LNCrawler

CAPITULO 6 ¿Usted de nuevo?

Inmune A Ti — booknet.com · All chapters

CAPITULO 6 ¿Usted de nuevo?

Iris Bettmon

Las personas mueren todos los días...

Sus hirientes palabras no salían de mi cabeza; se repetían como un eco cruel que me retumbaba en los oídos. Amelia no era cualquier persona. ¡Era mi hermanita! Mis manos temblaban, sacudidas por una rabia pura que me quemaba el pecho. Cerré la puerta de golpe y mire mis pertenencias esparcidas por el suelo.

Sentí las piernas débiles.

Me arrodillé torpemente sobre el piso frío para recoger lo que se había salido de mi bolso. Él era mi única oportunidad..., y resultaba ser un hombre horrible, inhumano, congelado por dentro. No podía creer que la sociedad colocara a este tipo de personas para manejar la justicia, alabándolo en las noticias como si fuera un dios y en realidad no era más que un animal sin corazón.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas, pero me las limpié de un manotazo lleno de rabia . En eso, vi una mano que me ayudaba a juntar mis cosas: mi secador de cabello, las curitas, las golosinas..., todo desparramado frente a la oficina de ese tirano. Levanté la mirada y me encontré con Marisol, quien me observaba con una sonrisa cargada de tristeza y lástima.

—Lo siento mucho... —susurró—, el señor Kross no es fácil. De verdad lo siento, yo quería evitarle todo este mal rato.

Terminé de meter lo último en la cartera y me puse de pie. Al erguirme de golpe, todo dio un vuelco un mareo fuerte me hizo tambalear. Marisol reaccionó de inmediato y me sostuvo del brazo.

—Oh, cielo santo... Estás hirviendo en fiebre —dijo con preocupación, tocándome la frente con el dorso de la mano—, ven, vamos por un té y unos analgésicos.

Mis palabras no lograban salir de mi garganta; un nudo me ahogaba. Lo que realmente quería era gritar hasta quedarme sin voz, patear esa puerta, entrar y caerle a golpes a ese estirado.

—No me voy a rendir, voy a regresar —Marisol me miró y negó despacio con la cabeza—, ah, y no se vaya a tomar el café, señora.

—El café..., se lo entregué al señor Kross —confesó ella en un susurro—, no me dejó explicarle que lo había traído usted. Si se entera de que vino de sus manos... Dios mío, ni el señor Moore me va a salvar del despido.

Me quedé congelada un segundo. Luego, una sonrisa pequeña se me dibujó en los labios al imaginarme dándole sorbos al café y lo que vendría después.

Miré la puerta cerrada de su despacho y volví la mirada hacia Marisol.

—Nos vemos luego, señora. Y trate de que no le falte papel sanitario a su desagradable jefe.

Ajusté la correa de mi bolso sobre el hombro y caminé con la barbilla en alto.

Iris Bettmon siempre podía con todo y siempre.

La fiebre me quemaba el cuerpo, pero no tenía tiempo para desplomarme. Tenía que correr a mi otro trabajo..., e inventarme una nueva mentira para mi familia.

Valerius Kross

Horas después, un retortijón feroz me atravesó el abdomen. Me encogí de golpe sobre mi escritorio, apretando los puños mientras se me escapaba un gruñido entre los dientes.

—¡Aaarghh! —sentí que el aire se me cortaba por completo.

—Oye... ¿estás bien? —la risa de Adrien se apagó de inmediato en el sofá, poniéndose de pie al ver mi cara.

—No..., no puedo... —Un sudor frío me brotó en la frente en cuestión de segundos. Otro calambre feroz me sacudió el abdomen.

Adrien corrió hacia mí y me agarró del brazo para sostenerme. En cualquier otro momento de mi vida le habría pegado un manotazo para que no me tocara, pero el dolor era tan insoportable que me tuve que apoyar en él, doblando el cuerpo por la mitad.

—Amigo... Estás blanco como un papel, más de lo normal. Vamos al coche ya mismo —dijo Adrien, pasándose mi brazo por encima de sus hombros para ayudarme a caminar.

—Espero que tu saco esté limpio. Mejor suéltame... ¡Aaahg! —otro dolor me atravesó.

—Cállate, si. En casa te bañas con lejía.

Apenas abrimos la puerta del despacho, Marisol dio un brinco en su escritorio y se llevó las manos a la boca.

—¡Señor! ¡Señor Kross! ¿Qué tiene? ¡Dios mío! —gritaba siguiéndonos por el pasillo—, ¿llamó a una ambulancia? ¡Alguien busque un médico!

—No, Marisol. Lo llevaré con su doctor.

Sentía que si abría la boca para responderle, me vomitaba allí mismo o pasaba algo peor..., me hacía encima

¿Y dónde iba a quedar mi dignidad? ¿Haciéndome en los pantalones italianos hechos a la medida? ¡Pantalones Stefano Ricci de miles de dólares que ni siquiera habían pisado el continente americano sin funda protectora! ¡Antes muerto!

