La gitana que predijo mi muerte
La gitana que predijo mi muerte
Cassian
Tres meses. Noventa días buscando una mujer que aceptara mi apellido, mi madre y mis reglas, y no había encontrado a ninguna que aguantara más de una cena.
Y en dos días tenía que sentarme frente a Yuri Baranov para anunciar un compromiso que no iba a cumplirse. Elena me había escrito esa mañana: Mi padre ya imprimió las invitaciones.
El auto quedó aparcado a cuatro calles, porque la plaza estaba cerrada al tránsito por el mercado. Ahora caminaba bajo el sol de mediodía con Boris a la izquierda y Dragos a la derecha, y el primero ya había empezado a quejarse del calor.
—Señor, el coche está a cuatro calles. Podíamos haber pedido que nos recogiera.
—Caminar no te mata, Boris.
—Lo dice el que no carga con este abrigo.
Dragos se rió por lo bajo. Miraba los puestos de un lado a otro, con la mano cerca del bolsillo interior, como siempre. Era el más serio de los dos y el que menos hablaba. Eso me gustaba.
—A las dos tengo que ver a Damián —le recordé a Boris sin aflojar el paso.
—¿Él ya sabe lo del compromiso con Elena?
—Sabe que el tiempo se nos termina a los dos. El abuelo fue claro: el primero que se case asume el mando del imperio. Damián no busca hacerme la guerra, pero tampoco va a quedarse de brazos cruzados esperando a ver si yo doy el paso o no.
—Damián siempre respetó las reglas de la familia, señor. Si usted no cierra el trato, le tocará mover ficha a él.
Eso era verdad. Damián decía que no iba a competir por el mando. Yo no le creía, pero tampoco podía permitirme dejarlo fuera de la ecuación.
Cruzamos la plaza. Los tres nos abríamos paso sin esfuerzo; la gente del barrio no necesitaba reconocerme para entender que convenía correrse. Iba repasando mentalmente los balances del muelle cuando levanté la vista hacia el alero de un restaurante ruidoso.
Sentada frente a una mesa con un mantel floreado, había una mujer. Debía de tener poco más de veinte años. Tenía el cabello oscuro, revuelto en ondas que le caían sobre los hombros, y vestía una blusa blanca combinada con telas rojizas y aros de oro. Era atractiva, muchísimo, pero lo que me frenó el ritmo del paso no fue su aspecto.
No estaba mirando a los clientes. Me estaba mirando a mí.
Aparté los ojos, volví a mirar. Ella seguía ahí.
—Señor. Esa es una adivina.
—Ya lo sé.
—¿Vamos a cruzar la calle o le compramos una lectura?
—No quiero una lectura.
Sin embargo, no seguí caminando recto. Fue una sensación extraña: mis pies cambiaron de rumbo solos, como si algo me empujara hacia ella, y Dragos se acomodó a mis espaldas sin decir una sola palabra.
La chica no se movió cuando nos acercamos. No sonrió. No bajó la vista como hacían las demás. Tenía los ojos verdes, muy claros bajo el sol, y me sostuvo la mirada con una calma que me molestó más de lo que debía. Como si yo fuera un estorbo en su vereda y no el hombre que había movido a media ciudad con una sola llamada.
Había algo en ella que me resultaba extrañamente familiar. No su rostro, porque estaba seguro de que nunca la había visto. Sentí una punzada en el pecho y el pulso se me aceleró. La sensación era tan intensa que me dejó desconcertado, porque por más que escarbaba en la cabeza no había forma de entenderlo, yo jamás en la vida había pisado este barrio.
—Buenas tardes —dije.
—Señor. Tiene que cambiar de ruta.
—¿Me conoce?
—No.
Dragos soltó una carcajada.
—Carajo, Boris, anótalo. La gitana ya sabe cómo termina el día. Mejor nos volvemos al auto a esperar el rayo divino.
—Cobran caro el pronóstico del tiempo por acá, parece—agregó Boris—. Siempre arrancan con la muerte para venderte una velita de protección, jefe. No pierda el tiempo.
No me sumé a las risas de mis hombres. Tampoco me moví.
La gitana ni se inmutó por las burlas de los guardaespaldas. Ni siquiera los miró; para ella, los dos hombres armados detrás de mí no existían. Volvió a clavar sus ojos verdes directo en los míos.
—Si continúan por ese camino van a morir.
—Es buena —Boris se adelantó un paso, sonriendo—. ¿Cuánto cobra por esa frase, señorita? ¿Diez mil? ¿Veinte?
—No cobro.
—Claro. Por eso no cobra.
Yo no sonreí. Estaba mirando sus manos, que descansaban quietas sobre la mesa, y después su rostro. No tenía miedo. Tampoco parecía estar jugando. Hablaba como alguien que está seguro de sus predicciones.
—¿Y por qué debería hacerle caso? —pregunté.
—No tiene que hacerlo—ladeó la cabeza—. Solo tiene que pensar en cuanto valora su vida.
Boris se inclinó hacia mí, con la voz baja—. Señor, la reunión.
—Lo sé.
Miré hacia la avenida. Calculé el tiempo, las calles, la distancia hasta el coche. Y como nunca antes, no tenía una respuesta inmediata.
—Vámonos —indicó Dragos—. Por la calle de atrás.
Iba a girarme cuando ella habló de nuevo, en voz baja.
—Lo siento. Pero no va a ser una tarde tranquila para usted.
Yo no me moví. Tenía la sensación de que, si daba un paso, algo iba a quedarse atrás en esa mesa, y no sabía qué.
Ella seguía mirándome, sin sonreír.
No creo en el destino. Nunca lo he necesitado para nada. No obstante, en ese momento, con el sol golpeándome la nuca y mis hombres riéndose a mis espaldas, me quedé quieto un segundo más de lo que cualquiera en mi mundo se habría permitido.
Me obligué a romper el contacto visual, di media vuelta y caminé hacia el auto bajo las burlas interminables de Boris y Dragos, mas mi cabeza no iba en sus chistes. Iba en la frialdad de esa mirada. Por pura precaución —o por una punzada terca que me quedó picando en el pecho—, le ordené a Boris que cambiara el recorrido en cuanto arrancamos.
Diez minutos después, la noticia de emergencia en la radio nos heló la sangre a los tres: un choque en cadena devastador en el punto exacto por donde deberíamos haber pasado. Múltiples muertos y heridos.
Mis hombres se quedaron mudos en sus asientos, pero en mí no hubo espanto; hubo lucidez. Las piezas que llevaba tres meses tratando de encajar a la fuerza cayeron solas en su sitio. Esa chiquilla no le temblaba el pulso ante nadie, no tenía detrás a una familia mafiosa exigiéndome favores ni compromisos eternos, y acababa de salvarme la vida.
No necesitaba a Elena Baranov ni tenía que cederle terreno a Damián. La solución a todos mis problemas estaba sentada bajo aquel toldo, esperándome sin saberlo.
—Da la vuelta —ordené sin pensarlo dos veces, apoyando la mano en la puerta.
Regresaré a esa plaza. Voy a convencer a esa mujer de que sea mi esposa antes de que termine el día.