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Capítulo cinco

Hasta Que Deje De Esperarte 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo cinco

Capítulo cinco

Vivienne

Si Niko hubiera diseñado el edificio donde vivía Dmitri… probablemente sería un cubo de cristal perfectamente simétrico.

Sin una sola planta.

Sin un solo cuadro.

Y con la palabra diversión prohibida en el reglamento. Por suerte, no lo hizo.

El edificio donde vivía Dmitri ocupaba una esquina completa de Manhattan. Treinta pisos de acero negro y enormes ventanales que reflejaban la ciudad como si fueran espejos.

Era moderno.

Elegante.

Pero tenía personalidad.

Justo como él.

Al bajar del taxi levanté la vista hacia la azotea, las luces del último piso ya estaban encendidas.

Claro.

El señor “voy a hacer una reunión pequeña” seguramente había invitado a media ciudad.

Entré al vestíbulo. El mármol blanco brillaba bajo las lámparas colgantes y una enorme escultura metálica ocupaba el centro de la recepción.

El portero apenas me vio sonrió. —Buenas noches, señorita Hale.

—Hola, Robert— lo salude de vuelta.

—El señor Sokolov lleva preguntando por usted desde hace casi una hora.— Solté una risa.

—¿Tan desesperado está?— Robert negó con una sonrisa divertida.

—Digamos que ya intentó bajar tres veces a recibirla.

Eso sonaba muchísimo más propio de Dmitri. Subí al elevador, mientras las puertas se cerraban, respiré hondo. Era curioso cada vez que visitaba a un Sokolov sabía perfectamente qué esperar incluso antes de abrir la puerta.

La casa familiar olía a canela.

La oficina de Niko olía a café.

Y el departamento de Dmitri…

Bueno. Era imposible describirlo con una sola palabra.

Las puertas del elevador se abrieron directamente dentro del penthouse. La música fue lo primero que me recibió. Después… las risas. Y finalmente el olor a comida.

Muchísima comida.

Sonreí antes incluso de dar un paso. El departamento era enorme, completamente abierto. Las paredes de concreto aparente contrastaban con muebles de madera clara y enormes sofás color arena. No había una sola decoración que combinara con la otra. Una guitarra descansaba sobre un sillón. Un casco de motocicleta ocupaba el centro de la mesa de café. Había fotografías enmarcadas por todas partes.

Viajes.

Conciertos.

Montañas.

Playas.

Y, curiosamente ni una sola estaba acomodada de manera simétrica.

Muy Dmitri.

El ventanal ocupaba casi toda una pared, desde ahí podía verse Manhattan completamente iluminado.

Si el despacho de Niko parecía decir trabaja más… El departamento de Dmitri gritaba vive un poco.

Apenas terminé de observar el lugar, una voz retumbó por todo el penthouse. —¡POR FIN!

Giré justo a tiempo para ver a Dmitri aparecer corriendo desde la cocina con una copa en una mano y un gorrito de cumpleaños completamente ridículo en la cabeza.

Abrió los brazos exageradamente. —¡La estrella de la noche ha llegado!— fruncí el ceño.

—¿Yo?

—No, yo. Pero ya llegaste tú, así que podemos empezar.— no pude evitar reír y me abrazó con tanta fuerza que casi tira mi bolso al suelo.

—¡Feliz cumpleaños!

—Gracias — se apartó apenas unos centímetros para mirarme de arriba abajo —Llegas siete minutos tarde.— lo señalé con el dedo.

—¿Me estás reclamando puntualidad?— ¿acaso Nikolai se estaba apoderando de su cuerpo?

—Por supuesto — le dio un sorbo a la copa que seguía en su mano.

—¿Tú?

—Sí — me crucé de brazos.

—Dmitri, una vez llegaste cuarenta minutos tarde a tu propia fiesta— levantó un dedo.

—Fue una entrada dramática.

—Fue porque te quedaste dormido.

—Los detalles son para gente aburrida.— negué con la cabeza entre risas.

Nunca cambiaría.

Y esperaba que jamás lo hiciera.

Me tomó del brazo. —Ven, necesito que me ayudes a resolver una discusión importantísima.

Lo seguí divertida —¿Qué pasó ahora?

