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Capítulo cuatro

Hasta Que Deje De Esperarte 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo cuatro

Capítulo 4

Vivienne

Los miércoles eran peligrosos.

No porque ocurriera algo extraordinario.

Todo lo contrario. Eran tan rutinarios que cualquier cambio terminaba sintiéndose como una catástrofe. Y, tratándose de Asterion… las catástrofes casi siempre empezaban con una reunión convocada por Niko.

A las nueve de la mañana los arquitectos principales ya estábamos sentados alrededor de la mesa de cristal. Reconocí prácticamente todas las caras.

Ernesto.

Nubia.

Mateo.

Dmitri, recostado sobre la silla como si hubiera ido a una cafetería y no a una junta. Anastasia, revisando discretamente su agenda. Y, por supuesto… Niko de pie, frente a la enorme pantalla.

Traje oscuro.

Corbata gris.

La misma expresión de siempre.

No sabía cómo lo hacía, pero incluso las pantallas parecían ponerse firmes cuando él entraba a una habitación.

—Buenos días.— Nadie respondió. No porque fueran maleducados, sino porque era imposible interrumpirlo una vez empezaba.

La pantalla cambió.

Aparecieron los renders del complejo de Dubái. Cinco torres de cristal reflejaban el mar bajo el sol del desierto. Incluso después de haberlos visto en casa de los Sokolov seguían pareciéndome irreales.

—El cliente adelantó la revisión ejecutiva del proyecto.— Niko cambió de diapositiva.

—Quiere una presentación presencial la mañana del jueves.

Ernesto levantó la vista. —¿Tan pronto?

—Sí.

Silencio.

Eso nunca era buena señal.

Niko apoyó ambas manos sobre la mesa. —El vuelo sale hoy a las nueve cuarenta de la noche.— Fruncí el ceño.

Hoy.

Sentí varias miradas cruzarse por la sala. —Viajaremos dos personas.— Mi corazón dio un pequeño vuelco.

No.

Por favor, no.

—Yo.— Respiré. Todavía había esperanza. —Y Vivienne.

La esperanza duró exactamente tres segundos.

Dmitri giró la cabeza hacia mí con una sonrisa que prometía problemas. Anastasia hizo exactamente lo mismo.

Yo seguía mirando a Niko. Esperando que dijera que era una broma. No lo hizo.

—¿Algún inconveniente?

Sí. Muchísimos. Pero ninguno que pudiera decir en voz alta.

Respiré hondo. —Ninguno.— él asintió como si la respuesta fuera exactamente la que esperaba.

—Perfecto. Continuemos.

La reunión terminó exactamente igual que todas las reuniones dirigidas por Niko.

En silencio.

Nadie hablaba hasta que él abandonaba la sala. Era como una ley no escrita de Asterion. Esperé a que saliera antes de recoger mi carpeta.

Suspiré.

Cuatro días.

Cuatro.

Con Niko.

En otro continente.

La vida definitivamente tenía un sentido del humor bastante cuestionable.

—¿Puedo ir a tu funeral?— levanté la vista.

Dmitri ya estaba apoyado sobre la mesa, con esa sonrisa de quien acababa de tener una idea terrible. —¿Perdón?

—Solo quiero organizarme.

—¿Organizar qué?

—Tu despedida.— Fruncí el ceño.

—Todavía no me he muerto.

—Todavía.— Hizo una pausa dramática. —Pero vas a pasar cuatro días encerrada con mi primo. Eso reduce considerablemente tus probabilidades de supervivencia.— no pude evitar reír.

—Exagerado.

—¿Exagerado?— Se llevó una mano al pecho, ofendido.

—Vivienne, ese hombre considera que sonreír es una pérdida de productividad.

—No es para tanto.

—Tienes razón.— pensó unos segundos. —Creo que respirar también le parece una pérdida de tiempo.— solté otra carcajada.

Anastasia apareció a nuestro lado negando con la cabeza. —No hablen así de mi hermano.

Dmitri la miró completamente serio. —Perdón, tienes razón.— hizo una pausa. —Respirar sí lo hace, solo que con actitud.— Ana terminó riéndose. Yo también.

—¿Y tú qué harías? —le pregunté.

Dmitri cruzó los brazos. —Si me obligaran a viajar con Nikolai…— fingió pensarlo. —Renuncio.

—Qué dramático.

