Capítulo dos
Capítulo dos
Vivienne
Dormí apenas tres horas
. Maldita vida de adulto. No porque el proyecto lo necesitara, sino porque yo necesitaba demostrarme que Nikolai estaba equivocado.
A las siete y veinte de la mañana ya estaba sentada frente a mi escritorio.
Volví a revisar cada plano.
Cada cálculo.
Cada nota.
Por quinta vez.
No encontré un solo error más. Solo el mismo pensamiento de siempre. Nunca era suficiente para él. Tomé la carpeta y respiré hondo.
Si quería sobrevivir trabajando en Asterion, tendría que aprender a dejar de tomarme las críticas de Nikolai como algo personal. Lástima que mi corazón nunca recibiera el mismo memorándum que mi cerebro.
Hice mi parada de todas las mañanas en la cafetería del edificio. —¿Lo de siempre? —preguntó la barista apenas me vio entrar.
Sonreí. —Lo de siempre.— No hacía falta explicar qué significaba.
Un latte de vainilla para mí.
Un americano, sin azúcar, para él.
La chica colocó ambos vasos sobre el mostrador. —Algún día deberías dejar que él venga por el suyo.— Solté una pequeña risa.
—No creo que ese día llegue.— dije mientras tomaba los dos cafés y salí de la cafetería.
Era una costumbre tan antigua que ya ni siquiera recordaba cuándo había empezado. Solo sabía que, desde hacía años, ninguna de mis mañanas comenzaba realmente hasta dejar aquel vaso de café sobre el escritorio de Nikolai Sokolov.
Al salir de la cafetería, el pasillo aún estaba casi vacío. A esa hora solo había dos tipos de personas en Asterion. Los obsesionados con su trabajo…
Y Nikolai Sokolov.
Aunque, siendo sincera, no estaba completamente segura de que fueran categorías distintas. Sonreí para mí misma mientras caminaba hacia el despacho presidencial.
Tres golpes suaves.
—Adelante.— Empujé la puerta.
Como siempre, él ya estaba trabajando. El reloj apenas marcaba las siete y media.
Dejé los dos cafés sobre su escritorio.
Como todas las mañanas.
Él tomó el suyo sin siquiera levantar la vista.
Di un paso hacia el escritorio y deslicé la carpeta frente a él. —Traje las correcciones, Niko.— Su mano se detuvo sobre la carpeta.
Por primera vez desde que entré, levantó la vista. —¿Cuántas veces tengo que decirte que no me llames así durante el horario laboral?— Parpadeé.
—Nunca me lo habías dicho.— Bromeé.
—Entonces considérelo la primera.— Sonreí de lado. Amargado.
—Está bien… señor presidente.— Él arqueó una ceja.
—Tampoco.— Dijo mientras olía el café.
—Es que Nikolai suena demasiado formal.
—Ese es mi nombre.
—Pero “Niko” te queda mejor.— Sonreí.
—No me interesa lo que me quede mejor, Hale.— Rodé los ojos.
—Qué amargado eres.— Él ignoró por completo el comentario. Tomó un sorbo del café.
Frunció apenas el ceño. —Está frío.— Miré el vaso.
—Lo compré hace menos de cinco minutos.— Dije mientras tomaba el vaso entre mis dedos para comprobar la temperatura.
—Entonces deberías cambiar de cafetería.
Suspiré. —Algún día aprenderás a decir “gracias”.
—No recuerdo haberte pedido café.— Solté el vaso inmediatamente con más fuerza de la necesaria.
Ahí estaba. Nunca me lo agradecía. Y, sin embargo, jamás lo rechazaba.
Aparté ese pensamiento antes de que volviera a hacerme daño. Él abrió la carpeta. Durante varios minutos no habló. Solo revisó cada plano con una concentración casi obsesiva.
Lo observé pasar las hojas una por una. No hojeaba.
Leía.
Analizaba.
Calculaba.
Sus ojos recorrían las cotas, los materiales, las memorias estructurales y hasta las notas al margen que probablemente nadie más se molestaría en revisar. De pronto tomó un lápiz.