Se inclinó hacia mí como si fuera a contarme un secreto de Estado —Mi primo dice que treinta invitados son suficientes — lo miré unos segundos

—¿Cuántos invitaste?— Sonrió con absoluto orgullo.

—Sesenta y ocho — cerré los ojos.

Respiré profundamente —Dmitri…

—¿Sí?

—Algún día vas a provocarle un infarto a Niko— su sonrisa se hizo todavía más grande.

—Ese es mi regalo de cumpleaños favorito— no pude contener la carcajada.

Llevaba menos de cinco minutos ahí, Dmitri seguía quejándose de que sesenta y ocho invitados no eran suficientes cuando el timbre volvió a sonar. Se quedó completamente inmóvil.

Después sonrió como un niño de cinco años la mañana de Navidad. —¡Llegó!— salió prácticamente corriendo hacia la puerta.

Yo lo seguí con mucha menos prisa. Apenas la abrió, levantó ambos brazos.

—¡ALEXANDER, HERMANO!— Alexander apenas alcanzó a sonreír antes de que Dmitri lo envolviera en un abrazo exageradamente dramático.

—Creo que me estás asfixiando.

—Es mi cumpleaños, tengo derechos.

—No sobre mis pulmones — no pude evitar reír.

Alex apareció por fin completamente dentro del departamento sosteniendo una enorme caja blanca con el logotipo dorado de Maison Brooks, la pastelería de su familia —Espero que el festejado siga vivo para probar esto.

Dmitri abrió mucho los ojos. —¿Es…?— Alex asintió con una sonrisa.

—El de pistache y frambuesa que me llevas pidiendo desde hace tres meses— Dmitri se llevó una mano al pecho.

—¿Quieres adoptarme?

—No — no pude evitar reír.

—¿Puedo insistir?

—Tampoco.

—¿Aunque lave los platos?

—Menos— los dos comenzaron a reír.

Negué con la cabeza. Era imposible saber cuál de los dos era más infantil.

Alex levantó la vista y finalmente me vio, su sonrisa cambió por una mucho más tranquila. Más cálida.

—Hola, Viv.

—Hola— me acerqué para abrazarlo.

—¿Cómo va la pastelería?— rodó los ojos con una sonrisa cansada.

—Sobreviví al cumpleaños de una influencer que quería un pastel de cinco pisos con forma de bolso— fruncí el ceño.

— ¿Eso existe?

—Lamentablemente — su cara de sufrimiento me sacó una sonrisa.

—¿Y lo hiciste?— asintió.

—Lo hice.

—¿Y?

—Descubrí que el fondant también sirve para poner a prueba la paciencia humana— solté una carcajada.

—No has cambiado nada.

—Eso intento — Dmitri carraspeó exageradamente.

—Perdón por interrumpir este reencuentro tan emotivo…Pero mi pastel sigue aquí parado— Alex negó con la cabeza.

—No te preocupes, siempre eres la prioridad.

—Lo sé, nací para ser amado.

—Naciste para ser insoportable.

—También.

Entre los tres llevamos la enorme caja hasta la cocina, Alex la abrió con cuidado. Por un segundo nadie dijo absolutamente nada. Era precioso. El glaseado blanco parecía porcelana. Había pequeñas flores hechas a mano rodeando cada nivel. Las frambuesas frescas contrastaban con el verde tenue del pistache. Era demasiado bonito para cortarlo.

—Alex…— Murmuré sin apartar la vista. —Esto es una obra de arte— él sonrió con esa humildad que siempre lo caracterizaba.

—Solo es mantequilla y azúcar— negué lentamente.

—No, es mucho más que eso.— él sabía exactamente a qué me refería, porque yo sentía lo mismo cada vez que terminaba un proyecto.

Cuando haces algo que amas… Deja de ser solo trabajo, se convierte en una parte de ti.

Por un instante imaginé una pequeña vitrina. Mi vitrina. Con postres saliendo del horno, personas entrando únicamente porque el aroma a vainilla las había convencido. La imagen apareció tan clara en mi cabeza…que casi podía verla.

—¿En qué piensas?— la voz de Alex me hizo volver.

Sonreí —En que algún día quiero abrir mi propia pastelería— no pareció sorprendido. Solo respondió con absoluta naturalidad.

