CAPITULO 1 Mi juez
Iris BettmonEscucho los gritos de mi jefe resonar a mis espaldas mientras salgo corriendo de la cafetería. «¡Si cruzas esa puerta, Bettmon, no regreses!», pero en mi cabeza solo hay una prioridad: mi hermana. Cada mes este día es sagrado. El mes pasado no pudieron administrarle el medicamento que la había mantenido de pie durante los últimos dos meses.
Mi vida se resume en: trabajar hasta romperme la espalda para cubrir todo lo que pueda en casa, así mi madre solo tiene que enfocarse en cuidar a Amelia. No comer demasiado y devorarme mis donas rellenas de noche cuando nadie me ve. Cruzó la avenida entre el tráfico desquiciado. Las bocinas de los autos me pitan mientras sostengo con una mano el dobladillo de mi vestido para que una brisa no deje al descubierto mi alma aguada.
Antes de subir al ascensor de la clínica, me detengo un segundo frente al espejo del pasillo. Respiro hondo, me limpio las manchas de sudor y cansancio del rostro, y acomodo las flores que corté de la cafetería.
Amelia sonríe de inmediato. Mi pequeña hermana es un milagro de Dios; con apenas dieciocho años, sigue luchando como una guerrera. Aunque es mi media hermana, la amo con la vida entera. A los diez años la diagnosticaron con una anomalía extraña: el Síndrome de Virell. Es una enfermedad neurovascular que provoca que su propio sistema inmunológico ataque lentamente los vasos sanguíneos del cerebro y de varios órganos vitales.
—No me mires así —digo apenas me ve entrar.
—¿Así cómo? —responde ella desde la cama, entornando los ojos.
—Como si estuvieras juzgando mi vestido.
Me acomodo las manguitas de mi vestido cubierto de flores y doy una vuelta sobre mí misma, regalándole una sonrisa enorme que oculta perfectamente el peso que llevo sobre los hombros.
—¿Acaso no te parece precioso?
Amelia suelta una risa y niega con la cabeza.
—Me parece que un jardín entero tuvo que morir para confeccionar eso. Tiene margaritas, girasoles, lavandas..., creo que hasta una zanahoria estampada por ahí.
—Es un tulipán, grosera.
—Ah..., entonces retiro lo dicho —se burla.
Fingo ofenderme y me cruzo de brazos.
—No pienso aceptar críticas de estilo de alguien que combina calcetines de distintos colores.
En uno lleva un calcetín amarillo y en el otro uno azul con pequeños pingüinos.
—Se llama personalidad, Iris.
—Se llama pereza, hermanita.
Las dos nos echamos a reír. Esas risas compartidas son lo único que mantiene en pie los cimientos de nuestra casa. Me acerco a la camilla, la abrazó y ella apoya su cabeza contra mi pecho.
—Después de hoy te sentirás muchísimo mejor —le susurró, acariciándole el cabello—, podremos ir a la peluquería de Olivia, te dejará hermosa y hasta tendrás fuerzas para salir a buscar chicos.
—¡Iris! —grita mi madre desde el baño escuchándolo todo como siempre.
Amelia suspira, mirando sus manos.
—¿Crees que alguien vaya a quererme, Iris? Ni siquiera logro mantenerme en pie si no es por este medicamento. ¿Quién va a querer a una chica a la que le dan derrames sin aviso y pierde el conocimiento por una simple emoción?
—Yo creo que sí —le hablo bajito, mirándola a los ojos. Mi hermana era hermosa, igual que mi difunto padre, ojos claros y cabello rubio—, tienes muchas más oportunidades que yo. Eres hermosa, Amelia, y la persona correcta entenderá que todo lo demás no pesa nada. Pero lo primero es que tú estés bien, ¿sí?
Y lo decía de corazón, porque todo había mejorado en los últimos meses. Volvía a caminar sin marearse tan seguido, dormía la noche entera. Eran pequeñas victorias enormes. Este medicamento experimental le estaba devolviendo la vida.
—Hija, ¿qué te dijo tu jefe? ¿Te va a echar, cariño? —pregunta mi madre, acercándose con rostro preocupado.
Su cabello con canas está perfectamente peinado y luce un vestido en tono pastel con su abrigo de lana bien.
—Me dijo que podía irme, que me adora —suelto con burla para no preocuparla, aunque la verdad no tengo ni idea de si tendré empleo—, ¿lista?
