Capítulo 13
HarperJuro por Dios que no quiero ser una mala persona ni mucho menos, pero verme sola, desnuda y abandonada en medio del acto por otra mujer es, como mínimo, humillante.
Ahora comprendo que nunca estuve equivocada. Al final, todo se trata de Anette.
—No voy a odiarla, no voy a odiarla —me repito mientras me ducho para quitarme los restos de todo lo que hicimos.
Tengo que olvidarme de Adrian Voss para siempre, así sea lo último que haga. No quiero usar a Sean de premio de consolación, así que tendré que ser honesta con él y decirle la verdad sin entrar en demasiados detalles. Él sabrá si aun así quiere intentarlo o si es mejor decirme adiós.
—Es el plan perfecto —digo con alivio al salir del baño ya vestida.
Me detengo en seco al ver el pequeño desastre en la cama. No es mucho, a decir verdad, aunque la pobre chica que tenga que limpiar esto va a pensar cosas que no son.
—Ay, ¿por qué Adrian tiene que ser tan cerdo? —mascullo.
Me muerdo el labio inferior. Pese a que fue muy enfermo lo que hizo, me gustó demasiado. Además, después de todas las cochinadas que me he leído durante mis años de lectora, ya estoy blindada.
Mientras no se quiera comer mi contenido estomacal, todo estará bien.
—No, no, ¿qué estoy pensando? —gruño—. No vamos a llegar a ninguna parte.
Preparo todas mis cosas y limpio un poco la mancha antes de salir a la sala y escribirles a mis amigas.
Harper:Regresaremos hoy mismo. Pasaron cosas entre Adrian y yo que ya no importan porque me dejó en medio del acto para irse a cuidar de Anette.La respuesta llega fuerte y clara. Todas están más que indignadas por lo que acaba de pasar y eso, a pesar de mi tristeza, me produce cierto placer.
Me encanta saber que no estoy sola, aunque eso me haga mucho menos protagonista. Las dueñas de una historia siempre son solitarias, no tienen perro que les ladre y los pájaros las cagan encima.
Tengo algo más valioso que todas esas malditas T/N: personas que me quieren, que me defenderían con su vida, así como yo a ellas.
—Mi amor, ¿quieres quedarte hoy en mi casa? —me pregunta Aless cuando me llama—. Estoy preocupada por ti. Lo que te hizo ese barbaján no tiene nombre.
—No te preocupes, cielo —le respondo mientras me limpio las lágrimas—. Voy a estar bien. Digo, no soy la primera ni la última a la que usan como amante.
—Ay…
—Eso soy para Adrian Voss: un consuelo porque no puede tener a la mujer que el señor Lancaster eligió.
—No lo digas así, me rompes el corazón —dice con voz temblorosa—. Me encantaría decirte lo contrario, pero si se fue así, no tiene defensa alguna.
—Nos vemos allá, ¿sí? Por ahora quiero comportarme como es debido.
—Ok, preciosa —responde con cariño—. Te adoro, ¿sí? Pase lo que pase, nos tienes a nosotras.
—Obvio, loquita —me río—. Ustedes son más valiosas que ser una T/N indefensa.
—Siempre estaremos contigo, ya lo sabes.
Justo después de colgar, aquel par de locos enamorados de un imposible regresan. Adrian viene cargándola y Anette lloriquea porque tiene un pie vendado.
De inmediato me invade la preocupación y dejo atrás mis celos. Esta mujer ya no me simpatiza tanto por ser mi rival, pero eso no significa que yo sea una inhumana.
—¿Qué pasó? —inquiero, acercándome a ellos—. ¿Estás bien?
—Me torcí el tobillo —me cuenta ella con un puchero adorable—. Perdóname, Harper.
—¿Qué? ¿Por qué te disculpas?
—No sé, es que…
—Es mejor que me encargue del vuelo cuanto antes —la interrumpe Adrian mientras la acomoda en el sofá—. Harper, ¿podrías cuidarla un momento?
—Sí, claro —asiento—. ¿Qué ocurrió?
—Quise correr y me caí —sisea ella.
Entre Adrian y yo la ayudamos a apoyar el pie sobre la mesa. Ella tiene los ojos enrojecidos y húmedos y él no está mucho mejor. Se le ve de verdad angustiado.
«Es más que obvio que perdí», pienso con tristeza.
