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Una esposa en menos de tres meses

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Una esposa en menos de tres meses

Cassian

Veinticuatro horas. Ese era el tiempo que llevaba procesando las palabras de mi abuelo.

No me asustaba la muerte; llevaba conviviendo con ella desde que tenía uso de razón. Me había ganado cada centímetro del respeto que me tenían en los muelles, los galpones y la mesa de la organización. No me dieron el mando por ser el nieto preferido; sino porque cuando hubo que poner el pecho a los tiroteos, fui yo quien no pestañeó. Y ahora, el viejo, postrado en su cama y atado a ese tubo de oxígeno, me salía con un ultimátum: el que se case se queda con el imperio.

Lo que más me desconcertaba no era la estupidez del requisito, sino entender de dónde venía. Aleksei Voronin no daba puntada sin hilo. Para él, un hombre sin mujer y sin hijos era un hombre prescindible, uno que en cualquier momento se dejaba matar o se volvía loco de poder. Quería asegurarse de que cuando a él lo taparan con tierra, yo tuviera algo más que defender.

Entendía su lógica. La entendía y la respetaba, pero de ahí a dejar que me pusieran una soga al cuello con una extraña había un abismo.

Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos.

—Adelante —dije.

Boris asomó la cabeza.

—Señor. Su madre solicita su presencia en el salón principal.

—¿Ahora?

—Llegaron visitas. Hace media hora.

No hizo falta que agregara nada más. La forma en que Boris evitó mirarme a los ojos me lo dijo todo.

Salí del despacho y bajé las escaleras. En el salón mi madre ocupaba el sillón de terciopelo. Frente a ella se acomodaban Yuri Baranov y su esposa en el sofá, mientras que la hija permanecía apartada en una butaca individual, con las manos entrelazadas sobre el regazo.

Me detuve en el umbral un segundo, lo suficiente para entender que mi madre ni siquiera había esperado cuarenta y ocho horas para mover su ficha; me había preparado una encerrona con público para que no pudiera mandarla al demonio sin provocar un altercado.

—Cassian, querido. Qué puntual, les estaba contando a los señores Baranov que te encontrabas terminando de revisar los informes del puerto.

—Buenas tardes —mi voz salió sin ningún rastro de amabilidad.

Yuri se puso de pie, extendiéndome una mano—. Cassian. Es un placer verte. Hace meses que no coincidíamos.

—El trabajo no deja mucho margen para las reuniones sociales, señor Baranov —le respondí, apretándole la mano con la fuerza justa para no romperle los dedos.

—Comprendo. Un hombre ocupado, como debe ser —asintió, volviéndose a sentar.

Mi mirada se desvió hacia la muchacha. Se llamaba Elena. Tenía el pelo castaño recogido, facciones finas y unos ojos oscuros que no esquivaron los míos cuando la saludé con una inclinación de cabeza. No parecía asustada, sin embargo, tampoco tenía esa sonrisa idiota de las hijas de los socios que buscaban llamar mi atención.

Me senté en el extremo del sofá, rechazando el té con un gesto breve de la mano. Durante veinte minutos soporté la conversación más insoportable de mi vida. Baranov hablaba de las nuevas tarifas; mi madre intervenía para destacar lo mucho que yo me preocupaba por el bienestar de la familia; la señora Baranov comentaba sobre lo grande que era la mansión y lo vacía que se sentía sin una presencia femenina joven que le diera vida.

Cada frase era una indirecta para medir el terreno. Yo respondía con monosílabos. Estaba furioso, pero no era ningún estúpido. Si perdía los estribos y los echaba a patadas, Baranov retiraría sus barcos de nuestra terminal antes del anochecer y mi abuelo se enteraría antes de la cena. En nuestra mesa, los trapos sucios se lavaban a puerta cerrada.

Mi madre dejó su taza sobre la bandeja.

—Hace días que no teníamos una tarde tan apacible —dijo, mirando hacia los ventanales con fingida inocencia—. Cassian, ¿Por qué no llevas a Elena a dar un paseo por los jardines traseros? Las rosas que plantamos están empezando a abrirse.

Casi se me escapa un bufido. Mandarnos a ver rosas era la forma más descarada de echarnos de la sala para que los mayores pudieran ponerle precio a la dote.

