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Capítulo tres

Hasta Que Deje De Esperarte 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo tres

Capítulo tres

Una semana después

Vivienne

Una semana.

Siete días.

Ciento sesenta y ocho horas.

Y Nikolai Sokolov seguía encontrando formas completamente nuevas de poner a prueba mi paciencia. No era un talento cualquiera.

Era un don.

Porque una cosa era corregir un plano y otra muy distinta era encontrar un error en una nota al pie que solo podía leerse ampliando el documento al doscientos por ciento.

Él hacía ambas.

Todos los días.

Lo peor era que casi siempre tenía razón.

Odiaba admitirlo.

Pero también odiaba las aceitunas y eso no hacía que desaparecieran del mundo. Suspiré mientras entraba a la cafetería del edificio.

La barista ni siquiera esperó a que hablara. —¿Lo de siempre?— Asentí.

—Lo de siempre.— Sonrió mientras preparaba los vasos.

—Un latte de vainilla para ti.— Tomó el segundo vaso. —Y un americano sin azúcar para tu gruñón favorito.— Solté una risa.

—No es mi gruñón favorito.— Ella levantó una ceja.

—Entonces deja de traerle café.— Abrí la boca. La cerré. Volví a abrirla.

—Eso es jugar sucio.— La chica sonrió satisfecha.

—Ajá.— Tomé ambos vasos.

—Solo… es una costumbre.

—Las costumbres también se rompen.— No respondí. Porque tenía razón.

Y porque llevaba demasiado tiempo preguntándome cuándo aquella costumbre había dejado de ser un gesto para convertirse en una necesidad. Salí de la cafetería con los dos cafés entre las manos.

Como todas las mañanas dejé los dos cafés sobre su escritorio. Niko tomó el suyo sin levantar la vista de los planos. Yo esperé.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Nada.

Ni un “buenos días”.

Ni un “gracias”.

Ni siquiera un asentimiento con la cabeza.

Tomó un sorbo.

Frunció el ceño. —Está tibio.— Suspiré.

—Buenos días para ti también. — No respondió. Volvió a beber.

Como si el café lo hubiera ofendido personalmente. —Cinco minutos desde que salió de la cafetería y ya perdió temperatura.

—Es café, Niko. No lava volcánica.

—Si estuviera recién hecho, seguiría caliente.— Crucé los brazos.

—Voy a empezar a pensar que el problema no es el café.— Levantó una ceja sin apartar la vista de los planos.

—Nunca ha sido el café.

—Ah, ¿no?

—No.— Esperé. Porque sabía que no iba a desarrollar la idea.

Y, efectivamente, no lo hizo.

Bufé. —Hablar contigo es como intentar sacarle conversación a una pared de concreto.

—Las paredes de concreto suelen decir menos tonterías.— Le dediqué mi mejor mirada de indignación.

—Qué agradable eres por las mañanas.— Sonreí falsamente.

—Funciono igual a cualquier hora.

—Lo sé. Es preocupante.— Antes de que pudiera seguir molestándolo, alguien llamó a la puerta.

—¿Señor Sokolov?— Una mujer rubia, perfectamente arreglada, apareció en el despacho con una carpeta en una mano y dos muffins en la otra.

Reconocí enseguida a Melissa, una de las secretarias del piso ejecutivo. Sonrió apenas vio a Niko.

Bueno…

Le sonrió a él, porque a mí apenas me dedicó una mirada.

—Buenos días.— Niko levantó la vista apenas un segundo.

—¿Qué ocurre?— Ella avanzó hasta el escritorio.

—Pensé que quizá no había desayunado.— Le mostró los muffins.

—Compré de arándanos. Me dijeron que son sus favoritos.— Miré los muffins. Luego el café. Luego a Niko.

Y esperé.

Él observó la bolsa apenas un instante. —No desayuno en la oficina.— La sonrisa de Melissa vaciló.

—Oh… Pensé que…

—Pensó mal.— Silencio. Incluso yo sentí un poco de pena por ella.

Melissa dejó lentamente la bolsa sobre una esquina del escritorio. —Por si cambia de opinión.— Niko ni siquiera la miró.

—Lléveselos.— La chica dudó unos segundos antes de volver a tomar la bolsa.

—Claro, que tenga un buen día.

—Gracias.

Se marchó. Esperé a que la puerta se cerrara y luego lo miré. Él seguía revisando planos como si nada hubiera pasado.

Negué despacio. —¿Siempre eres así de encantador?

