Capítulo uno
Capítulo uno
Cuatro semanas antes
Vivienne
Si alguien me preguntara cuál era mi pasatiempo favorito, probablemente respondería que hornear postres. Si me preguntaran cuál era mi trabajo soñado, diría que diseñar espacios que hicieran sentir a las personas en casa.
Pero si alguien me preguntara cuál era mi talento más desarrollado… Diría que soportar a Nikolai Sokolov sin perder la paciencia.
Llevaba dos años trabajando en Asterion Architects. Dos años malditos escuchando cómo corregía hasta el más mínimo detalle de mis proyectos, intentando convencerme de que sus críticas eran profesionales y no personales. Dos años fracasando miserablemente.
No importaba cuánto me preparara.
No importaba si llegaba antes que todos.
No importaba si revisaba un plano diez veces antes de entregarlo.
Con Nikolai siempre encontraba una razón para hacerme sentir insuficiente. Y, aun así… Seguía buscando su aprobación.
Ridículo, ¿no? Yo también lo pensaba.
—¿Lista?— La voz de Anastasia me sacó de mis pensamientos.
Giré la cabeza y encontré a mi mejor amiga sosteniendo una carpeta contra el pecho mientras me sonreía con esa tranquilidad que solo ella era capaz de transmitir.
—Nunca estoy lista para una reunión con tu hermano— dije mirándola con una expresión de cansancio.
—Nadie lo está— Anastasia soltó una risa.
Sonreí, aunque el nudo en mi estómago seguía ahí. Respiré hondo, tomé mi carpeta con ambas manos y crucé la puerta de la sala de juntas.
Lo primero que vi fue a Nikolai. Como siempre, sentado en la cabecera de la mesa.
Traje gris.
Corbata negra.
El reloj plateado brillando bajo la luz.
Y esa expresión tan seria que hacía imposible adivinar qué estaba pensando. Ni siquiera levantó la vista cuando entré. —Engreído— No sabía si eso me molestaba… O me dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
~
—Explícame por qué debería aprobar esto— dijo sin siquiera mirarme.
Toda la sala quedó en silencio. Veinte personas ocupaban sus lugares alrededor de la enorme mesa de cristal.
Arquitectos.
Ingenieros estructurales.
Diseñadores de interiores.
Directores de proyecto.
Y, al final de la mesa…
Yo.
Respiré hondo antes de conectar la tableta al monitor. En la pantalla apareció la imagen del proyecto.
Un hotel boutique de lujo frente al río Hudson.
Líneas limpias.
Fachada de cristal.
Terrazas ajardinadas.
Era el proyecto en el que llevaba casi un mes trabajando. Mi favorito a decir verdad.
—La propuesta busca integrar la naturaleza con la arquitectura sin sacrificar funcionalidad. Los jardines verticales reducirán la temperatura interior y…— me congele al ver su mirada.
—Continúa.— La voz de Nikolai sonó tan fría que por un segundo olvidé respirar.
Asentí— Además, las terrazas permitirán crear espacios privados para los huéspedes sin alterar la vista principal del edificio…— Pasé a la siguiente diapositiva.
—La vegetación fue seleccionada para soportar las cuatro estaciones de Nueva York y…— Nikolai levantó una mano. Sentí un nudo en el estómago.
—¿Terminaste?— Tragué saliva.
¿QUÉ?
—Todavía me falta explicar…— Dije apresuradamente mordiéndome el labio inferior con nerviosismo.
—Entonces responde primero— Toda la sala volvió la vista hacia nosotros y el muy imbecil solo se cruzó de brazos.
—¿Cuál será el peso adicional de las terrazas cuando el sistema de riego esté completamente saturado después de una tormenta?— Parpadeé. Él simplemente me miraba con una calma que me dejaba aún peor.
Sabía la respuesta. O al menos… creía saberla.
—Aproximadamente un…— Dudé. Solo un segundo.
Uno.
Nikolai sonrió apenas. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que acababa de encontrar una grieta. Quería estrangularlo.
—No lo calculaste — Dijo en un tono que me hizo palidecer. Bajé la mirada hacia mis notas.
