Capítulo 6 — Fantasmas del pasado y celos a fuego lento
Capítulo 6 — Fantasmas del pasado y celos a fuego lento
Narrador
El regreso de Seraphine a la mansión Draven estuvo envuelto en el mismo silencio sepulcral de los últimos meses. El mismo silencio que parecía estrangularla, pero que a la vez le brindaba esa tranquilidad que tanto necesitaba.
Al bajar del auto y cruzar la puerta principal de la mansión, Seraphine comprobó lo que ya sospechaba: Xander no había llegado. Como era costumbre, una reunión de última hora o un incidente imprevisto en la compañía lo mantenía lejos de casa. Cansada de la misma rutina de siempre, con el sabor metálico del sangrado matutino aún latente en la boca y la mente completamente agotada tras su visita a Santiago, subió a su habitación. Su única intención era dejarse caer en la cama con la esperanza de descansar aunque fuera un poco. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera cerrar los ojos, el tono vibrante de su teléfono rompió la calma.
—¡Mierda! ¿Es en serio? —soltó entre dientes sin molestarse en mirar la pantalla.
Seraphine elevó el móvil y, al notar el nombre de Claudia en la pantalla, solo por eso respondió.
—Disculpa que te llame —se disculpó Clau al otro lado de la línea—. Pero acabo de revisar tu agenda y quiero recordarte que esta noche tienes una cena con los accionistas principales de la distribuidora en el restaurante L’Étoile. Con lo apresurada que saliste esta tarde de la empresa no pude recordártelo, pero sabes bien que es importante que te presentes; si no lo haces, esa gente va a pensar que el proyecto se tambalea, y en estos momentos no es algo que nos favorezca demasiado.
Seraphine soltó un suspiro cargado de resignación. Se suponía que tras lo sucedido descansaría, se daría una ducha caliente, se pondría la pijama más cómoda que tenía e iría directo a la cama para dejar atrás toda la mierda en la que se había convertido su vida en los últimos días. La sola idea de vestirse de nuevo y fingir normalidad frente a un grupo de tiburones corporativos le repugnaba. Sin embargo, si iba a vivir sus últimos meses bajo sus propias reglas, también debía asegurarse de dejar todos sus asuntos en orden.
Tomando asiento en el borde de la cama con cierta pesadez, Seraphine negó y abriendo la boca, soltó sin mas opcion.
—Está bien, Clau. Mándame la dirección, iré en un momento —respondió con voz firme antes de colgar.
Sinceramente no quería ir, quería simplemente declinar; no obstante, fallar a sus compromisos no era algo que acostumbrara hacer, ni siquiera estando al borde de la muerte.
Media hora más tarde, y tal como lo acordó, Seraphine hizo su entrada en L’Étoile, un exclusivo restaurante de luces tenues y suave música de piano en vivo. Iba enfundada en un elegante vestido negro de corte sirena que ceñía su silueta y contrastaba de manera deslumbrante con la palidez de su rostro. Para varios de los presentes fue imposible no girarse a mirarla mientras caminaba entre las mesas hacia el área privada: Seraphine era una mujer magnética, y su vibrante cabello rojo parecía flotar a cada uno de sus pasos.
Al llegar a la mesa asignada, algunos de los accionistas se pusieron de pie para darle la bienvenida. Pero al cruzar su mirada con el último de ellos, su corazón dio un vuelco involuntario.
Allí, frente a ella, con la mano extendida y una sonrisa pausada y enigmática, estaba Samuel Ferreti.
Samuel. Su exnovio, el hombre a quien había amado con locura antes de que las presiones familiares y el arreglo matrimonial con los Draven dinamitaran su relación. Samuel conservaba esa misma sonrisa segura, el cabello castaño perfectamente peinado y una presencia imponente que en otro tiempo la hacía suspirar. Aunque hacía años que no se cruzaban y cada uno había tomado rumbos distintos, verlo ahí revivió viejos fantasmas que creía extintos.
Samuel le volvió a extender la mano en una clara invitación a tomarla, y asintiendo sutilmente, Seraphine la estrechó, ocultando impecablemente la sorpresa de volver a verlo.
—¿Qué les parece si regresamos a la mesa? Señora Draven, por aquí —dijo Samuel con voz cálida.
Haciéndose a un lado, le señaló el lugar contiguo al suyo, y sonriendo tras ver cómo él apartaba la silla con caballerosidad, Seraphine tomó asiento. No tenía la más mínima idea de que Samuel sería uno de los accionistas con los que se reuniría; sin embargo, le resultaba extrañamente agradable volver a verlo. No porque aún sintiera algo romántico por él, sino porque lo recordaba como un hombre noble, alguien que le había regalado años de tranquilidad antes de que su vida se volviera un caos.
