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Capítulo seis

Hasta Que Deje De Esperarte 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo seis

Capítulo seis

Vivienne

El reloj del vestíbulo marcaba las ocho en punto cuando crucé las puertas de cristal de Asterion Architects con dos cafés en las manos.

Respiraba un poco más rápido de lo normal. Había salido de casa con tiempo, pero la cafetería estaba llena y, por primera vez en años, me desesperé mientras esperaba mi turno.

No porque fuera tarde.

Porque no quería llegar tarde hoy.

No hoy.

Sujeté con más fuerza el porta vasos de cartón. Un latte de vainilla para mí, un americano sin azúcar, para él.

Como todos los días.

La barista sonrió al entregármelos —¿Lo de siempre?

Asentí.

—Lo de siempre— después miró la enorme carpeta que llevaba bajo el brazo.

—¿Proyecto nuevo?— mis labios se curvaron solos.

—El más importante que he hecho— ella sonrió sin saber realmente lo que aquellas palabras significaban.

Si todo salía bien… Aquellos planos dejarían de ser solo hojas de papel. Se convertirían en el lugar donde, algún día, hornearía mi primer pastel. En el lugar donde cada pared tendría un pedazo de mí.

En mi sueño.

Respiré hondo.

Durante todo el fin de semana no había dejado de pensar en la conversación del cumpleaños de Dmitri.

“El lunes. Trae también los planos de la pastelería.”

Solo esa frase.

Y, aun así, habían conseguido hacerme sentir una ilusión que llevaba muchísimo tiempo sin experimentar. Porque Niko jamás me pedía ver nada que no considerara importante.

Quizá…

Solo quizá…

Quería ayudarme.

Mientras caminaba hacia los elevadores no pude evitar sonreír.

Era absurdo.

Había presentado proyectos frente a inversionistas que manejaban cientos de millones de dólares. Había defendido edificios completos delante del consejo de Asterion. Y, sin embargo… nunca me había puesto tan nerviosa enseñar unos planos. Porque aquellos no eran para la empresa.

Eran para mí.

Para mi futuro.

Para ese sueño que llevaba guardando desde antes incluso de convertirme en arquitecta.

Las puertas del elevador se abrieron. Respiré profundamente una vez más.

“No te emociones antes de tiempo.” Me repetí aquella frase varias veces, nunca funcionaba. Cuando salí al último piso, el silencio era casi absoluto. Como cada mañana, solo se escuchaban teclados a la distancia y el murmullo del sistema de aire acondicionado.

Mis pasos conocían el camino de memoria. Después de tantos años… podría haber llegado al despacho de Niko con los ojos cerrados.

Me detuve frente a la puerta.

Acomodé los cafés.

Sujeté mejor la carpeta.

Respiré una vez más.

Tres golpes suaves —Adelante— empujé la puerta.

El aroma del café entró antes que yo, como siempre.

El amplio despacho estaba impecablemente ordenado. Planos perfectamente alineados. Una enorme pared de cristal con vista a Manhattan. Un escritorio de madera oscura donde jamás había visto una sola fotografía.

Ni una planta.

Ni un recuerdo.

Ni un adorno.

Solo trabajo.

Solo orden.

Solo él.

Niko ni siquiera levantó la vista. Dejé su café sobre el escritorio y el mío junto al borde.

La carpeta permanecía bajo mi brazo. Él siguió escribiendo durante unos segundos más.

Después habló. —Llegas diez segundos tarde.

Miré el reloj de mi muñeca.

Las ocho en punto.

Exactas.

—Son las ocho— él cerró la carpeta que estaba revisando.

—Mi reloj marca las ocho con diez segundos— no pude evitar sonreír.

Hacía un tiempo aquella clase de comentarios me habrían arruinado el día.

Ahora…

Bueno.

Ahora simplemente eran parte de él. O eso intentaba convencerme.

—Buenos días para ti también.

—Los buenos días no corrigen la impuntualidad— rodé los ojos.

—Nunca voy a entender cómo puedes medir la vida en segundos.

—Porque los segundos terminan convirtiéndose en horas— tomó el café y le dio un sorbo. Frunció apenas el ceño—Está demasiado caliente— lo miré incrédula.

No pude contener una risa —¿Perdón?

—No voy a poder tomarlo durante varios minutos.

—Hace tres semanas estaba demasiado frío.

—Hoy está demasiado caliente— crucé los brazos.

—¿Existe alguna temperatura que te haga feliz?— él levantó la vista por fin.

—Sí.

—¿Cuál?

—La correcta— lo observé unos segundos, después negué lentamente con la cabeza.

—Definitivamente eres imposible.

—Y tú sigues desperdiciando dinero— miró el vaso —Nunca te he pedido café.

Aquella frase.

La misma de todas las mañanas.

Antes me dolía.

Muchísimo.

