Capítulo 6 — El aviso del cuerpo
Capítulo 6 — El aviso del cuerpo
Narrador
El trayecto de regreso a la mansión Draven fue un monólogo interno para Xander. Al detenerse el auto que lo llevó, lo primero que hizo fue buscar su vehículo ya aparcado en el garaje, lo que confirmó que Seraphine había llegado a salvo, aunque a una velocidad que todavía le helaba la sangre. Agradeciendo por la ayuda tras despedirse del conductor, ingresó a la casa, y encontrando la misma sumergida en un silencio atroz, liberó una bocanada de aire.
—Buenas noches, señor Draven. ¿Se le ofrece algo antes de ir a dormir?
Percatándose de su presencia, la ama de llaves se acercó para ver qué necesitaba, y respondiendo que nada por el momento, que podía ir a descansar, Xander la vio marcharse a sus aposentos. Sinceramente, el hambre, con todo ese asunto de la fiesta de su madre, lo había abandonado por completo.
Xander desajustó la corbata de su traje, un poco agotado por todo el trabajo del día, y empezó a caminar escaleras arriba rumbo a su habitación, la misma en donde dormía desde hacía meses. Al recorrer el pasillo tenuemente iluminado, al pasar frente a su habitación, detuvo el paso; la puerta estaba semiabierta y, a través de la rendija, pudo verla: Seraphine yacía recostada en la cama, inmóvil, con el rostro completamente relajado y respirando de forma pausada. Parecía profundamente dormida.
Draven levantó la mano con la firme intención de empujar la puerta por completo, de despertarla para exigirle las respuestas que llevaba tragándose toda la noche. Pero se detuvo. Al recordarla en el balcón con esa mirada de soledad infinita y la advertencia de Santiago sobre perderla para siempre, sintió un peso extraño en el pecho.
Sabía que su matrimonio no estaba en su mejor momento, que estaban pasando una crisis; sin embargo, mantenía la esperanza de superar ese bache muy pronto. Manteniendo la mirada sobre su esposa, que descansaba plácidamente, Xander se remojó los labios y, bajando la mano con lentitud, retrocedió en silencio, decidiendo hacer lo que siempre hacía: darle su espacio.
A la mañana siguiente, cuando los rayos del sol comenzaron a filtrarse por las cortinas y Xander bajó a la planta baja con la intención de hablar con ella antes de ir a la empresa, tratar de saber qué era lo que le estaba sucediendo, encontró el asiento de Seraphine en la cocina vacío. Marcela, con su amabilidad habitual, le informó que la señora había salido temprano como todos los días, sin probar bocado. Agradeciendo por sus palabras siempre oportunas, Xander le pidió servir su desayuno y, tomando su lugar, se sintió justo como su esposa lo hacía desde hacía tiempo: completamente solo.
Mientras tanto, en las oficinas de Arakan, la jornada transcurría con la pesadez de siempre. Seraphine revisaba unos informes en su escritorio, intentando mantener la mente fría y concentrada. Sin embargo, tras un par de horas de trabajo intenso, una opresión se apoderó de sus sienes. El mundo a su alrededor comenzó a tambalearse: las letras en la pantalla se difuminaron y un mareo repentino y feroz la obligó a aferrarse con fuerza al borde del escritorio para no caer.
—¡Mierda, duele...! —soltó Seraphine en un quejido.
Sintiendo un hilillo tibio y metálico descender por su labio superior, se llevó una mano a la nariz y, al retirarla, vio las manchas de sangre grabadas en sus dedos. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras la cruda realidad la golpeó; esa que había intentado enterrar bajo vestidos rojos y sonrisas cínicas lo hizo con la fuerza de un tren de carga. No cabía duda: el cuerpo le estaba cobrando la factura.
Sin avisarle a Claudia para no alarmarla, apenas se sintió más recuperada, Seraphine tomó su bolso y salió de la empresa directo al consultorio de Santiago, quien era el único que podía darle las respuestas que necesitaba. Al cruzar la puerta de cristal, sin cita previa y con el rostro pálido, Santiago levantó la vista de su tableta médica y, al verla en ese estado, le pidió a su asistente no ser molestado.
—Seraphine... Dios mío, ven, siéntate.
