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CAPITULO 2 Que busque otro juez

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CAPITULO 2 Que busque otro juez

Valerius Kross

Abrí el cajón de la cómoda y tomé un pañuelo blanco. Lo guardé en el bolsillo interior del saco; después coloqué otro y otro más en los bolsillos laterales. Revisé el nudo de la corbata por tercera vez. Las mangas del traje terminaban exactamente donde debían. El reloj descansaba paralelo al hueso de mi muñeca. Ninguna arruga, ningún pliegue, ningún margen para el desorden.

Respiré hondo, no para tranquilizarme, sino para prepararme.

El juzgado era un lugar lleno de personas. Personas significaban manos, saludos, perfumes distintos, respiraciones demasiado cerca y caos. Tomé los lentes oscuros antes de salir. Al llegar el guardia inclinó la cabeza a modo de saludo. Respondí con el mismo gesto, sin contacto.

Así debería funcionar toda interacción humana.

Atravesé el vestíbulo mientras las conversaciones disminuían a mi paso. Mi ascensor me esperaba al fondo del pasillo, exclusivo para mí. Una decisión que muchos consideraron arrogante cuando ordené instalarlo. Se equivocaban: no era un lujo, era una necesidad. Un espacio donde nadie pudiera rozar mi hombro, donde ningún desconocido creyera apropiado estrechar mi mano, donde el aire siguiera oliendo exactamente igual cada mañana a limpio.

Mientras el ascensor ascendía, apoyé la cabeza un instante contra la pared de acero. Aquel era, probablemente, el único minuto de paz absoluta que tendría en todo el día. Abrí los ojos cuando las puertas comenzaron a deslizarse y el silencio terminó.

Era hora de convertirme, una vez más, en el juez Valerius Kross.

Las conversaciones mueren apenas mis zapatos cruzan la puerta de la sala. No necesito comprobar que todos están de pie. Dejo el expediente sobre el estrado y abro lentamente el primer cajón. La caja de pañuelos de lino blanco está exactamente donde debe estar. Tomó uno, dejando los que traje para el resto del día, agarró el mazo y golpeó una sola vez. Lo que de verdad me gustaría es lanzárselo en los dientes al imbécil que no deja de murmurar en la segunda fila.

—Se abre la audiencia.

Mi mirada recorre la sala por encima de los lentes. El primer abogado se adelanta con una seguridad que apenas le dura unos segundos.

—Su señoría, mi cliente actuó de buena fe...

Paso una página del expediente.

—¿Buena fe?

—Sí, señoría.

—Muéstreme la prueba.

El abogado asiente y empieza a buscar, pasa una hoja, luego otra y otra más. La sonrisa desaparece de su rostro.

—Debe haberse...

—¿Extraviado? —Mi voz permanece tan tranquila como siempre.

—Sí.., probablemente...

Cierro el expediente, mirando a mi mejor amigo y mano derecha, por su buen trabajo. Algo que le sale bien es parlotear y marear a las personas.

La sala completa contiene la respiración.

—No se extravió. No existe —sentenció—, su argumento depende de una prueba inexistente. Ha hecho perder minutos a este tribunal. Si vuelve a improvisar frente a mí, haré que pague cada segundo con impuestos.

El hombre baja la cabeza.

—Entendido, su señoría.

Las siguientes audiencias transcurren igual. Cierro el día con tres expedientes resueltos. Al terminar, un abogado se acerca con una sonrisa demasiado confiada y extiende la mano.

—Ha sido un honor conocerlo, Juez Kross. Déjeme felicitarlo por su trayectoria.

Observó su mano durante un segundo. El hombre tarda un instante en comprender y retira la mano con torpeza.

—Disculpe.

Después de escucharlo por unos minutos caminó hacia mi despacho mientras me auxilio con un pañuelo entre los dedos para abrir la cerradura.

—Estuviste magistral. El tribunal va a toda marcha; el antiguo juez era tan viejo que solo atendía un expediente por día —dice Adrien, lanzándose al sofá de mi oficina como perro por su casa—, quién diría que este puesto te caería tan bien. Aunque sin mí no eres nadie, amigo mío.

Adrien Moore entra sin pedir permiso. Es de los pocos que se permiten ese lujo. Ha sido mi amigo por años y el único al que tolero.

—El tribunal trabaja como debe ser —respondo, acomodando mis documentos—, yo solo evito que olviden cómo hacer su trabajo.

Él ríe, pasando los dedos por su cabello castaño.

—Nunca cambiarás. Por cierto, tu padre llamó otra vez.

Sigo firmando unos documentos.

—Que siga llamando.

—También envió un correo a mí correo. Eso quiere decir que...

—Tengo cientos sin leer.

—Decía urgente, hermano.

Dejó la pluma sobre el escritorio, perfectamente paralela al borde.

—Todos dicen urgente.

Adrien niega y se pone de pie.

—Algún día tendrás que enfrentarlo. Victoria está moviendo las fichas con tu padre y esa alimaña administra el Grupo Kross como si ya fuera suyo. ¿Sabes qué es lo que no entiendo? Tienes un imperio esperándote, hoteles, constructoras, centros de investigación..., y medio país lleva el apellido Kross estampado en alguna pared y tú prefieres esconderte detrás de un estrado.

—No me escondo. Trabajo.

Suspira

—Por lo menos intenta salir, no se actúa ¿O piensas quedarte como un anciano con tu taza de café y tu periódico mientras ella se queda con todo?

No digo nada y cuando al fin se marcha, el despacho vuelve a quedarse en silencio. Abro el portátil para revisar los mensajes.

Victoria...

Siento cómo la mandíbula se me tensa hasta doler. Los recuerdos amenazan con salir a la superficie. Abro el correo que envió a través de la cuenta de mi padre.

Valerius:

Tu padre espera verte en la Gala de la Fundación Kross, estarán los directivos y toda la organización Kross

Confiamos en que esta vez nos presentes a la mujer que compartirá nuestro apellido. El Consejo ha aprobado la nueva condición propuesta para proteger el patrimonio: tienes que presentar a una prometida y confirmar un heredero legítimo. Si no cumples, el control total del conglomerado pasará de inmediato a mis manos. Por cierto tienes cuatro meses para eso.

No decepciones nuevamente a tu padre..., ni a mi por supuesto.

Cierro la pantalla del portátil con fuerza.

—Manipuladora...

No es una invitación; es un ultimátum.

Golpean suavemente a la puerta.

—Pase.

Marisol, mi secretaria, entra manteniendo la distancia con su agenda entre las manos. Trabaja conmigo desde hace seis años y nunca invade mi espacio; por eso sigue aquí.

—Señor Kross..., hay una joven insistiendo en obtener una cita con usted.

—No recibo personas sin cita previa, Marisol.

—Lo sé.

—Entonces ya tiene la respuesta.

Marisol duda un instante

—Lleva tres días viniendo desde muy lejos. Me da pesar, la pobre es tan dulce.

—No.

—Dice que solo necesita cinco minutos, señor. Por favor...

—No.

—Afirma que usted es su última esperanza.

Sigue insistiendo, esto nunca había pasado. Cierro la carpeta de mi escritorio con molestia.

—Todos creen que lo soy.

—¿Quiere saber su nombre, al menos?

La observó por encima de los lentes.

—Adelante.

—Iris Bettmon...

El nombre no significa absolutamente nada para mí. Ni me hace ruido su apellido, no parece que sea de alguna familia de peso.

—Que busque a otro juez.

—La joven..., ya buscó a diez.

Tomó un pañuelo nuevo antes de abrir el siguiente expediente.

—No será el fin del mundo si busca uno más.