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Hilo rojo

La gitana del mafioso 18+ — booknet.com · All chapters

Hilo rojo

Gaila

Lo primero que aprendí al vivir con Zaira es que una mujer capaz de hablarle a los muertos no sabe cocinar arroz sin que se le queme la olla. Siempre se le pegaba al fondo porque se descuidaba atando ramitos de ruda para colgar detrás de la puerta o limpiando su colección de piedras. Y pobre de mí si intentaba raspar la costra negra para tirarla: en esa casa desperdiciar un grano era casi un sacrilegio. Zaira te lo servía en un plato jurando que el arroz tostado limpiaba el hígado y te ponía a Ramona al lado para asegurarse de que no protestaras. Ramona era su tarántula, una araña peluda del tamaño de un puño cerrado que vivía en una caja de vidrio sobre la alacena, pero que se paseaba por la casa como si fuera la dueña del lugar. Zaira juraba que la araña sentía las malas intenciones, decía que si alguien entraba con el alma negra o con ganas de robarse una cuchara, Ramona se le paraba en dos patas lista para saltarle al pescuezo. A mí apenas me miraba desde su tronco seco, masticando grillos con la misma calma con la que Zaira raspaba el fondo del frasco de mermelada para que alcanzara para otra tostada.

Esa manía de no desperdiciar nada no era por capricho; era de haber pasado hambre de verdad. Zaira se había criado prácticamente sola. Creció en un orfanato de monjas hasta los catorce años, el día en que le abrieron la puerta y la dejaron en la vereda porque ya no había espacio: no paraban de llegar criaturas recién nacidas y a ella, por ser la mayor, le tocó arreglárselas sola. Aprendió a sobrevivir en la calle a los golpes, a cuidarse la espalda y a pararse de frente contra hombres que le doblaban el tamaño para que no le tocaran un pelo. Esas mañas de pelea le habían dejado la piel dura, y también una reputación en el barrio. Entre el prejuicio por ser gitana y la fama de no achicarse ante nadie que se ganó a base de trompadas, nadie le daba un empleo formal. En los negocios la miraban con temor y en los talleres no la querían ni cerca.

Por eso estábamos juntas en esto. Y para mí, que me ahogaba en la culpa de ocuparle el cuartito del fondo sin poner un centavo, verla contar los fósforos que quedaban en la caja era un recordatorio diario de lo apretadas que estábamos.

—Deja de mirar las paredes con cara de velorio —me soltó esa mañana, empujándome una taza de té tibio—. La boleta de la luz vence mañana. O salimos a mover las manos y juntar plata o cenamos a oscuras.

Así arrancó la idea del puesto. Las dos sabíamos tirar la baraja y leer la suerte; lo único que nos faltaba era un pedazo de vereda. Fuimos directo a tocarle la puerta a don Tano, el dueño de El Farolito , el bodegón de la esquina de la plaza.

Don Tano conocía a todas las muchachas del barrio, pero a Zaira siempre le tuvo un cariño especial. La conocía desde que era una chiquilla flaca que andaba sola por la calle buscando qué llevarse a la boca; más de una vez le había abierto la puerta trasera de la cocina para darle un plato de fideos calientes o una bolsa con pan del día anterior sin cobrarle un peso. Sabía de sobra que ella no tenía a nadie en el mundo y entendía lo difícil que era su situación para ganarse la vida.

Cuando nos plantamos frente a la cocina de don Tano, el viejo dejó el cuchillo sobre la tabla de picar, se secó las manos en el delantal y nos observó a las dos en silencio. Se detuvo en mí un momento, ladeando la cabeza con curiosidad, antes de volver los ojos hacia ella.

—¿Y esta muchacha quién es, Zaira? ¿Te hiciste una amiga nueva?

Zaira no lo dudó ni medio segundo. Se cruzó de brazos, me miró de reojo con esa seguridad que siempre tenía y levantó la barbilla.

—No es mi amiga, don Tano. Es mi hermana.

Me quedé helada. Sentí un tirón en el pecho, después de que mi propia familia me cerrara la puerta en la cara, escuchar esa palabra me pegó directo en el corazón.

La miré, se me escapó una sonrisa y asentí despacio.

—Sí —dije—. Somos hermanas.

