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El precio del legado

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El precio del legado

Cassian

El cuarto golpe le abrió la ceja. La cabeza de Aníbal rebotó hacia atrás y quedó colgando entre los brazos de los dos hombres que lo sostenían.

—Otra vez. ¿Quién te pagó para desviar el flete?

—No fue… —escupió sangre al suelo—. No fue nadie, señor Voronin. Se lo juro por mi vida.

—Tu vida no vale las dos cajas que faltan en la aduana.

Volví a golpearlo, esta vez al costado, bajo las costillas. Tenía los nudillos de la mano derecha abiertos desde el segundo impacto, y cada golpe nuevo me mandaba una punzada hasta la muñeca.

Lo agarré del pelo y le tiré la cabeza hacia atrás para obligarlo a mirarme.

—El contenedor llegó incompleto a la balanza. Venía cortado desde el muelle. Te pagué para que vigilaras esa carga, no para que miraras hacia otro lado mientras tus amigos se llevaban las dos cajas. Última oportunidad, Aníbal. ¿Dónde las metieron?

Dragos estaba de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados. Detrás de él, otros dos observaban el suelo con especial interés. Nadie hablaba. A mis hombres no les hace falta que se los pida; saben cuándo se opina y cuándo se mira la pared.

—Fue el tipo del bar. Uno que me invitó unas copas. Dijo que era… que solo quería saber cuándo bajaba la mercancía porque tenía un negocio de transporte. Yo no sabía que era para eso. Me dio dos mil. Dos mil, señor, mi mujer estaba…

—Tu mujer —repetí.

Miré a Dragos, y entendió sin que yo dijera nada que el bar, el hombre y la descripción tenían que estar en mi escritorio antes de que amaneciera.

Estaba a punto de levantar el brazo otra vez cuando se abrió la puerta y entró Mikhail, uno de los chicos que trabajaban en la casa grande, con el abrigo sin abotonar y la expresión de haber corrido media ciudad. Se detuvo a dos pasos, tragó saliva al ver el cuarto y no me miró a los ojos.

—Señor.

—Estoy ocupado.

—Lo sé—se aclaró la garganta—. El señor Aleksei quiere verlo. Ahora.

Me quedé quieto con el puño a medio camino.

—¿Quién te mandó?

—Él mismo, me dijo que usted tenía que ir.

Mi abuelo nunca decía eso. Jamás había interrumpido ni una sola de mis obligaciones, ni siquiera cuando las obligaciones eran suyas y me tocaba a mí sacar la cara. Si me mandaba llamar así, con un chico corriendo y sin una palabra de explicación, no era por negocios.

—¿Está respirando bien?

—Creo que sí señor.

Bajé el brazo. Aníbal siguió el movimiento con los ojos hinchados, como si temiera que fuera un truco.

—Dragos. Terminan ustedes. Que hable de ese hombre del bar hasta que no le quede nada que decir y después lo llevan donde el doctor Brandt; quiero que viva y que firme lo que haga falta.

—Sí, señor.

Salí hacia donde Boris tenía el coche. Entré en el asiento trasero con las manos en las rodillas.

—A casa, rápido.

Boris no preguntó nada; solo aceleró.

Observé mis nudillos inflamados y me acordé del invierno en que cumplí diez años, cuando me rompí la clavícula cayendo del caballo y pasé la noche con fiebre en su despacho. No me dejó en manos de los criados; se sentó en la orilla del sillón a leerme historias y me puso en el cuello la medalla de San Jorge que había llevado en la guerra, jurándome que mientras no tuviera miedo, nada en este mundo me iba a quebrar. Todavía la llevaba puesta bajo la camisa.

Hace cuatro meses que el viejo no bajaba al piso principal, amarrado a una tos y a ese cilindro de oxígeno que llamaba con desprecio “el aparato”. Vivíamos bajo el mismo techo, pero ver apagarse al hombre que levantó a la familia, se había vuelto una cuenta regresiva que los dos fingíamos no notar.

—Estamos llegando, señor.

El vehículo estacionó frente a la entrada y no espere a que rodeara el auto para abrirme la puerta; bajé de un salto y empujé las puertas.

Subí los escalones de a dos, aflojándome el botón del cuello con la mano izquierda. Con la derecha aún sentía los pinchazos de los nudillos rotos, pero me importaban un carajo.

