20. PUNTO FINAL
Alice.Los detalles de Christian continuaron incluso después de todo lo que ocurrió entre nosotros.
No sé detuvieron.
Durante algún tiempo pensé que terminaría cansándose. Que eventualmente llegaría a la conclusión de que no tenía sentido seguir esforzándose por alguien que apenas respondía. Sin embargo, me equivoqué. Lo único que cambió fue la forma en que hacía las cosas. Ya no buscaba excusas para sentarse frente a mí e intentar hablar durante horas. Ya no me perseguía por los pasillos con la esperanza de que finalmente accediera a tener esa conversación pendiente que ambos conocíamos demasiado bien. Tampoco insistía ni volvía una y otra vez sobre los mismos temas. Simplemente dejó de hacerlo. Aun así, los detalles permanecieron. El café aparecía en las mañanas cuando sabía que había pasado la noche pintando. Alguna comida que me gustaba llegaba sin que yo la pidiera. Flores nuevas reemplazaban a las anteriores antes de marchitarse.
También seguía hablándome con la misma paciencia y dulzura, me sonreía y aveces intentaba coquetearme, cosa que no funcionaba y eso lo hacía reir. A veces me preguntaba si no resultaba agotador mantener aquella actitud cuando yo apenas comenzaba a bajar la guardia. Porque sí, había dejado de ignorarlo. Ya no abandonaba una habitación cuando él entraba ni fingía que no existía. No porque todo estuviera solucionado ni porque hubiese olvidado lo ocurrido, sino porque estaba cansada. Había llegado a un punto en el que sostener aquella guerra silenciosa consumía más energía de la que estaba dispuesta a gastar. Así que ahora simplemente convivíamos. Compartíamos algunos espacios, conversaciones ocasionales y silencios que poco a poco habían dejado de resultar incómodos. Sin embargo, incluso en medio de aquella aparente normalidad, había cosas que empezaba a notar. Christian jamás decía nada, pero podía ver cómo mi distancia seguía afectándolo. A veces era apenas un gesto. Una mirada que permanecía unos segundos más de lo normal antes de apartarse, pequeños detalles que probablemente nadie más percibiría, pero que yo comenzaba a reconocer cada vez con más facilidad.
Intento concentrarme en el lienzo que tengo frente a mí y durante varios minutos parece que finalmente estoy avanzando. La pintura fluye con normalidad, los colores encajan donde deben hacerlo y por primera vez en días tengo la sensación de que quizá consiga terminarlo. Entonces ocurre otra vez. Mi mano se mueve demasiado rápido, una enorme cantidad de azul cae sobre el centro de la obra y destruye varias horas de trabajo en cuestión de segundos.
Cierro los ojos.
Ni siquiera me sorprende.
Simplemente me quedo ahí, observando cómo la pintura comienza a deslizarse lentamente por la superficie del lienzo hasta deformar todo aquello que había construido.
—Mierda...
Mi voz apenas es un murmullo.
Apoyo ambas manos sobre la mesa y bajo la cabeza durante unos segundos. Llevo dos semanas intentando terminar esta pintura. Dos semanas completas. Y no puedo hacerlo. Lo extraño es que únicamente ocurre con esta. Durante ese mismo tiempo he terminado otros trabajos sin ningún problema. Retratos, paisajes, encargos sencillos. Todo sale biem, excepto esto.
Levanto la mirada hacia el lienzo arruinado.
La imagen sigue siendo reconocible a pesar del desastre.
Una mujer que se encuentra frente a un espejo, en una habitación a oscuras. En el reflejo no aparece ella, sino una niña que sostiene contra su pecho una muñeca. La mujer la observa en silencio desde el otro lado del cristal, con algo de tristeza, mientras la niña la mira con una sonrisa.
Cuando imaginé la pintura me pareció una idea bonita.
Ahora empiezo a odiarla.
Porque cada vez que me acerco a terminarla ocurre algo. Una sensación incómoda aparece en mi pecho, ua ansiedad que no entiendo., entonces me frustro, pierdo la paciencia y termino arruinándolo todo.
Ya he desperdiciado demasiados lienzos.
Demasiada pintura.