Hizo una anotación.
Después otra.
Y una tercera.
Mi estómago se encogió. —¿Hay algo mal?— No respondió.
Se levantó. Caminó hasta la enorme pared de cristal donde estaba colgado el plano principal. Lo fijó con unos imanes metálicos. Retrocedió varios pasos y cruzó los brazos.
Permaneció casi un minuto completo observándolo. Yo ya estaba desesperándome.
Finalmente habló. —El cálculo de cargas está correcto.— No pude evitar sonreír.
—Te dije que lo había hecho.— Sonreí desafiante.
—No te emociones.— La sonrisa desapareció casi al instante.
Él tomó un marcador negro y trazó una línea sobre la terraza principal. —El problema nunca fue ese.— Se acercó un poco más al plano. —Mira esto.— Me coloqué a su lado.
Él señaló la terraza con la punta del marcador.
—Diseñaste un espacio para que las personas contemplen el río.— Asentí.
—Ese era el concepto.— Dije buscando su mirada.
—Entonces… ¿por qué obligas a todos a caminar cuarenta metros antes de llegar al mejor punto de vista?— Fruncí el ceño. No lo había visto. Él continuó. —La experiencia arquitectónica empieza desde que alguien pone un pie en el edificio. No cuando llega al final del recorrido.
Tomó otro marcador. Con apenas tres líneas modificó la circulación. El acceso quedó mucho más limpio.
Más natural.
Más elegante.
Me quedé observando el dibujo. Era… Mejor.
Muchísimo mejor.
Lo odiaba, porque acababa de mejorar mi proyecto en menos de treinta segundos. Y lo admiraba por exactamente la misma razón.
Él dejó el marcador sobre la mesa. —Ahora sí. Ese hotel merece llevar el nombre de Asterion.— Sentí un pequeño nudo en la garganta.
Era, probablemente, el elogio más grande que Nikolai Sokolov era capaz de hacer. Aunque sonara más a una evaluación que a un cumplido.
—Gracias…— Murmuré casi sin pensar.
Él cerró la carpeta. —Entrégalo al cliente esta tarde.— Asentí.
Cuando estaba por salir, su voz volvió a detenerme.
—Hale.
Me giré. —¿Sí?— Contesté observándolo directamente a los ojos.
—Mañana…— Miró el vaso de café durante un segundo. Mi corazón dio un vuelco. —…si vas a insistir en traer café que, al menos, esté caliente.— Lo miré incrédula.
Una sonrisa escapó de mis labios. —Eso ha sonado muchísimo a que quieres que vuelva a traértelo.— Él sostuvo mi mirada apenas un instante.
—Ha sonado a que no desperdicies dinero.
Claro. Debí imaginarlo.
Salí del despacho negando con la cabeza.
Era imposible entender a Nikolai Sokolov.
~
El resto de la tarde transcurrió entre correcciones, llamadas con proveedores y un cliente que no lograba decidir si prefería mármol italiano o piedra caliza.
Cuando el reloj marcó las seis menos cuarto, cerré el ordenador con un suspiro.
Necesitaba salir de ahí antes de que mi cerebro empezara a diseñar edificios en lugar de contarlos para dormir.
Tomé mi bolso y caminé hasta la oficina de Anastasia. Como de costumbre, ni siquiera llamé a la puerta.
—¿Ana…?— Empujé la puerta. —…¿lista para irnos, Ni…?— Me detuve en seco.
Nikolai estaba sentado frente al escritorio de su hermana, revisando unos documentos.
Ni siquiera levantó la vista. —Buenas tardes, Niko.— Silencio.
Solo el sonido de una hoja al pasar.
Rodé los ojos. —Qué entusiasmo.— Anastasia soltó una carcajada.
—No le pidas milagros.— Nikolai dejó la pluma sobre la mesa.
—¿Terminaste tus correcciones?
—Sí.— Rodé los ojos.
—¿Las revisaste dos veces?— Ni siquiera me miró.
