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Capítulo 11

La Maldita T/ N Del Ceo Celoso 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 11

Alaric

—¿Le dejaste los analgésicos? —le pregunto antes de llegar al restaurante—. ¿Y el té? Ella...

—La caja de comprimidos se la puse en su cajón y el té en la cocina.

—No, no, Anette —me quejo y ella frunce el ceño—. Tenías que dejar las cosas a la vista.

—Mi futura cuñada no es tonta —gruñe—. No seas sobreprotector. Además, he llegado a conocerla y sé que se asustaría si dejo todo tan bien colocado.

—No, es que...

—Hermanito, ya basta, ¿quieres? Si tanto sufres, ya dile la verdad a Harper —me interrumpe sonriendo—. Por no hablar, quizás hasta la pierdas.

—Nunca, ¿me escuchaste? —le suelto, mirándola a los ojos—. Ella será mía.

—¿Será o ya lo es? —se burla—. La bajaste cargando del avión y apenas respondía. ¿Qué le hiciste? La dejaste hecha polvo.

—Estaba muy cansada —murmuro, desviando la vista—. No te pienso dar detalles.

—Qué aburrido —se queja—. En fin, es mejor que acabemos con esta reunión de una buena vez. Yo noté que Harper no estaba muy contenta con verme así. —Señala su atuendo.

—¿Y no le aclaraste que solo es un desayuno? —la reprendo.

—Sí, pero de todos modos es horrible quedarse cuando…

—Entonces tengo que ir por ella —espeto, deteniendo el paso.

—No, ya no —gruñe—. Ya es demasiado tarde para eso. Tenemos que reunirnos con el señor Hills. Si no, no vamos a poder cerrar el trato.

—Harper me importa más.

—Ella ya está puesta manos a la obra y cuando regreses, te encargas de llevártela a un lindo lugar. Además, el señor Hills es un viejo asqueroso; se le insinuó hasta nuestra abuela. ¿De verdad quieres que la mire?

Niego con la cabeza, asqueado con tan solo imaginar tal escena.

No quiero que nadie ponga sus ojos en esa mujer que ya elegí para mí. En algún momento tendrá que lucir su belleza, claro está, pero eso será cuando todos sepan que es mía.

—Vamos entonces.

Llegamos a nuestra mesa junto al enorme ventanal con vista al mar. Aquel viejo inmundo ya nos espera. Al verlo recorrer de arriba abajo a Anette, confirmo que tuvo razón en haberme aconsejado que dejara a Harper en la habitación.

Si la mirara así como a mi hermana, le habría arrancado los ojos con las cucharas que nos pusieron en la mesa.

—Buenos días —saludo, extendiéndole la mano e inclinándome para proteger a Anette.

—Buenos días, señor Lancaster —responde con amabilidad.

Tenso la mandíbula al sentir el sudor de sus dedos y me limpio con discreción una vez que nos sentamos a la mesa. Miro el reloj y compruebo con alivio que tal vez vuelva antes del mediodía para disfrutar el resto del viaje.

—¿Qué vamos a ordenar? —pregunta el señor Hills mientras abre la carta.

—En realidad nos gustaría ir al grano —le digo.

—No es necesario —dice con una risa—. Ya está establecido que Lancaster Corporation va a adquirir el treinta por ciento de las acciones. Eso ya me parece…

—No, ya no quiero eso —lo interrumpo.

El rostro del hombre palidece. Mi hermana suelta una risa por lo bajo, consciente de la locura que estoy por cometer.

—Pero sabe que necesitamos su inversión para expandirnos —balbucea—. ¿No le resultaron convincentes los estados financieros y proyecciones que…?

—Tiene que escucharme, no se ponga nervioso —sonrío—. Estoy diciendo que no quiero comprar solo el treinta por ciento. Quiero una participación mayoritaria.

—¿Cómo? —Parpadea lentamente y se quita las gafas—. No lo estoy entendiendo.

—¿Qué parte no entiende, señor Hills? —gruñe Anette—. Deseamos adquirir una participación del setenta por ciento.

—Eso no será posible.

—Conservará el treinta por ciento y podrá seguir al mando —añado—. ¿Por qué no es posible?

—Es mi patrimonio, señor Lancaster —gruñe él—. ¿Cómo se le ocurre que…?

—Esta es mi oferta: sesenta millones por el setenta por ciento.

El señor Hills se echa hacia atrás, con los ojos desorbitados y aún más pálido que antes.