La puerta de su habitación estaba entreabierta. Apoyé los dedos en la madera y empujé despacio.

Ahí estaba mi abuelo, que había mandado más hombres a la tumba de los que yo había conocido en toda mi vida, acomodado como a un niño, con tres almohadas a la espalda y una manta de lana subida hasta el pecho. Las mejillas se le habían hundido, y la sonda de oxígeno, esa cánula transparente que le pasaba por detrás de las orejas, le dejaba dos marcas rojas en la nariz. Pero los ojos seguían siendo los mismos, grises, atentos, con esa forma de mirarme que siempre me hacía sentir que ya había leído mi pensamientos antes de que yo entrara.

—Llegas tarde —murmuró.

—Estaba ocupado.

—Lo veo—su mirada bajó a mis manos y subió despacio—. ¿Quién fue?

—Uno del almacén de la calle Sur. Vendió la ruta de un camión.

—¿Vivo?

—Vivo.

—Bien—hizo un gesto con los dedos, como espantando una mosca—. Lávate antes de sentarte.

Fue entonces cuando vi a Damián. Estaba de pie junto a la ventana, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo un vaso con whisky. Me miró y levantó la barbilla en un saludo breve, sin la sonrisa que normalmente tenía.

—Cassian.

—Damián.

Fui al baño de la habitación y abrí el grifo. El agua fría me quemó los nudillos. Me los froté hasta no dejar un solo rastro de sangre. Cuando volví, mi abuelo me señaló con un dedo la silla junto a la cama.

—Siéntate. Los dos.

Damián dejó el vaso, arrastró la otra silla y se sentó frente a mí, al otro lado de la cama. Quedamos los tres formando una especie de triángulo.

—No voy a darles vueltas. Hoy me vio el doctor, otra vez. Y me trajo los resultados de los últimos estudios.

Se detuvo para respirar.

—Me queda poco tiempo.

—Hay otros médicos —indiqué yo.

—Ya vi a cuatro.

—En Zúrich hay un equipo que…

—Cassian—no levantó la voz—. Vi a cuatro. Dos de ellos vinieron desde fuera, y se fueron con la misma cara que traen todos. No te estoy pidiendo que me busques otro. Te estoy pidiendo que me escuches.

Quise decirle algo más. Tenía preparadas tres cosas, un nombre de clínica, una dosis, un contacto en un hospital de Basilea que me debía un favor. Las tres se me quedaron atoradas en la garganta, y lo único que hice fue asentir, despacio, como un chico al que le acaban de explicar que el tren ya salió.

—Está bien —asentí—. Te escucho.

—Mis hijos…son hombres buenos para ciertas cosas. Pero ninguno de ellos tiene lo que yo tenía a los treinta años, y no voy a engañarme ahora, cuando ya no me queda tiempo para hacerlo.

Damián bajó la vista a las manos. Yo no me moví.

—Lo tienen ustedes dos —siguió—. Lo heredaron de mi. Tú, Cassian, tienes la cabeza fría y el estómago para las decisiones que nadie quiere tomar. Damián sabe tratar con la gente y mover dinero sin que nadie se dé cuenta. Si pudiera juntarlos en un solo hombre, dormiría tranquilo.

—Abuelo —dijo Damián con suavidad.

—Déjame terminar. No quiero una guerra cuando me muera. No quiero que los hombres se dividan, ni que los Sokolov se enteren de que hay una grieta en casa y vengan a meter la mano. Todo lo que levanté en cuarenta años no va a acabar con mi muerte. Por eso decidí que el legado va a ir a uno de los dos. Uno solo.

—¿Y cómo vas a elegir? —pregunté.

—Va a heredar el que se case. El que forme una familia.

Me quedé inmóvil, mirando la cara de mi abuelo sin poder creer lo que acababa de salir de su boca.

—¿Una boda? ¿Me estás diciendo que el criterio para entregar la organización es el estado civil?

—No es el estado civil, Cassian. Es lo único que evita que nos devoremos vivos. Un hombre puede gobernar un imperio a punta de sangre y ganarse el respeto de medio país, pero eso no significa que sepa construir un hogar. Y la familia es el núcleo de todo. Es lo único que te mantiene con los pies en la tierra cuando el poder amenaza con pudrirte por dentro, lo único que te recuerda por qué carajo vale la pena seguir respirando en medio de tanta mierda.