—No, dramático sería aceptar.— volvió a mirarme. —¿Ya preparaste tu equipaje?

—Evidentemente no. No sabía que tendría que ir.

—Llévate chocolate.

—¿Chocolate?

—Mucho.

—¿Para qué?

—Para sobrevivir.

—No creo que el chocolate me proteja de tu primo.

—No. Pero al menos tendrás algo dulce en un ambiente donde todo lo demás tiene el carisma de una auditoría fiscal.— volví a reír, era imposible no hacerlo con Dmitri.

—Ah, y otro consejo.

—¿Cuál?

—No le preguntes si quiere conocer Dubai.

—¿Por qué?

—Porque te va a responder que ya vio el plano de la ciudad.

Anastasia soltó una carcajada. —No es cierto.

Dmitri la miró. —¿Cuánto apuestas?

En ese momento una voz completamente seria sonó detrás de nosotros. —¿Ya terminaron?— Los tres giramos al mismo tiempo.

Niko. Por supuesto.

Dmitri sonrió como si hubiera estado esperándolo. —Justo hablábamos de ti.

—Lo imaginé.

—Decía que deberías aprovechar el viaje para divertirte un poco.— Niko lo observó sin cambiar la expresión.

—Voy por trabajo.

—¿Ves?— Dmitri me señaló con un gesto triunfal. —Ni siquiera pregunté y ya empezó.— Me mordí el labio para no reír.

Niko desvió la mirada hacia mí. —El vuelo sale a las nueve cuarenta. No llegues tarde.

Sonreí. —Jamás lo hago.— él asintió.

—Lo sé.— Fue una respuesta tan breve… y tan inesperada que por un instante me quedé mirándolo.

Porque, viniendo de Niko… aquello era casi un cumplido. Él simplemente se dio la vuelta y siguió caminando. Dmitri esperó a que desapareciera por el pasillo.

Luego se inclinó hacia mí y susurró: —Creo que esa fue su forma de decir que confía en ti.— lo miré de reojo.

—Creo que necesitas dormir más.

—También es posible.

~

Siempre había pensado que los aeropuertos eran una especie de ciudad donde nadie vivía.

Miles de personas caminando con prisa. Maletas deslizándose sobre el suelo brillante. Anuncios sonando cada pocos minutos. Personas despidiéndose como si el mundo fuera a acabarse.

Y el inconfundible olor a café.

Llegué cuarenta minutos antes de la hora acordada. No porque fuera necesario.

Porque viajar con Niko significaba que cualquier retraso de treinta segundos podía convertirse en una conferencia sobre responsabilidad profesional.

Lo encontré exactamente donde imaginé. De pie frente al ventanal de la terminal.

Traje azul marino impecable.

Maleta negra.

Una mano dentro del bolsillo del pantalón.

La otra sosteniendo el teléfono mientras hablaba en inglés con una naturalidad que siempre me daba un poco de envidia. Ni siquiera parecía que fueran casi las nueve de la noche.

Yo, en cambio, llevaba un moño improvisado, unas enormes ganas de dormir y un café entre las manos.

Dos cafés.

Como todas las mañanas.

Como todos los días desde hacía años.

Esperé a que terminara la llamada.

Cuando colgó, levantó apenas la vista. —Llegaste.

—Buenas noches, Niko.— su mirada descendió inmediatamente hasta los vasos.

—¿También en el aeropuerto?— levanté uno de ellos.

—Pensé que un vuelo de catorce horas merecía una excepción.— tomó el suyo sin decir una sola palabra. Como siempre.

Le dio un sorbo.

Frunció apenas el ceño.

Esperé. Ya conocía esa expresión, solo estaba esperando descubrir cuál sería el defecto del día.

—Está más cargado.— No pude evitar sonreír.

—Es exactamente el mismo café de siempre.— volvió a probarlo.

—Hoy sabe diferente.

—No sabía que también eras catador— sonreí.

—No lo soy.

—Entonces deja de buscarle defectos.— él bajó el vaso.

—No los busco. Simplemente aparecen.— negué con la cabeza, divertida.

—Algún día voy a traerte agua caliente para ver qué le encuentras.

—Probablemente esté demasiado caliente.— solté una carcajada.

—Eres imposible.— él comenzó a caminar hacia el filtro de seguridad.

—Lo sé.— lo seguí riendo para mis adentros.

