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18. IRREVERSIBLE

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18. IRREVERSIBLE

Alice.

Tardé unos minutos en reaccionar. Permanecí inmóvil, abrazada a Christian, mientras mi mente intentaba ordenar todo lo que acababa de descubrir. Era como si las piezas de un rompecabezas que había estado incompleto durante años por fin hubieran encajado de golpe. Cuando fui realmente consciente de la situación, me aparté de él, di un paso hacia atrás y desvié la mirada inmediatamente. No quería verlo. No quería que me hiciera preguntas. No quería que nadie intentara hablar conmigo en ese momento.

—Alice... —me llamó.

No respondí.

—¿Qué pasó?

Seguí sin decir nada.

—Alice, mírame.

Pero no lo hice. Simplemente me di la vuelta y empecé a caminar hacia la camioneta. Escuché sus pasos detrás de mí y cómo volvía a llamarme varias veces, pero no disminuí la velocidad. Si me detenía, si lo miraba aunque fuera un segundo, sabía que iba a derrumbarme delante de él. Abrí la puerta del vehículo y subí sin volver la cabeza. Christian siguió llamándome desde afuera, confundido, pero fingí no escucharlo. Por suerte había llegado en su propio auto. No tendría que compartir el trayecto con él.

En cuanto cerré la puerta, las lágrimas comenzaron a caer otra vez. Me las limpié rápidamente con la palma de la mano, molesta conmigo misma por seguir llorando. Pero era imposible detenerlas. Ahora entendía demasiadas cosas. Entendía por qué nunca parecía suficiente para mis padres. Entendía por qué cualquier error mío era motivo de críticas mientras que los errores de Madison siempre encontraban una justificación. Entendía por qué durante años sentí que estaba compitiendo en una carrera que había perdido antes incluso de empezar. No era una sensación inventada por mi cabeza. No estaba exagerando ni siendo dramática. Había estado viendo las señales toda mi vida, pero me había negado a aceptar lo que significaban.

Cuanto más lo pensaba, más sentido tenían recuerdos que antes me parecían confusos. Las comparaciones constantes, los comentarios disfrazados de consejos, las veces que lograba algo importante y apenas recibía un asentimiento de cabeza, mientras que cualquier cosa que hiciera Madison era celebrada como si fuera un acontecimiento histórico. Durante años pensé que si me esforzaba un poco más las cosas cambiarían. Que si era más responsable, más paciente o más madura finalmente conseguiría que me vieran de la misma manera. Pero ahora comprendía que no había nada que pudiera haber hecho diferente. Había estado buscando aprobación en un lugar donde nunca estuvo destinada a encontrarla.

Volví a secarme las lágrimas y apoyé la cabeza contra la ventana. Me dolía admitirlo, porque seguían siendo mis padres y una parte de mí siempre iba a querer que me quisieran. Pero también estaba cansada. Cansada de intentar encajar, cansada de justificar comportamientos que me habían lastimado durante años, cansada de seguir esperando algo que nunca llegaba. Y por primera vez en mi vida tuve la certeza de que no quería seguir haciéndolo.

No era justo para mí.

No era justo seguir quedándome en un lugar donde constantemente me sentía fuera de lugar. No era justo seguir sacrificándome para cumplir expectativas que nunca serían suficientes. Y tampoco era justo pasar el resto de mi vida intentando ganarme el cariño de personas que parecían haber tomado una decisión sobre mí hacía mucho tiempo. Por primera vez iba a elegirme a mí misma. No a ellos, no a lo que esperaban de mí, no a lo que pensaban de mí. A mí.

Si querían seguir creyendo que era una decepción, podían hacerlo. Si querían seguir convencidos de que Madison era la hija perfecta capaz de resolver cualquier problema, entonces que acudieran a ella. Yo ya no tenía energía para seguir demostrando nada, me había cansado de pelear una batalla que nunca fue justa desde el principio.

