Capítulo 14
AlaricDespués de que Harper se va —porque sí, he sido un imbécil que la dejó ir—, destruyo todo lo que está en mi escritorio por culpa de los nervios.
Cuando Anette me llamó para que la rescatara, no pensé que Harper se lo fuera a tomar mal. Creí que sería comprensiva y que lo entendería.
Mi hermana me hizo ver que irme en medio del acto y sin explicarle lo que pasaba fue una falta de respeto total. Ahora debe creer que la mujer que me interesa no es ella.
—Soy un idiota, un idiota, un idiota —murmuro—. No puede ser.
—Alaric —me llama Anette—. Ay, Dios, ¿qué has hecho?
Me vuelvo hacia ella. No puedo distinguir su rostro; mi visión está empañada por las lágrimas de rabia.
—Se fue a cenar con esos…
—Sus amigos no tienen la culpa —me corta, acercándose a mí—. Eres tú el que no tiene la valentía para decirle la verdad.
—Por ahora no puedo.
—¿Desconfías de ella?
—No, claro que no. Le entregaría todo esto y sé que le daría buen uso. El problema es que ella no querría estar conmigo.
—¿Por qué? Le resolverías la vida.
—No es esa clase de mujer. Quiere lograrlo todo por sí misma.
—No veo el problema —responde con una leve sonrisa—. ¿A dónde dices que se fue?
—El guardia no me ha dicho su ubicación. Todavía no sale de la empresa.
—Entonces iré con ellos —me propone—. Y no, no te preocupes por mi asunto, ¿sí? Haré esto por ti porque eres mi hermanito y siempre me sacas de todos los problemas.
—No lo sé, Anette. Ella podría correr peligro.
—Dudo mucho que Damiano se atreva a volver a atacar en varios días. Tiene cosas más importantes que hacer.
—No juegues con eso, Anette —la reprendo—. Me preocupas, pero sabes que no quiero que Harper…
—Tranquilo —me corta—. Nunca dejaría que ella se viera involucrada en mis asuntos. Lo sabes bien.
—Maldita sea la hora en que lo conociste.
—Sí, yo también la maldigo —suspira—. En mi defensa, no conocía a su familia.
—De todos modos, debiste investigarlo antes.
—No soy como tú —se burla—. Apuesto a que incluso sabes su número de seguro y esos datos a los que Harper jamás les daría importancia.
—Pues sí, y ese seguro médico era una porquería.
—¿Era? —Arquea una ceja.
—Lo cambié por el mejor, obviamente —confieso—. Entonces ve, Anette, no dejes que ninguno de esos infelices se le acerque.
—De acuerdo.
—Mañana hablaré con ella, le diré que no hay nada entre tú y yo.
—¿Y no le vas a mencionar quién eres? Porque…
—Eso será más adelante —la interrumpo—. Quiero ganarme su amor así, solo siendo Adrian Voss.
—Estás loco, hermano —se ríe, pero su humor tiene tintes de amargura—. Una relación que empieza con mentiras no puede terminar en nada bueno.
—No serán mentiras, solo omisión de…
Me quedo callado al ver su expresión seria. Sé exactamente lo que trata de decirme.
—Está bien, intentaré decírselo pronto —la tranquilizo—. Ahora ve, por favor. Intenta que esto no se alargue muchas horas. Yo iré con…
—Gracias —dice emocionada—. Llegaré temprano, te lo prometo.
Una vez que se va, intento calmarme, aunque solo termino destruyendo más mi escritorio. Tendré que traer a alguien especializado si quiero que esto quede perfecto para mañana.
—Somos un desastre, mi linda contadora —murmuro, acariciándome el brazo en el que me tatué su nombre—. Pero esto ya se va a terminar.
***
HarperMi humor mejora un poco después de todos los halagos recibidos por mis amigas. Todas estuvieron de acuerdo en que lo mejor que pude hacer fue restregarle la cena en la cara.
Yo lo dudo un poco. Adrian no me persiguió ni hizo un mínimo intento de detenerme. Pues bien, ahora que se joda porque me acaba de perder para siempre.
Ahora sí que pienso darme una oportunidad con Sean.
—Los muchachos ya están allí —nos dice Aless después de guardar su celular.
Las tres se han puesto tan guapas que mi autoestima está por los suelos. Sin embargo, tengo tanta pereza que me he negado a que me arreglen.