Ahora solo respiré hondo —Lo sé— él volvió a los documentos.

Yo permanecí ahí de pie. Con la carpeta apretada contra mi pecho, sentía el corazón latiendo demasiado rápido.

Me aclaré la garganta —Niko…— él siguió leyendo.

—¿Qué?— bajé la vista hacia los planos. De repente me sentí como una niña enseñándole un dibujo a su profesor favorito.

Qué ridículo.

Respiré profundamente —Los traje.

Por primera vez dejó de escribir, sus ojos descendieron lentamente hasta la carpeta. No dijo absolutamente nada, solo extendió la mano. Sentí un cosquilleo recorrerme el estómago.

Era ahora.

Después de tantos años soñándolo… iba a mostrarle el proyecto más importante de mi vida.

Le entregué la carpeta. Él la abrió con la misma tranquilidad con la que revisaba un hotel de quinientos millones de dólares.

Para él solo eran planos.

Para mí… era mi futuro entero entre aquellas hojas. Y mientras él comenzaba a pasar la primera página…

Yo todavía era lo suficientemente ingenua como para creer que aquella mañana terminaría siendo una de las más felices de mi vida.

Él pasó la primera hoja.

Después la segunda.

La tercera.

El silencio volvió a instalarse en el despacho. Lo observé caminar hacia el muro de cristal con mis planos en las manos. Los colocó sobre los imanes metálicos con la misma precisión con la que acomodaba absolutamente todo en su vida.

Retrocedió un par de pasos, cruzó los brazos y comenzó a estudiar mi sueño.

No mis planos.

Mi sueño.

Mis manos estaban tan heladas que no sabía dónde ponerlas. Las escondí detrás de la espalda. Después las crucé delante de mí. Volví a cambiarlas de lugar.

Qué ridícula.

Parecía una niña esperando la calificación de un examen. Niko tomó un marcador negro. Trazó una línea sobre el área de cocina.

Después otra.

Y otra más.

Mi respiración empezó a acelerarse.

—Movería los hornos treinta centímetros hacia el muro norte— asentí enseguida.

—¿Por…?

—Reducirás el recorrido entre producción y decoración— tomó otro marcador.

—La vitrina principal necesita un metro más de profundidad— fruncí el ceño.

—Pensé que sería suficiente.

—Lo será durante seis meses. Después no. Si el negocio funciona… necesitarás más capacidad— mi corazón empezó a latir más deprisa.

¿Había dicho “si el negocio funciona”? ¿Eso significaba que…?

Seguía escribiendo —Eliminaría esta pared.

Me acerqué un poco más —Pero ahí pensaba colocar una barra.

—No. La barra debe estar aquí— dibujó dos líneas.

Lo observé unos segundos. Maldita sea. Era muchísimo mejor.

Otra vez.

Siempre encontraba algo que yo no veía.

Dejó el marcador sobre la mesa —La iluminación también cambiaría. Las lámparas cálidas funcionan para una cafetería. No para una pastelería artesanal. Querrás que el cliente vea el color real de cada pieza.— sentí una sonrisa aparecer sin permiso.

—Lo pensaré.— él asintió apenas.

Volvió a mirar el plano. Durante casi cinco minutos no habló.

Solo analizó.

Cada detalle.

Cada medida.

Cada nota.

Yo ya casi podía respirar con normalidad. Porque aquella era la forma en que Niko trabajaba cuando algo le interesaba. Y estaba interesado.

Lo estaba viendo con mis propios ojos.

Entonces cerró la carpeta. Con cuidado la acomodó frente a mí.

Y dijo, con absoluta tranquilidad: —No la construyas— mi sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—No abras esa pastelería— parpadeé.

Creí haber escuchado mal —…¿Perdón?

—No vale la pena—-sentí que el aire abandonaba lentamente mis pulmones.

—Acabas de pasar casi veinte minutos corrigiendo cada plano.

—Sí.

—Dijiste que la distribución era buena.

—Lo es.

—Que la cocina funcionaba.

—Funciona.

—Entonces… ¿Por qué me dices que no la construya?— él me sostuvo la mirada. No había enojo. No había desprecio. Solo esa serenidad desesperante que utilizaba incluso cuando decía las cosas más crueles.

—Porque el proyecto no es el problema. Lo eres tú— no entendí. O quizá no quise entender.

—Explícate — él tomó aire.

—Vivienne. Eres una de las mejores arquitectas que he conocido. Por eso no pienso quedarme callado mientras decides abandonar todo por una fantasía.

Sentí un pinchazo en el pecho —No es una fantasía.

—Lo es— negué con la cabeza.

—No. Lo llevo soñando desde que tenía quince años.

—Precisamente. Los sueños de los quince años rara vez sobreviven a la realidad — apreté los labios.

—No sabes nada sobre este sueño.