—Cinco.— Dije con un todo de superioridad.
—Revísalas una sexta.— Bastardo
Fruncí el ceño. —¿Es tu forma de decir “buenas tardes”?
—Es mi forma de asegurarme de que mañana no tenga que volver a corregirte.— Bufé.
—Qué detalle.
Anastasia negó con la cabeza. —A veces me pregunto si de verdad son adultos.
—Yo también me lo pregunto —respondió Nikolai sin apartar la vista de los papeles—. Principalmente cuando ella habla.
Abrí la boca, ofendida. —¿Sabes qué, Niko?
—No me llames así.— Sonreí con inocencia.
—¿Así cómo?— Por fin levantó la vista.
Esos ojos verdes me observaron durante un segundo. —Niko.
Incliné la cabeza. —Pero llevo llamándote así toda la vida.
—Y llevas toda la vida haciéndolo mal.
—Qué raro.— Sonreí aún más.
—Nunca te había molestado.
—Nunca dije que no me molestara.— Anastasia resopló.
—¿Podrían dejar de comportarse como un matrimonio de cuarenta años?
Los dos la miramos al mismo tiempo. —No.— Respondimos a la vez.
Mi mejor amiga soltó una carcajada. —Son imposibles.
Negué divertida. —¿Entonces para qué querías verme?— Anastasia dio una palmada.
—Cierto. Mamá y papá llegan esta noche.
Abrí mucho los ojos. —¿Hoy?
—El vuelo aterriza a las ocho. Tus padres también regresan hoy, así que mi mamá organizó una cena en casa.— Sonreí sin poder evitarlo.
Hacía casi un mes que nuestros padres estaban recorriendo Europa por negocios.
—Ya era hora.
—Y estás obligada a venir.
—Como si alguna vez me perdiera una cena en casa de ustedes.
Nikolai cerró la carpeta de golpe. —Procura no llegar tarde.— Lo miré.
—¿Me estás invitando?— Él arqueó una ceja.
—Te estoy recordando que mi madre detesta esperar.
—Ah…—Sonreí. —Por un momento pensé que querías verme.
Anastasia se llevó una mano a la frente.
Nikolai ni siquiera pestañeó. —Si quisiera verte, te citaría para revisar otro proyecto.
Sentí el golpe.
Como siempre.
Sonreí igual. —Entonces procuraré no diseñar ninguno nuevo hoy.— Tomé mi bolso. —Los veo en la noche.— Me acerqué para abrazar a Anastasia.
Después miré a Nikolai.
—Adiós, Niko.
Él suspiró con evidente fastidio. —Hale.
Salí de la oficina con una sonrisa. Porque, aunque jamás lo admitiría… Sabía perfectamente que volvería a llamarlo Niko la próxima vez.
Y la siguiente.
Y la siguiente.
~
La casa de los Sokolov siempre olía igual.
Canela.
Madera.
Y el perfume de la señora Elena. No importaba cuánto tiempo pasara, siempre era el mismo aroma, conseguía hacerme sentir que estaba llegando a casa.
Empujé la puerta sin necesidad de tocar.
Después de tantos años, habría sido extraño hacerlo. Conocía cada rincón de aquella casa de memoria. El escalón de la escalera que crujía si lo pisabas en el centro. La biblioteca donde Anastasia y yo fingíamos estudiar mientras terminábamos viendo películas. La cocina donde la señora Elena insistía en que probara todo lo que cocinaba.
Y el enorme ventanal del jardín… Mi favorito. Me detuve un instante frente a él. Todavía seguía ahí, exactamente igual. Sonreí sin querer y de repente volví a tener catorce años.
Anastasia y yo corríamos por toda la casa jugando a perseguirnos con unos globos que habíamos robado de la decoración del cumpleaños del señor William.
