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La cena de los Voronin

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La cena de los Voronin

Cassian estaba recostado contra el auto, pero se enderezó de golpe en cuanto la puerta del pasillo se abrió.

Se le borró de la cara esa frialdad que lo caracterizaba. Se quedó inmóvil, clavado a la vereda, recorriéndola de arriba a abajo como si el aire de pronto le hubiera faltado. El vestido rojo era un escándalo de volantes que caían hasta el suelo; los aros de oro decoraban sus orejas y las monedas tintineaban a cada paso. Pero lo que terminó de nublarle hasta los pensamientos fue ver su diamante brillando en esa mano salvaje, encajado a la perfección. Por un segundo, el capo intocable no supo qué hacer con las manos.

—Estás preciosa —confesó.

—Ya lo sé. Me costó media hora.

Cassian carraspeó, intentando recuperar el control, y le ofreció la mano para subirla al coche. Cuando los dedos de Gaila rozaron los suyos, un calor le subió por la piel hasta erizarle los vellos, obligándolo a apretar la mandíbula para no delatarse.

Zaira bajó después. Llevaba el bolso de tela pegado al pecho.

Dragos se adelantó para abrirle la puerta.

—Puedo subir sola.

—El suelo está mojado, señora.

Zaira se frenó en seco y entrecerró los ojos, clavándole una mirada oscura y directa. A Dragos le recorrió un escalofrío en la espalda; sabía perfectamente lo que era tener los ojos de una gitana encima y no tenía ninguna gana de ganarse una maldición gratis en plena calle.

—¿Señora? —soltó ella, ofendida—. Señora tu abuela. A mí me hablas con respeto, que arrugas todavía no tengo. Y no me voy a caer. Tranquilo, muñeco.

Dragos alzó ambas palmas en señal de tregua y retrocedió un paso, dejándole el camino libre sin rechistar. Boris, al volante, se mordió los labios para no reírse. De un solo salto subió al lado de Gaila, acomodó el bolso con cuidado sobre su falda y cerró la puerta. Cassian ocupó el asiento del copiloto, mientras que Dragos se acomodó en la última fila, justo detrás de ellas.

A mitad de camino, Dragos levantó la vista desde la tercera fila. Luego volvió a mirar, inclinando el cuello hacia adelante.

El bolso de Zaira se había movido un par de centímetros a la izquierda; un bulto redondeado empujaba la tela desde adentro.

—¿Qué lleva ahí? —preguntó.

—A Ramona —respondió ella con total tranquilidad, acariciando la tela.

—¿Ramona?

—Mejor no preguntes, que la curiosidad en tierra de gitanos siempre termina en mal de ojo.

Dragos tragó saliva. La frialdad de su voz y la calma con la que sostenía el bulto le bastaron. Se recostó despacio contra su asiento, fijó la vista al frente y decidió que su sueldo no alcanzaba para averiguar quién demonios era Ramona.

La mansión de los Voronin se alzaba al final de un camino privado. Era una fortaleza de piedra, imponente y fría, con ventanales altos y jardines perfectamente podados. Afuera se alineaban autos de lujo y personal de seguridad ubicado en cada rincón, comunicándose por auriculares.

Al descender, Cassian le ofreció el brazo a Gaila, y ella aceptó sin dudar.

En la entrada principal se encontraba Damián junto a dos guardias más. Llevaba un traje gris oscuro, camisa abrochada hasta el último botón y postura militar. Sostenía una tablilla en la mano y revisaba a cada invitado con cara de pocos amigos, sin conceder una sola sonrisa ni relajar los hombros.

Al verlos llegar, sus ojos se detuvieron en Cassian, luego en Gaila, y finalmente en Zaira, que avanzaba balanceando los flecos azules de su vestido.

¿Qué carajo hacía su primo llegando del brazo con un par de gitanas a la cena de su propio compromiso? La idea le cruzó la cabeza, pero la descartó al instante. No era su asunto. Si Cassian quería pegarse un tiro en el pie delante de toda la familia y los Baranov, era su problema.