—Sí — Contestó sin mirarme.

—Pobrecita.

—Vino a trabajar.— Bufé.

—También vino con muffins.

—Error suyo.— No pude evitar reír.

—Algún día vas a espantar a todas las mujeres de Nueva York.— Por primera vez levantó la vista.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos. —No es un objetivo.

—Pues vas por muy buen camino.— Volvió a bajar la mirada.

—¿Terminaste de revisar el plano?— Suspiré.

—Qué forma tan elegante de cambiar de tema.

—Funcionó.— Rodé los ojos.

—No te soporto.

—Lo sé.— Lo dijo con una tranquilidad desesperante. Como si fuera el comentario más normal del mundo. Y lo peor… Era que ni siquiera estaba seguro de si lo decía para provocarme.

O porque realmente lo creía.

~

Los viernes tenían un efecto extraño sobre mí. No importaba lo pesada que hubiera sido la semana. Siempre llegaba a casa convencida de que iba a dormir doce horas seguidas… Y siempre terminaba haciendo exactamente lo contrario.

Apenas dejé las llaves sobre la barra de la cocina, me quité los zapatos y me dejé caer en el sofá. El silencio de mi departamento era exactamente lo que necesitaba.

Hasta que sonó el teléfono.

Alexander Brooks.

Sonreí antes incluso de contestar. —¿Hola?

—Necesito tu ayuda.— Fruncí el ceño.

—¿Qué quemaste ahora?— Escuché su risa al otro lado de la línea.

—Mi orgullo.— Reí.

—Eso no es nuevo.

—Muy graciosa.

—Lo intento.— Hubo unos segundos de silencio.

—Abrimos la tercera sucursal.— Mi sonrisa apareció sola.

Me incorporé en el sofá. —¿Qué?

—Esta mañana firmamos el contrato.

No pude evitar dar un pequeño grito. —¡Alex!

—Lo sé.

—¡Eso es enorme!

—Así que…— Hizo una pausa dramática. —Como todo repostero exitoso, decidí celebrarlo haciendo exactamente lo que haría cualquier adulto responsable.

Ya sabía por dónde iba. —¿Emborracharte?

—Correcto.— Negué entre risas.

—¿Y por qué me llamas?

—Porque necesito que alguien me impida enviar mensajes vergonzosos después del tercer whisky.

—No puedo prometer eso.

—Entonces al menos acompáñame mientras destruyo mi reputación.— Miré el reloj. Las nueve. No tenía absolutamente nada que hacer. Y, siendo sincera…

Después de sobrevivir otra semana trabajando con Niko… Sentía que me había ganado una copa, o dos.

—¿Dónde?

—The Glass Room.

—Dame cuarenta minutos.

—Sabía que dirías que sí.— Colgué todavía sonriendo.

Antes de levantarme, marqué otro número. —Ana.

—Dime.

—Alex está celebrando que abrió otra sucursal.— Escuché un pequeño grito.

—¡No me digas!

—Nos invitó.

—Voy.— No dudó ni un segundo.

—Pero voy a hacer algo mejor.

—¿Qué?

—Voy a llamar a Dmitri.— Me eché a reír.

—Eso significa problemas.

—Exactamente.

—¿Y tu hermano?— Silencio.

Después… —Bueno…

—Ana…

—Dmitri seguramente lo arrastrará.— Negué con una sonrisa.

—Pobre Alex.

—Pobre bar.

Nuestras más sinceras condolencias.

~

Cuarenta minutos después entendí que Anastasia tenía razón.

Pobre bar.

Alexander ya nos estaba esperando en una mesa enorme. Vestía jeans oscuros, una camisa negra remangada y tenía harina todavía en uno de los puños.

Lo señalé apenas llegué. —Vienes directo de la pastelería.— Levantó el brazo.

—¿Tan obvio?

—Traes evidencia.— Se miró la manga.

—Ah. Bueno… Al menos demuestra que sí trabajo.— Lo abracé con fuerza.

—Felicidades.— Se separó apenas unos centímetros.

—Gracias, significa mucho que estés aquí.— Sonreí. Siempre hablaba así. Como si las personas fueran mucho más importantes que los logros. Quizá por eso era imposible no quererlo.

—¡Llegó la gente divertida!— La voz de Dmitri resonó antes incluso de verlo. Entró al bar como si fuera el dueño.

Anastasia caminaba detrás de él riéndose. Y, unos pasos más atrás…

Niko.

Traje negro.

Sin corbata.