Cuando llegamos a la mansión, voy directamente a mi habitación, no saludé ni hable con nadie, nisiquiera con nora. Cierro la puerta con seguro y me siento frente al escritorio. Durante varios minutos me quedo observando la pantalla del portátil sin moverme. Poco a poco una idea empieza a tomar forma en mi cabeza. Si realmente quería empezar de nuevo, tendría que hacerlo lejos. Muy lejos.

Comienzo a pensar en distintos lugares. Italia fue el primero que aparece en mi mente, siempre me había gustado su historia, sus ciudades llenas de arte, después pienso en Francia, la posibilidad de pasar horas recorriendo museos, galerías y pequeñas cafeterías sonaba tentadora. También considero Noruega. Había algo en sus paisajes tranquilos y en su estilo de vida que me atraía muchísimo. Sin embargo, ninguna de esas opciones terminaba de convencerme por completo.

Entonces de pronto a mi mente viene Suiza.

Y no tuve que analizarlo demasiado para saber que era la opción correcta.

Imagino montañas cubiertas de nieve, lagos inmensos y pueblos tranquilos donde nadie supiera quién era. Imagino mañanas enteras pintando frente a un paisaje hermoso y tardes caminando sin preocuparme por las expectativas de nadie. Suiza sonaba exactamente como el tipo de vida que necesitaba. Un lugar donde pudiera empezar desde cero sin sentir que debía demostrar algo constantemente.

Abro varias páginas de internet y comienzo a buscar viviendas. Los precios lograron arrancarme una pequeña sonrisa porque eran incluso peores de lo que imaginaba. Definitivamente iba a necesitar más dinero. Mucho más dinero. Tendría que vender más cuadros, aceptar más encargos y seguir trabajando duro. Sin embargo, por primera vez la idea no me desanimó. Al contrario. Me dio una meta concreta, algo que dependía únicamente de mí.

Durante los últimos minutos estoy revisando casas, calculando gastos y haciendo cuentas mentales. Si seguía vendiendo cuadros al ritmo actual podría reunir una cantidad importante en algunos meses. Tal vez no sería suficiente de inmediato, pero era un comienzo. Y un comienzo era más de lo que había tenido hace apenas unas semanas. Mientras más investigaba, más convencida estaba de que podía hacerlo. No sería fácil, pero tampoco imposible.

Estaba tan concentrada que casi me sobresalto cuando escucho golpes suaves en la puerta.

—Alice.

Reconocí la voz de inmediato.

Christian .

Cierro los ojos y apoyo la espalda contra la silla.

—Alice, ¿estás bien?

No respondo.

—Sé que estás ahí.

Permanezco en silencio.

—Alice, abre la puerta.

Me muerdo el interior de la mejilla antes de responder.

—No pasa nada.

—Claro que pasa algo.

—No.

—Sí pasa, estabas llorando.

—Estoy bien.

—No lo estás.

Su voz suena preocupada, y normalmente eso antes habría bastado para hacerme abrir la puerta, pero ya no.

—Alice, solo dime qué pasó.

—Nada.

—No te creo.

—No importa.

—Para mí sí importa.

Cierro los ojos con fuerza.

—Christian, déjalo.

—No voy a dejarlo si algo te hizo daño.

Siento como mi paciencia comenzaba a agotarse.

—Estoy bien.

—No tienes que fingir conmigo.

—No estoy fingiendo.

—Entonces abre la puerta.

Suelto una risa seca.

—No.

—Alice...

—Christian.

—Solo quiero ayudarte.

Aprieto los puños.

—Y yo quiero estar sola.

—No me voy a ir hasta saber que estás bien.

Fue entonces cuando perdí la poca calma que me quedaba.

—¡Que te vayas!

El silencio que siguió fue inmediato.

—Alice...

—¡Te dije que te fueras! ¡No quiero hablar contigo ahora mismo, quiero estar sola!

Durante unos segundos no escuché nada al otro lado de la puerta.

Finalmente, su voz llegó mucho más baja.

—Está bien.

Después oigo sus pasos alejándose por el pasillo.

