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12. CAOS

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12. CAOS

Christian.

Hace unas horas.

Estoy sentado en uno de los sofás de cuero negro del club, con un cigarro entre los dedos y un vaso a medio terminar sobre la mesa. El humo se eleva lento frente a mí, difuminando un poco las luces rojas del lugar.

Hace unas horas envié a Alice de vuelta a la mansión después del baile. Tuve que hacerlo; no sé qué mierda me pasó, pero en ese momento se me nubló la cabeza y por un instante, olvidé por completo el verdadero motivo de este matrimonio y todo lo que representa.

Y no me gustó.

No me gusto no tener el control por un breve instante. Es algo que no me puedo volver a permitir.

O al menos no con ella.

Por eso la mandé de vuelta. Necesitaba espacio y necesitaba pensar.

Doy otra calada al cigarro y suelto el humo despacio.

Frente a mí, escucho a Axel reírse con dos mujeres prácticamente encima de él. Una está sentada sobre sus piernas y la otra inclinada hacia su rostro, ambas con ropa que deja muy poco a la imaginación, mostrando sus figuras voluptuosas y traseros firmes.

Lo conozco desde hace años y es uno de mis mejores amigos.

Antes de Madison y de todo esto, solía venir a lugares como este con él. Axel es una figura reconocida en los clubes más exclusivos y el tipo de hombre que nunca se ha complicado con relaciones, multimillonario y uno de los solteros más codiciados del país, completamente desinteresado en atarse a alguien. Las mujeres, básicamente, compiten por tener una noche con él.

Antes éramos conocidos por ser la dupla que siempre terminaba llevándose a las mujeres más hermosas del club a la cama.

Aunque yo dejé de hacerlo, el no cambia.

Exhalo otra nube de humo y dejo caer la espalda contra el sofá, pasándome una mano por el cabello, frustrado por no poder sacármela de la cabeza.

Cuanto más lo intento, más se queda su imagen clavada en mi mente; no dejo de pensar en Alice, en ese momento tan íntimo y en lo cerca que estuve de besarla frente a todos.

Aprieto un poco la mandíbula.

Pierdo la mirada un momento en el ambiente hasta que siento una presencia más cerca y una mano rozando mi hombro con suavidad.

No reacciono de inmediato, el alcohol hace que todo esté un poco más lento y un poco más borroso. Levanto la cabeza y entrecierro los ojos para enfocar mejor bajo la luz roja del lugar.

Es una mujer castaña que me sonríe con coquetería. La observo con detenimiento y lleva un brasier transparente que deja entrever el contorno de sus pechos y los pezones marcados bajo la tela fina..

Se inclina hacia mí.

—Me pregunto qué hace alguien como tú tan solito—dice con voz baja.

—Estoy bien así —Es mi respuesta.

Pero no causa efecto en ella, porque se queda allí, sin apartarse. Me pone prácticamente las tetas en la cara y su mano baja de mi hombro a mi pecho, deslizándose con confianza.

—No lo parece —insiste, inclinándose un poco más pero él contacto no me provoca nada.

Fijo la mirada en ella y no me queda duda de que podría ser el ensueño de cualquier hombre, con curvas provocadoras y pechos grandes hechos para tentar. Pero aún con todo no despierta nada en mí. Ni siquiera el alcohol que ya empieza a hacer efecto, logra cambiar eso.

—Podriamos divertirnos —ronronea —Soy famosa por dar las mejores mamadas —añade en voz baja, rozándome el oído.

La observo mientras se muerde el labio inferior, cubierto de labial rojo.

—No me interesa —suelto.

—¿Ah, no?

—No.

Al escucharme su sonrisa cae poco a poco y se queda unos segundos mirándome, esperando que me retracte.

—Como quieras.—me da la espalda pero justo cuando se va a ir, la detengo.

—Espera —se da la vuelta esbozando una sonrisa.

—¿Si?