Miré a la chica. Esperaba verla ruborizarse o bajar la cabeza con pudor, más solo vi resignación.

—Me encantaría —ella se puso de pie—. Si a Cassian no le molesta.

—En absoluto —respondí, levantándome de inmediato solo para salir de la asfixia de ese salón—. Por aquí.

Cruzamos la galería y salimos al sendero. Caminamos en silencio durante los primeros minutos.

Yo esperaba lo típico, una pregunta sobre mis viajes, un cumplido o alguna insinuación sobre lo difícil que debía ser liderar la familia con la enfermedad de mi abuelo. Me preparé para dejarle claro que perdería el tiempo si esperaba que yo fuera un marido dócil.

Se detuvo junto a una pérgola, se giró hacia mí y metió las manos en los bolsillos de su abrigo.

—No quiero casarme contigo.

Me quedé mirándola, consternado. No había titubeo en su voz, ni rastro de ironía.

—¿Perdón?

—Que no quiero casarme contigo, Cassian. Ni con tu apellido, ni con tus negocios.

—Vaya —me cruce de brazos—. Eso sí que no me lo esperaba. ¿Puedo saber qué tengo de malo? Creí que mi madre me había vendido como una joya de la corona.

—No tienes nada de malo. Eres poderoso, rico y no eres desagradable a la vista. A cualquier mujer de nuestro círculo le parecerías el premio mayor. Pero yo estoy enamorada de otro hombre.

—¿Y quién es el afortunado?

—Un médico. Trabaja en el hospital general. No tiene un centavo que no se gane con sus turnos de guardia, no sabe disparar un arma y si mi padre se entera de que nos vemos a escondidas lo manda a tirar al río con un bloque de cemento en los tobillos.

—Tu padre no lo mandaría al río; le cobraría el peaje primero y después lo detendria. Conozco bien a Yuri.

—Por eso te lo digo a ti. Mi madre organizó este té porque cree que es la oportunidad de su vida. Tu madre aceptó porque necesita cerrar la sucesión de tu abuelo antes de que sea tarde. Si nos negamos abiertamente ahora, mi padre va a sospechar. Me va a poner tres hombres detrás todo el día y jamás podré volver a ver a Mateo.

Me apoyé contra una de las columnas de hierro, observándola con respeto. No era una tonta asustadiza; era una mujer acorralada usando la única carta que le quedaba en la manga.

—Te ahorraste un problema—le confesé, enderezándome—. Porque yo tampoco tengo la menor intención de casarme contigo.

—¿Tienes a alguien?

—Tengo a una organización que mantener en pie y cero ganas de meter a una extraña en mi cama solo para complacer el capricho de mi familia. No me gusta que me elijan los zapatos, mucho menos con quién tengo que envejecer.

—Entonces estamos de acuerdo en lo mismo. Ninguno de los dos puede decir que no sin que se arme un desastre. Mi padre se sentirá insultado si tú me rechazas, y tu madre jamás aceptará que yo te desprecie a ti. Van a presionar hasta que tengamos fecha en la iglesia.

—Tiene que haber una salida que no nos perjudique—murmuré.

Elena se quedó callada unos instantes, mordiéndose el labio inferior con gesto pensativo. Cuando volvió a levantar la cabeza, tenía esa mirada calculadora que delataba que, a fin de cuentas, llevaba la sangre de los Baranov en las venas.

—Hay una forma, y depende de ti.

—Te escucho.

—Si la orden de tu abuelo es que te cases para heredar, cásate, pero no conmigo. Búscate a otra mujer. Tráela antes de que mi padre y tu madre redacten los acuerdos formales del compromiso. Si apareces casado, o al menos con una prometida oficial, mi familia no podrá decir nada. Quedarás como un hombre impulsivo que eligió por su cuenta, no como alguien que rechazó a los Baranov por capricho. Y yo quedaré libre. Mi padre tardará meses en buscarme otro candidato, y para entonces Mateo y yo ya habremos encontrado la forma de irnos del país.

La propuesta era tan simple que rayaba en lo absurdo. La idea de buscarme yo mismo el problema, de elegir a quién meter en esta farsa bajo mis propios términos, no se me había cruzado por la cabeza.

—Tu padre va a estar furioso de todos modos—le advertí.

