Capítulo siete
Capítulo siete
Vivienne
Hay personas que creen que el corazón se rompe de golpe.
Como un vaso cayendo al suelo. Yo descubrí que no. El mío se rompió despacio, en silencio. Y lo peor fue que, al día siguiente, el mundo siguió exactamente igual.
El despertador sonó a las seis, la ciudad seguía llena de gente. Los elevadores seguían tardando demasiado. Y Asterion seguía esperando que yo llegara a las ocho en punto, como si nada hubiera pasado.
Pero todo había pasado.
Me vestí casi por inercia, no elegí la ropa, no me maquillé más de lo necesario. Ni siquiera puse música mientras manejaba, solo quería terminar aquel día lo antes posible y volver a casa.
Entré a la cafetería del edificio, la misma de siempre.
La barista sonrió apenas me vio —Buenos días, Viv.
Le devolví una sonrisa pequeña, muy distinta a las de antes —Buenos días— empezó a preparar el café sin preguntarme, lo de siempre.
Después tomó un segundo vaso. Fue un movimiento automático, el mismo que llevaba haciendo durante dos años.
Y entonces… me escuché decir algo que jamás imaginé pronunciar —Solo uno— Ella levantó la vista.
Parpadeó —¿Solo… uno?— asentí.
—Sí— se quedó unos segundos inmóvil, como si esperara que estuviera bromeando.
—¿El señor Sokolov no vino?— bajé la mirada hacia la barra.
—Sí vino— entonces entendió.
No hizo más preguntas. Solo retiró el segundo vaso y, por alguna razón… eso me dolió muchísimo más de lo que esperaba. Porque hasta una desconocida había asumido que yo siempre compraría dos cafés.
Y ya no.
Tomé mi latte.
Pagué.
Y salí.
Sentí que me faltaba algo en las manos, no era el peso del otro vaso.
Era el peso de la costumbre.
~
Durante los siguientes tres días… nadie dijo una sola palabra sobre el café.
Ni él.
Ni yo.
Y, sorprendentemente… eso era lo que más ruido hacía.
Seguí llegando a las ocho, seguí trabajando las mismas horas, cruzándome con Niko… no.
Con Nikolai.
En los pasillos, juntas, en el elevador. Él hablaba exactamente igual que siempre, yo también.
Solo que ahora nuestras conversaciones duraban lo estrictamente necesario.
—Necesito los planos antes de las tres.
—Los tendrás.
—La junta cambió de sala.
—Entendido.
Nada más.
Ni una palabra extra.
Ni una sonrisa.
Ni una discusión.
Y descubrí que el silencio podía ser mucho más cruel que cualquiera de nuestras peleas.
La mañana del tercer día salí unos minutos antes de mi oficina para imprimir unos renders. Mientras esperaba junto a la impresora, vi a alguien entrar a la cafetería del edificio. No tuve que levantar demasiado la vista para reconocer aquella espalda.
Traje gris.
Paso firme.
Nikolai.
Se colocó al final de la fila. Solo. Esperando su turno. Durante unos segundos me quedé mirándolo, era la primera vez que lo veía comprar su propio café.
Y, sin querer… recordé otra mañana. Muchos años atrás. Yo acababa de entrar como practicante en Asterion, tendría diecinueve años, él ya dirigía las juntas más importantes de la empresa.
Aquella mañana llegué tan nerviosa que olvidé mi cartera en casa. Había salido corriendo del departamento y no tenía ni un peso para comprar desayuno.
Estaba intentando convencer a la barista de que volvería después a pagarle cuando una mano apareció a mi lado.
—
Pon también el suyo— Ni siquiera tuve que girarme para reconocer su voz.La barista sonrió —Claro, señor Sokolov.Lo miré completamente confundida —No tienes que…— él sacó la tarjeta sin siquiera observarme.—Mañana me lo devuelves.Eso fue todo.
Ni “de nada”. Ni “que tengas buen día”, solo dio media vuelta y se fue.
Recuerdo que me quedé mirando el vaso durante varios minutos, sonriendo como una tonta. Durante semanas estuve convencida de que aquello significaba algo, qué ingenua era.
Probablemente solo quería evitar que una practicante se desmayara en medio de la oficina. Sonreí con tristeza, los recuerdos siempre encontraban la manera de parecer más grandes de lo que realmente habían sido.