Amelia asiente. Salimos al pasillo a esperar nuestro turno. En el camino saludo a dos enfermeras y les dejo una flor a cada una; luego le regaló otra a un niño que no paraba de llorar.
El pequeño se la entrega a su mamá, quien me sonríe con alivio. No me imagino siendo madre y perder todo lo que logre estos cuatro años donde solo era la burla de muchos.
—¿Cómo haces eso? —me pregunta Amelia en voz baja.
—¿Qué cosa?
—Que todos terminen sonriendo cuando pasas.
—Porque nunca sabes quién está teniendo el peor día de su vida. Si puedes hacérselo un poquito mejor... ¿Por qué no intentarlo?
Amelia baja la mirada hacia sus regazos.
—Ojalá yo fuera como tú. Todos me ven con lástima y nadie sonríe.
Le tomó la mano y levantó su barbilla.
—No. Tú eres mejor que yo. Mamá siempre nos dice que hay que sonreírle a la vida, estemos mal o bien..., ¿recuerdas?
El llamado interrumpe el momento.
—Amelia Bettmon.
Nos levantamos, pero en lugar del médico habitual, nos recibe una mujer con un traje oscuro, impecablemente peinada. Ni una sola sonrisa en su rostro. Ni una pizca de calidez.
—Señora Bettmon. Señoritas Bettmon. Por favor, acompáñenme a la oficina —dice con voz monótona.
Un escalofrío me recorre la espalda. Algo no está bien. Lo siento en el estómago apenas la veo abrir una carpeta gruesa sobre su escritorio.
—El programa experimental VK-17 ha sido cancelado antes de lo previsto —suelta sin rodeos.
Siento que el aire se me congela en la garganta.
—No entiendo... —alcanzó a decir.
—El ensayo clínico ha concluido para su expediente.
—Pero..., todavía le faltan cuatro meses —intervengo, dando un paso al frente—. El protocolo era de ocho meses en total para que mi hermana pueda reestructurar sus vasos sanguíneos y tener una vida normal. Ha mejorado muchísimo, por favor, ella lo necesita.
—Hubo una reestructuración presupuestaria del proyecto por parte de la directiva.
Un nudo amargo se me aprieta en el estómago.
—No —la palabra me sale casi en un susurro.
—Disculpe...
—No. Aquí en este papel dice ocho meses garantizados. Yo lo leí. Mi madre lo firmó.
—Las condiciones del laboratorio cambiaron.
—¡No pueden cambiar un contrato porque sí cuando hay una vida de por medio!
—Lo lamento, señorita Bettmon.
—No, usted no lo lamenta —la encaró, apretando las manos en puños—, si de verdad lo lamentara, mi hermana seguiría recibiendo la dosis que le toca y que no cumplieron el mes pasado.
La mujer respira con una paciencia ensayada, como si mi dolor fuera solo un trámite molesto en su rutina.
—Existe la posibilidad de continuar el tratamiento de manera privada.
Una diminuta chispa de esperanza me ilumina el rostro.
—¿Cuánto?
La respuesta cae sobre nosotras como una sentencia de muerte.
—Veinticinco mil dólares mensuales.
El silencio que sigue es sepulcral. Amelia baja la cabeza, incapaz de procesar la cifra. Mi madre se lleva una mano a la boca. Yo me quedo mirando a la mujer, de repente, me da una risa amarga.
Una risa que no tiene nada de graciosa, sino pura desesperación.
—Vendimos el coche. Hipotecamos la casa —le digo con la voz temblando de rabia—, yo tengo tres trabajos: en una cafetería, lavando cabezas en un salón de belleza y haciendo entregas a un restaurante vestida de chico. ¿Y usted cree que de la noche a la mañana podemos sacar veinticinco mil dólares al mes?
—No puedo hacer nada más —responde la mujer, señalando la puerta—, les pido que retiren sus pertenencias y desocupen la habitación hoy mismo.
Esa es la gota que derrama el vaso.
Me levanto de golpe. La silla cae hacia atrás provocando un estruendo contra el suelo.
—¡Sí puede hacer algo! ¡Ustedes son unos inhumanos malnacidos!
—Señorita, controle su tono...
—¡La salud de mi hermana no es un archivo que puedan cerrar y tirar a la basura! —le gritó, apoyando las palmas de mis manos con fuerza sobre su escritorio—, ¡Amelia y muchos pacientes más dependen de esto para tener una oportunidad de vivir!
