Capítulo 4
HarperNo puedo parar de llorar cuando llego a casa —en un taxi hermoso proporcionado por la empresa a petición de mi amiga la T/N—; sigo muy conmocionada. Esta noche pude haberme convertido en una asesina y, lo que es peor, en la de mi hermoso jefe.
Y no sé qué me hace sentir peor, si lo que pasó o el hecho de que su salvadora fuera Anette. Mi jefe no dejaba de repetir frases como «debo vivir», «gracias», «te lo debo todo». Seguro que ahora mismo ambos están solos, diciéndose cosas lindas y todo terminará en un beso apasionado.
—Todavía no harán el amor porque él debe seguir asustado, pero no tardará en pasar. Si eso sucede, el CEO va a investigar quién fue el culpable y me cortarán la cabeza —sollozo frente a mi madre, que lleva más de media hora dándome pañuelos y escuchando la misma historia—. Lo siento, mami, tendré que buscar otro trabajo.
—Mi vida, no fue tu culpa —replica con una dulzura que no me merezco—. Aunque fue imprudente de tu parte decir lo del sostén, él es un tonto por no masticar bien la comida.
—Es que…
—Es que nada —me interrumpe—. No puedes echarte la culpa de todo lo que les pase a las personas que te rodean. Es hora de que madures, de que te quieras un poco más.
—Ay…
—Ya, pequeña —dice abrazándome—. Estoy segura de que tu jefe lo va a entender. Dices que es un hombre justo.
—No sé cómo lo voy a ver a la cara mañana —gruño—. ¿Y si me denuncia?
—¿Con qué pruebas? Si es una persona inmadura, entonces se enojará contigo, no te denunciará.
—Ojalá que tengas razón y me libre de ir a la cárcel o del despido. Trabajar allí es lo mejor que pude encontrar con mi poca experiencia.
—No es tan poca —suelta una risita—. ¿O se te olvida el gran trabajo que hiciste cuando trabajaste en el supermercado con tu padrino?
—Lo adoro por recomendarme —susurro—. Y ahora puedo perderlo todo por estúpida. Él va a quedar mal por mi culpa.
—Ay, niña —refunfuña, aunque no deja de abrazarme—. Ya no sé qué decirte para que entiendas que no tuviste la culpa. Deja ese llanto, que mañana vas a amanecer hinchada y, por matarlo de un susto, sí que te podrían detener.
—Gracias por los ánimos —mascullo con sarcasmo.
—De nada, mi pequeñita —dice con una sonrisa irónica—. Siempre estaré para darte buenos consejos de mamá.
Pongo los ojos en blanco y enderezo la espalda para limpiarme las lágrimas. A los pocos segundos, me echo a reír. No importa que ella a veces diga cosas que no me gustan; me hace sentir mejor.
—Te amo, mamá —le digo—. Sinceramente, no sé qué haría sin ti. Solo soy una persona más del montón y me haces sentir como si fuera…
—Hey, espera —me corta—. ¿Cómo que una más del montón? Tú…
—Nací para ser una simple oficinista —me encojo de hombros—. El hecho de que sea escritora por hobby no me hace importante.
—Tú escribes muy bien y tienes el talento para volverte famosa —me anima, tomándome por el mentón—. Todos somos protagonistas de nuestra propia vida, ¿lo entiendes? Incluso esa persona que aparece barriendo al fondo de una película tiene una vida propia.
—Eh…
—La tiene —insiste—. Y yo sé que tú vas a hacer grandes cosas. No por nada tienes ese talento que tu padre y yo quisiéramos.
—Uf… Menos mal que está en el trabajo —sonrío—. Si me hubiera visto así, mañana lo tendría golpeando a alguien en la oficina.
—Entonces guardemos el secreto —susurra—. Ve a descansar, mi amor. Mañana será otro día y aclararás las cosas con el señor Voss. Ah, y esta vez sí llévate el sostén, por el amor de Dios.
—No se secaron a tiempo —murmuro.
—Ya los puse en tu cajón —me consuela—. Deberías comprar más. Este mes yo me hago cargo de la despensa.
—Pero…
—Hazme caso, mi vida hermosa. No puedes ir por la vida con dos sostenes rotos. Aunque no tengas un busto inmenso, sí se nota.
—Ah, carajo.
Me cruzo de brazos y me voy corriendo a mi habitación. Antes de dejarme caer en la cama, reviso que la base de mi maquillaje o la máscara de pestañas no haya manchado la camisa. Con alivio, descubro que no es así y la cuelgo en un gancho.
—No, tengo que lavarla —murmuro—. No vaya a ser que mi mala suerte también se le pegue a esta pobre mujer.
Salgo de mi recámara y me dirijo al pequeño cuarto de lavado. Hacer todo esto por una sola camisa me desespera, pero ni modo.
—¿Qué estás haciendo? —me pregunta mamá desde la puerta—. ¿Vas a poner la lavadora a esta hora?
—Sí, tengo que regresarle la camisa a esa mujer.
—¿Por qué dices «esa mujer» con tono despectivo? —Arquea una ceja—. Ella impidió que tu jefe le viera la cara a San Pedro.
—Ah, no sabía que ahora éramos enemigas —gruño—. Qué lindo.
—No es eso, mi amor, solo quiero que tengas cuidado con las cosas que dices sobre esa muchacha.
—Le tengo envidia —admito—. No soporto no ser como ella.
—¿Cómo?
—Me gusta mi jefe —suspiro—. Ya no lo puedo negar y siento celos de esa chica. Tienes razón, mami, debo tener cuidado con lo que pienso. Anette no tiene la culpa de ser una T/N.
—Ya vas a empezar con esos términos raros —se ríe—. Anette, o como se llame, es una compañera de trabajo y es igual que tú o el intendente de la empresa.