Demasiadas horas.
Muerdo el interior de mi mejilla mientras observo el resultado. Intento encontrar una explicación lógica, pero no la hay.
Finalmente dejo escapar un suspiro largo y comienzo a guardar todo, vuelvo a dejar los pinceles en sus recipientes y el lienzo arruinado se une a los anteriores apoyado contra una pared del estudio. Ya decidiré más adelante qué hacer con ellos.
Necesito un descanso.
Porque seguir insistiendo hoy no va a solucionar nada.
Más tarde termino dándome una ducha porque el calor empieza a resultar insoportable. El agua ayuda a despejar mi mente lo suficiente para dejar de pensar en la pintura durante unos minutos. Cuando salgo del baño me seco el cabello, me visto y permanezco unos segundos frente al espejo observando mi reflejo.
No me veo mal. No como antes.
Y quizá esa sea la mejor forma de describir mi vida actualmente.
No es un caos.
Pero tampoco es tranquilidad.
Es una especie de equilibrio extraño en el que nada parece estar completamente mal, aunque tampoco completamente bien. Hay días en los que todo parece normal y otros en los que una sensación incómoda me obliga a permanecer alerta. Como si una parte de mí estuviera convencida de que tarde o temprano algo ocurrirá. No sé qué, no sé cuándo. Solo esa impresión persistente de que la tormenta vendrá.
Con mis padres no he vuelto a hablar desde aquella pelea.
Sé que están atravesando problemas económicos. Y sí, me duele. Sería absurdo fingir lo contrario, durante mucho tiempo deseé tener otro tipo de relación con ellos. Algo diferente. Pero también aprendí que no puedo seguir destruyéndome intentando salvar personas que nunca hicieron el mismo esfuerzo por mí. Esta vez no voy a intervenir. Y aunque una parte de mí todavía se siente culpable por pensarlo, la otra sabe que es la decisión correcta.
Sobre mi hermana no tengo ninguna información.
Y por primera vez tampoco me interesa buscarla.
Con Nora las cosas son distintas. Seguimos compartiendo desayunos, conversaciones sin importancia y momentos cotidianos que terminan siendo más valiosos de lo que parecen. Cada vez que estoy con ella siento una tranquilidad que nunca experimenté en mi propia casa. A veces pienso que es lo más parecido a una madre que he tenido en toda mi vida. Y aunque nunca se lo digo en voz alta, creo que ella lo sabe.
Cuando termino de arreglarme bajo las escaleras con la intención de buscar algo para beber. Sin embargo, al llegar a la sala me detengo inmediatamente.
El abuelo de Christian está sentado en uno de los sofás.
Tiene una taza de té entre las manos y una expresión tan tranquila.
Al escuchar mis pasos levanta la vista y me sonríe.
—Alice.
—Señor George.
Me acerco hasta el sofá y me detengo a unos pasos de distancia.
—¿Vino a ver a Christian?
Él niega con la cabeza con total naturalidad.
—No.
Parpadeo.
—¿No?
—Vine a verte a ti.
La respuesta me toma desprevenida.
Durante un segundo me pregunto si había escuchado mal.
—¿A mí?
—A ti.
Una sonrisa divertida aparecio en sus labios mientras daba unas palmaditas sobre el asiento libre a su lado.
—Siéntate.
Lo observo unos segundos antes de obedecer. Me acomodo a su lado mientras él retoma su taza de té.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien. —respondo de manera automática.
—¿Disfrutar vivir aquí?
—No tengo quejas.
—¿Christian es bueno?
—Tu lo conoces más que yo.
Esa respuesta lo hace reír.
Durante varios minutos hablamos de temas completamente normales. George pregunta sobre cosas que me gusten , por Nora, por mis estudios y hasta me recomienda un libro. Era una conversación sencilla, cómoda y sorprendentemente agradable.
Lo curioso era que mientras hablábamos tenía la sensación constante de que él estaba prestando atención a todo lo que decía.
Finalmente deja la taza sobre la mesa.
—Déjame hacerte una pregunta.
—Adelante.
George permanece en silencio un momento.
—¿Eres realmente feliz?
