Capítulo 12
AlaricNo quise creerlo cuando Anette me lo dijo al teléfono y, por desgracia, es verdad: debajo de ese vestido playero se oculta un bikini azul diminuto, uno que apenas cubre sus zonas íntimas.
¿Cuántas personas habrán visto todo eso?
—Señor Voss, yo…
La tomo del brazo antes de que siga parloteando. Los guardias detrás de ella intentan avanzar y los hago frenar en seco con la mirada. La electricidad que siempre me recorre al tocarla ya no es suficiente para describirlo. Ahora es una llamarada solar. Todo es rojo, incluso lo que no debería serlo.
—Váyanse todos —ordeno—. Y tú, Harper, ¿me quieres explicar qué demonios estabas haciendo?
—Yendo a conocer el hotel —balbucea—. Es que creí que…
Hace otro de esos malditos pucheros que doblegan mi voluntad. Debería odiarla, amonestarla y hasta despedirla, pero lo único que me nace es protegerla.
—Si querías hacer eso, me lo hubieras dicho —le susurro, rodeándola por la cintura.
Está mojada. La rabia vuelve a subir por mi cuerpo y me recalienta el cerebro, o al menos esa es la impresión que me da mientras la llevo cargando al interior de la suite.
—Espere, ¿por qué me toca así? —pregunta alarmada, intentando alejarse—. Señor Voss…
—¿Te vas a poner tímida después de lo que hicimos anoche? ¿Es en serio?
—¡¿Qué hicimos?! —jadea—. Espere… ¿Fue real?
Suelto una risa seca. El nivel máximo de miopía debería llevar su nombre.
—Claro que sí, ¿o por qué crees que regresé en cuanto me enteré de que te fuiste?
La sigo con paso lento. Harper está tan enrojecida que resulta hilarante. No es el sol lo que lo provoca, sino yo. Es una criatura fascinante, una que voy a tener al costo que sea. Esos sesenta millones no son nada en comparación con lo que ella me causa con cada mirada, con el simple hecho de respirar cerca de mí.
—Lo siento, lo siento, lo siento —se disculpa, dándome la espalda—. Me pasé de descarada anoche, ¿verdad? ¿Qué diablos tenía el té? Seguro que fue eso, sí. No piense que soy una cualquiera.
—No, no eres una cualquiera. La palabra que te define mejor es «loca».
—Ah, no, tampoco se pase —gruñe.
La abrazo por la espalda. Aun con ese terrible aroma a cloro, sigue provocándome.
—Mi loca —le susurro al oído.
La incomodidad entre mis piernas se vuelve más notoria. Harper se estremece y, de forma involuntaria, se frota contra mi erección.
—Adrian —gime—. Arg, maldita sea, ¿qué es lo que pretende? Primero me hace cositas en el avión, luego se va a desayunar con ese traje tan descarado y me deja sola en la suite.
—¿Traje descarado?
Mis manos se deslizan hacia el borde del vestido. Las puntas de mis dedos arden al hacer contacto con la piel de sus piernas.
—¿Cómo entraste en la piscina si tienes el periodo? —le recrimino.
—Existen los tampones, señor —sisea.
—Sí, definitivamente enloqueciste.
—¿Qué? Pero…
Me alejo un poco y le asesto una nalgada.
—¡Ay! —grita asustada. Cuando se gira hacia mí, un brillo lujurioso inunda su mirada—. Ok, eso me gustó un poco. Nunca me dieron nalgadas, ni mis padres.
—Entonces soy el primero…
Harper se muerde el labio inferior. Acaba de darse cuenta de cómo me tiene.
—Guarde el arma, por favor —bromea.
—¿Por qué no mejor sacarla y jugar un poco?
—Es que…
Acorto la distancia que nos separa y le quito el vestido. Los pensamientos más destructivos se me vienen a la cabeza.
—¿Cuánto te costaron esos malditos parches? —le suelto enfurecido.
—No le importa. Usted no me los pagó —se ríe.
Al cruzarse de brazos, sus pezones se marcan aún más. Mi vista no puede dejar de recorrerle el cuerpo. Jamás en mi vida había tenido tantas ganas de llevarme a la cama a alguien, mucho menos besar cada centímetro de su piel.
—Pues pagaré, pero para que quemen a quien creó esto.