—¿Estoy escuchando bien? La última valoración la situó en esa cantidad. ¡Me está dando el precio del cien por ciento!

—¿Y no le gusta esa oferta? —Arqueo una ceja.

—Por supuesto que es la mejor oferta que alguien me podría dar, aunque no entiendo nada.

—No necesita entender, solo aceptar —sonríe Anette—. Le estamos dando la oportunidad de su vida, ¿no se da cuenta? Podría expandir la cadena más de lo que imaginó, seguir al frente y dejarle a Alaric el control de unas pocas decisiones.

—Pero…

—¿Acepta o no? —espeto con tono brusco—. No va a encontrar quién le pague esto. Si quiere pensarlo, le concedo dos días. Después de eso…

—Acepto —me interrumpe—. Creo que, a estas alturas, no tengo nada que pensar. Solo quiero preguntar algo. ¿Existe la posibilidad de recuperar mis acciones después?

—Sí. Puede comprar parte de mis acciones y recuperar la participación mayoritaria una vez que logremos nuestros objetivos —respondo—. No va a perder su cadena por esto, se lo aseguro. Por el contrario, usted será multimillonario en unos cuantos años. Es más, incluiremos esa cláusula en el nuevo contrato para darle mayor seguridad.

Los ojos de aquel hombre brillan tanto como un par de reflectores. Lo tengo donde quiero.

—Bien, entonces creo que llegamos a un acuerdo —dice Anette, levantando su copa de agua—. Dios, mejor pidamos vino. Brindar con agua es poco apropiado.

Estoy por dar mi sugerencia cuando siento mi celular vibrar en el bolsillo del saco.

—Disculpen un momento —les digo mientras me pongo de pie—. Debo contestar esta llamada.

Me alejo unos cuantos pasos de la mesa y se me revuelve el estómago al ver el número. Es uno de los guardias y ellos tienen la orden de llamarme si algo le ocurre a Harper.

—¿Qué le pasó? —pregunto sin más.

—La señorita salió —dice Wood con voz temblorosa—. No sabemos dónde está porque se fue durante el cambio de turno.

***

Harper

Después de ponerme el bikini, pido de inmediato un vestido para ocultarme. Aunque haya muchas otras chicas con traje de baño paseándose por el centro comercial, ninguno es tan diminuto como el que llevo puesto.

No sé por qué se me ocurrió hacer caso de lo que me aconsejaron mis amigas, pero ya no hay vuelta atrás. Estoy decidida a mostrar lo poco o mucho que tengo y, si tengo suerte, tal vez hasta conozca a alguien.

La zona de la piscina no está tan llena como me imaginé, por lo que casi enseguida me relajo y me aplico protector solar en los brazos y en las piernas.

—Menos mal que me depilé —murmuro al ver que mi piel está brillante y libre de vellos.

Repaso el lugar con la mirada y noto que ahora hay incluso menos personas, por lo que ahora sí me atrevo a quitarme el vestido y de paso me tomo una foto para enviársela a mis amigas. Luego de eso, le pido a una camarera una limonada.

Qué bien se siente estar triste en un hotel de lujo, sin duda.

La respuesta de mis niñas llega antes de que me meta a la piscina. Las tres escriben en mayúscula y creo que jamás he visto que envíen tantos emojis de fuego.

Harper:

Las amo, mis amores. Ahora me iré a nadar.

Bloqueo mi celular y camino hacia la piscina. Al meter los pies, dejo escapar un suspiro. El agua tiene la temperatura perfecta y no está congelada como en cualquier balneario. ¿Qué más puedo pedir?

Sintiéndome prácticamente a solas, empiezo a nadar como una sirena. Gracias a papá, soy capaz de no envidiarle nada a un deportista olímpico.

Salgo a la superficie y floto boca arriba. Me muevo suavemente con las piernas y disfruto del hermoso cielo despejado hasta que me percato del grupo de personas que me está observando alrededor. No son muchas, pero hay suficientes hombres como para ponerme de pie y desear que me trague el agua.

Sonrío y finjo que no pasa nada mientras me dirijo hacia las escaleras. Uno de los sujetos se apresura a ponerse frente a mí y extenderme la mano para ayudarme.

—Gracias —murmuro, avergonzada.

—Qué hermosa es —me dice, embobado—. De haber sabido que venían diosas aquí, habría venido antes a hospedarme.

