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Ramona y sus travesuras

La gitana del mafioso 18+ — booknet.com · All chapters

Ramona y sus travesuras

Irina Voronin no estaba acostumbrada a quedarse sin respuesta. Por más de dos décadas había dirigido cada cena de la familia y nadie la cuestionaba. Quien se sentaba junto a quién, qué se servía primero, qué aliado merecía una sonrisa. Y ahora, frente a ella, una muchacha de vestido rojo le sostenía la mano con una calma que le resultaba alarmante.

—Mucho gusto, señora. Su hijo me ha contado maravillas sobre usted.

Irina no devolvió el saludo de inmediato. Hasta hacía unos segundos estaba a punto de anunciar el compromiso de su hijo con Elena Baranov. Ahora tenía delante a una desconocida que aseguraba ser su esposa, y lo peor no era el hecho en sí, sino que su hijo se hubiera casado sin consultarla. Para una mujer que siempre supo cada decisión importante antes que los demás, aquello era una afrenta que no sabía cómo digerir.

—¿Cuánto tiempo llevan juntos? —preguntó.

—Lo suficiente para casarnos —respondió Gaila, con una sonrisa.

La mirada de Irina bajó hacia los dedos de Gaila y el color de su rostro se le fue en un santiamén. Lo reconoció de inmediato, el diamante de los Voronin, la sortija guardada en la caja fuerte del despacho.

Cassian que permanecía junto a Gaila. No se apresuró a justificar nada ni mostró una pizca de arrepentimiento.

—Y ella es Zaira —señaló a la pelinegra—. La hermana de Gaila.

Zaira saludó con un gesto de cabeza. Su atención ya se estaba desviando hacia las mesas y la comida. No le impresionaba el lujo del salón cuando su estómago gruñía. Dejó la bolsa de tela sobre una mesa. La cremallera quedó ligeramente abierta para que Ramona pudiera respirar. Zaira no pensaba soltarla ni provocar ningún desastre. Solo quería revisar los canapés antes de que se los terminara alguien más.

Yuri Baranov tardó menos de un minuto en entender que Cassian había roto públicamente el acuerdo entre sus familias.

—Explícame esto —espetó, rabioso—. Mi hija estaba prometida a tu hijo.

—Su hija nunca estuvo prometida a nadie —respondió Cassian—. Mi esposa es Gaila. No hay nada más que explicar.

— ¿Qué falta de respeto es esta? ¡Me has humillado delante de toda mi familia!

Elena, que se encontraba junto a su padre, apretó los labios para no sonreír. Por dentro sintió un alivio tan grande que tuvo que bajar la mirada.

Yuri no aceptó la respuesta. Estaba convencido de que Cassian había jugado con su familia, había utilizado a Elena mientras preparaba una salida por su cuenta y ahora se burlaba de todos en el salón.

Se volvió hacia Gaila y escupió las palabras como si le quemaran.

—Una gitana. Eso es lo que eres. Te casaste con un hombre rico y ahora crees que tienes derecho a todo.

Gaila no se movió. Sostuvo la mirada del hombre sin una sola señal de temor.

—Y usted es un mafioso de traje fino que cree que los modales se compran en la tienda.

Zaira se cruzó de brazos, mordiéndose los labios para no reírse en su cara—. Déjalo, hermana. Tanto apellido ilustre y no le alcanza ni para disimular la rabieta. Parece nene caprichoso al que le arrebataron el dulce.

Yuri enrojeció hasta las orejas e hizo una seña a dos de sus guardaespaldas.

A Yuri se le subió la sangre a la cabeza. Señaló a las dos hermanas con el dedo tembloroso de rabia y miró a sus hombres por encima del hombro.

—¡Sáquenlas de acá ahora mismo! ¡Par de ordinarias! ¡Llévenselas a la rastra si hace falta!

Los dos guardaespaldas de Baranov se abrieron paso hacia ellas con las manos listas para agarrarlas de los brazos.