—¡Vivienne! ¡Devuélvemelo!—¡Nunca!Reía tan fuerte que apenas podía respirar.Doblé una esquina demasiado rápido.Y choqué contra alguien.Unos brazos me sujetaron antes de que terminara sentada en el suelo.—¿Siempre corres sin mirar?Levanté la vista.Niko.Tenía diecinueve años.Llevaba una camisa blanca remangada hasta los antebrazos y esa expresión seria que parecía haber nacido con él.—Perdón…Murmuré.Él soltó un pequeño suspiro.—Eres un desastre.Me acomodó con cuidado para que recuperara el equilibrio.Y me soltó casi de inmediato.Ni siquiera volvió a mirarme.Siguió caminando como si aquello no hubiera significado nada.Yo, en cambio…Me quedé completamente inmóvil.Con el corazón latiendo tan fuerte que estaba convencida de que todos podían escucharlo.—¿Viv?— La voz de Anastasia me devolvió al presente. Parpadeé varias veces. Había estado mirando el ventanal demasiado tiempo.
—¿Qué haces ahí parada?
Sonreí. —Nada, solo estaba recordando.— Seguí caminando hacia el comedor.
Una parte de mí seguía teniendo catorce años y seguía sintiendo exactamente lo mismo cada vez que cruzaba aquella puerta.
Apenas crucé la puerta, el olor a canela me arrancó una sonrisa. La señora Elena llevaba años encendiendo las mismas velas aromáticas. Decía que una casa debía ser reconocible incluso con los ojos cerrados.
Y tenía razón.
Si alguien me hubiera vendado los ojos y me hubiera dejado ahí dentro, habría sabido perfectamente dónde estaba.
—¡Mi niña!— No tuve tiempo ni de dejar el bolso. Elena me abrazó con la misma fuerza con la que lo hacía cuando tenía diez años. Nunca entendí cómo podía abrazar a alguien con tanta elegancia.
—Déjame verte.— Tomó mi rostro entre sus manos. —¿Estás comiendo bien?
Reí. —Hola para ti también.
—Eso no respondió mi pregunta.— Dijo con mi rostro aún en su manos.
—Sí, estoy comiendo.— Me observó unos segundos más. Como si buscara confirmar que no le estaba mintiendo.
Después sonrió satisfecha. —Perfecto. Ahora sí, bienvenida a casa.— Y ahí estaba el problema. Cada vez que Elena decía bienvenida a casa… Una parte de mí olvidaba que aquella casa nunca había sido realmente mía.
—¡Eso es trampa!— La voz de mi padre resonó desde el comedor antes incluso de verlo. Sonreí automáticamente.
Papá tenía la extraña capacidad de convertir cualquier conversación en una competencia. Entré riendo. Él estaba de pie con una copa de vino en la mano, señalando a Mikhail como si estuvieran discutiendo un asunto de vida o muerte.
—Te digo que la idea fue mía.— Mikhail levantó una ceja.
—William, llevas treinta años apropiándote de mis ideas.
—Eso se llama liderazgo.— Dijo papá girando el vino de su copa con una mirada triunfante.
—Eso se llama robo.— Contraatacó Mikhail. No pude evitar reír.
Llevaban más de treinta años siendo socios. Y seguían discutiendo exactamente igual que el primer día. De pequeña pensaba que iban a pelearse de verdad. Ahora sabía que aquella era su forma de demostrarse cariño.
Mi mamá apareció detrás de ellos con varias cajas entre los brazos. —¿Van a seguir discutiendo o alguien piensa ayudarme?
Papá dejó la copa sobre la mesa de inmediato. —Claro que sí.— Le quitó las cajas como si acabara de recordar que era un caballero.
Mi madre sonrió. Siempre me había parecido la persona más tranquila del mundo. Era de esas mujeres que transmitían paz con solo entrar en una habitación. Tal vez por eso papá se había enamorado de ella. Ella era el equilibrio perfecto para todo el caos que él representaba.
—¿Qué trajiste?— pregunté.
—Postres.
—Mamá…— Reproché.
—No protestes. Sabía que hoy llegarías cansada y no ibas a tener tiempo de hornear.— Sonreí.
