Capítulo 15
Harper—¿Por qué no nos has querido hablar del viaje, pequeña? —me pregunta papá durante el desayuno—. ¿Pasó algo malo?
Casi se me atora el pan remojado en café que estoy comiendo.
¿Cómo explicarle a este hombre que casi me dieron y no los buenos días?
—Nada. Solo tuvimos que regresar antes porque la asistente del señor Lancaster se lastimó.
—Y anoche tuvieron que huir de la cena porque ella estaba en peligro. ¿Cierto? —inquiere mamá, que pone un plato de cereal frente a mí—. Empiezo a creer que lo que dices es verdad: esos dos tienen algo.
—Si es así, ese es su problema —papá se encoge de hombros—. Tú no te metas, mi amor.
—Intento no hacerlo y siempre termino involucrada —gruño—. Anoche solo quería pasar una cena tranquila y divertida con mis amigos, solo que ella se nos unió y ya no se pudo.
—Entonces no la inviten —propone.
—Eso sería grosero —mascullo—. Se veía realmente deseosa de venir con nosotros y no pude negarme.
—Tienes muy buen corazón, hija —sonríe mamá—. Tranquila, que ya encontrarás otras ocasiones para salir con tus compañeros sin que esa chica intervenga.
—Espero que Dios te escuche —me río—. Ya me estoy cansando de la situación. Anette es una buena mujer; odio que sea una maldita T/N.
Papá arquea una ceja.
—¿Qué es eso?
Tocan a la puerta antes de que mamá pueda darle una pequeña clase sobre esos términos extraños que uso y que ella, con paciencia, ha tenido que aprender.
—Hija, te están buscando.
Volteo hacia la puerta y menos mal que no tenía bocado en la boca porque me habría ahogado.
¡¿Adrian Voss en mi casa desde tan temprano?! Tengo que estar soñando… o teniendo una pesadilla.
—¿Qué hace aquí? —le pregunto mientras me pongo de pie—. Todavía no es la hora de irme a la oficina.
—Me gustaría hablar contigo, Harper —me responde él con un tono tan correcto que se me inundan las telarañas.
Ni siendo formal deja de ser la definición de sensualidad.
—Podemos hablarlo en la oficina.
—Hija —masculla papá con tono de regaño.
—Buenos días, señor Voss —saluda mi jefe, que se acerca a él para estrecharle la mano.
Mi madre y yo nos miramos con los ojos desorbitados. ¿Por qué se está presentando ante papá como si quisiera ser mi novio?
—Harper, hablemos —me pide Adrian cuando deja de hablar con mi padre como si fueran amigos de toda la vida.
—Tu jefe es extraordinario, hija —se ríe papá—. Lo voy a invitar a la reunión familiar.
—No creo que él quiera ir —respondo con una sonrisa burlona.
—Por supuesto que me encantaría. ¿Cuándo es? —inquiere Adrian.
—Señor Voss, es mejor que nos vayamos a la oficina, ¿no cree?
—Le enviaré los datos luego —promete papá y mi jefe asiente.
Ninguno de los dos dice nada mientras bajamos en el ascensor, pero la tensión se siente. Adrian no deja de mirarme y me sujeta del brazo con delicadeza cuando intento correr al exterior del edificio.
—Harper, no sigas huyendo —me pide—. Tienes que escucharme.
—No tengo que hacer nada, señor Voss —respondo—. A menos que, claro, sea sobre trabajo.
—No, me gustaría que hablemos sobre lo que pasó entre nosotros. No puedes actuar así, por favor.
—Lo siento —suspiro—. Tiene razón. No puedo ser inmadura. Sí, entre nosotros iba a pasar algo, mas no fue así y no quiero salir lastimada, así que prefiero que las cosas sean como antes.
—Pero…
—Así es mejor —lo corto.
Adrian no vuelve a decirme nada de camino a su oficina. Estoy tan triste que ni siquiera puedo sorprenderme por lo lindo que es su auto ni porque huele exactamente igual que los vehículos del señor Lancaster.
No dejo de pensar en nuestros besos y en lo que estuvo a punto de pasar.
—Después de terminar el día, quiero que…
Su celular suena, lo que le impide terminar lo que iba a decir. No presto demasiada atención a lo que dice hasta que su tono se vuelve aún más grave.
—Sí, ahí estaré —responde antes de colgar—. Harper, tendré que ausentarme unas horas.
—De acuerdo.