A veces tenía la impresión de que discutir con Niko era una actividad recreativa para él. Y, por alguna extraña razón… Yo siempre terminaba participando.

Después de documentar el equipaje nos dirigimos a la sala de espera. Saqué los boletos de mi bolso. Los revisé una vez. Después otra.

Y fruncí el ceño. —¿Qué pasa? —preguntó Niko.

Le mostré los pases de abordar. —Nuestros asientos.— los tomó.

Los observó apenas unos segundos. —Estamos separados.

—Pensé que la agencia los había reservado juntos.— me devolvió los boletos.

—No importa.— Claro. ¿Cómo iba a importarle?

Nos llamaron para abordar unos minutos después. Él entró primero, yo unos pasajeros detrás.

Cuando encontré mi asiento, descubrí que me tocaba junto a la ventana. Suspiré aliviada, siempre prefería viajar ahí.

Estaba guardando mi mochila cuando una voz habló a mi lado.

—¿Necesitas ayuda?— levanté la vista. El hombre que ocupaba el asiento contiguo sonreía mientras señalaba mi maleta.

Tendría poco más de treinta años.

Cabello oscuro.

Camisa blanca.

Y una expresión amable.

—Gracias, creo que ya pude.— me senté e hizo lo mismo.

Durante unos minutos ninguno habló.

Hasta que saqué la carpeta con los planos. —Arquitecta.— levanté la vista.

—¿Perdón?— sonrió señalando el logotipo de Asterion en la portada.

—Arquitecta. ¿Adiviné?— no pude evitar devolverle la sonrisa.

—Sí.

—Yo soy ingeniero civil. Supongo que hablamos el mismo idioma.— reí.

—Entonces entenderás por qué llevo trabajo en un vuelo de catorce horas.

—Perfectamente.

La conversación comenzó de forma tan natural que ni siquiera me di cuenta.

Hablamos de edificios.

De ciudades.

De cómo Dubái parecía empeñarse en desafiar cualquier límite de la ingeniería.

Me contó que viajaba constantemente por proyectos internacionales. Yo le hablé de paisajismo. De espacios verdes. De por qué seguía creyendo que un árbol bien colocado podía cambiar por completo un edificio.

—Nunca lo había pensado así.— sonrió.

—Se nota que te apasiona.— bajé la vista hacia los planos.

—Muchísimo.

—Es bonito escuchar a alguien hablar de su trabajo de esa manera.— no supe qué responder.

Porque hacía mucho tiempo que nadie me decía algo parecido. En Asterion las conversaciones sobre arquitectura solían terminar con una lista de correcciones.

No con un cumplido.

En una ocasión levanté la vista, Niko caminaba por el pasillo. Seguramente regresaba del baño. Nuestros ojos se cruzaron apenas un instante, su expresión fue exactamente la misma de siempre.

Indescifrable.

Continuó caminando sin detenerse, y yo volví a la conversación.

El resto del vuelo transcurrió entre algunas horas de sueño, películas que apenas presté atención y charlas esporádicas con mi compañero de asiento.

Cuando el avión comenzó a descender sobre Dubái, el ingeniero sonrió. —Fue un gusto conocerte, Vivienne.

—Igualmente.

—Si consigues una tarde libre… Ve al zoco antiguo. Es el lugar más auténtico de toda la ciudad.— sonreí.

—Lo tendré presente.— nos despedimos al bajar del avión.

Tomé mi equipaje de mano y avancé hacia migración. Niko ya estaba esperándome unos metros adelante, como si el vuelo entero no hubiera conseguido mover un solo cabello de su lugar.

Me acerqué. —¿Esperaste mucho?

Comenzó a caminar. —Lo suficiente.

Lo seguí en silencio.

Recorrimos varios metros sin hablar.

Hasta que su voz rompió el silencio. —¿Terminaste?— fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

—La conversación.

Tardé un segundo en entender. —Ah… sí, supongo— asintió apenas.

—Me alegra.— lo miré de reojo.

—¿Por qué?— no dejó de caminar.

—Porque vinimos a trabajar. No a hacer amigos durante el vuelo.— sentí cómo algo dentro de mí comenzaba a irritarse.

—Solo estaba hablando con alguien.

—No.— su respuesta fue inmediata.

—Estabas representando a Asterion.— me detuve, él dio dos pasos más antes de girarse hacia mí.

—¿Perdón?

Su voz seguía siendo tranquila. Fría.

Como si estuviera explicando un plano.