Cuando levanté nuevamente la vista… él seguía esperando su café. Solo que ahora ya no había nadie delante de él sosteniendo un vaso extra.
Y, por primera vez… sentí que aquella ausencia también debía verse extraña desde su lado.
Sacudí la cabeza. No, no iba a volver a pensar por él. Ya había pasado demasiados años haciéndolo.
Regresé a mi oficina con los renders bajo el brazo, no habían pasado ni diez minutos cuando alguien abrió la puerta sin molestarse en tocar.
—Espero que tengas café porque necesito desahogarme— sonreí apenas.
—Buenos días, Ana— Anastasia cerró la puerta con el pie mientras sostenía una carpeta enorme entre los brazos.
Me observó unos segundos. Demasiados.
—No me gusta esa cara— bajé la vista hacia el ordenador.
—¿Qué cara?
—La de “estoy bien”. Porque tú nunca dices “estoy bien” cuando realmente lo estás.—no pude evitar soltar una pequeña risa.
—Qué observadora.
—Llevo siendo tu mejor amiga desde que teníamos cuatro años. Créeme… sé perfectamente cuándo estás fingiendo— guardé silencio.
Ana dejó la carpeta sobre mi escritorio y tomó asiento frente a mí. No insistió de inmediato, eso era lo bonito de nuestra amistad. Esperó casi un minuto completo.
Después habló con suavidad —¿Fue por mi hermano?— mis dedos dejaron de moverse sobre el teclado.
Suspiré —No quiero hablar de él.
—Eso no fue un “no”— levanté la vista.
—Porque si empiezo… no sé si voy a poder parar— Ana tragó saliva.
Por primera vez desde que entró no vi a la hermana de Nikolai, vi simplemente a mi mejor amiga.
Se levantó de la silla. Rodeó el escritorio y me abrazó.
No dijo nada, no hacía falta.
Apenas sentí sus brazos alrededor de mí… comprendí cuánto esfuerzo estaba haciendo para no volver a llorar, y estuve a punto de perder esa batalla otra vez.
Ana seguía abrazándome cuando escuché dos golpes en la puerta, después otros dos mucho más fuertes.
—¡Arquitectas! ¿Ya puedo entrar o siguen teniendo su momento de telenovela?— sonreí sin querer.
—Adelante, Dmitri— la puerta se abrió de golpe.
Como siempre, entró con una bolsa de donas en una mano y unos planos enrollados en la otra.
—Les traje azúcar porque claramente la necesitan— se detuvo apenas cruzó el umbral.
Nos señaló alternativamente a Ana y a mí.
—Bueno… ¿quién hizo llorar a quién?
Ana se separó de mí riéndose.
—Nadie.
—Mentira, las mujeres nunca se abrazan así si nadie lloró antes.— le lancé una dona que alcanzó a atrapar en el aire.
—Eres insoportable.— hizo una pequeña reverencia.
—Gracias, intento mantener mi reputación.
Durante unos minutos logró exactamente lo que siempre conseguía. Que la oficina pareciera menos pesada.
Se sentó en una esquina de mi escritorio y empezó a contar una historia completamente absurda sobre un inversionista que confundió una maqueta con un centro de mesa y terminó rompiéndola.
Ana y yo terminamos riéndonos, no porque fuera tan gracioso, sino porque Dmitri tenía el extraño talento de volver divertido cualquier desastre.
Fue entonces cuando alguien llamó a la puerta.
Tres golpes.
Secos.
Precisos.
El ambiente cambió antes incluso de que se abriera, no hacía falta preguntar quién era.
Solo una persona golpeaba la puerta como si estuviera marcando un compás.
—Pasa.— la manija giró lentamente.
Y, por primera vez desde que trabajaba en Asterion vi a Nikolai Sokolov entrar en mi oficina.
Tardé un segundo en reaccionar, no porque me sorprendiera verlo, sino porque jamás había cruzado esa puerta.
Ni una sola vez.
Durante años había sido yo quien caminaba hasta su despacho. Yo quien llevaba los planos, yo quien llevaba el café, incluso quien buscaba cualquier pretexto para verlo.
Él nunca había necesitado venir.
Hasta hoy.
Entró con la misma elegancia impecable de siempre.
Traje oscuro.
Camisa blanca.
Corbata perfectamente alineada.
Ni una arruga.
Ni un cabello fuera de lugar.
Sus ojos recorrieron la oficina apenas un instante, era mucho más pequeña que la suya.