Me toma del mentón y tengo que usar toda mi fuerza para no ponerme a hacer caras feas de placer. Incluso estando enojada con este sujeto, sigo deseándolo.
—Tenemos que hablar y no vas a poder escapar de eso.
Empieza a limpiarme los labios con los pulgares y su mirada se vuelve siniestra.
—Oiga, ¿qué le pasa? —me quejo, disimulando que me acabo de excitar—. Si quiere lavarse las manos, busque un baño.
—Esto es para que no se te ocurra volver a besar a nadie más —espeta, con una mirada tan oscura que ahora sí siento miedo de verdad—. Te lo advierto, Harper. Conmigo no puedes jugar.
Me bajo del auto, huyendo despavorida. Espero que esté jugando porque si no…
Bah, ¿a quién carajo engaño? Me encanta esa clase de hombres. Ojalá que solo fueran celos, no simple orgullo herido porque no quiero ser su consuelo cuando no está Anette.
—Espera —susurro, deteniéndome en medio de la recepción—. ¿Cómo supo que…?
—Ahí estás —me saluda Aless, que corre hacia mí—. ¿Ya te enteraste de la última?
—¿Ahora qué?
—El señor Lancaster compró la cadena de supermercados Glenn.
—Sí, tenían que comprar algunas acciones —asiento—. ¿Y qué tiene eso de raro?
—Supe por algunas fuentes que ya es socio mayoritario.
La información, aunque en otras circunstancias no me habría sorprendido, ahora me hace toser escandalosamente.
—¿Cómo? ¿Ese no es el supermercado en el que…?
—Sí, en el que Sean acaba de entrar. Y aunque no sé cómo esté su situación, no creo que sea nada buena si me envió un mensaje para recordarte que quiere hablar contigo.
—No puede ser —susurro, golpeándome la frente con la mano—. ¿Y ahora? ¿De verdad está tan loco el señor Lancaster para…?
—Ahora me queda claro que sí —asiente—. Está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de que Sean no se le acerque a Anette.
—Vas a decir que estoy loca, pero tengo que hablar de una buena vez con él.
Alessandra se queda boquiabierta.
—¿Con…?
—Sí, con «el dios supremo» —gruño—. Ya me cansé de que ese hombre haga tantas locuras que nos afecten y que no se atreva a decirle a Anette que la ama o lo que sea que le pase.
—Nena, creo que no deberías meterte.
—Él ya nos metió, así que lo haré. Voy a subir «al cielo» ahora mismo.
—Pero…
Camino con paso decidido y presiono el botón para ir hacia el último piso. A medida que subo, la cobardía se abre paso en mi pecho e intento presionar el botón de mi piso para que las puertas no se abran. Por desgracia, el ascensor solo hace caso de mi primera orden y las puertas se abren en un piso tan enorme que casi se me salen los ojos de las cuencas.
—Esto es un palacio —murmuro idiotizada.
—¿Harper?
Anette intenta correr hacia donde estoy, pero el ascensor se cierra.
—Uf… Genial —suspiro con alivio.
Llego a mi piso sin saludar a nadie y me encierro en la oficina. Tengo que olvidar esa estúpida idea de ir a quejarme con el CEO. Lo que debo hacer es evitar a Anette a toda costa y marcar límites con Adrian.
—Harper —me llama Anette cuando me voy a poner a trabajar.
—¿Qué sucede? —pregunto tensa.
—Ibas a ir a la oficina del señor Lancaster, ¿ocurre algo? ¿Necesitas mi ayuda?
—No, yo…
Sonríe de forma cómplice.
—Dime, te ayudaré con gusto.
—¿Sabes dónde se fue el señor Voss? Es que…
—Está resolviendo unos asuntos del señor Lancaster —responde con naturalidad—. ¿Por qué? ¿Quieres que regrese? Podría…
—No, todo está bien —le aseguro—. Simplemente me preocupé un poco, eso es todo.
—Puedes confiar en mí —me asegura—. Harper, noto que estás molesta y no quisiera que eso impidiera que lleguemos a ser amigas. Así que, si no te molesta, ¿podríamos almorzar juntas para que me lo cuentes?
Dudo por un momento. Me encantaría ser una persona normal que expresa sus sentimientos sin más. Lo soy, no se me da guardarme las cosas, pero con ella simplemente me bloqueo
Supongo que, en el fondo, no deseo lastimarla o hacerla sentir incómoda. Es esa clase de T/N que te inspiran compasión.
