Capítulo 10
AlaricJamás he conocido a alguien con el sueño más pesado que Harper Voss. Cuando regreso del baño, está acurrucada en el sofá y no hay manera de hacerle abrir los ojos para que me escuche.
Mis planes de decirle la verdad se han ido al demonio.
«Es mejor esperar a regresar. Si se lo digo ahora, le va a dar un infarto», pienso con preocupación mientras me pongo de rodillas junto a ella.
Contemplo sus delicadas facciones y las pequeñas pecas repartidas por sus mejillas y la parte alta de su nariz. Cada pocos segundos hace pequeños pucheros que la hacen lucir como un ángel inocente.
Nada tiene que ver con esa mujer loca, atrevida y sensual que se frotaba contra mí hace unos minutos. Lo mejor de dos mundos coexiste en su cuerpo.
—Me hiciste correrme en los pantalones, princesa hermosa —susurro—. Eso nunca me había pasado. Te deseo tanto…
Harper sigue sin abrir los ojos. Parece tan frágil por fuera que pocas personas descubrirían lo fuerte que es por dentro. Y eso es precisamente lo que me hace amarla cada día más.
La necesito con una locura desmedida y no me importa que el resto de mi familia se oponga y quiera arreglarme un matrimonio. No lo haré y punto.
La empresa ya no es mi prioridad, sino ella.
—Ahora sí estoy más que seguro de lo que haré —musito antes de darle un beso en la frente—. Tendrán que aceptar lo nuestro o todos se irán al mismísimo infierno.
Lo haré o, si no, dejaré de llamarme Alaric Adrian Lancaster.
***
HarperAl despertar me siento un poco mareada. También feliz por el sueño que tuve con mi jefe. Hacíamos cochinadas en el avión y, aunque no llegaba a quitarme la virginidad, me veía casi como Dios me trajo al mundo.
Me incorporo un poco y trato de ignorar lo extraño que se siente estar en la habitación de una suite lujosa. La estoy compartiendo con Anette, pero aun así me parece excesivo.
—Ojalá hubiera sido real —susurro.
Parpadeo y me froto los ojos. ¿Y si fue real?
—No —me río—. Eso no puede ser. Eso lo soñé cuando me dormí en el jet.
Mi puerta se abre antes de que pueda sacar un pie de la cama.
—Buenos días —me saluda Anette, que lleva puesto un vestido blanco bastante elegante y un peinado recogido—. Ya pedí tu desayuno, linda. Además, puedes acomodarte en el despacho para que termines esos pendientes.
—Espera, ¿y tú a dónde vas? —le pregunto preocupada mientras me levanto—. Estás…
—Adrian y yo tenemos que asistir a un desayuno.
—¿Qué? El señor Lancaster dijo que…
—Él estará muy ocupado. —Me guiña un ojo—. No te angusties por nada, cariño. Te he dejado todo para que trabajes cuando te sientas lista. Puedes darte un baño después del desayuno y disfrutar de todo.
—¿Qué?
—Nos vemos, que se hace tarde.
Me quedo boquiabierta. ¿Estos dos se van a ir a hacer de las suyas para que yo trabaje como burra? Ahora que lo recuerdo, ni siquiera Adrian me explicó tan bien el tema de la contabilidad que no cuadra.
Soy una idiota.
—Esto no se va a quedar así —digo furiosa, caminando de un lado a otro como un león enjaulado—. Les voy a…
Me detengo de golpe y niego con la cabeza. Tristemente, esto es lo que me toca por ser un personaje secundario. Tengo que ser la alcahueta de los protagonistas.
—Pero Adrian también es el secundario, no entiendo —murmuro—. Dios, hay gente que no valora su vida.
Ni siquiera el baño en una tina lujosa logra distraerme de mi tristeza. Sin darme cuenta, me he enamorado de Adrian Voss y de verdad creí que podríamos tener una oportunidad.
—Como si esas cosas pasaran —resoplo antes de tomar mi celular para enviar un mensaje al grupo.
Me río sin ganas al ver todas las llamadas perdidas que tengo después de ese mensaje donde les informé que me iba a Los Ángeles.
Harper:
Estoy viva y llegué bien. Tuve un sueño cachondo con mi jefe, pero ahora él se fue a desayunar con su querida Anette. No debí venir, maldita sea.
Después de enviarlo, me llega una videollamada. Suelto un suspiro y salgo de la bañera para ponerme un albornoz. Al contestar, los rostros de mis tres amigas invaden la pantalla y se alejan ahogando un grito.
—¿Estás en un hotel Lancaster? —preguntan en perfecta sincronía.
—Igual no la estoy pasando bien.
—¿Estás bien de la cabeza? —gruñe Penélope—. ¡Ya quisiera yo…!
—Solo me trajeron para trabajar y poder vivir sus cochinas aventuras —la interrumpo—. ¿Cómo crees que me siento, Pen? Es horrible. O sea, sí voy a disfrutar el lujo, pero…
—Bueno, es mejor llorar en un hotel cinco estrellas que en la oficina —sonríe Greta con tono comprensivo—. Lo siento, cariño.
Se me llenan los ojos de lágrimas y todas ponen cara de espanto.
—No llores, amor mío —me suplica Alessandra—. Voy a llorar contigo y no quiero que se me arruine el maquillaje.
—Me pasó lo que no quería: me enamoré de mi jefe —les confieso—. Y realmente creí que…
—A ver, que vayan a un desayuno no quiere decir que perdiste oportunidad —me corta Greta—. Ellos tal vez tengan un asunto importante que atender por ser personas de confianza del señor Lancaster.
