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Yo sabía que volvería

La gitana del mafioso 18+ — booknet.com · All chapters

Yo sabía que volvería

Gaila

No necesitaba las cartas para saber que volvería. Lo había visto con claridad. Esta vez el destino no me mostró un choque ni un camión atravesado en la ruta. Me mostró a él, de pie frente a mi mesa.

Zaira me miró desde la otra punta del toldo, con la baraja en la mano

—¿Qué te pasa? Llevas rato mirando hacia la entrada de la plaza.

—Va a volver.

—¿Quién?

—El del hilo rojo.

—¿El de los guardaespaldas?

—Ese mismo.

—¿Y eso cómo lo sabes?

—Porque lo vi.

—Gaila, si el tipo vuelve, lo que quiere es matarte por la advertencia.

—No quiere matarme.

—¿Y qué quiere?

—Casarse conmigo.

Zaira abrió la boca, la volvió a cerrar. Miró la mesa, el mantel, y después a mí.

—Qué rápido se nos complica la vida—dijo—. El primer tipo con traje que pisa esta mugre de mercado viene derecho a tu mesa. Con la pinta que tiene, ese no compra flores; compra edificios.

—No digas tonterías.

—No son tonterías, vi cómo te sostuvo la mirada. Parecían dos gatos a punto de saltarse al cuello.

Se levantó, se estiró como un gato y se colgó el bolso del hombro.

—Me voy a comer una manzana al callejón. Si ese tipo se baja con aires de rey, prefiero no estar adelante para no contestarle mal por ti.

—Por eso te vas.

—Por eso me voy. Si se pone pesado, gritas. Aunque algo me dice que el que va a terminar perdiendo la paciencia es él.

Me quedé sola bajo el toldo, pero no me senté a esperar con los brazos cruzados; caminé los pocos metros hasta el cerco de la vecina y corté un puñado de flores. Si venía a pedirme matrimonio, no iba a esperarlo con las manos vacías ni con cara de sorpresa; en mi visión yo sostenía esas flores cuando él hablaba.

Volví al puesto, sostuve el ramo entre las manos con fuerza y me quedé de pie frente a la mesa.

En cuanto me acomodé, un rugido interrumpió el murmullo de la feria. La plaza seguía cerrada al tránsito, pero a ese hombre las vallas peatonales le daban igual: el auto negro trepó con descaro la vereda, aplastó un par de cajas vacías y avanzó apartando a la gente hasta clavarse justo frente a mi toldo, bloqueando el paso por completo.

Los feriantes se quedaron mudos, sin atreverse a reclamar.

Se abrió la puerta y bajó él. Apreté los tallos contra el pecho cuando se detuvo a un metro de mi mesa.

Le gané antes de que pudiera hablar: le solté el “sí, acepto”, dejándole en claro que ya lo había visto regresar desde el momento en que sus hombres se burlaron de mi visión. Él intentó buscar una trampa en mis ojos, pero al ver que no había engaño, fue al grano sin rodeos: su abuelo agonizando, el mandato de casarse para asegurar el imperio y la necesidad urgente de romper la alianza con los Baranov sin declararles la guerra. Yo era su salida perfecta: una desconocida sin influencia.

Le repetí que aceptaba el trato, pero con una sola condición innegociable: Zaira venía conmigo a su nido de víboras o no había boda. La mandíbula se le tensó al ver a mi amiga comiendo su manzana en el callejón, pero tragó saliva y aceptó.

No tenía tiempo para negociar.

Subimos al auto ahí mismo. Sin anillos, sin vestidos blancos y sin testigos más allá de sus dos guardaespaldas armados, nos plantamos en un registro civil donde un par de llamadas suyas bastaron para saltarse cualquier trámite. Firmamos las actas, y en menos de media hora, yo llevaba su apellido legalmente.

Al salir, Cassian me detuvo en la vereda. Sacó del bolsillo interior una pequeña caja de terciopelo, la abrió y me deslizó un anillo que pesaba una barbaridad; tenía un diamante enorme en el centro que brillaba demasiado bajo el sol, de esos que valen más que todo el mercado junto y que te ponen un blanco en la espalda si caminas distraída. Después sacó su teléfono, me pidió el mío y anotó mi número sin soltarme la mirada.

—Mañana a las ocho te paso a buscar. Mi madre organizó una cena para anunciar mi compromiso con Elena frente a toda la familia. Vas a entrar del brazo mío, y mañana por la noche se van a enterar de que ya tengo esposa.

Al día siguiente, sobre la cama teníamos la ropa apilada de cualquier manera: chales bordados, faldas anchas y pañuelos.

Revolví hasta encontrarlo: el vestido rojo oscuro, largo hasta el suelo y cargado de vuelos que caían con fuerza en cada paso. No pensaba disfrazarme de señorita de sociedad para encajar en la mesa de nadie.

—Ese te va a hacer ver peligrosa —dijo Zaira desde el espejo del ropero, acomodándose un vestido azul cobalto ceñido, con mangas amplias y el dobladillo lleno de flecos que se balanceaban a cada movimiento.

—Esa es la idea.

Me deslicé la tela roja por el cuerpo. El corte era firme arriba y se abría abajo con una caída salvaje. Fui directo a la cajita de lata donde guardaba mis accesorios y me colgué los aros de oro, enormes, de esos que tintinean, y me puse las pulseras anchas en los dos brazos: tres de plata grabada, dos de bronce y un brazalete de monedas antiguas que sonaba cada vez que cerraba el puño.

Zaira caminó hacia el mueble y apoyó la punta del dedo contra el cristal del terrario, donde Ramona estiraba dos patas peludas y negras.

—Mírala, tan tranquila —susurró, sonriendo con picardía—. Si la meto en el bolso y la saco en medio del banquete, a la madre de Cassian le da un infarto. ¿Te imaginas la cara de la señora cuando nos vea entrar y encima le presentemos a la tarántula como parte de la familia?

—Deja a Ramona en paz, que tiene más modales que toda esa gente junta —respondí, terminando de atarme el pelo en una media cola alta mientras las ondas me caían por la espalda—. Además, la señora no necesita una araña para espantarse; con vernos a nosotras dos ya va a sentir que se le metió una plaga en el comedor.

Hice sonar las pulseras de bronce y el brazalete de monedas con un sacudón seco de muñeca.

—Eso sí —murmuró Zaira, pintándose los labios de carmín—. La mujer tiene la fiesta armada para festejar el casamiento con la Baranov, los ricos aplaudiendo, todo perfecto... y no tiene ni la más puta idea de que el nene va a aparecer casado contigo. Se le va a atragantar el champán antes del brindis.

—Va a ser una sorpresa inolvidable.

Un bocinazo retumbó desde la vereda.

—Ya llegó tu futuro marido.

Tomé aire, acomodé el vestido y miré una última vez el diamante de mi dedo.

La noche apenas comenzaba.