—Es mejor que no —respondo con voz apagada—. No es nada personal, Anette, solo no puedo ser amiga de la asistente del señor Lancaster. Estás a otro nivel.
—¿A qué…?
—Que no me involucro con personas que están por encima de mí en la empresa —le digo con honestidad—. Y por eso no me pienso involucrar más con el señor Voss.
—Es que ustedes…
—Entre nosotros no hay nada y así se quedará. Puedes estar tranquila.
—Espera, ¿tú piensas que…?
—Aunque tal vez no sea tu culpa, ya quiero dejar de lado esta situación y concentrarme en mi trabajo. ¿Podrías hacerme ese favor? Te agradezco por las cosas que has hecho por mí, por lo bien que te has portado conmigo, pero no quiero estar en medio de ti, Adrian y ese hombre que te persigue. Yo me voy a dar una oportunidad con Sean, el chico con el que hablaste anoche. Por eso quisiera que me dieras mi espacio con él.
—Ay, Harper —murmura con voz temblorosa—. Lo arruiné, ¿verdad?
—¿Qué? No, son cosas mías que…
Anette se va antes de que pueda detenerla, dejándome con una frustración que se asemeja a ir al baño y quedarte sin papel. El problema es que la gran mierda llegará con Adrian Voss reclamándome por haberla hecho sentir mal.
—Dios mío, si me ibas a dar una bocota, al menos me hubieras dado los labios de Angelina Jolie —le reclamo, mirando al techo—. Y ni te rías, ¿eh? Porque…
Niego con la cabeza y vuelvo a trabajar. Esa tarde no salgo a almorzar, lo que preocupa a mis amigas, que vienen a verme a la hora de la salida.
—Sí, se lo dije —confieso con un fuerte suspiro—. Bueno, casi. Aun así, ella se ofendió.
—Mejor así —sonríe Greta—. Es mejor que entienda que no puede acercarse a nosotras.
—¿Y si el señor Lancaster nos castiga por hacerla sentir mal? —pregunta Penélope.
Ese planteamiento nos deja a todas calladas. Sabemos perfectamente lo que son capaces de hacer los hombres «tócala y te mato».
—Confiemos en que este no esté tan mal de la cabeza —murmura Aless, estremeciéndose.
—Creo que ya nos lo demostró muchas veces —mascullo—. ¿O quieren más?
—No, gracias —dicen al unísono.
—Entonces es mejor que ya no le digamos más cosas a Anette, que ella sola se dé cuenta de que no es bienvenida en nuestro grupo. Yo le dejo el camino libre con Adrian y hasta con el CEO si quiere.
—Qué mujer tan afortunada —masculla Aless—. La odio, me arruinó la noche de sexo desenfrenado que iba a tener.
—Cole me iba a presentar a sus padres —susurra Greta con un puchero.
—Impidió mi primer beso con Hunter —gruñe Pen—. Sí, la odiamos. La declaro nuestra enemiga desde ahora.
—Hablando de otra cosa, ¿no vas a arreglarte? —me pregunta Aless—. Ya casi es la hora.
—Sí, ya me iré —asiento—. No pienso esperar aquí al señor Voss. Además, ya pronto podré solicitar mis vacaciones. Puedo pellizcarles unos cuantos días.
—Así se habla. Ven conmigo.
Mi amiga me arrastra hasta uno de los baños y saca de su maletín el vestido negro más hermoso que tiene.
—¡¿Qué?! —exclamo anonadada—. No, eso…
—Tú cállate y ponte esto —gruñe—. Te vas a vestir con esto, tendrás una noche loca con Sean y se acabó el asunto.
—Te vas a morir si lo rompo —me río—. Es tu favorito.
—Mi cosa favorita en el mundo eres tú, loquita —dice con tono cariñoso y me pellizca la nariz—. Estoy dispuesta a sacrificar a mi bebé con tal de que te pongas en marcha.
—Te amo —contesto, a punto de llorar—. Eres…
—Sí, el amor de tu vida, tu hermana, tu todo —me interrumpe—. Vístete para que te maquille, no me hagas repetírtelo.
—Está bien, está bien.
Mi amiga me deja lista casi sin que me dé cuenta. Al ponerme las zapatillas, siento que me voy a matar con ellas puestas, pero decido seguir adelante con el plan.
Esta noche, aunque no haga lo que ella quiere, sí voy a avanzar con Sean. Me emociona la idea de poder olvidarme para siempre de Adrian, de dejar todo este asunto de la T/N atrás.