Espero hasta que desaparezcan por completo antes de volver a mirar la pantalla del ordenador, y me sentí orgulloso de seguir en mi posición, de no caer en su insistencia y me sentía muy a la expectativa de lo que me iba a separar el futuro.

***

Termino mi sexto cuadro de la semana justo antes del mediodía. Me quedo unos segundos mirándolo en silencio, con una sensación de satisfacción. Había empezado a subir la dificultad de lo que pintaba, probando nuevas técnicas que había visto en algunos libros y tutoriales, y me sorprendía lo rápido que estaba entendiendo cosas que antes me parecían complicadas. No era perfecto, pero cada vez sentía que tenía más control. Además, los encargos seguían aumentando poco a poco, lo cual hacía que todo esto empezara a sentirse mejor.

Un rato después dejo el cuadro secando en su lugar y bajo a la cocina. Nora estaba ahí, como casi siempre a esa hora, moviéndose mientras limpiaba la cocina.

Me apoyo en la encimera un momento, mirándola, y pienso otra vez en lo raro que era que lo único que me doleria de irme fuera dejarla a ella. No a la Christian no a mi familia no a todo lo demás, sino a ella. Porque había sido de las pocas personas que realmente me trató como alguien normal desde el principio, me vio realmente y me dio cariño. También pensé en Daphne, que de alguna forma había sido igual conmigo.

—Ya terminaste otro cuadro, ¿no? —me pregunta Nora sin levantar demasiado la voz, mientras seguía con lo que hacía.

Sonrio un poco, apoyándome mejor en la encimera.

—Sí.

Ella me mira por encima del hombro, con esa expresión suya que siempre parecía genuinamente interesada.

—Vas muy rápido últimamente.

—Supongo que estoy entrando en ritmo —respondí encogiéndome de hombros.

Nora deja lo que tenía en las manos y se giró un poco hacia mí.

—Deberías hacer uno para mí.

La miro, algo sorprendida, pero no incómoda. Más bien me dio gracia.

—¿Para ti?

—Sí —dijo con total seguridad—. Estoy dispuesta a comprarlo.

Suelto una risa corta, negando ligeramente con la cabeza.

—No tienes que comprarlo.

—Quiero hacerlo —me interrumpió, sin dudar—. Además, me gusta lo que haces. Eres impresionante.

La observo unos segundos y asiento despacio.

—Vale, te haré uno.

La sonrisa que le sale fue inmediata, como si le hubiera alegrado el día con algo mínimo.

—Bien. Quiero verlo antes de que te vuelvas famosa y luego no tenga acceso a tus cuadros.

—No seas exagerada —le dije, aunque estaba sonriendo.

—No lo soy —respondió ella, cruzándose de brazos con una sonrisa más tranquila—. Solo me estoy adelantando.

Seguimos hablando de las cosas cotidianas de nuestras vidas y todo se siente tan natural. En el fondo, era de las pocas cosas que realmente me hacía pensar que no todo este cambio en mi vida estaba mal.

Llega la noche y estoy en mi habitación, terminando de recoger algunas cosas antes de irme a la cama, cuando Christian aparece sin avisar. Me giro al instante, un poco confundida, porque se suponía que debía estar en una gala. De hecho, él mismo me había invitado, pero yo había dicho que no. Ya no quería seguir apareciendo con él en ese tipo de eventos. No quería que la gente siguiera asociándome a su vida de la misma manera. Él debía acostumbrarse a ir solo.

Lo miro de arriba abajo. No llevaba traje, ni nada de gala. Su aspecto era más relajado, pero se notaba cansado, con el cabello un poco desordenado y la expresión algo tensa, como si no hubiera estado durmiendo bien. Me cruzo de brazos sin decir nada y levanto una ceja, esperando lo que tenga que decir.

—¿Qué haces aquí? —pregunto al final.

Él respira hondo antes de hablar, como si estuviera buscando la manera correcta de empezar.

—Mañana quiero que vengas conmigo a un lugar.

Lo miro en silencio unos segundos, ya con la respuesta en la cabeza.

—No.

Fue automático.

