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19. REDENCIÓN

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19. REDENCIÓN

Christian.

Alice seguía mirando el jardín desde la barandilla del balcón, completamente absorta en las flores y los senderos de piedra iluminados por las luces cálidas del atardecer. No había dicho una sola palabra desde que habían llegado y aunque el silencio entre nosotros era pesado, por primera vez en mucho tiempo estaba feliz, porque estba ahí con ella

Apoyo los brazos en la barandilla, observando el mismo lugar que ella.

Antes de convertirse en esto, todo el terreno había sido un antiguo criadero de caballos. El más grande de Londres durante años. Lo que nadie mencionaba públicamente era el estado en que tenían a los animales. Caballos golpeados, mal alimentados y encerrados en espacios miserables únicamente para producir dinero.

Fue suficiente para tomar la decisión de comprar el lugar casi de inmediato. Mandé cada caballo a distintos centros ecuestres y refugios donde realmente podían cuidarlos y después derribé prácticamente todo. Conservé únicamente las estructuras principales y transformé el terreno en algo completamente distinto.

Supongo que una parte de mí necesitaba arreglar algo.

Aunque fuera esto.

Su mirada recorre lentamente el jardín otra vez. Las flores, los árboles altos, los pequeños caminos rodeados de vegetación.

Y yo esperaba algo.

No sabía exactamente qué, pero al menos un poco de felicidad. Aunque fuera mínima.

Pero cuando finalmente habla y gira el rostro hacia mí, lo único que encuentro en sus ojos es la decepción .

—¿Por qué haces esto, Christian?

La pregunta me toma desprevenido.

Frunzo el ceño ligeramente.

—¿Hacer qué?

Ella sostiene mi mirada unos segundos.

—Todo esto.

Con solo dos palabras lo entiendo todo.

Me aclaro la garganta, incómodo.

—Porque quiero que veas que hablo en serio cuando digo que quiero que me escuches, Alice

Ella suelta una pequeña sonrisa sin humor.

—Ya es tarde.

Tres palabras.

Solo tres.

Y aun así siento como si me hubieran golpeado directo en el pecho.

Alice se aleja antes de que pudiera responder. La vi entrar otra vez y desaparecer por el pasillo mientras yo seguía inmóvil en el balcón.

Aprieto las manos contra la barandilla y cierro los ojos con frustración.

Porque sabía que tenía razón.

Fui una mierda con ella durante demasiado tiempo y un poco hombre. Lo peor era que no podía ni defenderme, porque cualquier excusa sonaría ridícula incluso para mí mismo.

No la merecía.

Tal vez nunca lo hice.

Pero algo había cambiado dentro de mí y no podía ignorarlo, no después de aquella conversación con mi abuelo. No después de verla llorar en el hospital.

Pero no me rindo. Voy a hacer lo que tenga que hacer hasta que ella decida escucharme.

Y no lo digo con arrogancia ni como si me debiera algo; simplemente estoy dando un hecho, voy a esforzarme, paso a paso, hasta que ella decida darme esa oportunidad.

Abro los ojos lentamente y suelto el aire por la nariz antes de decidir finalmente entrar.

Cuando bajo las escaleras y salgo del lugar, me la encuentro en el auto y es como chocar contra una pared invisible. La tensión entre nosotros es palpable.

Ella tampoco dijo nada.

Y yo menos.

Porque sinceramente no sabía qué podía decir en este punto.

Y me decido que al menos por hoy la dejaré en paz.

Cuando llegamos a la mansión no la detengo o persigo cuando Alice se encierra en su habitación.

Me paso una mano por el cabello con cansancio y termino encerrándome en la oficina. Intento distraerme trabajando, revisando documentos, respondiendo correos y llamadas, pero mi cabeza sigue regresando al mismo lugar una y otra vez.

A ella.

Llevaba quizá una hora ahí cuando escuché unos golpes suaves en la puerta.

—Pasa.

Nora apareció con una taza de café en las manos y una pequeña sonrisa tranquila en el rostro.

—Pensé que lo necesitarías.

Tomo la taza.

—Gracias.

Ella se sienta frente a mí sin perder esa expresión calmada que siempre tenía.

—Dale tiempo, Christian.

Suelto una risa seca.