¿Para qué hacer eso si a Adrian no le importó que me fuera?
—Quita esa carita —me pide Penélope—. Ahora sabes que hiciste lo correcto.
—Sí, además todavía tienes a Sean —me recuerda Greta—. Pronto te vas a olvidar de tu jefe, cariño. Después de sentirte tan humillada, te darán ganas de vomitar cada vez que lo veas.
—¿Y cuándo será eso? —gruño—. Porque cuando lo vi, lo único que quería era lanzarme sobre él para terminar lo que empezamos.
—Se te pasará —me asegura Aless—. Ya encontrarás a otro que te haga olvidarlo.
—Está bien. Confiaré en el proceso.
—¿Segura que no quieres al menos brillo labial?
—Mmm…
Al final dejo que Aless me arregle un poco, lo que me mejora el ánimo al salir de la oficina.
—¡Chicas!
Las cuatro volteamos hacia Anette, que viene corriendo con una facilidad insultante sobre esos malditos tacones más altos que las patas de mi cama.
¿Acaso no se había lastimado?
—¿Qué van a hacer? Se ven muy guapas.
—Vamos a ir a cenar —le responde Greta—. Pero ya hicimos…
—¿No tienes una cita con Adrian o algo así? —le suelto.
Ella solo sonríe. No parece ofendida y, en el fondo, me alivia que no sea así. Esto de ser una perra no me sale, aunque ella no sea mi persona favorita en el mundo.
—No, esta noche es libre —dice contenta—. ¿Puedo unirme?
—¿No te habías lastimado el tobillo?
Mi pregunta parece descolocarla por un segundo y se sonroja tanto que capto la mentira.
—No fue nada grave y mejoré en estos días —se ríe—. En fin, si no quieren que me una…
—Está bien —la interrumpo, lo que me hace ganarme miradas furibundas de mis amigas—. A nadie le hace mal una cena deliciosa, ¿no?
Y a mí me hará bien comprobar de nuevo que el CEO está loco por ella. También Adrian, desde luego. Tengo que demostrar mi teoría para arrancarme a ese hombre del corazón de una buena vez.
Y ponerme a escribir mi novela, por supuesto.
—Entonces vamos —sonríe ella—. Puedo llamar a…
—No, nos vamos en un taxi —la corta Greta—. Claro, a menos que la princesa no quiera…
La fulmino con la mirada y mi amiga se calla. Anette sonríe con incomodidad, lo que aflora esos estúpidos sentimientos de empatía en mí.
¡Para lo que me han servido!
De todos modos, no dejo que nadie trate mal a Anette y todas terminamos pidiendo un taxi. Resulta divertido porque tengo que subirme en las piernas de Aless, que me toquetea como si mi cuerpo fuera suyo.
—Vas a tener que ir al gimnasio, ¿me entiendes? Tenemos que…
—Harper es hermosa tal y como es. No creo que necesite nada —interviene Anette.
Me tiembla un ojo. ¿Por qué tiene que ser tan linda? Debería ser una desgraciada y mencionar otros de mis defectos.
—Sí, claro, ella es perfecta, pero no por eso me quedaré callada cuando sepa que puede mejorar algo —replica Alessandra con una risita.
—Yo la vi en bikini y me pareció que tenía un cuerpo envidiable.
—¡Ay, Jesús! —mascullo—. ¿No estabas en otro lado?
—No, estaba en la zona de la piscina —me sonríe—. Seguro que a Adrian le dio un infarto al verte.
—Preferiría no hablar de él —respondo.
—¿Eh? ¿Por qué no? Tú…
—Es más que obvio por qué —gruño—. Además, yo voy a mirar hacia nuevos horizontes.
—¿A qué te refieres con eso?
—Tranquila, que eres libre de estar con él si eso es lo que quieres. Yo no pienso meterme y, a partir de ahora, mantendré mi distancia con mi jefe para no complicar las cosas.
—Pero…
Su respuesta queda acallada cuando el taxista se detiene frente al restaurante. Soy la primera en bajar a ver a los chicos afuera.
—¡Hola! —exclamo, fingiendo un entusiasmo que hace que uno de ellos me toque la frente.
—¿Estás bien? Pareces endemonia…
—Cállate, idiota —masculla Sean—. Te ves hermosa, nena.
