CAPITULO 4 Usted
Iris BettmonMientras tomaba el té que me preparó Olivia, no podía parar de pensar en mi hermana. «Todo va a estar bien..., sí, tiene que estarlo» Ese tratamiento lo estaba cambiando todo para ella, le estaba devolviendo la vida.
«¿Por qué la vida tiene que ser tan injusta?»
—Hoy no irás al salón y te agradezco que no comiences a discutir, igual te voy a pagar el día. Quédate a descansar, esta es tu casa. Debes dejar de remojarte como un pollo —me dice con firmeza mientras acomoda su cabello colorido frente al espejo.
—No puedo. Tengo entregas esta noche y... —intentó protestar, acomodándome la manta sobre los hombros.
—Nada de peros.
La miro suspirando, tragándome las lágrimas que me queman los ojos. No voy a empezar a hacerlo ahora solo porque no veo una salida a todo esto.
—Oli..., si no consigo que la farmacéutica responda...
—Sí lo vas a conseguir, amiga —me interrumpe, acercándose para tomarme de las manos—, has logrado todo lo que te propones en esta vida. Y si no toca vendo mi local y punto.
Agarra su cartera y las llaves del mueble antes de caminar hacia la salida.
—Sabes que jamás aceptaría algo así. Es tu único sustento.
—No es el único —me guiña un ojo con picardía antes de cruzar la puerta, y entiendo perfectamente lo que quiere decir.
« Esa es otra opción... Podría ser una alternativa también, aunque me da pavor pensarlo.»
La puerta se cierra con un chasquido y me tumbó en el sofá, mirando fijamente hacia el techo blanco.
¿Cómo una persona puede ser tan inhumana? No le cuesta absolutamente nada atenderme. Solo son unos minutos de su preciado tiempo... Si no me escucha, me largo y no molesto más.
«Ni tú te lo crees» , me responde mi propio subconsciente.
Me río sola en medio de la sala; porque no me detendría.
‧ ♡*
Amelia no logra mantener nada de comida en el estómago. Mi madre le prepara con paciencia un jugo para hidratarla, mientras yo le paso con delicadeza pañitos húmedos por la frente.
Ella me sonríe con cansancio mientras hago un esfuerzo sobrehumano por no toserle encima.
—Tú también estás enferma, Iris... —murmura.
—No, para nada, estoy perfecta —le miento con mi mejor sonrisa, dándole un apretoncito en la mano—, ¿quieres comer algo diferente? Debemos intentar de nuevo, Amelia. Debes tomarte tus medicamentos.
Sus dedos delgados y fríos juegan con un mechón de mi cabello y su mirada triste se pierde.
—No es justo para ti, ni para mamá... Tú estás perdiendo tu juventud y tu vida por mi culpa, trabajando hasta el agotamiento y buscando abogados por todos lados. Deja, Iris. No importa..., yo seguiré en esta cama hasta que...
—¡Cállate! No lo digas —interrumpo de golpe—, voy a conseguir ese tratamiento de nuevo. Te lo prometo.
Beso sus manos delgadas y me quedo. Horas después, por fin logramos que mantenga algo en el estómago sin regresarlo.
Al salir de la habitación, mi madre me espera de pie en la cocina, cruzada de brazos y con la mirada preocupada.
—Iris, dime la verdad.
—No hay ninguna verdad, mi señora —suelto rápido, esquivando su mirada mientras amarro mis botas—, hoy tengo la cita con el juez que te comente, madre. Me acaba de enviar un mensaje, me espera en su despacho. Pasaré un segundo al trabajo para llevarle un detalle especial... No sabes lo cariñoso y atento que es —miento sin pestañear, tratando de no atragantarme con mis propias mentiras.
Mi madre me observa en silencio, sin terminar de creérselo, y saca del bolsillo un blister de pastillas.
—Estás engripada. Toma esto para el malestar... Ya Olivia me contó que te remojaste como pollo de nuevo—hago una mueca.
Agarro mi cartera, me trago la pastilla con un sorbo de agua y me encamino a la puerta, lista para regresar a ese juzgado de nuevo.
«Vamos Iris... Persistir y no desistir»
Valerius KrossErin baja primero y me abre la puerta del coche.
—¿Qué desea que haga, joven? —preguntó Erin con esa entonación arrastrada y rápida propia de su tierra—, ¿voy por la chica? Se le ve preocupado.
—No estoy preocupado, es una desconocida —le gruño, cortante—, haz lo que quieras.
Erin me observó en silencio, manteniendo esa postura rígida que trajo consigo desde Irlanda cuando apenas era un niño.
—Anda. Pero después llevas el vehículo a desinfectar. Me notificas en cuanto regreses, por el coche..., por supuesto.
Más tarde notificó que no la encontró, y eso me pesó más de lo que debería.
