Capítulo 8
HarperDe acuerdo, ya no creo ser un NPC normal; ahora subí de categoría. Estas cosas no les pasan a la gente común y corriente, solo a los verdaderos protagonistas de las historias, a personas influyentes o poderosas.
«Recuerda que esto es por Anette, tú eres un instrumento para los deseos perversos del CEO», pienso para calmarme mientras empaco algunas cuantas prendas en mi mini maleta.
Me da mucha vergüenza que Adrian Voss vea esto. Sin embargo, no me queda más que obedecer las órdenes del señor Lancaster. Además, en cierta parte me beneficia. Puede que logre que esos dos no se acerquen más, que ese hombre poderoso se acuerde de mí y hasta me dé un bono.
La posibilidad de tener a mi jefe para mí ya la estoy olvidando. Un hombre tan hermoso y sofisticado no puede fijarse en una chica con uñas mordidas, personalidad genérica y que nunca se acerca a los clásicos a menos que tenga insomnio.
—Hija, ¿qué es lo que está pasando? —me susurra mamá al entrar a mi cuarto—. ¿De verdad te vas a ir con tu jefe a estas horas?
—No me queda más remedio —me encojo de hombros—. ¿O tú qué harías?
—No lo sé —admite—. Por cierto, es muy lindo.
—Es una pared de hormigón —me río—. Aunque en estos últimos días he notado que tiene sus arranques.
—¿Te grita? —Abre los ojos de par en par.
—No, pero creo que está interesado en la asistente del señor Lancaster. Este último también parece amarla en secreto. Las cosas se han puesto candentes en la oficina.
—Me tienes que contar eso —jadea—. Aunque…
—¿Qué?
—No sé, me dio la impresión de que el señor Voss está interesado en ti.
Niego con la cabeza de forma enérgica, pero las mariposas en el estómago aparecen sin que lo pueda evitar.
—¿Por qué dices esas tonterías, mami?
—Por la manera en que te mira y porque no dejó que Sean pasara al departamento.
—Estás mal —mascullo—. El señor Voss está enamorado de Anette, la asistente. Estás contando mal la historia.
—Hija…
—No me metas historias en la cabeza —la corto—. Suficiente tengo con las que yo me invento.
—Y donde nunca te das el permiso de ser la protagonista —gruñe—. Siempre pones mujeres ricas, diferentes a ti. ¿Por qué, mi amor? ¿Por qué piensas que una chica tan especial como tú no puede gustar a un hombre tan atractivo como tu jefe?
—Mejor da terapia a tus pacientes —respondo con tono golpeado—. Ya le gusto a Sean y eso es suficiente para mí. No tengo posibilidad alguna con el señor Voss.
—Hasta llevan el mismo apellido, ¿eso no te dice nada?
—Quizás hasta somos parientes —me río, intentando deshacerme del nudo en la garganta.
—Lo dudo mucho —sonríe—. Tu padre tiene pocos familiares y ninguno es rubio; tampoco hay ningún Adrian en los registros más próximos. Lo que tú haces es minimizarte, como siempre.
—Mamá…
Ella me da un beso en la frente.
—Por favor, cuídate mucho —me suplica—. Aunque tú no veas tu valor, yo sí. Si no regresas bien a casa, me volvería loca, ¿me entiendes?
—Te amo, mami. Claro que voy a regresar bien.
—Eso espero. Ah, y apresúrate, que tienen que tomar el vuelo dentro de poco.
—Está bien.
Al cerrar la maleta y enderezarme, me atraviesa un fuerte cólico. Aprieto los dientes y corro al baño a revisarme.
—Maldita sea —mascullo al notar el sangrado en el papel—. Alessandra es una bruja. Ahora no podré meterme en una piscina.
Mi caja de tampones sin abrir aparece en mi campo de visión. Los compré hace dos meses, cuando pensé que iba a ir a la playa con mis amigas. Esa salida se canceló por el fallecimiento del señor Lancaster padre, tío o lo que sea.
—¿Debería llevarlos…?
Finalmente decido llevarme algunos cuantos para probar. También empaco mis toallas sanitarias de siempre, las que son mi puerto seguro y a las que con gusto haría propaganda si me atreviera a ser influencer.