Las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos. Seguía pareciendo la persona menos interesada del planeta en estar ahí.

Dmitri lo señaló. —Lo traje bajo amenaza.

—Mentiroso —respondió Niko.

—¿Ah, no?

—No.

—¿Entonces por qué viniste?— Niko tomó asiento con absoluta tranquilidad.

—Porque alguien tenía que asegurarse de que ustedes no terminaran en la cárcel.— Alexander soltó una carcajada.

—Prometo portarme bien.

—No hablo de ti.— Miró directamente a Dmitri.

—Hablo de él — Media sonrisa apreció en su rostro.

—Qué poca fe me tienen.

—Justificada.— Yo solo negué con la cabeza. Definitivamente, algunas cosas nunca cambiaban.

La noche empezó tranquila. Brindamos por la nueva sucursal. Alexander contó cómo casi incendió el primer horno que compró. Dmitri confesó que una vez intentó hacer brownies y terminó pidiendo pizza.

Anastasia no dejaba de reír, incluso vi a Niko sonreír una vez. Fue apenas un segundo. Tan rápido que casi pensé que lo había imaginado.

Después llegaron los tragos.

Y otro.

Y otro más.

En algún momento dejé de contar. Solo recuerdo que estaba intentando explicarle a Alexander por qué el glaseado brillante era una obra de arte. Y él me escuchaba como si estuviera dando una conferencia en Harvard.

—No lo entiendes…— Le señalé con absoluta seriedad. —El brillo… es psicológico.— Alex comenzó a reír.

—¿Psicológico?

—Sí, si un pastel brilla… automáticamente sabe mejor.

—Eso no tiene ninguna lógica.

—Exacto, por eso funciona.— Anastasia ya estaba llorando de la risa. Dmitri golpeaba la mesa.

Niko cerró los ojos durante un segundo, como si estuviera reuniendo paciencia. —Has bebido demasiado.— Lo miré.

—No — Contraataque.

—Sí.

—No.

—Vivienne.

—¿Qué?

—Deja el vaso.— Lo abracé contra mi pecho.

—No. Es mío.— Él suspiró.

—Eres una irresponsable.— Fruncí el ceño.

—No soy irresponsable.

—Mañana vas a arrepentirte.

—No trabajo mañana.

—No hablo de eso.— Se inclinó apenas hacia mí.

—Hablo de las tonterías que dices cuando bebes.— Lo miré unos segundos. Después sonreí.

—¿Sabes cuál es tu problema, Niko?— Él ya sabía que nada bueno venía después.

—No — Me miró atento.

—Que eres demasiado guapo para ser tan insoportable.

Silencio.

Absoluto.

Alexander abrió mucho los ojos.

Anastasia dejó caer la cabeza sobre la mesa.

Dmitri empezó a reír antes que cualquiera. —¡Lo dijo!— Me giré hacia él.

—Claro que lo dije.— Volví a mirar a Niko. —Mira esa cara. ¿Cómo alguien tan… tan…gruñón…puede ser tan bonito?— Niko cerró los ojos.

Respiró profundamente. —Dmitri.

—¿Sí? — Contestó abanicando las pestañas.

—Llévatela.— Sentenció.

—¿Por qué yo? — Su sonrisa se borró.

—Porque es tu amiga.

—También es la tuya.

—No — Lo miré. Sentí una punzada incómoda en el pecho.

—¿No?

—No.— Lo señalé inmediatamente.

—¡Mentiroso!— Todos me miraron. Lo señalé otra vez. —Claro que eres mi amigo. Desde hace veinte años, y aunque seas el hombre más desesperante del universo…— Hice una pausa para pensar. —Te quiero muchísimo.

Vi cómo algo cruzó fugazmente los ojos de Niko. Algo que desapareció antes de que pudiera entender qué era. Su expresión volvió a ser la misma de siempre.

Fría.

Impasible.

—Precisamente por eso no deberías beber.— No respondió nada más.

Pero, por alguna razón… Aquella noche, fue él quien pagó la cuenta. Y también fue él quien se aseguró de que ninguno de nosotros regresara solo a casa.

Sin admitir jamás que le importaba.

~

El lunes debería ser ilegal.

Sobre todo después de haber descubierto que el tequila y yo no teníamos una amistad tan fuerte como creía.

Entré a Asterion con unas enormes gafas oscuras, un café en la mano y la firme promesa de no volver a aceptar “solo una copa” cuando Alexander sonriera de esa manera. Esa copa se convirtió en un fin de semana lleno de alcohol.

