Capítulo 4 — Vestido Rojo
Capítulo 4 — Vestido Rojo
El trayecto en el auto fue un combate silencioso, tenso como una cuerda a punto de romperse. Xander mantenía las manos firmes en el volante, aunque de reojo devoraba la silueta de Seraphine. El vestido rojo no era solo una prenda; parecía una provocativa declaración de guerra escrita sobre su piel. Pero lo que realmente lo descolocaba no era la tela ajustada marcando cada curva ni el escote sugerente que desafiaba la gravedad, sino la extraña, casi gélida calma que emanaba de ella. La Seraphine sumisa, la que siempre buscaba complacer a todos y se amoldaba a las normas impecables e hipócritas de la familia Draven, parecía haber quedado sepultada.
Al llegar a la majestuosa mansión Draven, la mirada de todos, la música suave de los violines y el murmullo de la élite de la ciudad los recibieron como una ola helada.
—Como lo imagine la mirada de todos esta sobre nosotros por lo que debemos de mantener la compostura—murmuró Xander cerca de su oído justo antes de bajar del vehículo. Su aliento cálido le rozó la piel, haciéndola estremecer con una chispa involuntaria.
—La que debería preocuparse por la compostura es tu madre, Xander —respondió ella con una frialdad elegante y afilada, desligando suavemente su brazo del suyo al poner un pie sobre la alfombra roja.
La entrada de Seraphine fue un golpe de efecto devastador. Los murmullos no tardaron en expandirse como pólvora por el gran salón. El color rojo resaltaba con violencia entre la monótona paleta de tonos neutros y pastel que solían llevar las mujeres de la alta sociedad.
No pasaron ni cinco minutos cuando Sonia Draven, enfundada en un vestido champán de corte clásico, se abrió paso entre los invitados con la compostura de una reina amenazada. Sus ojos rasgados clavaron una mirada venenosa en su nuera.
—Seraphine, querida... —dijo Sonia con una sonrisa plástica, extendiendo las manos —Veo que olvidaste el código de vestimenta. Pensé que Claudia te habría recordado que esta es una gala benéfica, no una pasarela de cabaret.
Xander dio un paso al frente para intervenir, profundamente incómodo por el tono pasivo-agresivo de su madre, pero Seraphine ni siquiera parpadeó. Sostuvo la mirada de su suegra con una sonrisa tan serena que resultaba perturbadora.
—Sonia, feliz cumpleaños —dijo con voz pausada, aterciopelada y clara, lo suficientemente alta para que los aristócratas presentes escucharan cada sílaba—. Pensé en vestir de negro, pero considerando lo aburridas que suelen ser tus reuniones, preferí traer un poco de vida al lugar. Aunque, pensándolo bien... la vida es demasiado corta para preocuparse por el protocolo, ¿no crees?
Sonia palideció sutilmente, desarmada por las palabras de Seraphine a la que estaba acostumbrada a pisotear. Antes de que su suegra pudiera articular una réplica mordaz, Seraphine tomó una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasaba y le dedicó un leve asentimiento lleno de superioridad.
—Ahora si me disculpas, iré a saludar a los demás.
Xander contempló a su esposa alejarse hacia el área del balcón, sintiendo una mezcla indescifrable de fascinación y rabia que le quemaba las entrañas. La forma en que caminaba, el contoneo hipnótico de sus caderas, la seguridad desgarradora que transmitía... era como estar frente a una desconocida. Una desconocida peligrosa que no podía dejar de desear.
—¿Qué le pasa a tu mujer? —siseó Sonia a su lado, apretando la mandíbula hasta marcar sus facciones—. Está insoportable.
—Mamá, dejala tranquila —respondió Xander de forma cortante, sin quitarle la vista de encima a la espalda descubierta de su esposa.
Sin embargo, la duda volvía a carcomerlo como ácido. ¿Por qué Santiago había ido a verla a su oficina? ¿Por qué Claudia parecía conmovida esa tarde?
Aprovechando que Seraphine conversaba en el balcón con un grupo de socios comerciales, a quienes tenía cautivados con su lucidez, encanto e ironía, Xander se alejó hacia una zona más reservada del jardín iluminado y sin poder soportarlo mas sacó su teléfono para marcar un número directísimo.
