Capítulo 3
Alaric—Sí, quiero que lo hagan —le indico al hombre que me atiende—. Necesito que mañana temprano llenen la entrada de rosas.
—De acuerdo, señor Lancaster —me responde—. Mañana mismo las tendrá.
—Perfecto.
Dejo el celular sobre mi escritorio y me giro hacia el ventanal para seguir contemplando el atardecer, ese que inevitablemente me recuerda a ella.
—Lo siento mucho, tú no te irás a ningún lado —susurro—. Solo vas a ser para mí.
—Señor Lancaster —me dice Anette.
Mi cuerpo se tensa y contengo la respiración. Es momento de actuar.
—Todos se van a quedar —le digo—. Avisa a los diferentes departamentos.
—¿Qué? Pero si…
—Es una orden —la interrumpo, girándome hacia ella—. Se quedan y reciben pago extra o se van y pierden el empleo. Así de simple.
—Entendido —asiente ella—. Daré la orden ahora mismo.
***
HarperAprovecho que mi jefe salió a llevar esos informes para estirarme en mi silla y bostezar como ogro. Lo que más quiero es llegar a mi departamento y lanzarme a la cama para no saber más del mundo, pero sé que me espera la colada y planchar la camisa que llevo puesta.
Si Anette quiere quemarla, tirarla a la basura o hacer trapos de cocina con ella, me da lo mismo; yo la voy a regresar.
—Oh, no, la cena —jadeo y saco mi celular a toda prisa para ver los mensajes del grupo y de Sean.
A pesar de los emojis de alarma de mis amigas, decido contestar primero a mi pretendiente. Amo a esas locas con toda mi alma, aunque ahora mismo debo darle prioridad a mi única posibilidad de tener acción.
Sean:Estoy listo para ir a cenar. ¿Qué te gusta más? ¿Italiana? ¿China? También hay mexicana y conozco un restaurante buenísimo.Harper:Me ofende que no pongas tus labios en el menú.Pulso a enviar sintiendo que el corazón se me saldrá del pecho. Todo lo que pasó esta tarde me ha hecho reflexionar sobre lo lenta que voy en la vida y que, si el hombre que me gusta no da el primer paso, tengo que ser yo quien lo dé.
«Sean tampoco te gusta tanto, no mientas, loca», me susurra mi conciencia, mi peor enemiga en momentos relevantes.
—No quiero acabar sola —le respondo en voz baja—. Sé que mi balita no me sería infiel ni me contagiaría de nada, pero necesito carne de verdad.
—¿Tiene hambre, señorita Voss? —me pregunta mi jefe al entrar.
Doy un salto en el asiento y guardo mi celular de inmediato.
—Eh…
—Puedo pedir algo. Nos espera una larga jornada —continúa mientras se dirige al escritorio.
—¿Cómo que larga jornada? —pregunto con el ceño fruncido—. Ya faltan diez minutos para salir.
—En realidad, faltan cuatro horas más. El señor Lancaster dio la orden de quedarnos.
—Ah, genial —gruño—. Seguramente se puso celoso y ya se está vengando.
—¿Qué ha dicho? —Me mira desde su escritorio con la ceja levantada.
—Nada, señor Voss —murmuro, sonrojada—. ¿A qué se debe eso de las «horas extra»? ¿Es solo para nosotros?
—Necesita preparar un informe sobre la empresa en general, así que todos los empleados debemos quedarnos hasta que recolectemos toda la información que se requiere. Revise su correo; allí están los datos que va a solicitar a este departamento.
—¿Y a cambio de qué? —espeto sin más—. Digo, yo puedo elegir si me quedo o no, ¿no es así?
—Solo si quiere quedarse sin trabajo —responde con una sonrisa extraña.
Se me ponen los pelos de punta, aunque no sé si es por la amenaza de despido o que esta es la primera vez que hace algo así delante de mí.
—¿De verdad…?
—Sí, y más vale que nos sentemos a trabajar para terminar esto. ¿O acaso no quiere el bono?
—¿El bono?
—Sí. Nos pagarán el doble por las horas extras.
En mi cabeza resuena el sonido de una caja registradora, lo que me hace sonreír. Con ese dinero de más puedo comprarme otras dos camisas y nunca volver a depender de la generosidad de Anette.
Ella podrá vivir tranquila su historia de amor con el CEO y yo conseguir material para escribir.
—Suena tentador. Lo que no me parece es la amenaza de despedirnos. Eso no es legal —refunfuño mientras me vuelvo a sentar—. ¿Qué le pasa al señor Lancaster?
—Se está muriendo —dice Adrian con una ligera tensión que me asusta.
Abro la boca de par en par.
—Espere, ¿qué? ¿Se va a morir? ¿Está enfermo también? Ay, no puede ser. ¿Qué clase de maldición…?
—Es mejor que nos centremos en trabajar —me interrumpe con tono duro—. ¿O acaso tenía usted planes?
Aprieto los dientes. ¿La vida de este hombre es trabajar? ¿No es humano?
—Sí, los tenía —suspiro—. En fin, ya ni modo. Será otro día.
A falta de respuesta, empiezo a leer el correo que ese señor celoso envió. Casi de inmediato me doy cuenta de que quiere que revisemos información más vieja que Matusalén.
—Ni siquiera había nacido en este año. ¿Qué demonios? —susurro—. ¿El señor Lancaster se siente bien?
—Ahora vengo. Iré por unos libros contables al archivo —me avisa, levantándose.