La pregunta llega tan de repente que me toma completamente desprevenida.
Parpadeo.
—¿Feliz?
—Sí.
—Supongo que sí.
George no dice nada.
—¿Qué?
—Nada.
—Señor George.
—Solo estoy pensando.
—¿Y qué está pensando?
—¿Pensando qué? No hay nada que analizar —comento con una risa nerviosa.
No responde nada y eso me pone peor. Durante unos segundos permanecimos en silencio.
—Entonces según usted, ¿qué debería haber respondido?
—Nada en particular.
—Qué conveniente.
George sonrió.
—La felicidad es una cosa curiosa, Alice.
—¿Por qué?
—Porque la mayoría de la gente la busca en lugares equivocados.
Apoyo la espalda contra el sofá.
—Lo escucho.
—Las personas creen que ser felices significa no tener problemas. Tener la vida resuelta. Sentirse bien todos los días.
—¿Y no es eso?
—No.
Negué con la cabeza.
—Entonces ilumíneme.
George cruza las manos sobre su regazo antes de responder.
—Para mí, la felicidad tiene más que ver con despertarte por la mañana y no querer escapar de la vida que tienes.
La frase corta toda respuesta que quiera decir.
Me deja en totalmente callada
—Nunca lo había pensado así.—murmuro.
—La mayoría no lo hace.
Miro hacia la ventana durante unos segundos.
—Entonces, según esa definición...
—¿Sí?
—Creo que estoy más cerca de ser feliz de lo que estaba antes.
George asiente lentamente.
—Eso es lo que yo también creo.
Giro la cabeza hacia él.
—¿Y cómo lo sabe?
—Porque llevas toda la conversación intentando convencerme de que estás feliz y yo no lo veo.
No supe qué responder a eso.
Porque una parte de mí entendía exactamente lo que quería decir.
George volvió a tomar la taza.
—Todavía cargas muchas cosas.
—Gracias por el diagnóstico, señor George.
—No es un diagnóstico.
—¿Entonces?
—Es una observación.
—¿Y qué cosas cargo?
—Dolor.
Una sola palabra me hace apretar los labios.
—Y heridas que llevas demasiado tiempo intentando ignorar.
El me sonríe con dulzura.
—La buena noticia es que ya no estás donde estabas hace unos meses.
—¿Tan mal estaba?
—Mucho más de lo que creías.
Bajo la mirada.Porque en el fondo sabía que tenía razón.
El silencio que siguió no resultó incómodo.
Todo lo contrario.
Y para ser sincera no me cayó mal está visita. De hecho George me cae muy bien y estoy agradecida con que nunca me haya tratado mal ni juzgado. Siempre me recibió con una sonrisa aunque apenas me conocía.
Y sinceramente eso vale mucho más de lo que parece.
Termina el último sorbo de té y deja la taza vacía sobre la mesa.
—Alice.
—¿Sí?
—Voy a decirte algo antes de irme.
—¿Si?
Se pone de pie lentamente.
—Solo recuerda que a veces la felicidad no llega cuando encontramos algo nuevo.
—¿Y cuándo llega?
—Cuando dejamos de aferrarnos a lo que ya deberíamos haber soltado.
Mi mirada permane fija en él y george sonrie na última vez.
—Piénsalo.
—Lo haré.
Se acomodó la chaqueta.
Y justo cuando pensé que iba a marcharse, vuelve a mirarme.
—Por cierto.
—¿Sí?
—Soy un profesional leyendo personas.
No respondo y lo miro dudosa.
—Y eso solo significa que rara vez me equivoco. Por cierto, llámame George.
Y antes de que pudiera responder, sale de la sala dejándome sola con aquella conversación rondando por mi cabeza mucho después de que la puerta se cerrara detrás de él.
***
La conversación siguió dando vueltas en mi cabeza mucho después de que George se marchara. Intenté distraerme de varias formas. Leí algunas páginas de un libro, revisé mensajes de algunos clientes, incluso pensé en regresar al estudio para intentar terminar la pintura una vez más. Sin embargo, nada funcionó. Cada vez que lograba concentrarme durante unos minutos, alguna parte de aquella conversación regresaba.