—Gracias, tú…
—Hola, Sean —saluda Anette, que entrelaza su brazo con el mío.
Aprieto los dientes. Ese saludo no ha sonado muy inocente que digamos. ¿Incluso esto me va a querer quitar?
—Buenas noches, Anette —saluda mi amigo sin apartar la mirada de mí—. ¿Entramos? La mesa está lista.
—Sí, claro.
Resulta imposible zafarme del agarre de la T/N. Ella me tiene bien sujeta e incluso se sienta conmigo. Mis amigas no se percatan; cuando tienen alrededor a los hombres que les gustan, no harían caso ni de un asalto a mano armada.
Sean no me presta atención. Anette se sienta en medio de los dos y empieza a hablar con él como si le diera igual humillarme. Encima, se ríe de sus chistes.
¿Qué clase de protagonista es esta? No lo sé, pero definitivamente no es de las que me agradan. Tampoco pido personajes perfectos, solo alguien con quien me pueda identificar.
¿O tal vez quiere darle celos al CEO? Ella mencionó que alguien la perseguía y debió ser ese viejo lento. Claro, ahora todo tiene sentido y por eso no me lo quiso decir cuando se lo pregunté.
—Voy al baño —les digo—. Creo que la comida no me sentó bien.
—Voy contigo, cariño —me dice Anette, volviéndose de inmediato hacia mí.
—No, prefiero ir sola —mascullo, ya sin poder disimular mi molestia.
Antes de que avance tres pasos, Sean me toma del brazo y me hace girar.
—Perdóname, Harper —se disculpa con mirada de cachorro triste—. Intento sacarle información sobre algo que quiero saber.
—¿Qué cosa? —Frunzo el ceño.
Mi amigo echa un rápido vistazo a nuestro alrededor y niega con la cabeza.
—Es mejor que te lo explique luego, cuando estemos a solas.
—¿Qué?
—No pienses que estoy interesado en ella —susurra—. Eres tú con quien quiero estar.
Me da un pequeño beso en los labios que me deja perturbada y me voy al baño sin responderle. A pesar de que todo lo que me dijo me emocionó, ¿por qué no se siente igual que una sola mirada de Adrian?
—Tengo que sacármelo de la cabeza —susurro frente al espejo, luego de asegurarme de que estoy sola—. No quiero ni debo seguir pensando en él. No es para mí, yo no soy la protagonista de esta historia.
Respiro profundo, intentando tranquilizarme. No me afecta no ser como Anette, sino sentir que ella está llenando los espacios de mi vida que considero míos. Y a Adrian lo sentía mío desde el primer beso.
—No la voy a odiar, solo a renunciar a la empresa en la primera oportunidad que tenga —susurro para consolarme.
En el fondo sé que no es verdad, que por lo menos debo estar dos años más en la empresa. Aun así, pensar en irme me llena de calma y dejo de sentir el pecho tan apretado.
Esta noche usaré de nuevo mi balita, lloraré un poco y haré como si nada de esto hubiera pasado.
Me dedico una sonrisa desquiciada en el espejo y, antes de que pueda quitarla para no asustarme, las luces se apagan por completo. Suelto un grito que se pierde entre el de los demás.
Intento buscar mi celular en una bolsa inexistente porque la idiota de mí lo dejó en la mesa. Extiendo los brazos y empiezo a avanzar a ciegas hasta que me estrello contra la puerta.
—Hija de puta —mascullo antes de patearla.
Todo se ilumina, pero no porque haya vuelto la luz. El infernal golpe que me acabo de dar en mi pobre dedo pequeño del pie me está haciendo ver estrellitas de colores tras los párpados.
—¡Evacuación! —grita alguien.
Mi pánico aumenta. ¿Se está incendiando algo? Ay, Jesús mío.
Me persigno y me preparo para confiar en mí más que nunca en la vida. Al salir, todavía escucho algunos gritos. Todos están tratando de llegar a la salida entre empujones y murmullos de lo más coloridos.
—Ahí estás —me dice Aless iluminándome con la cámara de su celular.
A su lado viene Anette, por supuesto.
—¿Estás bien, Harper? —me pregunta—. Tienes una marca roja en la frente.
—No pasó nada —le miento—. Debemos salir.
—Qué susto me metiste —me susurra Aless—. De la preocupación, ya le iba a decir a Jason que nada de nada esta noche.