—Tráeme otra copa de esta —sus labios se vuelven una línea recta, porque esperaba que cambiará de opinión.

Asiente y cuando intenta ir a la barra hablo nuevamente.

—A la mierda, tráeme una botella completa —exhala con fastidio .

Estoy seguro que no está acostumbrada al rechazo.

Se aleja sin mirar atrás.

Axel suelta una carcajada apenas la castaña se aleja.

—¿En serio acabas de rechazar a esa mujer? —dice, arqueando una ceja — Algo no está bien contigo, hombre.

Me encojo de hombros.

—Hermano, está buenísima y es justo tu prototipo. —exclama —¿Como le dices que no a una mujer con unas tetas así?

—Estoy casado, por si no lo recuerdas.

Llevo el cigarro a mis labios y dejo que el anillo brille lo suficiente como para que lo note.

—No me vengas con eso. ¿No dices que no la amas y que quieres vengarte de ella y de su familia? —resopla y trago grueso—No hay nada que les duela más que saber que su esposo le es infiel.

Lo sé porque ya pasó. Sé que Alice le dolió cuando me vio con aquella mujer y aunque podría hacerlo de nuevo y asegurarme de que se de cuenta, prefiero no hacerlo y probar otros métodos.

—No soy infiel —rueda los ojos.

—Claro —murmura, con una sonrisa torcida—. Y yo soy un santo.

Otra mujer me deja la botella que pedí y la llevo a mi boca sin pensarlo.

—Hablo en serio —espeto—. Por muy hijo de puta que sea, no soy un bastardo infiel.

Levanta las manos en un gesto de falsa inocencia.

—Bien, como digas —responde, perdiendo el interés en mí al instante y llevando su atención hacia la mujer que tiene sobre el regazo—. Cariño, ¿crees que pueda meterme la teta de tu compañera a la boca? —se refiere a la castaña.

La mujer ríe por lo bajo, mientras él baja la mirada con descaro.

—No, son muy grandes. Se puso los implantes más grandes —murmura ella.

—¿Ah, son operados?

—Sí, por eso los míos están mejor.

—¿Ah, sí? —replica él, con una media sonrisa, mientras agarra su teta sin disimulo y wlla suelta un leve gemido.

—Si, son totalmente naturales —jadea.

Y sé que a este imbécil le da exactamente igual si el cuerpo es operado o no, lo único que le importa es coger. Simplemente está jugando un poco con ella.

—Deberíamos comprobarlo —dice.

Pero dejo de prestarles atención y me concentro en beber, uno tras otro, hasta perder los sentidos.

Actualidad.

Estoy sentado en la parte trasera del auto, recostado contra el asiento mientras espero a Alice. Perdido en mis pensamientos, aún intento encajar las piezas de la noche anterior, de la cual apenas recuerdo nada. Es molesto, hacía mucho que no bebía de esa manera, hasta el punto de no recordar. Pero lo peor fue despertar hoy en mi habitación sin idea de cómo llegué allí, ni por qué estaba en boxers. Todo eso me tiene dándole vueltas a mi cabeza.

Y luego está Alice.

Recuerdo haberla visto esta mañana trayéndome un tazón de sopa. No encajaba con nada de lo que yo entendía de la situación con su forma tan natural de entrar a mi habitación, ni el hecho de que dijera que yo le pedí que se quedara. Admito que lo primero que pensé fue que se había aprovechado de mi estado. Pero al verla a los ojos supe que no mentía. Aun así, la traté mal sin pensar en cómo se sentiría. Quedándome de igual manera en la misma confusión.

El sonido de la puerta del auto me saca de mis pensamientos.

Alice entra luciendo un vestido blanco corto, sencillo pero que le queda demasiado bien. Se acomoda en el asiento sin mirarme, cerrando la puerta con cuidado. Por un segundo me quedo mirándola sin intención de hacerlo evidente. Se ve arreglada y su rostro se ve angelical.