Tosió con fuerza.

—Necesito que tengan una esposa, que formen su propia sangre y entiendan que su deber no se acaba en los muelles ni en los galpones. Quien tiene una mujer y un apellido que cuidar piensa dos veces antes de dar un paso en falso. Mide las consecuencias. Sabe que si cae, no cae solo. Sin familia no hay mafia; solo hay una manga de matones esperando en la oscuridad a que el jefe tropiece para cortarle el pescuezo. El que quiera esta silla me demuestra primero que sabe levantar un techo propio. Es mi última palabra.

—No necesito casarme para cuidar lo que es nuestro…

—No te estoy pidiendo que lo necesites. Te estoy ordenando que lo hagas. No es un castigo, Cassian. No lo hago para humillarte ni por capricho. Lo hago porque no tengo otra forma de garantizar que, cuando me entierren, a ustedes les quede algo más que plomo y enemigos esperándolos en cada esquina.

—Nadie debería heredar un imperio a cambio de un anillo —refuté, sosteniéndole la mirada.

—Probablemente tengas razón —admitió, sin pestañear—. Pero soy yo quien está postrado en esta cama y soy yo quien decide a quién le firma el traspaso.

—¿La orden corre para los dos? —preguntó Damián.

—Para los dos.

—Entiendo.

—No esperes que te diga que me parece una buena idea —le espeté a mi abuelo, poniéndome de pie—. No voy a meter a una extraña en mi vida solo para darte el gusto.

—No te he dicho con quién.

—No hace falta. Sé cómo piensa esta familia.

Mi abuelo cerró los ojos un instante. No parecía enfadado, parecía cansado

—Tienes tiempo para pensarlo —susurró—. No mucho. Pero algo.

Salimos juntos de la habitación después de que la enfermera volviera a entrar. Damián me siguió el paso, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Se detuvo a dos metros de mí, apoyando la espalda contra la pared.

—Vaya ultimátum.

Me giré en seco para encararlo.

—¿Y tú te vas a quedar tan tranquilo? Te acaba de decir que si no le llevas una novia antes de que estire la pata, se acabó tu parte en la herencia.

Mi primo suspiró y sacudió la cabeza con calma.

—Baja la voz, Cassian. Esta casa tiene más orejas que paredes.

—Me importa un carajo quién escuche.

—A mí no —replicó él, enderezándose un poco—. Y si me quedo tranquilo es porque no tengo la menor intención de jugar a lo que pide el viejo.

Me quedé mirándolo, desconfiado por instinto. En nuestra familia nadie cedía un milímetro de terreno sin pedir el doble a cambio.

—Llevas meses metido en las reuniones de aduana y con los directores de puerto —le recordé, dando un paso hacia él—. No te hagas el desinteresado ahora.

—Porque los números se me dan bien, imbécil, y porque alguien tiene que evitar que los inspectores nos congelen las cuentas bancarias —respondió—. A mí déjame las empresas, los balances y las oficinas del centro. Me gusta dormir de corrido, cenar en paz y no tener que revisar si mi chofer mira hacia los costados por miedo a que nos acribillen en un semáforo. Ese trono es tuyo, Cassian. Tú tienes el estómago para dar órdenes de fuego y la gente en la calle te respeta a ti. El día que yo intente manejar a los demás, me matan en tres días.

Lo observé en silencio. Sabía cuándo mentía porque se tocaba el lóbulo de la oreja izquierda. Ahora tenía las dos manos a los costados.

—Si yo no me caso, tú tampoco heredas.

—Por eso mismo te lo digo —dio un paso hacia mi—. Resuélvelo tú. Yo no voy a competir contra ti ni pienso meterme en un matrimonio forzado para quedarme con una corona que solo trae plomo. Si quieres mantener la organización en pie, búscate una mujer que sepa guardar silencio, ponle un anillo y tráela antes de que el viejo deje de respirar. Yo te cubro la espalda con las finanzas.

Iba a responderle cuando el sonido de unos tacones sobre el mármol cortó la conversación.

Mi madre venía. Llevaba un vestido gris, el pelo recogido en un moño bajo y la espalda recta.

—Damián. Baja a la biblioteca. Tu padre llamó hace media hora por los balances de la constructora; quiere que los revises antes de que termine la noche.

Mi primo me miró de reojo y bajó los escalones sin decir una palabra.