Ni siquiera recuerdo cómo llegué a casa el sábado por la madrugada. Y mucho menos quiero preguntar cómo fue la noche anterior.

Hice mi parada obligatoria en la cafetería.

—¿Lo de siempre? —preguntó la barista.

La miré durante unos segundos. —¿Sabes qué?

Ella sonrió. —¿Ya no vas a llevarle café al señor gruñón?

Suspiré. —Desgraciadamente, las costumbres son difíciles de romper.

Cinco minutos después llevaba un latte de vainilla para mí y un americano sin azúcar para Niko. Porque, aparentemente, me gustaba desperdiciar dinero.

Apenas crucé el área de recepción entendí que algo no iba bien.

La gente caminaba demasiado rápido.

Los teléfonos sonaban sin descanso.

Dos asistentes corrían de un lado a otro con carpetas bajo el brazo.

Y la secretaria de dirección casi chocó conmigo. —¡Perdón, Viv!

—¿Qué pasó?

—El cliente de Dubai recibió la versión equivocada del proyecto.— Sentí que el estómago se me encogía.

—¿Cómo que la versión equivocada?

—Nadie sabe. Solo sabemos que el señor Sokolov está…— Hizo una pausa.— “…siendo el señor Sokolov.”— Eso podía significar muchas cosas.

Ninguna buena.

Respiré hondo.

Tomé ambos cafés.

Y caminé hasta su despacho.

Tres golpes. —Adelante.— Empujé la puerta.

Ni siquiera levantó la vista. Como siempre.

Dejé su café sobre el escritorio. —Buenos días, Niko.

—No.— Parpadeé.

—¿No qué?

—No son buenos días.— Claro, debí imaginármelo.

Él tenía varias pantallas encendidas.

Planos abiertos.

Correos.

Llamadas.

Nunca lo había visto trabajar tan rápido.

—¿Ya sabes lo que ocurrió? —preguntó.

Negué. —Acabo de llegar.

Por fin levantó la vista. —Entonces te lo resumo.— Tomó una carpeta y la dejó frente a mí. —El cliente recibió un render desactualizado.— Abrí la carpeta.

Era cierto.

Pero…

Fruncí el ceño. —Este archivo ni siquiera salió de mi computadora.

—No. Salió del equipo que coordinabas.

—Niko…

—No. Escúchame tú.— Su tono hizo que cerrara la boca. —Quiero una explicación.

Respiré despacio. —No puedo darte una porque no fui yo quien envió ese archivo.

—Eras responsable del proyecto.

—Era responsable del diseño. No del departamento de visualización.— Él apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Cuando diriges un proyecto eres responsable de todo.— Sentí que algo empezaba a hervirme dentro.

—Eso es imposible y lo sabes.

—No. Eso es liderazgo.

—Eso es buscar un culpable.— Silencio.

Sus ojos verdes se clavaron en los míos. —¿Qué dijiste?— Tragué saliva.

Todavía podía callarme.

Todavía podía sonreír.

Todavía podía dejarlo pasar.

Como siempre.

Pero estaba cansada.

Muy cansada.

—Dije que estás buscando un culpable, no una solución.— Él dio la vuelta al escritorio lentamente.

Cada paso suyo hacía que el despacho pareciera más pequeño.

Se detuvo frente a mí. —Mide muy bien las palabras que vas a decir.— Lo miré directamente.

—Llevo dos años midiéndolas. Creo que ya me cansé.— Su mandíbula se tensó.

—¿Eso crees?

—Lo sé. Porque cada vez que algo sale mal…me miras a mí primero.— Sentí un nudo en la garganta.

—Porque espero más de ti.— Solté una risa. Pero no tenía nada de divertida.

—¿Sabes qué es lo peor? Que sigo sin saber si eso era un cumplido o un castigo.— Él permaneció completamente inmóvil.

—No dramatices.

Y ahí.

Justo ahí.

Perdí la poca paciencia que me quedaba.

—¡¿Dramatizar?!— Mi propia voz me sorprendió.

Nunca le había levantado la voz.

Nunca.

—¿Crees que esto es dramatizar?— Di un paso hacia él. —¿Sabes cuántas noches llevo sin dormir intentando que todo esté perfecto para que encuentres algo que aprobar?— No respondió. Continué. —¿Sabes cuántas veces he rehecho un plano solo porque imaginé lo que ibas a decir?— Nada. —¿Sabes qué es lo más ridículo?— Mi voz empezó a quebrarse. —Que ni siquiera eres mi jefe. Somos socios. Socios, Niko, no una estudiante buscando la aprobación de su profesor.— Él siguió observándome. Frío, como siempre.