—Cuando viajas por la empresa, dejas de ser únicamente Vivienne Hale. Eres una de las socias de Asterion Architects. Cada conversación, cada comentario y cada impresión que generes también habla de nosotros.

Lo observé incrédula. —¿De verdad acabas de convertir una conversación de avión en una política empresarial?

—No sabes quién era ese hombre. Ni con quién trabaja. Ni qué clientes tiene. Ni qué puede interpretar de una conversación aparentemente inofensiva.— hizo una pausa— Las oportunidades aparecen en cualquier lugar.— me miró a los ojos— Los problemas también.

Respiré hondo. —¿Sabes de qué hablamos durante todo el vuelo?— esperó. —De arquitectura. De ciudades. De ingeniería. No mencioné un solo cliente, no hablé del proyecto, ni siquiera dije por qué veníamos a Dubái.

Su expresión no cambió. —Eso espero.— sentí ganas de aventarle la maleta.

—Eres paranoico.

—Soy responsable.— negué con la cabeza.

—No, eres agotador.— me sostuvo mi mirada unos segundos.

—Tal vez, pero prefiero ser agotador antes que irresponsable.— volvió a tomar el asa de su maleta.

—Compórtate como lo que eres, Vivienne.— fruncí el ceño.

—¿Y qué soy?

Su respuesta llegó sin vacilar. —Una representante de esta empresa. No lo olvides durante este viaje.— se dio la vuelta y siguió caminando.

Yo permanecí inmóvil unos segundos.

Mirándolo alejarse entre la multitud.

Y no pude evitar preguntarme… Si alguna vez aprendería a verme como algo más que una arquitecta.

~

Si alguien me hubiera preguntado cuánto podía durar un vuelo a Dubai… Habría respondido: Demasiado.

Catorce horas encerrada dentro de un avión eran suficientes para hacerme cuestionar todas las decisiones que me habían llevado hasta ahí.

Cuando por fin salimos del aeropuerto, el aire cálido me golpeó el rostro. Eran casi las ocho de la noche. O las tres de la mañana para mi reloj biológico. Sinceramente, ya no estaba segura.

Todo mi cuerpo pedía exactamente tres cosas.

Una ducha.

Una cama.

Y dejar de escuchar inglés durante al menos diez minutos.

El chofer del hotel tomó nuestras maletas mientras Niko respondía un correo desde el teléfono como si acabara de despertarse después de una siesta. Lo observé de reojo. No entendía cómo era posible que siguiera teniendo tanta energía. Empecé a sospechar que no era humano o tal vez funcionaba con baterías, aunque, siendo Niko… Probablemente con críticas constructivas.

El trayecto hasta el hotel transcurrió casi en silencio. Yo iba completamente hipnotizada mirando por la ventana. Los edificios parecían desafiar cualquier lógica. Era como si alguien hubiera decidido construir el futuro y luego hubiera pensado:

”¿Y si lo hacemos todavía más grande?”

Niko, en cambio… Ni siquiera levantó la vista del portátil. Respondía correos, revisaba planos, hacía anotaciones. Juraría que incluso corrigió un presupuesto antes de que llegáramos al primer semáforo.

—¿No piensas mirar la ciudad? —pregunté.

—La veré cuando termine la reunión.— claro, debí imaginarlo.

Llegamos al hotel veinte minutos después. El vestíbulo era enorme.

Mármol blanco.

Columnas altísimas.

Una lámpara de cristal tan grande que probablemente costaba más que mi departamento.

Un recepcionista nos recibió con una sonrisa impecable.

Nos entregó las tarjetas de las habitaciones, sonreí aliviada.

Por fin, a descansar.

Subimos al elevador juntos, miré mi reflejo en las puertas de acero.

Tenía el cabello completamente despeinado. Las ojeras empezaban a instalarse oficialmente en mi cara y estaba bastante segura de que mi espalda jamás me perdonaría ese vuelo.

Cuando el elevador se abrió en nuestro piso, Niko caminó directamente hacia mi habitación.

Pensé que iba a despedirse — Que ilusa— Se detuvo frente a mi puerta y consultó su reloj.

Habló con la tranquilidad de quien comenta el clima. —Tenemos una reunión en cuarenta minutos— parpadeé.

—¿Qué?

—Con el cliente.— seguí mirándolo, esperando que sonriera.

No lo hizo.