Más cálida.
Había una planta junto a la ventana, dos fotografías con Ana, una con mis padres.
Una pequeña estantería llena de libros de arquitectura… y de repostería. También estaba la maqueta de mi primer proyecto universitario. Nunca me había detenido a pensar en cuánto decía una oficina sobre quien la ocupaba.
Hasta que vi a Nikolai observar la mía.
Dmitri fue el primero en romper el silencio. —Mira nada más, ¿el presidente visitando a los simples mortales?— Nikolai ni siquiera volteó hacia él, su atención permaneció fija en mí.
—Necesito los planos estructurales del Hudson.— bajé la vista al monitor.
Sabía perfectamente de cuáles hablaba, también sabía que podía entregárselos en ese mismo momento. Estaban terminados desde hacía una hora. Aun así no me moví.
—Todavía estoy revisando unos detalles. En cuanto estén listos… Nikolai, te los envío con alguien.— el silencio fue inmediato.
Ana dejó de sonreír. Dmitri frunció ligeramente el ceño.
Y él… él no respondió enseguida, solo me observó.
Había escuchado su nombre completo salir de mi boca. Otra vez. Sin cariño, sin costumbre.
Como si entre nosotros hubiera aparecido una distancia imposible de cruzar.
—Puedo esperar.— negué con calma.
—No es necesario, mi asistente puede llevarlos a presidencia. No hacía falta que vinieras hasta aquí.— vi cómo su mandíbula se tensaba apenas.
Un gesto tan pequeño que probablemente nadie más habría notado. Yo sí, lo conocía demasiado, tanto para notar hasta la más mínima expresión en su rostro.
—Necesito revisarlos contigo.
—No será necesario, las observaciones vienen anotadas. Podrás entenderlas sin problema.—Dmitri desvió la mirada hacia Ana, claramente empezaba a darse cuenta de que aquello no era una conversación normal.
Nikolai guardó silencio unos segundos más.
Después habló con la misma voz serena de siempre. —Mañana llega Adrián Laurent.— asentí.
—Lo sé.
—Quiero que estés en la reunión de bienvenida a las nueve.
—Ahí estaré.
—También asistirás al recorrido del proyecto.
—Entendido.— esperó. No sé qué exactamente, tal vez un comentario, una pregunta.
Un “Niko” dicho con esa naturalidad que yo había tenido toda la vida.
No llegó.
Porque ya no estaba.
—Eso es todo.
—Perfecto. En cuanto tenga los documentos te los haré llegar, Nikolai.— otra vez, su nombre completo.
Vi un destello extraño cruzar por sus ojos. Después desapareció.
Giró sobre sus talones. —Nos vemos mañana.
—Hasta mañana.— la puerta se cerró detrás de él.
Nadie habló durante varios segundos.
Fue Dmitri quien terminó rompiendo el silencio.
—Bueno, eso fue… raro.— Ana seguía mirando la puerta.
—Muy raro.— me obligué a volver al ordenador.
—¿Qué cosa?— los dos me miraron al mismo tiempo.
Dmitri fue el primero en hablar.
—Viv, tú nunca le dices “Nikolai”.— mis dedos se detuvieron sobre el teclado, solo un instante.
Lo suficiente para sentir otra vez el peso de aquel nombre, respiré hondo antes de responder.
Sin levantar la vista. —Supongo que las personas cambian— y continué escribiendo. Aunque, por dentro no estaba tan segura de haber cambiado.
Sentía, más bien, que había dejado de fingir.
~
Llegué a la sala de juntas diez minutos antes.
La costumbre era difícil de romper.
Siempre prefería esperar.
Revisé por última vez la carpeta del proyecto de Dubái. Había reorganizado los planos durante casi una hora la noche anterior. No porque hiciera falta, sino porque necesitaba mantener mi cabeza ocupada. Era mucho más sencillo pensar en cimentaciones profundas que en conversaciones pendientes.
Escuché la puerta abrirse, pensé que sería Ana. Pero no.
Era Nikolai.
Entró solo.
Sin carpeta.
Sin computadora.
Sin café.
Durante un segundo sentí un extraño vacío sobre la mesa. Los dos lo notamos, y ambos fingimos que no.
—Buenos días.— su voz sonó igual que siempre.
Asentí apenas. —Buenos días, Nikolai.
Otra vez, su nombre completo. Vi cómo acomodaba distraídamente el nudo de la corbata, era un gesto mínimo, casi imperceptible.