—¿Terminaste?— Lo miré incrédula.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

—No — Hizo una pausa. —Voy a decir que acabas de demostrar exactamente por qué todavía te falta madurar.— Sentí un nudo en el pecho.

—Claro. Si lloro soy inmadura. Si me defiendo soy inmadura. Si trabajo doce horas tampoco es suficiente. Entonces dime… ¿Qué tendría que hacer para que dejaras de tratarme como si siempre estuviera equivocada?— Esta vez sí hubo silencio.

Uno largo.

Pesado.

Él habló mucho más bajo. —Dejar de buscar mi aprobación.— Me quedé completamente inmóvil.

No esperaba esa respuesta. Y, por primera vez en la discusión… No supe qué contestar.

Porque, por mucho que me doliera admitirlo… Tenía razón. Y eso era exactamente lo que más odiaba de él.

~

No recuerdo cómo llegué a casa, solo sé que dejé las llaves sobre la barra de la cocina y permanecí varios minutos de pie, mirando el silencio de mi departamento.

Normalmente, después de un día difícil, llamaba a Ana o a Alex.

Ese día no. No quería hablar, quería dejar de pensar.

Abrí el refrigerador.

Mantequilla.

Huevos.

Queso crema.

Frambuesas.

Sonreí apenas.

Había una razón por la que mi refrigerador siempre parecía el almacén de una pastelería. Cuando algo dolía… Yo horneaba.

Me até el cabello con una liga cualquiera. Me arremangué la sudadera. Y saqué el viejo recetario de tapas color crema. El mismo que llevaba conmigo desde la universidad.

No necesitaba abrirlo. Sabía la receta de memoria.

Cheesecake de frutos rojos.

Mi favorito.

El favorito de Ana.

Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta…

también el de Niko.

Negué con la cabeza. Incluso haciendo postres terminaba pensando en él. —Qué desastre eres, Vivienne.— Encendí el horno.

El sonido del precalentamiento llenó el departamento. Después llegó el ruido de la batidora.

El aroma de la vainilla.

La mantequilla derritiéndose.

Las galletas trituradas.

Era curioso. Cuando diseñaba edificios, mi cabeza nunca dejaba de pensar. Cuando horneaba… Por fin encontraba silencio.

No existían juntas.

Ni clientes.

Ni presupuestos.

Ni hombres incapaces de decir “gracias” por un café.

Solo ingredientes.

Y tiempo.

Siempre me había parecido injusto que un pastel necesitara exactamente lo contrario que las personas. Si lo apresurabas… Se arruinaba.

Mientras esperaba que la base terminara de hornearse, apoyé los antebrazos sobre la isla de la cocina. Miré el pequeño espacio. Era ridículo.

Una cocina de apenas unos metros cuadrados con una batidora que ya pedía jubilarse.

Un horno doméstico.

Y una ventana diminuta.

Aun así…

Nunca me había sentido más feliz que ahí dentro.

Entonces me hice una pregunta, una que llevaba demasiado tiempo evitando.

¿Y si dejo de imaginarla… y empiezo a construirla?

No un edificio.

Una pastelería.

La mía.

Con paredes color marfil.

Estanterías de madera clara.

Grandes ventanales.

Mesas donde la gente pudiera quedarse horas leyendo.

Flores frescas.

El olor constante a pan recién horneado.

Y una caja.

Sonreí.

Una caja blanca.

Con un apellido impreso.

Hale.

Pasé la yema del dedo por la cubierta de mi recetario. Durante años me había repetido que algún día tendría tiempo. Que cuando los proyectos fueran menos exigentes. Que cuando Asterion me necesitara menos. Que cuando dejara de intentar impresionar a Niko.

Solté una risa amarga.

Ese día nunca iba a llegar.

Porque siempre encontraba una nueva excusa para posponer el único sueño que realmente era mío.

Apagué la batidora y me limpié las manos en el delantal. Fui hasta el escritorio del salón. Abrí el portátil. Creé una carpeta nueva. La miré unos segundos, después escribí un nombre.

Pastelería Hale.

No era el definitivo.

Ni siquiera estaba segura de que fuera bueno.

Pero era un comienzo.

El horno emitió un pequeño sonido. La base estaba lista.

Sonreí.

Tal vez… Yo también.