Mi mamá siempre encontraba la manera de hacerme sentir cuidada. Aunque ya tuviera veinticuatro años.
La puerta volvió a abrirse. —Espero que todavía quede comida porque manejé cuarenta minutos solo para soportarlos.
Sonreí antes de girarme. —Dmitri.
Él abrió los brazos exageradamente. —¡Mi arquitecta favorita!— Me abrazó tan fuerte que casi me dejó sin aire.
—¿Solo favorita?— pregunté riendo.
—Bueno…—Miró alrededor. —Mi arquitecta favorita que no amenaza con despedirme.
Mi mirada viajó automáticamente hasta Nikolai. Seguía sentado con una copa de vino en la mano. Como si nada de todo aquello estuviera ocurriendo.
—Hola, dictador —dijo Dmitri.
—Hola, problema.— Respondió Nikolai sin levantar la vista.
Dmitri me guiñó un ojo. —¿Ves? Así demuestra cariño.— No pude evitar reír.
Nikolai sí levantó la vista esta vez. Solo para mirar a su primo con evidente fastidio.
—¿Piensas hablar toda la noche?
—Es el plan.— Dijo sonriente.
—Qué desafortunado.— Rodó los ojos.
—Para ti. Para mí será divertidísimo.— Negué con la cabeza.
Dmitri tenía un talento especial para sacar de quicio a Nikolai. Y, curiosamente… Era de las pocas personas en el mundo que parecían disfrutar haciéndolo.
Mientras Elena terminaba de servir la cena, papá levantó su copa.
—Brindo porque, después de tres semanas de viaje, descubrí que nadie ha incendiado Asterion.
Dmitri levantó la mano. —Todavía.— Todos rieron. Todos… Menos Nikolai.
Papá señaló a Dmitri con el tenedor. —Ese sí es un comentario optimista.
—Realista —corrigió Dmitri.
Mikhail negó con una sonrisa. —La empresa sigue exactamente donde la dejamos.— Nikolai asintió.
—Con algunos cambios.— Papá levantó una ceja.
—¿Buenos?
—Necesarios.
Papá bebió un sorbo de vino. —Eso suele significar que hiciste trabajar al doble a todo el mundo.
—Funcionó.
—Siempre dices lo mismo.— Nikolai dejó los cubiertos sobre el plato.
—Porque siempre funciona.
Papá soltó una pequeña risa. —Definitivamente eres hijo de tu padre.— Mikhail sonrió orgulloso.
—Lo tomaré como un cumplido.
Yo permanecía en silencio. No porque no quisiera hablar. Sino porque conocía demasiado bien esas conversaciones. Cuando los Hale y los Sokolov hablaban de Asterion… La cena dejaba de ser una cena. Se convertía en una junta.
Papá volvió a hablar. —¿Y cómo van los proyectos del Hudson?— Sentí cómo Nikolai levantaba apenas la vista.
—Avanzando.
—Viv me comentó que estaba trabajando en uno de ellos.— Asentí.
—Sí.— Nikolai habló antes de que pudiera decir algo más. —Todavía necesita ajustes.— Apreté ligeramente el tenedor.
Papá me miró. Después a él. —William Hale no crió a una arquitecta mediocre. — Nikolai sostuvo su mirada.
—Nunca dije que lo fuera.
—Pero lo insinuaste.— Mikhail intervino antes de que la tensión creciera.
—William…
Nikolai se adelantó. —El proyecto tenía errores.
—Tenía un documento sin adjuntar —respondí por primera vez. Toda la mesa quedó en silencio. Continué. —No eran errores estructurales. Olvidé incluir un anexo, nada más.— Nikolai apoyó tranquilamente la espalda en la silla.
—En arquitectura un documento olvidado puede costar millones.
Lo miré directamente. —Y una corrección privada puede evitar humillar a un socio delante de veinte personas. Silencio.
Dmitri dejó lentamente el vaso sobre la mesa. —Uy… Creo que voy a servirme más vino.— Nadie le hizo caso.
