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Zaira

La gitana del mafioso 18+ — booknet.com · All chapters

Zaira

Tres meses antes

La puerta se cerró frente a su nariz con un golpe que le retumbó en los oídos.

—¡Lárgate de una buena vez! —escuchó la voz de su madre—. ¡Bastante desgracia trajiste a esta casa con esa boca maldita! ¡Pájaro de mal agüero!

—¡Esta casa no es de ustedes! —gritó Gaila, sintiendo cómo las uñas de sus manos empuñadas se le clavaban en las palmas—. ¡La abuela me la dejó a mí!

—La abuela firmó una cesión legal dos días antes de que muriera, estúpida —añadió su hermana Maira—. La casa está a mi nombre. Ella firmó y ni siquiera sabía qué papel tenía delante. ¿De verdad creías que te íbamos a dejar el techo? Nadie quiere dormir al lado de un bicho que te mira en los desayunos y te dice a qué edad te va a dar un infarto.

A sus pies, dos maletas repletas de ropa yacían sobre el suelo. Alguien las había hecho a la rápida, metiendo lo que fuera con tal de sacarla de ahí.

—¡Ustedes la manipularon!

— Nosotros somos su familia y este techo nos corresponde por sangre. ¿O qué pensabas? ¿Que te ibas a quedar con todo por haber sido su regalona? Mucho don y mucha adivinanza, pero ni con tus ojos brujos pudiste ver venir que te ibas a quedar en la calle. No sirves para nada, Gaila; solo para traer la desgracia como un cuervo.

No lloró. No pensaba darle ese gusto, no a una madre y a una hermana que ni siquiera tenían el valor de salir a decirle las cosas en la cara. Se tragó el nudo, levantó el mentón y dejó que esa parte de ella —la parte valiente, la que no se arrastraba ante nadie— tomara el control.

—Está bien. Quédense con la casa, quédense con todo... Pero mañana, antes de las ocho de la mañana, la tubería del baño de arriba va a reventar. Toda esa agua sucia te va a inundar el pasillo, Maira. Justo antes de que tengas que salir a tu entrevista de trabajo. Vas a llegar oliendo a estiércol y vas a perder el puesto.

Se dio la vuelta, levantó las maletas, y caminó con la cabeza en alto.

Detrás de la puerta Maira se quedó paralizada, analizando si debía llamar a un plomero o reírse de que su hermana, una vez más, estaba diciendo estupideces.

Gaila caminaba a paso lento, arrastrando sus pocas pertenencias. No tenía un plan, ni mucho menos a dónde ir, sin embargo, rendirse no era un término que la definiera.

No le dolía quedarse a la intemperie; le dolía el descaro con el que le habían arrebatado su único refugio.

La casa nunca debió ser de ellos. Para Gaila, ese lugar no eran cuatro ladrillos; era el único rincón del mundo donde alguien la había querido de verdad. Su abuela la había criado, le enseñó a no temerle a lo que veía y le dio el calor que sus padres jamás se molestaron en ofrecerle cuando volvieron años después, instalándose solo porque no tenían a dónde caerse muertos. La anciana se lo había prometido en vida: “Esta casa es tuya, mi niña, porque la levantamos juntas día a día. En este suelo diste tus primeros pasos afirmándote de las sillas, aquí te curé las rodillas cuando corrías por el patio y aquí te vi hacerte fuerte, a mi lado. Estas paredes guardan tus risas y tus penas; tú le diste calor a este rincón y este techo te pertenece a ti, a nadie más”

Pero la muerte no respeta promesas. Apenas la enterraron, sus padres cambiaron las cerraduras y se repartieron el techo ajeno, convenciéndose de que desterrar a la “rara” era la mejor decisión. Sin embargo…podían haberle robado la casa de su abuela y haberle cerrado la puerta en la cara como si fuera un perro sarnoso, mas no podían quitarle lo que ardía en sus venas. Llevaba la estirpe de las mujeres que leían el viento antes de que existieran los mapas; gitanas de hueso duro y lengua brava que jamás aprendieron a inclinar la cabeza ante los golpes de la vida.

Caminó sin rumbo fijo por un par de minutos hasta meterse a un callejón oscuro. De pronto los vellos de sus brazos se erizaron, ese aviso que nunca fallaba. Levantó la mirada justo a tiempo para ver a dos tipos que se aproximaban.

—Mira nomás—el más grande de los dos tenía una navaja en la mano—. Caminando sola, con maletas, a esta hora. O eres muy valiente o muy tonta.

—Apuesta por la primera—respondió ella, sin retroceder.