—Lo harás— así de simple, como si no existiera ninguna posibilidad de que fracasara.

No dijo “ojalá”.

No dijo “tal vez”.

Dijo lo harás.

Y, por alguna razón… escucharlo de alguien más hizo que sonara posible.

—¡Viv!— la voz de Anastasia resonó desde el pasillo.

—¿Dónde estás?

—¡En la cocina!— apenas apareció en la puerta, abrió mucho los ojos.

—¡Alex!— él sonrió.

—Hola, Ana — ella lo abrazó rápidamente.

—Qué bueno que viniste.

—Dmitri amenazó con dejar de hablarme si no lo hacía.

—Eso no cuenta como amenaza, cuenta como descanso— los cuatro soltamos una carcajada.

Ana me tomó inmediatamente de la muñeca —Ven conmigo.

—¿A dónde?

—A cambiarte— bajé la vista hacia mi ropa.

—¿Qué tiene de malo?

—Nada, pero llevo veinte minutos esperando para enseñarte el vestido que compré y necesito una segunda opinión femenina antes de que llegue media ciudad— me escaneo de arriba a bajo— bueno, ya que lo mencionas, tu ropa de oficina si es mala.

Miré a Alex —¿Me salvas?

Levantó ambas manos —No pienso meterme entre dos mejores amigas. Soy repostero, no héroe.— Dmitri señaló la puerta.

—Ve. Mientras tanto yo convenceré a Alex de adoptarme.

—No va a pasar.

—Déjame soñar— sonreí forzosamente.

Anastasia prácticamente me arrastró hasta una habitación. Apenas cerró la puerta, dejó escapar un suspiro.

—Ahora sí, cuéntamelo todo— fruncí el ceño.

—¿Todo qué?

—Dubái— me dejé caer sobre la cama.

—Trabajamos.

—Viv.

—Muchísimo.

—Viv.

—Dormimos poco.

—Vivienne Hale— suspiré.

—¿Qué quieres que te diga?— Ana sonrió como si ya conociera la respuesta.

—Mi hermano te dejó dirigir la presentación final — la miré sorprendida.

—¿Quién te dijo?

—Él no. Papá — parpadeé.

—Ah — ella comenzó a buscar un vestido en su bolsa.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿No te parece raro?— negué.

—No, él solo estaba ocupado revisando otras cosas— Ana soltó una pequeña risa.

—No conoces a mi hermano— la miré incrédula.

—Ana… lo conozco desde que tenía cuatro años — ella negó lentamente.

—Precisamente por eso — sacó un vestido color vino y lo sostuvo frente al espejo.

—Nikolai jamás deja que alguien presente un proyecto suyo si cree que puede hacerlo mejor. Nunca— se hizo un pequeño silencio.

—¿Y si simplemente estaba cansado?— ella soltó una carcajada.

—¿Mi hermano?

—Sí — la miré con súplica en mis ojos. Me daba falsas esperanzas con él.

—Viv… Nikolai preferiría desmayarse de pie antes que delegar una presentación importante— no pude evitar sonreír.

Tenía razón, sonaba exactamente a él.

—Entonces… ¿Por qué lo hizo?— Ana terminó de acomodar el vestido sobre la cama.

Después me miró —Porque confiaba en que tú podías hacerlo— bajé la vista.

Sentí una pequeña calidez en el pecho, pero me obligué a apagarla casi de inmediato.

—No, seguro solo necesitaba revisar los contratos — trate de convencerme a mí misma.

Ana cruzó los brazos —Siempre haces eso.

—¿Eso qué?

—Buscar una explicación que no implique aceptar que mi hermano pueda admirar algo de ti— reí con suavidad.

—Ana… tu hermano apenas soporta respirar el mismo aire que yo— ella negó con una sonrisa.

—Eso es lo que tú crees— la miré unos segundos, después tomé un cojín y se lo lancé.

Ella lo atrapó entre risas —Estás delirando.

—Y tú eres demasiado terca para darte cuenta de ciertas cosas— no respondí.

Porque era mucho más fácil pensar que Anastasia estaba equivocada… que aceptar la posibilidad de que, detrás de todas las críticas de Niko, hubiera algo que yo todavía no era capaz de entender.