Al final terminé rindiéndome.
Necesitaba salir.
Necesitaba despejar la mente.
El aire exterior resultó agradable apenas crucé la entrada principal. No hacía tanto calor como unas horas antes y el parque cercano estaba relativamente tranquilo. Había algunas personas paseando a sus perros, un par de niños jugando cerca de una fuente y varios corredores siguiendo sus rutas habituales. Nada fuera de lo normal. Precisamente por eso agradecí estar allí. No tenía ganas de pensar. No tenía ganas de analizar mi vida ni mis emociones ni nada parecido. Solo quería caminar durante un rato sin preocuparme por nada más.
Llevaba varios minutos recorriendo los senderos cuando escuché un sonido que me hizo detenerme.
Un maullido.
Fue tan suave que al principio pensé que lo había imaginado.
Continué caminando unos pasos más.
Entonces volvió a escucharse.
Esta vez un poco más fuerte.
Doy la vuelta automáticamente buscando el origen del sonido. Tardé unos segundos en localizarlo. Parecía venir de una zona con arbustos cerca de uno de los extremos del parque. Frunzo ligeramente el ceño y me acerco.
El maullido vuelve a sonar.
Y esta vez suena mucho más cerca.
Aparto algunas ramas con cuidado y finalmente lo encuentro.
—Oh...
La palabra escapa de mis labios antes de poder evitarlo.
Acurrucado entre las plantas había un pequeño gato.
Parecía apenas ser un bebé.
No parecía recién nacido, pero seguía siendo muy pequeño. Su pelaje estaba tan sucio que durante unos segundos me costó distinguir bien sus colores. Aun así pude notar las manchas grises que cubrían la parte superior de su cabeza, la espalda y la cola. El resto era blanco, aunque en ese momento el polvo y la suciedad hacían difícil apreciarlo correctamente.
El gatito levanta la cabeza al verme.
Y entonces observo.sus ojos.
Verdes .
No exactamente como los míos.
Los suyos tenían un tono oliva suave que me resultaba precioso.
No pude evitar sonreír.
—Hola, pequeño.
El gato responde con otro maullido.
Cuando finalmente lo levanto entre mis brazos se me rompe un poco el corazón al sentir sus costillas bajo el pelaje.
Y eso hizo desaparecer cualquier duda que pudiera haber tenido.
El gatito suelta otro pequeño sonido que parecía más una queja que un maullido.
Y antes de darme cuenta ya estaba caminando hacia la clínica veterinaria más cercana.
Durante el trayecto permaneció sorprendentemente tranquilo. Se acomodó contra mi pecho y apenas se movió.
La veterinaria nos recibió apenas llegamos.
Una mujer de unos cuarenta años con una expresión amable que inmediatamente extendió las manos para examinarlo.
—¿Lo encontraste en la calle?
—En el parque.
Lo coloca sobre la mesa de revisión y comienza a examinarlo con cuidado mientras yo permanezco observando desde el otro lado.
El pequeño gato no parecía especialmente feliz con la situación.
Intentó protestar varias veces.
Aunque el resultado fueron maullidos bastante poco intimidantes.
—Tiene aproximadamente tres meses —informó finalmente la veterinaria mientras revisaba sus ojos y sus dientes—. Está algo desnutrido, pero no parece tener ningún problema grave.
Siento cómo parte de la tensión abandonaba mis hombros.
—¿Está bien?
—Sí. Necesita cuidados, buena alimentación y algunos tratamientos básicos, pero llegará a estar perfectamente.
La siguiente hora transcurrió entre revisiones, explicaciones y procedimientos que el gatito claramente consideró ofensivos.
El baño fue probablemente el peor momento.
La asistente lo llevó a una zona especial mientras yo observaba desde cierta distancia. El pequeño animal protestó desde el instante en que tocaron el agua.
Maullaba.
Intentaba escapar.
Movía las patas con indignación.
Y cada vez que lograba mojarme accidentalmente parecía sentirse bastante satisfecho consigo mismo.
—Tiene personalidad —comenta la asistente intentando contener una sonrisa.
—Eso estoy viendo.
