceño.

—¿Perdón?

—Llevas quince minutos viendo la misma página.— miré el documento.

Tenía razón.

Otra vez.

Dmitri sonrió con satisfacción.

—Vamos.

—No tengo ganas.

—Precisamente por eso— se apoyó en el borde del escritorio y me observó durante unos segundos, sin hacer ningún comentario. Después señaló mi saco con la cabeza —Póntelo.

—¿Y si digo que no?

—Te lo pongo yo.— lo miré.

—Te odio.

—No tanto como para cancelarme la tarjeta corporativa.— tomé el saco del respaldo de la silla.

—Algún día lo haré.

—No puedes. Soy tu primo favorito.

—Eres mi único primo.

—Exactamente. Por eso voy ganando.— no pude evitar una sonrisa.

Dmitri la vio.

No dijo nada.

Solo abrió la puerta y esperó.

Veinte minutos después, el auto se detuvo frente a un edificio de ladrillo oscuro en el Upper East Side.

No había cámaras.

Ni empresarios.

Ni fotógrafos.

Solo un pequeño letrero de madera iluminado por una luz cálida.

Hacía meses que no veníamos.

Y, sin embargo, el lugar seguía exactamente igual.

Empujé la puerta y el sonido de las conversaciones tranquilas, mezclado con una melodía de jazz, nos recibió inmediatamente. El aroma a madera, café y whisky me resultó extrañamente familiar.

—Señores Sokolov. Qué gusto volver a verlos.— levanté la mirada.

Mario.

El mismo mesero que nos atendía desde que éramos estudiantes. Solo tenía algunas canas más.

—Mario.— él sonrió de verdad.

—Su mesa está libre. Como siempre.

No hizo falta pedirla. Nunca hacía falta.

Nos condujo hasta el rincón junto al ventanal, el mismo donde pasábamos horas después de clases discutiendo concursos de arquitectura que estábamos convencidos de ganar.

Nos sentamos.

Mario dejó dos vasos de agua sobre la mesa.

—¿Lo de siempre?— miré apenas la carta.

Ni siquiera la abrí.

—Sí.

—Enseguida vuelvo.— lo observé alejarse.

Dmitri se acomodó en la silla y miró alrededor.

—¿Sabes qué es lo mejor de este lugar?— negué con la cabeza —Que aquí nadie sabe quién eres.

Sonreí apenas.

—Mario sí.

—Mario sabe que dejas buenas propinas. No cuenta.— negué divertido.

—Sigues siendo un idiota.

—Pero un idiota encantador.

Mario regresó con dos vasos de whisky y los dejó frente a nosotros.

Antes de alejarse, nos miró durante un segundo.

—Es bueno volver a verlos reír.— Dmitri levantó las cejas.

—¿Nos ha visto muy serios últimamente?

Mario sonrió.

—Digamos que los conozco desde hace demasiado tiempo.

Y se marchó.

Lo seguí con la mirada.

Dmitri levantó su vaso.

—Por sobrevivir otra semana.— choqué mi vaso contra el suyo.

—Eso suena deprimente.

—Entonces brindemos porque la profesora Bennett nunca descubrió quién le escondía las maquetas.

Lo miré.

—Fuiste tú.

—Jamás pudieron probarlo.

—Porque yo te cubría.— se llevó una mano al pecho.

—Eso se llama amistad.

—Eso se llama complicidad.

—Detalles técnicos.

Bebimos.

El whisky descendió lentamente, calentándome la garganta.

Hacía demasiado tiempo que no me sentaba sin mirar el reloj cada cinco minutos.

Dmitri comenzó a hablar de un concurso de la universidad, luego de un profesor que parecía odiarnos y después de aquella maqueta que casi habíamos terminado a las tres de la mañana.

—Te juro que esos dos centímetros no importaban —dijo.

—Importaban.

—Nikolai, nadie iba a medirlos.

—Yo sí.— Dmitri dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—Por eso nunca tuve una vida normal.— solté una risa.

—Tú nunca tuviste una vida normal porque eras incapaz de comportarte durante más de diez minutos.— levantó la cabeza.

—Eso es falso.

—Robaste un extintor.

—Lo necesitábamos.

—Para bajar una pelota del techo.

—Era una emergencia.— volví a reír.

Una risa de verdad.

Tan inesperada que tuve que dejar el vaso sobre la mesa.

Dmitri me señaló inmediatamente.

—Ahí está.— negué con la cabeza.

—Exagerado.

—No. Esa risa llevaba meses desaparecida.

Su sonrisa se volvió más tranquila.

—La extrañaba.— no respondí.

Solo tomé nuevamente el vaso.