—Ay, sí me quieres —digo enternecida.
—Claro, tú eres como mi hermana, que te quede claro —responde con tono cargado de cizaña, pero Anette no parece notarlo.
De hecho, se la ve preocupada, como si algo malo fuera a pasar. Tal vez ya se dio cuenta de que esta cena fue saboteada por el CEO y justo por estar cerca de Sean.
Esta mujer no aprende…
Salimos del restaurante y poco a poco nos reunimos con nuestros amigos. Cuando estoy a punto de hablar con Sean, una camioneta derrapa frente a nosotros y se baja el chófer del señor Lancaster. Al ver a Anette, se planta frente a ella y empuja a mi amigo.
—Tiene que venir conmigo. Es urgente.
—¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Es mi…?
—No, ella está bien —le asegura el hombre—. Tenemos que irnos de aquí, no es seguro.
—Entiendo.
Arqueo ambas cejas. ¿Por qué hablan como si se conocieran?
La asistente del CEO se vuelve hacia mí y mis amigas.
—Chicas, suban a la camioneta, por favor.
—No podemos —dice Alessandra—. Esta noche no se ha terminado.
—Es una orden del señor Lancaster. Él se va a encargar de la cuenta de todos.
Ese nombre es suficiente para que todas doblemos las manitas y nos metamos en la camioneta como soldados a punto de irse a la guerra. Los chicos se quedan afuera, completamente desconcertados y exigiendo que también se les proteja.
Todos excepto Sean, que sí es un hombre en toda la extensión de la palabra. Él solo me hace señas desde lejos para que lo llame mañana.
—¿A qué se debe todo esto? —pregunta Greta cuando la camioneta arranca—. ¿El apagón tiene algo que ver?
—Sí —asiente Anette—. Hay un criminal peligroso por aquí. Es por eso que también quería venir. Me daba miedo dejarlas solas.
—Te lo… agradecemos —murmura Penélope.
Mis amigas hablan con Anette y yo me sumerjo en una maraña de pensamientos desagradables. Adoro que el señor Lancaster sea tan protector con ella y que ese cuidado se extienda a nosotras. Al mismo tiempo, eso me enfurece porque, ¿en qué lugar dejan a Adrian?
—Oye, ¿estás bien? —me pregunta Anette después de haber dejado a todas en casa—. Por cierto, vamos a reunirnos con Adrian ahora. Él quiere…
—Te suplico que no —la interrumpo y ella frunce el ceño—. Ya ha sido demasiado por esta noche.
—Oh, lamento arruinarte las cosas con Sean —se disculpa, haciendo una mueca—. De verdad quería integrarme y resulta que lo hago de la peor manera, ¿verdad? ¿Ese chico te gusta?
—Sí, pero…
—¿Pero…?
—Nada, olvídalo —sonrío—. Supongo que a mí no puede pasarme nada lindo.
—¿Qué?
—Nada —respondo secamente—. De verdad, Anette, estoy cansada. Muchas gracias por todo lo que hiciste.
—En realidad es cosa del señor Lancaster —se ríe—. En fin, discúlpame por lo de hoy. Intentaré que no vuelva a suceder. Como disculpa, quisiera que uno de estos días vengas conmigo. Quiero presentarte a alguien muy especial para mí.
—¿Quién?
—No comas ansias —canturrea—. Ella es la razón detrás de muchas de las cosas que me están pasando, aunque todo vale la pena.
—Eh…
—Mejor lo hablamos luego. De verdad pareces cansada.
Asiento y miro por la ventanilla. Siendo honesta, ahora tengo mucha curiosidad por conocer a esa persona. No me puedo imaginar qué es lo que oculta y por qué el CEO la está protegiendo de algo peligroso.
—Espero que no estés enojada con Adrian por haberme ayudado.
—No, pero me quedaron claras sus prioridades.
—Harper…
—No tienes la culpa. La tuve yo por ilusionarme —continúo—. Me voy a olvidar de él para siempre.
—No creo que…
—Adiós.
Me inclino y me despido con un beso antes de salir de la lujosa camioneta. Pocos segundos después me llega un mensaje y casi me da algo al ver que es Adrian.
Este es el primer mensaje de texto que me manda.
—Lo siento, pero no —susurro, bloqueando su número—. Tengo que resignarme a que no eres para mí.