Sí, acepto
Sí, acepto
El auto avanzaba por la avenida, y Cassian todavía tenía que aguantar las carcajadas de sus hombres en el asiento de atrás.
—Una gitana leyendo la mano en una esquina, prediciendo que vamos a morir—Dragos se limpiaba los ojos, como si la burla le hubiera sacado lágrimas de verdad—. Tendría que cobrar por comedia, no por adivinación.
Cassian no se rió. Le daban igual las cartas, las maldiciones y los trucos de circo, pero se le quedó grabada la forma en que esa muchacha lo miró. Nadie lo veía así. En su mundo, la gente agachaba la cabeza, tartamudeaba y se apartaba temerosa. Ella, en cambio, lo había detallado de pies a cabeza como a un estorbo que le tapaba el sol.
—Toma la Avenida Lane—indicó de pronto, sin mirar al chofer.
Boris, al volante, frenó un segundo antes de girar.
—Esta ruta es más rápida, señor.
—He dicho la Avenida Lane.
No dio ninguna explicación. Era una corazonada, como si las palabras de esa gitana resonaran en su mente cual maldito presagio.
Dragos seguía riéndose en el asiento trasero, imitando la voz de la chica y exagerando el acento, cuando repentinamente, la radio del auto interrumpió
—... un grave accidente múltiple en la Ruta 9, a la altura del cruce industrial. Autoridades confirman al menos siete vehículos involucrados y varias víctimas fatales. Se recomienda evitar la zona...
—Esa es la ruta por la que íbamos—susurró Boris, consternado.
Cassian sintió que un frío le bajaba por la nuca. Ella lo había dicho exactamente así:
Si continúan por ese camino, van a morir.
—Da la vuelta.
—¿Señor?
—Pisa el puto acelerador y regresa a esa esquina. ¡Ya!
Dragos, que un minuto antes se burlaba a toda boca, ahora observaba por la ventana con la mandíbula apretada, repasando mentalmente cada palabra que le había dicho.
¡Mierda! Se sentía un reverendo idiota.
Cassian no tenía un plan, solo sabía que necesitaba verla otra vez. Necesitaba entender cómo una desconocida había anticipado que él iba a morir.
Encontraron el puesto en la misma esquina. Las telas coloridas colgando, el cartel pintado a mano apoyado contra la pequeña mesa, pero ella no estaba sentada, se encontraba de pie, esperando. Tenía un pequeño ramo de flores entre las manos —flores que, Cassian podía asegurar, no había comprado, sino cortado de algún jardín cercano— y no parecía sorprendida de ver el auto detenerse frente a ella.
No parecía sorprendida de nada.
Él bajó del vehículo. Caminó hacia ella. La pelinegra lo miró acercarse, mas no se movió. En cuanto él abrió la boca, con las palabras que ya tenía preparadas, ensayadas mentalmente con la propuesta que pensaba ofrecerle, ella se adelantó, y le dijo:
—Sí, acepto.
Cassian se quedó perplejo—. Aún no te he preguntado nada.
—No —sonrió—. Pero ibas a hacerlo.
—¿Cómo lo sabes?
Ella fijo sus ojos en el ramo de flores, decidiendo cuánto decir.
—Porque ya lo vi. Veo grietas antes de que se rompa el suelo, veo la sangre antes del disparo. Supe que ibas a estrellarte contra el asfalto en el mismo instante en que tus hombres se burlaron de mí, y también supe que ibas a regresar.
Cassian había crecido rodeado de hombres que mentían con total naturalidad, que fingían lealtad al mismo tiempo que afilaban un cuchillo a las espaldas. Reconocía la mentira con la misma facilidad con que reconocía un billete falso. Y esto no era mentira.
—Mi abuelo se está muriendo —reveló, sin preámbulos, porque ya no tenía sentido andarse con rodeos con una mujer que aparentemente ya sabía el final de la conversación—. Antes de morir, quiere asegurarse de que su legado continúe. Exige que me case. Mi familia ya decidió con quién: la hija de los Baranov. Una alianza conveniente entre dos organizaciones—hizo una pausa—. El problema es que ni ella ni yo queremos ese matrimonio.
—Y entonces aparecí yo—no era una pregunta.
—Y entonces apareciste tú—confirmó Cassian. La analizó, buscando algo que lo hiciera dudar, algo que le dijera que estaba cometiendo un error. No lo encontró—. No tienes apellido mafioso, no tienes conexiones. Eso, para mi abuelo, podría ser un problema. Pero también significa que esto puede ser exactamente lo que necesito: una solución que nadie esperaba, que rompe el acuerdo sin declararle la guerra a los Baranov.
—Un acuerdo de conveniencia —afirmó ella, sonriente.
—Sí, pero no te estoy ofreciendo una historia de amor.
—Lo sé.
—¿Aceptas? —preguntó él.
—Ya te lo dije, acepto. Eso sí, tengo una condición, o vienen dos, o no hay trato.
Cassian frunció el ceño—. ¿Dos?
—Zaira viene conmigo —dijo ella, señalando con el pulgar hacia la penumbra del callejón, donde su amiga estaba recostada contra una pared mordisqueando una manzana con toda la calma del mundo—. No pienso pisar tu nido de serpientes sola. Zaira es mi sombra, mi sangre y la única que sabe qué hacer si me da un mareo por ver idioteces. Si me compras a mí, te llevas el paquete completo.
A él se le revolvió el estómago. Tuvo la sensación incómoda de no estar planeando un simple contrato matrimonial, sino de haberse metido de cabeza en una emboscada donde él era el único que no sabía cuáles eran las reglas del juego.