Ruego al cielo que no me den esos retortijones hijos de puta que no me dejan sumar ni dos más dos.
Cuando salgo, mi jefe está hablando y tomando café en la sala. Al verme, baja la taza con lentitud y me observa sin disimulo alguno.
¿Se sentirá bien? ¿Mi atuendo de jeans con camisa de tirantes blanca es inadecuado para viajar?
—Eh… Podemos irnos —murmuro, sonrojada.
—Deberías ponerte una chaqueta y sujetarte el cabello —dice él sin levantarse, como las normas de educación dictan. Además, tiene la voz muy ronca—. Necesito terminarme el café.
—Sí, hija, ponte una chaqueta —asiente mi madre—. Iré por ella.
Ella se va y miro con el ceño fruncido al señor Voss.
—¿Se siente bien? ¿Está mal de la garganta? —inquiero con preocupación.
—No —gruñe con las mejillas rojas—. Te dije que necesito terminarme el café.
No vuelve a mirarme hasta que termina de beberlo y se pone de pie justo cuando mamá me ayuda con lo de la chaqueta.
—No puedo llevar el uniforme de la empresa porque está recién lavado y secado. Lo metí en la maleta —le explico al salir del edificio—. Por cierto, mi boleto…
—Está todo cubierto, no te preocupes —dice con seriedad—. Tú debes acompañarnos, nada más.
—El señor Lancaster está loco —me río. Carraspeo al ver su mirada de enfado—. Me agrada, ¿sabe? Se nota que cuida de su chica.
—¿De qué hablas?
—Ay, no finja. —Le doy un pequeño codazo—. El señor Lancaster está perdido por Anette y no sabe cómo demostrarlo.
—No sé por qué piensas eso —dice entre dientes—. Es…
—Descuide. Si no le gusta este tema, entonces no lo hablamos. Lo último que quiero es meterlo en problemas.
—Ya tengo demasiados —susurra.
—¿Qué?
—Que trabajaremos en Los Ángeles —se corrige—. Es fin de mes, así que tenemos que hacernos tiempo para terminar de registrar todo.
—Los archivos están…
—Tranquila, ya me encargué de eso. —Alza su portafolio—. No necesitarás nada más.
—Genial —sonrío.
—Harper, ¿por qué dices que…?
—¡Señor Lancaster! —exclama un chófer, que corre hacia nosotros y se detiene jadeando.
—¿Eh? —pregunto confundida.
—Perdón, es la costumbre —se ríe el hombre—. Es que…
—Es el chófer del señor Lancaster —me explica Adrian sin alterarse—. Vamos, iremos en su auto.
—¿Dónde está Anette? —inquiero extrañada.
—En Los Ángeles. Tuve que venir por ti —responde con una leve sonrisa—. Vamos.
Casi se me va el alma cuando veo el auto en el que nos vamos a subir.
—Pensé que solo nos prestarían al chófer e iríamos en su auto —balbuceo—. ¿Qué demonios?
—¿Qué pasa? Es un simple auto —responde Adrian con naturalidad.
—Es un Rolls-Royce —jadeo—. ¿Está de broma? Ay, ya no me quiero subir.
—No puedes negarte —gruñe él, tomándome del brazo—. Esto es mucho mejor que ese autobús al que te subiste con ese…
—¿Cómo sabe que nos subimos a un autobús?
Arquea una ceja y de inmediato me siento tonta. Pues claro, ¿por qué una auxiliar contable vendría en un Mercedes o un taxi?
—Lo culparé si algo se rompe —mascullo—. Es…
—Pareces fan de los autos —sonríe—. Ni siquiera el señor Lancaster, que en paz descanse, lo sabía.
—¿Era suyo?
—No, pero…
—Menos mal —suspiro—. Así su espíritu no me persigue. Y sí, me encantan los autos.
Me subo a ese penthouse con ruedas y lo primero que me impacta no es el lujo, sino que el olor de Adrian está impregnado. No huele a nuevo ni a cuero, sino a él.
Los dos deben usar la misma colonia.
—¿Te gusta? —me pregunta Adrian con una leve sonrisa.