—Te ves hermosa —me dice Sean cuando viene a recogerme—. Dios…
—¿Te vas a quedar así o vas a llevarme? —bromeo, señalando el auto—. ¿De quién…?
—Eso es justo de lo que te quería hablar —responde, rascándose la cabeza—. Pude comprármelo porque me dieron una buena liquidación.
—Oh, ¿de verdad?
—Sí. Me liquidaron de aquí y en Glenn.
—¡¿Cómo?!
—Ya te lo contaré cuando lleguemos al restaurante. Hice una reservación.
—Uy, eso me gusta, pero no que te hayan despedido.
—Sube al auto —me pide—. Creo que…
Uno de los autos de Lancaster estaciona detrás del de Sean, así que me apresuro a entrar. No importa que ese chófer no venga por mí o que me vea; ya no quiero tener nada que ver con la gente que trabaja para el CEO.
—¿Estás bien? —me pregunta mi amigo—. Estás nerviosa.
—Creo que ambos sabemos lo que pasa cuando estamos cerca de los Lancaster —gruño.
—Es verdad —masculla—. Y es por eso que tengo que ir a ver al señor Lancaster.
—¿Qué? ¿Tú también tienes esa idea? Yo quise ir hoy, aunque me acobardé.
—Tranquila, no tienes que hacer nada. Seré yo quien hable con él.
—¿Estás seguro?
—Sí. No lo haré para que me devuelva el trabajo, sino para que te deje en paz a ti y se dé cuenta de que Anette no me interesa. Es una mujer hermosa, claro está, pero a quien quiero es a ti.
—Ay…
—Además, me pareces mucho más atractiva. Tú eres mi tipo.
Se me acelera el corazón. No es por sus palabras, sino porque recuerdo la advertencia que el señor Voss me hizo. ¿Realmente se siente celoso de que yo pueda tener algo con Sean? Sacudo la cabeza. Eso es más que imposible.
—Gracias, Sean.
Llegamos al restaurante y solo no me froto los ojos porque Aless me amenazó con matarme si arruinaba el maquillaje.
—¿Estás seguro de que es aquí? —balbuceo—. Es carísimo.
—Sí, me pagaron mucho dinero. Ahorraré una parte, claro, solo que esta noche quería que fuera especial para nosotros dos.
—Es…
—Asombroso, ¿verdad? —se ríe—. Ahora agradezco los celos del señor Lancaster. Me permitieron lograr algunas cosas que quería hacer.
—Ese hombre me asusta —susurro—. Quiero decir que en los libros esta clase de cosas me hacen suspirar. En la vida real…
—Sí, da miedo —asiente—. Aun así, no tenemos nada de qué preocuparnos. Las chicas me mencionaron que ese hombre está enamorado de Anette, ¿no es así?
—Sí, más que enamorado —asiento—. Sean, con respecto a eso, quiero hablar contigo sobre un asunto, ¿sí?
—De acuerdo. Ya sospecho por dónde vas —suspira.
Volteo a verlo con cara de espanto.
—¿Qué cosa?
—Creo que Adrian Voss está interesado en ti.
—Eh…
—Sí, también noté que no te es indiferente. Aun así, quiero luchar por ti, Harper.
—No te merezco, Sean —digo apesadumbrada—. Y tal vez no vaya a tener nada con ese hombre, pero…
—Entonces mejor —sonríe—. No pasa nada, cariño. Tú vales la pena y pienso seguir intentando.
—Sí, vayamos poco a poco —asiento—. Tú y yo podríamos tener algo lindo.
—O algo incluso mejor.
Solo le respondo con una sonrisa y él se baja del auto para venir a abrirme. Antes de que pueda llegar, alguien más abre la puerta y me saca con brusquedad.
—Te dije que conmigo no se juega, Harper Voss —sisea Adrian.
Apenas puedo reaccionar porque me quedo sin aire. No sé ni por dónde empezar a impactarme: lo bien que se le ve esa ropa negra, que haya dos guardias gigantes sosteniendo a un encolerizado Sean o que yo sea la protagonista de este espectáculo.
Seguro es un sueño.
El apretón de pompis que me da Adrian me hace saber que no. Esta es la más subnormal realidad.
—Señor Voss…
—Sí, tuyo —susurra cerca de mis labios, que me muerde con una rudeza deliciosa—. Y esta noche te lo voy a demostrar.