Cuando terminaron de bañarlo finalmente pude apreciar mejor su aspecto. El pelaje gris tenía un ligero patrón atigrado que resultaba más evidente sobre la cabeza y la cola. El blanco de su pecho y de sus patas era mucho más brillante de lo que había imaginado. Incluso parecía otro animal completamente distinto.
Mucho más saludable.
Mucho más bonito.
Y definitivamente mucho más pequeño de lo que parecía al estar cubierto de suciedad.
La veterinaria regresó poco después con varios productos.
—Voy a desparasitarlo hoy. Después necesitará continuar con algunas dosis según el calendario que voy a darte.
Asiento mientras escuchaba atentamente.
Durante los siguientes minutos me explica qué alimento debía darle, cuánta cantidad era recomendable para su edad, cuáles eran las vacunas que necesitaría durante los próximos meses y qué señales debía vigilar por si aparecía algún problema de salud.
Intenté memorizar todo.
Aunque termino pidiéndole que también lo escribiera porque sabía perfectamente que olvidaría la mitad antes de llegar a casa.
—Lo más importante es que coma bien durante las próximas semanas —explica mientras me entregaba algunos documentos—. Está delgado, pero nada preocupante. Con los cuidados adecuados se recuperará rápido.
Miro al pequeño gato, que ahora parecía mucho más interesado en dormir que en seguir peleando.
Y por alguna razón sentí una inesperada sensación de alivio.
Antes de marcharme compré todo lo que la veterinaria recomendó. Varias cosas que no tenía pensado adquirir cuando salí de casa aquella tarde.
Y sin embargo, allí estaba, regresando con un gato.
Un gato con el que no tenía la menor idea de qué hacer.
Pero que definitivamente no iba a dejar abandonado en una calle.
Cuando llegué a la casa con el animal en brazos, lo primero que hice fue buscar a Nora. La encontré en la cocina organizando algunas cosas para la cena. Estaba concentrada en su tarea y no levanta la vista hasta que escucha mis pasos. Al principio solo me dedica una mirada rápida, pero luego se fija en el pequeño cuerpo que llevaba acurrucado contra mi pecho y se queda completamente inmóvil. Su expresión cambia tan rápido que no pude evitar sonreír.
—Alice... ¿qué llevas ahí?
—Un problema —respondo con total sinceridad.
Nora suelta una pequeña risa y deja inmediatamente lo que estaba haciendo para acercarse. Apenas estuvo lo suficientemente cerca extendió una mano hacia el gatito con una delicadeza que hizo que algo cálido se instalara en mi pecho. El pequeño levantó la cabeza al sentir la caricia y la observa durante unos segundos antes de cerrar los ojos otra vez.
—Dios mío, es precioso.
—Eso pensé cuando lo encontré.
—¿Dónde estaba?
—En el parque.
Su expresión se suavizó todavía más.
—¿Solo?
Asentí.
—Completamente solo. Estaba escondido entre unos arbustos. La veterinaria dijo que tiene tres meses.
Nora observa al pequeño durante unos segundos más antes de negar con la cabeza.
—No entiendo cómo alguien puede abandonar algo así.
—Yo tampoco.
Y era verdad.
Porque después de pasar apenas unas horas con él ya me costaba imaginarlo sobreviviendo solo. Era demasiado pequeño.
Nora continuó acariciándolo mientras yo le contaba todo lo ocurrido en la clínica veterinaria. Cuando termino de hablar, Nora ya estaba completamente enamorada.
—Ya te encariñaste.
—Claro que sí.
—Lo conoces desde hace treinta segundos.
—Y me bastaron.
No pude evitar reír.
—Eso explica muchas cosas.
—Tú tampoco pareces muy imparcial.
Miro al gatito.
Porque tenía razón.
Y las dos lo sabíamos.
Subo a mi habitación poco después con todas las bolsas que había comprado. Cuando termino de organizar todo, decido entrar un momento al baño para lavarme las manos y recogerme el cabello. No tardo más de cinco minutos. Ni siquiera eso. Sin embargo, cuando regreso a la habitación, me detengo en seco.
La cama estaba vacía.
Frunzo el ceño.