Durante unos minutos continuamos hablando de cualquier cosa. De profesores, concursos, errores absurdos y aquellas pequeñas historias que solo tienen gracia cuando las cuentas veinte años después.

El tercer whisky llegó acompañado de una botella que Mario dejó sobre la mesa sin decir nada.

—Con calma, señores. Ya no tienen veinte.— Dmitri soltó una carcajada.

—Habla por él. Yo sigo siendo un prodigio de la juventud.

Mario negó con la cabeza.

—Eso decía a los veinte también.

—Porque sigue siendo verdad.

Cuando se alejó, miré a Dmitri.

—Nunca cambiaste.— él giró lentamente el vaso entre los dedos.

—Algunas cosas sí.

La respuesta fue tan tranquila que me hizo levantar la mirada.

Su expresión había cambiado.

No demasiado.

Solo lo suficiente.

—¿Qué?— Dmitri se encogió de hombros.

—Nada.

—No fue un “nada” normal.— sonrió de lado.

—Sigues conociéndome demasiado.

—Desafortunadamente.— bebió otro trago.

Yo también.

El whisky empezaba a aflojarme los pensamientos, a borrar los bordes de todo aquello que llevaba semanas intentando mantener bajo control.

Dmitri apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Te acuerdas de cuando tenía tres años?— fruncí ligeramente el ceño.

—No.

—Claro que no.— bajó la mirada hacia el whisky —Tú eras demasiado pequeño también.

No dije nada.

Esperé.

Dmitri respiró despacio.

—Mis padres murieron cuando yo tenía tres años.

La frase cayó entre nosotros sin dramatismo, pero el silencio que vino después fue diferente.

No era el silencio cómodo de antes.

Era uno que pedía cuidado.

—Lo sé —dije.

—Sí. Pero casi nadie habla de eso.— movió lentamente el vaso entre sus manos —Después de aquello me quedé con mis tíos. Tus padres.

Asentí.

Dmitri sonrió apenas.

—Y durante el primer año prácticamente no hablé.— lo miré con atención.

—¿Tú?

—Yo.— soltó una pequeña risa —Parece imposible, ¿verdad?

Negué con la cabeza.

—Un poco.

—Era un niño muy tímido. Lloraba por cualquier cosa. Si alguien que no conocía se acercaba, me escondía detrás de tu mamá. Si escuchaba una puerta cerrarse demasiado fuerte, me ponía a llorar. Ni siquiera quería dormir solo.— bajó la mirada —Y ellos nunca me hicieron sentir que estaba molestando.

Aquello me hizo permanecer completamente quieto.

—Mi tía se quedaba conmigo hasta que me dormía. Tu padre me llevaba algunas noches a su despacho cuando tenía que trabajar. Y tú…— Dmitri sonrió —Tú eras demasiado pequeño para entender qué estaba pasando, pero recuerdo que te sentabas cerca de mí aunque ninguno de los dos dijera una palabra.

Algo se movió en mi memoria.

No era una imagen completa. Apenas fragmentos: una habitación con luz tenue, el olor del perfume de mi madre, una manta azul sobre el sofá y un niño pequeño sentado en el suelo, abrazando sus rodillas.

Dmitri.

Yo estaba a su lado.

No sabía por qué, pero recordaba haberle ofrecido uno de mis juguetes. Un pequeño automóvil de madera. Él no lo había tomado. Solo había apoyado la cabeza contra mi hombro.

Tragué saliva.

—Sí me acuerdo.— Dmitri levantó la mirada.

—¿De verdad?— asentí lentamente.

—No de todo. Pero sí de ti.

La memoria se volvió más clara con cada palabra.

Recordé a mi madre diciéndome que no hiciera ruido porque Dmitri estaba triste. Recordé a mi padre cargándolo cuando se quedaba dormido. Recordé que, durante un tiempo, Dmitri dormía en la habitación de invitados, pero algunas noches terminaba en mi cuarto porque no quería estar solo.

Y recordé algo más.

La primera vez que lo llamé hermano.

No había sido una decisión consciente. Solo había ocurrido.

Dmitri tenía fiebre y lloraba porque quería a sus padres. Yo me había sentado junto a él, le había tomado la mano y le había dicho que no tenía que preocuparse, porque ahora tenía una familia.

Porque era mi hermano.

La palabra había salido de mí con la naturalidad de quien dice la verdad más sencilla del mundo.

Dmitri me observaba en silencio.

—Tú no eras solo mi primo —dije —Eras mi hermano.

Su expresión cambió.

Por primera vez desde que habíamos llegado, no tuvo una respuesta rápida. No sonrió. No hizo una broma.

Solo me miró.