«¿Qué demonios me importaba a mí?» Me duché y leí como cada noche, pero la hora de dormir quedó atrás y el sueño nunca llegó.
♡
No he podido pegar el ojo en toda la noche; la cabeza me va a reventar de un dolor punzante.
Llegó al juzgado y es lo mismo de cada día, aunque la jornada era por la tarde: la seguridad aleja a empujones a los reporteros mientras evito a toda costa que se me acerquen con esos micrófonos llenos de gérmenes sabe Dios de cuántas personas. Entró a mi ascensor privado y tardó demasiado en conseguir mi pañuelo. No logró funcionar al cien por ciento con este dolor. Lo sacó del maletín, presiono los botones con el borde de la tela. No es necesario que lo use, tienen orden de desinfectar este cubículo cinco veces al día, pero no lo puedo evitar; mi mente no me deja relajarme ni un segundo.
Las puertas comenzaron a cerrarse lentamente cuando, de pronto, escuché una voz al otro lado:
—¡Espere!
Una mano apareció de la nada entre las puertas metálicas. Cerré los ojos con fuerza durante un segundo, maldiciendo en silencio. Las puertas volvieron a abrirse y ella entró de golpe, jadeando como si acabara de salvarse de una persecución.
Lo primero que vi fueron sus botas. Enormes, peludas... Se parecía a la misma chica de las botas desatadas. Pero era imposible..., después bajé la mirada hacia el vestido corto, cubierto de un estampado de girasoles. ¿Qué clase de desastre era ese? No había absolutamente nada simétrico en su ropa. Nada combinaba con nada, y menos con las botas o botines de invierno.
Tenía las piernas gruesas y torneadas, a pesar de ser de complexión delgada.
«Pero, ¿qué demonios hago pensando en eso?
» , me regañé mentalmente con furia.
Finalmente la miré a la cara y estaba sonriendo, era..., hermosa y su rostro tenía algo angelical aparte de las pecas que le cubrían el puente de la nariz.
—Gracias —dijo, acomodándose el bolso y respirando como caballo desbocado dentro de mi espacio.
No respondí. Llevaba una cajita con un listón ridículo y una carpeta bajo el brazo. Olía..., a lluvia, humedad... Dios, a flores. Di un paso atrás por instinto, pegándome más al panel de metal y cubrí mi nariz con el mismo pañuelo con el que había presionado los botones.
Ella me observó durante un instante sin pizca de pena.
—¿Siempre tiene esa cara, señor, o hoy tuve la suerte de conocer una versión particularmente desagradable?
La miré fijamente y ella no disimuló ni un segundo al sostener mi mirada. Esta vez no llevaba mis lentes oscuros.
—¿Disculpe?
Su sonrisa se hizo todavía más grande.
—Ah. Sí habla.
Respiré despacio, contando hasta diez en mi mente. No iba a perder los estribos con una desconocida.
Era una sonrisa nerviosa, lo note. Pero era por mí.
Entonces el ascensor dio un tirón imprevisto —la primera vez que sucedía algo así—, y ella perdió el equilibrio de inmediato. La carpeta que llevaba bajo el brazo se resbaló y cayó al suelo, desparramando varios documentos justo alrededor de mis zapatos impecables, pero ella no soltó su bolso.
Se quedó mirando el desastre durante dos segundos y luego soltó un suspiro. Se agachó con cuidado y miró a otro lado, por su vestido. Recogió los papeles mientras yo permanecía completamente rígido, como una estatua, y levantó la cara desde el suelo.
—¿Podría mover el pie?
Miré hacia abajo y la vi desde mi altura, sintiendo algo inexplicable.
Luego reaccione tenía razón, pisaba una esquina de sus papeles. Retiré el pie de inmediato y ella tomó el documento, levantándose y sonriendo con una satisfacción que mi cerebro se negaba a comprender.
—Gracias...
¿Le pagan por sonreír?
—De nada —pensé, pero la verdad fue que lo dije en voz alta.
Ella miró de reojo, el pañuelo seguía apretado contra mi nariz, se olió las axilas sin la más mínima delicadeza y, al percatarse de que sí, que efectivamente olía horrible; a flores, se encogió de hombros. Seguía analizando su olor en mi mente. Era extraño..., no fabricaban perfumes así, o al menos no con esa naturalidad empalagosa.
Ella me descubrió observándola de reojo.
—Me está mirando. Quién lo viera con ese traje carísimo y al final resulta ser un baboso.
—No la estoy mirando y no me falte el respeto. Jamás me interesaría una mujer como usted, con esa ropa, ese...
—Sí, sí, como diga.
«¿Qué demonios le pasa a esta mujer?»
En menos de unos segundos había conseguido alterar demasiadas cosas dentro de mi y justo hoy el ascensor iba fallando.