—Sé suficiente.

—¿Qué sabes?— su respuesta fue inmediata.

—Que llevas semanas agotada. Que discutimos más de lo normal. Que Dubai te hizo cuestionarte si esto era la vida que querías. Y ahora crees que abrir una pastelería solucionará todo.— no pude evitar reír.

Pero aquella risa no tenía absolutamente nada de divertida.

—¿Eso crees?

—Sí.

—¿De verdad piensas que esto nació hace unas semanas?— él guardó silencio. Di un paso hacia él —Llevo diez años soñando con esto. Diez. Años.— cada palabra salió más fuerte que la anterior —Muchísimo antes de que tú me dijeras que trajera estos planos. Muchísimo antes de que ocuparas esa oficina. Muchísimo antes de que yo empezara a trabajar aquí.— él permaneció inmóvil

—Entonces deberías saber que es una mala decisión— sentí cómo algo empezaba a romperse dentro de mí.

Muy despacio. Como un cristal agrietándose.

—¿Por qué?

—Porque estás hecha para construir edificios que cambian ciudades. No vitrinas. No mostradores. No cupcakes— aquella última palabra… me atravesó.

Como si hubiera reducido el mayor sueño de mi vida a un simple capricho. Y fue justo ahí… cuando dejé de sentir tristeza y empecé a sentir rabia.

—¿Cupcakes?— mi propia voz sonó extraña. Casi irreconocible.

Él no respondió, solo me sostuvo la mirada. Como si acabara de decir algo completamente razonable.

Solté una risa. De esas que salen cuando uno está demasiado cerca de llorar.

—¿Eso entendiste de todo esto?— silencio.

Tomé la carpeta entre mis manos. La abrí.

Pasé las hojas una tras otra.

Los renders.

Las plantas.

Las elevaciones.

Los detalles de carpintería.

Las vitrinas.

Cada página tenía noches sin dormir.

Fines de semana enteros.

Libretas llenas de dibujos.

Años imaginando cómo olería ese lugar.

Cómo sonaría la campanilla de la puerta cuando entrara el primer cliente.

Cómo sería ver mi apellido escrito en el cristal.

Levanté la vista —¿Sabes cuántas veces dibujé esta fachada?— no contestó —Veintisiete. Porque nunca me convencía, porque quería que fuera perfecta. Porque este lugar importa. Importa muchísimo— mis dedos comenzaron a temblar —¿Sabes cuántas recetas probé con Alex hasta encontrar la que quería vender el primer día?— silencio —Cincuenta y tres. Cincuenta y tres recetas. Porque yo no estaba jugando. Nunca estuve jugando.

Respiré hondo. Sentía el pecho arder —Tú ves una pastelería. Yo veo toda una vida.

Él permanecía inmóvil, como una estatua.

—Precisamente por eso te estoy diciendo que no la abras— sentí un nudo subir hasta mi garganta.

—¿Y quién eres tú para decidir eso?

—Soy la única persona aquí que está pensando con la cabeza— aquellas palabras me golpearon con una fuerza absurda.

—¿Y yo qué estoy haciendo?

—Dejándote llevar por una emoción— negué lentamente.

—No. Estoy intentando ser feliz— él frunció apenas el ceño.

—La felicidad no es un modelo de negocio— lo miré sin poder creer lo que acababa de escuchar.

—No…— susurré— No, claro que no. Para ti no lo es porque tú ni siquiera sabes lo que significa— por primera vez pareció molesto.

—No conviertas esto en algo personal— volví a reír. Aquella risa ya tenía lágrimas.

—¿Personal?— di un paso hacia él —¡¿Cómo demonios no va a ser personal, Niko?!— mi voz rebotó contra las paredes del despacho.

Ni siquiera me di cuenta de que había levantado el tono. Solo sabía que llevaba demasiado tiempo callándome.

—Es mi sueño. No el de Asterion. No el de mi padre. No el de Mikhail. No el tuyo. El mío. Y acabas de destrozarlo en menos de cinco minutos.— él negó con la cabeza.

—Estoy intentando evitar que cometas el peor error de tu vida.

—¿Porque tú decides qué errores puedo cometer?

—Porque alguien tiene que hacerlo— sentí que el aire desaparecía.

—¿Alguien?— lo señalé con un dedo tembloroso —¿Tú?— él sostuvo mi mirada.

—Sí.

—¿Por qué?— silencio.

Esperé una respuesta. Cualquier cosa.

Él tardó unos segundos en hablar —Porque conozco tu potencial mejor de lo que tú misma lo conoces— aquello terminó de romperme.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas. No quería llorar delante de él. Llevaba años prometiéndome que jamás volvería a hacerlo.

Y estaba fallando. Otra vez.