Adrien me arrastraba prácticamente hasta el ascensor privado y luego hacia el estacionamiento, metiéndome al asiento trasero del coche como pude.

♡

Sentí cómo un sudor frío me bajaba por la nuca, pegándome el cuello de la camisa a la piel. Me encogí en el asiento del consultorio, apretando los dientes.

Adrien se moría de la risa.

—¡Es ese virus! ¡Le digo que esa mujer me contagió algo letal! —le grité fuera de mí a mi médico, señalándolo con un pañuelo arrugado—, ¡le exigí por teléfono que me recetara algo preventivo y se negó! Si me muero por su negligencia, juro que lo meteré tras las rejas por el resto de sus días.

El doctor Harrison suspiró y rodó los ojos, ajustándose los lentes mientras revisaba mi largo historial médico en la pantalla.

—Valerius, por favor... —dijo con voz pausada—, ya consumes demasiadas pastillas al día por tus manías. No puedo recetarte antibióticos para un virus imaginario que suena más a una alucinación hipocondríaca que a un diagnóstico real. Aquí lo único que hay es un daño estomacal agudo. ¿Qué comiste o bebiste hoy?

—¡Nada extraño! —gruñí, doblándome hacia adelante cuando otra ola de espasmos me sacudió los intestinos. Dios mío, sentía que se me reventaban las tripas —, mi comida de siempre, minuciosamente preparada por los mejores chefs, 100% orgánica y saludable. Lo de siempre..., ¡y mi café!

—Bueno, por si acaso, te haré una prueba de sangre. Los resultados estarán listos mañana—explicó el médico mientras preparaba una jeringa—, te inyectaré un antiespasmódico para el dolor, pero tendrás que expulsar todo lo que tengas. Si no sale, el dolor no va a pasar.

—¿Expulsar? ¿Aquí? —miré hacia la puerta del baño del consultorio con absoluto horror. Jamás —, de eso nada.

♡

Mi departamento se había convertido en el mismísimo infierno.

Llevaba exactamente ocho evacuaciones seguidas. ¡Ocho! Cada vez que salía del baño, sentía un nuevo calambre que me obligaba a regresar corriendo. Tenía las manos rojas, ardientes y peladas de habérmelas lavado con agua caliente y jabón cincuenta veces en las últimas horas. Perdí la cuenta de cuantas veces me bañe pensando que sería la última, estaba sudado, exhausto.

—¡Adrien, voy a matar a alguien! —grité desde el interior del baño.

—¡Relájate! ¡Te vas a deshidratar más rápido de tanto gritar! —se burló Adrien desde la sala—, por cierto, pedí comida rápida por una aplicación. No pienso comer tu comida desabrida. Vas a tener que recibirla porque tengo que hacer una llamada urgente a mi madre.

—¡Ni se te ocurra dejar a un desconocido entrar! No recibiré nada—brame, saliendo del baño mientras me secaba las manos torpemente con una toalla.

Estaba al borde del colapso, despeinado, con la camisa entreabierta y el rostro pálido. En ese preciso instante, el timbre sonó con insistencia.

—¡Adrien! —llamé con rabia, pero mi amigo ya estaba en el balcón hablando por teléfono y haciéndome señas para que abriera.

Maldiciendo en mi idioma natal, caminé hacia la puerta principal. Apreté la manija y abrí de golpe listo para expulsar al repartidor pero..., me quedé helado.

Sosteniendo una bolsa de papel grasosa, estaba la loca de hoy.

La misma del ascensor. La misma que me había faltado los respetos en mi despacho, llevaba una chaqueta roja gastada, el cabello hecho un desastre y los labios agrietados. Sus mejillas estaban encendidas con un rojo vivo y sus ojos lucían nublados, brillando por una fiebre descontrolada que note al instante.

—Su..., su pedido de comida... —susurró con la voz extremadamente débil.

Parpadeó un par de veces, intentando enfocarme. Cuando su cerebro finalmente procesó la imagen de quien estaba frente a ella, sus ojos se agrandaron por un segundo.

—¿Usted de nuevo...?

Antes de que pudiera responderle o gritarle que se alejara, sus rodillas cedieron por completo. La bolsa de comida cayó al suelo y su cuerpo se descompensó hacia adelante, cayendo en picada hacia el piso de mármol.

Mi cerebro gritó millones de cosas en ese momento, pero mi cuerpo actuó más rápido que mis fobias. Sin pensarlo, olvidé los pañuelos, olvidé el jabón, olvidé mi TOC y estiré ambos brazos, atrapándola en el aire justo antes de que su cabeza impactara contra el suelo y se abriera en dos.

Su cuerpo ardía como una caldera contra mi pecho y por primera vez en mi vida, sentí un golpe salvaje en el corazón.