—Nikolai…

—Lo digo en serio.— sentí el calor del alcohol en el rostro, pero no aparté la mirada —Quizá éramos demasiado pequeños para entenderlo. Quizá nadie lo dijo de esa manera. Pero yo siempre te sentí así.

Dmitri bajó los ojos.

—Yo también.— la respuesta fue apenas un murmullo —Después fui cambiando —continuó—. Un día empecé a hablar. Después a hacer preguntas. Después descubrí que podía hacer reír a la gente.

Su sonrisa apareció, pero esta vez no parecía una máscara.

—Y creo que me gustó demasiado.

—Eso explica muchas cosas.— Dmitri soltó una carcajada, aunque sus ojos seguían brillando.

—Exactamente.— bebió un poco más.

—Creo que aprendí algo muy temprano.

—¿Qué?— miró hacia el ventanal.

—Que cuando haces reír a alguien, durante unos segundos deja de mirarte con lástima.

No respondí.

Dmitri continuó, con la mirada todavía perdida en las luces de la calle.

—Y yo odiaba que me miraran como al niño cuyos padres habían muerto. Así que empecé a hacer bromas. Primero para que los demás dejaran de sentirse incómodos. Después para que yo tampoco tuviera que sentirme incómodo.— dejó escapar una risa breve —Y luego se volvió costumbre.

Sentí algo pesado en el pecho.

—Nunca lo supe.

—No tenías por qué saberlo.— me miró —Casi nadie lo sabe.

—Ana sí.

—Sí. Ella lo sabe.— hizo una pausa —Tus padres también.

Volvió a mirar su vaso.

—Pero la mayoría conoce a Dmitri, el idiota que hace bromas en las reuniones, el que llega tarde, el que molesta a Nikolai y el que siempre encuentra una manera de convertir algo serio en un desastre.— sonrió —Y está bien. Me gusta ser ese tipo.

—¿Pero?— la palabra salió antes de que pudiera detenerla.

Dmitri levantó la mirada.

—Pero también existe otro.— su voz bajó —Uno que se queda despierto cuando algo le preocupa. Uno que piensa demasiado. Uno que todavía se pregunta cómo habría sido crecer con sus padres. Uno que a veces extraña cosas que ni siquiera recuerda completamente.

Se quedó callado unos segundos.

—Ese Dmitri casi nunca sale.

Lo observé.

Después de varios tragos, la distancia que siempre manteníamos entre nosotros parecía absurda. Como si durante años hubiéramos fingido ser solamente primos porque era más fácil que admitir lo que realmente éramos.

Me incliné sobre la mesa.

—No tienes que esconderlo conmigo.— Dmitri parpadeó.

—¿No?

Negué con la cabeza.

—No. Eres mi hermano. Puedes ser el idiota, el que hace bromas, el que llega tarde y el que convierte todo en un desastre. Pero también puedes ser ese otro.— su mandíbula se tensó.

—No sé cómo hacer eso.

—Entonces aprende.— intentó sonreír, pero la sonrisa se quebró antes de formarse por completo.

—Siempre fuiste demasiado serio.

—Y tú siempre fuiste demasiado ruidoso.

—Nos complementábamos.

—Supongo que sí.

Dmitri bajó la mirada. Durante unos segundos no dijo nada.

Después extendió la mano sobre la mesa y la dejó junto a la mía.

No fue un gesto dramático.

Solo apoyó los dedos sobre mis nudillos, como cuando éramos niños.

Yo cerré la mano alrededor de la suya.

—Gracias —dijo.

—No tienes que agradecerme.

—Sí tengo.

—No.— lo miré con firmeza —La familia no se agradece.

Dmitri respiró hondo.

Sus ojos estaban húmedos, pero no apartó la mirada.

—Eres un maldito sentimental cuando bebes.

—Y tú eres un maldito sentimental incluso cuando estás sobrio.— soltó una risa baja.

Esta vez no parecía estar intentando ocultar nada.

Nos quedamos así durante unos segundos, con las manos unidas sobre la mesa y el ruido del restaurante alrededor.

Dmitri no hacía bromas porque su vida hubiera sido fácil.

Las hacía porque había aprendido a sobrevivir sin permitir que los demás vieran cuánto le dolían algunas cosas.

Y quizá por eso era capaz de entrar a una habitación y hacer reír a todos, incluso cuando él mismo no tenía ganas de hacerlo.

Pero conmigo no tenía que hacerlo.

No siempre.

—Ahora que sabes que tengo profundidad emocional… —murmuró.

—No abuses.

—Solo un poco.— sonreí.

—¿Sabes qué pienso?

—Que soy fascinante.

—Que eres mucho más complicado de lo que aparentas.— Dmitri inclinó la cabeza.