—Acompáñame al salón pequeño—mi madre se giró sin esperar mi respuesta.

La seguí hasta la estancia que daba al jardín interior. Sobre la mesa había una bandeja con dos tazas de té. Ella tomó asiento en uno de los sillones individuales, con las manos entrelazadas sobre el regazo.

—Siéntate, Cassian.

—Prefiero quedarme de pie.

—Estás sangrando en la alfombra.

Miré hacia abajo. La piel del nudillo derecho se había abierto de nuevo y una gota roja caía lentamente. Suspiré, me senté en la orilla del sofá y envolví los dedos con mi pañuelo oscuro, apretando el nudo con fuerza para cortar el goteo.

—Te serví té.

—No quiero té.

—Ya lo sé. Hablé con Aleksei antes de que llegaras. Sabía lo que les iba a plantear; lo sé desde hace dos semanas.

—¿Y no pensaste en avisarme?

—No era mi lugar. Te lo habrías tomado de la peor manera posible, y él tenía derecho a decírtelo a su modo.

Me incliné hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas.

—Dime que pasa.

—Tengo a alguien en mente.

—¿Alguien para qué?

—Para ti—alisó el tejido de su falda—. La hija mayor de los Baranov. Tiene veinticuatro años, estudió en Ginebra, domina cuatro idiomas y conoce perfectamente cómo se manejan los asuntos sin que nadie tenga que explicarle nada. Su padre vería con muy buenos ojos el acuerdo. Ya toqué el tema con su madre de forma discreta, sin comprometer a nadie. Es una muchacha sensata y educada.

—Me acabo de enterar que a mi abuelo le queda poco tiempo de vida.

—Lo sé.

—Y lo primero que haces es traerme una candidata.

—Lo que hago es traerte una solución. Aleksei no va a cambiar de parecer, Cassian; lo conoces tan bien como yo. Si pretendes quedarte con lo que te corresponde por derecho, hay una sola condición y el tiempo corre en contra. Prefiero que recorras ese camino con alguien que ya sabe dónde pisa, y no con una aparecida que te vea como una billetera abierta o que termine filtrando lo que ocurre dentro de estos muros.

—No voy a casarme con nadie porque a ti y a la señora Baranov les parezca un buen negocio.

—No te estoy exigiendo que firmes mañana. Te pido que lo evalúes. Que no cierres la puerta antes de tratarla.

—No me hace falta conocerla, sé de qué se trata: un contrato con falda.

—Cassian.

—Es la verdad, mamá. Un apellido, una sociedad comercial, una foto para guardar las apariencias—me puse de pie de golpe—. He pasado toda la vida haciendo lo que la organización requería. Cada vez que sonó el teléfono, cada vez que hubo que poner el pecho a los problemas, nunca dije que no. Y ahora pretenden elegir con quién duermo, con quién desayuno y con quién formo una familia.

—Nadie lo está planteando en esos términos.

—Se está planteando exactamente así.

Ella bajó la vista hacia la bandeja, rozó el asa de porcelana y la soltó sin probar un sorbo. Pasaron varios segundos en los que solo se oyó el zumbido lejano del viento contra el ventanal del jardín.

—Tengo miedo —confesó—. ¿Te cuesta tanto entenderlo? Tu abuelo se está apagando, y el día que falte, esta casa pierde a la única persona que mantiene a raya a los demás. Si tú o Damián no asumen el mando sin fisuras, no sé qué va a ser de ninguno de nosotros. No busco encadenarte; intento darte un piso firme por si las cosas se tuercen.

Me quedé callado. Verla mostrar esa grieta me descolocaba más que si me hubiera gritado órdenes; no estaba actuando por capricho ni por malicia, sino empujada por la certeza de que el abismo se nos venía encima.

—Lo pensaré. Pero no prometo nada.

—Es todo lo que pido.

Ninguno de los dos se creyó esa última frase. Giré sobre mis talones y salí. Boris aguardaba junto a la entrada principal con mi abrigo en la mano. Me subí al auto y apoyé la cabeza en el vidrio.

.

.

Él todavía no lo sabía, pero muy pronto conocería a una gitana que desafiaría todo aquello en lo que creía, pondría su mundo patas arriba y despertaría en él sentimientos que jamás se había permitido experimentar. La mujer que nunca habría elegido… y que terminaría convirtiéndose en su mayor debilidad.