—Acabamos de bajar de un avión — dije confundida.

—Si — me miró con pereza.

—¿Llevamos catorce horas viajando?

—Sí, Vivienne— dijo con un tono más exasperado.

—¿Y quieres trabajar?

—¿Para qué crees que vinimos?— abrí la boca.

La cerré.

Volví a abrirla.

No encontraba palabras.

—Niko… necesito dormir, aunque sea veinte minutos.

Él negó con la cabeza. —Debiste haber dormido en el vuelo, pero preferiste hablar con ese tipo —lo miré boquiabierta —Dormirás después de la reunión

Lo señalé con un dedo. —Estoy convencida de que un día vas a programar una junta en tu propio funeral.

Por primera vez desde que llegamos noté un movimiento casi imperceptible en la comisura de sus labios. No llegó a ser una sonrisa, ni siquiera estuvo cerca.

Pero algo pasó.

Duró menos de un segundo, y desapareció tan rápido que llegué a preguntarme si me lo había imaginado.

—Si ese día llega…— respondió acomodándose el saco. —Espero que todos sean puntuales.

Me quedé viéndolo completamente incrédula —No acabas de decir eso.

—Sí, lo hice.

Solté una risa, no porque fuera gracioso. Porque era imposible discutir con alguien así.

Él me entregó una carpeta. —El cliente estará presente junto con el consejo de inversión, quiero que presentes la propuesta paisajística.— la abracé contra mi pecho.

—¿Yo?— Asintió.

—Es tu proyecto.— lo miré sorprendida.

Después de todo lo ocurrido la semana anterior… no esperaba que me cediera la palabra.

Él continuó hablando con absoluta naturalidad. —Conoces mejor esa parte del proyecto que cualquiera.— hizo una leve pausa— No desperdicies la oportunidad.

Me quedé unos segundos en silencio.

Eso…

Venía de Niko.

Y, traducido a su idioma… Era prácticamente un voto de confianza.

No iba a decir “confío en ti”.

Jamás. Pero sí me estaba diciendo: “Hazlo tú.”

Y eso, tratándose de él… Significaba muchísimo más de lo que cualquiera imaginaría.

—Nos vemos abajo en treinta minutos.— se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo.

—Niko.— se detuvo.

No giró. —¿Sí?

Sonreí cansada. —Gracias.— permaneció inmóvil unos segundos.

Después respondió sin mirarme. —No me agradezcas, solo haz un buen trabajo.

Y siguió caminando.

Lo vi alejarse por el pasillo del hotel. Negué lentamente con la cabeza.

Definitivamente… Nikolai Sokolov era el único hombre capaz de convertir un “confío en ti” en una orden militar.

Y, por alguna razón que todavía no entendía… Eso hizo que sonriera durante todo el tiempo que tardé en entrar a mi habitación.

Treinta y cinco minutos después salí con el cabello recogido en un moño impecable, un traje color marfil y tres cafés menos de los que mi cuerpo necesitaba.

Niko ya me esperaba en el vestíbulo.

Como si el jet lag no existiera. Como si dormir fuera una pérdida de tiempo.

Levantó apenas la vista cuando me acerqué, su mirada recorrió mi ropa durante apenas un segundo.

—Cinco minutos tarde.— miré el reloj.

—Son las ocho con cincuenta y cinco — dije extrañada. —La reunión empieza a las nueve.

—Exacto— volvió a detallar mi vestimenta—Por eso debías estar aquí a las ocho cincuenta.

Lo miré unos segundos. —¿Sabes qué?

—¿Qué? — levantó una ceja.

—Estoy empezando a creer que, si algún día tengo hijos, les vas a corregir la hora de nacimiento.— él empezó a caminar.

—Solo si llegan tarde.— lo seguí resoplando.

Definitivamente discutir con Niko era una batalla perdida.

El edificio donde nos esperaba el cliente ocupaba casi una manzana completa.

Todo era cristal.

Acero.

Y un lujo que resultaba casi exagerado incluso para Dubái.

Nos condujeron hasta una sala de juntas enorme. Una mesa de madera oscura. Una pantalla que ocupaba media pared.

Y siete personas esperándonos.

Directores.

Inversionistas.

Ingenieros.

Todos se pusieron de pie para saludarnos.

Niko estrechó cada mano con la misma expresión seria de siempre. —Gracias por recibirnos.— después me presentó —Ella es Vivienne Hale. Socia de Asterion Architects y arquitecta responsable del diseño paisajístico del proyecto.

