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Capítulo ocho

Hasta Que Deje De Esperarte 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo ocho

Capítulo ocho

Nikolai

La puntualidad tiene algo tranquilizador.

Los relojes no dudan.

No improvisan.

No llegan cinco minutos antes porque se sintieron inspirados ni cinco minutos después porque el tráfico fue complicado.

Simplemente cumplen.

Por eso siempre me gustaron más los horarios que las personas.

Los horarios rara vez decepcionaban.

Entré al edificio de Asterion a las siete con cincuenta y tres, siete minutos antes de mi primera reunión.

Los guardias me saludaron, respondí con un leve movimiento de cabeza y crucé el vestíbulo sin detenerme. El elevador tardó exactamente veintidós segundos en llegar.

Demasiado.

Debería revisarlo con mantenimiento.

Cuando las puertas se abrieron en el último piso, el pasillo estaba vacío, como casi todas las mañanas. Caminé hasta mi despacho revisando la agenda en la tableta.

Tres reuniones.

Dos llamadas.

La incorporación oficial de Adrián Laurent.

Un lunes normal.

Abrí la puerta.

Dejé el portafolio sobre el escritorio.

Encendí la computadora.

Las ocho menos cuatro.

Perfecto, abrí el primer expediente y leí el encabezado, lo volví a leer. No había entendido una sola palabra. Fruncí el ceño. Volví a empezar, las ocho menos dos.

Sin saber por qué miré la puerta.

Seguí leyendo. Las ocho menos uno, volví a mirar la puerta.

Ridículo.

Apoyé el expediente sobre el escritorio y me obligué a concentrarme.

Las ocho.

Silencio.

Las ocho con treinta segundos.

Nada.

Las ocho con un minuto.

La oficina seguía exactamente igual, entonces comprendí qué estaba esperando.

El café.

No, corregí el pensamiento de inmediato. No el café, la rutina.

Durante años, a las ocho en punto, alguien golpeaba tres veces la puerta, entraba sin hacer ruido. Dejaba un vaso de café sobre mi escritorio, me llamaba “Niko”.

Yo le decía que dejara de hacerlo, ella ignoraba el comentario. Y el día empezaba.

Era un procedimiento. Nada más, no tenía ningún motivo para seguir esperándolo, hacía una semana que había terminado.

Respiré despacio.

Volví a mirar la puerta, seguía cerrada.

Qué pérdida de tiempo.

Me puse de pie, si quería café podía comprarlo yo mismo, no necesitaba que nadie lo hiciera por mí.

Salí del despacho. Mientras caminaba hacia la cafetería del edificio me sorprendió una sensación absurda, nunca había ido por mi café. Ni una sola vez.

La barista levantó la vista apenas entré.

Sonrió con amabilidad.

—Buenos días, señor Sokolov.— asentí.

—Buenos días.— esperó unos segundos.

Como si aguardara algo.

Después preguntó:

—¿Lo de siempre?— fruncí ligeramente el ceño.

—Supongo.— ella tomó un vaso.

Después tomó un segundo. Se quedó observándolo apenas un instante y volvió a dejarlo en su lugar.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Cinco minutos después dejó el americano frente a mí.

Di el primer sorbo antes incluso de salir de la cafetería. Estaba amargo, demasiado caliente y tenía un ligero sabor a canela.

Nunca me había gustado. Me detuve a media caminata, volví a mirar el vaso.

Entonces recordé una conversación de hacía meses.

“Deberías cambiar de cafetería.” Ella había rodado los ojos. ”¿O simplemente admitir que no te gusta el café?”

No respondí en aquel momento porque era una pregunta absurda. Ahora, por primera vez no estaba completamente seguro de cuál había sido la respuesta.

Seguí caminando hacia mi despacho con el vaso en una mano.

Y una idea irracional instalándose poco a poco en mi cabeza.

Quizá…

Nunca había esperado el café.

Quizá…

Había estado esperando a la persona que lo dejaba sobre mi escritorio.

Negué para mí mismo.

No, eso era ridículo.

Entré a la oficina, dejé el vaso sobre el escritorio.

Tomé un sorbo más.

Seguía sabiendo horrible.

Lo aparté.

Abrí el expediente.

Intenté trabajar.

Y descubrí que el despacho seguía sintiéndose demasiado silencioso.

Vivienne

Hay personas que necesitan semanas para sentirse parte de un lugar.

Adrián necesitó exactamente un día.

A la mañana siguiente ya saludaba por su nombre al guardia de recepción, le había preguntado a la señora de intendencia dónde conseguía las plantas que adornaban el piso ejecutivo y había logrado que dos ingenieros discutieran durante diez minutos sobre cuál era el mejor café de Manhattan.

No entendía cómo lo hacía. Simplemente hablaba con la gente y la gente le respondía. Era… agradable, muy agradable. Lo cual resultaba extrañamente refrescante en una empresa donde la palabra “urgente” parecía formar parte del saludo diario.

Mientras revisaba unas elevaciones del proyecto de Dubái, escuché que alguien golpeaba suavemente el marco de mi puerta.

Levanté la vista.

Adrián sostenía una carpeta bajo el brazo.

—¿Interrumpo?— negué con la cabeza.

—Todavía no. Si esperas otros cinco minutos, probablemente sí.— él sonrió.

—Entonces llegué en el momento perfecto.— se acercó a mi escritorio y dejó la carpeta frente a mí.

—Estoy revisando la distribución del nivel comercial. Hay una decisión que no termino de entender y pensé que era mejor preguntarte antes de asumir que estaba equivocado.— levanté una ceja.

No estaba acostumbrada a escuchar esa frase.

La mayoría simplemente asumía que el otro estaba mal.

Abrí los planos.

—¿Qué parte?— él señaló una circulación secundaria.

—Aquí.— seguí la línea con el dedo.

—¿Por qué hiciste que el recorrido fuera más largo?— sonreí sin darme cuenta.

—Porque quería que lo fuera.— Adrián me miró con curiosidad.

