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Capítulo 6

La Maldita T/ N Del Ceo Celoso 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 6

Harper

No puedo evitar lanzar un grito cuando mi jefe entra a toda prisa a la oficina. Al verme, una expresión difícil de descifrar cruza su rostro y se me acerca.

—¿Me quieres explicar qué haces aquí? Te dije claramente…

—Lo siento, señor Voss, tenía que ponerme al día. Recuerde que tenemos trabajo pendiente porque estamos casi cerrando el mes.

—Eso lo sé, pero todavía tienes el rostro…

—Ya no me sentí mal —sonrío—. Hicieron muy buen trabajo retirando todas las rosas.

—¿De verdad? —cuestiona, analizándome como nunca.

—Sí, aunque me siento culpable porque estaban preciosas —digo con una mueca—. Pobre Anette, debió sentirse muy triste de que sus flores me causaran alergia.

—¿Flores para quién? —pregunta, confundido.

—No finja —me río—. Usted me preguntó por las flores y debió decirle al señor Lancaster que las pusiera.

—Bueno, sí, pero…

—Debemos trabajar —lo interrumpo—. Ya no quiero hablar de ese señor.

—¿Por qué?

—No se lo voy a contar. Irá a decírselo —refunfuño—. Es mejor que nos pongamos a trabajar.

—Dímelo —exige, tomándome del mentón.

Se me corta la respiración y empiezo a sospechar que tengo un shock anafiláctico tardío.

—De verdad todo está bien —le aseguro y retiro el rostro—. No quiero hablar del CEO; me tiene un poco cansada. Además, no puedo meterme en su vida personal.

—Harper, yo…

—Señor Voss, ¿puedo pasar? —pregunta Sean, que asoma la cabeza por la puerta.

—¿Qué hace aquí? —responde Adrian con tono golpeado—. Usted no pertenece a esta área y estamos en horario laboral.

—Yo ya no trabajo aquí, me van a transferir —dice mi amigo—. Nena, ¿podrías salir?

—Harper es una mujer adulta, no una niña —gruñe mi jefe.

Parpadeo varias veces. ¿Qué ha sido eso?

—Señor Voss, ahora vengo —digo, fingiendo enfado—. Tengo que despedirme de mi amigo.

—Entonces pase, señor…

—Green —completa mi amigo—. Gracias por la comprensión.

Mi jefe se va a su escritorio y actúa con una calma que apaga cualquiera de mis ilusiones de que esté celoso.

Aquí el único enamorado y con huevos para demostrarlo es el CEO. Creo que debería tener un amor platónico con él y no con el señor Hormigón.

—Lamento mucho que te transfirieran —le digo—. Es horrible.

—Sí —suspira—. De verdad quería seguir trabajando cerca de ti y más después de que me dijiste que pusiera mis labios en el menú.

Miro a Adrian. Sigue escribiendo en su computadora como si no hubiera escuchado ni una sola palabra.

—Prefiero que hablemos de eso en el chat —le susurro a Sean—. No podemos molestar al señor Voss con esas cosas.

—Es verdad, ahí te pasaré la dirección de mi casa en cuanto…

De pronto, un golpe seco resuena en la oficina. Mi jefe se levanta con brusquedad.

—Trae el repelente, Harper. Hay hormigas aquí.

—¡¿Hormigas?! —gritamos Sean y yo al mismo tiempo.

—¡Que vayas ahora mismo! —exclama Adrian, furioso.

No me lo tiene que decir dos veces. Salgo disparada, sin saber exactamente a dónde diablos ir. Por esa razón es que Natalie, la auxiliar del gerente de contabilidad, me detiene.

—¿Estás bien? —me pregunta—. ¿Qué fueron esos gritos?

—El escritorio del señor Voss está lleno de hormigas.

—¡Hormigas! —grita con histeria y todos los demás contadores se levantan.

—¡¿Dónde?! —preguntan algunos.

—Tranquilos, solo fue el escritorio del señor Voss —respondo—. Denme un repelente o algo.

Natalie asiente y me lleva corriendo a la pequeña bodega donde se guardan las cosas de limpieza. Por desgracia, no encontramos más que unos desinfectantes y unas toallas con cloro.

—Pues espero que con esto baste por ahora —murmuro—. Pobre señor Voss, no deja de tener mala suerte.

—¿A qué te…?

—Gracias por esto —la interrumpo.

Me voy de la pequeña bodega a toda prisa y regreso a la oficina. El señor Voss está de pie, con la mandíbula apretada y los ojos inyectados en sangre. Por suerte, ya no está Sean.

—Traje algo para limpiar —balbuceo.

Su mirada se endurece aún más.

—¿Se encuentra bien? ¿Le picó alguna hormiga? —inquiero con nerviosismo.

—No le basta con molestar a Anette, ahora a…

—¿Señor?

—¡¿Qué necesitas?! —me ladra. Al darse cuenta de su error, carraspea y recobra la compostura—. Perdóname, Harper, me exalté.