Lo hacía únicamente cuando algo no salía exactamente como esperaba.
Caminó hasta la cabecera de la mesa, pero no se sentó.
—¿Terminaste las modificaciones del hotel?— no levanté la vista de los planos.
—Sí.
—¿Las revisaste?
—Tres veces— silencio.
Esperé la siguiente pregunta.
No llegó.
Cuando levanté la vista seguí ahí, observándome. Como si hubiera querido decir algo más. Algo que no terminaba de encontrar.
Finalmente habló. —La reunión comenzará en unos minutos.
—Lo sé— otra pausa.
—¿Dormiste?— aquella pregunta consiguió que levantara la cabeza por completo.
Lo miré sorprendida. No por la pregunta, sino porque jamás me la había hecho.
No recordaba una sola ocasión.
Respondí con honestidad. —Lo suficiente para trabajar— asintió despacio.
—Bien.
Nada más. En otro momento habría buscado una excusa para seguir hablando, pero aquella mañana simplemente volví a mirar mis planos.
—¿Necesitas algo más?— su expresión permaneció completamente seria.
—No.— se sentó y abrió su computadora.
No volvimos a hablar.
Cinco minutos después entró Ana.
Detrás de ella…
Un hombre alto, de cabello castaño oscuro y una sonrisa tranquila.
Traje azul marino.
Sin corbata.
Algo que, tratándose de Asterion, ya parecía una pequeña declaración de rebeldía. Llevaba un porta planos de cuero al hombro y caminaba observando absolutamente todo.
Las maquetas.
Los renders.
Los materiales expuestos en las vitrinas.
Como si realmente disfrutara mirar arquitectura.
Ana sonrió. —Todos, él es Adrián Laurent.
Por un instante nadie habló.
Era muy guapo.
Pero eso dejó de parecer importante apenas empezó a hablar.
—Es un gusto conocerlos— Su voz era calmada, sin la seguridad arrogante de quien sabe que es brillante.
Más bien sonaba como alguien genuinamente feliz de estar ahí.
Estrechó la mano de Mikhail, de mi padre y la de Nikolai.
Y finalmente llegó frente a mí. —Adrián.
—Vivienne Hale.— sonrío.
—Así que tú eres la arquitecta del Hudson— parpadeé.
—¿Lo conoces?
—Leí el proyecto durante el vuelo. Me gustó mucho la solución estructural de la terraza.— no pude evitar sorprenderme.
Era la primera persona fuera de Asterion que mencionaba precisamente esa parte del proyecto.
—Gracias. Aunque la circulación principal fue idea de…— me detuve antes de terminar la frase.
No sabía por qué.
Solo lo hice.
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
—¿De quién?— Nikolai respondió antes que yo.
—Del equipo.— Adrián asintió con naturalidad.
—Buen equipo, entonces.— y continuó caminando.
No insistió.
No preguntó más.
No necesitaba hacerlo.
El recorrido comenzó por el laboratorio de materiales, después los talleres de maquetas. Más tarde el departamento de diseño.
Adrián hacía preguntas constantemente, pero nunca para demostrar cuánto sabía. Preguntaba porque realmente quería entender cómo trabajábamos.
Eso era raro.
Muy raro.
En arquitectura abundaban los egos. Escaseaban las personas curiosas.
Cuando llegamos al área donde se desarrollaba el proyecto de Dubái se detuvo frente a la maqueta principal. No habló durante casi un minuto, solo observó.
Después sonrió apenas. —Ahora entiendo por qué acepté esta colaboración— miré la maqueta junto a él.
—¿Qué viste?— señaló las cinco torres.
—Todo el mundo habría intentado que destacaran individualmente, ustedes hicieron exactamente lo contrario. Las diseñaron para que dialogaran entre sí.—no respondí enseguida.
Porque eso era exactamente lo que habíamos buscado. Que el complejo pareciera una sola conversación, no cinco edificios.
Adrián siguió observando la maqueta.
—¿Quién propuso esa idea?— esta vez sí respondí.
—Los cuatro arquitectos principales.— él sonrió.
—Se nota. No hay una sola firma aquí, hay un equipo y creo que eso es mucho más difícil de conseguir.— sin darme cuenta empecé a caminar junto a él.
Hablamos de materiales.
De fachadas ventiladas.
De cómo el viento modificaba la percepción de un edificio.