—Eso me gusta más.— le dio un pequeño golpe al vaso contra el mío —Pero no se lo digas a nadie.

—¿Por qué?

—Porque tengo una reputación que mantener.— solté una risa.

—Tranquilo. Tu secreto está a salvo.

Dmitri sonrió.

—Eso esperaba.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero ahora tenía algo diferente. Había confianza. Una confianza antigua, construida mucho antes de que cualquiera de los dos pudiera nombrarla.

Él había dejado ver una parte de sí mismo que casi nadie conocía.

Y yo entendí que, quizá, detrás de todas sus bromas siempre había existido una persona que simplemente había aprendido a esconder el dolor mejor que los demás.

Mi hermano.

Después de un rato, Dmitri dejó el vaso sobre la mesa.

—Y ahora dime algo tú.— lo miré.

—¿Qué?

—¿Qué vas a hacer con Vivienne?

La pregunta llegó tan tranquila que casi parecía una continuación natural de nuestra conversación.

Bajé la mirada.

Por primera vez en toda la noche no tuve una respuesta preparada.

Dmitri esperó.

No insistió.

Solo esperó.

Como tantas veces había hecho conmigo cuando éramos niños.

Como mi hermano.

Finalmente levanté la mirada.

—No lo sé.— Dmitri asintió lentamente.

—Entonces averígualo.

No hubo sermón.

No hubo bromas.

Solo eso.

Y, por alguna razón, fue suficiente.

Cuando salimos del bar, el aire frío de noviembre me golpeó el rostro. Metí las manos en los bolsillos del abrigo mientras Dmitri caminaba a mi lado hasta el estacionamiento. Durante unos segundos ninguno dijo nada; el ruido lejano de los autos, el viento entre los edificios y el eco de nuestros pasos llenaban el espacio entre nosotros.

—¿Seguro que no quieres que te lleve? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Necesito caminar.

Dmitri me observó unos segundos, como si estuviera decidiendo si insistir. Al final solo sonrió de lado.

—No te tardes demasiado. Mañana todavía tengo que soportarte en la oficina.

—Qué privilegio el tuyo.— se acercó y me dio un ligero golpe en el hombro.

—Buenas noches, idiota.

—Buenas noches.

Lo vi subir al auto. Esperé hasta que las luces traseras desaparecieron entre el tráfico antes de comenzar a caminar.

No tenía un destino.

Solo necesitaba moverme.

Nueva York nunca dormía por completo, pero aquella noche parecía hablar más bajo. Las banquetas estaban casi vacías, los semáforos cambiaban de color para nadie y algunas hojas secas avanzaban por la avenida empujadas por el viento. Caminé sin prestar demasiada atención a las calles que iba dejando atrás, con las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza demasiado llena de preguntas.

Doblé una esquina. Después otra. Un taxi pasó frente a mí y alguien soltó una carcajada al otro lado de la calle. No levanté la vista.

Hasta que me detuve.

Frente a mí se alzaba un edificio que conocía demasiado bien.

Sentí cómo el aire abandonaba lentamente mis pulmones.

Levanté la mirada.

La fachada de ladrillo claro.

Las ventanas.

El balcón.

Todo seguía exactamente como lo recordaba.

Había llegado al edificio de Vivienne.

Fruncí el ceño.

No recordaba haber decidido ir allí. De hecho, ni siquiera recordaba haber tomado esa dirección.

Simplemente había caminado.

Y mis pies me habían llevado hasta su puerta.

Busqué una explicación lógica y no encontré ninguna.

Entonces vi una luz encendida en el tercer piso.

Su departamento.

Me quedé inmóvil, observando aquella ventana como si pudiera encontrar una respuesta detrás del cristal. Durante unos segundos pensé en dar media vuelta.

¿Qué demonios estaba haciendo ahí?

Podía irme.

Debía irme.

No tenía ningún motivo para subir. Ninguno que pudiera explicar sin sonar completamente ridículo.

Respiré hondo y di un paso hacia atrás.

Después otro.

Me obligué a girarme.

Caminé apenas unos metros.

Me detuve.

Cerré los ojos.

Maldita sea.

Volví sobre mis pasos.

Entré al edificio.

El portero levantó la vista de su periódico y me reconoció enseguida.

—Buenas noches, señor Sokolov.

Asentí.

No hizo preguntas. Durante estos años, apenas había ido unas cuantas veces a su departamento, y casi siempre había sido por obligación: para recoger algo o resolver algún asunto que no podía posponerse. Nunca había sido un lugar al que acudiera por voluntad propia, ni uno en el que me sintiera verdaderamente cómodo.