—No creo que el tiempo vaya a arreglar esto.

—No lo hará por sí solo. Pero ayuda. —Me observa unos segundos—. Alice está dolida, y no solamente por ti. Ha vivido así toda su vida. Está lastimada por todo lo que ha tenido que vivir.

Aprieto la mandíbula.

Porque sabía exactamente a qué se refería.

A la escoria de sus padres.

Porqué ahora se perfectamente los horribles padres que fueron.

Asiento despacio mientras tomo un sorbo del café.

Por eso mismo había retirado todo mi apoyo económico e inversiones de la empresa de sus padres después de aquella cena desastrosa. Aún no lo pensaba hacer, pero después de escuchar la manera en que le hablaron… no lo dudé dos veces.

Que se hundieran solos.

Eran una escoria.

No merecían a Alice.

Igual que tú.

La voz de mi subconsciente aparece de inmediato.

Cierro los ojos un segundo y niego con la cabeza, aunque sabía perfectamente que tenía razón.

Aún no sabía que había pasado en el hospital, pero pronto lo sabría.

Nora me da una última sonrisa antes de salir.

Pasan casi cuatro horas antes de que saliera finalmente de la oficina. Estiro el cuello mientras y es entonces cuando a través del ventanal veo a mi esposa en su lugar favorito.

Alice pintando en el jardín como de costumbre, se cambia de ropa por una más cómoda y se recogió el cabello en un moño desordenado

No es raro encontrarla pintando de hecho, últimamente paso más tiempo observándola hacerlo del que probablemente debería. Pero esta vez hay algo diferente. Sus movimientos son más bruscos y más fuertes. Las pinceladas ya no se ven cuidadosas ni tranquilas como siempre. Hay tensión en la manera en que sostiene el pincel, en cómo mueve la mano sobre el lienzo, como si estuviera descargando algo ahí. Y es extraño, porque nunca la había visto pintar así.

Me quedo observándola desde lejos unos segundos, pero no me acerco aunque muero por hacerlo.

Simplemente la dejo tranquila y sigo mi camino.

***

Hay diez cosas que aprendí sobre Alice este cuatro semanas que me ha hecho la ley del hielo.

1) Descubrí que su flor favorita es la Middlemist roja y lo sé porque la he visto pintándola tres veces distintas.

2) Es increíblemente sensible con los animales. La última vez la encontré intentando salvar a un pájaro que había caído de su nido y pasó más de una hora asegurándose de que estuviera bien.

3) Cuando está nerviosa se muerde el interior de la mejilla sin darse cuenta.

4) Le encantan los jugos naturales y Nora siempre encuentra la manera de consentirla con eso.

5) Hay días en los que puede pasar horas enteras pintando y otros en los que ni siquiera toca un pincel.

6) Se siente más cómoda usando vestidos largos, de esos que le llegan hasta los tobillos y se mueven con el viento cuando camina por el jardín.

7) Cuando está realmente feliz o emocionada con algo, sus mejillas se ponen rojas aunque intente disimularlo.

8) Cuando pinta suele ser un desastre, termina con pintura en las manos, en la ropa y a veces hasta en el rostro, pero de alguna forma todo lo que hace termina convirtiéndose en arte.

9) Es muy apasionada y realmente comprometida con lo que le gusta hacer, especialmente con la pintura. Puede pasar horas enteras leyendo o informándose sobre cualquier tema que le interese sin cansarse

10) Y la última es que, tanto física como personalmente, tiene algo que simplemente destaca. Brilla con una luz propia que es difícil de ignorar, y en lo personal me encantan sus ojos, que brillan de una forma especial y tienen algo exótico, igual que ella.

Sonrío sin dudarlo.

Otra cosa que hay que añadir es que también puede que haya descubierto accidentalmente su página de pinturas.

No fue algo planeado. Ni siquiera la estaba buscando.

Simplemente uno de sus cuadros apareció publicado en una galería online que solia visitar y reconocí una pintura de inmediato porque era exactamente la que había estado haciendo una tarde en el jardín.

Al principio pensé que era coincidencia.

Pero luego me tomé el tiempo de ver sus firmas y ambas coincidían.

La curiosidad pudo más que yo y terminé revisando toda la página.