—Mmm… No, ella lleva camisas de repuesto y hasta un dispositivo para ahogamientos —replico—. No es como las demás chicas, te lo aseguro. Es la definición de ser
« única y diferente
» . Yo me quedé más tiesa que los bigotes del abuelo.
Mi madre se va carcajeándose y yo meto la camisa a lavar. Anette no podrá quejarse; mi detergente es una maravilla.
Después de asegurarme de que mi lavadora hará su trabajo y resignarme a que tendré que devolver la finísima prenda hasta pasado mañana, me voy a mi habitación.
Esa noche le doy un beso a mi balita y me acuesto a dormir. Sueño con ahogamientos y la sombra de un CEO despidiéndome por haber acercado más a ese par. Aunque no grito, al despertarme tengo que caminar durante un rato hasta que logro tranquilizarme un poco.
—Hija, no te va a gustar lo que pasó —me dice papá cuando salgo de mi cuarto para que me dé el desayuno.
—¿De qué…?
Los dos ojos se me tuercen al ver que la camisa de Anette ya no es azul, sino de un rosa pálido que no va a servir para nada.
—¿Qué carajo…?
—No revisaste bien. Yo había metido mis calcetines rojos a la lavadora.
—Dios mío —digo aterrada al tomar la cosa esa entre mis manos—. ¿Por qué, papá? ¿Cuál es la necesidad de usar calcetines rojos? ¿No te das cuenta de que son horribles?
—Solo esos tienen la textura perfecta y me ayudan a dormir.
Niego con la cabeza. Adoro a mi papi y acepto todas sus pequeñas manías, pero esta mañana no estoy para soportar.
—Perdóname, mi polluela —me suplica con un puchero—. Te prometo que ahorraré para comprar una nueva y…
—Tranquilo —suspiro con resignación—. De todos modos, me van a pagar por las horas extra que…
Se me descompone la expresión. Ahora que lo pienso, no me van a pagar ni una mierda. El señor Voss y Anette me mandaron a casa después del susto.
—Olvídalo, papá. Ya veré cómo hago para pagarla.
—Hija…
—Fue mi culpa.
Regreso a mi habitación y lanzo esa camisa horrible sobre mi cama. Por alguna razón que no entiendo, odio el rosa desde que era una niña, a pesar de ser el que usan todas las mujeres sin problema alguno.
—Ay, soy única y diferente, una genérica —sollozo—. Ya mejor llévame, Dios. No sirvo ni para tener personalidad.
Como sé que eso no va a pasar —ese señor todopoderoso no escucha a los NPC—, me voy de mi casa maldiciendo entre dientes y sin desayunar. El mismo taxi de anoche pasa por la calle, pero acelero el paso y me subo a un autobús.
«Lo siento, amigo, no hay nadie que te pueda pagar el viaje», pienso desanimada.
Durante el camino leo los mensajes que tengo de Sean, que después del mensaje de caritas coquetas que me envió ha preguntado muchas veces si estoy bien. Mis amigas están igual: todas se muestran preocupadas porque no envié esos stickers pervertidos de pene o de mi balita para desearles buenas noches.
Hago un puchero. Tal vez sí soy importante y valga la pena vivir.
Mi humor mejora un poco y llego con más optimismo a mi destino, aunque también muerta de miedo por el posible odio de mi jefe. Sin embargo, todo eso se me olvida cuando mi grupo de amigas me recibe en la parada y me rodea para darme abrazos.
—Pensamos que te habías muerto —me dice Alessandra, que me tiene sujeta del rostro—. No pude dormir, me hizo falta tu sticker.
—Yo pensé que te habías suicidado por lo que pasó —murmura Greta, que tiene los ojos llorosos—. No vuelvas a desaparecer.
—Estás loca, definitivamente —gruñe Penélope—. Aun así, te amo.
—Lo siento —me disculpo—. Es que anoche pasaron cosas tan locas que no sé ni cómo explicarlo.
—Seguro te metiste en una gruesa como para haberte ido sin cumplir las horas extras —dice Aless, frunciendo el ceño—. ¿De verdad estás bien? ¿A quién tenemos que golpear?
—A mí —sonrío nerviosa—. Es que…
—Es mejor que nos lo cuentes en el almuerzo con lujo de detalles —me interrumpe Penélope—. Vamos tardísimo.
Las cuatro asentimos y apresuramos el paso. A medida que nos acercamos a la entrada del edificio, escuchamos cada vez más murmullos y el estornudo que suelto me hace percatarme de lo que ocurre.
—Ay, madre de Dios —jadea Pen.
¡Toda la entrada está llena de pétalos y ramos de rosas!
—Tenemos que sacarte de aquí —dice Aless, jalándome del brazo—. Si no te moriste anoche, te vas a morir ahora.
—No, yo…
Mi siguiente estornudo hace que varias cabezas giren en mi dirección. No estoy teniendo un shock anafiláctico ni algo grave, pero tengo los ojos llenos de lágrimas y casi no puedo respirar mientras intento avanzar para entrar.
No pienso perder mi bono de asistencia. Alaric Lancaster no me va a ganar.
—Basta, tienes que irte —me insiste Alessandra, jalándome del brazo.
A la mitad de la recepción me detengo. Ya no aguanto más. Este loco ha llenado todo el lugar con esas flores hijas de puta.
«Tengo que ir al hospital, maldito señor Lancaster y su conquista», pienso al borde del desmayo.
—¡A la enfermería ya! —grita Pen.
Entre ella y Greta me toman de los brazos, mientras Alessandra nos guía como si fuera un soldado de la Guardia Nacional de algún país extraño. Aun en mi rabia contra el señor Lancaster, soy feliz.
Se siente bien ser protagonista por una vez en mi vida.