—Ahora vuelvo —susurra Adrian antes de marcharse.
Se me retuerce el estómago al comprobar que ni siquiera me ha mirado a los ojos. Para él, lo que sucedió no significó nada.
—Lamento causarte tantas molestias —me dice Anette cuando le traigo un vaso con agua para que se tome su analgésico—. Soy una inútil.
—No digas eso —contesto—. Perdóname a mí por preguntarte qué ocurre. No es de mi incumbencia.
—Claro que te contaré lo que sucede cuando me sienta preparada —me asegura—. Es un tema del que me cuesta hablar.
—¿Eh?
—Estoy huyendo de alguien —me adelanta—. Por eso me torcí el tobillo.
—Ay, no, ¿le debes al banco? —jadeo—. Esos perros te siguen hasta en los sueños y…
Anette suelta una carcajada. Si las hadas existieran, seguramente lo harían igual. ¿Por qué ella también tiene que sonar como millonaria? No lo entiendo. Yo me río así y parezco un cerdo.
—Ojalá fuera así —me dice entre risas—. Por Dios, Harper, eres genial. Hasta se me quitó un poco el dolor.
—Me alegro —sonrío—. Si no le debes al banco, que es lo peor que le podría pasar a alguien como nosotras, ¿entonces…?
—Por favor, dame tiempo —suplica, volviendo a ponerse seria—. Es un tema que me duele. Y sí, supongo que tener deudas económicas es horrible. Aun así, preferiría tenerlas antes que esta mierda.
—Lo lamento —murmuro.
Anette está por contestarme algo, pero el señor Voss entra a la suite.
—Podemos irnos al aeropuerto —nos informa—. Harper, ¿tienes todo listo? Puedo…
—Sí, todo listo —asiento—. Me preparé antes por si acaso.
Él asiente. Parece complacido y aliviado, mas no contento. Ahora me trata como si fuera su asistente.
Al irnos de la suite, mantengo mis sentimientos fuera de la ecuación para concentrarme en el bienestar de la pobre T/N. Ahora me alegra no haber llegado a más con Adrian. Al menos me demostró quién es su prioridad en la vida.
Durante el vuelo se muestra atento a las dos, sobre todo a ella. Anette me sonríe e intenta conversar conmigo, aunque la alegría no le llega a los ojos.
Si no son deudas, tuvo que haberle pasado algo grave. ¿Tal vez un acosador? ¿Un familiar indeseable? Sea como sea, cumple otro requisito más para ser la princesa en apuros de esta historia.
Después de aterrizar, Adrian ordena al chófer que nos trajo que me lleve a casa. Intento negarme, pero él insiste. No me mira más después de eso y se lleva a Anette a toda prisa en una camioneta.
—Gracias por traerme —le digo al empleado cuando llegamos a mi edificio—. Es…
—No es nada, señora Lancaster.
—¿Qué? ¿Cómo que señora? —le reclamo.
—Lo siento, lo siento —se disculpa, nervioso—. Es la costumbre.
—¿El señor Lancaster está casado?
—Eh…
—Oh, ya, la madre del señor Lancaster —me río—. Tenga cuidado, parece que el cansancio le está afectando.
—Lo tomaré en cuenta, señorita Voss.
—Solo Harper —lo corrijo—. No soy tan importante como para un tratamiento tan formal.
—No diga eso, claro que es…
—Muchas gracias —lo interrumpo antes de bajarme.
No hago caso a sus llamados y corro al interior del edificio.
No salgo de mi casa después de eso. Cuando ya me he resignado a pasar mi periodo sola, triste y aburrida, mamá asoma la cabeza por la puerta.
—Mi amor, alguien vino —me anuncia con una sonrisa.
—¿Quién? ¿La chica de los planes funerarios? Dile que pase, que…
—Estás loca —gruñe antes de entrar y abrir más la puerta.
Un trío de locas entra a toda prisa y prácticamente se lanza sobre mí. Al ver que traen golosinas y frituras, se me llenan los ojos de lágrimas.
—Sabíamos que estás sensible y con el corazón roto, así que decidimos venir contigo —dice Penélope—. Ánimo, bebé, vas a salir de esta.
—Tienes a Sean —me recuerda Aless con una sonrisa.
—No quiero lastimarlo —susurro, abriendo un empaque de papas—. Quiero seguir viéndolo, pero le diré la verdad sobre lo que pasó con Adrian.