Sostuve el vestido en mi pecho frente al espejo cuando Anastasia volvió a negar con la cabeza.

—No— suspiré.

—¿Qué tiene ahora?

—Que parece que vienes a presentar un proyecto, no a un cumpleaños.

—Es un vestido.

—Es un vestido de arquitecta.

—¿Y eso existe?

—Sí— me señaló de arriba abajo.

—Lo estás usando— abrí la boca para defenderme, pero no tuve oportunidad.

La puerta se abrió de golpe.

Sin un solo aviso.

Sin un golpe.

Sin absolutamente nada.

—Necesito un jurado imparcial— Ana y yo dimos un pequeño salto.

—¡DMITRI!

Él se quedó parado en el marco de la puerta con la misma tranquilidad de alguien que no acababa de irrumpir en la habitación de dos mujeres.

Frunció el ceño —¿Qué?— Anastasia tomó el primer cojín que encontró.

—¡Se toca antes de entrar!

—¿Para qué?— lo dijo con una naturalidad tan absurda que por un segundo pensé que hablaba en serio.

—Porque existe algo llamado privacidad — Dmitri hizo una mueca.

—Las conozco desde que ninguna alcanzaba el fregadero sin un banquito. Eso no cuenta— rodé los ojos.

—Claro que cuenta.

—No— se cruzó de brazos —Para mí siguen siendo las dos niñas que escondían dulces debajo de la cama de Ana— sentí cómo mis mejillas se calentaban.

—¡Eso pasó una sola vez!

—Tres.

—Dos.

—Cinco— Anastasia me miró.

—Fueron cinco.

Suspiré —Está bien… cinco.

Dmitri sonrió victorioso —¿Ven? Nos conocemos demasiado como para andar tocando puertas— Ana le lanzó el cojín. Esta vez sí le dio en el pecho.

—¡Fuera!— él atrapó el cojín antes de que cayera al suelo.

—Qué agresivas— luego me miró.

—Viv, necesito tu opinión profesional— fruncí el ceño.

—¿Sobre qué?— se acomodó la camisa.

—¿Crees que este saco me hace ver como un millonario exitoso …o como un vendedor de autos usados?— no pude evitar reír.

Lo observé unos segundos —Depende.

—¿De qué?

—¿Piensas dejar de hablar cinco minutos?— Dmitri abrió mucho los ojos.

—Entonces sí parezco vendedor de autos— Ana soltó una carcajada.

—Definitivamente — él llevó una mano al pecho, fingiendo estar herido.

—Qué crueles son conmigo— después señaló hacia el pasillo.

—Mientras ustedes destruyen mi autoestima, Alexander ya convenció a mi tía Elena de que lo deje entrar a la cocina— sonreí automáticamente.

Eso solo podía significar una cosa. Alex ya estaba enseñándole algún truco de repostería.

—Y si no bajan pronto —continuó Dmitri—, ese par va a terminar haciendo otro pastel.

—¿Hay algo malo con eso? —pregunté.

—Sí. Que luego me obligan a probar cinco versiones distintas— hizo una pausa dramática —Es una vida muy difícil— le lancé otro cojín, esta vez ni siquiera intentó esquivarlo.

—¡Oye!

—Te lo merecías— retrocedió un paso hacia el pasillo.

—Cinco minutos. Si no bajan… subo otra vez— Anastasia entrecerró los ojos.

—Atrévete— sonrió con esa expresión de niño travieso que siempre llevaba encima.

—Eso sonó más a invitación que a amenaza.

—¡Dmitri!— gritamos ambas.

—¡Ya me voy, ya me voy!

Salió corriendo antes de que encontráramos otro cojín para aventarle. Esperé a que el sonido de sus pasos desapareciera.

Después miré a Ana —¿Cómo puede tener treinta años y seguir comportándose como uno de doce?— ella soltó una risa mientras terminaba de acomodarme el cabello.

—Porque dejó de crecer emocionalmente en secundaria. Y, por alguna razón… nadie en esta familia ha querido arreglar eso.— no pude evitar reír otra vez.

Era imposible permanecer seria cuando Dmitri estaba cerca.