Gaila no esperó. En un parpadeo metió la mano al bolsillo de su falda roja y sacó una navaja pequeña, lista para rajarle la muñeca al primero que intentara ponerle un dedo encima, más no alcanzó a dar el paso. Cassian se interpuso cubriéndola por completo con la espalda ancha, clavando una mirada letal en los dos tipos. Abrió la chaqueta lo justo para que se viera la pistola en su cinturón, No la sacó pero dejó el arma bien a la vista.

—Un solo paso más hacia mi esposa, y les meto una bala en medio de las cejas.

Sentía una furia que no le cabía en el pecho. Podía soportar que Yuri cuestionara el matrimonio, pero no iba a permitir que humillara ni amenazara a su mujer delante de todos. Aunque nunca lo habría admitido, esa noche Gaila le pertenecía a él.

Los dos matones frenaron en seco. Se quedaron congelados con las manos a medio camino, tragando saliva. Miraron el cañón asomando en el pantalón, le vieron la cara a Cassian y entendieron al instante que no estaba fanfarroneando: si se atrevían, los liquidaba ahí mismo.

Sin decir una palabra, levantaron las palmas abiertas y retrocedieron dos pasos, bajando la cabeza.

A espaldas de Cassian, Gaila aflojó el agarre de la navaja y la guardó. Sintió el calor de la espalda de su marido, y no pudo evitar una sonrisita ladina que le curvó los labios.

Yuri comprendió que no podía imponer su voluntad por la fuerza sin provocar un enfrentamiento. El silencio se prolongó por varios minutos, mientras que todos se miraban.

En ese mismo momento Ramona había decidido que el encierro ya había sido suficiente. La cremallera estaba más abierta de lo que Zaira creía. La tarántula salió lentamente y caminó sin ningún apuro sobre el mantel de lino blanco, tanteando el terreno y enderezándose hasta quedar del tamaño de un plato hondo.

Un mozo que pasaba con una jarra de agua helada miró de reojo la mesa para no tropezar. Clavó los ojos en el mantel, y Ramona, educada, alzó las dos patas delanteras en el aire, como saludando.

—¡UNA ARAÑAAAA! ¡UN MONSTRUO! ¡HAY UN MONSTRUO EN LA MESA!

La jarra voló por los aires. El agua helada y los vidrios reventaron contra el piso de mármol. Algunos invitados se levantaron. Otros retrocedieron sin saber dónde estaba la tarántula. Tres señoras pegaron un salto y salieron disparadas a los codazos, volteando sillas y pisándose los vestidos.

Yuri Baranov, desquiciado por el escándalo y creyendo que Cassian había empezado a tirar disparos a traición, giró buscando dónde mierda cubrirse. El zapato le patinó de lleno en el charco de agua; las piernas se le fueron al techo y cayó de espaldas con un porrazo que hizo temblar las copas. Se llevó una mesa entera en la caída, el mantel se le vino encima y terminó bañado en salsa agridulce.

—¡Damián! —exclamó a viva voz Irina, trepándose a un sillón y levantándose el vestido esmeralda hasta las rodillas—. ¡Mata esa porquería! ¡Dispárale, haz algo!

Damián avanzó a zancadas largas, furioso, con un pañuelo doblado en la mano. Se abrió paso entre los invitados que corrían como locos y llegó a la mesa donde Ramona miraba el desmadre con total tranquilidad.

—¡Yo me encargo!

Se acercó a la tarántula, procurando no hacerle daño.

Ramona levantó las patas delanteras, lo examinó con calma, dio un salto y empezó a trepar por su brazo.

Damián se quedó rígido. La tarántula llegó al hombro, luego a la nuca y se detuvo sobre su cabeza. Él soltó un grito que no tenía nada que ver con su imagen de hombre frío y dominante, fue un alarido de nena pequeña, agudo y desesperado. Los guardias lo miraron como si acabaran de descubrir que su jefe le tenía miedo a algo.

—¡Quítenmela! ¡QUÍTENMELA!

