Capítulo 7
HarperLas horas transcurren lentas. El señor Voss no mentía al decir que me dejarían a cargo de cosas importantes. Ya casi es cierre de mes y debo revisar la conciliación bancaria, además de verificar algunos saldos que, según él, no cuadraban.
—Espero yo también tener un auxiliar algún día —murmuro mientras leo minuciosamente el estado de cuenta.
No hay errores, todo coincide. La sensación de perfección me causa risa, porque esta es la primera vez que todo encaja.
Desde que Adrian Voss llegó aquí, la empresa ya no parece fraudulenta.
—Qué lástima que ahora te vas a acercar más a la T/N del CEO —susurro, de pronto desanimada.
Después de guardar mis cosas y colocar las carpetas en su lugar, me dirijo al escritorio de mi jefe, donde dejó colgado un saco. Sé muy bien que debería abstenerme, pero no puedo perderme las pequeñas oportunidades que me da la vida.
Acerco la tela a mi nariz y se me paraliza el cuerpo entero; incluso diría que acabo de tener un orgasmo olfativo. Siempre me he sentido fascinada por su olor y sentirlo así de cerca es, sin duda alguna, la gloria.
—¿Qué haces?
Dejo escapar un grito y el saco se me cae al suelo. Aless arquea una ceja para después soltar una carcajada estruendosa.
—Ese tipo te gusta más de lo que quieres admitir.
—Me gusta, pero tampoco es para tanto —gruño, dejando el saco en su lugar—. Además, estoy ovulando.
—Qué tierna eres, mi vida —se ríe—. ¿Tú piensas que no sé cuándo ovulas? Eso fue hace días. A ti te va a venir hoy o mañana.
—Estás enferma —gruño, aunque en el fondo me encanta que lo sepa—. Métete en tus asuntos.
—Tú eres mi asunto ahora —dice con una sonrisa malévola.
—Confiésalo: yo te gusto y me quieres para ti, ¿cierto?
Las dos nos mantenemos en un silencio dramático, que se rompe con nuestras risas.
—Deberías decirle lo que sientes a tu jefe —me dice cuando nos calmamos un poco—. Tal vez…
—No, claro que no —la interrumpo mientras me cuelgo el bolso—. Hará que me despidan, todo se volverá raro y…
—Y está Anette —completa con un deje de rencor—. ¿Sabes? Me pasa lo mismo que a ti: no la trago. Siento que su presencia vino a poner patas arriba la empresa.
—Y yo también —suspiro—. Te juro que intento apreciarla, y lo hago, aunque todavía siento recelo. Ojalá todo vaya bien.
—Por cierto, alguien te está esperando afuera —canturrea—. Creo que no deberías hacerlo esperar tanto.
—Oh, mi Dios —digo asustada.
—No te preocupes. Si Anette no está aquí, entonces no hay problema. —Me guiña un ojo.
Ese argumento es lo que necesito para terminar de relajarme y me lanzo a abrazar a Sean en cuanto lo veo.
—Me enteré de que renunciaste —le digo cuando se me pasa el ataque de euforia—. ¿Estás bien?
—Sí, Harper —asiente con una linda sonrisa—. Estoy mejor que bien porque ahora nadie nos va a molestar y no habrá malos entendidos.
—Sigo furiosa —mascullo—. ¿Cómo pudo pensar el CEO que tú tienes algo con Anette?
—No lo sé, pero tampoco pienso vivir agobiado por eso —se encoge de hombros—. Lo importante es que ya conseguí trabajo en el supermercado Glenn.
—Oh, mi Dios, está muy cerca —jadeo—. ¿Estás seguro de que…?
—Sí. Este lugar nada tiene que ver con la empresa, así que no debería importar. No quiero nada con Anette y él ya puede estar seguro.
—¿Y yo puedo estar segura? —bromeo. Mi amigo no se ríe—. Es un…
—Solo me interesas tú, Harper —me interrumpe con una mirada dulce—. Sé que tú todavía no llegas a enamorarte como yo de ti, pero podrías llegar a hacerlo.
Suelto un suspiro. Tal vez no sea ni la mitad de guapo que mi jefe, pero me encanta su sonrisa y que sea transparente.
—Sí, sin duda —susurro, dejando que me tome de la mano—. Poco a poco, ¿sí? Me gustas mucho, así que ya vamos por buen camino.
—Y no sabes lo feliz que eso me hace. ¿Quieres ir a cenar?
Saco mi celular y hago una mueca.
—Creo que es mejor esperar al fin de semana —murmuro—. Hoy me toca lavar el baño.
—Entonces te acompaño a tu casa.
—Esa idea sí que me encanta.
Sin soltarnos, nos dirigimos a la parada de autobuses. Me la paso tan bien con él que ya casi puedo imaginar nuestra vida de casados y los hijos que vamos a tener, pero de pronto empiezo a sentir algo extraño, como si alguien nos vigilara.
—¿Qué sucede? —inquiere Sean—. ¿Te sientes mal todavía?
