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15. LÍMITE

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15. LÍMITE

Alice.

Mis tacones hacen ese sonido seco contra las piedras del camino mientras avanzamos hacia la mansión. Camino al lado de Christian, que va impecable como siempre, con traje oscuro. Prefiero no lo mirarlo mucho. Sé cómo se ve, no necesito confirmarlo ahora, y además prefiero no distraerme.

No estoy segura de a qué voy exactamente. La última vez que compartimos una cena así no terminó bien. Y ahora es peor, porque esta mi familias. Eso lo cambia todo.

Entramos y alguien nos recibe enseguida. Nos guían directo al comedor. Cuando cruzamos la puerta, todos ya están sentados. Bien vestidos, como era de esperarse. Están hablando entre ellos, pero apenas nos ven, la conversación se corta.

La madre de Christian se levanta con una sonrisa.

—Christian, llegaste —dice, acercándose.

—Mamá —responde él.

Su padre hace un gesto desde su lugar. Después están mis padres, que lo saludan de manera cortes y me miran con una clara indiferencia.

—Buenas noches —digo, sin complicarme.

Nadie hace un comentario al respecto. Y tomamos nuestro lugar.

La conversación arranca, apenas empiezan a traer la comida, alguien dice algo y los demás siguen. Yo agarro la copa y le doy un sorbo pequeño. Me sirve para no hablar.

—¿Cómo estuvo el tráfico? —pregunta el padre de Christian.

—Pesado —responde mi padre—. Siempre a esta hora.

—Es lo normal —dice la madre de Christian—. La zona del sur se volvió imposible.

Todos asienten de acuerdo. Vuelvo a beber. Me concentro en eso, en no tener que opinar.

Siento la mirada de mi mamá. Aunque esté en una conversación siento sus ojos calando dentro de mi.

Siguen hablando de cosas sin importancia. El clima, una remodelación o incluso ropa. Yo corto la comida en pedazos pequeños, aunque ni siquiera tengo hambre.

—Christian —dice mi mamá, como si nada—, ¿cómo se está comportando Alice?

Levanto la vista, y noto de inmediato que no me lo pregunta a mí. Se lo pregunta a él, como si yo no estuviera sentada aquí.

—Bien.

Y eso es todo.

—Me alegra —dice mi mamá—. No dudes en corregirla cuando lo necesite.

Aprieto la copa un poco más.

—¿En que año estamos?—dice Thomas con tono irónico—. Pensé que en esta época esos métodos estaban prohibidos.

—Es necesario —añade mi padre—.Aveces tenemos que recordarle quien manda.

—Educamos a Alice para que sea una excelente esposa —sigue mi mamá—Y esas son cosas que se deben hacer.

Sigo comiendo, aunque ya ni sé a qué sabe lo que tengo en la boca. Pasan unos minutos así. Nadie vuelve a mencionarme directamente.

Hasta que mi papá deja los cubiertos.

—Tenemos noticias de Madison.

Todos reaccionan mirándolo.

—Eso es fantástico, Robert —dice Charlotte—. ¿Dónde está?

—En New york—responde mi mamá, y esta vez sí suena contenta—. Se instaló allá.

—Qué alivio —contesta la otra mujer—A lo mejor dentro de poco las cosas vuelven a su lugar.

Otra vez esas míseras palabras .

Aprieto la copa. Siento una mirada de reojo, pero no volteo. Siguen hablando como si fuera una buena noticia.

—Sí, ojalá todo vuelva a su lugar.

—Seguro que sí. Es cuestión de tiempo.

—Siempre pasa, ¿no? Uno se aleja un poco y luego regresa a donde pertenece.

—Exacto. Hay cosas que no cambian.

—Y a l final lo importante es que todo vuelva a la normalidad.

—Y que cada quien esté donde debe estar.

La conversación de las dos mujeres me revuelve el estómago.

Suelto la copa contra la mesa con un golpe seco y el sonido basta para que todos se callen.

— Si tantas ganas tienen de que Madison vuelva, ¿por qué no van a su penthouse? Capaz ahí encuentran más respuestas.

—Alice… —mi mamá casi jadea.

—¿De qué hablas? —dice la madre de Christian.