—Iris, por favor... —mi madre me tomó del brazo.
Me suelto con suavidad, pero no doy un paso atrás. Golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡Nos prometieron ese tratamiento!
—Le pido que se retire o llamaré a seguridad.
—¿Y usted me pide calma después de jugar con la vida de mi hermana?
La mujer cierra la carpeta con molestia.
—Si no está de acuerdo, puede presentar una demanda. Ahora, retírese.
Le dedico una sonrisa llena de rabia.
—Eso es exactamente lo que voy a hacer.
La administradora se acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Entonces le deseo mucha suerte encontrando a un abogado o a un juez dispuesto a meter la demanda contra una corporación como esta.
Salgo de esa oficina y me trago las lágrimas mientras ayudo a mi hermana a acomodarse. Mi madre camina a nuestro lado, intentando mantener la fe con la voz cortada, pero las tres sabemos la verdad: nos están echando a la calle con una bolsa de medicamentos básicos.
Los días siguientes se convierten en un infierno en pausa; entre mis horarios de descanso en la cafetería y el salón de Olivia, me dedico a correr por toda la ciudad buscando abogados, bufetes y jueces. El fin de semana viajo en autobús a la ciudad vecina. Pero cada vez que saco los documentos y leen el nombre de la farmacéutica, la respuesta es siempre la misma.
Perdí la cuenta de cuántos hombres encorbatados me cerraron la puerta en la cara.
—Lo siento, señorita Bettmon. No puedo aceptar el caso. Busque otra opción, no voy a arriesgar mi licencia —me dice un abogado mientras recoge sus papeles.
—Pero dígame por qué le temen tanto. ¡Solo es una farmacéutica incumpliendo un contrato!
—Es un caso perdido. Si me disculpa, tengo otra cita.
El hombre pasa por mi lado dejándome con la palabra en la boca.
Todos dicen lo mismo:
No puedo. Es imposible. Nadie le gana a esa corporación. Llegué a pensar que el problema era yo. Que tal vez hablaba demasiado...
Regreso a casa el domingo por la noche con los pies destrozados y el corazón hecho trizas. Muevo la puerta con cuidado, tiro mi bolso al suelo y me acurruco en el sofá. Las lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas en silencio. Aprieto la cara contra el cojín para no hacer ruido; ellas confían en que yo lo voy a resolver y no puedo mostrarme rota. Mamá está dormida sobre la mesa de la cocina, agotada. Amelia está sentada a su lado, fingiendo ver una película. Digo fingiendo porque en realidad la pantalla está apagada y ella solo contempla su propio reflejo, perdida en sus pensamientos. Me acerco, me siento a su lado y la abrazo regalándole una sonrisa, porque sonreír siempre ha sido más fácil.
Esa noche es imposible conciliar el sueño. Enciendo la tv cuando quedó sola para que el murmullo calme mis pensamientos. Dejó correr los canales sin prestar atención, hasta que el boletín de noticias emite una voz que me hace reaccionar:
El juez más joven en dictar una sentencia histórica contra una de las corporaciones más influyentes del país...En la pantalla aparece la imagen de un hombre alto, de espalda ancha. Viste una toga negra y lleva un maletín cubriendo su rostro mientras camina rodeado de fotógrafos. Es ridículamente alto y...
«Por Dios Iris eso que te interesa»
Debajo, en letras amarillas sobre la cinta de noticias, aparece su nombre:
VALERIUS KROSSLa periodista continúa:
Conocido en el ámbito legal por su trayectoria intachable, su rigurosidad absoluta y por no favorecer jamás a ninguna de las partes, sin importar el apellido o la fortuna que manejen. Dicen que si el juez Kross acepta un expediente, la ley está a favor de la justicia. Se le considera el juez más intocable y temido del país...Observo detenidamente la imagen. Enfocando su mano grande y firme, logró ver anillos que valdrán una fortuna. Mi corazón late tan fuerte que va a reventar. Apoyo el control contra mi pecho y me pongo de pie de un salto.
Habia encontrado a mi juez...✎ (❁ᴗ͈ˬᴗ͈) ༉‧ ♡*.✧
Bienvenidas al hermoso desastre de Iris y a las manías de nuestro gruñón irlandés. ⚖️🌸 Espero y deseo con todo mi corocoro que esta novela sea de su agrado y contar con su apoyo, mis hijas...
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