Capítulo 5
AlaricCamino por la oficina intentando controlar los nervios mientras espero la reacción que tanto ansío conocer. ¿Le gustarán las rosas como a cualquier otra mujer? Espero que sí. Después de eso me acercaré un poco más, hasta reunir el valor para confesarle mi amor, esta obsesión que me quema por dentro.
Sonrío. Apenas puedo creer que esto me ponga más nervioso que una negociación que pende de un hilo o la subasta donde adquirí la cadena de supermercados. Aun así, lo haré. Haber estado al borde de la muerte me hizo entender muchas cosas y una de ellas es que tengo que reclamar lo que es mío.
Mi celular suena por fin. Contesto lleno de entusiasmo, que se evapora en cuanto escucho la terrible información.
—Una de las empleadas del área contable tuvo una alergia a causa de las flores. Esto es grave porque podrían demandar a la empresa.
—¡¿Quién?! —vocifero, imaginando lo peor.
—Harper Voss.
***
Harper—Ya les dije que estoy bien —les repito a mis amigas, que rodean mi cama como si me estuvieran velando—. Pueden irse, no me humillen más. Esto parece el ensayo de mi funeral.
—¿Preocuparnos por ti es humillarte? —gruñe Penélope, que se aparta el flequillo rubio de la frente para poder verme bien—. Eres una…
—Ni le hagas caso, está loca —resopla Aless antes de volverse hacia mí—. No nos vamos a mover de aquí hasta estar seguras de que no te vas a morir, estúpida.
—No creo que se muera, aunque me angustia que tenga la cara enrojecida —murmura Greta, que me está dando un doloroso masaje de pies por encima de la cobija—. ¿Por qué seguiste adelante, idiota?
—Tenía que ir a trabajar —mascullo sin mirarla—. Dios, intento que Anette me caiga bien, pero así no se puede.
—¿A qué te refieres? —inquiere Alessandra.
—A que yo le mencioné al señor Voss sobre las rosas. —Suelto un suspiro—. Y seguro que le llenó la recepción de ellas por agradecimiento a lo que hizo anoche… o a sus celos.
—¿Por lo del ahogamiento del rubio de hormigón? —Aless frunce el ceño—. ¿O a qué…?
—Sí, a eso —asiento.
—¿Por qué tendría que agradecerle con ese detalle? Voss ni siquiera es pariente suyo —dice Greta.
—No que sepamos —murmuro—. Además, puede que no sea solo agradecimiento, sino que está marcando su territorio.
—Ok, ya me puedo calmar. Está diciendo las mismas locuras de siempre —sonríe Greta y las demás se ríen—. Qué alivio, cariño.
—No sean así —gruño—. Estoy diciendo algo muy sensato. Cuando ese par se case, me van a pedir perdón de rodillas. Es más, cuando mi libro basado en eso sea un best seller.
—Ahora que lo pienso, Harper podría tener razón —dice Gret con cara de filósofa—. Si ayer le dijo a su jefe lo de las rosas y ahora la recepción está llena de ellas…
—Además, recuerda que me dijo que el señor Lancaster lo preguntaba —agrego—. ¿Hasta cuándo van a creerme?
Mis amigas se miran las unas a las otras. A pesar de que me duele la cara por la congestión, me siento satisfecha.
Lástima que esta vez no apostamos. Ahora sí necesito el dinero.
—Bien, reconozcamos que esto sí es raro —susurra Aless—. Espero que esas muestras de amor no terminen matando a nuestra pobre amiga.
—Descuida, ya me voy a prevenir —le aseguro—. Si el señor Voss me pregunta algo, le diré que no tengo idea.
—Eso será lo mejor —asiente Penélope—. Por tu propio bien y el nuestro, nada de darle consejos a ese idiota.
—¿De quién están hablando?
Todas ahogamos un grito. Las chicas se dispersan y dan paso a mi jefe, quien palidece al verme.
—Harper, ¿estás…?
—¡No me mire! —le grito, cubriéndome el rostro—. Señor Voss, lo siento, yo…
—Diríjanse a sus puestos —ordena él a mis amigas.
Su voz suena tan autoritaria que enseguida las tres se largan y no dejan ni el rastro de su perfume.
—Ah, qué lindas —gruño, sin todavía quitarme las manos de encima—. Señor Voss, deme un poco de tiempo y…
—¿Eres alérgica a las rosas? —me interrumpe mientras me sujeta las muñecas—. No te cubras, necesito verte.
—¿Para qué? ¿Para burlarse de mí? —gruño—. ¿Esta es una venganza?
Se me abren los ojos de par en par. ¿Y si él quiere matarme por lo que pasó anoche?
—¿De qué estás hablando, Harper?
Me estremezco. Puede que esté enojada, pero esa forma de sujetarme con firmeza está inundando mi portón de telarañas.
—Usted me quiere matar por lo que pasó anoche —lo acuso—. Cree que quise asesinarlo.
—No es verdad —replica, mirándome a los ojos—. ¿No recuerdas lo que dijiste ayer? Me diste a entender que las rosas te encantan, así que se preparó todo esto.
—Es que yo hablaba literalmente —admito con una risita nerviosa—. ¿Entonces no me quiere asesinar?
—Por supuesto que no. Yo solo…
—Ah, ahí estás —dice Anette, que llega a mi cama—. ¿Cómo estás, Harper?
El señor Voss me suelta y se separa de mí, lo que me deja claro que para él no soy más que una empleada alérgica al romance.
—Mejor. La enfermera ya me dio un antihistamínico.
—Tal vez habría que llevarla al hospital —murmura el señor Voss—. ¿Tú qué piensas, Anette?