—O tal vez sí saben —digo mirando a mis padres—. Más de lo que quieren admitir.

—Cállate —gruñe mi papá.

—Habla claro —dice el padre de Christian—. ¿Qué quieres decir?

Lo miro.

—Que no se fue por miedo, ni por impulso. Se fue porque quiso, porque lo tenía planeado.

—No sabes de lo qué hablas —reprocha Charlotte.

—Sí lo sé, al parecer son ustedes quienes no conocían a su amada Madison —farfullo con voz firme —¿Y saben? No la culpo, yo en su lugar habría hecho lo mismo.

Siento que todos se quedan tensos y a mí ya me da igual.Irme de esa casa y alejarme de mi familia me sirvió para algo. Al menos para dejar de ser una tonta y forjar mi carácter.

Alguien suelta un suspiro corto.

—Y al final, para mí es mejor que vuelva —sigo—. Así todo vuelve a su lugar . —remarco la última palabra —Si quieren, voy yo a buscarla. Así de paso me libro de esta familia y de este apellido que nunca quise.

—¡Discúlpate ahora mismo! —me reprende mi mamá.

La observó con una sonrisa irónica.

—No me das órdenes. Ya no —suelto —Si no fuiste una verdadera madre para mí en ninguno de los aspectos, tampoco lo serás para reprenderme.

Intercalo la mirada entre ambos padres.

—Y la verdad es que ninguno supo ser un buen padre, son una vergüenza.

Mi mamá hace como si fuera a llorar.

—De verdad, ojalá Madison no los decepcione —digo, limpiándome la boca con el pañuelo.

Me levanto sin mirar a nadie. Siento las miradas, pero no me importa. Salgo al jardín directo, camino hacia el auto. Pero no alcanzo a llegar.

Alguien me agarra del brazo y antes de girarme, me estampan la mano en la mejilla con fuerza, provocando que caiga al suelo.

—¿Qué te pasa? —gruñe mi padre—. ¿Así nos pagas? ¿Haciéndonos quedar mal frente a ellos?

Intento levantarme, pero no me lo permite.

—¿No puedes hacer nada bien? Ni siquiera esto —sigue—. Todo lo arruinas.

Me agarra del brazo y me levanta otra vez, con la intención de volver a golpearme.

—Le recomiendo no hacer eso.

La voz de Christian detiene su acción en cuestión de segundos.Su presencia imponente aparece ante nuestros ojos.

—Si vuelve a ponerle una mano encima a mi mujer —añade, mirándolo directo— vamos a tener un serio problema.

Mi papá suelta una risa corta e incómoda.

—Solo la estoy educando.

Esa palabra me cae peor que el golpe que no llegó. Educando. Como si yo fuera una niña.

—Esa etapa ya pasó.

Ni siquiera veo el momento exacto en que el puño de Christian conecta con la cara de mi papá y el sonido de su nariz rompiéndose me provoca escalofríos. Él se tambalea.

—Considérelo la primera advertencia —dice Christian con voz fría.

Mi padre lo mira con rabia ante su acción. Y algo sé sobre mi padre, y es que siempre responde. Podría quedarme, pdría decir algo, podría intentar calmarlos, como siempre hago.

Pero no quiero.

De hecho, ya no me interesa.

Me levanto en silencio y sigo mi camino. siento una claridad que no había tenido antes.

Y es ahora que estoy consciente de que llegué a mi límite.

Se acabó.

Se acabó la Alice que aguanta, la que entiende, la que justifica todo, la que se queda callada para que no haya problemas. Esa versión mía ya no me sirve.

Respiro hondo mientras salgo, y por primera vez en mucho tiempo no estoy pensando en cómo se sienten los demás.

Estoy pensando en mí.

Porque ya abrí los ojos. Porque ya entendí que si no pongo un alto, nadie lo va a hacer por mí. Y eso incluye a Christian también.

No me importa que haya intervenido. No me importa que crea que me está defendiendo.

Yo no necesito que alguien pelee mis batallas.

Necesito que dejen de tratarme como si no valiera y fuera tan reemplazable como inservible. Que dejen de menospreciarme y rebajarme. Que me vean por lo que soy y no por la hermana de alguien.