—Ahora que estamos todos, deberíamos empezar —anunció uno de los ejecutivos.
La cena transcurrió entre risas diplomáticas, números y cifras que a Seraphine le importaban poco o nada. No obstante, el destino parecía ensañarse con ella esa noche: a mitad del servicio, las pesadas puertas principales del restaurante se abrieron.
Xander Draven hizo su entrada al lugar con el fin de unirse a la cena de su esposa con los accionistas. Su porte impecable, el traje hecho a la medida y la expresión glacial de siempre llamaron de inmediato la atención del lugar. Pero esa fachada de control absoluto se desmoronó en cuestión de microsegundos cuando sus ojos azules recorrieron el salón y se fijaron en la mesa del fondo.
Xander la vio. Vio a su esposa, y justo a su lado, inclinado sutilmente sobre ella para comentar algo al oído mientras le sonreía con una familiaridad aplastante, estaba Samuel Ferreti.
El mundo pareció detenerse para Xander. Una oleada de celos viscerales y primitivos le corrió por las venas, quemándole el pecho como ácido puro.
¿Quién demonios era ese tipo y por qué se atrevía a tocar el espacio personal de su esposa con tanta confianza? ¿Por qué Seraphine, la misma mujer que llevaba semanas mirándolo a él con helada indiferencia, le devolvía a ese desconocido una mirada tan suave y relajada? La rabia le nubló la vista, apretando los puños a los costados mientras sus pasos se volvían rígidos.
Samuel, sumamente observador, notó la pesadez en el ambiente y percibió la mirada letal que el hombre rubio le lanzaba desde la entrada. Al reconocer la figura inconfundible de Xander Draven y ver la tormenta contenida en sus ojos, una chispa de auténtica picardía cruzó por la mirada de Samuel. Lejos de acobardarse, Samuel acomodó su postura y, con una lentitud deliberada, extendió la mano sobre el mantel hasta rozar suavemente el dorso de la mano de Seraphine en un gesto de cálida y provocativa complicidad.
—Phine... —murmuró Samuel en voz muy baja, usando el apodo cariñoso que le decia durante su noviazgo—. Por cómo me está clavando los ojos ese hombre, me imagino que es tu esposo. Y a juzgar por su cara, creo que está a punto de cometer un homicidio en medio del restaurante.
Seraphine, sintiendo la mirada fulminante de Xander clavada en su nuca como un puñal, giró lentamente el rostro. Al ver a su marido avanzar a zancadas firmes hacia la mesa, con la mandíbula tan apretada que parecía a punto de fracturarse los dientes, una fría y extraña satisfacción la recorrió por dentro.
No estaba en sus planes darle a Xander una cucharada de su propia medicina ni cobrarle lo que ella había sentido la otra noche al verlo conversar tan a gusto con la sanguijuela con patas de Yasmín. Sin embargo, alineada ahora en su nueva postura de no dejarse pisotear ni dar explicaciones a nadie, decidió que no desaprovecharía la oportunidad de verlo arder en su propio veneno. Seraphine mantuvo la calma, sosteniéndole la mirada a Xander sin un solo pestañeo de culpa.
Acomodándose erguida en su silla, Seraphine le regaló una sonrisa serena a Samuel. Al sentir cómo su exnovio se ponía de pie a su lado para encarar la situación con elegante, escuchó la voz profunda de su esposo irrumpir en la mesa.
—Buenas noches, caballeros —dijo Xander dirigiéndose al resto de los ejecutivos, quienes se pusieron de pie de inmediato para recibirlo. Luego, girando el rostro hacia ella con una intensidad que hacía vibrar el aire, concluyó — Amada esposa.
Sin darle tiempo a reaccionar, Xander sujetó a Seraphine con firmeza de la cintura y tiró de ella pegándola a su cuerpo, para luego depositar un beso firme sobre sus labios en un gesto cargado de marcaje territorial, una advertencia sin palabras ante todos los presentes de que esa mujer le pertenecía. Finalmente, clavando sus ojos azules en Samuel con una frialdad de un glacial, Xander lo saludo.
—Tú debes ser Samuel Ferreti, ¿cierto? Un placer —le extendió la mano con rigidez, la cual Samuel observó con una sonrisa divertida antes de tomarla — Xander Draven.
*******************************************************************************Samuel apenas viene llegando y ya hizo que nuestro Xander se pusiera en modo macho, no me mires a mi mujer ¿Ustedes creen que esa cena termine sin un estrangulado? Las leo... No olviden darle amor a la historia deajando su comentario, seguirme si aun no lo hacen, y gracias a las personas que me leen. Un beso.