Por eso, al cruzar nuevamente aquella puerta, la sensación resultó todavía más extraña. No estaba regresando a un sitio familiar. Estaba entrando en un lugar que apenas conocía y que, aun así, parecía guardar demasiados recuerdos de ella.

Tomé el ascensor.

Las puertas se cerraron con un sonido suave y el mecanismo comenzó a elevarse.

Uno.

Dos.

Tres pisos.

El trayecto duró menos de un minuto, pero aquella vez pareció mucho más largo.

Me quedé mirando los números sobre la puerta, mientras en mi cabeza aparecía la expresión tranquila con la que había defendido a Adrián frente a mí.

Cuando las puertas se abrieron, el pasillo estaba completamente en silencio.

Caminé despacio.

Mis pasos sonaban sobre el suelo de madera con una claridad incómoda.

Uno.

Dos.

Tres.

Hasta detenerme frente a una puerta blanca.

La conocía de vista, aunque nunca había llegado a sentirla como algo propio.

Había estado allí muy pocas veces. Siempre por alguna razón concreta, siempre con la sensación de que debía marcharme en cuanto el asunto estuviera resuelto. Nunca había entrado sin pensar ni había esperado por ella durante horas. Tampoco había dejado cafés sobre su mesa ni aprendido los pequeños detalles de su rutina dentro de aquel espacio.

Ese departamento pertenecía a Vivienne.

Yo solo había sido un visitante ocasional.

Pero hacía demasiado que no cruzaba aquel umbral.

Levanté la mano.

No llegué a tocar.

La dejé suspendida frente a la puerta durante unos segundos.

Podía irme.

Todavía estaba a tiempo.

Bajé lentamente la mano.

Respiré hondo.

Volví a levantarla.

Esta vez mis nudillos rozaron suavemente la madera.

El sonido fue pequeño.

Casi insignificante.

Pero cuando escuché movimiento al otro lado, sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

Pasos.

Lentos.

Acercándose.

La cerradura comenzó a girar.

Y, por primera vez en diez años, no tuve ninguna certeza sobre lo que iba a ocurrir cuando aquella puerta se abriera.

La puerta se abrió lentamente.

Vivienne apareció al otro lado con una taza de té entre las manos.

Llevaba un pantalón de punto gris y un suéter color crema que parecía quedarle dos tallas más grande. El cabello estaba recogido de cualquier manera, algunos mechones habían escapado alrededor de su rostro y no llevaba maquillaje. Había una pequeña mancha de harina en una de las mangas.

No estaba preparada para recibir visitas.

No estaba intentando verse bonita.

No estaba intentando impresionar a nadie.

Estaba simplemente en casa.

Y había algo en aquella imagen que me desarmó por completo.

Se veía tranquila.

Cómoda.

Segura dentro de su propio espacio.

Se veía feliz.

O, al menos, mucho más en paz de lo que yo había esperado encontrarla.

Entonces levantó la mirada y sus ojos azules se encontraron con los míos.

Dios.

Esos ojos.

Había pasado días intentando no pensar en ellos, y aun así seguían teniendo la capacidad de hacerme olvidar todo lo que había preparado para decir.

La sorpresa cruzó su rostro con tanta claridad que casi pude verla transformarse delante de mí.

—¿Nikolai?

No respondí inmediatamente.

Solo la observé.

Como si necesitara convencerme de que realmente estaba allí y no frente a otro recuerdo construido por mi propia cabeza.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Ocurrió algo?— abrí la boca.

Volví a cerrarla.

Había llegado a su departamento sin pensar en qué iba a decir cuando la tuviera enfrente.

Qué brillante.

Bajé la mirada durante un instante y después volví a encontrar sus ojos.

—¿Puedo pasar?— Vivienne permaneció inmóvil.

Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de la taza.

No parecía asustada.

Parecía desconcertada.

Porque en diez años yo nunca había aparecido en su puerta sin una razón concreta.

Y esta vez ni siquiera estaba seguro de tener una.

Después de unos segundos, se hizo a un lado.

—Sí.— entré.

Ella cerró la puerta detrás de mí y permaneció unos segundos con la mano sobre el picaporte.

—¿Quieres café?— la pregunta me tomó por sorpresa.

La miré.

—¿Café?

—Sí.— señaló la cocina —Supongo que si apareciste a estas horas en mi casa, al menos mereces una taza.

Una sonrisa pequeña apareció en mis labios.

—Sí.— hice una pausa —Café está bien.

Vivienne dejó la taza sobre la barra y comenzó a preparar la cafetera.

Yo aproveché para observar el departamento.

Había plantas junto a las ventanas, libros apilados sobre la mesa de centro, algunas velas, fotografías familiares y una manta doblada de manera descuidada sobre el sofá. Había pequeños detalles por todas partes. Cosas que hablaban de ella sin necesidad de que estuviera presente.