De la manera en que la luz cambiaba completamente un espacio.
La conversación resultaba tan natural que olvidé por completo dónde estaba.
Hasta que sentí una voz detrás de nosotros.
—Vivienne.— me giré.
Nikolai permanecía unos pasos atrás con las manos en los bolsillos.
La expresión completamente neutra.
—Necesito revisar contigo el cronograma del sector norte.— asentí.
—Claro.— miré a Adrián.
—¿Me disculpas un momento?— él sonrió.
—Por supuesto.— mientras caminaba hacia Nikolai pensé que quería hablar del proyecto.
Pero apenas estuvimos lo suficientemente lejos habló en voz baja.
—No olvides que mañana tienes la reunión con el cliente a primera hora.— lo miré confundida.
—Está en mi agenda.
—Bien.— esperé.
Parecía que iba a decir algo más.
No lo hizo.
—¿Era solo eso?— él sostuvo mi mirada apenas un instante.
—Sí.— asentí.
—Perfecto.— regresé junto a Adrián.
Y continuamos hablando exactamente donde habíamos dejado la conversación.
No vi a Nikolai volver a moverse, pero sentí su mirada en mi espalda durante casi todo el recorrido.
Y, por primera vez desde que lo conocía…
No me giré para buscarla.
~
El domingo por la tarde, la casa de mis padres volvió a sentirse demasiado pequeña para la cantidad de personas que había dentro.
Y, curiosamente eso siempre significaba que era un buen día.
Elena había insistido en cocinar, mi mamá había insistido en ayudar.
Las dos terminaron discutiendo durante diez minutos porque ninguna quería que la otra lavara los vegetales.
Papá y Mikhail, como era tradición, llevaban casi media hora asegurando que iban a poner la mesa. No habían puesto un solo plato, seguían hablando de negocios.
Anastasia y yo estábamos acomodando las bebidas cuando sonó el timbre. Antes de que pudiera moverme una voz gritó desde el recibidor.
—¡No abran! ¡Traigo demasiadas cosas y necesito hacer una entrada dramática!— sonreí automáticamente.
—Llegó Dmitri.— Ana soltó una carcajada.
—Siempre sabe anunciarse.— mi papá abrió la puerta.
Y ahí estaba, con unas bolsas enormes colgando de ambos brazos, una caja de botanas bajo el brazo. Y un ramo de girasoles… completamente aplastado.
—¡Familia!— levantó los brazos exageradamente.
Una de las bolsas cayó al piso, las papas fritas salieron rodando por todo el recibidor.
Dmitri cerró los ojos. —Bueno, nadie vio eso.
Papá empezó a reír.
Mikhail negó con la cabeza.
—¿Cómo sobrevives solo?
—Con muchísimo talento.— Ana tomó uno de los paquetes del suelo.
—Eso explica por qué llegaron hechos migajas.
—Es una nueva presentación, más práctica, menos esfuerzo para masticar.— yo ya estaba riéndome.
Y eso, últimamente, era raro. Muy raro.
Dmitri me señaló de inmediato.
—¡Ah! Ahí está, ¡ya sonrió!— todos voltearon a verme.
Sentí un poco de calor en las mejillas.
—¿Qué?— él levantó un dedo.
—Llevo una semana intentando que esta mujer vuelva a reírse, hoy ya tengo una. Voy ganando.— Ana le dio un golpecito en el hombro.
—No es una competencia.
—Todo es una competencia, incluso respirar.
—Eso explica por qué hablas tanto.
—Exactamente, necesito practicar.
Alexander apareció detrás de él cargando dos cajas blancas enormes.
—¿Alguien va a ayudar o piensan seguir haciendo un espectáculo en la entrada?— Dmitri levantó una mano.
—Yo estoy decorando el ambiente.— Alex rodó los ojos.
—No, tú estás estorbando.— me acerqué enseguida para ayudarlo.
—Déjame.— tomé una de las cajas.
El delicioso aroma a mantequilla y vainilla escapó apenas unos segundos.
Sonreí. —¿Qué trajiste?— Alex sonrió orgulloso.
—Un tiramisú, un cheesecake de pistache…— Dmitri lo interrumpió.
—Y la razón por la que jamás voy a bajar de peso.— Alex negó con la cabeza.
—No puedes bajar algo que nunca intentas perder.— Todos soltamos una carcajada.
Dmitri se llevó una mano al pecho.