Sigo caminando sin mirar atrás, y si van a matarse ahí que lo hagan, porque ahora tengo algo muy claro y es que ya no voy a permitir que pasen por encima de mí.

Ni mis padres.

Ni él.

Ni nadie.

***

Subo las escaleras con paso apresurado.

—Alice.

Escucho su voz pero no me detengo y tampoco volteo, sigo caminando como si no lo hubiera escuchado, aunque claramente sí lo hice. Sé que está detrás de mí, lo siento.

—Alice, espera.

Llego hasta mi habitación y abro la puerta, ingresando y antes de que pueda cerrarla, el me lo impide con su mano. Entrando a la vez.

—¿Podemos hablar? —insiste.

Niego con la cabeza.

—No.

Hay un pequeño silencio y siento su mano rodeando mi brazo de manera suave.

—Por favor —dice, más bajo—. Hablemos.

Miro su mano en mi brazo antes de levantar la vista.

—No hay nada de qué hablar.

Mi voz sale tranquila, aunque dentro de mi soy un remolino de emociones. Él aprieta un poco más, no como para lastimar, sino para que evite huir.

—Claro que sí lo hay. Tenemos que hablar de toda esta situación.

Suelto un suspiro incrédulo.

—¿Y de que quieres hablar? —respondo, finalmente soltándome

—De lo que pasó en la cena, podemos conversarlo y arreglar las cosas.

¿ Desde cuándo se volvió tan conciliador ?

—¿Que quieres que te diga? ¿Que te agradezca por tu acto heroico? ¿Que me pareció genial lo que hiciste? ¿Y que gracias a eso ahora todo está solucionado?

—Porque si es para hacerte sentir bien y elevar tu ego, no hay de que hablar, Christian.

Él niega de inmediato, acercándose un paso.

—No es eso, solo necesito entender qué pasa por tu mente.

Lo observo unos segundos. Antes eso me habría importado. Mucho.

—¿Quieres saber que pasa por mi mente?

Asiente y me sorprende de sobremanera su manera de actuar. ¿ Que rayos se fumo?

—Estoy harta —Lo digo sin subir la voz.

—¿Harta de qué? —pregunta, claramente frustrado.

Y todavía tiene el descaro de preguntarlo.

—De todo.

Él se pasa una mano por el rostro, inquieto.

—Explicame, para poder entenderte mejor.

—Me sorprende tu cinismo.

Frunce el ceño.

—Eres de los que me hacen la vida miserable con la forma en que me tratas, y todavía tienes la desfachatez de decir que no entiendes de qué hablo.

Traga saliva y desvía la mirada.

—Soy tú esposo —cambia de tema—Tienes que decirme que te ocurre.

Suelto una risa irónica.

¿ Ahora sí es mi esposo?

—Uno concertado por si lo olvidas—le digo, mirándolo directo—. Uno que ninguno de los dos quiso, eso es lo que me recuerdas cada día ¿No?

Se queda quieto, como si no hubiera esperado esa respuesta.

—Espera, Alice...

Respiro hondo.

—Al fin voy a cumplir tu deseo —lo interrumpo antes de que siga.

—¿Que deseo? —pregunta confundido.

—De dejarte en paz, ya que siempre has querido que no complique las cosas y no te moleste.Bueno… —me encojo ligeramente de hombros— te voy a cumplir ese deseo.

Su expresión cambia a una más tensa.

—Alice, por favor —insiste otra vez, bajando el tono—. No hagas esto.

Lo miro un segundo más, suficiente para darme cuenta de que antes habría dudado, pero ahora es diferente.

—Ya está hecho

No espero respuesta. Me dirijo a la puerta, porque no se en que momento pasamos a estar en medio de la habitación.

Me mira y sigue insistiendo con su maldita conversación pero en su lugar de hacerlo, le señalo la puerta con una clara sepan de qué se vaya.

—Hablamos después, cuando tenga sentido —añado, sin mirarlo—. Si es que lo tiene. Ahora vete.

El suspira frustrado, al darse cuenta que no logrará absolutamente nada y sale por la puerta dándome una última mirada.