—¿Santiago? —dijo cuando respondieron al otro lado de la línea.
—Xander... Qué sorpresa. Pensé que estarías en la fiesta de tu madre.
Xander miro de un lado a otro sabiendo que estaba siendo bastante atrevido al invadir la privacidad de su esposa, aun asi continuo.
—Estoy en ella. Pero necesito que me respondas algo sin rodeos —la voz de Xander descendió a un tono bajo y peligroso —Estuviste hoy en la oficina de Seraphine. Mi esposa no tiene citas médicas registradas en su agenda, y tú no haces visitas sociales en horario laboral, te conozco Santiago. ¿Qué carajos fuiste a hacer ahí?
Hubo un silencio pesado, casi asfixiante, del otro lado de la línea. Santiago suspiró, un sonido cargado de frustración profesional y personal.
—Xander, sabes perfectamente que como médico no puedo hablar de mis pacientes...
—¡Mierda Santiado! ¡Es mi esposa de quien estamos hablando! —gruñó Xander, apretando el teléfono con tal fuerza que los nudillos se le tornaron blancuscos — Sé que algo anda mal, esta diferente. Hoy actúa como si nada le importara, como si no tuviera nada que perder. ¿Qué le pasa, Santiago?
Santiago del otro lado de la linea se coloco de pie sintiendose entre la espada y pared. Por mas que quisiera hablar intervenir para que Xander la convenciera de someterse al tratamiento experimental no podia, su etica se lo impedia.
—Si quieres saber qué le pasa, pregúntaselo a ella —respondió Santiago con una firmeza impecable—. Pero te daré un consejo como amigo, Xander: deja de comportarte como el idiota distante que has sido desde lo de Ethan. Abre los ojos. Si no prestas atención ahora, vas a perder a Seraphine... y esta vez no habrá nada que puedas hacer para recuperarla.
La línea se cortó de golpe mientras que Xander se quedó petrificado en medio del jardín, con el eco de las palabras de Santiago retumbando en su cabeza.
Perder a Seraphine.Eso ni pensarlo.
Cuando regresó al salón principal, la buscó desesperadamente con la mirada, y eencontrandola la vio cerca de la gran cristalería del balcón. Seraphine contemplaba las luces lejanas de la ciudad mientras apuraba el último sorbo de su copa. El viento nocturno jugaba con su cabello rojizo y, por un milisegundo, cuando ella creyó que nadie la observaba, Xander alcanzó a ver la grieta en su armadura: una mirada cargada de un dolor tan profundo, desgarrador y solitario que le encogió el corazón. Xander caminó a grandes zancadas hacia ella, y llegando a su lado, solto.
—Necesitamos hablar. Ahora —dijo sujetándola suavemente del brazo.
Seraphine se giró despacio, mirándolo a los ojos con esa nueva y fría indiferencia que se sentía como una bofetada.
—No hay nada de qué hablar, Xander. Ya cumplí con venir. Si me disculpas, me duele la cabeza creo me ire a casa.
—Por supueto que no lo haras, Seraphine —sentenció él, estrechando el agarre sin hacerle daño pero impidiendo firme que se zafara —Esta vez no te vas a escapar con evasivas. Dime qué te está pasando.
Seraphine lo miró fijamente, sintiendo cómo el cansancio acumulado y el alcohol empezaban a hacer mella en su autocontrol. Tuvo unas ganas feroces de gritarle que se estaba muriendo, que una enfermedad silenciosa estaba consumiéndole los días y que no le quedaba tiempo para seguir jugando al matrimonio perfecto. Pero al ver la preocupación genuina, o tal vez la culpa en los ojos azules de Xander, solo dejó escapar una amarga y triste sonrisa.
—¿De verdad quieres saberlo? ¿De verdad quieres saber qué es lo que pasa conmigo? —murmuró, acercándose a él lo suficiente para que solo él sintiera el calor de sus palabras.
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¿Creen que le dira? Ustedes que dice... Xander de verdad parece preocupado por su esposa