Papá habló con calma. —Vivienne tiene razón. No eres su jefe, eres su socio. Los dos tienen exactamente las mismas responsabilidades dentro de la empresa. La única diferencia es que tú ocupas la presidencia.
Nikolai ni siquiera pestañeó. —Precisamente por eso le exijo más.
Fruncí el ceño. —¿Más que al resto?— Creí que me ahogaría con mi propio veneno.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque puedes dar más.— Solté una risa incrédula.
—Qué curioso. Yo pensaba que simplemente disfrutabas hacerme la vida imposible.
—Viv…— advirtió Anastasia en voz baja. La ignoré. Miré nuevamente a Nikolai.—¿Sabes qué, Niko?— Su mandíbula se tensó.
—No me llames así.— Sonreí.
—¿Así cómo?
—Niko.— Dijo de manera despectiva.
—Llevo llamándote así desde que tenía cuatro años.— Dije rápidamente.
—Pues deja de hacerlo.
Incliné ligeramente la cabeza. —No.— Los labios de Dmitri comenzaron a temblar, estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no reírse.
Nikolai respiró lentamente. —Vivienne.
—¿Sí, Niko?— Mencioné haciendo énfasis en lo último.
—Te estoy hablando en serio.— Dijo con un tono de voz que podría congelar el desierto.
—Yo también.— Él entrecerró los ojos.
—Deja de llamarme así.
Me crucé de brazos. —Haz que quiera dejar de hacerlo. — Por primera vez en toda la noche…Vi algo diferente en sus ojos. No era enojo. Era desesperación.
Uyy.
Y desapareció tan rápido como apareció. Volvió a colocarse esa máscara fría de siempre. —Sigues siendo igual de infantil.— Le sonreí.
—Y tú igual de amargado.— Dmitri soltó una carcajada tan fuerte que casi se atragantó con el vino.
—¡Por Dios! ¡Al fin alguien se lo dice en la cara!— Elena le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Compórtate.
—Lo intento, tía, pero esto está mejor que cualquier serie.
Mikhail negó con la cabeza. —¿Ven por qué nunca podemos tener una cena tranquila?
—Porque tu hijo tiene el encanto de una auditoría fiscal —respondió Dmitri. Hasta William soltó una carcajada. Y, por un instante, la tensión se rompió.
William levantó la copa una vez más. —Bueno, antes de que estos dos terminen divorciándose sin haberse casado…— Todos soltaron una risa. Incluso yo. —…quiero proponer un brindis.— Todos levantamos nuestras copas. —Por Asterion. Por treinta años de trabajo, y porque espero que ustedes cuatro sean capaces de mantener viva esta empresa cuando nosotros ya no estemos.
El silencio cayó sobre la mesa. Sentí un pequeño nudo en el estómago. Nunca me gustaba cuando hablaban del futuro de esa manera.
Mikhail sonrió. —No tengo dudas. Nikolai está más preparado de lo que yo estaba a su edad.— Papá me miró.
—Y Vivienne también. Solo necesita confiar un poco más en ella.— Bajé la vista hacia mi plato. No estaba segura de creerle.
Entonces Elena cambia el ambiente. —Basta de hablar de trabajo. Quiero saber algo importante.— Miró a Anastasia.
—¿Ya tienes novio?
—¡Mamá!— Todos rieron.
Dmitri levantó una mano. —Yo también quiero responder.
—Nadie preguntó por ti.
—Qué groseros son conmigo.— Elena terminó riéndose.
—¿Y tú, Viv?— Sentí cómo varias miradas caían sobre mí.
—¿Qué hay de ti? ¿Hay alguien especial?
Negué con una sonrisa. —No. Estoy demasiado ocupada sobreviviendo a tu hijo.— Dmitri casi escupió el vino. Anastasia comenzó a reír. Hasta papá soltó una carcajada. Solo una persona no sonrió.
Nikolai.
~
Los platos comenzaron a vaciarse y, poco a poco, la conversación dejó de girar alrededor del viaje de nuestros padres.