Arranca y el trayecto hacia la casa de mis padres en silencio. Ella va a mi lado, con una distancia prudente entre nosotros.

La miro de reojo en un par de ocasiones. La luz de la luna entra por la ventana y le marca el perfil del rostro por momentos, pero prefiero fijarme al frente antes de cometer la estupidez de seguir mirándola.

Al llegar, cruzamos las rejas de la propiedad. Las luces del camino iluminan los jardines bien cuidados, y el auto avanza lento hasta detenerse frente a la entrada principal. El chofer apaga el motor y bajamos casi al mismo tiempo, caminamos lado a lado sin tocarnos.

La puerta se abre y mi madre es la primera en recibirnos, me abraza de inmediato, con ese tipo de afecto que siempre la ha caracterizado.

—Christian, hijo mío, ¿qué es lo que te tiene tan ocupado que ya ni vienes a ver a tu madre? —me libera de su abrazo.

—El trabajo, mamá. Ya lo sabes—respondo sin darle muchas vueltas.

Ella suelta un pequeño suspiro, como si la respuesta no fuera suficiente.

—Deberías darte un respiro, amor —dice mientras me toca la frente con la mano, como si estuviera comprobando algo—. Pasar tanto tiempo en la oficina te puede enfermar.

—Charlotte, cariño —interviene mi padre desde atrás, acercándose —. Déjalo en paz por un momento

Me saluda con una palmada en el hombro y unas sonrisa.

—Ya es un hombre hecho y derecho. Puede cuidarse solo.

—No puedo hacerlo—responde ella —. Soy su madre y siempre querré cuidar de él.

—No te preocupes, estoy bien. —la tranquilizo —Además tengo a Nora. Tú informante. —Ni siquiera intenta defenderse o negarlo, el que yo haya descubierto que le encargó a mi nana informarle todo sobre mi.

Alice se mueve a mi lado y es entonces cuando mi madre desvía la mirada hacia ella.

El cambio es evidente. Ya no tiene esa sonrisa que me dedicó a mí, ni ese gesto de calidez y la mira de arriba abajo.

—Buenas noches —saluda cortante.

No es el mismo trato que le daba a Madison, ni tampoco ese entusiasmo que mostraba con ella, al contrario, es todo lo opuesto y Alice lo nota.

—Buenas noches, señora Sterling —dice con suavidad.

—La cena ya está lista. Pasemos al comedor —Mi padre ni se molesta en saludarla y se da la vuelta.

Al seguir al comedor me percato de la presencia de mi abuelo ya en su lugar.

—No sabía que venía el abuelo.—murmuro.

—Fue algo imprevisto —responde mi madre sin darle importancia—. Llegó hace un rato.

Me acerco a saludarlo.

—Christian —dice con su voz familiar—. A ver si te dejas ver más seguido.

—Lo intentaré —respondo.

Mi madre lo abraza también, y luego todos se sientan.

—¿Cómo va el acuerdo con los inversionistas europeos? —pregunta mi padre mientras cortaba un poco de carne.

—Bien —respondí—. Estamos en la revisión final de los últimos términos.

Él asiente.

—¿Y el equipo legal? ¿Sigue el mismo o hiciste cambios?

—Hice dos ajustes —dije —. El rendimiento en la última fase fue insuficiente.

—¿Qué tal va la sede en Nueva York?

—Avanzando.

Tomo un sorbo de agua.

—Todo va bien, papá. No tienes de que preocuparte.

—Ahora tú eres el que tiene que relajarte, Thomas —dijo mi abuelo mirando a mi padre—. Este muchacho sabe perfectamente lo que hace. Nunca nos ha dado motivos para dudar.

Mi padre lo miró un segundo.

—Lo sé —respondió—. Confío en él. Solo me gusta estar al tanto de cómo avanza todo.

Asentí, porque era cierto. No lo decía desde la desconfianza, sino desde el interés genuino.