***

Al día siguiente.

Después de bañarme me visto rápido y bajo a ayudar a Nora como todas las mañanas, haciendo lo de siempre sin pensar demasiado.

Estoy preparada para seguir así, para mantenerme ocupada, para no pensar en lo que pasó más de lo necesario. Preparada para ignorarlo si aparece más tarde, para sostener esa distancia que ya decidí. Para todo eso sí estoy lista.

Lo que no esperaba era verlo ahí.

—Buenos días.

Levanto la vista apenas y lo encuentro frente a mí. Me toma un segundo ubicarlo porque no tiene sentido. A esta hora debería estar trabajando. Pero no digo nada. Simplemente sigo con lo mío y paso de largo como si no lo hubiera escuchado.

—Alice.

No me detengo.

—Alice, espera.

Cierro los ojos un momento y suelto el aire por la nariz.

—¿Qué? —suelto bruscamente.

—Quiero que hablemos.

Niego de inmediato y harta de su insistencia.

—No.

Sigo caminando, pero él persiste.

—¿Qué tengo que hacer para que hablemos? —dice—. Haré lo que tú quieras.

Eso sí me hace frenar.

No respondo. Me quedo quieta, con la mirada en cualquier punto menos en él, mientras la frase se repite en mi cabeza. Haré lo que tú quieras. Podría aprovecharlo. Podría pedir cosas, poner condiciones, usar esto a mi favor por una vez. No sería difícil. Y siendo honesta, por un segundo me tienta la idea. Me cansa haber sido siempre la que cede y adapta.

Ya me cansé de no ser alguien.

Estoy lista para ser esa persona que siempre esperé ser, alguien que no se queda en lo mismo, que no depende de nadie. Y que es libre y exitosa.

Y sí, podría usar esto como ventaja.

Pero no.

Niego levemente con la cabeza, más para mí que para él. No quiero deberle nada. No quiero que lo que logre tenga que ver con lo que él me dé o deje de dar. Si voy a avanzar, va a ser por mí.

Él sigue hablando, pero ya no lo estoy escuchando realmente. Solo oigo su voz de fondo hasta que me cansa.

—¿Sabes qué? —lo corto, mirándolo por fin—. Consígueme un lienzo y unas pinturas. —hago una pausa breve—. Y luego veo si hablamos.

Él asiente sin discutir.

—Está bien.

Y se va.

No me quedo pensando en eso. Sigo con mi rutino, con Nora, con las tareas de siempre, pero esta vez con otra cosa en la cabeza. Empiezo a organizar ideas, a pensar en qué quiero hacer exactamente, cómo empezar y por dónde.

Más tarde, Nora me llama desde el pasillo.

—Alice, ven un momento.

La sigo sin preguntar. Caminamos hasta una de las habitaciones que casi no se usan y cuando abre la puerta, entro y me quedo estática.

Me encuentro con un cuarto lleno de lienzos, unos apoyados contra la pared, otros aún envueltos, cajas con pinturas, pinceles, materiales. Eso no es lo que pedí. Es muchísimo más.

Abro un poco la boca, sorprendida de verdad.

—¿Qué es todo esto?

—Lo trajeron hace un rato —comenta Nora, como si nada—. Hay más en el armario.

Se acerca y abre la puerta para mostrarme. Y sí, hay más.

Frunzo el ceño, confundida.

¿ En qué momento trajeron todo esto? No escuché nada, no vi a nadie entrar .

—¿Cuándo llegó todo esto? —pregunto.

Nora se encoge de hombros.

Por un segundo me dejo impactar por el gesto, por lo rápido que resolvió algo que yo dije casi sin pensar.

Pero enseguida niego con la cabeza.

No.

No puedo dejarme llevar por eso.

Un gesto no cambia nada.

Aun así, vuelvo a mirar los lienzos, esta vez con otra intención. Esto está aquí y puedo usarlo.

Y eso sí depende de mí.

Doy un paso dentro del cuarto, pasando la mano por uno de los lienzos. Bueno.

Esto es una ventaja.

Y ya es hora de empezar a usar las ventajas a mi favor.

Si voy a convertirme en alguien, empieza aquí.

***