Tomé un lápiz y me levanté.

—Ven.— extendí el plano sobre la mesa de reuniones de mi oficina.

—Imagina que eres un huésped. Acabas de llegar después de un vuelo de quince horas. Estás cansado. Solo quieres caminar un poco antes de subir a tu habitación.— él asintió.

Continué dibujando mientras hablaba.

—Si te llevo por el camino más corto, llegas antes. Pero si te hago pasar primero por aquí…— marqué una pequeña plaza interior —…escuchas el agua. Después ves el jardín, luego el restaurante, y cuando finalmente llegas al vestíbulo principal ya sentiste el edificio antes de conocerlo.

Adrián permaneció en silencio.

Yo seguía hablando.

—La arquitectura no siempre consiste en llegar más rápido. A veces consiste en conseguir que alguien no quiera apresurarse.— tomé otro lápiz —Es como leer un libro. Puedes saltarte capítulos, pero entonces te pierdes parte de la historia.

Seguí explicando durante varios minutos.

Hablé de la luz.

Del sonido.

Del olor de la vegetación después de la lluvia.

Del reflejo del agua sobre la piedra clara.

De cómo pequeños detalles podían cambiar por completo la forma en que una persona recordaba un lugar.

No me di cuenta de cuánto estaba hablando hasta que levanté la vista.

Adrián seguía observándome.

No con impaciencia.

Con atención.

Sentí un poco de calor subir a mis mejillas.

Solté una pequeña risa.

—Perdón, creo que me emocioné un poco.— él negó despacio.

—No, piensas en voz alta. Es diferente.— parpadeé.

Nunca nadie me lo había dicho así.

Él bajó la vista al plano otra vez.

—Ahora lo entiendo, no diseñaste un recorrido. Diseñaste una experiencia.— sonreí.

Y, por alguna razón, ese comentario me hizo sentir más orgullosa que cualquier felicitación que hubiera recibido en mucho tiempo. Porque no estaba alabando mi trabajo, había entendido exactamente lo que intentaba hacer. Y eso era muchísimo más difícil.

Seguimos revisando los planos casi una hora. Lo que más me sorprendió fue descubrir que Adrián no tenía miedo de admitir cuando no sabía algo.

Preguntaba.

Escuchaba.

Tomaba notas.

Incluso cambiaba de opinión sin convertirlo en una competencia.

Era extraño.

Trabajar con alguien así resultaba…

Fácil.

—Siempre haces muchas preguntas, ¿verdad? —le pregunté mientras cerrábamos una carpeta.

Él soltó una risa.

—Mi profesor decía que un arquitecto deja de aprender el día que empieza a creer que ya lo sabe todo.

Me gustó esa respuesta.

Mucho.

En ese momento, la puerta volvió a abrirse sin que nadie llamara.

Dmitri apareció sosteniendo una botella de agua y una dona de chocolate.

Miró a Adrián.

Luego a mí.

Después los planos.

Finalmente negó con absoluta solemnidad.

—Perfecto, ya me reemplazaron.— fruncí el ceño.

—¿Reemplazarte de qué?

—De compañero oficial para desesperar a Nikolai.— Adrián lo miró confundido.

—¿Ese puesto existe?— Dmitri apoyó una mano en el hombro de Adrián.

—Claro que existe. Llevo años ocupando el puesto de compañero oficial para desesperar a Nikolai.— lo miré curiosa.

—Ese puesto nunca ha existido.

—Porque Recursos Humanos nunca ha sabido valorar el talento.— solté una risa.

—Más bien porque nadie te contrataría para algo así.

—¿Ves? Me atacan en mi propio lugar de trabajo.

En ese momento escuchamos unos pasos acercarse por el pasillo.

Anastasia apareció con una carpeta azul entre los brazos. Ni siquiera se sorprendió al encontrar a Dmitri dentro de mi oficina. Lo realmente sorprendente habría sido no encontrarlo.

Se apoyó en el marco de la puerta y observó la escena.

—¿Interrumpo una junta importante?— Dmitri negó con absoluta seriedad.

—Sí. Estoy enseñándole a Adrián cuáles son mis responsabilidades dentro de Asterion.— Ana levantó una ceja.

—¿Las imaginarias?— no pude evitar reír.

Adrián también sonrió.

Dmitri llevó una mano al pecho.

—Me duele que hables así de un directivo.

—Tú no eres directivo.

—Espiritualmente sí.— Ana dejó escapar una carcajada mientras entraba por fin a la oficina.

Me entregó la carpeta que llevaba en las manos.

—Antes de que este hombre siga inventándose cargos, Nikolai quiere estos planos listos para las cuatro.— recibí la carpeta.

—Perfecto. Los reviso enseguida.— Ana miró a Adrián.

—¿Ya sobreviviste a tu primer día completo?— él sonrió.

—De momento sí.

—Entonces vas mejor de lo que esperaba.

—¿Tan mala fama tenemos?— ella inclinó la cabeza hacia mi escritorio.

—No nosotros. Solo mi hermano.— los cuatro reímos.

Bueno… los cuatro menos Nikolai.

Porque, justo en ese instante, apareció al final del pasillo. Salía de una de las salas de juntas con una carpeta bajo el brazo. Su mirada recorrió la oficina apenas un segundo.

Adrián seguía observando los planos.

Dmitri sostenía una dona como si fuera un trofeo.

Ana negaba con la cabeza, resignada.

Y yo…

Yo me estaba riendo.

No recordaba la última vez que había reído así dentro de Asterion.

Nuestros ojos se encontraron apenas un instante.

No dijo nada, solo continuó caminando hacia su despacho. Y, mientras lo veía alejarse, comprendí algo que me tomó completamente por sorpresa. No sentí ganas de seguirlo con la mirada.

Volví a bajar la vista hacia los planos.

Y seguí trabajando.

~

Las mañanas en Asterion tenían una curiosa forma de devorar las horas.