La conversación siguió después de eso con más temas de la empresa y mi abuelo opinaba de vez en cuando.

Nos la pasamos hablando un poco más de los negocios, en la que poco participa mi madre y es nula la de Alice quien come en silencio

Nos la pasamos hablando un poco más de los negocios y la empresa, en la que poco participa mi madre y es nula la de Alice, quien come en silencio

—Por cierto —dijo mi madre, limpiándose la boca con un pañuelo—, ¿has sabido algo de Madison?

Todo el lugar quedó en silencio con la pregunta de mi madre

—No —respondí después de un breve momento—. Todavía no. Pero estoy en eso.

Miro de reojo a Alice, quien se había tensado apenas, lo noté por cómo dejó de moverse y ya no estaba comiendo.

Mi madre asintió, pero no parecía satisfecha.

—Es una pena —murmuró—. Madison encajaba muy bien en esta familia.

Se hizo un silencio incómodo.

—Sé que deberíamos estar enojados por lo que hizo, pero no creo que ella haya tomado esa decisión por su cuenta —añade.

Mi padre carraspea.

—¿Qué quieres decir, querida?

—Que forzada, Thomas. Ella amaba a nuestro hijo y estaba muy entusiasmada con la boda —dice —Y ¿cómo es que de repente lo dejó plantado en el altar? Eso no tiene explicación.

—Mamá… —intenté intervenir.

Pero siguió.

—Solo espero que averigües quién fue el culpable y que respondan por lo que hicieron.

En ese momento miró a Alice de reojo. Ella bajó un poco más la cabeza y se encogió en su lugar.

—Y ojalá Madison regrese pronto. Sería bueno que todo volviera a su lugar.

Y fue entonces cuando decidí que ya era demasiado.

—Mamá...

—Madison era perfecta para ti.

—Mamá...

—Era la mujer de tus sueños.

—¡Ya basta! —la corto con tono fuerte y me mira sorprendida.

—¿Qué dijiste?

—Que ya basta. Es suficiente.

La mesa se queda en silencio. Alice seguía sin moverse, con la mirada fija en su plato.

Mi madre me sostiene la mirada.

—Solo estoy diciendo lo que es evidente.

—Debes detenerte—le respondí.

Sus ojos se desviaron hacia Alice, y luego volvieron a mí con una expresión más fría. Mi padre y mi abuelo me miraron confundidos y con un poco de recelo.

—Es mejor que nos vayamos.

—Christian, pero… —empezó mi madre.

—Nos reuniremos en otra ocasión—la interrumpo —Gracias por la cena.

Me pongo de pie, le agarro el brazo a Alice sin decir nada y ella no se resiste. Se levanta conmigo y nos vamos sin mirar atrás.

***

Más tarde volvimos a la mansión en silencio. Alice bajó primero y entro prácticamente corriendo. Yo me quedé unos segundos en el auto antes de salir, todavía dándole vueltas a la cena y a todo lo incómodo que fue, con esa frustración de no haber sabido manejar nada bien. Subí a mi habitación, cerré la puerta y me quedé un momento quieto, aflojándome la corbata, dejando el reloj en la mesa y pasándome la mano por el cabello varias veces. Sentado en el borde de la cama, molesto conmigo y ni saber la razón.

Me levanté después de un rato y caminé un poco por la habitación, sin rumbo. Hasta que al final decidí salir y mis pies terminaron llevándome a la habitación de Alice sin pensarlo demasiado.

La puerta estaba entreabierta y había luz adentro, entré pero no estaba en la cama, se encontraba en el baño frente al espejo cepillándose el cabello. Ya se había duchado y una bata de seda envolvía su cuerpo.

Alice se detiene al verme, viéndome a través del reflejo del espejo. Pero no me dice nada.

Me acerco a ella, casi rozando su espalda con mi pecho.

—¿Qué…? —empezó, pero no terminó la frase.

—Shh —le dije, sin subir la voz.