Alice llevaba tiempo vendiendo sus pinturas de forma anónima. No me dije que lo sabía, porque si lo hacía de forma secreta debe ser por algo.

Aunque puede que haya comprado algunos cuadros.

Muchos cuadros.

Tantos que terminé comprando un apartamento que ella desconozca solo para tener dónde guardarlos mientras ella seguía enviándolos a través de los servicios de entrega, completamente ajena a que el comprador más frecuentes es la persona que no quiere ver.

Entro a la cocina sin esperar encontrarme con nadie, pero me detengo apenas cruzo la puerta porque Alice está ahí. Ya se ha bañado y lleva un vestido color crema que no es que le queda demasiado bien, acentuándose en cada una de sus curvas, salivo un poco. El cabello lo tiene recogido en una coleta baja y eso me hace darme cuenta de lo elegante que se encuentra.

Me quedo un segundo observándola sin decir nada, admirando su belleza, y pueda que me vea un tanto raro o acosador, ella gira apenas el rostro, me mira de reojo, y yo siento ese golpe incómodo de no saber dónde ponerme. No es la primera vez que me pasa con ella últimamente, pero tampoco es algo a lo que me esté acostumbrando.

Está preparando café con calma y yo en cambio, no sé que hacer, termino apoyándome un poco en la entrada de la cocina, fingiendo naturalidad que no siento.

En un momento deja otra taza sobre la barra y me hace un gesto leve con la cabeza señalando el café, como invitándome a tomarlo. Me quedo mirándola un segundo más de lo normal antes de reaccionar.

Siento algo raro en el pecho, una mezcla entre sorpresa y una especie de alivio tonto. Es un gesto pequeño, pero después de cómo han sido las cosas entre nosotros últimamente, no lo esperaba. Y no puedo evitar que se me note.

Ella lo nota de inmediato.

—No te emociones —dice sin mirarme del todo, tomando su propia taza—. Eso no significa nada. Solo actuó con madurez.

Parpadeo un poco, bajando un poco la taza.

—¿A qué te refieres?

Ahora sí me mira directo.

—A que voy a actuar con madurez —responde—. Puedo convivir contigo como alguien con quien comparto espacio, comportarme normal, pero eso no significa nada.

Asiento despacio, aunque no es fácil de procesar. No digo nada más porque entiendo el límite que está marcando. Ella toma su café y sale de la cocina.

Me quedo un segundo quieto con la taza, unos segundos después la escucho que baja las escaleras y me la tomo de un solo para poder encontrarmela en la salidas.

Ya está lista y lleva brillo labial y una cartera pequeña. Me muerdo la lengua por saber que hará y aunque quiero evitarlo no puedo.

—¿A dónde vas? —pregunto antes de pensarlo mucho.

Se detiene un segundo, suspira apenas y se gira hacia mí.

—A una exposición de arte en una galería. Estaré hasta medio día allí y después iré a hacer otras cosas, así que voy a volver tarde.

Asiento, aunque no me termina de gustar que son las otras cosas. Ella ya se da la vuelta otra vez para irse, pero antes de salir añade algo más.

—Voy a tomar uno de los autos. Quiero ir sola.

Esa frase me frena en seco.

—Está bien —respondo en automático, cediendo porque es ella.

Pero cuando ella ya empieza a caminar de nuevo, algo en mí reacciona tarde.

—Espera, ¿qué…? —empiezo, pero ya es tarde.

Ya se ha ido.

La miro irse y me quedo un segundo ahí, sin moverme. En mi cabeza empiezan a aparecer preguntas que no esperaba tener: en qué momento aprendió a conducir, quién le enseñó, cuándo dejó de tener miedo a eso que yo sabía que antes le costaba tanto. Y me molesta no haber estado más pendiente. Me molesta más de lo que debería.

Siento una presión en la mandíbula y cierro los puños un segundo, pero los suelto casi de inmediato. Respiro hondo.

No puedo actuar así. No puedo presionarla, no puedo hacerla sentir vigilada. Me repito que tiene derecho a hacer lo que quiera. Que si quiero que esto funcione, no es control lo que tengo que imponer, sino otras cosas.

Y aun así, me queda ese pensamiento incómodo de que me estoy perdiendo cosas de ella.