Lo había hecho. Pero el dato no estaba ahí. Había quedado en otro documento. Maldita sea, Vivienne
—Sí lo hice— dije mirándolo directamente a los ojos, los cuales parecían un témpano de hielo.
—Entonces respóndeme— Mencionó entrelazando los dedos.
Sentí cómo las miradas comenzaban a pesar. Busqué el número una vez más y simplemente no aparecía.
—Necesito un momento…— Dije mientras comenzaba a buscar frenéticamente.
Nikolai cerró la carpeta lentamente. Me quedé pasmada. El sonido retumbó en toda la sala.
—En Asterion no tenemos momentos, tenemos resultados— Mencionó recorriendo con la mirada uno por uno de los que estaban en la sala. Finalmente mirándome a mí. Había un odio indescriptible en sus ojos.
Siempre lograba hacerme sentir inferior.
Nadie dijo una palabra, ni siquiera Anastasia.
Continué de pie con las manos aferradas a la carpeta para que nadie notara que me temblaban.
Nikolai se puso de pie. Caminó hasta la pantalla y tomó el control del monitor.
—El concepto es excelente— Por un segundo levanté la vista.
¿Había dicho… excelente?
Señaló una de las terrazas. —De hecho, probablemente sea el mejor que hemos visto este trimestre. Pero aquí hay un error estructural. Toda la sala levantó la vista.
Y entonces…
—Precisamente por eso no pienso aprobarlo con un error que puede comprometer toda la estructura. Si este jardín recibe la carga máxima durante una tormenta, la distribución del peso compromete toda esta sección— Marcó el plano con el puntero láser. —No es un detalle. Es un riesgo. –Volvió a mirarme.
Sus ojos verdes no mostraban absolutamente nada.
—Esperaba algo mejor de ti.— El silencio fue insoportable. Incluso creo que escuché cómo Nikolai me rompía el corazón. De nuevo.
Respiré despacio.
—Si me permites corregirlo…— Dije acercándome al monitor.
—No — Apoyó ambas manos sobre la mesa. —Ya tuviste veinte minutos para convencerme. —Los ojos comenzaron a arderme.
No.
No aquí.
No delante de él.
Respiré hondo y asentí, como si sus palabras no hubieran encontrado el camino hasta mí. Pero las encontré todas.
Nikolai recorrió la sala con la mirada —No necesito arquitectos que trabajen duro— Hizo una pausa. —Necesito arquitectos que trabajen bien.— Nadie se atrevió a decir una palabra.
Escuché cómo alguien soltaba el aire lentamente al otro extremo de la mesa. Otro arquitecto bajó la vista hacia sus propios planos, como si de pronto revisar su proyecto fuera mucho más interesante que presenciar mi humillación.
Ni siquiera Anastasia intervino. Sabía por qué.
En esa sala nadie contradecía a Nikolai Sokolov.
—Haré las correcciones y tendrás la nueva propuesta antes del viernes.— Él sostuvo mi mirada apenas un segundo.
—La quiero mañana a las ocho.— Asentí con un nudo en el estómago.—La reunión terminó.
~
Cuando terminó la reunión todos salieron.
Recogí mis cosas de prisa intentando fingir que nada de esto me afectó. Entonces alguien toma la carpeta antes que yo.
Dmitri.
Levante la vista hacia él — ¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y mi primo?
—¿Cuál?— Dije intentando ocultar un sonrisa. Dmitri era bueno robándolas.
—Que tú te preocupas demasiado por hacerlo perfecto — Lo miré fijamente.
—¿Y él?— Pregunté.
—Él cree que nació perfecto — Solté una risa. —¿Lloraste?
Negué enseguida. —No — Dmitri levantó una ceja.
—Viv…— Suspiré.
—Estoy bien. — Él hizo una mueca.
—Esa frase debería estar prohibida.— Sonreí con eso último.
Me despedí de Dmitri camino a mi oficina. Caminé por el pasillo intentando mantener la cabeza en alto. Algunos compañeros me regalaron una sonrisa de lástima. Otros fingieron no verme.
Era peor.
Muchísimo peor.
—No te castigues tanto. Tu propuesta era la mejor de todas las que vimos hoy.