—Bastante, aunque noto algo extraño.
—¿Qué? —Frunce el ceño.
—Nada —me río—. Es una tontería.
—Dudo mucho que tú digas tonterías.
Suelto una carcajada que acallo poniéndome la mano en la boca.
—Si usted fuera mi amigo, creo que no diría eso —le suelto—. A veces hasta las chicas tienen que callarme porque no tengo filtros.
—Podríamos serlo —responde con seriedad.
Me atraganto con la saliva. Sí, mis oídos deben estar ya en las últimas.
—¿Qué?
—Al menos fuera de la oficina, ¿no lo crees? Veo que te llevas bastante con ese tal…¿Sion?
—Sean —lo corrijo—. Bueno, él y yo somos de la misma categoría, por eso podemos ser amigos. Nosotros no, porque usted es mi jefe y yo suelo tomar confianza muy rápido.
—¿Es decir que llegarás tarde y dirás cualquier cosa en la oficina?
—Puede ser —sonrío—. Por eso…
—Entonces acepto —me interrumpe, extendiéndome la mano.
Mi corazón se acelera más. Él ha hablado de la posibilidad de ser amigos, no ha dicho que le gusto. Aun así, se siente como una declaración de amor.
«No te ilusiones. Seguro quiere ser tu amigo para que le ayudes con su amor», me susurra mi conciencia.
Decido estrechar la mano del señor Voss de todos modos. Cuanto antes me meta en la cabeza que no es para mí, mejor.
—Era un chiste lo de llegar tarde —le aclaro cuando lo suelto.
Sacudo la mano discretamente para intentar recuperar la circulación. No es que me hubiera apretado, sino que la electricidad que me recorrió el cuerpo cambió algo dentro de mi cuerpo.
¡Dios mío! ¡Ya estoy sintiendo cosas de T/N! ¿Será normal?
—A mí no me molesta que te tomes ciertos atrevimientos mientras sigas haciendo tu trabajo —responde con esa dulzura que derrite glaciares enteros—. Creo que he sido muy rígido contigo. Llegué a la empresa con reservas, pensando que todos hacían…
—Ah, sí, fraudes —asiento.
—¿Lo sabías?
—Algo así. Bueno, siempre sospeché que había muchas inconsistencias, pero como auxiliar contable tenía que apegarme a lo que mi jefa anterior me dijera. Por eso me alegra que ahora esté aquí. Es la primera vez desde que entré a la compañía que siento que las cosas funcionan como deberían.
—Me alegra, Harper.
Su sonrisa me hace voltear hacia otro lado. Es tan hermosa que no quiero ponerme a suspirar como una desquiciada. A pesar de que me duela ser solo su amiga, no quiero que esto se termine.
Llegamos al aeropuerto después de lo que me parece una eternidad. Al poco tiempo descubro que no nos dirigimos hacia una sala de espera normal, sino a una bastante exclusiva y que ni siquiera sabía que existía.
—¿Qué diablos? —murmuro—. Hay de todo aquí.
—Sí, esto es lo que se vive en los viajes que paga el señor Lancaster —responde Adrian con un tono orgulloso.
—Si esto se lo paga a simples mortales como nosotros, no quiero imaginar lo que le pagaría a su familia o pareja —digo con tono entusiasta—. Uy, me encanta.
—¿Te gustan los lujos?
—¿A quién no? —Me encojo de hombros—. Igual tengo los pies bien puestos sobre la Tierra. Si algún día obtengo todo esto, será porque uno de mis libros triunfó. Muero de ganas de que eso pase, señor Voss.
—Adrian —me corrige—. ¿No dijimos que somos amigos?
Lo miro con cara de querer hacer popó. Y la verdad es que, cada vez que me habla así, mi tránsito intestinal acelera el ritmo. Este hombre altera todo mi equilibrio mental y físico.
—Tiene que darme tiempo —mascullo—. Además, estamos en un viaje laboral, ¿no es así? Ese asunto podemos discutirlo cuando volvamos.
—Bien —accede con una sonrisa burlona—. ¿Quieres beber algo?
—No, prefiero esperar sin tocar nada. Puede que usted esté acostumbrado a esta clase de cosas, yo no.