Uno llegaba convencido de que apenas eran las ocho y, cuando levantaba la vista del monitor, ya era mediodía. Entre revisar planos, corregir memorias descriptivas y responder correos, el tiempo simplemente desaparecía.

Estaba terminando unas observaciones sobre un proyecto residencial cuando el teléfono de mi escritorio sonó.

—¿Sí?— la voz de Clara, la asistente de presidencia, sonó tan amable como siempre.

—Vivienne, el señor Sokolov solicita la presencia de todo el equipo de diseño en la sala principal dentro de diez minutos.

Fruncí ligeramente el ceño.

Las reuniones convocadas por Nikolai sin previo aviso casi nunca traían buenas noticias.

—Gracias, Clara. Enseguida voy.— colgué.

Apenas levanté la vista, Adrián apareció en la puerta con una carpeta bajo el brazo.

—¿Tú también recibiste la llamada?— asentí.

—Sí.

—¿Crees que sea algo grave?— me encogí de hombros mientras apagaba la pantalla de la computadora.

—Con Nikolai existen dos posibilidades.— Adrián arqueó una ceja.

—¿Cuáles?— tomé mi libreta.

—O alguien cometió un error…o alguien está a punto de cometerlo.— él soltó una carcajada.

—Empiezo a entender el ambiente de esta empresa.

—Todavía te falta mucho por descubrir.— salimos juntos de la oficina.

Por el pasillo ya caminaban varios arquitectos, ingenieros y diseñadores. Todos iban igual de intrigados.

La sala de juntas principal ocupaba casi toda una esquina del edificio. Una enorme mesa de nogal dominaba el espacio, rodeada por pantallas, maquetas y una vista privilegiada del perfil de Manhattan.

Cuando entramos, Dmitri ya estaba cómodamente sentado en una de las sillas giratorias.

Tenía un bolígrafo entre los dedos que hacía girar como si estuviera en un espectáculo de magia.

—¿Llegué temprano o ustedes tarde? —preguntó con una sonrisa.

—Llegaste milagrosamente puntual —respondí.

—Lo sé. Estoy igual de sorprendido.

Ana apareció detrás de nosotros con una botella de agua.

—No le crean, solo vino porque escuchó la palabra “reunión” y pensó que habría comida.

—Difamación. Eso es difamación.

Antes de que Dmitri pudiera seguir defendiendo su honor, la puerta volvió a abrirse.

El murmullo desapareció casi al instante.

Nikolai entró.

Como siempre.

No necesitaba pedir silencio, su sola presencia bastaba. Traía una carpeta negra bajo el brazo y una tableta en la mano.

Ni siquiera se sentó.

Permaneció de pie frente a la pantalla principal.

—Buenas tardes.— su voz fue firme, tranquila y completamente profesional.

—Hace una hora recibimos una invitación oficial para participar en un concurso internacional.

En la pantalla apareció el render preliminar de un terreno inmenso rodeado de agua.

Después, una diapositiva mostró una sola palabra.

Dubái.

Sentí cómo varias personas enderezaban la espalda.

Nikolai continuó.

—El gobierno de Dubái, junto con un consorcio privado, busca una propuesta conceptual para un museo dedicado a la innovación arquitectónica y el diseño sostenible.— cambió la diapositiva.

El edificio era impresionante incluso en las referencias.

Grandes patios abiertos.

Espejos de agua.

Cubiertas flotantes.

Espacios públicos integrados con el paisaje.

Mi corazón empezó a latir un poco más rápido.

Era exactamente el tipo de proyecto con el que cualquier arquitecto soñaba trabajar al menos una vez en la vida.

—Solo cinco despachos internacionales fueron invitados a participar.— hizo una breve pausa —Nosotros somos uno de ellos.

La sala quedó completamente en silencio.

Incluso Dmitri dejó de jugar con el bolígrafo.

Nikolai dejó la carpeta sobre la mesa.

—Tenemos siete días para presentar una propuesta conceptual.

No ocho.

No diez.

Siete.

Escuché a alguien soltar un suspiro.

Siete días era una locura.

Un proyecto de ese nivel normalmente requería meses.

—No espero un proyecto terminado. Espero una idea capaz de convencer al comité de que nosotros debemos construirlo.— su mirada recorrió lentamente toda la mesa —Necesito creatividad, precisión y cero margen para improvisaciones.

Sentí ese conocido cosquilleo en el estómago.

Era la sensación que siempre aparecía antes de un reto importante. La que me recordaba por qué había decidido dedicar mi vida a diseñar espacios.

Nikolai tomó la tableta y deslizó un dedo sobre la pantalla.

Entonces dijo las palabras que nadie esperaba.

—El concepto estará a cargo de dos personas.— todos levantamos la vista.

—Laurent.— Adrián reaccionó de inmediato.

—Sí, señor.

Luego Nikolai giró apenas el rostro hacia mí.

—Hale.— por un instante olvidé hasta respirar.

—Quiero que trabajen juntos.— la sala quedó en un silencio extraño.

No incómodo.

Sorprendido.

Yo también lo estaba. No porque me molestara trabajar con Adrián, al contrario, había disfrutado muchísimo colaborar con él, lo que me desconcertaba era otra cosa. Nikolai jamás dejaba un proyecto importante sin supervisarlo personalmente.

Jamás.

Siempre revisaba cada línea.

Cada plano.

Cada decisión.

Cada render.

Controlaba absolutamente todo.

Y, sin embargo, sta vez acababa de poner el concepto principal en manos de otra persona, en nuestras manos.

Adrián fue el primero en romper el silencio.

—Será un honor.— Nikolai asintió apenas.

Luego me miró.

No había dureza.

Pero tampoco calidez.

Solo esa expresión imposible de descifrar que llevaba años intentando entender.

—¿Algún inconveniente, arquitecta Hale?— lo observé unos segundos.

—Ninguno.— él sostuvo mi mirada apenas un instante más.

Después cerró la carpeta.

—Perfecto, empiecen hoy. Quiero ver los primeros avances mañana a las ocho.