Escucharlo decir socia en voz alta siempre conseguía hacerme sentir un poco más alta.

Tomamos asiento y la presentación comenzó. Durante los primeros veinte minutos habló únicamente Niko.

Explicó presupuestos.

Calendarios.

Materiales.

Fechas de entrega.

Era impresionante verlo trabajar. Respondía cualquier pregunta sin mirar una sola nota.

Parecía conocer cada cifra de memoria.

Cada contrato.

Cada plano.

Cada metro cuadrado.

Yo apenas intervenía.

Hasta que uno de los inversionistas señaló el render principal. —Tengo una duda.— Todos volteamos hacia la pantalla. —¿Por qué dedicar tanto espacio a jardines?

La pregunta quedó suspendida en el aire. Niko ni siquiera respondió.

Giró ligeramente la cabeza hacia mí, solo dijo una palabra.

—Vivienne.— eso fue todo.

No necesitó decir nada más.

Respiré hondo y me puse de pie.

Tomé el control de la pantalla. —Porque las personas no recuerdan edificios. Recuerdan cómo se sintieron dentro de ellos.— varias miradas se levantaron. Continué. —La arquitectura puede ser espectacular, pero si el espacio no invita a permanecer, el cliente solo admirará el edificio unos minutos antes de marcharse.

Cambié la diapositiva, aparecieron varias simulaciones. —Los jardines no son decoración. Son parte de la experiencia. Reducen la temperatura exterior hasta seis grados durante el verano, disminuyen el consumo energético, generan sombra natural. Y, sobre todo… Invitan a la gente a quedarse.

Un inversionista cruzó los brazos. —¿Y eso genera dinero?

Sonreí. —Muchísimo.— cambié nuevamente la imagen. —Mientras más tiempo permanezca una persona dentro del complejo… mayor será el consumo en restaurantes, tiendas y áreas recreativas. — Niko me miraba con las manos entrelazadas — No estamos vendiendo únicamente un edificio. Estamos diseñando un lugar donde la gente quiera pasar su tiempo.

La sala quedó completamente en silencio.

Continué explicando.

Hablé sobre especies vegetales adaptadas al clima del desierto. Sobre sistemas inteligentes de riego, ventilación cruzada, recorridos peatonales, de cómo una sombra bien colocada podía cambiar la forma en que alguien experimentaba un espacio.

Había olvidado por completo el cansancio.

Cuando hablaba de arquitectura… todo lo demás desaparecía.

La última diapositiva mostró una simulación del complejo al atardecer. El silencio duró varios segundos.

Hasta que uno de los inversionistas sonrió. —Ahora entiendo por qué insistían tanto en mantener esa propuesta.— otro asintió.

—Es brillante.— escuché varias aprobaciones alrededor de la mesa. Incluso uno de los ingenieros tomó fotografías de los renders.

Volví a sentarme. No miré a Niko, ni quería hacerlo.

Porque seguía teniendo la absurda necesidad de saber si estaba orgulloso de mí, y me negaba a buscar esa respuesta en su cara.

La reunión terminó casi una hora después. Todos estrecharon nuestras manos antes de despedirse.

Uno de los directivos incluso comentó: —Ha sido una de las mejores presentaciones que hemos recibido este año.— sentí cómo mis mejillas comenzaban a calentarse y agradecí el comentario con una sonrisa.

Después salimos del edificio. La puerta se cerró detrás de nosotros.

El aire cálido de Dubái volvió a envolvernos. Caminamos varios metros en silencio —Como siempre.

Hasta que Niko habló. —No arruinaste la reunión.— giré la cabeza.

—¿Perdón?— seguía caminando con las manos dentro de los bolsillos como si acabara de comentar el clima.

—Eso. No la arruinaste.— esperé algo más. No llegó.

Solo eso. Negué lentamente con la cabeza.

En idioma Niko… aquello probablemente significaba:

“Excelente trabajo, Vivienne. Supiste defender el proyecto, convenciste al cliente y superaste mis expectativas.”

Lástima que el diccionario “Nikolai-Español” todavía no existiera. Porque empezaba a volverme experta en traducir todo aquello que él jamás decía.

~

Nunca imaginé que el desierto pudiera hacer tanto ruido.