Paso las manos por sus piernas y noto cómo se tensa de inmediato

—Relájate —le dije, bajando la voz, mientras mis dedos rozaban la suavidad de sus piernas. Sentí cómo se erizaba bajo mi toque.

Mis dedos subieron lentos, trazando círculos suaves sobre la seda, sintiendo el calor que emanaba de ella a través de la tela. Cuando llegué a sus caderas, detuve el movimiento un segundo y contuvo el aliento.

—¿Q-que estás haciendo—murmuró, pero no se movió. Sus palabras eran débiles, como si las hubiera repetido mil veces en su cabeza pero que apenas es capaz de soltar..Sonreí, porque sabía que esa resistencia era solo por un breve momento.

—Silencio —ordeno.

Mis manos subieron un poco más, hasta que mis pulgares rozaron la curva inferior de sus senos. Abro la tela un poco y los desnudo.

Ella gime cuando mis dedos se cierran alrededor de sus pechos, masajeándolos con firmeza, sintiendo su peso y suavidad. Eran grandes, llenos, redondos y con pezones rosados que se endurecen al instante bajo mis yemas. Los pellizco suavemente, rodando los dedos alrededor de ellos, y ella deja escapar un sonido ahogado, entre un jadeo. Sus manos vuelan a mis muñecas, pero no me detiene. Solo se aferra a mí, como si necesitara algo a qué agarrarse.

—¿Por qué haces esto? —preguntó con la voz temblorosa, y ojos brillantes.

Sé que detrás de su pregunta hay algo más que eso, pero no respondo.

En su lugar, bajo la cabeza y presiono mis labios contra la base de su cuello, justo donde el pulso late desbocado. Olía a jabón de lavanda y a algo más, algo dulce. Mis dientes atrapan su piel. Ella se estreme un escalofrío que le recorre todo el cuerpo, y sus dedos se clavan en mis brazos.

—Dios… —susurra, pero no me aparta.

Mis manos sigue trabajando en sus pechos, amasándolos, apretándolos, mientras mi boca traza un camino de besos húmedos por su clavícula. Deshago el nudo de la bata ya deslizo por sus hombros, dejándola caer al suelo. Revelando su desnudez. Ahora está a vulnerable y perfecta. Su cuerpo es una obra de arte, con caderas anchas y piernas perfectas. Pero lo que realmente me deja sin aliento es el triángulo entre sus muslos, cuidadosamente depilado como aquella vez.

Un coño, tan virginal como mío.

—No te voy a meter los dedos —le dije, levantando la vista para encontrarme con sus ojos. Estaban muy abiertos y confundidos —. Hoy te voy a probar. —Antes de que pudiera reaccionar, la agarré por la cintura y la levanté con facilidad, sentándola sobre el lavamanos de mármol. El frío del material la hizo saltar, pero no la solté. Mis manos se deslizaron por sus muslos, separándolos con firmeza, y ella dejó escapar un gemido ahogado cuando sintió el aire rozar su sexo expuesto.

—¿Qué… qué haces? —preguntó y sus manos volaron a mis hombros.

Me arrodillo frente a ella, mis manos se cierra alrededor de sus muslos, separándolos aún más, hasta que quedó completamente abierta para mí.

Su coño era hermoso: los labios rosados, hinchados, brillantes por la humedad que ya empezaba a acumularse. El clítoris, pequeño y tenso, asomaba entre los pliegues, pidiendo atención.

Ella intentó cerrar las piernas, pero mis manos la detuvieron.

—No… no sé qué estás haciendo —balbuceó, el pánico mezclándose con algo más —. Por favor, no…

—No me digas que no —le dije, levantando la vista para mirarla a los ojos—. Porque los dos sabemos que no lo dices en serio. —Y entonces, sin darle tiempo a protestar más, bajé la cabeza y pasé mi lengua por toda la longitud de su sexo, desde la entrada hasta el clítoris.