Era cálido.

Habitado.

Real.

Muy diferente al mío.

Y, de alguna manera, mucho más parecido a la Vivienne que yo recordaba de niña que al espacio profesional y perfectamente controlado que conocía en Asterion.

—Aquí tienes.— su voz me sacó de mis pensamientos.

Tomé la taza.

Nuestros dedos se rozaron apenas.

Ella retiró la mano primero.

Di un pequeño sorbo.

Estaba demasiado caliente.

Una sonrisa apareció en mis labios antes de que pudiera evitarlo.

Vivienne frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué?— negué con la cabeza.

—Nada.

Volví a probarlo.

Sacudí la cabeza.

—Sigue demasiado caliente.— ella soltó una risa bajita.

Tan natural que algo dentro de mí se aflojó.

—Siempre te quejabas de eso.— la miré.

—Porque nunca esperabas a que se enfriara.

—Porque si esperaba…— sonrió —Ya no era café recién hecho.

La observé durante unos segundos.

Era una conversación insignificante.

Una de esas que cualquier otra persona habría olvidado cinco minutos después.

Para mí no.

Porque por primera vez en mucho tiempo estábamos hablando de algo que no tenía que ver con el pasado, con Asterion, con nuestras familias ni con todo aquello que había terminado destruyéndonos.

Solo café.

Solo ella.

Solo yo.

Bajé lentamente la taza.

—Lo extraño.— Vivienne levantó la vista.

—¿Qué?— respiré hondo.

—Esto.— ella no respondió —Extraño llegar a la oficina y encontrar un café sobre mi escritorio, que dejaras post-its en mis planos corrigiendo cosas que ni siquiera te había pedido revisar.

Una sonrisa triste apareció en mis labios.

—Extraño discutir contigo por cosas absurdas. Extraño que me miraras como si realmente importara lo que yo pensaba.— Vivienne bajó lentamente la mirada.

—Pensé que odiabas todo eso.— solté una risa sin humor.

—Yo también.— ella levantó los ojos.

—¿Entonces por qué lo extrañas?— la pregunta fue sencilla.

La respuesta no.

Miré la taza entre mis manos.

—Porque creo que confundí muchas cosas.

—¿Como cuáles?

Me quedé callado unos segundos.

Después la miré directamente.

—Pensé que alejarte me hacía más fuerte.— ella no dijo nada —Pensé que si conseguía convencerme de que no necesitaba nada de ti, entonces tampoco podría volver a perderte.

Mi voz se volvió más baja.

—Pero no funcionó.

Vivienne sostuvo mi mirada.

Sus ojos azules eran exactamente como los recordaba y, al mismo tiempo, completamente diferentes. Ya no tenían aquella necesidad de encontrar mi aprobación que había visto durante años. Ahora había algo más sereno en ellos.

Algo que no sabía si merecía.

—Te extraño —admití.

La frase salió más fácil de lo que esperaba.

—Mucho, Vivienne.— sus labios se separaron ligeramente.

No respondió.

Yo tampoco quise llenar el silencio demasiado rápido.

Porque por primera vez no quería esconder lo que sentía detrás de una orden o una explicación perfectamente calculada.

—No sé exactamente cuándo empecé a extrañarte —continué—. Tal vez fue cuando dejaste de aparecer en mi oficina. Tal vez cuando dejaste de buscar mi opinión. O quizá fue mucho antes y simplemente fui demasiado orgulloso para reconocerlo.

Ella apretó suavemente los dedos alrededor de la taza.

—Nikolai…

—No tienes que decir nada.— negué despacio.

—Solo necesitaba que lo supieras.— Vivienne respiró profundamente.

—Yo también te extraño.

Aquellas palabras me golpearon con una fuerza inesperada.

La miré.

Sus ojos azules estaban brillantes, pero no había reproche en ellos.

No me estaba atacando.

No estaba utilizando mi confesión para recordarme todo lo que había hecho.

Solo me estaba mirando.

Como si todavía pudiera ver algo bueno en mí.

Y eso fue precisamente lo que más me dolió.

Porque yo sabía que no era el hombre que esos ojos parecían estar viendo.

O quizá sí.

Quizá ella estaba viendo al hombre que yo todavía podía ser.

Di un paso hacia ella.

Solo uno.

Vivienne no retrocedió.

La distancia entre nosotros se hizo pequeña.

Demasiado pequeña.

Podía sentir el aroma suave de su cabello.

Vainilla.

Café.

Y algo más que no sabía nombrar porque probablemente pertenecía únicamente a ella.

La miré a los ojos.

Después, inevitablemente, a sus labios.

Nunca los había besado.