~

Nunca había entendido por qué la gente decía que un vestido podía cambiarte el ánimo, hasta esa noche. El vestido color esmeralda caía con suavidad hasta media pierna. La tela se movía conmigo cada vez que caminaba y la espalda descubierta era elegante sin sentirse exagerada.

Ana insistió en dejar mi cabello suelto, con ondas suaves. Me gustaba vestirme así pero el trabajo muy pocas veces me lo permitía.

—Ahora sí pareces alguien de veinticuatro años.

—¿Qué parecía antes?

—Una arquitecta que iba a presentar un presupuesto— rodé los ojos.

—Voy a dejar de pedirte consejos.

—Mentira— las dos sabíamos que no.

Cuando bajamos al salón principal, las conversaciones se detuvieron apenas un instante. No fue un silencio incómodo. Fue esa pausa inevitable cuando varias personas levantan la vista al mismo tiempo.

Papá sonrió orgulloso, mamá juntó las manos delante del pecho.

—Mi niña…

Alexander levantó ambos pulgares —Sabía que existía debajo de todos esos sacos beige— hice una mueca.

—Muy gracioso— Dmitri apareció con una copa en la mano, me observó de arriba abajo.

Después miró a Anastasia —¿Qué hicieron con Vivienne? — Ana sonrió orgullosa.

—La obligué a vestirse como un ser humano — malditos.

—Pues no vuelvas a dejar que se esconda, porque está…— silbó —Guapísima.

Sentí cómo mis mejillas se calentaban —Gracias.

—No me agradezcas. Agradéceselo a Ana, ella hizo el milagro— todos comenzaron a reír.

Fue entonces cuando levanté la vista.

Niko acababa de entrar.

Traje oscuro.

Sin corbata.

Las mangas ligeramente remangadas.

Se detuvo apenas un segundo. Sus ojos recorrieron toda la habitación… hasta encontrarme.

No dijo absolutamente nada.

Ni un gesto.

Ni una sonrisa.

Ni siquiera un “buenas noches”.

Solo sostuvo mi mirada un instante.

Después siguió caminando como si nada hubiera pasado. Y, por alguna razón… eso me decepcionó más de lo que quería admitir.

La música comenzó poco después. Era una mezcla extraña entre jazz, pop y canciones que Dmitri juraba que todo el mundo conocía. Mentía. Nadie las conocía.

—¡Viv!— antes de que pudiera reaccionar, Dmitri ya me estaba sujetando de la mano.

—Vienes conmigo.

—¿A dónde?

—A salvar esta fiesta.

—No sé bailar.

—Perfecto. Yo tampoco— eso nunca nos ha detenido.

Me arrastró prácticamente hasta el centro de la sala.

No bailábamos.

Saltábamos.

Girábamos.

Inventábamos pasos ridículos. En algún momento terminé riéndome tanto que me dolía el estómago.

—¡Eso ni siquiera es un paso de baile!

—¡Claro que sí!

—¡Parece que te electrocutaste!

—¡Es arte contemporáneo!— no podía dejar de reír.

Alexander apareció unos segundos después —Muévanse. Les voy a enseñar cómo se hace.

—¿Tú sabes bailar?

—No. Pero soy repostero, eso me da confianza.

Los tres terminamos haciendo el ridículo juntos.

Ana sacó el teléfono —Esto va directo al grupo familiar.

—¡No!— Era demasiado tarde.

Mientras seguía riendo, levanté la vista por pura casualidad. Niko seguía donde mismo.

Apoyado junto a la barra con un vaso de whisky en la mano. No hablaba con nadie, solo observaba.

Por un segundo nuestras miradas volvieron a encontrarse. No había enojo, ni molestia.

Solo… una expresión imposible de interpretar.

Como si estuviera intentando entender algo.

Aparté la vista primero. No pensé más en ello.

Un rato después, las luces bajaron ligeramente, Alexander desapareció hacia la cocina. Regresó empujando un enorme carrito. Todos comenzaron a aplaudir y entendí por qué.

El pastel era una obra de arte.

Cuatro pisos.

Fondant color marfil.

Detalles pintados completamente a mano.

Pequeñas estructuras de chocolate que imitaban edificios emblemáticos de Nueva York.

