Capítulo 2
HarperEn el almuerzo, mis tres amigas y yo nos sentamos en la mesa más apartada, a la que nadie voltearía a ver porque el aire acondicionado está bastante lejos de aquí. Es el peor lugar si quieres almorzar cómoda, aunque el mejor para debatir chismes.
—Ay, Cristo —susurra Penélope—. ¿De verdad el guapo te preguntó eso?
—Así como lo oyen —asiento—. El señor Lancaster le va a regalar flores a su asistente.
—No es seguro que lo haga —murmura Greta, haciendo gala de ser la única prudente—. Estás sacando conclusiones muy rápido.
—¿A quién más le regalaría flores, Gret? —resopla Alessandra—. Es obvio que se las va a dar a ella para intentar conquistarla. La vi y casi me volví lesbiana.
—Tú nunca serías lesbiana —me río—. No puedes vivir sin penes.
—Shh… Cállate, loca —gruñe—. ¿Acaso no recuerdas que pusieron cámaras? Prefiero que me escuchen hablando teorías sobre «el dios supremo» que…
—Si sigues así, te van a correr —sonríe Greta—. Mejor veamos a ese par que viene.
Me giro en mi asiento casi sin disimulo. Ese ligero ardor en el estómago regresa al ver que Adrian Voss viene con esa asistente. Los dos se sientan en una mesa solos y lejos de todos los que los estamos mirando.
«Parece que ya tengo la trama perfecta para mi siguiente libro», pienso para animarme.
—Se ven muy bien juntos —comento con una sonrisa cargada de ironía—. Presiento que aquí arderá Troya.
—¿A qué te refieres? —pregunta Pen, sin dejar de mirar a la feliz pareja que se acaba de formar.
—El CEO se pondrá celoso —canturrea Aless en voz baja mientras se ata su larga y sedosa cabellera negra—. No en este momento, claro, pero tarde o temprano lo hará.
—Yo apuesto a que será ahora —digo golpeando la mesa con el índice.
Todas mis amigas me voltean a ver con curiosidad. La piel se me eriza solo de imaginar el espectáculo que se armará si todo lo que estoy sospechando es cierto.
—Si el señor Lancaster se entera de que estos dos están almorzando juntos, se va a poner furioso —les explico—. Seguro que hará algo para impedir que sigan juntos.
—¿Cómo qué? —inquiere Greta antes de quitarse los lentes para limpiarlos—. Mi vida, eso de la escritura ya te tiene con la cabeza mal. Esta es la vida real.
—¿Y? Esta empresa no es nada convencional —me encojo de hombros—. Aquí pasan las cosas más subnormales.
—Tienes razón —murmura—. Aun así, creo que estás yendo demasiado lejos.
—¿Apostamos? Veinte dólares cada una —propongo—. Aquí va a pasar algo muy raro.
—¿Qué dicen, chicas? —pregunta Alessandra, dubitativa—. Esta mujer está dispuesta a perder sesenta dólares.
—O podría yo ganarlos de ustedes —añado con picardía—. Me encanta, cerremos el trato. Aless, de verdad me sorprende que no vayas conmigo.
—Sabes que te amo, solo que esta vez no estoy tan de acuerdo —sonríe—. El CEO debe ser uno de los hermanos viejos del difunto señor Lancaster. Nunca se supo que tuviera hijos.
—Eso le da más peso a mi teoría —replico—. Si ese tipo es un degenerado como dicen, seguro que hará lo imposible por separar a Anette de mi jefe. Yo escuché reír a Adrian con ella, y eso significa peligro.
—Está bien, pero sigamos comiendo —gruñe Greta—. Se nos va a enfriar la comida, la única decente que tenemos en el día.
—Habla por ti. Esta noche yo me voy a comer a Jason bebé —sisea Aless con una cara de pervertida que ya me dio celos.
¿Hasta cuándo me van a quitar las telarañas perpetuas? Como siga así, me voy a marchar a un convento.
«Bueno, no. Si hago eso, ya no podré disfrutar de mi balita vibradora», me recuerdo.
—Hablando del rey de Roma —susurra Penélope cuando un grupo de chicos guapos de Recursos Humanos viene hacia nuestra mesa.
—Hola, Harper —me saluda Sean, el único de ellos que me gusta.
—Hola —saludo con mi mejor sonrisa coqueta—. Pensé que te habías olvidado de mí.