—Solo iban a revisar la contabilidad de un restaurante, no a cerrar tratos. Si hubieran visto lo arreglada que iba Anette, se darían cuenta de lo que quiero decir.
Todas se quedan calladas, observándome con lástima. Las amo. Siempre me dan lo que necesito, y ahora necesito que sientan compasión por mí.
—En ese caso, mi amor, adelanta algo de trabajo, deja que ese par haga sus porquerías y sal a gozar la playa, la piscina, todo lo que incluya el hotel.
—Para eso se necesita dinero —me río—. Aun así, gracias, chicas. Las adoro, ¿saben? Verlas…
—Deja de decir cursilerías —me corta Pen—. Sabes que te adoramos, pero tú no eres así. No queremos verte llorar.
—Sí, y les prometo que…
—Ahora mismo te haré una transferencia —espeta Aless—. Gané un poco con uno de esos viejos con los que salgo, y qué mejor inversión que verte sonreír.
—Yo también lo haré —asiente Gret—. Que Adrian Voss se vaya al infierno y que vea lo que se perdió.
—¡Me apunto! —exclama Penélope, dando saltitos—. Esta vez sí pago feliz.
—Chicas, no es necesario —les digo—. Me quedaré aquí a trabajar y cuando regrese…
—¡No! —me gritan.
—No me quiero meter en problemas —replico.
—En problemas ya estás porque no fuiste con ellos —me recuerda Greta—. Te vamos a mandar ese dinero para que te compres un traje de baño lindo, pidas una rica bebida y te eches en una tumbona para que vean ese cuerpo de diosa que te cargas.
Por más que protesto, al final ese trío de locas me manda dinero y se refleja casi de inmediato en mi aplicación bancaria. Aunque no es una fortuna, sí es mucho más de lo que esperaba.
—Algún día se los voy a regresar con creces —afirmo mientras me preparo un café en la cocina—. Cuando sea una escritora famosa, todos los que me hacen daño se van a arrepentir.
Suelto una carcajada para no llorar otra vez. ¿Cuáles enemigos? Soy tan poca cosa que ni siquiera los tengo.
—Mejor, así me ahorro problemas —murmuro—. Ya no quiero ser personaje secundario; necesito volver a ser una NPC hasta que termine de escribir mi novela.
El café con leche es delicioso y dulce, tanto como mi venganza contra esos dos. Si de todos modos van a burlarse del CEO y yo voy a enfrentar las consecuencias, tengo que divertirme.
No me voy a quedar aquí a lamentar mi suerte, no soy una estúpida T/N.
Después de tomarme el café y comerme unas tostadas —el desayuno, aunque se ve delicioso, lo he mandado al demonio—, me dirijo al despacho. En efecto, me han dejado todo perfectamente organizado para que pueda trabajar.
—Qué maravilla —digo con sarcasmo y rencor mientras me siento—. Ellos gozando su amorío y a mí me dejan la torre de documentación.
A pesar de mi rabia, termino de verificar todo y dejo solo unos cuantos detalles para terminar después. No puedo perder mi día haciendo un trabajo que también le corresponde a Adrian. Además, me trajeron de chaperona, ¿no es así? Si no requieren mis servicios, esta chica linda se va a disfrutar de las bondades de un hotel de lujo.
Regreso al baño y logro ponerme un tampón, que entra en mí con un poco de dificultad. Aun así, no me incomoda y me hace sentir empoderada.
Apago mi celular, lo dejo en la mesita de noche y salgo de la habitación sin culpa alguna. Un personaje secundario o NPC no debe tener una moral tan limpia; eso es para Anette.
Al bajar a la lujosa recepción, pregunto dónde puedo comprar un traje de baño y la señorita me indica con amabilidad cómo llegar a la tienda. Trabajo para los Lancaster, pero jamás se me habría ocurrido que sus hoteles fueran el cielo en la Tierra. Por ese motivo es que no puedo evitar abrir la boca de par en par cuando me encuentro en el área comercial llena de tiendas lujosas.
—Esto no es para… No, sí es para mí —gruño—. Ya basta de sufrir. Me merezco esto y más.
Avanzo con paso contundente hasta la tienda de trajes de baño, donde una señorita frunce el ceño al verme con la cara de Hulk: verde y furiosa.
—Necesito un traje de baño diminuto —le suelto—. Sí, uno que apenas me cubra. Ya me depilé.
La mujer suelta una risita.
—De acuerdo, sígame —me dice—. Creo que tengo el indicado para usted.
Mi valentía flaquea un poco cuando lo tengo frente a mí. Ese bikini parece un kit de toalla sanitaria con cubrepezones.
—Se le verá precioso —me anima—. Usted tiene un buen cuerpo.
—Pero…
—No se arrepentirá —me asegura—. Todos voltearán a verla.
—¿En serio? —jadeo—. Yo…
—Créame, se la va a pasar genial —me asegura.
Por un momento pienso decir que no y marcharme con paso silencioso. Meterme en problemas es lo último que necesito ahora. No obstante, de mi boca no sale ninguna negativa y la dependienta me entrega aquella prenda de pecado carnal y los recuerdos de Anette con ese vestido resurgen. ¿Por qué no usar esto? Ella ya se está divirtiendo con Adrian, dándole rienda suelta a su pasión prohibida.
—Está bien —respondo con una sonrisa maliciosa—. Me lo llevo.