Claro.

Las ocho.

Con Nikolai, el tiempo siempre parecía correr más rápido que para el resto del mundo.

Mientras todos comenzaban a levantarse y comentaban entre ellos lo ambicioso del concurso, permanecí sentada unos segundos más.

No entendía por qué, pero una idea no dejaba de dar vueltas en mi cabeza. Tal vez, solo tal vez… aquello había sido un voto de confianza.

Nikolai jamás lo admitiría.

Probablemente preferiría diseñar un rascacielos con los ojos cerrados antes que reconocer algo así. Pero, por primera vez desde que entré a trabajar en Asterion, me había entregado un proyecto sin corregirme antes siquiera de empezar.

Y no supe qué me sorprendió más.

Que él lo hiciera.

O que, a pesar de todo lo ocurrido entre nosotros…

Una parte de mí todavía quisiera creer que significaba algo.

Cuando la reunión terminó, nadie se levantó de inmediato.

Era curioso.

Una sala llena de arquitectos normalmente explotaba en ideas apenas terminaba una presentación, pero aquella tarde ocurrió lo contrario.

Todos permanecimos en silencio unos segundos, mirando la enorme pantalla donde seguía proyectada la imagen del terreno en Dubái.

Siete días.

Solo siete.

Sentía la emoción y el vértigo peleando dentro de mi pecho.

Era el tipo de proyecto con el que soñaba cualquier arquitecto desde la universidad. También era el tipo de proyecto que podía dejarte sin dormir una semana entera.

—Bueno… —escuché decir a Dmitri mientras se ponía de pie exageradamente despacio—. Si alguien necesita localizarme, voy a fingir un desmayo en mi oficina.

Algunas personas soltaron una risa.

Incluso yo.

—¿Ya te cansaste? —preguntó Ana mientras guardaba su tableta.

—No me he cansado. Estoy entrando en una etapa espiritual donde rechazo cualquier responsabilidad adicional.

—Qué conveniente.

—Se llama madurez.— Ana negó con la cabeza.

—Se llama flojera.— Dmitri llevó una mano al pecho.

—No esperaba semejante falta de apoyo por parte de mi propia hermana.

—No soy tu hermana.

—Espiritualmente sí.— Adrián, que permanecía a mi lado revisando las notas que había tomado durante la reunión, soltó una carcajada.

Era apenas su segundo día conviviendo con Dmitri, todavía no desarrollaba inmunidad. Yo sí, aunque admitía que, de vez en cuando, todavía conseguía hacerme reír.

Comencé a guardar mis lápices dentro del estuche mientras el resto del equipo abandonaba la sala poco a poco.

Nikolai seguía de pie frente a la pantalla. Revisaba algo en su tableta sin levantar la vista, no parecía notar que la sala se había vaciado casi por completo.

O quizá sí.

Y simplemente no le importaba.

No lo miré más de un segundo.

Había aprendido que hacerlo demasiado tiempo solo conseguía desordenarme las ideas.

—¿Lista? —preguntó Adrián.

Asentí.

—Supongo.— salimos juntos de la sala.

El pasillo principal de Asterion estaba lleno de conversaciones apresuradas.

Algunos ya hablaban sobre materiales.

Otros discutían referencias arquitectónicas.

Había quienes caminaban con el teléfono pegado al oído organizando reuniones para la mañana siguiente.

Así era Asterion.

Bastaba un proyecto importante para que todo el edificio pareciera respirar más rápido.

Adrián caminaba a mi lado observándolo todo con genuina curiosidad.

—Nunca había trabajado en un despacho tan grande. Estoy acostumbrado a trabajar por mi propia cuenta, sin un equipo tan grande— me miró— y las veces que lo he hecho, normalmente son despachos pequeños que visito dos veces al mes.

Sonreí.

—Al principio impresiona, después descubres que todos vivimos igual de estresados.— él rió.

—Eso sí me tranquiliza.

—No debería.— llegamos a mi oficina y dejamos las carpetas sobre la mesa.

Apenas habían pasado cinco minutos cuando ambos estábamos rodeados de planos otra vez.

Empezamos revisando las bases del concurso.

Luego analizamos el clima de Dubái.

Después la orientación del terreno.

Más tarde las restricciones del proyecto.

Y cuando levanté la vista…

Ya eran casi las ocho de la noche.

El piso estaba prácticamente vacío.

Las luces de varias oficinas se habían apagado.

Solo se escuchaba el zumbido del aire acondicionado y el sonido lejano de una aspiradora recorriendo otro pasillo.

Adrián dejó el lápiz sobre la mesa y se frotó los ojos.

—Creo que llevo tanto tiempo viendo líneas que voy a empezar a soñar en AutoCAD.—no pude evitar reír.

—Eso significa que todavía eres arquitecto.

—¿Y cuándo deja de pasar?

—Nunca.

Guardé silencio unos segundos mientras observaba la cantidad de hojas que seguían pendientes. Todavía faltaban renders, la memoria conceptual, las primeras ideas para el paisajismo.

Y una lista interminable de observaciones.

Miré el reloj otra vez.

Las ocho y media.

Suspiré.

—Aquí ya no vamos a avanzar mucho más.— Adrián siguió mi mirada.

—Pensaba exactamente lo mismo.— cerré la laptop.

—Mi departamento está a unos quince minutos. Tengo una mesa enorme en el comedor, y una cafetera que probablemente trabaja más horas que nosotros.— él sonrió con cierta duda.

—¿Estás segura?

—Completamente. Además, si seguimos aquí, el personal de seguridad va a terminar apagándonos las luces.— Adrián soltó una risa.

—Entonces acepto, pero tú conduces.— fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque llevo tanto tiempo viendo planos que ya no estoy seguro de distinguir un semáforo de una glorieta.— reí mientras terminaba de guardar mis cosas.

Justo cuando cerraba mi mochila, una voz conocida resonó por todo el pasillo.

—¡Mis arquitectos favoritos!— cerré los ojos apenas un segundo antes de girarme.