—Eso dolió. ¡Vivienne!, Defiéndeme.—lo miré con total seriedad.
—No puedo, tiene razón.— abrió muchísimo los ojos.
—Traición, después de tantos años.— Ana cruzó los brazos.
—¿Esperabas otra cosa?
—Esperaba solidaridad masculina.— ella arqueó una ceja.
—¿De quién? ¿De Vivienne?— papá comenzó a reír tan fuerte que casi tira una copa.
Durante unos minutos…
Olvidé completamente todo.
Olvidé el despacho.
Olvidé la discusión.
Olvidé incluso que al día siguiente tendría otra reunión con Adrián.
Solo estaba ahí.
Con mi familia.
Con mis personas favoritas. Y necesitaba eso más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Fue entonces cuando volvió a sonar el timbre.
Nadie dijo nada.
No hacía falta.
Todos sabíamos quién era.
Dmitri levantó la voz desde la sala. —¡Llegó el señor “si sonrío pierdo credibilidad”!
Papá soltó una carcajada.
—Dmitri…
—¿Qué? Es un apodo cariñoso.— la puerta se abrió.
Nikolai entró con la misma puntualidad impecable de siempre.
Traje oscuro.
Reloj perfectamente acomodado.
La expresión seria.
Y una botella de vino en la mano, como si hubiera ensayado la escena.
—Buenas tardes.
Todos respondieron el saludo.
Yo también.
—Buenas tardes, Nikolai.— por un instante su mirada encontró la mía.
No duró más de dos segundos, pero bastó para que notara algo. No buscaba discutir, no buscaba corregirme. Solo parecía cansado.
Aparté la vista antes de darle demasiadas vueltas. No iba a volver a interpretar cada uno de sus gestos, ya había perdido demasiados años haciendo exactamente eso.
Dmitri rompió el silencio, como siempre.
—Bueno, ahora sí estamos completos.— Elena salió de la cocina limpiándose las manos con un paño.
—Perfecto, entonces podemos empezar a comer antes de que Dmitri se acabe las entradas.— él levantó una aceituna con el tenedor.
—Llego tarde, ya van tres.
—¡Dmitri!
—¿Qué? Necesitaban un catador oficial.— Alex negó divertido.
—Un día vas a probar algo envenenado.
—Ese día moriré haciendo lo que amo. Comer.— reí.
No una sonrisa pequeña, no una risa educada. Una risa de verdad.
Y no me di cuenta de algo.
Mientras todos seguían hablando…
Nikolai me estaba mirando. No con enojo, solo con una expresión extraña.
Como si estuviera intentando recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que me escuchó reír así.
La comida avanzó entre risas, anécdotas del viaje de mis padres y las teorías completamente absurdas de Dmitri sobre por qué los arquitectos vivíamos menos años.
—Porque ustedes creen que dormir cuatro horas es un estilo de vida —afirmó con total seguridad mientras señalaba a Nikolai con el tenedor.
Nikolai ni siquiera levantó la vista del plato.
—Dormir ocho es una pérdida de tiempo.
—¿Ven? —Dmitri abrió los brazos como si acabara de demostrar un teorema científico—. Mi evidencia acaba de hablar.
Papá soltó una carcajada.
—Tú tampoco duermes.
—Sí, pero yo lo hago por diversión. Él lo hace por estrés.
—No estoy estresado.
—Eso también lo diría alguien estresado.— Alex comenzó a reír.
Ana negó con la cabeza.
—Algún día vas a meterte en problemas por hablar tanto.
—Ese día improvisaré una disculpa.
—¿Y si no funciona?
—Lloro. Siempre funciona.— Las risas volvieron a llenar el comedor.
Era extraño. Hacía apenas unos días había sentido que el mundo se me venía encima y, aun así, ahí estaba. Rodeada de las personas que más quería, intentando convencerme de que todavía era capaz de sonreír.
Elena sirvió una nueva ronda de café. Alex aprovechó para cortar el pastel que había preparado.
El aroma a vainilla y café invadió toda la mesa. No pude evitar cerrar los ojos un segundo, siempre había amado ese olor.
Mi mamá sonrió apenas me vio.
—Cada vez que Alex trae un pastel te quedas oliéndolo como si fuera un perfume.— abrí los ojos riendo.
—Porque huele increíble.— Alex hizo una pequeña reverencia.
—Por fin alguien aprecia mi arte.