—Vamos, nadie te cobrará nada si lo rompes.
—¿Y por qué cree que voy a romper algo? —gruño—. Ya empezamos mal esta amistad, que quede claro.
—Perdóname —suplica—. No es mi…
Me echo a reír.
—Es un chiste, señor Voss —digo entre risas—. Tendrá que acostumbrarse a que lo asuste cada vez que pueda.
—Anotado —farfulla. Suena como si hubiera tenido un pequeño infarto.
Al final terminamos acomodándonos en una mesa con asientos acolchados y de olor delicioso. Estamos cerca de una pastelería.
—¿De verdad no vas a pedir nada? Tenemos al menos media hora antes de que esté listo el jet.
—¿Jet?
—Sí, viajaremos en el jet privado del señor Lancaster.
—Me va a dar algo —jadeo, abanicándome con ambas manos.
—Tranquila, no es algo que a él le moleste —me asegura—. Por favor, pide algo. Todo corre por cuenta de la empresa.
—De acuerdo, tal vez un licuado de moras —murmuro—. Me gusta mucho. Ah, y un pastel de chocolate.
—Qué extraña combinación —se ríe.
«¿Por qué tiene que ser tan adorable?», me quejo por dentro.
—Debería probarlo. Claro, a menos que le dé miedo romper la dieta.
—Yo no estoy a dieta —me aclara con seriedad.
—¿Ah, no? ¿Y ese…? Perdón, lo que quise decir es que se ve en forma.
—Existe algo que se llama gimnasio. Deberías probarlo e ir juntos.
—¿Me está llamando gorda?
Se le desorbitan los ojos y pierde todo el color en las mejillas. Debería ofenderme, pero he aprendido a conocerlo y saber que nunca hay malas intenciones detrás de sus palabras.
—¡Es broma! —me apresuro a aclararle antes de que se ahogue—. Sé que estoy delgada.
—Discúlpame, Harper —dice preocupado—. Creo que yo también soy imprudente en el momento menos pensado.
—Ya veo. Creo que al final sí vamos a poder ser amigos —sonrío—. Iré por eso que…
—No, yo voy —me corta, levantándose del asiento—. Quédate aquí y disfruta. Vas a tener aún más trabajo que yo, así que es lo mínimo que puedo hacer.
Cuando se aleja y me percato de que no me está viendo, hago un mini bailecito. No me ha propuesto matrimonio ni insinuado que le gusto, pero estoy emocionada. ¿Y si algún día tenemos posibilidades? Digo, es más que obvio que el CEO se terminará ganando a Anette con todo su despliegue de lujos y consideraciones.
Yo me tengo que encargar de que así sea.
De pronto, un fuerte calambre hace que toda esa felicidad se evapore y me abrazo a mí misma para intentar soportarlo.
—Dios, que no manche el asiento —susurro, con los párpados apretados—. ¿Por qué me tenía que pasar esto?
—Harper, ¿qué te pasa? —me pregunta Adrian.
Abro los ojos y me encuentro con su expresión de espanto que cada vez es más común en él. En la mesa ha puesto dos rebanadas de pastel y un par de malteadas de mora.
—Cosas de mujeres —farfullo—. Ya se me pasará.
—Hazte a un lado —me pide.
Sin pensarlo demasiado, me recorro en el asiento y él se sienta a mi lado.
—¿Dónde duele? —inquiere con un tono que lo hace sonar como médico.
—¿Eh?
—Que me digas dónde duele —gruñe.
—El vientre.
Adrian me quita la mano con delicadeza y la reemplaza con la suya. No la deja quieta, sino que empieza a moverla suavemente y poco a poco ese dolor va pasando.
—¿Qué hace? —inquiero, agitada.
—Mi madre me enseñó esto —murmura—. Puedo conseguirte también un té cuando estemos en el avión.
—No, pero…
—No digas nada —susurra—. Relájate, ya va a pasar.
Mis ganas de besarlo son proporcionales al tamaño de todo el universo observable y un poco más. Este hombre no podría ser más perfecto porque dejaría de existir para volverse una leyenda.
Definitivamente, Sean no va a poder entrar en mi corazón mientras Adrian Voss siga en él.