En la parte superior…

Una pequeña figura de Dmitri sosteniendo una copa. Me quedé completamente fascinada.

—Alex…— susurré.

Él sonrió con esa humildad que nunca perdía —¿Qué opinas?

Di una vuelta completa alrededor del pastel.

Cada detalle era perfecto.

Cada textura.

Cada color.

Cada acabado.

—No parece un pastel— lo mire a los ojos— Parece una escultura.

Él bajó la mirada —Ese era el objetivo— lo miré otra vez.

Y no pude evitar pensar en algo, Alexander estaba viviendo exactamente el sueño que siempre había tenido. Había abierto su pastelería. Trabajaba todos los días entre harina, mantequilla y chocolate, la gente hacía fila para probar sus postres. No era el negocio más grande de Nueva York. Pero era suyo.

Completamente suyo.

Sentí un pequeño nudo en el pecho. Yo todavía seguía diseñando edificios para alguien más. Y, en algún rincón de mi cabeza… seguía soñando con abrir una pequeña pastelería.

Una donde cada caja llevara mi apellido como las de Alex. Quizá algún día.

Después del pastel llegaron los regalos. Dmitri abrió los primeros diez haciendo chistes sobre absolutamente todo —Calcetines, fantástico. Justo lo que necesitaba para cambiar el mundo— otro paquete —Una corbata. Ahora sí parezco adulto.

Cuando abrió el regalo de Elena, dejó de hablar. Era un álbum de fotografías desde que era un bebé.

Su sonrisa fue desapareciendo página tras página. Hasta que llegó a una fotografía donde aparecía con sus padres. No dijo nada durante varios segundos, solo pasó el pulgar sobre la imagen.

Elena se acercó despacio —Ellos estarían muy orgullosos de ti— Dmitri respiró hondo.

Sonrió. Pero aquella sonrisa era distinta.

Más pequeña.

Más sincera.

—Los extraño todos los días, tía— el salón quedó completamente en silencio.

Entonces Mikhail le dio una palmada en el hombro — Y por eso nosotros siempre seremos tu familia.

Mi papá asintió —Siempre.

Dmitri levantó la vista. Nos miró a todos y volvió a sonreír.

Esta vez con los ojos ligeramente brillantes. En ese instante recordé algo que casi todos olvidaban. Detrás del hombre que hacía reír a cualquiera… había un niño que había perdido demasiado pronto a las dos personas que más amaba. Y entendí por qué Dmitri nunca dejaba de hacer bromas.

Porque, a veces… las personas que más hacen reír son también las que mejor han aprendido a esconder su tristeza.

~

Poco a poco el departamento fue quedándose en silencio. Las copas vacías desaparecieron de las mesas. La música terminó convirtiéndose en un murmullo apenas audible.

Alexander fue el primero en despedirse —Mañana tengo que abrir la pastelería a las seis— Dmitri hizo una mueca.

—Qué horror trabajar un sábado— Alex sonrió.

—Cuando haces lo que te gusta, deja de sentirse como trabajo— no pude evitar sonreír.

—Buenas noches, Alex— se inclinó para abrazarme.

—Nos vemos pronto, arquitecta.

—Nos vemos, repostero.

Después se despidió del resto y salió del penthouse. Poco después comenzaron a irse nuestros padres. Mamá insistió en llevarse un pedazo de pastel “para el desayuno”.

Papá seguía discutiendo con Mikhail sobre quién había tenido la idea original de Asterion treinta años atrás. Era evidente que aquella discusión nunca terminaría.

Los vi entrar al elevador todavía peleando —¡La idea fue mía!

—¡La empresa tenía mi nombre antes que el tuyo!

—¡Porque el alfabeto te favoreció!— negué entre risas. Nunca iban a cambiar.

Cuando las puertas del elevador se cerraron, solo quedamos nosotros.

Anastasia.

Dmitri.

Niko.

Y yo.

Ana comenzó a recoger las últimas copas.

—Déjenlo todo, mañana viene el personal.

—Eso mismo dijiste hace una hora —contestó Dmitri mientras seguía levantando platos.

—Y aun así sigues ayudándome.

—Porque soy un excelente primo.

—Eres un excelente actor— todos sonreímos.