—Yo también lo aprecio —protestó Dmitri—. Sobre todo cuando me como tres rebanadas.
—Eso no es apreciar, eso es abuso.— todos volvieron a reír.
Mi mamá dejó lentamente su taza sobre el plato, la conocía demasiado bien. Ese gesto siempre significaba que iba a preguntar algo importante.
Me miró con una sonrisa llena de ilusión.
—Hablando de pasteles… ¿En qué va lo de tu pastelería?— sentí cómo el tiempo se detenía.
No miré a nadie.
No podía.
Mis dedos dejaron de jugar con el borde de la servilleta. Durante unos segundos solo escuché el leve tintinear de los cubiertos.
Papá fue el primero en sonreír.
—Es cierto, hace mucho que no nos enseñas avances. Seguro ya tienes nuevos bocetos.
Respiré despacio.
Muy despacio.
—No…— mi voz salió mucho más baja de lo que esperaba. —Ya no.
El silencio fue inmediato.
Mi mamá frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo que ya no?— intenté sonreír.
No sé si lo conseguí.
—Era una idea bonita, nada más.— ella dejó de sonreír.
—Vivienne…
—Solo era una fantasía, mamá. Creo que ya es momento de dejar de pensar como una niña.— las palabras salieron de mi boca con una facilidad que me dio miedo.
Como si las hubiera repetido tantas veces en mi cabeza…
Que terminaran convirtiéndose en verdad.
Papá dejó lentamente la copa sobre la mesa.
—¿Desde cuándo piensas eso?
Bajé la vista.
—Desde hace unos días.
—Pero llevas años hablando de esa pastelería.
Asentí.
—Lo sé.
—Ahorraste durante mucho tiempo.
—Lo sé.
—Diseñaste hasta el último rincón.
—También lo sé.— mi voz ya no temblaba.
Y, curiosamente eso dolía todavía más, porque significaba que estaba empezando a convencerme.
Mi mamá negó lentamente con la cabeza.
—No te reconozco cuando hablas así.— sentí un nudo en la garganta.
Yo tampoco.
Pero no fui capaz de decirlo, entonces escuché el sonido de unos cubiertos detenerse.
No hacía falta levantar la vista para saber quién era. Aun así lo hice. Nikolai permanecía completamente inmóvil, no estaba comiendo, no estaba hablando.
Solo tenía la mirada fija en su plato.
Era la primera vez desde que lo conocía que parecía no tener una respuesta preparada. Nadie dijo nada durante unos segundos.
Hasta que Dmitri, incapaz de soportar el silencio, habló.
—Bueno, siempre podemos hacer una sociedad. Alex hornea, yo hago publicidad, Ana administra y Viv nos regaña a todos.— Ana soltó una pequeña risa.
—¿Y tú exactamente qué aportas?
—Mi belleza.— Alex negó con la cabeza.
—Entonces ya quebramos.— las risas regresaron.
Pero yo no pude unirme, solo jugué distraídamente con la cucharita del café.
Fue entonces cuando noté un movimiento a mi derecha, Nikolai empujó lentamente el plato del pastel hacia mí.
No dijo una sola palabra. Ni siquiera me miró, simplemente dejó la rebanada frente a mí.
Como si ese pequeño gesto pudiera reparar algo. Observé el pastel, después lo observé a él.
Seguía sin levantar la vista.
Durante años habría interpretado aquel gesto como una señal, como una manera torpe de decir que le importaba.
Ya no.
Deslicé el plato de regreso con la misma delicadeza.
—Gracias, pero no tengo hambre.— mi voz sonó tranquila.
Demasiado tranquila.
Él dejó la mano sobre la mesa unos segundos más. Después retiró el plato.
No insistió.
No discutió.
No hizo absolutamente nada.
Y, por alguna razón eso me rompió un poquito más. Porque entendí que había un tiempo en el que ese simple gesto me habría hecho feliz. Y ahora ya no alcanzaba.
La casa fue quedándose en silencio poco a poco.
Primero se marchó Alex, prometiendo que la próxima vez llevaría un postre “tan bueno que hasta Nikolai sonreiría”. Dmitri respondió que eso era científicamente imposible.
Después se fueron los Sokolov.
Elena me abrazó durante varios segundos.
—No tardes tanto en venir a casa.— sonreí.
—Lo intentaré.— Mikhail besó la mejilla de mi mamá antes de salir.
—Gracias por la comida.
—La próxima cocinas tú.