El recuerdo de su espalda desnuda vuelve a pasearse por mi cabeza. Por suerte, logro apartar esa imagen para responderle.
—¿No le parece extraño que nos pidan esa información?
—Para lo que hará, no. Es lo más normal.
Sale a toda prisa de la oficina, dejándome a medias con la pregunta que iba a hacerle. Sacudo la cabeza y vuelvo a echar un vistazo a mi celular para revisar las quejas colectivas de mis amigas. Greta está conforme con las horas extras; Penélope responde con gifs de cansancio y llanto, mientras que Alessandra dice que irá a los archivos muertos con Jason a coger.
Escribo rápidamente que ni se le ocurra porque el señor Voss va para allá y salgo de esa conversación para desahogarme con Sean, que me responde que tiene que entregar su celular porque su jefe ya lo atrapó, pero que cenaremos el fin de semana.
Durante el rato que espero al señor Voss, me pongo a abrir diversos documentos para organizar la información inútil que nos van a pedir.
—Traje comida —anuncia al entrar y mi estómago se remueve de hambre.
¡Es mexicana!
—Buen provecho —le digo—. Yo…
—Es para los dos —me aclara—. ¿O acaso no quiere? La escuché decir alguna vez que era su favorita.
Volteo hacia otro lado con las mejillas enrojecidas. ¡¿Se acordó de algo tan insignificante?!
—Gracias, señor Voss.
—Vamos al comedor.
—Pero…
—No vamos a tardar —se encoge de hombros—. Además, ya adelanté gran parte del trabajo al encontrar los archivos que necesitamos.
—¿Y dónde están? —inquiero al levantarme.
—Los escaneé —me explica con una leve sonrisa que empeora esa úlcera imaginaria.
¿O será real? No sé, ya lo descubriré al probar las salsas.
Al llegar a la cafetería, me da mucho más miedo. Hay una iluminación muy tenue y todo se ve precioso. ¿Me está pasando lo que creo? ¿Pasé de NPC a personaje secundario? ¡Viva la vida!
—¿Le ocurre algo? —me pregunta el señor Voss cuando desempaca la comida—. ¿Tanto le gusta la comida mexicana?
—Obvio —respondo con emoción—. De verdad, muchas gracias, señor Voss. Eso sí, no le perdonaré si las salsas no son picantes.
—¿Cómo? Pero…
—Es una broma —me río—. Sí me gusta el picante, aunque me ponga a sudar como cerdo. Por eso es bueno no comerlo ahora.
—Los cerdos nos sudan —dice muy serio.
Todas mis ilusiones se desinflan. Definitivamente, no somos compatibles; yo nunca lo haré reír como Anette.
—Era un chiste. No volveré a decir nada —murmuro.
—Lo siento, Harper.
Mi corazón se estruja y se retuerce como pez fuera del agua. ¿Acaba de llamarme por mi nombre?
—¿Puedo llamarte así?
—Sí, sí, claro —espeto, emocionada—. Yo… Mejor comamos, ¿sí? Tenemos mucho trabajo y yo me muero de hambre. Es decir, no soy una muerta de hambre, solo que esta es mi hora de cenar.
El señor Voss sonríe. Y no es una sonrisa leve o incómoda, sino una verdadera.
«No habrá historia de celos y amor con el CEO, pero está bien. Adrian y yo nos vemos lindos juntos, ¿verdad?», pienso emocionada.
Al diablo con mi libro, puedo vivir el mío.
—Come, Harper, debemos volver a trabajar —me dice con dulzura al ver que me he quedado rígida—. Antes de eso tienes que reponer lo que no lograste comer en el almuerzo.
—Oh, ya hasta se me había olvidado —río—. Gracias a Anette pude cambiarme la camisa. Para mi mala suerte, hoy no llevo sostén y se me marcó todo.
Le doy una mordida a mi taco, que sabe delicioso. Sin embargo, pronto caigo en la cuenta de lo que acabo de decir, también de que mi jefe tiene el rostro azul y que se sacude como maraca.
—¿Señor Voss? —pregunto alarmada y me levanto de un salto—. ¡Haga algún ruido! ¡Respire!
No lo hace. Abre la boca y parece un pescado en sus últimas.
—Ay, no, se va a morir —sollozo mientras corro para ayudarle—. Por favor, no me deje.
Intento abrazarlo por la espalda y, por desgracia, se me olvidan todas las maniobras. Siendo sincera, nunca les presté atención; es esa clase de cosas que, como persona solitaria y poco importante, no necesito.
De pronto, como si el cielo la enviara, Anette entra corriendo con un extraño dispositivo en mano.
—Ayúdame, Harper —me pide con un tono firme.
Entre las dos acostamos a mi jefe en el suelo y ella, como el ángel salvador que es, logra hacer que ese bocado salga y que mi jefe por fin empiece a toser.
—¿Se va a poner bien? —le pregunto a Anette entre lágrimas.
Ella asiente y le susurra palabras cariñosas a Adrian, que está recostado de lado ahora.
—Eres increíble —le dice él con voz ronca—. Te debo la vida, Anette. Me sacaste del infierno.
Me levanto de inmediato y retrocedo. Aunque no debería, me siento terrible, con ganas de borrarme de esta historia y largarme de la empresa.
—No te preocupes —me sonríe Anette—. Ya está todo bajo control.
—Sí —respondo, tensa—. Y todo gracias a ti.