Tomé mi bolso del sofá —Creo que también debería irme.

Anastasia caminó conmigo hasta la entrada.

Me abrazó fuerte —Gracias por venir.

—¿En serio me estás agradeciendo?

—Sí. Hiciste feliz a Dmitri.— miré de reojo al cumpleañero.

Seguía riéndose mientras recogía el desastre.

Sonreí —Eso es bastante fácil.

—No. No siempre.— sus palabras me hicieron mirar otra vez hacia Dmitri.

Por un instante recordé la fotografía de sus padres. Y comprendí que Ana tenía razón. A veces la risa también era una forma de sobrevivir.

Me acomodé el bolso sobre el hombro —Ahora sí, buenas noches.

—Te llamo mañana.

—Como siempre— nos abrazamos una vez más. Comencé a caminar hacia la puerta.

Estaba a punto de salir cuando escuché su voz —Vivienne— me giré.

Niko seguía de pie junto al enorme ventanal. Con una mano dentro del bolsillo del pantalón, la otra sostenía una carpeta que seguramente había estado revisando incluso durante el cumpleaños de su primo.

No sabía cómo lo hacía. Ni siquiera en una fiesta podía dejar de trabajar.

Caminé un par de pasos hacia él —¿Sí, Niko?— no corrigió mi forma de llamarlo, por alguna razón… lo noté.

—El lunes— asentí esperando alguna instrucción sobre Dubái.

—Quiero que traigas también los planos— fruncí ligeramente el ceño.

—¿Cuáles?— él me sostuvo la mirada.

—Los de tu pastelería— sentí que el tiempo se detenía.

Parpadeé una vez.

Después otra.

No estaba segura de haber escuchado bien.

—¿Mi… pastelería?— asintió con la misma serenidad de siempre.

—Los mencionaste la semana pasada— mi corazón dio un pequeño vuelco.

Lo recordaba. Recordaba aquella conversación. Yo apenas había dicho, casi en broma, que algún día quería abrir una.

Y él… él la había escuchado.

—Pensé que no me estabas poniendo atención— su respuesta llegó inmediata.

—Escucho todo— no supe qué decir.

Durante años había sentido que hablaba frente a una pared cuando estaba con él. Y ahora acababa de descubrir que, quizá… nunca había sido así.

Él continuó hablando con ese tono completamente neutro que parecía incapaz de cambiar —Quiero revisarlos. Tal vez pueda ayudarte a encontrar errores antes de que algún contratista lo haga.— era la frase menos romántica de la historia de la humanidad. Lo sabía. Pero también era lo más parecido a un “quiero ayudarte” que Nikolai Sokolov había pronunciado en toda su vida.

No pude evitar sonreír —¿Eso significa que vas a darme tu opinión sin hacerme llorar delante de veinte personas?— por un instante… me pareció ver la sombra de una sonrisa. Tan pequeña que incluso dudé haberla imaginado.

—No prometo nada— solté una risa.

—Lo suponía.

Nos quedamos en silencio apenas unos segundos. No era un silencio incómodo.

Era extraño.

Tranquilo.

Casi…

Agradable.

Hasta que él volvió a ser él —No llegues tarde el lunes— rodé los ojos.

—Buenas noches para ti también— di media vuelta.

—Adiós, Niko.

De nuevo no escuché el habitual: “No me llames así.”

Solo…

Silencio.

Salí del departamento con una sonrisa que fui incapaz de esconder durante todo el camino al elevador. Mientras descendía hacia el estacionamiento, apoyé la cabeza contra la pared metálica y cerré los ojos. Era una tontería.

Lo sabía.

Solo me había pedido unos planos.

Solo eso.

Pero después de tantos años…

Después de tantas críticas.

Después de tantas veces sintiéndome invisible frente a él…

Aquello se había sentido diferente. Quizá no estaba imaginando cosas. Quizá, detrás de todo ese carácter imposible… Niko sí me veía a mí, a Vivienne.

No sabía si debía ilusionarme.

Probablemente no.

Era lo más sensato.

Pero, por primera vez en mucho tiempo… quería hacerlo.

Y, sin saberlo… acababa de empezar a construir la ilusión que más me costaría destruir.