Capítulo 9
HarperEl efecto de esas caricias persiste incluso cuando despegamos. Aun así, no puedo relajarme. Estar tan cerca de él y tener toda su atención no es algo a lo que pueda acostumbrarme.
Nunca esperé llegar tan lejos.
—¿Te sientes mejor, Harper? —me pregunta cuando vuelve con una bebida caliente—. Toma, esto te hará sentir mejor.
—No creo que sea correcto que tomemos cosas de aquí —susurro, mirando a mi alrededor.
Si el auto era lujoso, este jet es un derroche en toda regla. El sofá en el que estoy es la superficie más costosa que ha tocado mi trasero. Incluso respirar aquí se siente caro.
—¿Por qué no? Todo esto es para nosotros —se encoge de hombros y me acerca la taza a los labios.
Bebo de manera involuntaria y dejo escapar un gemido. El té tiene la temperatura perfecta y ese sabor dulce y cálido llena mi pecho al instante. Sin duda, esos pequeños detalles son los que más me enamoran de una persona.
Esto no va a terminar bien si Adrian tiene algo con Anette.
—No me gusta que hable como si todo esto fuera suyo —confieso—. Es raro.
—Perdóname si te estoy incomodando —responde con el ceño fruncido—. No es mi intención que te sientas así. Además, no es que el señor Lancaster vaya a empobrecer por un simple té.
—Pues está exquisito. No me puedo imaginar lo caro que es —me río—. Menos mal que usted es como yo.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, no es tan pobre, evidentemente —añado con tono jocoso—. Pero me agrada que sea uno más de nosotros. Jamás podría estar con alguien a quien lo rodea esta clase de lujos.
—¿Por qué? —inquiere con los dientes apretados—. ¿Qué hay de malo en progresar? Tú misma dijiste…
—Sí, quisiera obtener esas cosas por mí misma. Solo así sentiría que puedo estar con alguien que lo tenga todo.
—No creí que te importaran las clases sociales —sonríe.
—No me malinterprete, señor Voss —digo seria—. No me gustaría estar en una relación donde yo me encuentre en desventaja. Quiero que, cuando me una a alguien, poder aportar. También me importa el desequilibrio de poder y todas esas tonterías que seguro no quiere escuchar.
—Al contrario, me encantaría hacerlo. Tenemos cuatro horas y media de vuelo por delante.
—Deberíamos ponernos a trabajar.
—Me temo que no.
Se me acelera más el pulso. Estar tan cerca el uno del otro es demasiado peligroso. Si él me pidiera hacer cositas, no creo que mi periodo me detuviera.
—Anda, dime todo lo que piensas —insiste—. Me encanta escuchar las cosas que dices.
—Ya le dije lo que pienso —respondo con una voz espantosa—. ¿Me puedo tomar el té? Ya me lo sirvió y lo contaminé, así que…
—Yo te lo daré. Si te lo tomas tú, te vas a manchar. Te tiemblan las manos.
Al mirarlas, me doy cuenta de que tiene razón. Esas desgraciadas parecen panderetas en plena celebración eclesiástica.
—¿Por qué no me hablas sobre tus libros?
Me pongo más colorada y hasta siento que me sale humo por las orejas.
—No creo que le interesen, son lecturas para chicas —murmuro—. Me dedico a observar la vida de los demás para inspirarme.
—¿Sí? ¿Y me dejarás leer algo de eso algún día? Te aseguro que no me molesta no ser tu público objetivo. Tal vez te sorprenderías de lo que podría llegar a disfrutarlo.
—No lo creo. Son muy gráficos —le suelto—. Pensará que soy una pervertida y…
Sus ojos se oscurecen y descienden a mis labios.
—¿Pervertida? —pregunta con esa voz ronca que le salió en mi casa.
«Qué sexi es, Dios mío», pienso excitada.
—Olvídelo —susurro—. Es que…
—No creo poder hacerlo.
Sin más preámbulos, me besa. Se me abren los ojos de par en par, aunque casi de inmediato se me cierran. Sus labios son voraces y, al mismo tiempo, tan delicados que me derriten.
No tengo ni puta idea de cómo besar. Sin embargo, correspondo y me dejo llevar por esa lujuria que asesina a todos esos calambres abdominales.
¿En qué momento me convertí en un personaje secundario con historia propia? Ni idea, solo sé que estoy agradecida con el de arriba.
—Harper —gruñe, mordiendo ligeramente mi labio inferior—. Me encantaría leer esas perversiones.
—¿Sí?
—Muchísimo.
Su mano toma la mía y la dirige a un sitio bastante endurecido. Doy un respingo y él frunce el ceño.
¿Le estoy tocando la palanca de cambios? Qué delicia…
—Lo siento —se disculpa, desconcertado—. Yo…
Aprieto su erección. Tal vez mañana me quiera lanzar de una azotea. Esta noche, en cambio, pienso aprovechar.
—Me gusta —respondo—. Quiero seguir tocándolo.
Adrian vuelve a besarme y esta vez no se priva de colocar una mano sobre uno de mis pechos. Siempre he sido una mujer tímida y pudorosa a la hora de estar con chicos —y es por eso que no paso jamás a segunda base—, pero con este sujeto lo deseo todo.
—¿Quiere verlos? —le pregunto entre jadeos.
Él asiente, completamente embobado, lo que me da la valentía para quitarme la chaqueta, la camisa y el sostén casi al mismo tiempo.
Deja la taza en una pequeña mesa y se acomoda. Me levanto y le dedico una enorme sonrisa mientras me acerco para sentarme a horcajadas sobre él.
Al hacerlo, casi me da algo. A pesar de la toalla que llevo, puedo sentir una deliciosa fricción.
—Son perfectas, Harper —susurra.
—Adrian —gimo al sentir sus dedos jugando con mis pezones.
—Sí, di mi nombre —musita.
Esta vez soy yo quien lo besa y toma las riendas de la situación. Desabrocho los botones de su camisa y voy descubriendo poco a poco su musculoso pecho.
Es mucho mejor de lo que imaginé. Adrian Voss es la perfección hecha hombre.
—Me encantaría lamerte —ronroneo.
—Hazlo —responde.
Me lanzo a obedecerlo y me maravillo con la sensación rasposa en mi lengua y ese olor varonil que ahora es ligeramente distinto al de siempre.
Mi jefe me sujeta por las caderas y me mueve de adelante hacia atrás. Dejo de lamerlo y lo miro a los ojos con desesperación.
—Dentro de muy poco voy a estar dentro de ti —masculla.
—¿Por qué no ahora? —le suelto y me echo a reír de inmediato.
—Sí, lo haré. Hasta el fondo, sin nada.
—¿Sin condón?
—Sin nada.
—Sí, hazlo —gimoteo—. Quiero sentirte.
Todo se ve interrumpido por el orgasmo que me sacude el cuerpo entero y me hace saludar a San Pedro por un segundo. Adrian endereza la espalda y me rodea con los brazos. No deja de besarme hasta que los espasmos empiezan a ceder.
—Creo que no será hoy —se ríe suavemente—. Nos corrimos antes de tiempo.
—¿Qué? ¿Usted…?
Me aparto de golpe y noto el desastre en sus pantalones. Una risita temblorosa se me escapa, pero él no parece incómodo en lo más mínimo. Sigue siendo salvaje, macho, dominante y seguro de sí mismo.
—Esto es lo que causas en mí, Harper —dice sonriendo—. Y más vale que me dejes ser el primero en leer tus perversiones.