Elena fue la primera en ponerse de pie. —Bueno, señores, creo que oficialmente hemos perdido su atención.— Mamá soltó una pequeña risa mientras comenzaba a recoger los platos.
—Es imposible competir con la arquitectura.— Papá levantó ambas manos.
—Protesto.
—¿Ah, sí? —preguntó Elena divertida.
—Todavía no hemos mencionado vigas ni cimentaciones.— Mikhail dejó escapar una carcajada.
—Dales cinco minutos.— Las dos intercambiaron una mirada de absoluta resignación. —Nosotras recogemos esto —dijo mamá tomando algunos platos—. Si ustedes van a empezar con temas de la empresa, prefiero hacerlo con la cocina limpia.
—Yo me quedo a ayudar —anuncié levantándome.
—Ni hablar —respondió mamá sin dejarme acercarme—. Llevamos dos semanas sin vernos. Prefiero que disfrutes la noche.— Elena asintió enseguida.
—Hazle caso a tu madre. Además, si dejas a estos tres solos, mañana compran otro rascacielos.— Dmitri levantó la mano.
—Yo también puedo ayudar.—Todos lo miramos. —¿Qué? —preguntó con total inocencia—. A veces también soy un caballero.
Anastasia soltó una carcajada. —Lo dices como si fuera un acontecimiento histórico.
—Lo es.
Mikhail negó con la cabeza, divertido. —Ven al estudio mejor. Quiero enseñarles los avances del nuevo proyecto. Nikolai fue el primero en ponerse de pie. Papá lo siguió inmediatamente.
Anastasia me dio un pequeño codazo. —Ahora empieza la verdadera reunión familiar.— Sonreí. Tenía razón. Las conversaciones más importantes de nuestra familia nunca ocurrían alrededor de la mesa.
Siempre terminaban en el estudio de Mikhail.
Entré detrás de papá al estudio. Siempre había sido mi habitación favorita de la casa. No por los muebles. Ni por la enorme biblioteca que ocupaba toda una pared. Sino porque ahí había nacido Asterion.
Sobre una repisa descansaba la primera maqueta que papá y Mikhail construyeron treinta años atrás. Seguía torcida. Seguía imperfecta.
Y seguía siendo el mayor orgullo de ambos.
Papá siempre decía que no había edificio demasiado grande para dos amigos con una buena idea. Mikhail encendió la enorme pantalla ubicada frente a la mesa.Un render apareció inmediatamente. Cinco torres de cristal iluminaban la costa de Dubai. No pude evitar quedarme unos segundos observándolo.
Era precioso.
—El cliente aprobó la ampliación hace tres días —explicó Nikolai.
—¿Cinco torres? —pregunté.
—Cinco torres, un hotel de siete estrellas y una marina privada —respondió Mikhail.
Papá soltó un silbido. —Este proyecto va a poner a Asterion en otro nivel.— Nikolai asintió.
—También va a exigir otro nivel de nosotros.— Cambió la diapositiva. Aparecieron decenas de planos. —Vamos a reorganizar equipos. Los arquitectos principales trabajarán exclusivamente en este proyecto durante los próximos meses.
Yo seguía observando las imágenes. Era, sin duda, el proyecto más ambicioso que había visto en mi vida.
—Necesitaremos apoyo externo —continuó Nikolai.
Papá levantó una ceja. —¿Ya tienes a alguien?
—Sí.— Se hizo un breve silencio. —Adrián Laurent.
Papá sonrió inmediatamente. —Buena elección.
—¿Lo conoces? —pregunté.
—Solo una vez, en una conferencia en Suiza. Es brillante.
Mikhail añadió —Lleva años rechazando ofertas de las mejores firmas del mundo. Que haya aceptado trabajar con Asterion habla muy bien de nosotros… y de él.— Dmitri dejó escapar un silbido.
—Pues espero que también sea simpático, porque con uno como Nikolai ya tenemos suficiente.— Niko ni siquiera reaccionó. Siguió pasando diapositivas.