—Sí, eso se nota —mascullo con ironía y me acerco al escritorio—. Aquí no hay hormigas.

—Dame esto, limpiaré. —Me quita el desinfectante y las toallas.

Mi gran muralla de telarañas se tambalea cuando nuestras manos se rozan. Él sonríe de forma tensa y se inclina a darle una pasada al escritorio.

«Estos sustos me van a matar», pienso mientras regreso a mi lugar.

—Harper. Anette y yo vamos a estar fuera unos días.

—¿Qué?

—El señor Lancaster necesita que vayamos a Los Ángeles. Surgió un problema con la contabilidad de uno de los restaurantes.

—Oh, comprendo.

—Me aseguraré de que ese idiota no vuelva a llenar el lugar con flores —bromea.

Se me abren los ojos de par en par y luego dejo escapar una risita. ¿Acabo de escuchar lo que creo o ya me toca un lavado de oídos?

—Gracias. Es usted muy considerado —sonrío, cruzándome de brazos.

—Adrian, ¿estás listo? Nuestro vuelo sale en tres horas.

La voz de Anette me hace girar de inmediato hacia la puerta. Ella tiene una expresión preocupada en el rostro, pero me dedica una dulce sonrisa.

—Sí, ya estoy listo —asiente él—. Todos los asuntos quedaron arreglados.

Tras decir eso, me lanza una mirada intensa que me provoca un vuelco al corazón y me hace preguntarme qué tantas cosas esconde.

—¿Qué va a pasar conmigo? —pregunto—. Digo, es que…

—Tendrás un arduo trabajo durante estos días —me dice Adrian, mirándome como si me dejara la tarea de salvar al mundo—. Estarás tan ocupada que no tendrás tiempo de sentir mi ausencia.

—Pero…

—Descuida, cariño, no son tareas tan complicadas y vas a poder demostrar tus capacidades —me dice Anette con tono entusiasta—. Esto puede derivar en un ascenso.

—¡¿De verdad?! —grito incrédula y me cubro los labios—. Perdón, sí, acepto. Me encanta la idea, muchas gracias.

—Y sí, te pagaremos horas extras —añade mi jefe con dulzura.

Se me derrite todo, hasta la pantaleta. Creo que mejor sí voy a seguir enamorada de él, aunque sea un imposible.

—No les voy a fallar —prometo, ignorando el ardor de estómago que siento por saber que se irán juntos—. Haré el mejor de los trabajos.

A la hora del almuerzo, les cuento todo a mis amigas, que apenas me felicitan por lo que pasó.

—¿Por qué no se alegran? —les reclamo—. Me van a pagar horas extras.

—¿Celebrando la explotación laboral? —Greta arquea una ceja—. No lo sé, me parece extraño todo. ¿Por qué el señor Voss y Anette se tienen que ir juntos?

—Dijeron que fueron órdenes del señor Lancaster —me encojo de hombros—. Tal vez él también vaya.

—Sigo indignada por lo de Sean —gruñe Aless—. Yo de verdad quería que se diera algo entre ustedes y ahora lo mandan a otra ciudad. Es de locos.

—Espera —jadeo—. ¿Cómo que a otra ciudad?

—Sí, así como lo escuchas, amiga —asiente Penélope—. Al final, el corporativo decidió enviarlo a otra ciudad, solo que todavía no le comunican el destino.

—Esto es horrible —siseo, apretando los puños—. ¿Qué carajo le pasa al señor Lancaster?

—Es un desquiciado —masculla Alessandra—. Si tanto le gusta su asistente, debería decírselo, cogérsela o lo que sea.

—¿Y no cabe la posibilidad de que Anette no lo quiera? —propone Greta con aire de profesora universitaria—. Dicen que el señor Lancaster es un viejo, y debe ser tan feo que ni siquiera su fortuna sea capaz de contener las arcadas de ella.

—Le gusta Adrian, es obvio —mascullo—. Por eso el CEO está como loco. Quizás los mandó a Los Ángeles para vigilarlos de cerca y ver hasta dónde llegan.

Mi grupo ya no contesta. Se miran las unas a las otras, incapaces de contradecirme.

—Dios se apiade de nosotras —murmura Penélope—. Si eso es así, nos espera el infierno.

—En cualquier momento, nuestros hombres podrían ser transferidos si le dirigen la palabra a esa maldita T/N.

—Ahora soy yo la que cree que exageras un poco, Aless —sonrío—. Seguro que las calamidades van a pasar allá, no aquí.

—Tenemos que decirte otra cosa —sonríe ella, dándome un codazo juguetón—. No todo está perdido para ti.

—¿Qué?

—Sean no se va a trasladar; está buscando un trabajo cerca de aquí para seguir viéndote.

—¡¿Es en serio?! —exclamo con emoción.

Casi de inmediato, una mala sensación ensombrece mi alegría. Si él se queda cerca, se avecinan problemas.

Tengo que pedirle que jamás de los jamases vuelva a acercarse a este edificio.