—Por favor —dijo rápido, antes de que pudiera apartarme o cerrar la conversación—. Solo ven conmigo.

Niego con la cabeza.

—No quiero.

—Alice, no te estoy pidiendo mucho —insistió, dando un paso más cerca.

—No es eso —respondí—. Simplemente no quiero ir a ningún lado contigo.

Se pasa una mano por la cara, claramente frustrado, pero sin elevar la voz.

—Solo esta vez. No te voy a insistir después de esto, te lo prometo. Solo quiero enseñarte algo.

Lo miro fijo.

—No.

—Por favor —repite otra vez, esta vez más bajo—. Te lo ruego, cede por esta vez.

Hay un silencio corto. Él parece realmente cansado, con los hombros un poco tensos y la mirada más insistente de lo normal, como si no fuera a dejarlo ir fácilmente. Yo aprieto los labios, sin ceder todavía.

Finalmente, suspiro.

—Solo porque no voy a estar discutiendo esto toda la noche.

Su expresión cambia apenas, como si esa mínima concesión ya fuera suficiente.

—No te vas a arrepentir —dijo, recuperando un poco la calma.

—Que lo haga no significa nada —le respondí directamente.

Él sonrie un poco, aunque no del todo convencido.

—Lo que sea. Mañana a las cuatro.

No dije nada más. Él asintió y salió de la habitación, dejándome sola otra vez. Cierro la puerta después de unos segundos y me quedo mirando el espacio en silencio antes de irme a la cama.

Al día siguiente me preparo sin prisa. En realidad, decidí a última hora que sí iría. No porque me importara demasiado el plan, sino porque ya estaba cansada de discutir, si esto haría que deje de insistir, lo haría. Aun así, no me interesaba llegar puntual. Me termino de alistar a las 4:50, a propósito. Cuando bajo, él ya esta listo. Lleva unos vaqueros y una camisa blanca, nada formal, más casual de lo que esperaba. Me observa apenas me ve y sonrie de inmediato, como si hubiera estado esperando ese momento durante rato.

No le devuelvo la sonrisa y el me mira unos segundos de arriba abajo.

—Te ves hermosa.

Asentí sin responderle. No era algo que me naciera en ese momento comentar o agradecer. Él aprieta los labios por un instante, pero vuelve a sonreír como si decidiera ignorar mi reacción.

—Me gusta cómo te ves —añadió.

Yo solo me acomodé un poco el vestido amarillo que llevaba, largo hasta los tobillos, y las sandalias. Me había arreglado, sí, pero no por él. Me gustaba verme bien, simplemente eso. No tenía nada que ver con la persona que tenía al lado.

Salimos y afuera había un Aston Martin negro estacionado. Me detuve un segundo al verlo. Es impresionante.

—Sube —dijo, abriéndome la puerta.

Entro sin mirarlo demasiado y él rodea el auto para subirse del lado del conductor. Arranca sin hablar mucho. Durante el trayecto no hubo conversación, pero noté varias veces cómo me miraba de reojo, como si quisiera decir algo y se lo estuviera guardando. No le di importancia y me limité a mirar por la ventana, sintiendo el aire golpearme la cara cuando bajaba un poco el vidrio. No reconocía el camino. No tenía idea de a dónde me llevaba.

Después de un rato se detuvo frente a un lugar que no conocía. Miro alrededor, confundida.

—¿Dónde estamos? —pregunto.

No responde. En lugar de eso, sale del auto rápidamente y rodea para abrirme la puerta. Me tiende la mano, pero no la tomo y bajo sola. Frente a mí había muros altos rodeando toda la zona. Caminamos lado a lado hasta una entrada donde un guardia nos deja pasar sin decir mucho. Al cruzar, lo único que veía eran paredes blancas, y salones grandes sin decoración o mucho sentido aparente. Nada me hacía entender qué era aquello.

Me detuve cuando él lo hace.

—¿Puedo vendarte los ojos? —pregunta de repente.

Lo miro con duda.

—¿Para qué?

—Confía en mí.