Anastasia, en cambio, ya estaba buscando algo en su teléfono. —Viv…— La conocía demasiado bien.
—¿Qué hiciste?
—Nada. Solo quiero enseñarte una cosita.— Giró la pantalla. Una fotografía ocupaba toda la pantalla.
Traje oscuro.
Sonrisa relajada.
Cabello perfectamente peinado.
—Madre mía… —murmuré sin pensar.
Ana sonrió. —¿A que sí?
—Está…— Busqué la palabra adecuada. —Muy guapo.
—Te lo dije.— Dmitri se acercó por detrás para mirar.
—Déjenme comprobar si exageran.— Observó la fotografía apenas unos segundos. Luego negó con absoluta seriedad. —Esto es un problema.— Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque ese hombre parece sacado de una revista. ¿Cómo se supone que el resto competiremos con eso?— Anastasia soltó una carcajada.
—No todo gira alrededor de ti.
—Claro que sí, soy un hombre muy humilde.— Volví a mirar la fotografía.
—Tiene buena sonrisa.
—Y unos ojos preciosos —añadió Ana.
—Y parece alto —comentó Dmitri.
—¿Desde cuándo analizas hombres? —pregunté riendo.
—Desde que uno amenaza con dejarme sin oportunidades.— Los tres reímos.
Hasta que una voz completamente seria nos interrumpió. —¿Ya terminaron?— Levanté la vista.
Nikolai seguía frente a la pantalla. Nos observaba con esa expresión imposible de leer.
Anastasia todavía sostenía el teléfono. —Solo admirábamos a Adrián Laurent.
—No están aquí para admirarlo.— Su tono fue completamente profesional. —Está aquí porque es uno de los mejores arquitectos de su generación. Nada más.— Apoyé un brazo sobre la mesa.
—Nadie dijo lo contrario, Niko.— Él ni siquiera tardó un segundo.
—No me llames así.— Sonreí.
—Nunca te ha molestado.
—No lo sabes.
—Qué curioso.— Dmitri comenzó a sonreír. Ya sabía lo que venía.
Me crucé de brazos. —Bueno, Niko… ¿Con qué equipo va a trabajar?
—Con el mío.
—¿También conmigo?
—Sí. Pero no confundas las cosas.— Fruncí el ceño.
—¿Qué cosas?— Su mirada permaneció fija en la mía.
—Va a trabajar contigo. No va a coquetear contigo, ni tú con él.— Durante unos segundos nadie habló.
Después fui yo quien rompió el silencio. —No sabía que el reglamento interno de Asterion también incluía instrucciones sobre mi vida sentimental.— Dmitri se tapó la boca para no reír.
Papá levantó la vista de los planos. Incluso Mikhail dejó de hablar.
Nikolai sostuvo mi mirada. —Solo asegúrate de recordar por qué lo contratamos.
—Tranquilo, Niko. Creo que puedo distinguir perfectamente entre un arquitecto brillante…— Hice una pausa, solo para molestarlo. —…y un arquitecto brillante que además es guapísimo.
Dmitri soltó la carcajada más fuerte de toda la noche. —Dios, necesitaba ver esto —dijo limpiándose una lágrima imaginaria—. El gran Nikolai Sokolov preocupado porque alguien más sea considerado atractivo.
—No estoy preocupado —respondió él inmediatamente.
Demasiado rápido.
Todos lo notamos.
Especialmente yo.
Sonreí. —Claro que no, Niko.— Su mirada cayó sobre mí. Esa mirada que siempre parecía estar intentando descifrar algo que ni siquiera yo entendía.
—Deja de llamarme así.— Por primera vez esa noche, no sonó molesto.
Sonó cansado.Y no sé por qué eso me incomodó más.
Tomé mi copa y desvié la mirada. —Buenas noches. Nikolai volvió a los planos ignorándome — como siempre — y salí del despacho.
No sin antes despedirme de todos.
Mientras caminaba hacia mi coche me pregunté si realmente valía la pena seguir tratando de que Nikolai se fijara en mí.