Ni una sola vez.

Y, aun así, los había deseado durante años con una intensidad que me hizo tensar la mandíbula.

No éramos nada.

Nunca habíamos sido nada.

Solo dos personas que habían compartido demasiadas cosas sin atreverse a nombrar ninguna.

Y quizá por eso aquel deseo resultaba todavía más peligroso.

Volví a sus ojos.

Ella seguía mirándome.

Como si yo fuera algo mucho mejor de lo que sabía que era.

Como si todavía pudiera encontrar en mí al hombre que había amado antes de que yo le enseñara todas las razones para dejar de hacerlo.

Eso me dolió más que cualquier rechazo.

Levanté la mano lentamente.

No quería tocarla sin permiso.

Mis dedos quedaron suspendidos a unos centímetros de su rostro.

Vivienne no se apartó.

Entonces rocé suavemente un mechón que había escapado de su cabello y lo acomodé detrás de su oreja.

Mis dedos rozaron su mejilla.

Ella cerró los ojos durante un instante.

Y yo tuve que contener la respiración.

—Sigues haciendo eso —murmuré.

Abrió los ojos.

—¿Qué?

—Mirarme así.— frunció ligeramente el ceño.

—¿Así cómo?— sonreí apenas.

—Como si yo fuera mejor de lo que soy.

Su expresión se volvió más triste.

—No estoy haciendo eso.

—Sí.— negué lentamente —Lo haces sin darte cuenta.

Vivienne sostuvo mi mirada.

—Quizá porque todavía recuerdo cosas de ti que tú decidiste olvidar.

La frase me atravesó.

No supe qué responder.

Porque tenía razón.

Ella había conocido partes de mí que yo mismo había enterrado.

El niño que se quedaba dibujando hasta tarde.

El adolescente que quería ser arquitecto.

El hombre que todavía sabía reír antes de aprender a esconderlo todo.

Y quizá también conocía al hombre que estaba intentando encontrar nuevamente.

Mi mano permaneció sobre su mejilla.

No la acaricié más.

Solo la sostuve allí unos segundos.

Hasta que Vivienne levantó lentamente su propia mano y la apoyó sobre la mía.

El contacto fue mínimo.

Pero suficiente.

Sentí cómo algo dentro de mí cedía.

No era deseo.

No solamente.

Era alivio.

Era nostalgia.

Era la sensación de volver a encontrar una parte de mí que había estado perdida durante demasiado tiempo.

Bajé la mano.

Nuestros dedos se rozaron.

Ella no los apartó.

Di otro pequeño paso.

Ahora estábamos tan cerca que podía sentir su respiración.

Mis ojos volvieron a caer sobre sus labios.

Los deseaba.

Dios, cuánto los deseaba.

Pero sabía que besarla en ese momento sería egoísta.

Sería tomar un momento de vulnerabilidad y convertirlo en algo que ella quizá todavía no estaba preparada para darme.

Así que me detuve.

Vivienne abrió los ojos completamente.

Nuestros rostros quedaron a pocos centímetros.

Durante un instante ninguno se movió.

Después ella dio un paso hacia mí.

No hacia atrás.

Hacia mí.

Y apoyó una mano sobre mi brazo.

No dijo que todo estaba bien.

No dijo que me perdonaba.

No prometió nada.

Solo se quedó ahí.

Yo cerré los ojos durante un segundo.

Sentí que la garganta se me cerraba.

Y entonces sus brazos rodearon mi cuerpo.

Vivienne me abrazó.

Fue un gesto tan sencillo que me desarmó más que cualquier palabra.

Durante un instante me quedé completamente inmóvil.

No sabía qué hacer.

No porque no quisiera abrazarla, sino porque había olvidado cómo se sentía recibir consuelo de alguien que no me debía nada.

Mis brazos terminaron rodeando lentamente su espalda.

La acerqué con cuidado.

Sin fuerza.

Sin posesión.

Solo lo suficiente para sentirla.

Vivienne apoyó la mejilla contra mi pecho.

Yo bajé la cabeza.

Mis labios quedaron cerca de su cabello, pero no lo toqué.

No podía permitirme convertir aquel abrazo en algo que ella no había pedido.

Respiré profundamente.

Su cabello era suave y olía a vainilla.

El mismo aroma que tantas veces había quedado en mi ropa después de trabajar juntos hasta tarde.

La abracé un poco más.

Sentí su respiración contra mi pecho.

Y, por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo dejó de estar en tensión.

—Te extrañé —susurré sobre su cabello, sin rozarlo.

Ella no respondió.

Solo cerró un poco más los brazos alrededor de mí.

Eso fue suficiente.

No podía evitar pensar en besarla.