La cara del viejo se transformó. Las arrugas alrededor de los ojos se le achinaron en una sonrisa. Apoyó las dos manos sobre el mostrador, mirándonos como si nos diera una bendición.

—Miren ustedes... —asintió—. Ya era hora de que no anduvieras tan sola por la vida, muchacha. Sabía que este día iba a llegar. Conozco de sobra el talento que tienes con las cartas, Zaira, y sé lo que vales.

Señaló hacia la calle con el pulgar—. Pongan la mesa afuera, debajo del alero. No me tienen que pagar nada. Lo único que les pido es que no me entorpezcan la entrada del restaurante para que los clientes puedan pasar tranquilos. Del resto, arréglense como hermanas y salgan adelante.

Acomodamos la mesa debajo del alero con un mantel floreado que don Tano nos prestó y pusimos dos banquetas de madera. Al principio pensé que íbamos a pasar horas mirándonos las caras y contando las palomas de la plaza, pero la necesidad de la gente en ese barrio resultó ser más grande que el miedo al qué dirán.

Bastó que se sentara la primera clienta para que la voz corriera como pólvora entre los puestos de verdura y las paradas de colectivo.

En menos de tres días se nos armaba fila en la vereda. Vino de todo: una señora que juraba que el marido la engañaba con la cajera de la farmacia, un muchacho que quería saber en qué mes exacto se iba a volver millonario con el casino clandestino; y hasta un vecino jubilado que vino pálido a preguntar si en su casa estaban penando, porque sentía pasos en el techo todas las madrugadas. Le cobré la consulta, pero tuve la decencia de decirle que no eran almas en pena, sino las ratas del galpón vecino que se le metían por las latas.

El hombre se fue aliviado y nos dejó una propina generosa.

Nosotras no lo podíamos creer. En una semana juntamos lo de la boleta de la luz, pagamos el mes entero del alquiler antes de que el casero viniera a golpear la puerta con cara de perro, y nos dimos el lujo de hacer un surtido grande en el supermercado, compramos fideos, café del costoso, carne picada y hasta dos paquetes de galletitas de chocolate que nos comimos esa misma noche sentadas en el piso, riéndonos a carcajadas con Ramona dando vueltas sobre la mesa.

Sentí, por primera vez desde que me habían echado de mi casa, que el suelo no se me hundía bajo los pies.

Hasta ese viernes al mediodía.

La plaza estaba en su hora más ruidosa. Yo estaba guardando el mazo en su caja de lata cuando el bullicio se apagó de golpe, como si alguien le hubiera bajado la perilla al parlante.

Levanté la vista. Cruzando la calle venía un hombre que no encajaba con nada de lo que pisaba ese barrio. Era alto, de espalda ancha y un porte que obligaba a la gente a correrse del medio casi por instinto. Llevaba una camisa oscura desabotonada en el cuello, dejando al descubierto su piel firme y el tatuaje que le subía por el cuello hacia la mandíbula. Tenía facciones marcadas, y una barba que le daba un aire rudo. Era de esos hombres que llaman la atención sin quererlo, no por ser delicados, sino por la autoridad que cargan en el cuerpo. Dos moles de traje caminaban detrás de él con las manos en los bolsillos.

Iba a avisarle a Zaira, pero la voz se me murió en la garganta, porque en ese mismo segundo, vi el hilo rojo que nos unía, atando su pecho al mío.

Sin embargo, el aura que rodeaba esa unión no era limpia. La energía alrededor del tipo vibraba oscuro, turbio, como si una tragedia estuviese a punto de ocurrir.

En un parpadeo, la imagen me estalló frente a los ojos: la ruta y un camión cruzado en medio del asfalto. Una colisión en cadena que no daba tregua y en el centro del desastre, el vehículo de él atrapado entre los fierros retorcidos, con el capó ardiendo y el humo negro cubriéndolo todo.

Tragué saliva, aturdida, volviendo a la realidad con el corazón golpeándome contra las costillas. No era un mal presagio para dentro de unos meses; era un choque múltiple en esa misma ruta un rato más tarde, y él iba directo a quedar aplastado ahí si nadie lo frenaba a tiempo. Estábamos amarrados hasta los huesos, sí, pero el destino me acababa de atar a un hombre que iba derecho a matarse contra el asfalto.