Recorrí la habitación con la mirada.
Nada.
Miro debajo del escritorio.
Nada.
Detrás de los sillones.
Nada.
Debajo de la cama.
Nada.
Una sensación de alarma empezó a instalarse en mi pecho.
—No me hagas esto...
Sigo buscando por toda la habitación, convencida de que aparecería en cualquier momento. Era imposible que hubiera llegado muy lejos. Apenas era un bebé. Sin embargo, los minutos pasaron y seguía sin encontrarlo. Mi preocupación aumentó lo suficiente como para hacerme salir al pasillo.
—Ni siquiera tengo como llamarlo —hablo para mi misma.
La situación sería más graciosa después. En ese momento no tenía ninguna gracia.
Avanzo por el corredor mirando detrás de cada mueble que encontraba hasta que una voz conocida rompió el silencio de la casa.
—¡Joder!
Me quedo inmóvil ante el grito de Christian.
Ni siquiera sabía que había regresado.
Durante un segundo no reacciono hasta que escucho otro sonido.
Un maullido .
Y supe exactamente dónde estaba el fugitivo.
Acelero el paso hasta llegar al despacho de Christian. Apenas cruzo la puerta tuve que contener una sonrisa. El responsable de todo el caos estaba saliendo debajo del escritorio sentándose en medio de la alfombra como si fuera dueño del lugar. Observa a Christian con absoluta tranquilidad mientras él permanecía de pie frente a su escritorio con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y la irritación.
—Quiero saber cómo demonios apareció un gato en mi oficina —estaba diciendo Christian a uno de los guardias.
El guardia hizo un esfuerzo evidente por mantener la seriedad.
—No lo sé, señor.
Suena un maullido.
Christian cierra los ojos durante un segundo y desvía su mirada al gato.
—Perfecto. Ahora opina.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme.
Uno de los hombres estaba mirando hacia otra parte para ocultar una sonrisa y el otro parecía estar perdiendo la batalla contra la suya.
—Llévenlo a un refugio o averigüen si tiene dueño —continuó Christian.
—No.
Mi voz hizo que todos voltearan hacia mí.
Christian fue el primero en reaccionar.
—Alice.
Entro directamente al despacho y me dirijo hacia el gato. Lo levanto antes de girarme nuevamente hacia Christian.
—El no se va a ninguna parte.
La confusión aparece inmediatamente en su rostro.
—¿Por qué?
—Porque es mío.
Hubo unos segundos de silencio.
Christian parpadea.
—¿Tuyo?
—Sí.
Su mirada pasó de mí al gatito y luego volvió a mí.
—¿Lo adoptaste?
—Lo encontré en el parque.
—¿Y decidiste quedártelo?
—Sí.
—¿Así de simple?
—Si, ahora es mío.
Christian me observa durante varios segundos. Parecía estar intentando comprender la situación.
Finalmente suspiró.
—Bien.
—¿Bien?
—Bien.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—No lo sé. Esperaba más resistencia.
—Alice, no voy a iniciar una discusión por un gato.
—Excelente decisión.
Su mirada descendió hasta el pequeño animal que seguía cómodamente instalado en mis brazos.Y por primera vez desde que llegué al despacho, una pequeña sonrisa aparece en el rostro de Christian.
Salgo del despacho poco después, mientras regresaba por el pasillo, bajp la mirada hacia él y encuentro sus enormes ojos verdes observándome con absoluta normalidad.
—Has causado problemas en menos de una hora.
El gato responde con un maullido suave.
—Ni siquiera pareces arrepentido.
Otro maullido.
—Sí, eso pensé.
Por alguna razón termino sonriendo sola.
Hacía mucho tiempo que algo tan pequeño no conseguía distraerme de mis pensamientos. Normalmente mi cabeza estaba ocupada con demasiadas cosas al mismo tiempo. Sin embargo, durante las últimas horas mi atención había estado centrada únicamente en asegurarme de que aquel pequeño animal estuviera bien.
Y había sido agradable.
Cuando lleguo a mi habitación cierro la puerta con cuidado detrás de mí. Esta vez me aseguro de hacerlo bien. Después de la aventura que acababa de protagonizar no estaba dispuesta a perderlo nuevamente.