***

Cuando llego a la oficina, intento concentrarme en el trabajo. Ignoro las llamadas de mi madre sin siquiera mirar la pantalla. Ya sé lo que quiere decirme, ya sé hacia dónde va todo eso, y no tengo energía para otra discusión.

Tampoco he permitido que los Baker se acerquen. He cancelado cada intento de contacto. No quiero escuchar nada más de ese lado ahora mismo.

Cuando son cerca de las nueve de la noche decido terminar. Me digo que ya es hora de volver, que probablemente Alice ya esté en casa o esté por llegar. Y la verdad es que quiero verla.

Pero al salir del edificio vei dos figuras que me provocan todo menos sentimientos buenos.

Son los padres de Alice, o bueno los que dicen ser.

Los reconozco de inmediato. Se acercan rápido, casi desesperados.

—Christian, por favor, tenemos que hablar contigo —dice la mujer, alcanzándome.

Sigo caminando sin responder.

—Es importante —añade Robert, siguiéndome el paso—. No puedes ignorarnos.

Mis guardaespaldas se colocan entre ellos, pero aún así sigue gritando.

—Si esto es por culpa de Alice, podemos arreglarlo —dice su mujer con la voz quebrada—. Solo danos una oportunidad.

Me detengo en seco y lentamente giro hacia ellos.

—¿Qué acabas de decir?

—Christian, por favor —interviene el señor Baker—. No es necesario llegar a esto. No nos quites el apoyo financiero, podemos solucionarlo hablando.

Levanto una mano de inmediato, cortándolo en seco. Ni siquiera le doy espacio para terminar bien la frase.

—Esto no lo decidió nadie más —digo con firmeza, la voz baja pero completamente controlada—. Lo decidí yo y solamente yo. Alice no me pidió nada, así que dejen de culparla.

La esposa del señor Baker da un paso más cerca, como si pudiera ablandar la situación.

—Pero si ella es el problema, podemos resolver esto —dice, y en cuanto pronuncia esas palabras mi expresión cambia.

Se me endurece la mirada.

—Eleanor Baker —digo su nombre con calma, demasiado calma—. No vuelva a referirse a ella como un problema.

El aire se tensa de inmediato, ella se detiene, pero no se calla y Robert aprovecha el silencio.

—Te estás dejando manipular por ella —dice más duro—. No ves lo que está haciendo.

Aprieto la mandíbula.

—No sabes de lo que estás hablando.

—Claro que sí —responde elevando la voz—. Siempre ha sido así, siempre ha sido difícil, siempre ha arruinado todo.

Eso corta el aire.

—Basta —lo interrumpo de inmediato.

El silencio cae.

Los miro a los dos sin moverme, sin parpadear siquiera.

—Si van a abrir la boca para hablar de ella así —digo despacio, marcando cada palabra—, entonces esta conversación se terminó aquí mismo.

Me acerco un paso.

—Y escúchenme bien —continúo—. No vuelvan a poner el nombre de Alice en sus asquerosas bocas.

La señora Baker traga saliva, pero intenta otra vez.

—Christian, solo queremos arreglar esto…

—No —la corto, seco—. Lo que quieren es sacudirse la responsabilidad culpando a otros. Y no voy a permitir que lo hagan con ella.

El señor Baker aprieta los dientes y da un paso adelante.

—Ella siempre ha sido un problema. Siempre lo ha sido.

Esa vez sí me detengo por completo.

Lo miro fijo.

Y cuando hablo, mi voz sale más peligrosa.

—Repita eso otra vez.

El hombre no responde.

Doy un paso más, lo suficiente para que quede claro que no estoy retrocediendo.

—Alice no es su problema para etiquetar —digo, firme—. No es algo que ustedes puedan señalar cuando les conviene y desechar cuando les estorba.

La señora Baker intenta intervenir pero no lo dejo.

—Y si vuelvo a escuchar una sola palabra más de ese tipo sobre ella, se van a arrepentir de haberlas pronunciado.

No responden y no espero que lo hagan , doy un paso atrás, rompiendo el contacto visual.

—Se acabó —digo finalmente, frío.

Me doy la vuelta sin esperar respuesta.

Escucho sus voces detrás, pero no me detengo. Sigo caminando hasta el auto con una sola idea en la cabeza, volver a casa.

***

Me animé a subir un capítulo :)