En saber cómo se sentirían sus labios.

En descubrir algo que había deseado durante años sin haber tenido nunca el valor de acercarme.

Pero no lo hice.

No quería que el primer beso entre nosotros naciera de la culpa, la nostalgia o la confusión.

Si alguna vez ocurría, tendría que ser porque ambos lo elegíamos.

No porque yo necesitara aferrarme a ella.

—No sabes cuánto —murmuré.

Vivienne levantó ligeramente el rostro.

Sus ojos azules encontraron los míos.

Estaban húmedos.

Pero no había enojo.

Solo una tristeza profunda y una ternura que no sabía si merecía.

Me quedé mirándola.

Y entonces entendí algo.

Aquellos ojos habían sido capaces de volverme loco durante toda mi vida.

No por su color.

Aunque eran del azul más hermoso que había visto.

Sino por la forma en que me miraban.

Como si, incluso después de todo, todavía hubiera una parte de ella capaz de verme más allá de mis errores.

Como si yo fuera alguien digno de ser querido.

Cuando sabía perfectamente que no siempre lo había sido.

Mi mirada descendió nuevamente hacia sus labios.

Ella lo notó.

Su respiración cambió apenas.

La tensión apareció durante un segundo.

Muy leve.

Pero suficiente para recordarme cuánto deseaba besarla.

No lo hice.

En lugar de eso, levanté una mano y acaricié suavemente su cabello.

Después apoyé la frente contra la suya.

—No quiero arruinar esto.

Vivienne cerró los ojos.

—No lo estás arruinando.— su voz fue apenas un susurro.

—Entonces déjame quedarme aquí un momento.— ella asintió.

—Quédate.— cerré los ojos.

La abracé nuevamente.

Esta vez ella se acomodó contra mí con más confianza.

Mi mano recorrió lentamente su espalda, arriba y abajo, en un movimiento tranquilo, casi protector.

No buscaba nada más.

Solo quería que supiera que estaba ahí.

No besé su cabello.

No besé su frente.

No hice nada que pudiera confundir aquel momento con una promesa que ninguno de los dos estaba preparado para hacer.

Vivienne permaneció entre mis brazos, y yo me limité a sostenerla.

—Gracias por venir —dijo finalmente.

La frase me sorprendió.

—¿Por qué me agradeces?

—Porque esta vez viniste sin esperar que yo arreglara nada.— bajé la mirada.

Tenía razón.

—No vine a pedirte que me perdones.— ella respiró hondo.

—Lo sé.

—Tampoco vine a pedirte que vuelvas a esperarme.— sus ojos se suavizaron.

—Eso es bueno.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.

—Creo que por fin entendí que no puedo pedirte que esperes por alguien que pasó tantos años haciendo todo para que dejaras de hacerlo.— Vivienne bajó la mirada.

—Me costó mucho dejar de esperar.

Sentí un nudo en la garganta.

—Lo sé.

—No fue porque dejara de quererte.— cerré los ojos un instante.

—Eso lo hace todavía más difícil.

Ella me miró.

—¿Por qué?— tragué saliva.

—Porque significa que te hice elegir entre quererme y cuidarte.

Sus ojos se llenaron nuevamente de lágrimas.

—Sí.— la palabra salió muy bajita.

—Y no debí ponerte en esa posición.

Vivienne negó lentamente.

—No puedes cambiarlo.

—No.— la miré —Pero puedo dejar de hacerlo.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Después ella apoyó nuevamente la cabeza sobre mi pecho.

Yo la abracé.

Y por primera vez en mucho tiempo no sentí la necesidad de pedirle nada.

No quería una respuesta.

No quería una promesa.

No quería recuperar diez años en una noche.

Solo quería quedarme allí.

Con ella.

En aquel pequeño departamento lleno de plantas, libros y recuerdos.

Sintiendo que, por unos minutos, el pasado dejaba de perseguirnos.

Y quizá eso era lo más parecido a la paz que había conocido en mucho tiempo.

Cuando finalmente nos separamos, lo hicimos despacio.

Mis manos permanecieron unos segundos sobre sus brazos antes de retirarse.

Ella me miró.

Yo la miré.

No había una reconciliación.

Todavía no.

No había un beso.

No porque hubiera existido uno antes, sino porque ninguno de los dos se había atrevido a cruzar esa línea.

No había promesas.

Solo dos personas que, después de tantos años, finalmente habían dejado de huir de una conversación que debió ocurrir mucho antes.

Y mientras me dirigía hacia la puerta, comprendí algo que no había entendido cuando llegué.

No había ido a su departamento para recuperar a Vivienne.

Había ido para encontrarla.

Y aquella noche…

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que ella también me había encontrado a mí.

Continuará...