No era un ruido que pudiera escucharse, era uno que se sentía. El viento deslizándose sobre la arena. El sol cayendo lentamente sobre las dunas. La inmensidad.

Todo parecía obligarte a guardar silencio.

El cliente caminaba varios metros delante de nosotros junto con el resto del equipo. Un ingeniero explicaba los límites del terreno. Otro hablaba sobre la resistencia de los materiales frente al calor.

Yo apenas prestaba atención. Estaba demasiado ocupada mirando cómo la luz cambiaba el paisaje.

Me agaché y tomé un poco de arena entre los dedos. La dejé caer lentamente.

El viento la llevó consigo. Sonreí.

—¿Qué estás haciendo?— la voz de Niko sonó a mi espalda.

No me giré. —Mirando.

—Eso ya lo veo — escuché su tono frío hablarme.

—No. Mirando de verdad.— por alguna razón, no respondió.

Seguía ahí.

Esperando.

Levanté la vista hacia las dunas. —Es curioso.

—¿Qué cosa?

—Hace cinco minutos aquella duna era completamente dorada. Ahora parece cobre, y dentro de una hora será casi roja.— él permaneció en silencio y continué hablando, más para mí que para él. —La arena nunca tiene un solo color. Es la luz la que la transforma.

Niko siguió observando el paisaje. Yo no podía dejar de pensar.

Las ideas empezaban a aparecer solas. —Imagina un edificio que hiciera lo mismo.— él giró apenas la cabeza hacia mí.

—¿Cómo? — sus ojos miraron directamente a los míos. Era hermoso.

—Que nunca se viera igual. Que la fachada cambiara conforme cambiara la luz del día. No porque se moviera, sino porque estuviera diseñada para reaccionar a ella.—me giré e hice un gesto con la mano siguiendo la forma de las dunas. —Como esto. Superficies inclinadas, paneles con distintas orientaciones. Que por la mañana reflejaran el cielo y a mediodía el sol, y al atardecer parecieran arena.— no obtuve respuesta.

Cuando volteé… Niko ya había comenzado a caminar otra vez.

Cabrón.

Ni siquiera sabía si me había escuchado. Rodé los ojos.

Claro, hablar con él era prácticamente lo mismo que hablarle al viento.

Dos horas después regresamos a la sala de reuniones. Uno de los inversionistas pidió ver una propuesta más atrevida para la fachada. Niko tomó el control de la pantalla y cambió de diapositiva.

Y entonces la vi.

Me quedé inmóvil.

La fachada ya no era la misma. Los paneles metálicos aparecían orientados en distintos ángulos. La luz transformaba completamente el edificio dependiendo de la hora del día.

Exactamente… Como el desierto.

Levanté la vista hacia él. Ni siquiera me miró. —La intención es que el edificio nunca proyecte la misma imagen dos veces —explicó con absoluta tranquilidad—. Igual que el paisaje que lo rodea.— los inversionistas comenzaron a asentir.

Uno de ellos sonrió. —Eso es brillante.

Sentí un pequeño orgullo… Hasta que recordé que esa idea había salido de una conversación de cinco minutos. Una conversación conmigo.

Cuando la reunión terminó y por fin nos quedamos solos en el pasillo, aceleré el paso hasta alcanzarlo. —Niko.— siguió caminando.

—¿Qué?— apenas me miró.

—La fachada.— se detuvo.

—¿Qué pasa con ella?— lo miré incrédula.

—Era mi idea.— él frunció ligeramente el ceño.

—Sí.— esperé. Nada.

—¿Eso es todo? — sentí un nudo en la garganta.

—¿Qué más quieres?— abrí los brazos.

—No lo sé. Tal vez decir que la idea fue mía.— él me observó como si realmente no entendiera el problema.

—Lo era.

—Entonces ¿por qué no lo dijiste?— su respuesta llegó con la misma calma de siempre.

—Porque el cliente no contrata ideas individuales— fruncí el ceño— Contrata a Asterion.

—Eso no significa que no puedas reconocer el trabajo de los demás —me sostuvo mi mirada unos segundos —¿Necesitas que un cliente sepa que fue idea tuya para sentir que vale la pena?— la pregunta me dejó completamente descolocada.

—No… —sentí mis mejillas arder.

—Entonces no busques reconocimiento donde no importa. Lo importante es que el proyecto sea mejor. Y lo es, Vivienne. — volvió a caminar.

Permanecí inmóvil un instante.