Suelto un suspiro corto. No me convencía, pero tampoco quería quedarme ahí discutiendo.

—Está bien.

Saca un pañuelo blanco del bolsillo y me venda los ojos con cuidado. Luego toma mi mano y empieza a guiarme. Me avisq de unas escaleras y las subimos lentamente. Después escucho una puerta abrirse y siento una brisa calar en mi. Eso fue lo primero que me hizo darme cuenta que probablemente estemos al aire libre.

Se coloca detrás de mí y deshace el nudo, el pañuelo cae.

Abro los ojos, enfocando mi vista

Y sorprendida es poco para lo que siento en este momento, mi boca se abre un poco.

Frente a mí había una extensión enorme de flores. Miles. No exagero. No era un jardín común ni algo decorado para una ocasión. Era algo mucho más grande, casi imposible de procesar de golpe. Había colores por todas partes, distintos niveles, caminos que se perdían entre las plantas, y un espacio tan amplio que no alcanzaba a distinguir todos los detalles. Me apoyo ligeramente en el balcón frente a mí, mirando en silencio, intentando entender hasta dónde llegaba aquello.

Es un jardín botánico.

O así lo conozco yo.

Dios, hay demasiadas flores que apenas reconozco el tipo de pocas.

—Nunca pude averiguar cuál era tu flor favorita —dijo a mi espalda—. Lo intenté varias veces y siempre terminaba fallando. Así que decidí dejar de adivinar. Si no podía acertar con una, te traería todas.

Trago saliva sin apartar la vista. No sabía qué decir.

—Bienvenida al paraíso.

Hizo una pausa corta.

— El paraíso de Alice.

Muerdo el interior de mi mejilla.

—Si no te gusta el nombre, puedes cambiarlo —añade—. Porque todo esto te pertenece.

Siento algo extraño en el pecho. No era felicidad exactamente, tampoco tristeza. Era una mezcla incómoda de emociones que ni siquiera sabía cómo ordenar. Porque sí, era hermoso. Imposible negarlo. Quizá era el gesto más romántico que alguien había hecho por mí en toda mi vida. Tal vez era la primera vez que Christian hacía algo para mí, más allá de las apariencias.

Y precisamente por eso dolía.

Porque era tarde.

La indignación me golpeó de repente mientras observaba aquel inmenso jardín lleno de flores. Me molestaba que hubiera esperado hasta ahora para hacer algo así. Me molestaba que hubiera necesitado llegar a este punto para darse cuenta de cosas que debió haber visto hace mucho tiempo. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? ¿Por qué no cuando todavía estaba intentando acercarme a él? ¿Por qué no cuando aún esperaba una señal de que le importaba? ¿Por qué no cuando estaba perdidamente enamorada?

Aprieto los dedos sobre la barandilla.

Lo peor era saber exactamente cómo habría reaccionado la Alice de antes. La de hace unos meses habría saltado a sus brazos sin pensarlo. Habría sonreído hasta quedarse sin aire y probablemente lo habría besado, habría guardado ese recuerdo como uno de los más felices de su vida.

Pero esa Alice ya no existe.

Ahora solo podía mirar todo aquello sintiendo una mezcla de decepción y frustración. Porque por mucho que este lugar fuera increíble, por mucho dinero, tiempo y esfuerzo que hubiera invertido en construirlo, no podía evitar pensar que las cosas más importantes debieron hacerse cuando todavía había algo que salvar.

La gente siempre parece darse cuenta del valor de algo cuando está a punto de perderlo o cuando ya lo perdió por completo.

Y Christian ya me había perdido.

Ni un lugar así, ni todos los regalos del mundo iban a cambiar eso.

***

Hola mis queridos lectores.

Me he decidido que los días de actualizaciones serán los fines de semana, ya sea un sábado o un domingo, pero si o si algunos de esos días tendrán un capítulo :)

Tambien quería decirles que estuve leyendo los comentarios y quiero informarles que este libro termina este año, no se dejen llevar por los malos comentarios que dicen que no será así jejeje.

Y lo sé porque pretendo sacar más historias :D