El hombre se rió y se acercó un paso. Gaila mantuvo la mirada fija en él, aunque por dentro ya estaba calculando cómo salir de aquella situación sin que ninguno de esos desgraciados le pusiera una mano encima.

Y ahí ocurrió, sin previo aviso, la calle desapareció ante sus ojos. Vio al tipo del cuchillo caer de bruces contra el suelo, con los pantalones caídos hasta los tobillos, dejando al descubierto unos calzoncillos a rayas, viejos y desteñidos, con un agujero que exhibía media nalga.

La imagen desapareció en un parpadeo. Gaila bajó la mirada a la cintura de él y tuvo que apretar los labios para aguantar la carcajada.

—Oye ¿Tú sabes que tus calzoncillos están rotos? Tienes la nalga peluda al aire. Un poco de dignidad, hombre.

Él se quedó mudo con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué mierda estás...?

No terminó la frase.

Una figura se movió detrás de él, rápida, silenciosa, y de un tirón le arrancó el cinturón que sostenía esos pantalones. La tela cedió sin oponer resistencia, y él cayó de bruces contra el asfalto con un grito, exactamente como Gaila lo había visto segundos antes.

El cómplice, que tenía los ojos como platos por el espectáculo, alzó la cabeza para encarar a quien acababa de aparecer, y se congeló.

—Saide—murmuró, dando un paso atrás.

Gaila miró a la recién llegada. Una muchacha más o menos de su edad, con el pelo oscuro recogido a medias y una expresión de fiereza cual leona, lista para despedazar a cualquiera que se le cruzara.

—Zaira —corrigió la chica, sin apartar los ojos de los dos hombres—. Y si a la cuenta de tres no han apretado el culo para correr de vuelta al hoyo de donde salieron, les juro que no van a volver a sentarse en un mes. Muévanse antes de que se me acabe la paciencia.

No necesitó más. El de los pantalones en los tobillos se levantó a tropezones, sujetándose la ropa interior rota con una mano, y los dos salieron corriendo calle abajo como si el mismo diablo los persiguiera.

—Calzoncillos a rayas —repitió Zaira, mirándola con una sonrisa—. En serio, de todas las cosas que podrías haber visto.

—No elijo lo que veo.

—Ya… —Zaira la recorrió con la mirada despacio, subiendo desde las botas gastadas hasta los rizos que le caían sobre los hombros. Sus ojos se detuvieron en el brillo del oro en su cuello, en los anillos y en esa flor roja decorando su cabello antes de clavarse en sus ojos—. Gitana, ¿no?

Gaila alzó la barbilla—. ¿Mucho destello para esta esquina?

—Para quien sabe mirar, el oro es lo de menos —ladeó la cabeza—. Se te nota en la postura. En esa forma de no agachar la cabeza y en la sangre fría para torear idiotas armados—su mirada bajó a las maletas—. Déjame adivinar… ¿Te cerraron la puerta en la cara?

—Algo así.

—¿Tienes dónde dormir?

Gaila pensó en mentir, en decir que sí, pero estaba demasiado cansada para la mentira, y además, algo en la forma en que esa chica la observaba le decía que no serviría de nada ocultar la verdad.

—No.

Zaira asintió.

—Vivo ahí—señaló un bloque de departamentos a dos cuadras—. No es gran cosa, pero el techo no gotea y nadie te va a llamar pájaro de mal agüero por decir la verdad.

Gaila la miró, sorprendida de que esa frase exacta hubiera salido de la boca de una desconocida.

—¿Cómo sabes que me dijeron eso?

La pelinegra se encogió de hombros, ya caminando hacia el bloque, sin mirar atrás, segura de que ella la seguiría.

—Porque a mí también me lo dijeron. Toda la vida—se giró y le regaló una sonrisa—. Bienvenida a la hermandad de los pájaros de mal agüero. Aquí al menos nos cuidamos entre nosotras.

Gaila se quedó quieta en la mitad de la calle. Miró hacia atrás, hacia la calle oscura por la que había llegado, recordando la puerta cerrada de su casa y la frialdad de su propia gente. No había nadie a quien llamar, ningún pariente que no la mirara con recelo. La única que la amó de verdad, sin condiciones, era su abuela, y sin ella, esa casa no era más que un cascarón vacío.

Nadie en el mundo la estaba esperando. Pero ahí, dos pasos más delante, había una extraña que sin pedir nada a cambio acababa de plantarse entre ella y un cuchillo. En una noche donde su propia sangre la dejó tirada en la vereda, ese gesto valía más que cualquier juramento.

Apretó el agarre de las maletas y apuró sus pasos para seguirla.