—¿Trabaja aquí? —pregunté con el ceño fruncido, aunque era algo imposible con ese aspecto.
—No... El cuerpo no me da para otro trabajo. Pero... ¿Me quieren contratar? Tengo libre martes y viernes por la tarde.
Dice con emoción y la bajó de esa nube.
—Entonces debería salir inmediatamente de aquí, y no, no pienso contratarla.
Sonrió con burla
—Eso pensaba hacer. Sabe algo, me gusta conocer gente importante, así estirada. Puedo ver lo infelices que son.
«¿Infeliz? yo no era infeliz»
Buscó con cuidado dentro de su bolso como si tuviera dinamita dentro y sacó un papel y me lo extendió en las narices.
Mi corazón dio un vuelco extraño, sentí náuseas; iba a vomitar allí mismo, no podía tocar eso.
—No soy alguien importante.
Ella levantó una ceja.
—Eso sonó exactamente como algo que diría alguien importante.
Se acercó un paso más, sin apartar sus ojos cafés de los míos. Contuve la respiración por completo, con el pecho apretado, mientras ella metía el papel en el bolsillo de mi saco, dejándome completamente congelado.
—Aléjese de mí —gruñí con los dientes apretados, estirando la mano para golpear los botones de prisa y obligar a que las puertas de metal se abrieran de una vez.
Ella soltó una risa, esta vez con tanta fuerza que parecía un cerdito, y justo en ese momento tosió. ¡Justo encima de mí! Cerré los ojos con desesperación, juro que ordenaré el despido de quien sea que la haya dejado entrar a mi ascensor.
—Tranquilo, bonito. No muerdo y con esa cara que tiene parece que se va a desmayar.
La miré con rabia y ella me sostuvo la mirada sin pestañear ni un segundo. La gran mayoría de las personas apartaba la mirada intimidadas; ella no. Sus ojos recorrieron cada facción de mi rostro, desafiándome.
Sentí aquella incomodidad en la boca del estómago que tanto detestaba. En eso las puertas se abrieron y salió del ascensor, pero apenas había dado un par de pasos cuando se giró hacia mí.
—Por cierto... Tiene unos ojos preciosos, a pesar de ser bien desagradable.
«Se estaba burlando de mí..., qué mujer tan..., descarada»
—Buenas tardes —le solté cortante.
Ella abrió la boca, sorprendida por mi respuesta.
—Eso fue un cumplido. Podría haber dicho gracias.
—Podría, pero no.
Su sonrisa se borró al instante, arrugando la nariz.
—Definitivamente es desagradable.
Se fue molesta y mire al suelo; había una pequeña margarita, reposando justo sobre la punta de mi zapato. Probablemente se había caído de su bolso, porque no llevaba nada en las manos. La recogí, sin tocarla directamente con la tela del pañuelo, y al salir del ascensor la arrojé dentro del cesto de basura.
Caminé, mejor dicho corrí hacia mi despacho, quitándome la corbata a tirones y arrancándome el saco. Noté a Marisol y a un par de guardias alterados, pero no me detuve; toda esta situación me estaba volviendo loco. Me encerré en el baño, me quité la camisa y comencé a lavarme las manos con agua caliente y jabón antibacterial. Una, dos, tres veces..., la piel me ardía, pero sentía que no era suficiente. Cerraba los ojos con fuerza tratando de calmar las pulsaciones en mis sienes, seguía restregándome la piel y terminé soltando un gruñido ahogado contra el espejo.
Mi corazón estallaría, las manos me temblaban. Luego de regular todo lo que sentía abrí el armario que tenía de emergencia y saqué una camisa y un saco de repuesto.
Esa mujer..., esa mujer venía cargada de gérmenes, contaminada de un virus. Llamé directamente a mi médico personal para que me recetara algo preventivo de inmediato. Me escuchó por unos minutos regañándome y al final colgué molesto. Me senté frente a mi escritorio cansado, necesitaba mi café con urgencia, solo así lograría olvidar este episodio tan desagradable. Pero antes de que pudiera estirar el dedo para presionar el intercomunicador la puerta de mi despacho se abrió de golpe.
Pensé por un segundo que era Adrien, pero era ella... La misma loca del ascensor, su expresión ya no tenía nada de divertida; tenía las mejillas encendidas y la respiración agitada.
Detrás de ella, Marisol venía asustada con mi café en la mano.
—Usted... —me señaló con el dedo.
En ese momento, deseé con todas mis fuerzas que me diera un infarto fulminante.
✎ (❁ᴗ͈ˬᴗ͈) ༉‧ ♡*.✧Calmateeee, mijito que te dara un patatu jakajakajakPobre hombre..., quien llego a su vida.PD 1: La permanencia de la novela dependera de su interes...PD 2: Subire fotito en mi instagram: CR VERGARAA