Sonreí incluso antes de verlo.

Solo una persona en todo Manhattan era capaz de anunciar su llegada como si acabara de entrar a un escenario.

—Hola, Dmitri.

Apareció al final del pasillo con una caja de pizza equilibrada sobre un brazo y una bolsa de papel colgando de la otra mano. Caminaba con esa seguridad absurda de quien estaba convencido de que todo el edificio llevaba horas esperándolo.

Y, conociéndolo…

Probablemente él sí lo creyera.

—Gracias, gracias. No hace falta que aplaudan. Sé que mi presencia mejora cualquier ambiente.— rodé los ojos.

—Qué alivio. Pensé que habías venido a trabajar.— se llevó una mano al pecho con dramatismo.

—Vivienne Hale… ¿de verdad me acabas de insultar después de que vine cargando la cena?— parpadeé.

—¿La cena?— levantó la caja como si acabara de descubrir un tesoro.

—¿Qué creías que era?

—Contigo nunca se sabe. La última vez cargabas una impresora porque, según tú, “te había elegido”.— Adrián soltó una carcajada.

Dmitri giró hacia él inmediatamente.

—¡Viste! Ella manipula la historia para dejarme mal.— Adrián levantó ambas manos.

—No llevo ni una semana aquí. No pienso meterme en eso.

—Sabia decisión.— asentí con solemnidad.

—Aprende rápido.— Dmitri entrecerró los ojos.

—No me gusta que hagan equipo.

—Pues acostúmbrate.

—Jamás.— nos observó unos segundos antes de señalar a Adrián con un dedo acusador.

—Tú.

Adrián arqueó una ceja.

—¿Yo?

—¿Ya sobreviviste a tus primeros días con la dictadora?— lo miré indignada.

—¿Yo soy la dictadora?

—Claro. ¿Quién corrigió ocho veces la misma fachada esta tarde?

—Porque estaba mal.

—Pero solo un poquito.

—Catorce centímetros fuera del eje no es “un poquito”.— Adrián empezó a reír otra vez.

—Tiene razón.— Dmitri abrió mucho los ojos.

—¿Ya te lavó el cerebro?

—No. Solo me enseñó a medir.

—Qué decepción.— negué con la cabeza mientras terminaba de guardar mi computadora.

—¿Qué haces todavía aquí?— él levantó la pizza una vez más.

—Vine a salvarles la vida.— miré el reloj, las ocho y cuarenta y siete.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo supiste que seguíamos aquí?— me miró como si hubiera hecho la pregunta más obvia del mundo.

—Viv, cuando Nikolai anunció ese concurso, supe que no ibas a salir antes de las ocho durante toda la semana.— hizo una pausa —Y también supe que ibas a olvidar cenar.

No respondí. Porque tenía razón.

No había probado absolutamente nada desde el desayuno.

Adrián carraspeó con cierta vergüenza.

—Yo tampoco.— Dmitri sonrió satisfecho.

—Exactamente. Por eso traje refuerzos.— abrió la caja de pizza.

El olor inundó el pasillo casi de inmediato.

Mi estómago decidió recordarme que existía.

—Eres un exagerado.

—No, soy un visionario. Si dependo de ustedes dos para sobrevivir, en una semana estaríamos alimentándonos de marcadores.— no pude evitar reír.

A veces olvidaba lo fácil que era hacerlo cuando Dmitri estaba cerca.

Sin hacer demasiado.

Solo siendo él.

Tomó una rebanada y me la ofreció.

—Come.— obedecí.

No porque me lo ordenara, sino porque realmente tenía hambre.

Le di el primer bocado y cerré los ojos un instante.

—No sabía que una pizza pudiera saber tan bien.

—Eso pasa cuando recuerdas que los seres humanos necesitan alimentarse.— Adrián aceptó otra rebanada.

Los tres nos quedamos apoyados contra la pared del pasillo, comiendo como estudiantes universitarios en lugar de arquitectos trabajando para uno de los despachos más importantes de Nueva York.

Y, sinceramente…

Era uno de los momentos más tranquilos que había tenido en semanas.

Dmitri rompió el silencio de pronto.

—Entonces… ¿Dónde van a seguir trabajando?— Adrián me miró antes de responder.

—En el departamento de Vivienne.— Dmitri asintió con total naturalidad.

—Buena idea.— después me señaló con un dedo.

—Pero tengo dos condiciones.— suspiré.

—A ver.

—Primera, no dejes que él prepare café.— Adrián sonrió.

—No sé preparar café.

—Perfecto, entonces la segunda es más importante.— fruncí el ceño.

—¿Cuál?— me señaló ahora a mí.

—No prepares tú el café.— me quedé mirándolo.

—¿Perdón?

—Viv, eso no es café, eso es combustible para aviones.— Adrián soltó una carcajada.

—Tengo que admitir que sigo sintiendo el efecto del que me dio esta mañana.

—¡¿Ves?!— los señalé a los dos.

—Son unos exagerados.—Dmitri negó con absoluta seriedad.

—No, yo quiero mucho a mi corazón y me gustaría que siguiera latiendo algunos años más.— no pude contener la risa.

Y mientras los veía discutir sobre cuál de los dos exageraba más, pensé que quizá…

Solo quizá, la vida empezaba a sentirse un poquito más ligera otra vez.

Quince minutos después estacioné frente al edificio donde vivía. Adrián bajó del auto con la mochila colgada sobre un hombro mientras observaba la fachada de cristal iluminada por las luces de Manhattan.

—Bonito lugar.— sonreí.

—Lo elegí por los ventanales.— él levantó una ceja.

—¿Solo por eso?

—Y porque la cocina era enorme.— me miró divertido.

—Eso tiene más sentido.— entramos al vestíbulo.

El guardia nocturno levantó la vista del mostrador apenas crucé la puerta.

—Buenas noches, señorita Hale.

—Buenas noches, George. ¿Cómo va todo?