—Te arriesgas a perderlo, ¿estás segura? —dice Greta—. Es que…
—Lo sé —suspiro—. Aun así, voy a hacerlo. No puedo ser injusta con él.
—Sí, creo que es lo mejor —asiente Pen—. Yo creo que de todos modos querrá seguir contigo. Estaría loco si te dejara ir.
—No querrá hacerlo cuando casi me acosté con Adrian y cuando él…
—¿Qué cosa? —preguntan las tres al unísono.
—Aunque les tengo confianza, lo que ese tipo me hizo me lo quedo para mí —les respondo con una sonrisa enigmática—. No quieren saber.
—Sí queremos —gruñe Alessandra—. ¿Te hizo el mejor oral?
—¿Tú se lo hiciste a él? —pregunta Penélope, acercándose más a mí.
—Chicas, mejor no saberlo —interviene Gret—. Si ella tiene el periodo, no quiero imaginarme lo que…
Las tres se alejan, arrugando la nariz.
—Ok, mejor no nos cuentes detalles —dice Aless—. Hasta una cerda como yo tiene sus límites.
—Esperen, ¿no es normal que él pruebe un poco? —pregunto extrañada—. En mis libros…
—No, no es normal —me responde Penélope, asqueada—. Habría que estar muy enamorado o ser un fetichista para hacer algo así.
Esas palabras me rondan la cabeza hasta el día siguiente. Aunque quisiera creer que mi jefe hizo eso por lo primero, su ausencia cuando llego a la oficina me dice que fue por lo segundo.
Él no quiere verme después de lo que pasó.
Lo único que me mantiene motivada a terminar los pendientes del mes es la cena a la que iremos esta noche con los demás chicos. Entre esos invitados está Sean, que tiene algo que contarme. Intento no estar nerviosa por eso, pero es inevitable.
—Por fin terminé —suspiro—. Ya me puedo…
—Harper.
El sonido de su voz me deja tiesa en el asiento. Aunque era consciente de que podía aparecer en cualquier momento del día, no pensé que lo haría justo antes de la salida.
«No vas a arruinar mis planes, conde Drácula», pienso enojada mientras me levanto como toda una diva.
—¿Sí? ¿Qué se le ofrece, señor Voss? Ya terminé todo.
—Lamento mucho que hayas tenido que hacerlo todo tú sola —se disculpa.
Su expresión parece atormentada y yo mantengo mi sonrisa a pesar de eso. Sus problemas no deben importarme, así se hubiera bebido hasta la última gota de mi sangre.
—No lo hice todo sola, no soy la única en este departamento —le recuerdo con tono bromista—. Bueno, señor Voss, ya no se preocupe porque está todo listo.
—Harper…
—No me debe explicaciones, señor —lo interrumpo—. No actúe como si me debiera algo.
—Claro que tengo que hacerlo. Este no es ni el lugar ni el momento para que lo haga, pero te prometo que…
—No.
Mi respuesta seca lo hace fruncir el ceño. Seguro que no se esperaba mi versión poderosa e inalcanzable. ¡Me encanta!
—¿Cómo que no? —gruñe y se acerca lentamente a mí—. No puedes pretender que no pasó nada entre nosotros.
—Yo no estoy pretendiendo nada —me río, aún en mi papel de mujer despreocupada—. Si se fue en medio del acto, ¿por qué debo pensar que le interesaba continuar?
—Tenía que ayudar a Anette, era algo urgente —me recuerda.
—Y yo comprendo eso —asiento—. Si piensa que estoy enojada porque tuvo que cuidarla, se equivoca. Entiendo que cada persona tiene sus prioridades.
—Sí, y yo tengo muy clara cuál es la mía.
Mi muro de telarañas da un respingo fuerte. La intensidad con la que me mira es como recibir una descarga eléctrica de más de mil voltios.
No sé cómo es que sigo viva y manteniendo la compostura.
—Me alegra —respondo—. Buenas noches, esta señorita irá a atender su prioridad: cenar algo. Estoy muerta de hambre y ahora sí en ambos sentidos. Me van a invitar y tengo que aprovechar.
—¿Con quién? —pregunta tenso.
—Con todos mis amigos, es obvio —digo sonriendo, y su rostro palidece hasta hacerlo parecer de verdad un vampiro—. Y usted, señor Voss, no está incluido entre ellos, lo siento.