Me limpié la cara con el dorso de la mano —¿Sabes cuál es tu problema?— no respondió —Que siempre crees tener la razón. Siempre. No importa quién tengas enfrente. No importa lo que esa persona quiera. No importa cuánto le importe, si tú decides que está equivocada…entonces lo está—respire con dificultad— Porque eres Nikolai Sokolov, porque diriges Asterion y todo el mundo agacha la cabeza cuando hablas, y yo ya me cansé.

Su mandíbula se tensó —Estás alterada — aquellas dos palabras fueron suficientes.

Sentí una rabia tan inmensa que casi me hizo olvidar el dolor —¡No! No estoy alterada. ¡Estoy harta! Harta de intentar impresionarte. Harta de buscar una aprobación que nunca llega. Harta de trabajar el doble que cualquiera porque siempre siento que tengo que demostrarte algo— mi voz empezó a quebrarse

—Y lo peor… lo peor es que nunca me di cuenta. Nunca me di cuenta de que llevaba años esperando que un día me miraras… y dijeras que estabas orgulloso de mí.

El silencio fue absoluto, ni siquiera él pareció saber qué responder.

Negué despacio con lágrimas cayendo una tras otra —Qué estúpida fui. Pensé que si trabajaba más, si mejoraba, si me esforzaba… algún día dejarías de verme como la niña que corría por esta oficina— las lágrimas no dejaban de caer por mis mejillas— Pero nunca pasó. Nunca. Porque para ti siempre hay algo mal, siempre falta algo, siempre puedo dar más, nunca soy suficiente.

Por primera vez… vi cómo desviaba la mirada. Solo un segundo. Pero lo hizo, y entendí que había dicho una verdad que él no quería escuchar.

Respiré profundamente.

Las siguientes palabras salieron casi en un susurro —Ya no quiero seguir viviendo para conseguir una aprobación que nunca vas a darme.

Volvió a mirarme —Vivienne…— negué con la cabeza.

—No, no me interrumpas porque llevo años escuchándote a ti. Ahora me vas a escuchar tú—sentía la garganta arder —Toda mi vida giró alrededor de esta empresa. Toda. Aprendí arquitectura porque quería construir algo de lo que ustedes estuvieran orgullosos, trabajé hasta quedarme dormida sobre planos. Renuncié a vacaciones. A fines de semana. A cumpleaños ¿Y sabes qué recibí? Una crítica detrás de otra. Otra. Y otra— las lágrimas ya no me dejaban ver con claridad

— Jamás un “bien hecho”, jamás un “estoy orgulloso”, jamás un “confío en ti”. Solo “puedes hacerlo mejor”, siempre puedes hacerlo mejor—respiré temblando —Estoy cansada. Muy cansada.

Él dio un paso hacia mí e instintivamente retrocedí. No quería que se acercara, no quería que me viera así.

Entonces ocurrió. Por primera vez en toda mi vida… no salió “Niko”.

Salió otra cosa, una palabra que pesaba muchísimo más.

—No te acerques, Nikolai— el despacho quedó completamente en silencio.

Hasta yo sentí el golpe de escuchar su nombre completo salir de mi boca. Nunca lo había llamado así. Nunca.

Él también lo sintió. Lo vi en sus ojos. No porque estuviera enfadado, sino porque acababa de entender que algo había cambiado entre nosotros. Algo que quizá ya no tendría arreglo.

Me agaché y tomé mi carpeta.

Después levanté el café que había dejado sobre su escritorio. Lo sostuve unos segundos entre las manos y sonreí. Pero aquella sonrisa ya no tenía absolutamente nada de felicidad.

—¿Sabes qué es lo más triste?— pregunté en voz baja— Nunca me pediste que te trajera café. Nunca me lo agradeciste. Y aun así… lo hice cada maldita mañana, porque hacer algo por ti me hacía feliz— tragué saliva —Ya no.

Dejé el vaso otra vez sobre el escritorio y lo empujé lentamente hacia él.

—A partir de mañana… si quieres café ve por él tú mismo— me giré antes de que pudiera responder.

No quería escuchar otra explicación, ni otra crítica.

Abrí la puerta del despacho y seguí caminando. No saludé a nadie, no esperé el elevador. Bajé las escaleras casi corriendo, las lágrimas no dejaban de caer.

Algunos compañeros pronunciaron mi nombre. No contesté.

Atravesé el vestíbulo.

Las puertas de cristal.

La calle.

Y solo cuando el aire frío golpeó mi rostro entendí una verdad que llevaba demasiado tiempo negándome. No estaba llorando por la pastelería. Tampoco por la discusión, ni siquiera por todo lo que Nikolai acababa de decirme.

Lloraba porque, por primera vez en diez años… comprendí que el hombre al que había querido desde que era una niña jamás iba a mirarme de la forma en la que yo siempre lo había mirado a él.

Y esa clase de verdad… no rompe el corazón.

Lo parte en dos.