—Tranquilo, como siempre.— después dirigió una mirada curiosa hacia Adrián.

—¿Visita?— asentí.

—Compañero de trabajo. Tenemos una entrega importante.— George sonrió con esa expresión de quien ya había visto demasiados arquitectos sobrevivir gracias al café.

—Entonces les deseo suerte. La van a necesitar.— el elevador llegó enseguida.

Entramos.

Durante unos segundos solo se escuchó la música suave que salía de las bocinas del techo.

Adrián rompió el silencio.

—Siempre pensé que los todos arquitectos vivíamos en departamentos minimalistas.— lo miré de reojo.

—¿Y quién dijo que el mío lo es?— las puertas se abrieron.

Saqué las llaves del bolso.

Giré la cerradura.

Y empujé la puerta.

Cada vez que regresaba a casa sentía exactamente lo mismo.

Paz.

No era un departamento enorme.

Tampoco era el más elegante del edificio.

Pero era mío.

Y eso bastaba.

Las paredes estaban llenas de repisas con libros de arquitectura mezclados con novelas románticas que jamás admitiría leer frente a Dmitri.

Había varias plantas junto al ventanal principal.

Un sillón color crema lleno de cojines.

Una manta doblada sobre el respaldo.

Y una mesa de madera que ocupaba casi todo el comedor.

Mi mesa favorita.

Porque allí había dibujado algunos de los mejores proyectos de mi vida.

Y también algunos de los peores.

Adrián dio un par de pasos lentamente.

No parecía estar mirando los muebles.

Observaba los detalles.

Las fotografías.

Los libros.

Las acuarelas apoyadas contra una pared.

Los pequeños frascos de especias alineados en la cocina.

Y entonces sonrió.

—Ahora entiendo.— dejé las llaves sobre la barra.

—¿Qué cosa?

—Tu arquitectura.— fruncí el ceño.

—No entiendo.— se acercó al ventanal.

—Todo aquí tiene textura, color, vida. No intentaste que pareciera una revista, intentaste que se sintiera hogar.— guardé silencio.

Nunca nadie había descrito mi departamento de esa manera.

Ni siquiera yo.

—Creo que… es el cumplido más bonito que me han hecho.

Él sonrió.

—Solo describí lo que vi— me acerqué a la cocina para dejar las cajas de pizza.

Entonces ocurrió.

Adrián abrió uno de los cajones buscando servilletas.

Y se quedó completamente inmóvil.

Yo seguí acomodando las cosas sin prestar atención.

Hasta que escuché su voz.

—Viv…— volteé.

Tenía en las manos un cortador metálico con forma de flor.

Después levantó la vista.

—¿Cuántas cosas de repostería tienes?— seguí la dirección de su mirada.

Moldes.

Espátulas.

Batidores.

Boquillas.

Básculas digitales.

Libros de recetas.

Recipientes perfectamente etiquetados.

Una batidora profesional.

Y una libreta gruesa llena de anotaciones.

Me dio un poco de vergüenza.

—Creo que se me salió de las manos.— Adrián dejó el cortador sobre la barra con muchísimo cuidado.

—No. Creo que esto ya dejó de ser un hobby hace bastante tiempo.— sonreí con cierta tristeza.

—Tal vez.— abrí uno de los cajones y saqué mi libreta.

Las hojas estaban llenas de dibujos.

No de edificios, de vitrinas, mostradores, escaparates, distribuciones para una pequeña pastelería.

Él las observó en silencio.

Pasó una página.

Luego otra.

Y otra más.

No hablaba.

Solo seguía mirando.

Empecé a ponerme nerviosa.

—Puedes decir que están horribles, no me voy a ofender.— Adrián levantó la cabeza lentamente.

—¿Horribles?— negó con una sonrisa.

—Viv, llevas meses pensando en esto.— no era una pregunta. Era una afirmación.

Bajé la mirada hacia los bocetos.

—Desde hace años.— hubo un silencio breve.

Muy distinto a los silencios que conocía con Nikolai. Este no era incómodo, era un silencio que dejaba espacio para respirar.

Adrián cerró la libreta con cuidado.

—Entonces prométeme una cosa.— lo miré.

—¿Cuál?— su sonrisa fue pequeña.

Sincera.

—Que un día me vas a invitar a la inauguración.— sentí un nudo en la garganta.

Porque no me preguntó si iba a abrirla.

No dijo “si algún día”.

No puso condiciones.

Simplemente habló como si fuera inevitable. Como si creyera en mí, muchísimo más de lo que yo era capaz de creer en mí misma.

No recordaba la última vez que había dormido tan poco.

Llegué a mi departamento con Adrián poco después de las nueve de la noche, y cuando por fin levanté la vista del último render eran las tres con diecisiete de la madrugada.

Habíamos perdido completamente la noción del tiempo. Los planos ocupaban toda la mesa del comedor. Había hojas pegadas con cinta sobre las paredes, tazas de café por todas partes, una caja de pizza abierta sobre la barra de la cocina.

Y dos arquitectos que empezaban a debatir si un patio interior debía crecer veinte centímetros o quedarse exactamente como estaba.

—Veinte centímetros cambian toda la percepción del espacio —insistí.

Adrián cruzó los brazos.

—Veinte centímetros no cambian absolutamente nada.— lo miré.

—Eso diría alguien que jamás ha diseñado un jardín.— él soltó una carcajada.

—Está bien. Ganaste.— tomé el lápiz y corregí el boceto.

—Lo sé, siempre gano.— menos con Nikolai, tonta

—Qué modesta.

—Muchísimo.— seguimos trabajando.

Una idea llevaba a otra. Después aparecía un problema, lo resolvíamos y nacían dos más. Fue agotador.

Pero también, increíblemente divertido. No recordaba la última vez que había disfrutado tanto un proyecto.

A las siete de la mañana regresé a Asterion con un café en una mano y una carpeta llena de planos en la otra.

Adrián caminaba junto a mí bostezando sin el menor intento de disimularlo.