Ramona siguió su recorrido sin prisa. Pasó de la cabeza de Damián a la chaqueta de un guardia, después al hombro de un camarero que temblaba como una hoja, y finalmente se paseó por el regazo de un invitado mayor. El anciano bajó la vista, vio el par de colmillos negros a diez centímetros de su nariz, puso los ojos en blanco y se desplomó desmayado sobre la alfombra como un saco de papas.

Detrás de una columna de mármol, Elena Baranov se había resguardado con su copa en la mano. Miraba a su padre cubierto de salsa en el piso y a los guardias bailando en círculos; no aguantó más, se largó a reír con tantas ganas que casi se atraganta con el champán.

Gaila y Zaira se acercaron hacia ese mismo rincón, esquivando a la gente histérica. Las dos no podían más de la risa. A Gaila le sonaban todas las monedas de la falda por el temblor de las carcajadas y Zaira se agarraba la panza, con lágrimas en los ojos.

—Tu padre tiene salsa en la cara.

—Lo sé. Es el único día en que lo disfruto.

Gaila la observó con atención. Había esperado a una mujer furiosa, celosa y dispuesta a arrancarle el pelo por haberle quitado al prometido. En cambio, tenía delante a alguien que parecía aliviado de verdad.

—Oye —murmuró—. ¿No se supone que deberías estar tirándome del cabello?

Elena se carcajeó.

—Nunca quise casarme con Cassian. Mi padre lo organizó todo.

—Qué alivio —dijo Zaira—. Yo venía preparada para defenderte. Llevaba horquillas escondidas en la manga.

—Creo que he leído demasiadas novelas —suspiró Gaila.

—Eso mismo estoy empezando a sospechar.

Elena las miró divertida.

—¿Y ahora se supone que debo ofenderme?

—Esperábamos algo más dramático.

—Créanme. Ya tengo bastante drama con esta familia.

Zaira se inclinó hacia ella con cara de investigadora.

—¿Y hay alguien en tu vida?

Elena dudó un segundo. Después sonrió—. Se llama Mateo. Es médico.

—Ahora sí me caes bien —Zaira levantó su dedo pulgar en aprobación.

Gaila comprendió que la supuesta prometida de Cassian también tenía su propia historia, y que no era la rival que había imaginado.

Las tres levantaron las copas. Elena propuso un brindis por los matrimonios que no llegan a celebrarse y por las mujeres que no necesitan pelearse por un hombre.

Cuando el caos empezó a menguar, Zaira silbó.

Ramona, que para ese momento descansaba sobre el respaldo de una silla dorada admirando el desastre, ladeó el cuerpo peludo al escuchar el llamado. Zaira se abrió paso entre señoras histéricas y mozos acurrucados contra las paredes. Se agachó frente a la silla, extendió la palma abierta y la tarántula trepó dócilmente por sus dedos.

—Ya está, mi reina. Mucho trote por hoy —le murmuró ella con dulzura.

Damián, que todavía estaba pegado a una pared con la respiración entrecortada y el cabello hecho un desastre, vio la maniobra. Tragó saliva, se enderezó la chaqueta con tirones torpes para recuperar algo de dignidad y avanzó hacia Zaira.

Tenía los mofletes sonrojados de vergüenza y los puños le temblaban de furia.

—¡Esa porquería no vuelve a pisar esta casa! —le espetó—. ¡Es una orden!

Zaira lo miró de arriba a abajo, tan intensamente, que a Damián se le erizó la piel del cuello; sintió que la gitana le estaba arrancando la ropa con los ojos sin siquiera pedirle permiso.

—Se llama Ramona. Aprende a hablar con educación.

—¡Me importa un carajo cómo se llame! ¡Pudo haber picado a alguien!

—No pica a cualquiera, corazón. Ramona solo le clava el colmillo a la gente con mal corazón. Y por lo visto, tú le caíste de maravilla; no cualquiera se gana un paseo gratis por la cabeza.

Zaira le regaló una sonrisita ladina, inclinando el rostro sin perderle el rastro a la mandíbula tensa de Damián.

—Aunque no la culpo. Se ve que las dos tenemos un gusto bastante parecido para los hombres difíciles.

Continuará...