—Entonces mejor pedimos pizza.— todos rieron.
Nikolai fue el último en cruzar la puerta. Por un instante pensé que iba a decir algo, pero no lo hizo.
Solo inclinó ligeramente la cabeza.
—Buenas noches, Vivienne.— qué extraño sonaba mi nombre completo viniendo de él.
—Buenas noches, Nikolai.— No hubo nada más.
Ni una discusión.
Ni un silencio incómodo.
Solo dos desconocidos que, alguna vez, habían sabido exactamente cómo hablarse.
Vi cómo el auto desaparecía al final de la calle.
Y, por primera vez no me pregunté si él también habría mirado por el retrovisor.
Entré de nuevo a la casa.
Mi mamá y Elena habían dejado la cocina impecable antes de irse.
Papá estaba recogiendo las últimas copas.
Me acerqué para ayudarlo.
—Déjame.— él negó con la cabeza.
—Tú recoge los cubiertos. Yo me encargo de esto.— obedecí.
Siempre terminábamos así, recogiendo juntos mientras mamá decía que solo estorbábamos.
Cuando terminé de guardar los platos, papá seguía acomodando las botellas.
—¿Sales un momento?— preguntó sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.
—Claro.— lo seguí hasta la terraza.
La noche estaba tranquila, solo se escuchaban algunos grillos y el ruido lejano de los autos, nos sentamos en las sillas de madera del jardín.
Durante varios minutos ninguno habló. Con mi papá nunca era incómodo guardar silencio.
Él fue quien lo rompió.
—Tu mamá está preocupada.— sonreí apenas.
—Lo imaginé.
—Yo también.— lo miré de reojo.
—¿Y tú?— se quedó pensando unos segundos.
—Yo estoy intentando entender qué pasó con mi hija.— sentí un pequeño nudo en la garganta.
Bajé la vista.
—Aquí sigo.
—No exactamente.— no hubo reproche en su voz.
Solo tristeza.
—Antes hablabas de esa pastelería como si ya existiera. Hoy dijiste que era una fantasía, y esas dos palabras no las dijo la misma persona.— respiré hondo.
—Supongo que crecí.— papá soltó una risa bajita.
Negó con la cabeza.
—No, cuando una persona crece sus sueños cambian, no desaparecen de un día para otro.—guardé silencio.
Él continuó mirando el jardín.
—¿Recuerdas aquel dibujo que hiciste cuando tenías ocho años?— sonreí.
—¿El edificio chueco?
—Ese mismo.
—Qué vergüenza.
—A mí me sigue pareciendo precioso.— lo miré.
Él sonrió.
—Lo tengo guardado.— parpadeé.
—¿En serio?
—En un cajón de mi oficina, junto con tu primer plano y aquella receta de galletas que escribiste con faltas de ortografía.— no pude evitar reír.
—No sabía escribir.
—Lo importante es que sabías soñar.— el silencio volvió a instalarse entre nosotros.
Esta vez fui yo quien habló.
—¿Papá…?
—¿Sí?
—¿Alguna vez dejaste un sueño porque alguien te dijo que no eras suficientemente bueno?— su respuesta tardó unos segundos.
—Sí.— lo miré sorprendida.
No me esperaba esa respuesta.
—¿Y qué hiciste?— sonrió con nostalgia.
—Cometí el error de creerle. Después trabajé muchos años para demostrarle que estaba equivocado.— negó lentamente con la cabeza.
—Y un día entendí algo.— fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Que estaba construyendo mi vida para convencer a alguien que ya ni siquiera pensaba en mí.— sentí que aquellas palabras se clavaban en algún lugar del pecho.
Él me miró directamente.
—No quiero que hagas lo mismo. Porque si algún día construyes esa pastelería quiero que sea porque te hace feliz, no para demostrarle nada a nadie.— las lágrimas volvieron a aparecer.
Pero esta vez no las sentí pesadas.
Sentí alivio.
Apoyé la cabeza en su hombro, como hacía cuando era niña.
—Gracias, papá.— él besó mi cabello.
—No me des las gracias, solo prométeme una cosa.
Levanté la vista.
—¿Cuál?— sonrió con esa tranquilidad que siempre había tenido.
—No entierres un sueño mientras todavía siga latiendo.— cerré los ojos.
No fui capaz de responder, porque, muy en el fondo sabía que el mío seguía vivo.
Solo estaba escondido.