El sabor dulce y salado explota en mi. Ella grita y sus manos se aferran a mi cabello, tirando con fuerza. Pero no me apartó. Sus caderas se mueven involuntariamente, empujándose contra mi boca, como si su cuerpo supiera exactamente lo que quería, incluso si su mente aún luchaba contra ello.

—Christian… —gimió,intentando cerrar las piernas.

Aún está tímida y no sabe lo que hace, así que no le digo nada.

Lo lamo en círculos lentos, presionando con la punta de la lengua, sintiendo cómo se endurece bajo mis caricias. Ella jadea, en un sonido estrangulado, y sus muslos tiemblan alrededor de mi cabeza.

—Dios… eso… eso se siente… —No termina la frase. En su lugar, deja escapar un gemido largo, cuando introdujo.un dedo dentro de ella, incapaz de cumplir con mi palabra de no hacerlo, pruebo su estrechez, está tan apretada, pero también está tan mojada, empapada. Su coño se cierra alrededor de mi dedo y siento cómo sus paredes internas se contraen.

—No te muevas —le ordené, sacando el dedo lentamente antes de volver a introducirlo, esta vez un poco más profundo. Ella grita y sus caderas se levantan del lavamanos, buscándome. Mis labios se cierran alrededor de su clítoris de nuevo, chupando con fuerza, y ella deja escapar un sollozo.

—¡Christian, por favor! —suplicó, pero no sabía si me estaba pidiendo que parara o que siguiera.

Así que aparto mi boca para ver qué es lo que realmente quiere y dejo de moverme, pero en lugar de alejarse, se mueve contra mí buscando más contacto

Y lo hago, metiendo mi lengua lo más profundo de su coño, buscando su punto sensible entre lamidas y mordiscones, cuando lo hago gime con fuerza y sus piernas se cierran alrededor de mi cabeza, atrapándome contra su coño, pero no me importó. Seguí lamiendo, chupando, follándola con mi boca y sintiendo cómo se retorcía.

Es incapaz de controlar sus gemidos y eso me gusta.

—Vas a correrte para mí —le dije, separándome solo lo suficiente para hablar, mi aliento caliente contra su sexo—. Y cuando lo hagas, vas a gritar mi nombre. —Entonces volví a bajar, esta vez metiendo dos dedos dentro de ella, estirándola.

—No… no puedo… —jadeó, pero su cuerpo decía lo contrario. Sus músculos internos se apretaron alrededor de mis dedos, y sentí cómo el orgasmo comenzaba a construirse dentro de ella.

— Sí puedes —gruño con voz ronca, mientras mis dedos se mueven más rápido con mi lengua azotando su clítoris sin piedad—. Y lo vas a hacer ahora.

Y entonces, con un grito que resonó en todo el baño, ella se corrió. Su cuerpo se arqueó, sus muslos se cerraron alrededor de mi y sentí cómo su vagina se contraía alrededor de mis dedos, empapándolos, mientras ola tras ola de placer la recorría.

—¡Christian!—Grita mi nombre, una y otra vez, como si fuera una plegaria, y yo no me detengo. Sigo lamiendo, chupando, bebiendo cada gota de su excitación, hasta que finalmente, con un último temblor, se desploma contra el espejo soltando jadeos entrecortados.

Me levanto lentamente, limpiándome la boca con el dorso de la mano y la miro. Esta roja, despeinada y con los ojos vidriosos.

Y me doy cuenta de lo mucho que me gusta verla así, porque no me queda ninguna duda de que nunca había visto nada tan fascinante y magnético.

***

Una semana después.

Me encuentro en mi oficina trabajando como de costumbre cuando entra una llamada que no esperaba recibir. Al contestar, es mi madre, y su tono de voz me lo dice antes de que llegue a mencionarlo y sé que no es nada bueno.

Y no me equivoco, porque lo que dice me deje congelado.

« Mi abuelo está ahora mismo en el hospital »

Mierda.