Molesta.

Muy molesta.

Hasta que escuché su voz otra vez.

Sin girarse —Era una buena idea.— solo eso.

Ni “gracias”.

Ni “bien hecho”.

Ni “excelente trabajo”.

Era una buena idea. Suspiré.

En cualquier otro idioma, aquella frase habría parecido mediocre. En idioma Niko… Era prácticamente un aplauso.

~

El sábado llegó mucho más rápido de lo que imaginaba.

Tres días.

Tres reuniones.

Dos visitas de obra.

Cientos de planos.

Miles de correos.

Y exactamente el mismo número de sonrisas de Niko. Ninguna.

El aeropuerto de Dubái estaba tan lleno como cuando llegamos, mientras esperábamos el abordaje, él volvió a abrir el portátil. No importaba dónde estuviéramos. Siempre encontraba algo que revisar.

Me senté a su lado.

Suspiré —¿Alguna vez descansas?

Sin apartar la vista de la pantalla respondió: —Cuando termino de trabajar.

—¿Y cuándo ocurre eso? — mire su perfil concentrado.

—Nunca.— lo miré unos segundos.

No estaba bromeando. Lo decía completamente en serio.

Negué con la cabeza. —Eso explica muchas cosas.— no preguntó cuáles, ni yo las expliqué.

Durante el vuelo de regreso apenas hablamos. Cada uno permaneció inmerso en su propio silencio.

Yo intenté dormir. Leí un poco.

Vi una película de la que no entendí absolutamente nada porque terminé pensando en otra cosa.

En él.

En la reunión.

En la fachada.

En aquella absurda frase.

“Era una buena idea.”

Qué desesperante podía llegar a ser un hombre capaz de convertir un cumplido en un informe técnico. Cuando el avión aterrizó en Nueva York ya era de noche. Recogimos el equipaje y atravesamos el aeropuerto casi sin hablar. Como si el silencio hubiera decidido acompañarnos durante todo el viaje.

Al salir, el aire frío de octubre me recibió con mucha menos amabilidad que el calor de Dubái. Respiré profundamente.

Estaba en casa.

Un automóvil de Asterion esperaba junto a la acera. El conductor abrió la cajuela. Guardó nuestras maletas.

Niko rompió el silencio. —El lunes a las ocho quiero el informe final sobre el proyecto.

Asentí —Lo tendrás.

—También incluye las modificaciones de la fachada.— sonreí apenas.

—Las que surgieron en el desierto — por un instante me observó. Solo un instante.

—Sí, las del desierto.— subió al automóvil.

Yo hice lo mismo.

El trayecto transcurrió exactamente igual que el vuelo.

Silencioso.

Cuando el coche se detuvo frente a mi edificio, tomé mi bolso.

Abrí la puerta —Hasta el lunes, Niko— él apenas inclinó la cabeza.

—Descansa.— me quedé inmóvil.

¿Había dicho… descansa?

Lo miré sorprendida. Él pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

Volvió inmediatamente a esa expresión seria que conocía tan bien —Nos espera una semana complicada.— claro, no podía simplemente desearme un buen descanso.

Tenía que justificarlo.

Sonreí —Tú también deberías intentarlo alguna vez.— no respondió.

El automóvil arrancó. Lo vi alejarse por la calle hasta desaparecer entre el tráfico.

Subí lentamente las escaleras de mi edificio. Abrí la puerta de mi departamento. El silencio me recibió de inmediato dejé la maleta junto al sofá.

Me preparé una taza de té y me senté frente a la ventana.

Nueva York seguía exactamente igual que tres días atrás. La única que parecía haber cambiado era yo. Apoyé la frente contra el cristal. A veces pensaba que entender un plano de quinientas páginas era infinitamente más sencillo que entender a Niko.

Era exigente.

Frío.

Desesperante.

Incapaz de decir “buen trabajo” sin que sonara a una auditoría. Y, sin embargo… En Dubái me había dejado presentar el proyecto, había escuchado mis ideas y las había convertido en parte del diseño. Y, a su manera… Las había reconocido.

Cerré los ojos.

No.

Definitivamente no había forma de entenderlo.

Lo peor… Era que seguía queriendo hacerlo, y quizá ese era el verdadero problema.

Porque mientras yo seguía intentando descifrar a Niko… Jamás me detenía a preguntarme cuándo había dejado de intentar entenderme a mí misma.