—Hablé ya con la enfermera y me dijo que no es necesario.
—Es momento de que volvamos a trabajar —digo con una sonrisa falsa.
—De ninguna manera —responden ellos al mismo tiempo.
Hago un puchero sin poder evitarlo. Eso sonó demasiado sincronizado e incluso hasta les veo facciones parecidas. Dicen que las parejas compatibles se parecen entre sí.
El CEO y yo ya deberíamos darnos por vencidos. Bueno, él, porque yo ni siquiera estaba en la lucha por Adrian porque es imposible.
—¿Y qué haré? ¿Perder mi bono de asistencia? —me río—. Soy una simple auxiliar contable, así que me tengo que ganar el pan de cada día. Por cierto, Anette, se arruinó tu camisa por culpa de mi lavadora, pero te la pagaré en cuanto pueda.
—Te dije que no era necesario que me la regreses —responde ella.
—Siempre pago mis deudas.
—No te preocupes por el bono de asistencia. Supe que ya lo ganaste —me dice Adrian, que me sigue mirando cauteloso, como si en cualquier momento fuera a convulsionar.
—Felicidades —celebra la T/N.
Asiento despacio y esbozo una sonrisa desganada. Mis sentimientos por estos dos son tan contradictorios que comienzo a sospechar que, más que un personaje secundario, soy la villana que va a obstaculizar su amor.
Tengo que pintar una línea y alejarme de ellos ya mismo.
—Gracias por todas sus atenciones. Aun así, me quedaré.
—Bien, entonces tengo que ordenar que quiten esas flores —dice Anette—. De verdad, lo siento mucho. No pensé jamás que esto pudiera afectarte. De hecho, te iba a decir que las viéramos juntas.
—Tranquila, no tenías por qué saber.
Cuando ella se va y me deja a solas con el señor Voss, se me revuelve el estómago. ¿Estoy alucinando o él se ve preocupado?
—Le aseguro que me voy a mejorar —comento, nerviosa—. Esto me ha pasado muchas veces. Parece que soy alérgica a las rosas y a todo lo que se relacione con ese color.
—¿Alergia al color rosa?
—Es un chiste —me río—. Aunque sí lo odio. No me pregunte por qué, solo es una manía.
—Interesante —sonríe.
Cuando su mano está por acariciar mi mejilla, su teléfono vibra. No me sorprende demasiado ver que el suyo es como veinte generaciones más que mi pequeño cacahuate. Estoy segura de que debe tener un sueldo envidiable.
—Permíteme, es importante —me dice con tono tierno y se lleva el teléfono a la oreja—. ¿Sí?
No dejo de contemplar su perfecto rostro, por lo que me percato de inmediato del cambio de color. Está rosa como pollo crudo y se acerca al rojo de esos pétalos que me trajeron aquí.
—¿Recursos Humanos? Bien, ahora mismo me encargo de ese asunto.
—¿Qué sucede? —le pregunto asustada.
—Quédate aquí, no te muevas hasta que regrese —me pide con una mirada llena de advertencia—. Tengo que encargarme de un problema.
—¿Tiene que ver de nuevo con el dueño de esta empresa? —bromeo—. Porque…
—Sí, así es —espeta, acercando su rostro demasiado al mío—. Si no arreglo esto, todos vamos a morir aquí.
No sé si mi pulso se acelera, se desincroniza o se detiene, solo que ya empieza a faltarme el aire. Si no iba a conocer a San Pedro por la alergia, lo haré por culpa de este idiota.
—Entonces…
—Ahora vengo —dice con una frialdad sensual antes de irse a toda prisa.
—Uy, un nuevo chisme —sonrío—. Aunque espero que eso no meta en problemas a mi Aless.
Y es precisamente ella quien llega después de media hora, cuando me estoy levantando de la cama.
—¿A dónde vas, loca? —me regaña en voz baja—. ¿No dijo la enfermera que tienes que descansar?
—Ya me siento mejor. Además, estaba aquí cuando escuché un chisme. Necesito…
—Ah, sí, eso —dice con una mueca—. No sé cómo lo vas a tomar.
—¿Qué pasa? No me digas que te despidieron. Si es así, no me importa subir al último piso para…
—No, por Dios —se ríe, sujetándome por los hombros—. Mi puesto está a salvo.
—¿A quién te cogiste, perra en celo? —La miro con sospecha.
—Ay, ¿no confías en que mis capacidades son suficientes para mantenerme aquí? Eres la peor amiga, de verdad.
—No es eso. Yo sé que tú eres la más capaz, pero sabes que aquí no se conoce la meritocracia. Mírame a mí, que estoy por recomendación de mi tío.
—Luego hablamos sobre esa baja autoestima que me da ganas de raparte el cabello. Lo importante es que sepas lo que va a pasar con Sean.
—¿Qué? —jadeo—. ¿Lo regañaron o algo? Él es muy…
—Estaba con Anette en su cubículo. No pienses mal, no estaban haciendo nada malo. Él la llevó ahí para preguntar por ti y reclamar lo de las rosas. Aun así, parece que alguien filtró esa información y ascendió «al cielo»
—Ay, no —digo con voz temblorosa—. ¿Y qué…?
—Acaban de enviarle un correo a Sean para decirle que lo van a transferir a una de las cadenas de la compañía.
—Eso no puede ser —susurro, consternada—. Él no tiene nada con la T/N. O no lo creo.
—Los hombres celosos no piensan, se vuelven estúpidos.
—¿Crees que…?
—Sí, amiga —asiente—. Ahora sí creo que el CEO perdió la cabeza por Anette.