—¿Cómo piensas que haré eso? —gruñe—. Estaba pensando en invitarte hoy a cenar, ¿qué dices?
—Sí —acepto de inmediato.
De pronto empieza a sonar una alarma y se abren los rociadores. Todos nos levantamos de inmediato e intentamos protegernos con los sacos. Sean me busca para protegerme con el suyo, pero niego con la cabeza y salgo a toda prisa del lugar.
—Quiero mis sesenta dólares —les digo a mis amigas cuando nos sacan a todos del edificio—. Yo gané la apuesta.
—Claro que no —gruñe Penélope—. Esto no quiere decir nada. Seguramente se quemó algo en la cocina. Ya sabes que Marie es muy distraída.
—Esta vez yo no quemé nada, niña —la reprende la aludida.
Me cruzo de brazos y sonrío de forma burlona.
—¿Decías? Esto es obra del CEO, estoy segura.
—Sí, creo que sí —masculla Alessandra, que se saca el billete de entre los pechos—. Yo vi a esa pelirroja acercarse demasiado al señor Voss antes de que los rociadores se encendieran. Adrian Voss tenía cara de espanto, como si se le hubiera muerto su abuelita o le hubiera reventado el apéndice.
—¿Lo ven? Yo gané —presumo—. Ahora paguen, muchachas, que no tengo todo el día.
—Soy veinte dólares más pobre, pero al menos no se me marcan los pezones a través de la tela —comenta Greta con burla.
Miro hacia abajo y me tapo enseguida. Mis amigas me pagan el dinero, riéndose de mí. Esto va a quedar en su memoria por los siglos de los siglos.
—Ay, perras maldi…
—¿Cómo pueden reírse de su amiga? —les reclama Anette, que me mira con verdadera compasión—. Vamos, cariño. Tengo una camisa de repuesto.
—Pero…
—Tranquila —me sonríe de forma cálida—. Siempre hay que estar prevenidas.
—Yo le puedo dar mi camisa —ofrece Sean.
Anette niega con la cabeza.
—No, yo la ayudo —lo corta con tono amable.
Les saco la lengua a mis amigas y ellas solo ponen los ojos en blanco.
La perfecta T/N del señor Lancaster me lleva con ella hasta los baños, donde me da la camisa que lleva en el bolso. Al ponérmela descubro que somos de la misma talla, lo que me deja boquiabierta.
—Genial —me dice cuando me la ve puesta—. Es genial que te quede.
—Muchas gracias por salvarme. Solo espero que te cuides y no tengas que…
—Descuida —me interrumpe—. Para eso traigo otra.
—¿Qué?
—Es que soy algo torpe —explica, sonrojada—. Más de una vez al día tengo que cambiarme la ropa.
«Es eso o el jefe supremo le rompe las camisas», pienso divertida.
—Entiendo.
—Mejor regresa de una vez a la oficina. Por lo que me contó Adrian, tienen que preparar los reportes para el señor Lancaster —me recuerda—. Es necesario que él los firme.
Le dedico una sonrisa tensa.
—Mañana te regresaré tu camisa —le digo—. De nuevo, muchas gracias por prestármela.
—Descuida, te la puedes quedar.
Esa simple frase derrumba lo bien que me empezó a caer. ¿Me está diciendo pobre? Es verdad que solo tengo dos camisas —y la segunda la conseguí ahorrando durante semanas—, pero no me gustan las obras de caridad.
No digo nada más y me dirijo apresurada al piso siete. Después del desastre, las personas de intendencia ya se están haciendo cargo de toda el agua que quedó en el piso.
Al llegar a la oficina y asomarme por el pequeño espacio de la puerta entreabierta, casi me vuelve a dar un síncope. Mi jefe está cambiándose la camisa y es un verdadero espectáculo.
Me muerdo el labio inferior, perdida en la belleza de esa espalda musculosa y brillosa. Creo que me morí al venir a este piso y estoy viendo a los ángeles.
Anette sí que tiene suerte.
Me aparto de la puerta antes de que mi jefe note que lo estoy mirando y entro en silencio cuando calculo que ya se cambió. Ahora está en el escritorio, trabajando como si nada hubiera pasado y ni siquiera me pregunta si estoy bien después de lo ocurrido.
Aquí la única persona que importa es esa T/N.