Se me ponen rojos hasta los huesos. ¿Qué clase de sueño es este? A mí nunca nadie me mira cuando voy a las piscinas. Aunque, bueno, la última vez que fui estaba pasando por problemas hormonales y mi cuerpo no era precisamente el más esbelto.

—Gracias.

—Te puedo acompañar.

Estoy a punto de acceder. El tipo, a pesar de ser mayor que Adrian, no está de mal ver. Sin embargo, alcanzo a ver el anillo de casado en la mano que oculta tras su espalda.

—No, vengo con mi novio —le miento.

—Oye, pero…

Avanzo con paso firme hacia la tumbona, donde la señorita está dejando mi limonada.

—Aquí tiene, tal y como la pidió.

—Muchas gracias —sonrío.

Me siento por fin e ignoro todos los murmullos a mi alrededor. ¿Tan descarada me veo? Miro mi bikini. Sí, se me ve casi hasta el alma.

—Dios, ¿en qué me vine a meter? —gruño mientras reviso la cuenta que me han traído.

Casi escupo la limonada y se me termina yendo por la nariz. ¡Esto es más de un día de mi sueldo! De acuerdo, no, pero casi.

—¿Es un chiste? Tiene que serlo. Ni está tan buena.

Se me hunden los hombros al suspirar y me bebo la limonada en un amargo silencio. Todavía puedo notar el peso de las miradas sobre mí, recordándome que no estoy cumpliendo con mi trabajo y que no sirvo para pretender ser una chica sensual.

Tal vez sí sea más linda de lo que pensaba, solo que no tengo actitud para demostrarlo. Tengo que ver a Aless y pedirle que me enseñe a ser llamativa, elegante y todas esas cosas que me ayudarán cuando el mundo editorial me abra sus puertas.

Claro, si es que se abren y no me dan un carpetazo con mi manuscrito en la cara.

De pronto los murmullos se vuelven mucho más fuertes y me levanto para ver qué pasa. Una horda de guardias corre por el jardín y todos nos vemos rodeados.

—Ay, madre santa —jadeo y me pongo los lentes oscuros que me compré.

Ni siquiera me están buscando a mí, pero mientras menos vean mi rostro, mucho mejor.

—Sí, mi amor, sigo en la piscina, pasándola increíble —finjo hablar por el teléfono con ese tono de niña rica que usan en la televisión.

Uno de los guardias me repasa con la mirada con una intensidad que me acalora, pero se va de largo y empieza a decirle a un compañero que aquí no está esa muchacha simplona que su jefe pidió buscar.

Me quedo boquiabierta. ¿Qué clase de descripción es esa? Esto ya es personal…

«Espera, no hablan de ti. Hablan de cualquier otra T/N que un tipo adinerado busca», pienso para calmarme.

De forma disimulada me pongo el vestido y avanzo con paso calmado después de hacer la transferencia con la que pagué la limonada. Aunque quiero quedarme a ver el chisme tomándomela, soy consciente de que tengo que llegar a la habitación antes de que Adrian y Anette regresen.

Ni modo, las provocaciones tienen que quedar para después, cuando regresemos a Nueva York.

El despliegue de guardias no termina en el área de los jardines y piscinas. Hay un montón de ellos corriendo de un lado para otro buscando a alguien.

«Ay, Dios, ¿y si sí me están buscando para ahorcarme?».

Sí, eso debe ser. El señor Lancaster ya debió enterarse de que no acompañé a ese par al desayuno. Seguramente me van a correr o, como mínimo, me bajarán el sueldo.

—Dios, no, qué miedo —lloriqueo al subir en el ascensor—. Estoy perdida, ¿cómo me pude ganar el odio del señor Lancaster? Les voy a echar la culpa a esos dos, diré que son amantes y que me echaron de ese desayuno por más que supliqué quedarme.

El alivio de ese pensamiento me dura dos segundos. Por más que deteste a esa parejita, no soy mala persona. Una NPC o personaje secundario no es malvado y no me pienso convertir en villana.

Ya ni modo. Dejaré que mi tío me recomiende en otro sitio.

Se abren las puertas y salgo disparada hacia la habitación. Sin embargo, todas mis esperanzas mueren en el instante en que me topo a mi furioso jefe en medio del pasillo.

Si tuviera que dar la definición de perro rabioso sin usar palabras, sin duda mostraría una imagen de él. Su cuerpo tiembla, me muestra los dientes y está tan rojo que las venas se le saltan en las sienes.

Creo que tendré que despedirme de mamá y papá. Ya no creo volver a casa con vida.