—Control de rutina —anunció, estirando la mano hacia el bolso de Zaira—. Nada de armas, cuchillos ni dispositivos no autorizados.

Zaira se plantó frente a él, inclinó la cabeza hacia un lado y le regaló una sonrisa pícara.

—Tranquilo, guapo —le miró fijamente la boca—. La única arma que cargo no cabe en una pistolera.

Damián parpadeó, descolocado. Por un segundo se le borró la expresión y no supo dónde meterse. Tensó el cuello, carraspeó y señaló el bolso.

—Ábralo, por favor.

La muchacha no se inmutó. Deslizó los dedos por el cierre despacio, la abrió de par en par y la inclinó hacia él.

Damián bajó la vista…y se quedó petrificado. Adentro, acomodada sobre un paño de lana roja, Ramona levantaba dos de sus ocho patas negras y peludas. La tarántula era enorme, tan negra que parecía una bola oscura ocupándole casi todo el bolso.

Dio medio paso atrás, con los ojos desorbitados y el aire atascado en el pecho.

—¿Qué pasa, cariño? —se rio Zaira—. ¿Te dan miedo las chicas de campo?

Damian intentó recomponerse. Furioso consigo mismo por haber perdido la compostura frente a sus hombres y, sobre todo, frente a esa mujer, esa gitana de lengua suelta.

—Eso... esa cosa no puede entrar —intentó recuperar la voz de mando—. El protocolo prohíbe terminantemente el ingreso de alimañas o animales no identificados.

—No es una alimaña, es Ramona —protestó, cerrando el bolso para protegerla—. Y tiene más educación que tú.

—Damián —la voz de Cassian interrumpió la discusión—. Entran conmigo, las tres. Yo me hago responsable.

Damián frunció el ceño. Miró a Cassian, al bolso, y a Zaira, que le guiñó un ojo.

—Es tu fiesta, haz lo que quieras—masculló, haciéndose a un lado.

El salón era un derroche de dinero por donde miraras: piso de mármol que brillaba como un espejo, lámparas de cristal colgando del techo y mesas larguísimas puestas como para la realeza. Los mozos iban y venían entre la gente con bandejas llenas de copas y bocaditos que no llenaban a nadie.

En el centro, rodeada por parientes y socios comerciales, estaba la madre de Cassian. Lucía un vestido verde esmeralda, joyas discretas de un costo exorbitante y una copa de champán en la mano derecha. A su lado se encontraban Yuri Baranov, un hombre ancho de expresión hostil, su esposa Svetlana, con una mueca de superioridad; y su hija Elena, una joven rubia que sostenía su bebida con un aburrimiento que casi no lograba disimular.

La madre de Cassian, Irina, alzó la voz, sonriendo con el orgullo de quien cree tenerlo todo bajo control:

—Como todos saben, esta noche celebramos la unión de dos grandes linajes, el futuro que asegurará...

Las pesadas puertas de roble se abrieron.

Cassian avanzó sujetando con firmeza la mano de Gaila. A su lado, el vestido rojo ardía bajo las luces del salón, y cada paso que daba la joven arrancaba un tintineo de sus monedas y pulseras. Detrás, Zaira caminaba examinando las bandejas de los camareros con apetito.

La mirada de Irina fue desde su hijo hacia Gaila, deteniéndose en sus prendas, sus accesorios y sus manos entrelazadas. La copa de cristal se le resbaló de los dedos; Elena, a su lado, reaccionó de inmediato, estiró el brazo, atrapó la copa en el aire antes de que tocara el suelo y la apoyó sobre una bandeja cercana.

—¿Tú... qué...? —murmuró, perdiendo el aliento.

Cassian no pestañeó.

—Mi esposa.

La señora Voronin parpadeó seguidamente, sacudiendo la cabeza como si intentara despertar de un mal sueño.

—Cassian, no estoy para bromas. La cena... la familia Baranov...

—No estoy bromeando, madre.

Gaila dio un paso al frente, haciendo crujir las telas de su falda, y le extendió la mano derecha con una sonrisa impecable.

—Mucho gusto, señora. Su hijo me ha contado maravillas sobre usted.