Lo dejo sobre el suelo.
Y el pequeño explorador reanudó inmediatamente sus actividades.
Primero inspeccionó la cama.
Luego las patas de una silla.
Después una de las cortinas.
Más tarde decidió que uno de los juguetes que había comprado merecía toda su atención y pasó varios minutos atacándolo con una seriedad que resultaba ridícula para un animal tan pequeño.
Yo me acomodo sobre la cama y simplemente lo observo.
Durante los siguientes minutos el cuarto estuvo sorprendentemente tranquilo. Él recorría cada rincón como si estuviera realizando una inspección oficial mientras yo seguía sus movimientos con la mirada. De vez en cuando tropezaba consigo mismo.
Y cada vez lograba arrancarme una sonrisa.
Finalmente pareció cansarse.
Así que lo subo a la cama y lo acuesto sobre mi pecho.
—Necesitas un nombre.
Durante varios minutos fui descartando opciones mentalmente.
Atlas.
No.
Leo.
Tampoco.
Theo.
Milo.
Oliver.
Ninguno terminaba de convencerme.
Miro nuevamente al gatito.
Estaba medio dormido
Y de la nada en mi mente aparece un nombre.
—Kai.
El gatito mueve una oreja.
Sonrío.
—Creo que sí.
Vuelvo a repetirlo.
—Kai.
Esta vez el pequeño abre los ojos.
Y durante unos segundos me observa.
Como si estuviera considerando seriamente la propuesta.
—Sí, definitivamente eres un Kai.
La sensación fue inmediata.
Extendí una mano y acaricié suavemente la parte superior de su cabeza.
Y mientras Kai dormía profundamente sobre mi pecho, permití que el cansancio del día terminara arrastrándome también.
***
Dos meses después.Ha pasado tiempo desde que empecé a vender mis pinturas. Algunas tuvieron más éxito del que esperaba y poco a poco, el dinero comenzó a acumularse en mi cuenta. He sido cuidadosa con cada gasto, pensando siempre en el futuro y evitando cometer errores.
Sin embargo, hay algo que sigue exactamente igual, la pintura que dejé a medias hace dos meses continúa apoyada en el caballete. Lo he intentado varias veces, pero cada vez termino alejándome de ella sin añadir una sola pincelada.
Kai tampoco es el mismo de cuando llegó. Ahora tiene cinco meses y se ha convertido en un gato consentido que parece creer que toda la casa le pertenece. Tiene una personalidad imposible de ignorar y la costumbre de exigir atención justo cuando estoy ocupada.
En cuánto a Christian, se fue hace dos días a Nueva York. Las cosas entre nosotros siguen siendo extrañas. Él mantiene esa actitud atenta, incluso antes de irse, me dio un ramo de flores con una caja de chocolates, admitiendo que no quería irse pero era su deber.
Así que he estado en casa mientras el está en su viaje de negocios.
Estoy sentada en el columpio del jardín con Kai acomodado sobre mis piernas cuando empiezo a navegar por mis redes sociales hasta que aparece una publicación que me hace pensar la mandíbula.
Se trata de Christian.
Y también está Madison.
La pérdida que apareció.
Están al frente de un edificio, mientras ella lo abraza con fuerza, apoyando la cabeza sobre su pecho mientras él mantiene una mano en su cintura.
Me quedo observando la imagen durante varios segundos.
Y el titular no hace más que enfurecerme.
¿Renace el amor? Christian Sterling y Madison Baker son vistos juntos en Nueva YorkAsí que Nueva York. Claro.
Guardo el teléfono y acaricio distraídamente el lomo de Kai, aprieto los dientes con fuerza pero ninguna lágrima sale de mi, no me rompo como antes.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, entiendo algo con total claridad.
No importa cuánto me esfuerce por encontrar mi lugar aquí. Nunca ha sido mío.
Y quizá ya es hora de dejar de actuar como si pudiera serlo.
Tal vez ha llegado el momento de marcharme y ponerle punto final a una historia que debió terminar hace mucho tiempo.
***Probablemente esté fin de semana suba otro :)