—¿Tan mal me veo? —pregunta con el ceño fruncido.
—El problema es que te ves excesivamente bien.
—Uy…
—Harper, estamos en serios problemas los dos —le digo—. Tendremos que trabajar mucho porque has hecho enfadar al señor Lancaster.
—¿Eh? ¿Y yo por…?
La callo con un beso.
—Es lo que nos toca.
La llevo a su habitación entre besos y esas caricias desesperadas que me hacen parecer un hombre inexperto. Con ella lo soy; no puedo dejar de temblar.
—Tengo el periodo —me recuerda cuando nos dejamos caer en la cama.
—¿Y? Eso no me va a impedir darte placer.
—Todavía sigo enojada, señor Voss —gruñe—. Aun así…
En dos rápidos movimientos hago que se coloque en cuatro. La marca de la primera nalgada sigue allí, así que me preparo para la segunda.
—Esto te enseñará a no desobedecer —bromeo.
—Creo que así sí me queda muy claro —se ríe—. ¿Por qué se siente tan bien?
—Porque me deseas.
Pierdo la cuenta de cuántas veces estampo mi mano contra su trasero. No lo hago excesivamente fuerte, aunque su piel es tan sensible que la marca de mis dedos se queda con facilidad.
—Creo que me acabo de correr solo con eso —dice con tono alegre y ahogado—. ¿De verdad nos van a castigar por esto?
—Sí, no tengas ninguna duda de eso. Y no te va a gustar, así que tendrás que disfrutar esto antes de que ocurra la tragedia.
—¿Cómo hace para que eso suene sexi? —bromea.
Le bajo la parte inferior del bikini. Cuando Harper intenta encogerse para que no la vea, la detengo. Un pequeño hilo sobresale de entre sus labios rosados y perfectamente depilados.
«Quiero arrancárselo con los dientes», pienso perturbado.
No debería; va en contra de la higiene básica. Sin embargo, no me puedo resistir y la sujeto con fuerza por las caderas.
—Espere, ¿qué hace?
—Voy a arrancarte esto.
—¡No! O sea, qué rico, pero no puede hacerlo, se va a llenar de sangre.
—¿Y?
—Pues dicen que quedaría atado a mí de por vida. ¿Sabía que eso es un embrujo?
—Me da lo mismo. Tal vez eso haga más divertido todo.
—Ay, usted está loco.
A pesar de sus palabras, no se mueve. Mis dientes apenas atrapan aquel hilo por un segundo, aunque al final decido sacarlo con los dedos. La visión de la sangre no me marea como habría imaginado. Incluso se puede decir que quiero probarla.
Harper me está convirtiendo en un enfermo.
—¿Qué está haciendo?
Harper se voltea y me observa con curiosidad. Se le ha subido la parte de arriba del bikini y me quedo idiotizado viendo cómo sus areolas se contraen por la excitación.
—Nada de lo que tengas que asustarte, cariño. Nada de ti podría asquearme.
—¿No le importa manchar su espada? —se ríe—. Uf… Qué valiente, como me gustan.
—No vuelvas a salir así, ¿me entendiste?
Ante su mirada atónita, paso los dedos por su sexo y me los llevo a la boca. El sabor metálico me invade y suelto un suspiro de gusto. Es deliciosa.
—¿Qué diablos acaba de hacer? —pregunta con los ojos desorbitados.
—Lo que quería desde que te conocí.
Estoy por lanzarme sobre ella, pero entonces suena mi celular.
—Tiene que contestar —murmura Harper, temblando—. Creo que no es el mejor momento para continuar.
—Maldita sea —mascullo.
El teléfono sigue con esa música irritante y me levanto para ir a contestar. Es Anette.
Me alarmo de inmediato. Ella juró por su vida y la de todos nuestros descendientes no marcarme a menos que fuera de vida o muerte.
—¿Qué sucede?
Al escucharla se me congela la sangre y toda la excitación desaparece de golpe. No puede estar pasando esto justo ahora que ya habíamos encontrado la calma.
—¿Pasa algo? —inquiere Harper.
Al voltear a verla, una corriente ligera se extiende por mi cuerpo. No importa qué tan preocupado esté; ella siempre logra provocarme.
—Tengo que irme, Anette está en problemas —le explico cuando cuelgo—. Vamos a tener que irnos este mismo día.