—Si sobrevivo a esta semana renuncio a dormir para siempre.— sonreí.

—Te acostumbrarás.

—Espero que no.— el elevador se abrió en el último piso.

A las ocho en punto estábamos frente al despacho de Nikolai.

Golpeé suavemente la puerta.

—Adelante.— entramos.

Él ya estaba trabajando, como si hubiera pasado una noche perfectamente normal.

Nos indicó la mesa de juntas.

—Siéntense.

Durante casi cuarenta minutos revisamos el concepto completo. La orientación del edificio, circulación principal, integración del paisaje, iluminación natural, patios interiores.

Nikolai apenas hablaba.

Escuchaba.

De vez en cuando hacía alguna pregunta.

O señalaba un detalle que podíamos mejorar, nada más.

Cuando terminamos, cerró lentamente la carpeta.

Hubo unos segundos de silencio.

Después dijo:

—Van por buen camino.— eso era todo.

En idioma Nikolai prácticamente significaba un excelente trabajo.

Adrián sonrió con discreción.

Yo simplemente asentí.

Adrián terminó de guardar la tableta dentro de su mochila y sonrió satisfecho.

—Entonces haremos esas correcciones y las tendrá listas antes del mediodía.— Nikolai hizo un leve movimiento con la cabeza.

—Perfecto.— yo también comencé a recoger los planos.

La mesa estaba cubierta de hojas, escalímetros y notas adhesivas de colores.

Habíamos trabajado tanto durante la madrugada que incluso podía reconocer cuál de los dibujos había hecho yo y cuál Adrián únicamente por la presión del lápiz sobre el papel.

—Nos vemos abajo —dijo Adrián mientras acomodaba la mochila sobre su hombro—. Voy por un café antes de seguir.

Asentí.

—No tardes.

—Lo intentaré.— nos dedicó una sonrisa a ambos antes de salir del despacho.

La puerta se cerró con un clic suave, y el silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Era curioso. Antes ese silencio nunca me incomodaba, ahora parecía ocupar demasiado espacio.

Seguí ordenando los planos para evitar mirarlo.

Solo quería salir de ahí.

—Hale.— su voz rompió el silencio.

Levanté apenas la vista.

—¿Sí?

—Espera un momento.— mi mano dejó de moverse sobre la carpeta.

—¿Ocurre algo con el proyecto?

—No.— Nikolai se levantó despacio de la silla y comenzó a caminar alrededor del escritorio.

No lo hacía con prisa.

Nunca lo hacía.

Cada movimiento suyo parecía perfectamente calculado.

Se detuvo frente al ventanal, con Manhattan extendiéndose detrás de él. Durante unos segundos pensé que ya no iba a decir nada.

Hasta que habló.

—Ayer trabajaron hasta tarde.— no era una pregunta.

Asentí.

—Terminamos cerca de las tres de la mañana.— él permaneció mirando la ciudad.

—Se nota.— bajé la mirada a mis propias manos.

Probablemente las ojeras me delataban más de lo que imaginaba.

—Era necesario.

—Lo sé.— otra pausa.

Demasiadas pausas.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Eso era todo?— giró apenas el rostro hacia mí.

—Dmitri mencionó que siguieron trabajando en tu departamento. — ah, así que de ahí venía todo.

No pude evitar soltar una pequeña exhalación por la nariz.

—Sí, aquí ya iban a cerrar.— su expresión no cambió.

—¿Solo ustedes dos?— la pregunta me tomó completamente por sorpresa.

Lo miré unos segundos.

—Sí.— otra vez ese silencio.

Sentía que había algo más. Algo que no terminaba de decir.

Cerré la carpeta con suavidad.

—¿Hay algún problema con eso?— sus ojos encontraron los míos.

—No.— respondió demasiado rápido —Solo quería asegurarme de que hubieran tenido un lugar adecuado para trabajar.

Lo observé sin decir nada.

Después de tantos años había aprendido a distinguir cuándo Nikolai decía exactamente lo que pensaba, y cuándo escondía la mitad de la conversación. Esta era una de esas veces.

Incliné apenas la cabeza.

—Mi comedor es bastante grande, los planos estuvieron cómodos.— por alguna razón, esa respuesta pareció incomodarlo más de lo esperado.

Desvió la mirada hacia la carpeta que yo llevaba entre los brazos.

—Entiendo.— esperé.

Nada.

Ni una palabra más.

Sentí una mezcla extraña entre curiosidad y cansancio.

—Si no necesita nada más, voy a seguir trabajando.— asintió sin mirarme.

—Sí, pueden continuar.

Di dos pasos hacia la puerta.

Entonces escuché su voz otra vez.

Mucho más baja.

—Vivienne.— me detuve.

Hacía días que no pronunciaba mi nombre.

Sin “Hale”.

Sin distancia.

Solo…

Vivienne.

Giré lentamente. Él seguía donde estaba, con una mano apoyada sobre el respaldo de la silla.

Por un instante pensé que iba a decir algo importante.

Que iba a hablar de aquella discusión o que iba a disculparse, al menos, a intentarlo.

Pero no.

—No se acostumbren a trabajar hasta esa hora.— fruncí el ceño.

—¿Perdón?— volvió a adoptar esa expresión seria que tan bien conocía.

—No quiero que el cansancio afecte la calidad del proyecto.— lo sostuve la mirada unos segundos.

Después sonreí apenas.

Una sonrisa educada.

Distante.

—No se preocupe, Nikolai, sabemos cuidar nuestro trabajo.— hice un ligero movimiento con la cabeza a modo de despedida —Con permiso.

Salí del despacho sin volver la vista atrás. Mientras caminaba por el pasillo, una sensación extraña me acompañó hasta el elevador. No sabía qué había sido aquella conversación, solo tenía claro una cosa.

Nikolai jamás había preguntado dónde trabajaba después del horario laboral.

Jamás.

Y por mucho que intentara convencerme de que había sido una simple duda profesional, había algo en la forma en que hizo aquella pregunta que no terminaba de creerle.