Levante la cabeza hacia la voz — Ernesto — uno de los arquitectos mayores.
Fruncí el ceño. —Entonces… ¿por qué la rechazó?— Ernesto miro hacia el despacho de Nikolai.
—Porque contigo nunca se conforma con “muy bien”— Se despidió dejándome pasmada.
~
Llevaba un mes trabajando en este maldito proyecto, me desvelaba constantemente tratando de que fuera perfecto, — maldito idiota— siempre me hace lo mismo.
Llevaba casi una hora revisando el mismo plano. Lo recorría con la mirada una y otra vez, como si el error fuera a aparecer por arte de magia.
No aparecía.
Solté un suspiro y me dejé caer sobre el respaldo de la silla. Mi oficina era completamente distinta a la de Nikolai.
Las paredes blancas estaban decoradas con bocetos de jardines, acuarelas de parques europeos y fotografías de algunos de mis proyectos favoritos.
Sobre el alféizar de la ventana descansaban tres pequeñas suculentas que insistían en sobrevivir a pesar de que, con frecuencia, olvidaba regarlas.
En una esquina del escritorio descansaba una pequeña orquídea blanca. Llevaba meses floreciendo. Era la única planta que jamás había logrado matar.
A un lado del monitor había una fotografía de Anastasia y mía durante nuestra graduación. Ambas reíamos con la toga puesta y el cabello revuelto por el viento. Frente a ella, una pequeña caja de madera guardaba mis lápices de colores favoritos.
Porque, aunque la arquitectura se diseñara con precisión… Yo seguía creyendo que las mejores ideas comenzaban con un lápiz.
Sonreí al encontrar, escondido entre un manual de paisajismo y otro de estructuras, un pequeño cuaderno de tapas color crema.
Mi recetario.
El único objeto en esa oficina que no tenía absolutamente nada que ver con Asterion. Abrí una página al azar.
Cheesecake de frutos rojos.
No pude evitar sonreír.
Hornear siempre había sido mi refugio. Cuando algo salía mal, mezclaba harina, mantequilla y azúcar. Era mucho más sencillo arreglar un pastel que entender a Nikolai Sokolov.
Mi sonrisa desapareció cuando volví la vista hacia el plano, ahí seguía. Esperándome. Burlándose de mí. Como si quisiera recordarme que, por mucho que me esforzara…
Para él nunca era suficiente.
Mientras revisaba el proyecto por enésima vez, un par de nudillos golpearon suavemente la puerta.
Ni siquiera levanté la vista. —Adelante.— La puerta se abrió despacio. No necesité mirar para saber quién era.
Solo una persona entraba sin esperar realmente mi respuesta.
—¿Cuántas veces piensas revisar esos planos antes de aceptar que siguen siendo los mismos?— Sonreí apenas.
—Las suficientes para encontrar el error que tu hermano dice que existe. —Escuché un resoplido.
—Mi hermano también cree que el café sin azúcar sabe bien. No lo tomaría como referencia. —Levanté la vista. Anastasia sostenía dos cajas blancas de una pastelería que conocía demasiado bien.
Fruncí el ceño.
—¿Compraste cheesecake?— Dije intentando disimular lo mucho que me encantaba.
—Compré dos.— Los dejó sobre mi escritorio.
Y no pude evitar pensar:
Algún día quiero que mis postres lleven mi apellido en una caja como esa.
—Uno para ti.— Asentí tomándolo.
—¿Y el otro?
—También para ti.— No pude evitar reír.
Anastasia me observó durante unos segundos. Su sonrisa desapareció poco a poco.
—¿Qué tan mal te hizo sentir?— Bajé la mirada.
Intenté responder. No salió ninguna palabra.
Ella dio la vuelta al escritorio sin decir nada. Se agachó frente a mi silla y tomó mi barbilla con suavidad.
—Mírame.— Lo hice, fue un error.
Porque bastó con encontrar sus ojos para que toda la fuerza que llevaba sosteniendo desde la reunión desapareciera.
Sentí el ardor detrás de los párpados. —No… —Susurré. —No quiero llorar otra vez. —Anastasia me abrazó antes de que la primera lágrima pudiera caer.