—No es eso, es que…
Volteo hacia atrás y no hay nadie. Aun así, me recorre un escalofrío.
—¿No te parece que está muy solitario?
—Sí, saliste más tarde de lo normal. Igual no pasa nada, siempre llevo esto.
Saca de su bolsillo un pequeño tubo.
—¿Gas pimienta? —pregunto con una sonrisa.
—Así es. Nunca sabes cuándo alguien puede necesitar ayuda.
—Dios mío, eres maravilloso.
Le doy un beso en la mejilla y él se sonroja. Es adorable.
—Vamos —me dice, abrazándome por los hombros—. Compraré uno de estos para ti, ¿de acuerdo?
—Mejor no —me río—. No sea que se lo lance a cualquier persona que me asuste.
Su carcajada resuena en la calle y no puedo evitar contagiarme con su alegría. El autobús llega en ese momento y nos subimos entre risas y miradas cómplices.
—¿Y qué? ¿Vas a disfrutar de estos días sin esos dos? —me pregunta durante el camino—. Alessandra me comentó que se fueron a Los Ángeles juntos.
—No sé si lo voy a disfrutar, sabes que viene fin de mes —respondo en voz baja—. Igual pienso hacer lo mejor posible porque quiero que me asciendan.
—Espero que ese tipo sí lo considere. Mereces ser algo más que auxiliar, aunque sea algo muy digno.
—Sí, yo estudié para ser algo más y lo lograré —sonrío—. Quiero ser escritora, lo sabes. La contabilidad es…
—Sí, no me lo tienes que decir —me interrumpe—. Y quiero ser el primero que reciba una copia de tu libro.
—Eso dalo por hecho. Solo no se lo digas a ese trío de locas que tengo por amigas.
—Tu secreto está a salvo conmigo —bromea—. ¿Me lo vas a firmar?
—¿Qué más quieres? ¿Que le ponga besos?
—Sí, pero no en el libro.
Le doy un pequeño codazo y ambos sonreímos. Simple y sencillamente, es relajante tener mi propia historia también, así sea mucho más normal y menos interesante que la de Anette.
Supongo que, para una NCP como yo, esta es la felicidad.
Al bajarnos del autobús, el alma me regresa al cuerpo. Por fin estoy en la familiaridad de mis calles y el ruido de la gente que actúa como si fuera mediodía.
—Vaya que sí es alegre por aquí —comenta Sean—. Me gusta mucho.
De camino hacia el edificio, saludo a varios de los vecinos, que no tardan en preguntarme la identidad de mi acompañante. Sin ningún reparo respondo que es mi amigo y que quizás algún día sea algo más.
—Gracias, me sentí importante —me dice Sean cuando subimos a mi piso—. Qué linda es la gente aquí. En mi vecindario ni siquiera conozco a los vecinos.
—Deberías mudarte cerca —propongo en broma—. Los alquileres no son nada despreciables.
—Sí, tal vez debería —asiente.
En medio del pasillo me detengo en seco para frotarme los ojos. No puedo creer quién está frente a mi departamento, a punto de tocar el timbre.
—Espera, ¿ese no es…?
El señor Voss voltea antes de que pueda salir de mi incredulidad. Tampoco me da tiempo a plantearme una hipótesis porque, en menos de tres segundos, ya lo tenemos frente a nosotros.
—Señor, ¿qué hace aquí? —balbuceo, tensa y con el corazón al borde de un paro—. ¿No estaba…?
—El que debería hacer preguntas aquí soy yo, ¿no? ¿Qué hace él…?
—Vine a acompañarla, somos amigos —lo interrumpe Sean sin intimidarse—. ¿Tiene algún problema con eso?
—Supe que no aceptó renovar el contrato en otra sucursal —masculla mi jefe.
—No, porque eso habría implicado mudarme lejos y no puedo dejar de estar para la gente que quiero.
—Iba a tener un mejor sueldo. ¿O acaso no lo leyó? —prosigue mi jefe como si intentara convencerlo.
«Me parece que hay celos de ambas partes», pienso con cierta emoción y, al mismo tiempo, rabia.
¿Por qué Anette no puede ser el objeto de obsesión de un solo tipo?
—Perdón que me meta en este asunto, pero me gustaría saber qué hace en mi casa —intervengo.
Mi jefe por fin me mira, aunque desearía que no lo hubiera hecho. Ahora me siento como si hubiera frenado la mayor negociación de la historia de Lancaster Corporation.
—Tienes que empacar tus cosas, nos vamos a Los Ángeles —dice sin más.
—¡¿Qué?! —exclamamos mi amigo y yo.
—El señor Lancaster consideró que no es adecuado que Anette y yo viajemos solos, así que pidió que llevara a una mujer de confianza. Pues esa persona eres tú. Vámonos ahora mismo.
—Yo…
—No puedes decir que no —me interrumpe Adrian con una sonrisa macabra—. Si de verdad quieres ascender en la empresa, tendrás que venir. Son órdenes del señor Lancaster.