No miré hacia atrás, no quería hacerlo después de aquella conversación tan… extraña.

Mientras esperaba el elevador, seguía dándole vueltas a la misma pregunta, ¿por qué le había importado saber dónde habíamos trabajado? No tenía sentido. Si hubiera sido cualquier otro arquitecto de la empresa, probablemente ni siquiera habría preguntado.

Las puertas del elevador se abrieron.

Entré, y decidí hacer lo que llevaba intentando hacer durante semanas. Dejar de pensar en él.

El resto del día pasó entre correcciones, renders y reuniones improvisadas.

Adrián y yo apenas tuvimos tiempo de sentarnos. Cada vez que solucionábamos un problema, aparecían otros tres.

Alrededor de las siete de la tarde, por fin enviamos la última actualización del proyecto.

Apoyé la espalda contra la silla y cerré los ojos.

—¿Sabes qué es lo primero que voy a hacer cuando entreguemos este concurso? —preguntó Adrián.

Negué con la cabeza.

—Dormir.— sonrió —Doce horas seguidas.

—Ambicioso.— ambos guardamos nuestras cosas.

—¿Y tú?— me quedé pensando unos segundos.

Hacía unas semanas habría respondido algo relacionado con Asterion, con arquitectura, seguir trabajando.

Pero esa respuesta ya no apareció.

Sonreí apenas.

—Hornear.— Adrián sonrió como si aquella respuesta fuera la más lógica del mundo.

—Me parece un mejor plan— empezamos a caminar hacia la salida.

Nos despedimos en el estacionamiento.

Él tomó el camino hacia el metro, y yo conduje hasta mi departamento.

Durante todo el trayecto la ciudad parecía distinta, no porque hubiera cambiado, sino porque, por primera vez en mucho tiempo mi cabeza estaba en otro lugar.

Subí en silencio.

El pasillo del edificio estaba completamente vacío.

Saludé a George con un movimiento de la mano y entré al elevador.

Cuando la puerta de mi departamento se cerró detrás de mí el silencio me recibió como un abrazo.

Me quité los zapatos apenas crucé la entrada, dejé el bolso sobre el sofá y caminé lentamente hasta la cocina.

La barra seguía exactamente igual que la noche anterior.

Las tazas de café, servilletas, un par de lápices olvidados entre los planos y, al fondo mis moldes de repostería.

Los observé unos segundos.

Todavía estaban ahí.

Esperando.

Como si supieran que, tarde o temprano, volvería a ellos.

Sin pensarlo demasiado, guardé los planos del concurso dentro de una carpeta. Después aparté cuidadosamente la computadora y despejé toda la barra de la cocina.

El movimiento salió de forma automática, como si mi cuerpo supiera perfectamente qué hacer.

Abrí el cajón donde guardaba mi libreta de recetas, no, no era solo una libreta de recetas. Era un desastre precioso, había dibujos, ideas, nombres tachados, distribuciones para vitrinas, bocetos de mesas, combinaciones de colores y recetas pegadas con cinta adhesiva.

Acaricié la portada con la yema de los dedos.

Entonces recordé a Adrián.

“Prométeme que un día me invitarás a la inauguración.” Sonreí.

Fue una sonrisa pequeña, pero completamente sincera.

Lo curioso era que no me había preguntado si iba a abrirla, había dado por hecho que lo haría, como si nunca hubiera existido otra posibilidad.

Abrí la libreta.

Pasé varias páginas.

Y encontré el dibujo de la fachada. Todavía era un boceto, las ventanas no estaban definidas, la distribución podía mejorar, pero allí estaba.

Mi pequeña pastelería.

Durante unos minutos me dediqué únicamente a dibujar. Agregué unas jardineras, moví la vitrina principal unos centímetros, redibujé el mostrador, pensé en dónde colocar la máquina de café.

En qué color tendrían las paredes, en la música que sonaría por las mañanas y el aroma a mantequilla recién horneada que saldría hasta la calle.

Y, sin darme cuenta…

Había dejado de pensar en Asterion.

En el concurso.

En Nikolai.

Solo existía aquel pequeño local que llevaba años viviendo dentro de mi cabeza.

Tomé un bolígrafo, respiré hondo y escribí un nombre en la parte superior de la hoja. Lo observé durante varios segundos, sentí cómo el corazón me latía un poco más rápido.

No.

Todavía no.

Sonreí para mí misma. Aún no estaba lista para decirle a nadie cómo se llamaría, pero verlo escrito lo hacía sentirse un poquito más real.

Justo en ese momento, el teléfono vibró sobre la barra. La pantalla se iluminó.

Alex.

Contesté casi de inmediato.

—Hola.

—Necesito que seas completamente honesta conmigo.— solté una risa.

—Eso depende de la pregunta.

—¿Qué tan grave es que haya quemado tres charolas de galletas en menos de una hora?— me apoyé sobre la encimera mientras seguía sonriendo.

—Alex… ¿Qué hiciste?

—Las olvidé en el horno. Tres veces.— cerré los ojos riendo.

—Eres repostero.

—Lo sé, es humillante.

—Muchísimo.

—¿Puedes venir mañana después del trabajo? Creo que mi orgullo necesita supervisión profesional.— negué divertida.

—Solo si prometes no incendiar la cocina antes de que llegue.

—No puedo prometer eso.— los dos reímos.

Hablamos apenas unos minutos más.

De recetas.

De un nuevo proveedor de chocolate que él quería probar.

De un horno que había visto en internet y que, según él, era “el Ferrari de las panaderías”.

Cuando colgué, el departamento volvió a quedar en silencio.

Miré otra vez la libreta abierta sobre la barra, después el nombre que acababa de escribir y, por primera vez en muchísimo tiempo no sentí miedo al imaginar mi futuro. Sentí ilusión.

Una ilusión pequeña.

Frágil.

Pero suficiente para hacerme pensar que, quizá…

Todavía estaba a tiempo de construir algo que realmente fuera mío.