—Entonces no llores sola.— Eso fue suficiente. Escondí el rostro en su hombro. Y lloré en silencio.
Ella no dijo “todo estará bien”.
No intentó defender a su hermano.
No buscó explicaciones.
Solo se quedó ahí.
Abrazándome.
Como llevaba haciendo desde que teníamos cinco años.
Cuando por fin conseguí calmarme, me tendió un pañuelo. —Ahora sí.— Respiró hondo. —Cuéntame exactamente cómo te hizo sentir ese idiota.
Solté una risa entre lágrimas. — Cómo de siempre.— Solté otro suspiro.
—No. — Anastasia negó con la cabeza. —Cómo siempre ya dejó de hacerme gracia hace mucho tiempo.
Después de hablar durante casi una hora, Anastasia se puso de pie.
—Tengo que volver antes de que mi hermano empiece a preguntar dónde estoy.— Rodé los ojos.
—Que espere.— Ella sonrió.
—Créeme… Si hace esperar a todo Manhattan, no le importa. Pero si lo hago yo, es una tragedia nacional.— Reí.
—Gracias, Ana.— Ella caminó hasta la puerta. Pero antes de salir volvió a girarse. —Viv…
—¿Sí?
Su sonrisa desapareció. —No dejes que él decida cuánto vales.
Y se fue.
La oficina volvió a quedarse en silencio. Miré el cheesecake sobre mi escritorio, ni siquiera había probado un bocado. Tomé el lápiz una vez más y me incliné sobre los planos. No iba a permitir que Nikolai volviera a decir que mi trabajo no estaba a la altura.
Pasé casi una hora corrigiendo cada detalle. Una hora revisando cálculos. Una maldita hora buscando un error que ya no estaba segura de haber cometido.
Fruncí el ceño. Espera… Tomé la carpeta donde guardaba los anexos del proyecto. Comencé a pasar hojas con rapidez.
Una.
Dos.
Tres.
Hasta que encontré el documento. Ahí estaba. El cálculo de carga de las terrazas, lo había hecho, evidentemente, solo que había decidido estar en mi contra escondiéndose y haciendo que olvidara adjuntarlo a la presentación. Infeliz.
Todo estaba correctamente calculado.
Me dejé caer sobre el respaldo de la silla. —Maldición…— Cerré los ojos y respiré profundo.
Y por primera vez en mucho tiempo… No sentí ganas de llorar. Sentí rabia. Porque no había cometido el error que él me hizo creer, había olvidado una hoja. Sí, pero una simple pregunta habría bastado.
Había tenido razón. Pero no necesitaba humillarme delante de todas esas personas.
Mi teléfono vibró sobre el escritorio. Sonreí apenas al leer el nombre en la pantalla.
Alexander Brooks.
Contesté. —¿Hola?
—¿Sigues en la oficina?— Miré el reloj.
—Sí.— Ama las llamadas de Alex. Siempre me hacía sentir mejor.
—Perfecto.— Escuché una pequeña risa al otro lado de la línea. —Baja un momento.— Fruncí el ceño.— Tengo algo para ti.
—¿Qué es?— Pregunté con entusiasmo.
—Si te lo digo, pierde la gracia.
Negué con una sonrisa. —Cinco minutos.— Colgué.
Guardé los planos dentro de la carpeta, tomé mi bolso y apagué la luz de la oficina. El pasillo estaba casi vacío.
Mientras caminaba hacia el elevador, mis ojos se desviaron, como siempre, hacia el despacho del presidente. La puerta permanecía entreabierta.
Nikolai seguía ahí. Inclinado sobre su escritorio revisando planos. Trabajando como si el resto del mundo no existiera. Me quedé observándolo apenas un segundo.
Ni siquiera levantó la vista.
No sabía que me iba.
No sabía que alguien me estaba esperando abajo.
Yo tampoco esperé a que me mirara. Las puertas del elevador comenzaron a cerrarse lentamente. Por primera vez en diez años… Fui yo quien apartó la mirada primero.
Y no tenía idea de que aquella pequeña decisión…
Sería el principio del fin de todo lo que creía sentir.