Con las manos temblando ligeramente tras guiarla a la silla del otro lado de su escritorio al llegar a su consultorio, ella se dejó caer, limpiando disimuladamente los restos secos de sangre con un pañuelo.
—Solo... vine a saber qué más me espera, Santiago —dijo con una voz que perdió toda la fría dureza de la noche anterior, quebrándose apenas—. Hoy en la oficina me mareé y sangré por la nariz. ¿Es parte de... —La voz de Seraphine se cortó ligeramente; aun así, tragándose las lágrimas que clamaban por salir, siguió—: ¿Esto... de esta maldita enfermedad que me está carcomiendo por dentro?
Santiago la miró con una mezcla de profunda lástima y frustración profesional. Seguía pensando firmemente que Seraphine merecía vivir, estaba a tiempo de hacerlo, pero ¿cómo ayudarla cuando ni ella misma quería dejar que lo hicieran? Inclinándose ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio y tomando aire, le explicó con franqueza médica los estragos que la enfermedad comenzaba a causar en su organismo.
—Es solo el principio. A medida que pasen las semanas, los síntomas se volverán más agresivos, tu cuerpo se irá apagando poco a poco, así como tus órganos se irán paralizando —hizo una pausa, midiendo cada palabra antes de lanzar su carta más fuerte—: Por eso mismo te insisto... Aún estás a tiempo. Los tratamientos experimentales de los que te hablé pueden frenar el deterioro, darte calidad de vida, incluso una oportunidad real. Por favor, déjame contactar a mis colegas. No tienes que pasar por esto sola.
Aferrándose a su bolsa hasta que los nudillos se le tornaron blancuzcos, Seraphine cerró los ojos por un segundo. El miedo la tentó; una diminuta y desesperada chispa de supervivencia le rogó que aceptara. Pero al recordar su promesa de vivir lo que le quedaba bajo sus propias reglas, abrió los ojos y sacudió la cabeza con absoluta firmeza.
—No, Santiago. Mi respuesta sigue siendo la misma —dijo, poniéndose de pie con rigidez, recuperando la poca fuerza que le quedaba — Prefiero tres meses míos, enteros y sin cadenas, que un año convertida en un experimento en una fría habitación de hospital. Está de más resaltar que nadie más puede saberlo.
Santiago contuvo el aire tras esas palabras. ¿Nadie más podía saberlo? ¿Y qué pensaba hacer con Xander, que parecía un espectro del infierno cernido sobre él, deseando saber qué mal aquejaba a su esposa? Aclarando su garganta del otro lado del escritorio, el doctor dio un par de pasos hasta ella y, deteniendo su andar a un par de pasos, preguntó:
—¿Ni siquiera Xander? ¿Seraphine, ni siquiera a tu esposo piensas decirle? —Seraphine le sostuvo la mirada, pues esa pregunta ya se la había formulado antes, y pensando que había sido algo estúpido al insistir en lo mismo, siguió —Sé que has dicho que nadie debe saberlo; sin embargo, deberías considerarlo, es tu esposo.
Resaltó esto último, a lo que ella sonrió ligeramente antes de decir convencida de ello.
—Ni siquiera a Xander, Santiago. Muchas gracias por recibirme.
Dando el tema por zanjado, Seraphine se giró sobre sus pies, dejando a Santiago Martín cada vez más mortificado al ver que la enfermedad iba avanzando más rápido de lo que pensaba.
Dejándose caer en su asiento, sintiendo que tenía que hacer algo para detenerla, se recostó en la silla dejando caer la cabeza hacia atrás.
Fregando sus rostro tras una mañana llena de pacientes desfilando por su consultorio, Santiago sintió su teléfono vibrar en el interior de su bata médica y, al sacarlo, el nombre de Xander se divisó en la pantalla del mismo, lo que lo hizo liberar el aire sabiendo que él no se detendría hasta descubrir qué le pasaba a Seraphine.
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El tiempo se les agota, y Xander sigue persiguiendo a Seraphine para saber la verdad. En cuanto a Santiago, el pobre se encuentra entre la espada y la pared, entre su amigo de la inacia, y su deber como medico ¿Sera que podra resistir sin contarle todo a Xander?Si te gusta no dudes en comentar, seguirme, y agregarla a tu biblioteca