—Sí, con una furia comercial, no personal —replicó—. Le darás una rebaja en los fletes y se le pasará en dos semanas. Conozco a mi padre; le duele más el bolsillo que el orgullo de su hija. ¿Qué dices, Cassian? ¿Trato hecho?

La miré a los ojos, me caía bien. Tenía agallas y sabía negociar.

—Trato hecho —asentí, extendiéndole la mano derecha.

El resto de la tarde fue puro teatro. Regresamos al salón, fingimos sonrisas y dejamos que nuestras familias creyeran que el paseo había sido un éxito. Yuri Baranov y su esposa se marcharon triunfantes. Apenas cruzaron el portón, mi madre se giró.

—Hablamos luego—le solté por encima del hombro, y caminé directo al coche antes de que pudiera frenarme.

—A la oficina del muelle—ordené, aflojándome el cuello de la camisa.

Me recosté contra el asiento y cerré los ojos. Había esquivado el matrimonio con los Baranov sin derramar una gota de sangre. Tenía una salida. La satisfacción me duró exactamente tres minutos, el tiempo que tardó mi cerebro en entender la realidad.

Cásate con otra. Se decía fácil, pero puesto en práctica era un maldito dolor de cabeza.

¿De dónde carajos iba a sacar yo una esposa en menos de tres meses?

Yo no era un galán ni un tipo con tiempo para salir de cacería por los clubes nocturnos de la ciudad. Mujeres nunca me habían faltado, mas nunca tuve motivo para retenerlas. Estaban las que se acercaban porque el apellido Voronin era dinero fácil y protección; estaban las que buscaban el peligro de acostarse con un tipo que llevaba un arma bajo la ropa; y estaban las hijas de los socios, educadas para sonreír en las fiestas y mirar hacia el techo cuando sus maridos llegaban con sangre en los puños.

Ninguna me servía.

Solo tuve dos novias. La primera a los veinte, una chica de la universidad que duró seis meses hasta que vio cómo mis hombres metían a un soplón en el baúl de un coche; empacó sus cosas y no volví a saber de ella. La segunda fue una abogada, una mujer inteligente que entendía el negocio, pero cuya ambición pesaba más que su lealtad; terminó vendiéndole información fiscal a una firma rival y tuve que pagarle el pasaje a Londres para no tener que pegarle un tiro en la frente.

Desde entonces, mi cama era un lugar de paso. Nada de compromisos, nada de promesas que no pudiera cumplir. Y ahora necesitaba una mujer que estuviera dispuesta a ponerse un anillo, mudarse a una mansión custodiada por matones armados, sentarse a la mesa con mi madre sin desmayarse y firmar un contrato matrimonial sabiendo que cualquier error podía costarle la vida.

No buscaba amor, buscaba una socia. Una mujer con estómago de hierro, que supiera guardar silencio y que no me vendiera al mejor postor a la primera crisis.

Me incorporé en el asiento y miré a mis hombres.

—Dragos.

—Dígame, señor.

—Tenemos un problema nuevo. Uno que no se arregla con armas.

—¿Los Sokolov movieron gente?

—No. Mi abuelo no me entrega el mando si no me caso.

—¿Casarse? ¿Usted?

—Yo.

—¿Y tenemos que… buscarle una novia?

—Tenemos que encontrar una mujer que acepte el apellido, que entienda las reglas de esta casa y que no salga corriendo cuando escuche un disparo en el patio. En poco tiempo, o mi abuelo le firma el traspaso a Damián.

Boris se carcajeó desde el asiento del conductor—. Con el debido respeto, señor Voronin… prefiero que me mande a limpiar un nido de francotiradores. Las mujeres dan más trabajo y dolor de cabeza.

—Cierra la boca y maneja—gruñí.

—Podemos armar una lista —sugirió Dragos—. Están las hijas de los griegos, o la sobrina del juez Martínez; esa tiene carácter y sabe cómo funciona la ley.

—No quiero a nadie de nuestro círculo. Una mujer de la mafia viene con un padre detrás exigiendo favores. Si voy a meter a alguien en mi vida, va a ser bajo mis condiciones.

—Eso reduce la lista a las monjas del convento.

No le respondí. Estaba atrapado por el reloj y lo sabía. El imperio de mi abuelo dependía de una maldita firma que no sabía a quién pedirle.